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Capítulo 12
ESTE reservado es bastante cómodo. No hay mucho jaleo, la música no suena excesivamente alta y
tampoco se ven parejas pasándose de la raya.
—¿Qué quieres beber?
—Una Coca-Cola.
Y esta vez nadie la convencerá de que pida algo más fuerte. Se acabó el alcohol por esta noche.
—Perfecto. Te la traigo en seguida. Espera.
—Espero.
El muchacho se aproxima a la barra privada del reservado de la discoteca y dialoga con una guapa
camarera mientras Valeria lo observa sentada en un sofá para dos.
Lo que son las casualidades. ¿Qué probabilidad existía de que el chico que tocaba la guitarra en el
metro y ella se encontraran en una fiesta universitaria? Una entre mil millones de billones, como solía
decir de pequeña. Y, sin embargo, allí está, esperando a que le lleve su refresco. Aunque, en realidad,
tiene muy pocas ganas de continuar en aquella discoteca. Prácticamente ninguna. Él la ha convencido para
que se quede un rato. «No hay que despreciar los caprichos del destino.» Pero lo único que le apetece a
Valeria es irse a casa y tumbarse en su cama a dormir las penas.
Taconea y mueve la cabeza al ritmo de David Guetta y Chris Brown.
A esa hora, Raúl y Eli deben de estar… ¿en el baño? ¿En un sillón de la discoteca? ¿En algún motel
de la ciudad? ¡Qué mal! Cuando lo piensa, le entra una angustia tan grande que sólo le apetece llorar. La
imagen del beso entre sus dos amigos será muy difícil de olvidar.
—Aquí tienes —le dice el chico cuando le entrega un vaso lleno de Coca-Cola.
—Gracias.
Él ha preferido algo más intenso. Valeria no distingue si es ron o vodka, pero lo acompaña con
refresco de naranja. El olor del alcohol le inunda la nariz en cuanto el joven se sienta a su lado.
—Entonces, habíamos quedado en que tú eres Valeria.
—Así es. Y tú César.
—Correcto.
—Y estudias Periodismo. Tercero.
—Efectivamente. ¿Y tú qué haces? —pregunta él intrigado—. No me lo habías dicho, ¿verdad?
—No.
Y ahora, ¿se lo inventa? ¿O le confiesa que aún no ha terminado el instituto? Podría pasar como con
la rubia que antes quiso ligarse a Raúl.
—Tienes cara de estudiar…
—Mmm. A ver… sorpréndeme.
—Derecho.
—¿Derecho? ¿Estás seguro?
Menudo ojo que tienen los periodistas de hoy en día. Así están los medios de comunicación. Quizá
Derecho fuera la última carrera que ella elegiría.
—Espera. —La observa como quien examina un cuadro de arte abstracto difícil de interpretar—.
¡Odontología!
Quizá la próxima sea Ingeniería de Caminos. Así que decide ser odontóloga por una noche.
—¡Sí! ¡Lo has adivinado!
—Bueno, a la segunda. No está mal.
—No sólo tocas bien la guitarra, sino que tienes un sexto sentido para las profesiones. Enhorabuena.
César sonríe. Y ella también lo hace. Es curioso, pero está más tranquila que cuando lo conoció en el
metro. No le impone como antes. Y eso que el chico es increíblemente guapo.
—¿Y en qué curso de odontología estás?
—Primero.
Tampoco iba a ponerse más años de la cuenta. Con que crea que tiene dieciocho, ya está bien.
—Una novata.
—Sí.
—¿Te han gastado muchas novatadas?
—Eh… no. De momento ninguna.
—¿No? ¿Nadie te ha bautizado como universitaria?
—¿Bautizado? —La cosa se complica—. Pues no.
—Bueno, pues entonces me tocará a mí hacerlo. No puedo estar sentado con una novata sin que esté
bautizada.
¡Dios! ¿En qué lío se ha metido? ¿Qué va a hacerle?
La chica no sabe dónde posar su mirada. No basta con que su amiga se esté liando con el chico que
ama, sino que ahora la quieren bautizar. ¡Si ella se llama Valeria, ya está bautizada!
—No me metas miedo. ¿Qué es eso?
—¿Bautizar a una novata?
—Sí.
—¿No lo sabes?
—¡No!
—Pues consiste en meter la cabeza de una estudiante de primer año en un cuenco lleno de calimocho
o sangría durante cinco segundos.
—¿Qué? ¿Me lo dices en serio?
No puede ser verdad. Pero César no tiene cara de estarle gastando ninguna broma. ¡Madre mía! El
solo hecho de pensar lo que podrían hacerle a sus mechitas rubias la pone nerviosísima.
—Pero es mejor que te bautice yo, que ya me conoces y estoy bastante sereno, a que lo haga uno de
mis amigos, que llevan bebiendo cerveza desde la seis de la tarde. ¿No?
¡Los tíos de la gorra con su cuenta de Twitter inscrita! Pues sí, si lo hicieran ellos sería peor. Mucho
peor. Igual moría ahogada en un barreño de calimocho. De todas maneras, aunque el encargado de
hacerlo sea ese periodista guapísimo, no le hace ninguna gracia.
—¿Y no podríamos dejarlo para otro día?
—No.
—Pero es que…
—¿Qué clase de veterano sería yo si dejara sin bautizar a una novata en una de nuestras fiestas?
—Venga, César. No seas malo.
Le tiembla el cuerpo. El joven se levanta del sofá muy serio. Le da un trago a su copa y le guiña un
ojo.
—Voy a decirle a Tania que lo prepare todo. Ella me ayudará —explica al tiempo que señala a la
camarera con la que hablaba antes.
—Por favor, que luego tengo que ir a mi casa. ¿Qué le digo a mi madre?
—Pues la verdad. Que un veterano te ha bautizado. Ella lo comprenderá.
—Pero ¿cómo va a entender eso mi madre?
—Si ha sido universitaria seguro que también pasó por lo mismo.
Aquello es de locos. Su madre estudió magisterio. ¡Pero nunca le contó nada de que la bañaran en
sangría! ¿Eso no es ilegal? ¿No está penado por algún Código Civil o algo por el estilo? Si fuera
estudiante de Derecho lo sabría. ¡Mierda! Joder. No quiere que le mojen el pelo. ¡Es su pelo! ¡Son sus
mechitas! ¡Pues no! ¡No lo va a permitir! ¡Por muy bueno que esté el tío que quiere hacerlo!
—Me voy.
Valeria se arrastra por el sofá y también se pone de pie.
—¿Cómo que te vas?
—No voy a dejar que me empapes de calimocho o de sangría así por las buenas.
—Pero es una costumbre universitaria…
—Me da lo mismo. Paso.
—Pero…
En ese instante, César sonríe y se interpone en su camino con los brazos abiertos.
—Déjame pasar.
—¿Y si no lo hago?
—Gritaré. O te soltaré una patada. Te advierto que he hecho cuatro años de karate.
Otra mentira. Pero qué importa ya si lo que dice es verdad o no lo es. ¡Quiere salir de aquella
discoteca inmediatamente!
—Y yo te advierto que si intentas darme una patada tendrás problemas con tu falda.
—Me da lo mismo.
La chica intenta esquivarlo por su derecha, pero el joven se lo impide sin perder ni un instante la
sonrisa. Valeria lo intenta ahora por la izquierda. Nada. Él sigue en medio. Resopla y lo mira a los ojos.
A esos preciosos ojazos verdes. Pero ahora mismo los odia, tanto a ellos como a su dueño. ¿Es que no
quedan tíos normales en todo el país?
—¿Te das por vencida?
—¡No!
Valeria coge carrera y se impulsa con fuerza contra el músico del metro. Es tanta la energía que
utiliza en su embiste que tira a César al suelo. ¿Libre? Lo estaría si ella no hubiera caído justo encima de
él. Uno sobre el otro, se miran cara a cara. Hay escasos centímetros de distancia entre ambos. Él sonríe,
ella tiene ganas de llorar.
—¿Por qué me has mentido, Valeria?
—¿Cómo?
—No estudias Odontología. Ni Derecho. Ni siquiera vas a la universidad.
—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Cómo sabes tú eso?
El chico se echa a un lado y consigue ponerse de pie. Luego, ayuda a levantarse a Valeria, que no sale
de su asombro.
—Tania me lo ha dicho mientras pedía las bebidas. Es la novia de quien os ha facilitado los carnés
falsos.
—Joder! ¿La camarera es la novia del timador?
—¡Cuidado con lo que dices de uno de mis compañeros de piso!
—¿Qué? ¿También es tu compañero de piso?
—Claro. Yo toco en el metro, él hace algún que otro chanchullo para ganarse algún dinero… Pero es
buen tío.
—Es un timador.
—Tú también has querido engañarme…
Touché. Ahí tiene razón. Y quizá no habría debido hacerlo.
Los dos regresan al sofá en el que estaban antes de que Valeria quisiera marcharse.
—Perdona. No sabía cuál sería tu reacción si te enterabas de que tengo dieciséis años.
—¿Mi reacción? Habría sido la misma que al decirme que estudiabas Odontología. Sólo que te
habrías ahorrado lo del bautizo.
—¿Cómo? ¡Era mentira! —exclama la chica tras abrir mucho los ojos y llevarse las manos a la
cabeza.
—Claro que era mentira. Pero merecías un escarmiento.
—Joder. Te has pasado.
—No haber intentado engañarme.
Ese guapo muchacho de melenita castaña se la ha colado bien. Y él que parecía tan bueno e
inocente… Pero ahora… le gusta más. Incluso durante un rato se ha olvidado de Raúl y Eli.
—¿En paz? —pregunta Valeria sonriente al tiempo que propone que se den la mano.
—En paz. Y sin más mentiras.
—Sin más mentiras.
Y ambos estrechan las manos. Los dos se quedan en silencio. Mirándose. Es demasiado guapo para
existir de verdad.
En ese instante, una vibración sacude su bolso. La chica despierta del sueño en el que se encontraba y
lo abre. Tiene un mensaje de Raúl en su BlackBerry rosa.
Val, ¿dónde estás? Tengo que hablar contigo ahora mismo. Estoy en la puerta de la discoteca. Ven.
Lo lee una vez más. ¿Y esto a qué viene? ¿No debería de estar dándose el lote con Eli? No
comprende nada. Ya le vale. Sin embargo, Valeria no puede evitar acudir a su llamada. Se levanta, le
pide disculpas a César y abandona el reservado.
Puede que lo que va a escuchar dentro de unos minutos le haga más daño, pero necesita saber qué es
lo que quiere Raúl.
Capítulo 13
EL taxi circula a ochenta kilómetros por hora. Aunque, si por ella fuera, pisaría el acelerador hasta
subir a doscientos. Y se saltaría todos los semáforos en rojo, que parece que se han puesto de acuerdo
para fastidiarla.
¡Elísabet quiere llegar ya a su casa!
Suena la radio dentro del coche. Se trata de una emisora musical que no ha identificado todavía, pero
que, por lo escuchado, sólo pone temas melosos. En ausencia de ti, de Laura Pausini, es la tercera
canción romántica que oye desde que se subió.
—Perdone, ¿le importaría cambiar la emisora? —pregunta la chica tras asomarse por el hueco que se
forma entre los asientos delanteros.
—¿Disculpe?
—La radio. ¿Puede poner otra cosa?
El taxista gruñe algo en voz baja y cumple el deseo de su joven pasajera. Juega con el botoncito del
dial hasta que por fin se detiene. Más música: El regalo más grande, de Tiziano Ferro. La cosa va de
italianos y de canciones bobaliconas. Eli resopla y se da por vencida. Mueve la cabeza a un lado y a otro
y se apoya contra el cristal de la puerta derecha.
—¿Una mala noche?
No esperaba que aquel tipo volviese a dirigirle la palabra. No tiene ganas de conversar con nadie. Y
menos con un tío al que no conoce de nada y que podría ser su padre.
—No —responde seca y escueta. Miente.
Saca la BlackBerry de su bolso. Finge que llama a alguien para que el taxista no vuelva a molestarla.
Sabe que la está observando por el espejito. Es el truco que utiliza siempre que un tío que no le gusta
intenta ligar con ella. En esta ocasión también da resultado. Aquel hombre no dice nada más hasta que
llegan al final del trayecto. La joven paga a toda prisa y se baja del coche sin mostrar ningún cuidado al
cerrar.
Todas las luces de su casa están apagadas, salvo la de la ventana de la habitación de sus padres.
Seguro que no esperaban que regresase tan temprano. Les ocultó que iba a una fiesta de universitarios,
pero les explicó que volvería tarde. Bastante tarde. Mira el reloj; apenas son las once y cuarto de la
noche.
Saca las llaves del bolso y entra. Grita que ya está en casa y camina de prisa hacia su dormitorio. En
la escalera, se topa con su madre, que está anudándose el cinto de la bata.
—¿Ya estás aquí?
—Sí.
—¿Te encuentras bien? Es pronto.
—Estoy algo cansada. Pero todo bien.
—¿Seguro?
—Que sí, mamá.
Simula una sonrisa y le da un beso en la mejilla. La mujer no la cree, pero imagina que tampoco va a
contarle lo que le sucede. Eli les habla pocas veces de sus sentimientos. Se ha vuelto muy reservada
desde hace un par de años. Apenas saben nada de sus relaciones con los chicos, de novios, o del trato
que tiene con sus amigos. Sólo habla cuando quiere hablar. Así que lo mejor es dejar que se vaya a la
cama; si necesita algo, ya lo dirá. Le devuelve el beso y le da las buenas noches.
La joven se dirige a su habitación y se encierra en ella. Se quita la chaqueta, la guarda en el armario y
se sienta en la cama. Tacones fuera. Se masajea los doloridos pies y se queda mirando hacia ninguna
parte, pensativa.
—Estúpido, estúpido, estúpido —corea en voz baja.
Da un manotazo en el colchón y se tumba boca abajo con la cabeza apoyada en la almohada. Tarda un
segundo en darse la vuelta. Mira hacia arriba, pero en seguida cierra los ojos y aprieta con fuerza los
párpados. Visualiza sus labios, sus palabras… Sus últimas palabras.
No es justo.
Con lo bien que iba todo…
—¿Sabes una cosa? —le susurra al oído—. Me apetece muchísimo besarte.
Raúl se echa hacia atrás y sonríe. Pero no va a dejarlo escapar esta vez. Elísabet bebe un sorbo de su
vodka con naranja y vuelve a por el chico. Esta noche tiene que ser suyo. Lo mira a los ojos, esos
imponentes ojos azules, y abre las piernas lo justo para que la rodilla de Raúl quepa entre las suyas. Él
acepta la oferta y contempla cómo ella se balancea con sensualidad.
Es el momento.
La joven le rodea el cuello con los brazos y acerca su rostro al de él. Lentamente, se pone de
puntillas sobre los zapatos de tacón. Su boca se acerca despacio a la de Raúl hasta que ambos se unen en
un beso, con la música y las luces de colores como testigos.
Es increíble lo que siente. Cree que jamás ha experimentado algo así. ¿Es su primer beso de amor?
Sí. Está muy claro que sí. Y, después de haberlo dado, está segura de que lo que siente por su amigo es
algo muy especial. No se trataba de un cuelgue pasajero o un capricho. Le gusta de verdad.
No dura mucho. Unos cuantos segundos. Pero son mágicos. Cuando se separan, ambos sonríen. Pero
Elísabet quiere más. Necesita más. Vuelve a por sus labios. Sin embargo, Raúl los aparta y le habla al
oído.
—¿Podemos ir a un sitio más tranquilo?
—Claro.
El chico la coge de la mano y juntos salen de la pista de baile. Eli ve un pequeño sofá vacío en una
esquina de la discoteca y se lo señala. Es el lugar perfecto para continuar lo que han empezado. En
cambio, él declina su proposición y sigue caminando entre el gentío de universitarios.
—Mejor vamos fuera.
—¿Fuera?
—Sí. Aquí dentro casi no nos oímos.
¿Oír? ¿Qué quiere oír? ¡Si no van a hablar! Al menos ahora no. Necesita besarlo. Besarlo muchas
veces. Ya hablarán luego de lo que significan esos besos. De su próxima relación. De cómo decirle a los
demás que ahora forman una pareja.
Pero los planes de Raúl son otros. Recogen sus chaquetas en el guardarropa y se dirigen a la salida.
El portero le pone un sello a cada uno y ambos abandonan el local.
Hace algo más de frío que cuando entraron, aunque se está bien en la calle.
—¿Allí? —pregunta Elísabet, que está algo confusa, refiriéndose a un banquito de madera situado a
unos metros de ellos.
—Vale.
La noche cerrada de Madrid está vacía de luna y estrellas. Los dos se sientan en el banco, con una
farola que los ilumina como único testigo. La chica no sabe qué decir, sólo quiere saborear los labios de
Raúl una vez más. Sin embargo, él toma la palabra.
—¿Por qué me has besado?
—¿Cómo? ¿Que por qué te he besado? —Es lo último que esperaba escuchar de su boca—. ¿Me lo
preguntas en serio?
—Sí.
Había entendido bien. ¿Le está pidiendo explicaciones?
—Me apetecía hacerlo. ¿A ti no?
—No ha estado mal.
—¿No te ha gustado? ¿Es que beso mal?
—No, no. Besas muy bien.
Aquélla no era la idea que Elísabet tenía sobre lo que vendría después de su primer beso de amor.
Será tonto.
—¿Qué pasa, Raúl? ¿No querías que te besara?
—Pues… si te soy sincero, no busco un rollo de una noche.
—¿Por quién me tomas? ¿Crees que sólo soy una chica de una noche?
Su confusión se transforma en indignación. Aquello ha sido un golpe bajo. Y viniendo de él, le duele
de verdad.
—No. No he dicho eso.
—Pues aclara qué es lo que has dicho, porque me estás haciendo sentir fatal.
—Es difícil de explicar, Eli.
—Esfuérzate.
El joven resopla, se pasa la mano por el pelo y busca las palabras adecuadas. No quiere hacerle
daño. Aunque va a ser inevitable.
—Digamos que busco algo serio con alguien. Y no me apetece tener más rollos o empezar algo con…
—Se detiene un instante. Esto va a doler—. Con chicas con las que sé que no voy a llegar a ninguna
parte.
La expresión de Elísabet muestra claramente que sí, que aquello le ha dolido.
—Entiendo.
—¿Sí?
—Sí. Perfectamente —responde muy seria—. El señorito se ha cansado de jugar con niñatas
estúpidas y ahora va a empezar a machacar a las amigas que de verdad lo quieren.
—No seas así. No he di…
—¿Qué pasa? ¿Te da miedo empezar algo conmigo? —lo interrumpe alzando la voz.
—¿Qué?
—Yo tampoco quiero un rollo de una noche. Para eso me habría liado con cualquier tío bueno, que
había unos cuantos ahí dentro.
—Eli…
—Yo quería algo contigo porque me gustas. Me gustas de verdad, capullo. ¿O es que crees que
arriesgaría nuestra amistad por dos besos en una discoteca?
La chica se pone de pie y camina por delante de Raúl, que la observa con amargura.
—Es que yo no… —tartamudea—. Eres una gran chica, una gran amiga…
—¡Venga ya! Corta el rollo…
—Es cierto. Lo que pasa es que…
—No quieres una relación de verdad conmigo. De pareja. Como novios. ¿No?
—No sabía que sentías eso por mí.
—Pues ya lo sabes.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Te lo he dicho hoy. Cuando ha llegado el momento —dice con una sonrisa triste—. Después de que
hayan pasado unas cuantas semanas desde que dejaste a la gilipollas de Beatriz.
Silencio. La confesión de Elísabet ha sorprendido a Raúl. No se imaginaba que su amiga albergara
esos sentimientos. Ahora está confuso, pero, al mismo tiempo, más decidido que antes.
—Lo siento. No creo que tú y yo funcionásemos como pareja.
—Bien. Bien. Bien.
Sonríe nerviosa. Agacha la cabeza y luego la levanta de nuevo para mirarlo con odio. Se mete las
manos en los bolsillos de la chaqueta y resopla. Hay un taxi parado delante de un semáforo en rojo justo
enfrente de ellos. Sin decir nada, Elísabet corre hasta el vehículo y se sube en él. Dentro suena Para tu
amor, de Juanes. Estúpida canción. No podía ser más inoportuna.
Capítulo 14
LE acaban de devolver la chaqueta en el guardarropa. Ha recibido otro mensaje vía WhatsApp. Raúl la
espera fuera, sentado en un banco al lado de la discoteca. Le ha contestado que estará ahí en seguida.
¿Qué querrá decirle? Ha hablado en singular. ¿Y Elísabet? Todo es muy extraño.
—¡Valeria, espera!
Es la voz de César. La chica se vuelve y lo ve acercarse corriendo hacia ella. Se abre paso entre la
gente hasta que por fin llega a su altura.
—¿Qué pasa?
—Te has ido tan rápido del reservado que ni siquiera me has dado tu Facebook. Me gustaría seguir
en contacto contigo.
—No tengo Facebook —responde sonriente—. Tuenti. ¿Lo quieres?
—Hace tiempo que borré mi cuenta de Tuenti. ¿Y Twitter?
—No lo uso.
—Vaya. ¿Correo electrónico?
—Eso sí. Pero…
No sigue hablando. Se le enrojecen las mejillas a toda velocidad.
—¿No quieres dármelo? —pregunta César ante el silencio de la joven, que ni siquiera lo mira a la
cara.
—No es eso. Es que… ¡Bueno, pero no te rías!
—Claro que no me reiré.
—¡No te rías! —repite.
—Ya te he dicho que no lo haré.
—Bien. Es… Valeriaguapetonaesunacampeona, todo junto, arroba, hotmail, punto, com.
Tras un instante de silencio, la carcajada es inevitable. Se ríe tanto que Valeria casi se muere de la
vergüenza que está pasando en ese instante. Se tapa la cara con las manos y suelta un quejido.
—Per… perdona —tartamudea el chico, que aún ríe—. Perdóname, por favor.
—¡Dijiste que no te reirías!
—Es que… ese correo es… es… muy gracioso.
—¡Me lo hice con once años! ¿Qué quieres?
—Tenías dotes para la poesía, ¿eh?
Más risas. ¡Dios! En su vida lo ha pasado tan mal como ahora. El fuego que hay prendido en su cara
arde cada vez con más intensidad.
—Muy bien. Sigue metiéndote conmigo.
—Perdona, Valeria —se disculpa ya más calmad
Una sonrisa le ilumina el rostro. ¡Qué guapo es! Su belleza es diferente a la de Raúl, pero ambos
podrían competir por el premio al tío más bueno que ha conocido en todos sus años de vida. ¿Y quiere su
teléfono? No puede ser que le haya gustado. Seguro que hay miles de chicas detrás de él. Y mucho
mayores que ella y más guapas. Y más todo. No le ha dicho su edad. Pero, si está en tercero de
Periodismo, tendrá mínimo veinte o veintiuno. Demasiados para una cría de dieciséis.
—Sí. Claro que te lo habría dado. Así me habría ahorrado la humillación.
—Ha sido divertido.
—Sólo para ti.
—¿Te puedo pedir el número ahora o es demasiado tarde?
No sabe si está ligando con ella, pero, si lo está intentando, es bueno. Si no, también, porque ha
conseguido atraerla muchísimo.
—Puedes.
—Valeria, ¿me das tu número de teléfono? —pregunta al tiempo que saca el móvil del bolsillo.
La chica sonríe y se lo da cifra a cifra. César lo apunta. Cuando lo tiene, le hace una llamada perdida
para que también ella tenga el de él.
—Debo irme. Mi amigo quiere hablar conmigo.
—¿Volverás?
—No lo sé.
—Bueno, si no te vuelvo a ver esta noche… —Se inclina y le da dos besos—. Te llamaré un día de
éstos. O quién sabe si nos encontraremos otra vez en alguna estación de metro.
—Sí. Quién sabe.
Y despidiéndose de él con la mano, sale de la discoteca después de que el portero le selle la mano.
Qué sensación tan extraña. Nunca le había pasado nada parecido con un desconocido. ¿Lo volverá a
ver? No estaría nada mal. El joven estudiante de Periodismo ha mejorado una noche que se había
convertido en una de las peores de su vida. No está segura de que el interés que ha mostrado hacia ella
haya sido del todo real. Quizá nunca más coincidan. O tal vez sí. Pero, gracias a César, ahora camina más
animada hacia el banco en el que está sentado Raúl.
Su amigo la ve y se levanta. Valeria se pregunta qué habrá pasado para que ahora esté solo. Es muy
raro. ¿Y Elísabet? La última vez que los vio estaban dándose un apasionado beso en la pista de baile.
—¿Dónde te habías metido? Desapareciste de repente.
—Pues estaba dentro de la discoteca.
—Te perdí de vista.
—Normal. Estabas muy ocupado con Eli —responde tratando de ser irónica, de ocultar lo que
realmente sintió al verlos besándose—. Por cierto, ¿dónde está?
Raúl hace una mueca con la boca y apoya la mano en el hombro de Valeria.
—¿Damos un paseo y te lo cuento?
—Bien.
A pesar de que sigue triste por lo que ha visto hace un rato y de que tiene pánico a lo que su amigo
pueda contarle, siente curiosidad por saber qué ha sucedido entre ellos y dónde está Eli.
—No sé por dónde empezar —comienza a decir Raúl, que se mete las manos en los bolsillos.
Valeria avanza a su lado y lo observa. No puede evitar hacer comparaciones entre César y él.
Físicamente son muy distintos, pero si los puntuara ambos pasarían del nueve.
—No sé. Yo me quedé en el momento en el que…
—Nos besamos. ¿No?
—Sí —contesta en voz baja. Esta vez no ha logrado esconder su frustración.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Por qué lo sientes?
—Por dejarte sola. Eli y yo no deberíamos haber… —explica Raúl tras detenerse en medio de la
calle—. Ella quería besarme y yo la dejé.
Valeria también se para, algo confusa. No tiene muy claro qué es lo que quiere contarle. Se ha liado
con su amiga. Eso ya lo sabe. ¿Y luego? ¿Qué va a pasar con ellos dos? ¿Son novios?
En cambio, lo que Raúl comienza a relatarle es totalmente diferente a lo que ella había supuesto.
Boquiabierta, escucha con atención todo lo que ocurrió después del beso: el segundo intento rechazado,
la conversación en el banco, los sentimientos de Elísabet y… la respuesta final de Raúl.
—¿Le has dicho que no la veías como pareja?
La chica no sale de su asombro. Le han dado calabazas a su amiga. Durante un instante, se pone en su
lugar. Lo tiene que haber pasado fatal.
—Sí. Es que… no sé. Sólo la veo como a una amiga. No siento lo mismo por ella. O eso es lo que
creo. Y tampoco tenía ni idea de que ella sintiera algo por mí.
—Yo me he enterado esta tarde.
—¿Lo sabías? —pregunta él sorprendido.
—Más o menos. Pero, como comprenderás, no podía decirte nada.
—Ya. De todas formas, no creo que Eli y yo nos entendiéramos como novios.
—¿Estás seguro? Es una tía genial, os conocéis muy bien y no vas a encontrar a otra más guapa que
ella.
Aunque sea su rival, sobre todo es su amiga. Es su obligación defenderla.
—No estoy seguro de nada. Quiero algo con alguien. Algo que no tenga nada que ver con todo lo que
he tenido hasta ahora. Algo más serio.
—¿Más serio?
—Sí. Me apetece empezar una relación formal y enamorarme locamente de alguien que se enamore
locamente de mí.
Nunca había oído a Raúl hablar así. Parece decidido a encontrar a una chica de la que enamorarse de
verdad.
—¿Y no podría ser Eli ese alguien?
—No. No es ella quien está en mi cabeza.
—Pero ¿hay alguien en tu cabeza? —pregunta Valeria desconcertada.
—Creo que sí —confiesa Raúl con una sonrisa dulce.
Una punzada directa al corazón.
—¿La conozco?
—Me parece que sí.
Los latidos se multiplican por mil en el pecho de Valeria cuando Raúl se aproxima más a ella. No
puede ser. Aquello que está imaginando no puede ser. Es imposible.
—¿Va a nuestra… clase?
—Aja.
—¿Sí?
—Sí.
Le tiemblan los labios al hablar. Empieza a tener calor. Otra vez los pómulos enrojecidos. Seguro
que se le nota muchísimo que está muy tensa.
¿Y si fuera verdad? ¿Y si…?
—¿No vas a decirme su nombre?
—Por supuesto: Valeria.
Al oír su nombre, se produce una explosión de sentimientos en su interior. No es capaz de reaccionar,
de soltar las emociones que no le permiten ni sonreír.
—Yo…
—¿Tú…?
Raúl, en cambio, sí sonríe. De una forma divertida. Persigue su mirada esquiva, atrapándola en la
suya.
—Yo… Bueno… A mí me gustas desde hace tiempo —confiesa Valeria.
—¿De verdad te gusto? ¿Cuánto?
Mucho. Muchísimo. Lo suficiente como para casarse con él mañana mismo. Sin embargo, no termina
de creerse que aquello esté pasando. ¿No es un sueño? Se siente como en una nube. Su cerebro no lo
asimila y su corazón hace unos minutos que va tan de prisa que le da miedo sufrir un infarto.
—Esto no es una broma, ¿verdad?
—¿Cómo va a ser una broma?
—No sería la primera que me gastan hoy —dice recordando su «no bautizo» en calimocho y sangría
—. Si no es una broma… me encantaría intentarlo contigo.
—¿De verdad? ¿No es una broma?
—No. Lo mío no es ninguna broma.
Los dos se miran, ahora cómplices. Aunque Valeria sigue en la nube de lo increíble, por fin logra
sonreír. Raúl la sujeta con una mano por la cintura y con la otra le aparta el pelo de la cara hasta
recogérselo detrás de una oreja. Le da un beso en la mejilla y, a continuación, se acerca a su boca.
Sus labios, como dos imanes de distinto polo, se atraen irremediablemente en la noche más triste y
más feliz de la vida de Valeria.
Capítulo 15
POR la ventana de su cuarto hoy no se ven las estrellas. Es una noche de otoño oscura y templada.
Mantiene la luz de la habitación todavía encendida. Su sombra reposa en silencio sobre la pared. Aún no
le apetece dormir. Como ayer, antes de ayer y siempre, nota dentro esa sensación de ahogo. Lleva varias
semanas experimentando lo mismo. Demasiado tiempo. Demasiado ruido en su corazón. Pero batalla en
una guerra perdida. Y lo peor es que no va a luchar por ganarla. Si tuviera al menos una sola
posibilidad…
Una sola.
Sabe que no la hay. Que es imposible. Que sus sentimientos no son los mismos y que deberá seguir
sufriendo. Como ayer, como antes de ayer, como siempre. Nació para vivir en una condena. Sobre todo
desde que apareció.
No hay consuelo, no hay esperanza. No hay fe. Ni verdades ni mentiras. Una realidad. La suya.
Se sienta frente al ordenador y la cuenta en su blog.
Tiene un secreto.
¿Alguien que me rescate?
Que venga a por mí y me recoja en sus brazos amables. Que me diga que hoy soy especial. Que no
haga que me esconda de lo que llevo dentro. Que me apriete fuerte y me sonría con ternura y amor.
¿Hay alguien que me quiera por ahí?
Mi secreto pesa. Lo llevo atado al cuello con una soga que cada día aprieta un poco más. Siento esa
cuerda invisible cuando cierro los ojos y cuando los abro. Cuando miro, cuando ando, cuando tiemblo y
cuando estoy en mi cuarto en la soledad de una noche que no me deja dormir.
Quisiera ser feliz pero no puedo. No puedo. No puedo.
Y le prometo a todo el mundo que quiero: quiero ser feliz. De verdad. Pero ¿puede serlo alguien
sabiendo que no puede tener lo que más desea?
Debo conformarme. Pasar a otra página del libro. Ignorar lo que dicta mi corazón. Decidir de una vez
por todas que todo está perdido.
Admitir el final.
Sin embargo, no es tan sencillo renunciar. No es nada fácil olvidar que lo que sientes no se va a ir,
que se va a quedar.
Y mañana al despertar volveré a sentir la misma impotencia y la misma angustia por seguir sintiendo
lo que siento.
Pulsa el Enter y revisa la entrada que acaba de escribir: <http://tengolsecreto.blogspot.com.es>. Tal
vez no debería reflejar en la red cómo se siente. Corre el riesgo de que lo lea alguna persona que la
conozca, y allí están plasmados sus sentimientos. Si alguien se da cuenta de quién está detrás de esas
palabras…
Pero, por otra parte, necesitaba soltarlo. Desahogarse. Ya que en la vida real no es posible, al menos
cuenta con ese rinconcito virtual en el que se camufla bajo una máscara. Y, a pesar de los seguidores
desconocidos que la leen, su secreto está bien guardado.
Capítulo 16
ESTO no puede ser real. Él camina a su lado, van cogidos de la mano y pasean por las calles de
Madrid. Es lo que ella siempre ha soñado. Lo observa de reojo y se ruboriza. Sigue flotando en el cielo,
creyendo que en cualquier momento despertará. Valeria le aprieta la mano con fuerza y descubre, una vez
más, que todo eso que está pasando es verdad. Que el chico de quien se enamoró hace meses es el que la
acompaña ahora mismo.
—Éste es el sitio del que te he hablado, nena —comenta Raúl al tiempo que señala el local que tienen
delante de ellos.
Es un pub no demasiado grande. Tampoco hay mucha gente. Es pronto. Luego se llenará como todos
los sábados por la noche. La pareja entra y se acomoda en una mesa de la esquina del fondo. Un pequeño
beso en los labios antes de que el camarero los atienda. No les pregunta la edad, así que el joven pide un
Sex on the beach. Para ella, un San Francisco sin alcohol.
—¿Sex on the beach? ¿Qué lleva?
—Vodka, zumo de naranja, licor de melocotón y granadina.
—Ah.
—Aquí lo hacen muy rico. Te daré un poco para que lo pruebes.
Valeria imagina que habrá llevado a aquel lugar a todas las chicas con las que ha salido. Y, de
repente, siente unos terribles celos de ellas. Sin embargo, la que ahora mismo está sentada con él y la que
acaba de probar su boca es ella. Eso la hace sentir mejor. Improvisa un nuevo beso, éste más largo que el
último, y después lo mira fijamente a sus impresionantes ojos azules. Sonríe.
—¿Estás seguro de esto? —pregunta mientras le roza los dedos por debajo de la mesa.
—¿De qué?
—De qué va a ser. De lo nuestro.
—Claro que no.
—¿No?
—Es imposible estar seguro de nada ahora mismo, Val.
La sonrisa de Valeria desaparece. Aparta su mano de la de él y se pone seria.
—¿Entonces por qué nos besamos y caminamos de la mano?
—Porque me gustas.
—Pero…
—Y yo te gusto a ti, ¿no? —la interrumpe y alcanza otra vez su mano bajo la mesa.
La chica asiente con la cabeza. Su expresión calmada la tranquiliza. Se nota que tiene mucha más
experiencia que ella. Quizá le esté pidiendo demasiado. No puede pretender que se enamore desde el
minuto uno. Acaban de empezar. ¡Apenas llevan unos minutos saliendo juntos! ¿Salir? Pero ¿están
saliendo ya? ¿Desde cuándo se considera que dos personas salen? ¿Desde el primer beso? ¿Desde la
primera vez que quedan a solas? ¿Desde que…? Está un poco sobrepasada. Quiere gritar. ¡Todo aquello
es una locura! ¡Ha besado a Raúl!
Tiene que serenarse. Cambio de tema. Eso es. Servirá para coger aire y darle a entender que no
quiere agobiarlo.
—¿Has venido mucho a este sitio?
—Un par de veces.
—Está muy bien.
—Sí. A mí me gusta mucho.
¿Y ahora? Mira a su alrededor. Está nerviosa. ¿Qué le dice? No lo sabe. ¿Y si mete la pata? No
recuerda la última vez que estuvo a solas con un chico de esa forma. En realidad, sí lo recuerda.
Recuerda a la perfección las dos veces que vivió algo parecido. Dos ligues con quince años. Dos
verdaderos desastres que terminaron el mismo día en el que comenzaron. Y es que, pese a que había
logrado vencer su timidez casi por completo, la asignatura de salir con tíos todavía la tenía pendiente.
Por eso nunca había tenido novio.
Pero ésta debía ser diferente a cualquier otra cita anterior. Raúl es su amigo desde hace mucho
tiempo, se conocen muy bien, y, además, de él sí que está verdaderamente enamorada. No como de los
otros, con los que salió por salir. Por experimentar. Por saber lo que se siente al dar un beso. Y es que ya
puede asegurar que ninguno de los que había dado hasta ahora le llegaban a la altura de los zapatos a los
besos de esa noche.
—¿Hay muchos deberes para el lunes? —pregunta tras un silencio lleno de miradas. Continúa muy
tensa.
—¿Cómo?
—Deberes de clase.
—¿Qué deberes?
—Para el lunes. Creo que tenemos que hacer ejercicios de…
Y, de pronto, sus labios. Raúl la silencia con un beso. Valeria, primero sorprendida y luego
cautivada, se deja llevar. Cierra los ojos y apoya las manos en los hombros de Raúl. Es una sensación
inigualable. Difícil de describir con palabras. Lo mejor que le ha pasado. Hasta que el inoportuno
camarero regresa con los cócteles. Los chicos se separan despacio y sonríen.
—Sex on the beach y San Francisco —dice en voz baja mientras coloca las bebidas sobre la mesa.
La pareja da las gracias y contempla cómo se aleja el chico que les ha servido.
—Val, relájate. Esta noche nada de deberes, ni de instituto, ni de nada que no seamos tú y yo. ¿Vale?
—Lo intentaré.
—Bien. Así me gusta —afirma al tiempo que alcanza su copa—. ¿Probamos esto a ver qué tal está?
—Sí.
El joven agita su bebida roja con una pajita y le da un largo sorbo. Valeria hace lo mismo con el San
Francisco. Está dulce. Se mancha los labios con el azúcar que baña el cristal, pero Raúl en seguida se
encarga de limpiárselos con otro beso; además, traspasa el alcohol de su copa de su boca a la de Valeria.
El sabor del vodka penetra ardiente en su garganta y la hace retorcerse.
—¿Qué? ¿Te gusta?
—No está mal. Un poquito fuerte —apunta ella cuando traga por completo el líquido que él le ha
dado—. Pero la próxima vez deja que sea yo la que elija cuándo beberlo.
La protesta de Valeria hace reír a Raúl, que la abraza. El achuchón la hace feliz, aunque siente mucho
calor en el pecho por el trago de vodka que el chico le ha pasado desde la boca.
—Val, me encantas.
—Menos mal. Si no, no sé qué pinto aquí.
—Me gustas desde que te conocí, ¿lo sabías?
—No.
Claro que no lo sabía. Hasta el momento Raúl no lo había demostrado en absoluto. Eran amigos, lo
pasaban bien en el grupo y se sentaban juntos en clase. Pero eso era lo mismo que pasaba con los otros.
De hecho, el que hubiera salido con cuatro chicas a lo largo del último año y pico no reflejaba lo que
acababa de confesar.
—Lo que pasa es que nunca te había visto como a una posible novia.
—Gracias, hombre.
—¡No te lo tomes a mal! —exclama sonriente, y la vuelve a abrazar tras besarla en la mejilla—.
Simplemente es que no sabía que podía sentir por ti algo más que amistad.
—¿Y ahora sientes eso más?
—Más o menos. Digamos que estoy empezando a sentirlo.
Menos es nada. Está muy claro que ella es la parte enamorada de la pareja y él el que necesita tiempo
para enamorarse. Debe asumirlo con paciencia.
—Espero no ser una chica transición.
—¿Una chica transición?
—Sí. —Y se lo explica.
Lo leyó una vez en una revista: «Cuando salgas con un tío, asegúrate de que no eres una chica
transición. No hay nada peor que ser la novia de un chaval durante el período de tiempo que va desde el
final de la relación con su ex al comienzo de la relación con su verdadero amor. Posiblemente, tendrá
suficiente confianza contigo como para contarte lo que sucedió con su anterior pareja y te habrá querido
antes como amiga. Te dirá que le gustas, pero que necesita tiempo para amarte.»
—Lo confieso —dice él muy serio—. Eres mi chica transición.
—¿Qué?
Raúl signe sin pestañear hasta que estalla en una carcajada. Valeria arruga la nariz y se aparta de él
bruscamente. ¡Estúpido! Ni lo mira. Le da un sorbo a su San Francisco y se cruza de brazos.
—No te enfades. Era una broma.
—Ya, ya.
—¿Cómo puedes creerte lo que dice una revista de cotilleos?
—Si lo dice será por algo.
—Porque tienen que llenar páginas.
—Si alguien escribe una cosa así es que le habrá pasado alguna vez o conoce a alguien a quien le ha
pasado.
El joven mueve la cabeza negativamente.
—Entonces, cuando yo haga películas, todo lo que ruede será porque me ha pasado a mí o porque le
ha ocurrido a alguien que conozco, ¿no?
—No lo sé —contesta Valeria tras pensarlo un par de segundos—. Tal vez.
—Pues espero que si hago alguna peli de extraterrestres no pienses que estoy loco o que alguna vez
he sido abducido.
Aquel comentario le arranca una media sonrisa a Valeria. Le encantaría que Raúl cumpliera su sueño
y consiguiera convertirse en director de cine.
—No cambies de tema —se queja al recordar que se había enfadado—. Me has llamado chica de
transición.
—Perdóname.
—Mmm. No sé.
El chico se inclina hacia ella y acerca su rostro al de Valeria. Ésta intenta no mirarlo, pero es
imposible. Cae nuevamente en su mirada embrujadora, queda atrapada en ese azul celeste hipnotizador.
Un instante después, sus labios vuelven a estar unidos.
—¿Es mi BlackBerry? —pregunta la joven alertada por el ruido que surge de algún sitio cercano.
—¿Qué?
—Eso que suena…
—Yo no oigo nada.
—Espera.
Valeria se disculpa por la interrupción con un piquito suave. Coge su bolso y lo abre. Efectivamente,
tiene un mensaje de WhatsApp. Lo lee y arquea las cejas preocupada.
—¿Quién es?
—Eli —responde con la voz quebrada—. Me ha dicho que no se encuentra bien y que quiere hablar
conmigo.
ESTE reservado es bastante cómodo. No hay mucho jaleo, la música no suena excesivamente alta y
tampoco se ven parejas pasándose de la raya.
—¿Qué quieres beber?
—Una Coca-Cola.
Y esta vez nadie la convencerá de que pida algo más fuerte. Se acabó el alcohol por esta noche.
—Perfecto. Te la traigo en seguida. Espera.
—Espero.
El muchacho se aproxima a la barra privada del reservado de la discoteca y dialoga con una guapa
camarera mientras Valeria lo observa sentada en un sofá para dos.
Lo que son las casualidades. ¿Qué probabilidad existía de que el chico que tocaba la guitarra en el
metro y ella se encontraran en una fiesta universitaria? Una entre mil millones de billones, como solía
decir de pequeña. Y, sin embargo, allí está, esperando a que le lleve su refresco. Aunque, en realidad,
tiene muy pocas ganas de continuar en aquella discoteca. Prácticamente ninguna. Él la ha convencido para
que se quede un rato. «No hay que despreciar los caprichos del destino.» Pero lo único que le apetece a
Valeria es irse a casa y tumbarse en su cama a dormir las penas.
Taconea y mueve la cabeza al ritmo de David Guetta y Chris Brown.
A esa hora, Raúl y Eli deben de estar… ¿en el baño? ¿En un sillón de la discoteca? ¿En algún motel
de la ciudad? ¡Qué mal! Cuando lo piensa, le entra una angustia tan grande que sólo le apetece llorar. La
imagen del beso entre sus dos amigos será muy difícil de olvidar.
—Aquí tienes —le dice el chico cuando le entrega un vaso lleno de Coca-Cola.
—Gracias.
Él ha preferido algo más intenso. Valeria no distingue si es ron o vodka, pero lo acompaña con
refresco de naranja. El olor del alcohol le inunda la nariz en cuanto el joven se sienta a su lado.
—Entonces, habíamos quedado en que tú eres Valeria.
—Así es. Y tú César.
—Correcto.
—Y estudias Periodismo. Tercero.
—Efectivamente. ¿Y tú qué haces? —pregunta él intrigado—. No me lo habías dicho, ¿verdad?
—No.
Y ahora, ¿se lo inventa? ¿O le confiesa que aún no ha terminado el instituto? Podría pasar como con
la rubia que antes quiso ligarse a Raúl.
—Tienes cara de estudiar…
—Mmm. A ver… sorpréndeme.
—Derecho.
—¿Derecho? ¿Estás seguro?
Menudo ojo que tienen los periodistas de hoy en día. Así están los medios de comunicación. Quizá
Derecho fuera la última carrera que ella elegiría.
—Espera. —La observa como quien examina un cuadro de arte abstracto difícil de interpretar—.
¡Odontología!
Quizá la próxima sea Ingeniería de Caminos. Así que decide ser odontóloga por una noche.
—¡Sí! ¡Lo has adivinado!
—Bueno, a la segunda. No está mal.
—No sólo tocas bien la guitarra, sino que tienes un sexto sentido para las profesiones. Enhorabuena.
César sonríe. Y ella también lo hace. Es curioso, pero está más tranquila que cuando lo conoció en el
metro. No le impone como antes. Y eso que el chico es increíblemente guapo.
—¿Y en qué curso de odontología estás?
—Primero.
Tampoco iba a ponerse más años de la cuenta. Con que crea que tiene dieciocho, ya está bien.
—Una novata.
—Sí.
—¿Te han gastado muchas novatadas?
—Eh… no. De momento ninguna.
—¿No? ¿Nadie te ha bautizado como universitaria?
—¿Bautizado? —La cosa se complica—. Pues no.
—Bueno, pues entonces me tocará a mí hacerlo. No puedo estar sentado con una novata sin que esté
bautizada.
¡Dios! ¿En qué lío se ha metido? ¿Qué va a hacerle?
La chica no sabe dónde posar su mirada. No basta con que su amiga se esté liando con el chico que
ama, sino que ahora la quieren bautizar. ¡Si ella se llama Valeria, ya está bautizada!
—No me metas miedo. ¿Qué es eso?
—¿Bautizar a una novata?
—Sí.
—¿No lo sabes?
—¡No!
—Pues consiste en meter la cabeza de una estudiante de primer año en un cuenco lleno de calimocho
o sangría durante cinco segundos.
—¿Qué? ¿Me lo dices en serio?
No puede ser verdad. Pero César no tiene cara de estarle gastando ninguna broma. ¡Madre mía! El
solo hecho de pensar lo que podrían hacerle a sus mechitas rubias la pone nerviosísima.
—Pero es mejor que te bautice yo, que ya me conoces y estoy bastante sereno, a que lo haga uno de
mis amigos, que llevan bebiendo cerveza desde la seis de la tarde. ¿No?
¡Los tíos de la gorra con su cuenta de Twitter inscrita! Pues sí, si lo hicieran ellos sería peor. Mucho
peor. Igual moría ahogada en un barreño de calimocho. De todas maneras, aunque el encargado de
hacerlo sea ese periodista guapísimo, no le hace ninguna gracia.
—¿Y no podríamos dejarlo para otro día?
—No.
—Pero es que…
—¿Qué clase de veterano sería yo si dejara sin bautizar a una novata en una de nuestras fiestas?
—Venga, César. No seas malo.
Le tiembla el cuerpo. El joven se levanta del sofá muy serio. Le da un trago a su copa y le guiña un
ojo.
—Voy a decirle a Tania que lo prepare todo. Ella me ayudará —explica al tiempo que señala a la
camarera con la que hablaba antes.
—Por favor, que luego tengo que ir a mi casa. ¿Qué le digo a mi madre?
—Pues la verdad. Que un veterano te ha bautizado. Ella lo comprenderá.
—Pero ¿cómo va a entender eso mi madre?
—Si ha sido universitaria seguro que también pasó por lo mismo.
Aquello es de locos. Su madre estudió magisterio. ¡Pero nunca le contó nada de que la bañaran en
sangría! ¿Eso no es ilegal? ¿No está penado por algún Código Civil o algo por el estilo? Si fuera
estudiante de Derecho lo sabría. ¡Mierda! Joder. No quiere que le mojen el pelo. ¡Es su pelo! ¡Son sus
mechitas! ¡Pues no! ¡No lo va a permitir! ¡Por muy bueno que esté el tío que quiere hacerlo!
—Me voy.
Valeria se arrastra por el sofá y también se pone de pie.
—¿Cómo que te vas?
—No voy a dejar que me empapes de calimocho o de sangría así por las buenas.
—Pero es una costumbre universitaria…
—Me da lo mismo. Paso.
—Pero…
En ese instante, César sonríe y se interpone en su camino con los brazos abiertos.
—Déjame pasar.
—¿Y si no lo hago?
—Gritaré. O te soltaré una patada. Te advierto que he hecho cuatro años de karate.
Otra mentira. Pero qué importa ya si lo que dice es verdad o no lo es. ¡Quiere salir de aquella
discoteca inmediatamente!
—Y yo te advierto que si intentas darme una patada tendrás problemas con tu falda.
—Me da lo mismo.
La chica intenta esquivarlo por su derecha, pero el joven se lo impide sin perder ni un instante la
sonrisa. Valeria lo intenta ahora por la izquierda. Nada. Él sigue en medio. Resopla y lo mira a los ojos.
A esos preciosos ojazos verdes. Pero ahora mismo los odia, tanto a ellos como a su dueño. ¿Es que no
quedan tíos normales en todo el país?
—¿Te das por vencida?
—¡No!
Valeria coge carrera y se impulsa con fuerza contra el músico del metro. Es tanta la energía que
utiliza en su embiste que tira a César al suelo. ¿Libre? Lo estaría si ella no hubiera caído justo encima de
él. Uno sobre el otro, se miran cara a cara. Hay escasos centímetros de distancia entre ambos. Él sonríe,
ella tiene ganas de llorar.
—¿Por qué me has mentido, Valeria?
—¿Cómo?
—No estudias Odontología. Ni Derecho. Ni siquiera vas a la universidad.
—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Cómo sabes tú eso?
El chico se echa a un lado y consigue ponerse de pie. Luego, ayuda a levantarse a Valeria, que no sale
de su asombro.
—Tania me lo ha dicho mientras pedía las bebidas. Es la novia de quien os ha facilitado los carnés
falsos.
—Joder! ¿La camarera es la novia del timador?
—¡Cuidado con lo que dices de uno de mis compañeros de piso!
—¿Qué? ¿También es tu compañero de piso?
—Claro. Yo toco en el metro, él hace algún que otro chanchullo para ganarse algún dinero… Pero es
buen tío.
—Es un timador.
—Tú también has querido engañarme…
Touché. Ahí tiene razón. Y quizá no habría debido hacerlo.
Los dos regresan al sofá en el que estaban antes de que Valeria quisiera marcharse.
—Perdona. No sabía cuál sería tu reacción si te enterabas de que tengo dieciséis años.
—¿Mi reacción? Habría sido la misma que al decirme que estudiabas Odontología. Sólo que te
habrías ahorrado lo del bautizo.
—¿Cómo? ¡Era mentira! —exclama la chica tras abrir mucho los ojos y llevarse las manos a la
cabeza.
—Claro que era mentira. Pero merecías un escarmiento.
—Joder. Te has pasado.
—No haber intentado engañarme.
Ese guapo muchacho de melenita castaña se la ha colado bien. Y él que parecía tan bueno e
inocente… Pero ahora… le gusta más. Incluso durante un rato se ha olvidado de Raúl y Eli.
—¿En paz? —pregunta Valeria sonriente al tiempo que propone que se den la mano.
—En paz. Y sin más mentiras.
—Sin más mentiras.
Y ambos estrechan las manos. Los dos se quedan en silencio. Mirándose. Es demasiado guapo para
existir de verdad.
En ese instante, una vibración sacude su bolso. La chica despierta del sueño en el que se encontraba y
lo abre. Tiene un mensaje de Raúl en su BlackBerry rosa.
Val, ¿dónde estás? Tengo que hablar contigo ahora mismo. Estoy en la puerta de la discoteca. Ven.
Lo lee una vez más. ¿Y esto a qué viene? ¿No debería de estar dándose el lote con Eli? No
comprende nada. Ya le vale. Sin embargo, Valeria no puede evitar acudir a su llamada. Se levanta, le
pide disculpas a César y abandona el reservado.
Puede que lo que va a escuchar dentro de unos minutos le haga más daño, pero necesita saber qué es
lo que quiere Raúl.
Capítulo 13
EL taxi circula a ochenta kilómetros por hora. Aunque, si por ella fuera, pisaría el acelerador hasta
subir a doscientos. Y se saltaría todos los semáforos en rojo, que parece que se han puesto de acuerdo
para fastidiarla.
¡Elísabet quiere llegar ya a su casa!
Suena la radio dentro del coche. Se trata de una emisora musical que no ha identificado todavía, pero
que, por lo escuchado, sólo pone temas melosos. En ausencia de ti, de Laura Pausini, es la tercera
canción romántica que oye desde que se subió.
—Perdone, ¿le importaría cambiar la emisora? —pregunta la chica tras asomarse por el hueco que se
forma entre los asientos delanteros.
—¿Disculpe?
—La radio. ¿Puede poner otra cosa?
El taxista gruñe algo en voz baja y cumple el deseo de su joven pasajera. Juega con el botoncito del
dial hasta que por fin se detiene. Más música: El regalo más grande, de Tiziano Ferro. La cosa va de
italianos y de canciones bobaliconas. Eli resopla y se da por vencida. Mueve la cabeza a un lado y a otro
y se apoya contra el cristal de la puerta derecha.
—¿Una mala noche?
No esperaba que aquel tipo volviese a dirigirle la palabra. No tiene ganas de conversar con nadie. Y
menos con un tío al que no conoce de nada y que podría ser su padre.
—No —responde seca y escueta. Miente.
Saca la BlackBerry de su bolso. Finge que llama a alguien para que el taxista no vuelva a molestarla.
Sabe que la está observando por el espejito. Es el truco que utiliza siempre que un tío que no le gusta
intenta ligar con ella. En esta ocasión también da resultado. Aquel hombre no dice nada más hasta que
llegan al final del trayecto. La joven paga a toda prisa y se baja del coche sin mostrar ningún cuidado al
cerrar.
Todas las luces de su casa están apagadas, salvo la de la ventana de la habitación de sus padres.
Seguro que no esperaban que regresase tan temprano. Les ocultó que iba a una fiesta de universitarios,
pero les explicó que volvería tarde. Bastante tarde. Mira el reloj; apenas son las once y cuarto de la
noche.
Saca las llaves del bolso y entra. Grita que ya está en casa y camina de prisa hacia su dormitorio. En
la escalera, se topa con su madre, que está anudándose el cinto de la bata.
—¿Ya estás aquí?
—Sí.
—¿Te encuentras bien? Es pronto.
—Estoy algo cansada. Pero todo bien.
—¿Seguro?
—Que sí, mamá.
Simula una sonrisa y le da un beso en la mejilla. La mujer no la cree, pero imagina que tampoco va a
contarle lo que le sucede. Eli les habla pocas veces de sus sentimientos. Se ha vuelto muy reservada
desde hace un par de años. Apenas saben nada de sus relaciones con los chicos, de novios, o del trato
que tiene con sus amigos. Sólo habla cuando quiere hablar. Así que lo mejor es dejar que se vaya a la
cama; si necesita algo, ya lo dirá. Le devuelve el beso y le da las buenas noches.
La joven se dirige a su habitación y se encierra en ella. Se quita la chaqueta, la guarda en el armario y
se sienta en la cama. Tacones fuera. Se masajea los doloridos pies y se queda mirando hacia ninguna
parte, pensativa.
—Estúpido, estúpido, estúpido —corea en voz baja.
Da un manotazo en el colchón y se tumba boca abajo con la cabeza apoyada en la almohada. Tarda un
segundo en darse la vuelta. Mira hacia arriba, pero en seguida cierra los ojos y aprieta con fuerza los
párpados. Visualiza sus labios, sus palabras… Sus últimas palabras.
No es justo.
Con lo bien que iba todo…
—¿Sabes una cosa? —le susurra al oído—. Me apetece muchísimo besarte.
Raúl se echa hacia atrás y sonríe. Pero no va a dejarlo escapar esta vez. Elísabet bebe un sorbo de su
vodka con naranja y vuelve a por el chico. Esta noche tiene que ser suyo. Lo mira a los ojos, esos
imponentes ojos azules, y abre las piernas lo justo para que la rodilla de Raúl quepa entre las suyas. Él
acepta la oferta y contempla cómo ella se balancea con sensualidad.
Es el momento.
La joven le rodea el cuello con los brazos y acerca su rostro al de él. Lentamente, se pone de
puntillas sobre los zapatos de tacón. Su boca se acerca despacio a la de Raúl hasta que ambos se unen en
un beso, con la música y las luces de colores como testigos.
Es increíble lo que siente. Cree que jamás ha experimentado algo así. ¿Es su primer beso de amor?
Sí. Está muy claro que sí. Y, después de haberlo dado, está segura de que lo que siente por su amigo es
algo muy especial. No se trataba de un cuelgue pasajero o un capricho. Le gusta de verdad.
No dura mucho. Unos cuantos segundos. Pero son mágicos. Cuando se separan, ambos sonríen. Pero
Elísabet quiere más. Necesita más. Vuelve a por sus labios. Sin embargo, Raúl los aparta y le habla al
oído.
—¿Podemos ir a un sitio más tranquilo?
—Claro.
El chico la coge de la mano y juntos salen de la pista de baile. Eli ve un pequeño sofá vacío en una
esquina de la discoteca y se lo señala. Es el lugar perfecto para continuar lo que han empezado. En
cambio, él declina su proposición y sigue caminando entre el gentío de universitarios.
—Mejor vamos fuera.
—¿Fuera?
—Sí. Aquí dentro casi no nos oímos.
¿Oír? ¿Qué quiere oír? ¡Si no van a hablar! Al menos ahora no. Necesita besarlo. Besarlo muchas
veces. Ya hablarán luego de lo que significan esos besos. De su próxima relación. De cómo decirle a los
demás que ahora forman una pareja.
Pero los planes de Raúl son otros. Recogen sus chaquetas en el guardarropa y se dirigen a la salida.
El portero le pone un sello a cada uno y ambos abandonan el local.
Hace algo más de frío que cuando entraron, aunque se está bien en la calle.
—¿Allí? —pregunta Elísabet, que está algo confusa, refiriéndose a un banquito de madera situado a
unos metros de ellos.
—Vale.
La noche cerrada de Madrid está vacía de luna y estrellas. Los dos se sientan en el banco, con una
farola que los ilumina como único testigo. La chica no sabe qué decir, sólo quiere saborear los labios de
Raúl una vez más. Sin embargo, él toma la palabra.
—¿Por qué me has besado?
—¿Cómo? ¿Que por qué te he besado? —Es lo último que esperaba escuchar de su boca—. ¿Me lo
preguntas en serio?
—Sí.
Había entendido bien. ¿Le está pidiendo explicaciones?
—Me apetecía hacerlo. ¿A ti no?
—No ha estado mal.
—¿No te ha gustado? ¿Es que beso mal?
—No, no. Besas muy bien.
Aquélla no era la idea que Elísabet tenía sobre lo que vendría después de su primer beso de amor.
Será tonto.
—¿Qué pasa, Raúl? ¿No querías que te besara?
—Pues… si te soy sincero, no busco un rollo de una noche.
—¿Por quién me tomas? ¿Crees que sólo soy una chica de una noche?
Su confusión se transforma en indignación. Aquello ha sido un golpe bajo. Y viniendo de él, le duele
de verdad.
—No. No he dicho eso.
—Pues aclara qué es lo que has dicho, porque me estás haciendo sentir fatal.
—Es difícil de explicar, Eli.
—Esfuérzate.
El joven resopla, se pasa la mano por el pelo y busca las palabras adecuadas. No quiere hacerle
daño. Aunque va a ser inevitable.
—Digamos que busco algo serio con alguien. Y no me apetece tener más rollos o empezar algo con…
—Se detiene un instante. Esto va a doler—. Con chicas con las que sé que no voy a llegar a ninguna
parte.
La expresión de Elísabet muestra claramente que sí, que aquello le ha dolido.
—Entiendo.
—¿Sí?
—Sí. Perfectamente —responde muy seria—. El señorito se ha cansado de jugar con niñatas
estúpidas y ahora va a empezar a machacar a las amigas que de verdad lo quieren.
—No seas así. No he di…
—¿Qué pasa? ¿Te da miedo empezar algo conmigo? —lo interrumpe alzando la voz.
—¿Qué?
—Yo tampoco quiero un rollo de una noche. Para eso me habría liado con cualquier tío bueno, que
había unos cuantos ahí dentro.
—Eli…
—Yo quería algo contigo porque me gustas. Me gustas de verdad, capullo. ¿O es que crees que
arriesgaría nuestra amistad por dos besos en una discoteca?
La chica se pone de pie y camina por delante de Raúl, que la observa con amargura.
—Es que yo no… —tartamudea—. Eres una gran chica, una gran amiga…
—¡Venga ya! Corta el rollo…
—Es cierto. Lo que pasa es que…
—No quieres una relación de verdad conmigo. De pareja. Como novios. ¿No?
—No sabía que sentías eso por mí.
—Pues ya lo sabes.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Te lo he dicho hoy. Cuando ha llegado el momento —dice con una sonrisa triste—. Después de que
hayan pasado unas cuantas semanas desde que dejaste a la gilipollas de Beatriz.
Silencio. La confesión de Elísabet ha sorprendido a Raúl. No se imaginaba que su amiga albergara
esos sentimientos. Ahora está confuso, pero, al mismo tiempo, más decidido que antes.
—Lo siento. No creo que tú y yo funcionásemos como pareja.
—Bien. Bien. Bien.
Sonríe nerviosa. Agacha la cabeza y luego la levanta de nuevo para mirarlo con odio. Se mete las
manos en los bolsillos de la chaqueta y resopla. Hay un taxi parado delante de un semáforo en rojo justo
enfrente de ellos. Sin decir nada, Elísabet corre hasta el vehículo y se sube en él. Dentro suena Para tu
amor, de Juanes. Estúpida canción. No podía ser más inoportuna.
Capítulo 14
LE acaban de devolver la chaqueta en el guardarropa. Ha recibido otro mensaje vía WhatsApp. Raúl la
espera fuera, sentado en un banco al lado de la discoteca. Le ha contestado que estará ahí en seguida.
¿Qué querrá decirle? Ha hablado en singular. ¿Y Elísabet? Todo es muy extraño.
—¡Valeria, espera!
Es la voz de César. La chica se vuelve y lo ve acercarse corriendo hacia ella. Se abre paso entre la
gente hasta que por fin llega a su altura.
—¿Qué pasa?
—Te has ido tan rápido del reservado que ni siquiera me has dado tu Facebook. Me gustaría seguir
en contacto contigo.
—No tengo Facebook —responde sonriente—. Tuenti. ¿Lo quieres?
—Hace tiempo que borré mi cuenta de Tuenti. ¿Y Twitter?
—No lo uso.
—Vaya. ¿Correo electrónico?
—Eso sí. Pero…
No sigue hablando. Se le enrojecen las mejillas a toda velocidad.
—¿No quieres dármelo? —pregunta César ante el silencio de la joven, que ni siquiera lo mira a la
cara.
—No es eso. Es que… ¡Bueno, pero no te rías!
—Claro que no me reiré.
—¡No te rías! —repite.
—Ya te he dicho que no lo haré.
—Bien. Es… Valeriaguapetonaesunacampeona, todo junto, arroba, hotmail, punto, com.
Tras un instante de silencio, la carcajada es inevitable. Se ríe tanto que Valeria casi se muere de la
vergüenza que está pasando en ese instante. Se tapa la cara con las manos y suelta un quejido.
—Per… perdona —tartamudea el chico, que aún ríe—. Perdóname, por favor.
—¡Dijiste que no te reirías!
—Es que… ese correo es… es… muy gracioso.
—¡Me lo hice con once años! ¿Qué quieres?
—Tenías dotes para la poesía, ¿eh?
Más risas. ¡Dios! En su vida lo ha pasado tan mal como ahora. El fuego que hay prendido en su cara
arde cada vez con más intensidad.
—Muy bien. Sigue metiéndote conmigo.
—Perdona, Valeria —se disculpa ya más calmad
Una sonrisa le ilumina el rostro. ¡Qué guapo es! Su belleza es diferente a la de Raúl, pero ambos
podrían competir por el premio al tío más bueno que ha conocido en todos sus años de vida. ¿Y quiere su
teléfono? No puede ser que le haya gustado. Seguro que hay miles de chicas detrás de él. Y mucho
mayores que ella y más guapas. Y más todo. No le ha dicho su edad. Pero, si está en tercero de
Periodismo, tendrá mínimo veinte o veintiuno. Demasiados para una cría de dieciséis.
—Sí. Claro que te lo habría dado. Así me habría ahorrado la humillación.
—Ha sido divertido.
—Sólo para ti.
—¿Te puedo pedir el número ahora o es demasiado tarde?
No sabe si está ligando con ella, pero, si lo está intentando, es bueno. Si no, también, porque ha
conseguido atraerla muchísimo.
—Puedes.
—Valeria, ¿me das tu número de teléfono? —pregunta al tiempo que saca el móvil del bolsillo.
La chica sonríe y se lo da cifra a cifra. César lo apunta. Cuando lo tiene, le hace una llamada perdida
para que también ella tenga el de él.
—Debo irme. Mi amigo quiere hablar conmigo.
—¿Volverás?
—No lo sé.
—Bueno, si no te vuelvo a ver esta noche… —Se inclina y le da dos besos—. Te llamaré un día de
éstos. O quién sabe si nos encontraremos otra vez en alguna estación de metro.
—Sí. Quién sabe.
Y despidiéndose de él con la mano, sale de la discoteca después de que el portero le selle la mano.
Qué sensación tan extraña. Nunca le había pasado nada parecido con un desconocido. ¿Lo volverá a
ver? No estaría nada mal. El joven estudiante de Periodismo ha mejorado una noche que se había
convertido en una de las peores de su vida. No está segura de que el interés que ha mostrado hacia ella
haya sido del todo real. Quizá nunca más coincidan. O tal vez sí. Pero, gracias a César, ahora camina más
animada hacia el banco en el que está sentado Raúl.
Su amigo la ve y se levanta. Valeria se pregunta qué habrá pasado para que ahora esté solo. Es muy
raro. ¿Y Elísabet? La última vez que los vio estaban dándose un apasionado beso en la pista de baile.
—¿Dónde te habías metido? Desapareciste de repente.
—Pues estaba dentro de la discoteca.
—Te perdí de vista.
—Normal. Estabas muy ocupado con Eli —responde tratando de ser irónica, de ocultar lo que
realmente sintió al verlos besándose—. Por cierto, ¿dónde está?
Raúl hace una mueca con la boca y apoya la mano en el hombro de Valeria.
—¿Damos un paseo y te lo cuento?
—Bien.
A pesar de que sigue triste por lo que ha visto hace un rato y de que tiene pánico a lo que su amigo
pueda contarle, siente curiosidad por saber qué ha sucedido entre ellos y dónde está Eli.
—No sé por dónde empezar —comienza a decir Raúl, que se mete las manos en los bolsillos.
Valeria avanza a su lado y lo observa. No puede evitar hacer comparaciones entre César y él.
Físicamente son muy distintos, pero si los puntuara ambos pasarían del nueve.
—No sé. Yo me quedé en el momento en el que…
—Nos besamos. ¿No?
—Sí —contesta en voz baja. Esta vez no ha logrado esconder su frustración.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Por qué lo sientes?
—Por dejarte sola. Eli y yo no deberíamos haber… —explica Raúl tras detenerse en medio de la
calle—. Ella quería besarme y yo la dejé.
Valeria también se para, algo confusa. No tiene muy claro qué es lo que quiere contarle. Se ha liado
con su amiga. Eso ya lo sabe. ¿Y luego? ¿Qué va a pasar con ellos dos? ¿Son novios?
En cambio, lo que Raúl comienza a relatarle es totalmente diferente a lo que ella había supuesto.
Boquiabierta, escucha con atención todo lo que ocurrió después del beso: el segundo intento rechazado,
la conversación en el banco, los sentimientos de Elísabet y… la respuesta final de Raúl.
—¿Le has dicho que no la veías como pareja?
La chica no sale de su asombro. Le han dado calabazas a su amiga. Durante un instante, se pone en su
lugar. Lo tiene que haber pasado fatal.
—Sí. Es que… no sé. Sólo la veo como a una amiga. No siento lo mismo por ella. O eso es lo que
creo. Y tampoco tenía ni idea de que ella sintiera algo por mí.
—Yo me he enterado esta tarde.
—¿Lo sabías? —pregunta él sorprendido.
—Más o menos. Pero, como comprenderás, no podía decirte nada.
—Ya. De todas formas, no creo que Eli y yo nos entendiéramos como novios.
—¿Estás seguro? Es una tía genial, os conocéis muy bien y no vas a encontrar a otra más guapa que
ella.
Aunque sea su rival, sobre todo es su amiga. Es su obligación defenderla.
—No estoy seguro de nada. Quiero algo con alguien. Algo que no tenga nada que ver con todo lo que
he tenido hasta ahora. Algo más serio.
—¿Más serio?
—Sí. Me apetece empezar una relación formal y enamorarme locamente de alguien que se enamore
locamente de mí.
Nunca había oído a Raúl hablar así. Parece decidido a encontrar a una chica de la que enamorarse de
verdad.
—¿Y no podría ser Eli ese alguien?
—No. No es ella quien está en mi cabeza.
—Pero ¿hay alguien en tu cabeza? —pregunta Valeria desconcertada.
—Creo que sí —confiesa Raúl con una sonrisa dulce.
Una punzada directa al corazón.
—¿La conozco?
—Me parece que sí.
Los latidos se multiplican por mil en el pecho de Valeria cuando Raúl se aproxima más a ella. No
puede ser. Aquello que está imaginando no puede ser. Es imposible.
—¿Va a nuestra… clase?
—Aja.
—¿Sí?
—Sí.
Le tiemblan los labios al hablar. Empieza a tener calor. Otra vez los pómulos enrojecidos. Seguro
que se le nota muchísimo que está muy tensa.
¿Y si fuera verdad? ¿Y si…?
—¿No vas a decirme su nombre?
—Por supuesto: Valeria.
Al oír su nombre, se produce una explosión de sentimientos en su interior. No es capaz de reaccionar,
de soltar las emociones que no le permiten ni sonreír.
—Yo…
—¿Tú…?
Raúl, en cambio, sí sonríe. De una forma divertida. Persigue su mirada esquiva, atrapándola en la
suya.
—Yo… Bueno… A mí me gustas desde hace tiempo —confiesa Valeria.
—¿De verdad te gusto? ¿Cuánto?
Mucho. Muchísimo. Lo suficiente como para casarse con él mañana mismo. Sin embargo, no termina
de creerse que aquello esté pasando. ¿No es un sueño? Se siente como en una nube. Su cerebro no lo
asimila y su corazón hace unos minutos que va tan de prisa que le da miedo sufrir un infarto.
—Esto no es una broma, ¿verdad?
—¿Cómo va a ser una broma?
—No sería la primera que me gastan hoy —dice recordando su «no bautizo» en calimocho y sangría
—. Si no es una broma… me encantaría intentarlo contigo.
—¿De verdad? ¿No es una broma?
—No. Lo mío no es ninguna broma.
Los dos se miran, ahora cómplices. Aunque Valeria sigue en la nube de lo increíble, por fin logra
sonreír. Raúl la sujeta con una mano por la cintura y con la otra le aparta el pelo de la cara hasta
recogérselo detrás de una oreja. Le da un beso en la mejilla y, a continuación, se acerca a su boca.
Sus labios, como dos imanes de distinto polo, se atraen irremediablemente en la noche más triste y
más feliz de la vida de Valeria.
Capítulo 15
POR la ventana de su cuarto hoy no se ven las estrellas. Es una noche de otoño oscura y templada.
Mantiene la luz de la habitación todavía encendida. Su sombra reposa en silencio sobre la pared. Aún no
le apetece dormir. Como ayer, antes de ayer y siempre, nota dentro esa sensación de ahogo. Lleva varias
semanas experimentando lo mismo. Demasiado tiempo. Demasiado ruido en su corazón. Pero batalla en
una guerra perdida. Y lo peor es que no va a luchar por ganarla. Si tuviera al menos una sola
posibilidad…
Una sola.
Sabe que no la hay. Que es imposible. Que sus sentimientos no son los mismos y que deberá seguir
sufriendo. Como ayer, como antes de ayer, como siempre. Nació para vivir en una condena. Sobre todo
desde que apareció.
No hay consuelo, no hay esperanza. No hay fe. Ni verdades ni mentiras. Una realidad. La suya.
Se sienta frente al ordenador y la cuenta en su blog.
Tiene un secreto.
¿Alguien que me rescate?
Que venga a por mí y me recoja en sus brazos amables. Que me diga que hoy soy especial. Que no
haga que me esconda de lo que llevo dentro. Que me apriete fuerte y me sonría con ternura y amor.
¿Hay alguien que me quiera por ahí?
Mi secreto pesa. Lo llevo atado al cuello con una soga que cada día aprieta un poco más. Siento esa
cuerda invisible cuando cierro los ojos y cuando los abro. Cuando miro, cuando ando, cuando tiemblo y
cuando estoy en mi cuarto en la soledad de una noche que no me deja dormir.
Quisiera ser feliz pero no puedo. No puedo. No puedo.
Y le prometo a todo el mundo que quiero: quiero ser feliz. De verdad. Pero ¿puede serlo alguien
sabiendo que no puede tener lo que más desea?
Debo conformarme. Pasar a otra página del libro. Ignorar lo que dicta mi corazón. Decidir de una vez
por todas que todo está perdido.
Admitir el final.
Sin embargo, no es tan sencillo renunciar. No es nada fácil olvidar que lo que sientes no se va a ir,
que se va a quedar.
Y mañana al despertar volveré a sentir la misma impotencia y la misma angustia por seguir sintiendo
lo que siento.
Pulsa el Enter y revisa la entrada que acaba de escribir: <http://tengolsecreto.blogspot.com.es>. Tal
vez no debería reflejar en la red cómo se siente. Corre el riesgo de que lo lea alguna persona que la
conozca, y allí están plasmados sus sentimientos. Si alguien se da cuenta de quién está detrás de esas
palabras…
Pero, por otra parte, necesitaba soltarlo. Desahogarse. Ya que en la vida real no es posible, al menos
cuenta con ese rinconcito virtual en el que se camufla bajo una máscara. Y, a pesar de los seguidores
desconocidos que la leen, su secreto está bien guardado.
Capítulo 16
ESTO no puede ser real. Él camina a su lado, van cogidos de la mano y pasean por las calles de
Madrid. Es lo que ella siempre ha soñado. Lo observa de reojo y se ruboriza. Sigue flotando en el cielo,
creyendo que en cualquier momento despertará. Valeria le aprieta la mano con fuerza y descubre, una vez
más, que todo eso que está pasando es verdad. Que el chico de quien se enamoró hace meses es el que la
acompaña ahora mismo.
—Éste es el sitio del que te he hablado, nena —comenta Raúl al tiempo que señala el local que tienen
delante de ellos.
Es un pub no demasiado grande. Tampoco hay mucha gente. Es pronto. Luego se llenará como todos
los sábados por la noche. La pareja entra y se acomoda en una mesa de la esquina del fondo. Un pequeño
beso en los labios antes de que el camarero los atienda. No les pregunta la edad, así que el joven pide un
Sex on the beach. Para ella, un San Francisco sin alcohol.
—¿Sex on the beach? ¿Qué lleva?
—Vodka, zumo de naranja, licor de melocotón y granadina.
—Ah.
—Aquí lo hacen muy rico. Te daré un poco para que lo pruebes.
Valeria imagina que habrá llevado a aquel lugar a todas las chicas con las que ha salido. Y, de
repente, siente unos terribles celos de ellas. Sin embargo, la que ahora mismo está sentada con él y la que
acaba de probar su boca es ella. Eso la hace sentir mejor. Improvisa un nuevo beso, éste más largo que el
último, y después lo mira fijamente a sus impresionantes ojos azules. Sonríe.
—¿Estás seguro de esto? —pregunta mientras le roza los dedos por debajo de la mesa.
—¿De qué?
—De qué va a ser. De lo nuestro.
—Claro que no.
—¿No?
—Es imposible estar seguro de nada ahora mismo, Val.
La sonrisa de Valeria desaparece. Aparta su mano de la de él y se pone seria.
—¿Entonces por qué nos besamos y caminamos de la mano?
—Porque me gustas.
—Pero…
—Y yo te gusto a ti, ¿no? —la interrumpe y alcanza otra vez su mano bajo la mesa.
La chica asiente con la cabeza. Su expresión calmada la tranquiliza. Se nota que tiene mucha más
experiencia que ella. Quizá le esté pidiendo demasiado. No puede pretender que se enamore desde el
minuto uno. Acaban de empezar. ¡Apenas llevan unos minutos saliendo juntos! ¿Salir? Pero ¿están
saliendo ya? ¿Desde cuándo se considera que dos personas salen? ¿Desde el primer beso? ¿Desde la
primera vez que quedan a solas? ¿Desde que…? Está un poco sobrepasada. Quiere gritar. ¡Todo aquello
es una locura! ¡Ha besado a Raúl!
Tiene que serenarse. Cambio de tema. Eso es. Servirá para coger aire y darle a entender que no
quiere agobiarlo.
—¿Has venido mucho a este sitio?
—Un par de veces.
—Está muy bien.
—Sí. A mí me gusta mucho.
¿Y ahora? Mira a su alrededor. Está nerviosa. ¿Qué le dice? No lo sabe. ¿Y si mete la pata? No
recuerda la última vez que estuvo a solas con un chico de esa forma. En realidad, sí lo recuerda.
Recuerda a la perfección las dos veces que vivió algo parecido. Dos ligues con quince años. Dos
verdaderos desastres que terminaron el mismo día en el que comenzaron. Y es que, pese a que había
logrado vencer su timidez casi por completo, la asignatura de salir con tíos todavía la tenía pendiente.
Por eso nunca había tenido novio.
Pero ésta debía ser diferente a cualquier otra cita anterior. Raúl es su amigo desde hace mucho
tiempo, se conocen muy bien, y, además, de él sí que está verdaderamente enamorada. No como de los
otros, con los que salió por salir. Por experimentar. Por saber lo que se siente al dar un beso. Y es que ya
puede asegurar que ninguno de los que había dado hasta ahora le llegaban a la altura de los zapatos a los
besos de esa noche.
—¿Hay muchos deberes para el lunes? —pregunta tras un silencio lleno de miradas. Continúa muy
tensa.
—¿Cómo?
—Deberes de clase.
—¿Qué deberes?
—Para el lunes. Creo que tenemos que hacer ejercicios de…
Y, de pronto, sus labios. Raúl la silencia con un beso. Valeria, primero sorprendida y luego
cautivada, se deja llevar. Cierra los ojos y apoya las manos en los hombros de Raúl. Es una sensación
inigualable. Difícil de describir con palabras. Lo mejor que le ha pasado. Hasta que el inoportuno
camarero regresa con los cócteles. Los chicos se separan despacio y sonríen.
—Sex on the beach y San Francisco —dice en voz baja mientras coloca las bebidas sobre la mesa.
La pareja da las gracias y contempla cómo se aleja el chico que les ha servido.
—Val, relájate. Esta noche nada de deberes, ni de instituto, ni de nada que no seamos tú y yo. ¿Vale?
—Lo intentaré.
—Bien. Así me gusta —afirma al tiempo que alcanza su copa—. ¿Probamos esto a ver qué tal está?
—Sí.
El joven agita su bebida roja con una pajita y le da un largo sorbo. Valeria hace lo mismo con el San
Francisco. Está dulce. Se mancha los labios con el azúcar que baña el cristal, pero Raúl en seguida se
encarga de limpiárselos con otro beso; además, traspasa el alcohol de su copa de su boca a la de Valeria.
El sabor del vodka penetra ardiente en su garganta y la hace retorcerse.
—¿Qué? ¿Te gusta?
—No está mal. Un poquito fuerte —apunta ella cuando traga por completo el líquido que él le ha
dado—. Pero la próxima vez deja que sea yo la que elija cuándo beberlo.
La protesta de Valeria hace reír a Raúl, que la abraza. El achuchón la hace feliz, aunque siente mucho
calor en el pecho por el trago de vodka que el chico le ha pasado desde la boca.
—Val, me encantas.
—Menos mal. Si no, no sé qué pinto aquí.
—Me gustas desde que te conocí, ¿lo sabías?
—No.
Claro que no lo sabía. Hasta el momento Raúl no lo había demostrado en absoluto. Eran amigos, lo
pasaban bien en el grupo y se sentaban juntos en clase. Pero eso era lo mismo que pasaba con los otros.
De hecho, el que hubiera salido con cuatro chicas a lo largo del último año y pico no reflejaba lo que
acababa de confesar.
—Lo que pasa es que nunca te había visto como a una posible novia.
—Gracias, hombre.
—¡No te lo tomes a mal! —exclama sonriente, y la vuelve a abrazar tras besarla en la mejilla—.
Simplemente es que no sabía que podía sentir por ti algo más que amistad.
—¿Y ahora sientes eso más?
—Más o menos. Digamos que estoy empezando a sentirlo.
Menos es nada. Está muy claro que ella es la parte enamorada de la pareja y él el que necesita tiempo
para enamorarse. Debe asumirlo con paciencia.
—Espero no ser una chica transición.
—¿Una chica transición?
—Sí. —Y se lo explica.
Lo leyó una vez en una revista: «Cuando salgas con un tío, asegúrate de que no eres una chica
transición. No hay nada peor que ser la novia de un chaval durante el período de tiempo que va desde el
final de la relación con su ex al comienzo de la relación con su verdadero amor. Posiblemente, tendrá
suficiente confianza contigo como para contarte lo que sucedió con su anterior pareja y te habrá querido
antes como amiga. Te dirá que le gustas, pero que necesita tiempo para amarte.»
—Lo confieso —dice él muy serio—. Eres mi chica transición.
—¿Qué?
Raúl signe sin pestañear hasta que estalla en una carcajada. Valeria arruga la nariz y se aparta de él
bruscamente. ¡Estúpido! Ni lo mira. Le da un sorbo a su San Francisco y se cruza de brazos.
—No te enfades. Era una broma.
—Ya, ya.
—¿Cómo puedes creerte lo que dice una revista de cotilleos?
—Si lo dice será por algo.
—Porque tienen que llenar páginas.
—Si alguien escribe una cosa así es que le habrá pasado alguna vez o conoce a alguien a quien le ha
pasado.
El joven mueve la cabeza negativamente.
—Entonces, cuando yo haga películas, todo lo que ruede será porque me ha pasado a mí o porque le
ha ocurrido a alguien que conozco, ¿no?
—No lo sé —contesta Valeria tras pensarlo un par de segundos—. Tal vez.
—Pues espero que si hago alguna peli de extraterrestres no pienses que estoy loco o que alguna vez
he sido abducido.
Aquel comentario le arranca una media sonrisa a Valeria. Le encantaría que Raúl cumpliera su sueño
y consiguiera convertirse en director de cine.
—No cambies de tema —se queja al recordar que se había enfadado—. Me has llamado chica de
transición.
—Perdóname.
—Mmm. No sé.
El chico se inclina hacia ella y acerca su rostro al de Valeria. Ésta intenta no mirarlo, pero es
imposible. Cae nuevamente en su mirada embrujadora, queda atrapada en ese azul celeste hipnotizador.
Un instante después, sus labios vuelven a estar unidos.
—¿Es mi BlackBerry? —pregunta la joven alertada por el ruido que surge de algún sitio cercano.
—¿Qué?
—Eso que suena…
—Yo no oigo nada.
—Espera.
Valeria se disculpa por la interrupción con un piquito suave. Coge su bolso y lo abre. Efectivamente,
tiene un mensaje de WhatsApp. Lo lee y arquea las cejas preocupada.
—¿Quién es?
—Eli —responde con la voz quebrada—. Me ha dicho que no se encuentra bien y que quiere hablar
conmigo.
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