17-19
Capítulo 17
 
¿Por qué tiene que ir?
Ella no lo ha pedido. Ni lo cree necesario. Que sus padres se hayan separado no es culpa suya. Ellos
son los que tendrían que visitar a un psicólogo.
No habla mucho, ni se relaciona con otros chicos, no porque tenga problemas mentales, sino
simplemente porque es tímida y porque prefiere estar sola. ¿Tan difícil es de entender? Por lo visto, sí.
Es complicado.
La profesora que se lo ha aconsejado a su madre es una estúpida. La odia.
—Creo que Valeria necesita ayuda —la oyó decir mientras permanecía escondida detrás de la puerta
de su despacho durante la conversación que la docente mantuvo con su madre.
—¿Ayuda? ¿Qué tipo de ayuda?
—Apenas habla con nadie. No tiene amigos. Llevamos dos meses de clase y nunca la he visto con
ningún chico.
—¿Y eso? ¿A qué puede deberse? Nunca ha sido muy expresiva ni simpática, pero en el colegio en el
que estaba antes sí tenía amigos.
O eso es lo que creían ellos. Sus padres estaban más preocupados por otras cosas que por su hija
pequeña. No se dieron cuenta de que, poco a poco, la chica se había ido aislando en su propio mundo.
—No lo sé. Puede deberse a varias cosas: el cambio del colegio al instituto, su separación o,
simplemente, que no ha cuajado con los compañeros que tiene.
—Vaya.
—Es complicado adentrarse en la mente de una chica de doce años. Está en plena época de cambios.
—¿Y qué me aconsejas? ¿Que la lleve a un psicólogo?
—Podría ser una buena solución. En el centro tenemos uno muy bueno. Si quieres le pido cita y a ver
qué tal.
Y, unos días más tarde, allí estaba ella, sentada en la sala de espera de la enfermería del instituto
aguardando su turno. Enfadada con todos: con su madre, con su padre, con la profesora y con el
psicólogo que había aceptado recibirla. Todavía no lo conocía, pero lo único que sabía ya era que no le
caería bien. No se largaba de aquella habitación porque así al menos perdería clase.
—¿Es tu primera vez?
La voz proviene del otro lado de la sala. Pertenece a una chica morena con el pelo largo. Es muy
delgada y tiene toda la cara llena de granos. Aunque van al mismo curso, no están en la misma clase. La
ha visto alguna que otra vez por los pasillos, pero no sabe ni su nombre. No le apetece responderle y, de
nuevo, vuelve a mirar hacia el frente.
—No te preocupes. Daniel es muy majo. No te hará decir nada que tú no quieras decir. Llevo un mes
y medio hablando con él todos los miércoles.
¿Y a ella qué le importa? Lo que le faltaba. No tendrá que soportar sólo al loquero, sino también a
sus pacientes. ¿Y ahora qué hace esa loca?
La chica de los granos se ha puesto de pie y se ha sentado en el sillón de al lado. Tiene una sonrisa
curiosa y unos ojos bastante bonitos. Pero su rostro está tan picado… Durante un momento, Valeria siente
lástima por aquella niña.
—No pienso decirle nada a ese tío.
¿Le ha contestado? No era su intención hacerlo. Ahora creerá que son amigas o algo por el estilo. No
volverá a pasar.
—Eso decía yo al principio, pero ahora le cuento todo lo que hago. Mis padres me obligaron a venir.
Todavía no sé muy bien por qué. Antes iba a otro, pero me han cambiado a éste desde que entré en el
instituto. Y estoy muy contenta. Daniel es muy buen tío.
—Me da lo mismo.
¿Otra vez? Aquella tonta la ha vuelto a hacer hablar. ¿Será ayudante del psicólogo? Eso es. Es un
señuelo para que se vaya soltando. Pero se acabó. Ésas han sido sus últimas palabras de la mañana.
—Te tengo que presentar a mi amiga Alicia. Te caería bien. Tampoco le gusta Daniel, aunque, como
ya te digo, es una gran persona y un gran terapeuta.
Terapeuta, menuda palabreja. Esa jovencita tan extraña le sonríe. Parece que se está divirtiendo. Y,
pese a que Valeria no vuelve a decir ni una palabra más, ella continúa hablando y hablando hasta que se
abre la puerta de la habitación en la que pasa consulta el psicólogo. Un chico muy bajito y feo, con el que
ha visto que los mayores se meten mucho y que responde al nombre de Bruno, sale de allí. Le da la mano
a un hombre alto con una bata blanca y sale corriendo de la enfermería.
—Hola, Elísabet, ¿cómo estás?
Así que la chica de los granos se llama Elísabet. Es un nombre bonito, aunque no le pega demasiado.
—Muy bien, Daniel. Deseando hablar contigo.
—Genial. Ése es un magnífico espíritu —comenta el hombre, sonriente. A continuación, mira hacia la
otra joven, que presenta una actitud completamente diferente—. Eres Valeria, ¿verdad?
No obtiene respuesta alguna.
—Sí. Se llama Valeria. Va a primero B.
Los ojos de ésta se abren como platos al escuchar a su compañera de sala. ¡Sabe su nombre y su
clase! ¿Cómo es posible?
—Fenomenal. Encantado, Valeria —contesta el psicólogo, que mira el reloj de su muñeca—. Hoy me
tengo que ir un poco antes. Pero se me ocurre una cosa, ¿por qué no entráis las dos juntas?
—¡Perfecto! —grita Eli contentísima—. ¡Será divertido!
En cambio, el entusiasmo de la otra muchacha no es el mismo. Chasquea la lengua y maldice el día en
el que a su profesora se le ocurrió la idea del psicólogo. Aunque, pensándolo bien, si entran las dos a la
vez, ella no tendrá que hablar absolutamente nada. Tan sólo oirá las tonterías que suelte aquella niña tan
rara y se olvidará de los dos cuando termine la pantomima.
—Está bien. Acabemos rápido con esto.
Y es que, cuanto antes empiece la pesadilla, antes acabará.
No sabía lo equivocada que estaba. Desde aquella mañana Elísabet y ella no sólo compartirían sesión
los miércoles por la mañana, sino que se convertirían en grandes amigas.
Nena, ¿dónde te has metido? Raúl me ha rechazado. Me encuentro fatal. Necesito hablar contigo
urgentemente. Llámame.
Es el tercer mensaje que Eli le envía a Valeria por el WhatsApp. No ha recibido ninguna respuesta.
También la ha llamado, pero no coge el teléfono. ¿Dónde estará? La última vez que la vio fue en la pista
de baile de la discoteca, antes del beso. Tal vez haya encontrado algún universitario buenorro y se lo esté
pasando bien con él.
Sería muy raro. Ella no se lía con chicos así como así. Su amiga no está con nadie desde hace mucho
tiempo. Ha tenido propuestas y proposiciones de varios tíos, pero siempre se ha negado. ¿Habrá
cambiado de actitud precisamente esta noche?
El caso es que la echa de menos. Y ahora más que nunca necesita sus palabras de consuelo.
Vuelve a tumbarse en la cama, desencajada. Como si le acabasen de robar el alma. Las palabras de
Raúl se repiten una y otra vez, incesantes, en su cabeza.
¿Y si a ella nadie la ve como posible pareja?
En los últimos meses quizá se haya desatado demasiado. Muchos rollos de una noche y ninguna
responsabilidad ni compromiso. Pero tiene dieciséis años, es lo normal, ¿no? Seguro que ellos buscaban
lo mismo.
Comprueba de nuevo su BlackBerry morada. No hay señales de Valeria. Tampoco su amigo le ha
escrito nada. La desesperanza la inunda. Y las ganas de llorar aumentan. Se abraza con fuerza a la
almohada y cierra los ojos.
Si se duerme pronto, tal vez mañana al despertar logre escapar del mal sueño que está viviendo ahora
mismo.
Capítulo 18
PONE la música bajito para no molestar a sus hermanos y a sus padres y se sienta delante del
ordenador. Bruno mueve la cabeza lentamente al ritmo de Snow Patrol y su Open your eyes. Son más de
las doce de la noche.
Enciende la cámara y la conecta al portátil. Se abre una carpeta luminosa que parpadea para anunciar
que ya está lista la opción para importar imágenes y vídeos. Clic. En su pantalla aparece una decena de
fotografías. Todas son de esa noche. Lleva el cursor hasta la primera y la amplía. Sus amigos posan
juntos antes de llegar a la discoteca en la que finalmente sólo entraron tres de ellos. Raúl está en el centro
y a su alrededor las cuatro chicas del grupo. Ester sonríe divertida, Valeria parece distraída, Elísabet se
muestra eufórica y María mira seria al objetivo. Ella siempre sale así, muy seria. Como a él, no le gusta
aparecer en las fotos. Captan la verdadera realidad, esa de la que no pueden ocultarse ni evadirse,
plasman todos sus defectos visibles. Ellos son como son y las fotografías se lo demuestran. Es una pena
que no enseñen lo que cada uno lleva dentro. El interior. Entonces muchas de esas personas destacarían
por algo diferente a la apariencia y el físico.
Siguiente imagen. Ester aparece dándole un beso en la mejilla a la pelirroja, que vuelve a salir seria,
aunque en esta ocasión se aprecia cierta alegría en su expresión. Es un bonito primer plano de las dos. Se
nota la amistad que las une.
Pasa a la foto posterior. Suspira cuando ve a la chica del flequillo caminando sola, mirando hacia el
suelo, sonriente, con las manos detrás de la espalda en una pose muy dulce. Es preciosa. Apunta con la
flechita del ratón a su rostro y aumenta la resolución. Qué guapa es. Bruno la observa con detenimiento.
Acerca la mano a la pantalla del portátil. Pasea los dedos por los ojos de Ester, su boca, su frente. Es
totalmente comprensible que se enamorara de ella. Su belleza resalta tanto por fuera como por dentro.
Desde el episodio de la carta, ha intentado olvidarse de sus sentimientos. Y ha habido momentos en
los que lo ha conseguido a medias. Especialmente durante los meses de verano, cuando se vieron menos.
Sin embargo, es complicado dejar de querer a una persona como Ester. No puede odiarla por nada, ni
enfadarse con ella por algo que haya hecho o dicho. Siempre correcta, siempre amiga. Siempre haciendo
lo que se supone que debe hacer.
¿De quién será su corazón?
Casi es mejor no saberlo. Desde hace varias semanas, intuye que hay alguien en su vida. No le ha
preguntado al respecto ni piensa hacerlo.
Cuando hace un año le respondió en la carta que quería a otra persona, en seguida supo que no era
verdad. Había sido su manera de salir del paso. De no dañar a nadie en particular de aquella lista. Decir
que estaba enamorada de otro chico fue una solución diplomática para no defraudar a ninguno de ellos.
Bruno lo sabía. Y la comprendía. De aquéllos no le gustaba ninguno y tampoco había nadie más que la
atrajera. Pudo comprobarlo a lo largo de los meses siguientes, durante los que su amiga no salió con
nadie ni dijo nada sobre ningún chico.
En cambio, ahora es diferente. Esas llamadas de teléfono a escondidas, esa sonrisilla tonta cuando
recibe algún mensaje, esas miradas y suspiros… Todo la delata. Ester está enamorada.
Ya pesar de que no lo quiere reconocer e intenta evitar el dolor, a Bruno le fastidia que haya algún
afortunado en alguna parte. Porque eso significa que, poco a poco, Ester puede ir alejándose. Mientras no
salga con nadie, disfrutará de ella a menudo, de su compañía, de su sonrisa encantadora. Pero si
comienza a pasar más tiempo con otra persona, a la que además quiera tanto como para ser su novia,
corren el riesgo de perderla. De que vaya marchándose del grupo paulatinamente. Y ése sería un gran
castigo. Sobre todo porque Bruno, en su subconsciente, todavía mantiene una mínima y remota esperanza
de que algún día Ester y él tengan algo juntos.
¿Un regalo? ¿Qué será?
La verdad es que no esperaba nada de él. Su relación es muy extraña. Pero Ester sabe que lo que
siente por su entrenador de voleibol es muy especial.
Tumbada en la cama, tapada con las mantas hasta el cuello, revisa el último mensaje que Rodrigo le
ha enviado:
Siento si esta noche he sido duro contigo. Quiero lo mejor para el equipo, pero sobre todo para ti.
Descansa, preciosa.
Lo ha releído una decena de veces. Y se ha emocionado otras tantas. Nunca había vivido con
anterioridad lo que está experimentando con él. Un sentimiento tan intenso, tan profundo. Hasta ahora no
sabía lo que era querer a alguien de verdad.
No te preocupes. Tenías razón. El partido de mañana es muy importante y debo estar preparada. Ya
estoy en la cama y hasta que me duerma pensaré en ti. Un beso.
Sonríe después de enriarle la respuesta. Es feliz. Él la hace feliz.
El único obstáculo que existe entre ambos es… la diferencia de edad. Que se haya enamorado de un
chico diez años mayor que ella representa un problema. Especialmente para él, que le ha rogado que todo
lo que suceda entre ellos sea un secreto. No está bien que el entrenador del equipo de voleibol salga con
una de sus jugadoras menores de edad.
¿Por qué?
Pues porque la gente es así. A Ester le da igual el tema de la edad, pero el mundo juzga y prejuzga sin
saber. Por el mero hecho de juzgar. Y no quiere que la directiva del club termine por despedir a Rodrigo
o que los padres del resto de las jugadoras se le echen encima. Tampoco está muy segura de la reacción
de sus padres si se enteraran de lo que está haciendo su hija. Posiblemente la sacarían del equipo y le
pedirían que se olvidara de él.
¡Como si eso fuera tan fácil!
Durante estos dos últimos meses ha comprobado lo que es el amor de verdad. Lo que es desear con
todas tus ganas que alguien te llame, te mire, te haga cómplice de un gesto. Cualquier cosa relacionada
con él se transforma en un universo maravilloso. En una película de dibujos animados con final feliz.
Vive por un beso suyo, por una caricia de sus manos. Y el resto, la mayoría de las veces, ocupa un
segundo plano. Salvo su familia y sus amigos: sus cinco amigos del Club de los Incomprendidos.
A ellos no les ha dicho nada. Algunos la entenderían y otros le pedirían que cortara aquello
rápidamente, porque opinarían que no va a ninguna parte. Le dirían que ese tío se está aprovechando de
ella. Es lo que ha oído otras veces en casos parecidos al suyo.
¿Qué pasa, que porque sólo tiene dieciséis años no sabe lo que hace ni con quién lo hace?
Quien pensara así estaría muy equivocado.
Además, Rodrigo jamás ha intentado nada más allá de lo que Ester ha querido. Pero, después de dos
meses de besos, abrazos y todo tipo de carantoñas, el chico ya le ha preguntado si está preparada para
dar el siguiente paso. Y eso ni ella misma lo sabe.
Revisa su Tuenti antes de irse a dormir. Como la mayoría de las veces, no tiene ningún comentario.
Apenas cuenta con una quincena de amigos, aunque realmente sólo cinco de ellos son de verdad. María
ha pensado varias veces en borrar su cuenta, pero se arrepiente de su decisión siempre que coloca el
cursor del ratón sobre esa opción.
Apaga el ordenador y resopla. Un día más que transcurre sin que…
En ese instante, llaman a la puerta de su habitación. Los golpes son suaves, casi inaudibles.
—Meri, ¿se puede? —pregunta una voz femenina al otro lado.
La chica se sienta en la cama y da su consentimiento.
En su habitación entra una joven pecosa y con el pelo castaño claro recogido en un moño.
Gadea camina hasta donde está su hermana y se coloca a su lado.
—¿Qué pasa? Creía que estabas durmiendo.
Cuando llegó a casa hace un rato, vio la puerta del dormitorio de Gadea cerrada y la luz apagada.
—No. Sólo estudiaba.
—¿Un sábado por la noche?
—Sí. Es lo que tiene ser universitaria. También estudiamos los sábados por la noche.
María está a punto de decirle que no todos hacen lo que ella. De hecho, hoy ha visto a unos cuantos
universitarios que no estaban precisamente estudiando.
—Te esfuerzas demasiado.
—No te creas. La mayor parte del tiempo he estado… distraída. Pensando.
—¿En qué?
—En papá.
Sus palabras están cargadas de tristeza.
—¿Le pasa algo a papá? —pregunta la pelirroja preocupada.
—Bueno, hoy he hablado con él por teléfono. No está bien.
—¿No?
—No. Se encuentra muy solo y… no sé. Nunca lo había visto así de mal.
Hace tres años y unos cuantos meses que los padres de Gadea y María se separaron. Ella se quedó en
Madrid con las dos niñas y él se marchó a Barcelona con su hermana Isabel que murió hace unas pocas
semanas.
—¿Está todavía afectado por lo de la tía?
—Sí. Se le ha juntado todo. Lo de la tía Isabel y lo de esa mujer con la que salía y que lo dejó hace
un mes.
—Es que menuda racha. Pero lo de esa tía se venía venir.
—Ya. Se lo advertimos. Aunque ahora eso ya no sirve de nada.
—Pobre.
—De verdad que nunca lo he visto así de mal —repite Gadea resoplando—. Temo que haga alguna
tontería.
—¡Qué dices! ¡La que está diciendo tonterías eres tú!
—Es que dice que no tiene nada por lo que vivir, por lo que luchar, y que nosotras preferimos a
mamá. Que no lo queremos tanto como a ella.
—Eso es mentira. ¡Pues claro que lo queremos mucho! —exclama al tiempo que se levanta de la
cama—. Fue él el que se marchó cuando se separaron.
—Ya sabes cómo es.
Un cabezota de los grandes. Pero muy buena persona. Una de las mejores que ha conocido. Cuando se
divorciaron, ni siquiera discutió la custodia de sus hijas. No quiso tener con su esposa problemas que
afectaran a las pequeñas, así que prefirió alejarse y buscarse la vida en otro lugar. Su hermana soltera
Isabel le ofreció su casa en Barcelona hasta que consiguiera establecerse por su cuenta. Tardó poco en
encontrar un gran trabajo y un pisito pequeño en el que vivir, aunque viajaba a Madrid frecuentemente
para visitar a sus hijas.
—¿Y por qué no regresa para estar más cerca de nosotras?
—Eso es imposible, Meri. No puede dejar su trabajo y su casa para empezar otra vez de cero aquí.
La crisis se lo llevaría por delante. Pero… —La mirada verde de Gadea se clava en los ojos de su
hermana—. Una de nosotras podría irse a vivir con él. Al menos unos meses, hasta que se recupere. Y he
pensado que ésa podrías ser tú.
¿Qué? ¿Ha entendido bien? ¿Irse ella a Barcelona? ¿A vivir? ¿Cómo va a hacer eso?
—¿Y por qué yo y no tú?
—Porque he empezado la universidad y ya no es posible encontrar plaza allí. Perdería un año de
carrera.
—Pero si me voy yo, perdería un año de instituto.
—No. Ya he mirado algunos centros y puedes matricularte todavía.
—¡No sé nada de catalán!
—Pues… aprendes. No es difícil. Así sabrías otra lengua.
—apréndela tú!
La mayor de las hermanas suspira.
—No quiero dejar a Alex. Si me voy a Barcelona nuestra relación se rompería. Y ya sabes lo
enamorada de él que estoy.
Ésa es una buena razón. Y muy comprensible. La pelirroja se sienta otra vez en la cama junto a
Gadea. Se miran la una a la otra con sinceridad.
—Y yo tengo aquí a mis amigos. No quiero perderlos.
—No los perderás. Hoy en día hay millones de maneras para mantener una amistad, pero una relación
a distancia… es mucho más difícil.
—Uff.
—Papá está mal, cariño. Muy mal. Si no lo hubiera visto así, no te metería en este compromiso tan
grande —dice pasándole la mano por la espalda—. Pero no puedo obligarte a que te vayas con él, ya que
también tú tienes tu vida aquí. Como yo.
—Es una decisión muy difícil.
—Lo sé, pequeña. Al menos piénsatelo unos días. ¿Vale?
María asiente con la cabeza y hace una mueca de resignación con la boca. Irse de Madrid a
Barcelona… supondría dejar todo lo que tiene. No es mucho. Casi nada. Pero ese poquito es muy
importante para ella. Sus amigos, el Club… y esa persona, su verdadera razón para seguir adelante. Y
aunque ese alguien no comparta sus sentimientos, no se imagina la vida sin su presencia.
Capítulo 19
ESTÁN a punto de dar las dos de la mañana. El toque de queda.
Beso de despedida. Será la última vez que deguste sus labios hoy. Raúl sonríe, se da la vuelta y se
aleja lentamente por la calle. Valeria lo observa desde el portal de su edificio hasta que desaparece.
Traga saliva y resopla. ¡Qué noche tan increíble!
Saca las llaves del bolso y abre la puerta. El portero de guardia la saluda y le da las buenas noches.
Lo han sido. ¡No cabe duda de que ha sido una gran noche!
La chica encara la escalera y sube hasta el primer piso. No asciende ni un solo escalón sin pensar en
él. Primero B. Abre la puerta con cuidado para no hacer mucho ruido y entra en casa. Su madre está
despierta. Sentada en el sofá delante de la televisión, Mará ve una película en blanco y negro. Observa a
la recién llegada después de comprobar la hora en el reloj y esboza una sonrisa.
—Un minuto antes de la dos. Así me gusta.
—Sabes que soy responsable, mamá —contesta Valeria sentándose a su lado. Le da un beso y mira
hacia la televisión.
—Lo sé, lo sé… ¿Lo has pasado bien?
¿Que si lo ha pasado bien? Cualquier palabra que dijera se quedaría corta. Le encantaría contarle
todos los detalles, pero nunca habla de ese tipo de cosas con ella. Bastante tiene su madre como para
encima involucrarla en su vida amorosa.
—Sí. Muy bien. Pero deberías haberte ido a dormir, que mañana tienes que madrugar.
—No habría conseguido dormirme hasta ahora.
—Tengo casi diecisiete años, mamá. No soy una niña pequeña.
—Tú siempre serás mi niña pequeña.
La mujer sonríe y alcanza el mando a distancia de la televisión. La apaga y se levanta del sofá.
—¿No vas a ver el final de la película?
—Ya he visto Casablanca muchas veces. Sé cómo termina —comenta mientras se estira—. Y, como
has dicho antes, mañana hay que levantarse muy temprano para ir a trabajar.
—¿Quieres que vaya yo también?
—No, no te preocupes. Con que me eches una mano por la tarde, cuando libran todos los chicos, me
valdrá.
—Bien.
—Aprovecha para dormir y descansar los domingos por la mañana, que dentro de poco empezarán
los exámenes del primer trimestre y tendrás que estudiar mucho.
—¡No me agobies con eso ahora! —exclama Valeria. Como alguien le ha dicho hace un rato, hoy
nada de estudios ni de instituto—. Además, estamos todavía en noviembre.
—El tiempo pasa muy rápido. Demasiado rápido.
La expresión de Mará se torna melancólica. Parece que fue ayer cuando nació su hija y ella disfrutaba
de la vida con el hombre del que estaba completamente enamorada. Compartían el trabajo en la cafetería
que ahora lleva ella sola, sus ilusiones y miles de sueños que poco a poco se fueron desgastando y
desapareciendo.
—Lo que tendrías que hacer es salir un poco más.
—¿Y quién se encarga de Constanza?
—Para eso están los chicos. Y también yo —responde Valeria mientras gesticula ostentosamente—.
Tendrías que llamar de vez en cuando a alguna amiga e iros por ahí de juerga.
—¡Sí! ¡Para juergas estoy yo! ¡Hija, que he pasado los cuarenta!
—¿Y qué? ¡Eres muy joven todavía!
—Ya no tanto. Y lo único que me apetece cuando llego a casa de la cafetería es descansar, no irme de
fiesta.
Valeria resopla. Trabajar siete días a la semana durante tantas horas como lo hace su madre no es
bueno. Y, aunque los camareros que tiene a su disposición son estupendos y su hija ayuda en lo que puede
por las tardes después de las clases, Mará siempre está pendiente de todo y no abandona ni un instante la
cafetería Constanza. Está allí desde que abre por la mañana hasta que cierra al final de la tarde. La
mayoría de los días no ve ni el sol. Llega cuando aún no ha amanecido y se va cuando ya es de noche.
Incluso come allí a mediodía.
—Pues tienes que trabajar menos.
—Tienes razón, hija —admite la mujer. A continuación, le da otro beso en la mejilla a Valeria—.
Pero ya lo hablamos mañana, que ahora hay que ir a dormir.
—Ay. No tienes remedio.
—También soy mayor para cambiar en eso —repone Mará divertida—. Buenas noches, pequeña.
—Buenas noches, mamá. Que duermas bien.
Mará le acaricia el pelo cariñosamente como despedida y después sale del pequeño salón del piso.
Recorre el estrecho pasillo que conduce hasta las habitaciones y se mete en la suya cerrando la puerta
tras de sí.
La casa se queda en silencio.
Valeria también se levanta del sofá y apaga la única luz que permanece encendida. Camina por el
pasillo y entra en el cuarto de baño. Deja el bolso a un lado y se coloca delante del espejo. Contempla su
rostro maquillado. Sigue siendo la misma chica que la última vez que se miró allí. La misma muchacha
normal y corriente. Pero en verdad todo ha cambiado. A partir de hoy nada será igual. Lo sabe. Y en ese
instante empieza a notar el cansancio acumulado a lo largo del día. Han sido muchas emociones. Muchos
sentimientos liberados de golpe. Muchos besos inesperados. Todo aquello con lo que ha soñado tantas y
tantas veces se ha cumplido.
¡Se ha cumplido! ¡Ha empezado a salir con Raúl!
Mientras se desmaquilla, repasa en su imaginación lo sucedido esa noche. Si antes de salir le
hubieran dicho que iba a volver a su casa acompañada por su amor platónico, no se lo habría creído. Lo
platónico ha dejado de serlo. Se ha transformado en un amor de verdad. En una realidad. Su amigo es ya
más que un amigo. Y le ha dicho que le gusta, que podrían tener una bonita relación juntos. ¡Ser novios!
¡Y es tan guapo!
Coge el bolso y, abrazada a él, sale del baño unos minutos más tarde. Muy sonriente.
En su habitación hace algo de frío. Cierra la puerta, enciende el flexo y se cambia de ropa a toda
prisa. Cuando se pone el pijama, apaga la luz, se lanza sobre la cama y se tapa hasta arriba. Tumbada
boca arriba, sostiene la BlackBerry rosa entre las manos.
¿Le escribe algo antes de irse a dormir? Seguramente Raúl todavía no haya llegado a su casa. Sin
embargo, en ese momento, es ella la que recibe un mensaje. Y no es de su amigo.
Aquí seguimos de fiesta. Como no te he vuelto a ver, imagino que te habrás ido ya a casa. Me ha
encantado conocerte. Espero cruzarme contigo algún día. Guarda mi número, odontóloga. Un beso, César,
el periodista.
¡Anda! ¿Y esto?
Valeria se sorprende cuando lee las palabras del universitario que cantaba en el metro. No se
imaginaba que volvería a saber de él tan pronto. Y es que, con lo de Raúl, se le había olvidado hasta que
esa noche ha conocido un chico muy interesante. Dos tíos tan guapos interesados en ella… Es muy raro.
¿Será cierto que el mundo termina en 2012, como dicen los mayas?
No le responde, pero se convence a sí misma de que mañana debe hacerlo en cuanto se despierte.
Aunque hay otra persona que tiene prioridad en ese sentido. Lo primero que hará Valeria mañana por la
mañana será escribir a Elísabet.
¿Qué le dirá? Todavía no lo ha decidido. Le diga lo que le diga, esto no le sentará bien. De eso está
segura. Y es que, como leyó una vez en un libro, en el amor unos ganan y otros pierden, pero no existe el
empate.
Entra en su casa y, directamente, se marcha a su habitación. Cierra la puerta, pero segundos más tarde
alguien vuelve a abrirla.
—Ni dices que has llegado. Ni das las buenas noches.
—Pensaba que estabas dormida.
—Sabes perfectamente que hasta que llegas a casa no me voy a la cama, Raúl.
El chico observa a su madre. Berta tiene los ojos hinchados y da la impresión de que hace mil años
que no se peina. Parece excesivamente cansada.
—Lo siento.
—No creo que lo sientas demasiado. Siempre haces lo mismo.
—Ya te he dicho que lo siento. ¿Qué más quieres?
—Nada, Raúl. Nada.
Sus palabras están llenas de resignación. Hace mucho tiempo que su hijo hace lo que quiere y cuando
quiere. Al menos respecto a lo que tiene que ver con ella. Cuando está en casa no sale de su cuarto, y
cuando está fuera no avisa de adonde va ni de a qué hora va a volver.
El joven comienza a desabrocharse la camisa ante la mirada atenta de su madre. Al comprobar que no
se va, él también la observa expectante.
—¿Es que no vas a dejarme tranquilo ni para cambiarme de ropa?
—¿Cuánto hace que no hablamos, Raúl? —le pregunta la mujer de improvisto y con los ojos
brillantes.
—¿Hablar? —dice él confuso—. Estamos hablando ahora mismo.
—Esto no es hablar.
—¿Ah, no? ¿Y qué es?
Berta se aproxima a él y le pone las manos en los hombros. Es bastante más alto que ella. Algo más
de lo que lo era su marido. Pero se parecen mucho. Tiene sus ojos y la expresión de su cara… Es como si
lo estuviera viendo ahora mismo, con la edad de Raúl, cuando se conocieron.
—¿Por qué ya no me cuentas nada? —pregunta Berta con la voz quebrada.
—Mi vida es muy aburrida, mamá. No te interesaría.
—Claro que me interesa, eres mi hijo.
El chico la mira a los ojos. Siente que sus manos le aprietan con fuerza los hombros. No es la primera
vez que vive esa escena. Tampoco la segunda. Desde que su padre falleció, es algo que se ha repetido
continuamente.
—Mamá, estoy cansado.
La mujer no desiste en su mirada; por fin, cede unos cuantos segundos más tarde. Afloja los dedos y
los aparta de los hombros de su hijo. Suspira y camina hasta la puerta del dormitorio.
—Tápate bien, no vayas a resfriarte.
—Lo haré. Gracias, mamá. Buenas noches.
Berta sonríe con tristeza y sale de la habitación cerrando tras de sí. Son más de las dos y media de la
mañana. Hace mucho que las gemelas duermen y ella se siente agotada. Una jornada más en la lucha con
la que convive.
Raúl termina de desvestirse y luego se atavía con un pantalón corto y una camiseta para dormir. Ha
sido una noche intensa. Ha hecho una apuesta. Una apuesta bastante arriesgada. Valeria le gusta. Siempre
le ha gustado. Desde el día en que la conoció. Sin embargo, nunca la había imaginado como pareja.
Pero ella es la única chica que conoce con la que podría empezar una relación de verdad. No está
enamorado. Lo sabe. E imagina que ella tampoco lo está. En cambio, existe lo suficiente entre ellos como
para que el amor llegue tarde o temprano. Es lo que piensa desde hace unos días.
Con lo que no contaba era con la declaración de Elísabet y la revelación de sus sentimientos hacia él.
Ella es su amiga y la conoce bien. Pero no intuía que sintiera algo así.
Eso lo complica todo, y pronto va a darse cuenta de ello.
 
¿Por qué tiene que ir?
Ella no lo ha pedido. Ni lo cree necesario. Que sus padres se hayan separado no es culpa suya. Ellos
son los que tendrían que visitar a un psicólogo.
No habla mucho, ni se relaciona con otros chicos, no porque tenga problemas mentales, sino
simplemente porque es tímida y porque prefiere estar sola. ¿Tan difícil es de entender? Por lo visto, sí.
Es complicado.
La profesora que se lo ha aconsejado a su madre es una estúpida. La odia.
—Creo que Valeria necesita ayuda —la oyó decir mientras permanecía escondida detrás de la puerta
de su despacho durante la conversación que la docente mantuvo con su madre.
—¿Ayuda? ¿Qué tipo de ayuda?
—Apenas habla con nadie. No tiene amigos. Llevamos dos meses de clase y nunca la he visto con
ningún chico.
—¿Y eso? ¿A qué puede deberse? Nunca ha sido muy expresiva ni simpática, pero en el colegio en el
que estaba antes sí tenía amigos.
O eso es lo que creían ellos. Sus padres estaban más preocupados por otras cosas que por su hija
pequeña. No se dieron cuenta de que, poco a poco, la chica se había ido aislando en su propio mundo.
—No lo sé. Puede deberse a varias cosas: el cambio del colegio al instituto, su separación o,
simplemente, que no ha cuajado con los compañeros que tiene.
—Vaya.
—Es complicado adentrarse en la mente de una chica de doce años. Está en plena época de cambios.
—¿Y qué me aconsejas? ¿Que la lleve a un psicólogo?
—Podría ser una buena solución. En el centro tenemos uno muy bueno. Si quieres le pido cita y a ver
qué tal.
Y, unos días más tarde, allí estaba ella, sentada en la sala de espera de la enfermería del instituto
aguardando su turno. Enfadada con todos: con su madre, con su padre, con la profesora y con el
psicólogo que había aceptado recibirla. Todavía no lo conocía, pero lo único que sabía ya era que no le
caería bien. No se largaba de aquella habitación porque así al menos perdería clase.
—¿Es tu primera vez?
La voz proviene del otro lado de la sala. Pertenece a una chica morena con el pelo largo. Es muy
delgada y tiene toda la cara llena de granos. Aunque van al mismo curso, no están en la misma clase. La
ha visto alguna que otra vez por los pasillos, pero no sabe ni su nombre. No le apetece responderle y, de
nuevo, vuelve a mirar hacia el frente.
—No te preocupes. Daniel es muy majo. No te hará decir nada que tú no quieras decir. Llevo un mes
y medio hablando con él todos los miércoles.
¿Y a ella qué le importa? Lo que le faltaba. No tendrá que soportar sólo al loquero, sino también a
sus pacientes. ¿Y ahora qué hace esa loca?
La chica de los granos se ha puesto de pie y se ha sentado en el sillón de al lado. Tiene una sonrisa
curiosa y unos ojos bastante bonitos. Pero su rostro está tan picado… Durante un momento, Valeria siente
lástima por aquella niña.
—No pienso decirle nada a ese tío.
¿Le ha contestado? No era su intención hacerlo. Ahora creerá que son amigas o algo por el estilo. No
volverá a pasar.
—Eso decía yo al principio, pero ahora le cuento todo lo que hago. Mis padres me obligaron a venir.
Todavía no sé muy bien por qué. Antes iba a otro, pero me han cambiado a éste desde que entré en el
instituto. Y estoy muy contenta. Daniel es muy buen tío.
—Me da lo mismo.
¿Otra vez? Aquella tonta la ha vuelto a hacer hablar. ¿Será ayudante del psicólogo? Eso es. Es un
señuelo para que se vaya soltando. Pero se acabó. Ésas han sido sus últimas palabras de la mañana.
—Te tengo que presentar a mi amiga Alicia. Te caería bien. Tampoco le gusta Daniel, aunque, como
ya te digo, es una gran persona y un gran terapeuta.
Terapeuta, menuda palabreja. Esa jovencita tan extraña le sonríe. Parece que se está divirtiendo. Y,
pese a que Valeria no vuelve a decir ni una palabra más, ella continúa hablando y hablando hasta que se
abre la puerta de la habitación en la que pasa consulta el psicólogo. Un chico muy bajito y feo, con el que
ha visto que los mayores se meten mucho y que responde al nombre de Bruno, sale de allí. Le da la mano
a un hombre alto con una bata blanca y sale corriendo de la enfermería.
—Hola, Elísabet, ¿cómo estás?
Así que la chica de los granos se llama Elísabet. Es un nombre bonito, aunque no le pega demasiado.
—Muy bien, Daniel. Deseando hablar contigo.
—Genial. Ése es un magnífico espíritu —comenta el hombre, sonriente. A continuación, mira hacia la
otra joven, que presenta una actitud completamente diferente—. Eres Valeria, ¿verdad?
No obtiene respuesta alguna.
—Sí. Se llama Valeria. Va a primero B.
Los ojos de ésta se abren como platos al escuchar a su compañera de sala. ¡Sabe su nombre y su
clase! ¿Cómo es posible?
—Fenomenal. Encantado, Valeria —contesta el psicólogo, que mira el reloj de su muñeca—. Hoy me
tengo que ir un poco antes. Pero se me ocurre una cosa, ¿por qué no entráis las dos juntas?
—¡Perfecto! —grita Eli contentísima—. ¡Será divertido!
En cambio, el entusiasmo de la otra muchacha no es el mismo. Chasquea la lengua y maldice el día en
el que a su profesora se le ocurrió la idea del psicólogo. Aunque, pensándolo bien, si entran las dos a la
vez, ella no tendrá que hablar absolutamente nada. Tan sólo oirá las tonterías que suelte aquella niña tan
rara y se olvidará de los dos cuando termine la pantomima.
—Está bien. Acabemos rápido con esto.
Y es que, cuanto antes empiece la pesadilla, antes acabará.
No sabía lo equivocada que estaba. Desde aquella mañana Elísabet y ella no sólo compartirían sesión
los miércoles por la mañana, sino que se convertirían en grandes amigas.
Nena, ¿dónde te has metido? Raúl me ha rechazado. Me encuentro fatal. Necesito hablar contigo
urgentemente. Llámame.
Es el tercer mensaje que Eli le envía a Valeria por el WhatsApp. No ha recibido ninguna respuesta.
También la ha llamado, pero no coge el teléfono. ¿Dónde estará? La última vez que la vio fue en la pista
de baile de la discoteca, antes del beso. Tal vez haya encontrado algún universitario buenorro y se lo esté
pasando bien con él.
Sería muy raro. Ella no se lía con chicos así como así. Su amiga no está con nadie desde hace mucho
tiempo. Ha tenido propuestas y proposiciones de varios tíos, pero siempre se ha negado. ¿Habrá
cambiado de actitud precisamente esta noche?
El caso es que la echa de menos. Y ahora más que nunca necesita sus palabras de consuelo.
Vuelve a tumbarse en la cama, desencajada. Como si le acabasen de robar el alma. Las palabras de
Raúl se repiten una y otra vez, incesantes, en su cabeza.
¿Y si a ella nadie la ve como posible pareja?
En los últimos meses quizá se haya desatado demasiado. Muchos rollos de una noche y ninguna
responsabilidad ni compromiso. Pero tiene dieciséis años, es lo normal, ¿no? Seguro que ellos buscaban
lo mismo.
Comprueba de nuevo su BlackBerry morada. No hay señales de Valeria. Tampoco su amigo le ha
escrito nada. La desesperanza la inunda. Y las ganas de llorar aumentan. Se abraza con fuerza a la
almohada y cierra los ojos.
Si se duerme pronto, tal vez mañana al despertar logre escapar del mal sueño que está viviendo ahora
mismo.
Capítulo 18
PONE la música bajito para no molestar a sus hermanos y a sus padres y se sienta delante del
ordenador. Bruno mueve la cabeza lentamente al ritmo de Snow Patrol y su Open your eyes. Son más de
las doce de la noche.
Enciende la cámara y la conecta al portátil. Se abre una carpeta luminosa que parpadea para anunciar
que ya está lista la opción para importar imágenes y vídeos. Clic. En su pantalla aparece una decena de
fotografías. Todas son de esa noche. Lleva el cursor hasta la primera y la amplía. Sus amigos posan
juntos antes de llegar a la discoteca en la que finalmente sólo entraron tres de ellos. Raúl está en el centro
y a su alrededor las cuatro chicas del grupo. Ester sonríe divertida, Valeria parece distraída, Elísabet se
muestra eufórica y María mira seria al objetivo. Ella siempre sale así, muy seria. Como a él, no le gusta
aparecer en las fotos. Captan la verdadera realidad, esa de la que no pueden ocultarse ni evadirse,
plasman todos sus defectos visibles. Ellos son como son y las fotografías se lo demuestran. Es una pena
que no enseñen lo que cada uno lleva dentro. El interior. Entonces muchas de esas personas destacarían
por algo diferente a la apariencia y el físico.
Siguiente imagen. Ester aparece dándole un beso en la mejilla a la pelirroja, que vuelve a salir seria,
aunque en esta ocasión se aprecia cierta alegría en su expresión. Es un bonito primer plano de las dos. Se
nota la amistad que las une.
Pasa a la foto posterior. Suspira cuando ve a la chica del flequillo caminando sola, mirando hacia el
suelo, sonriente, con las manos detrás de la espalda en una pose muy dulce. Es preciosa. Apunta con la
flechita del ratón a su rostro y aumenta la resolución. Qué guapa es. Bruno la observa con detenimiento.
Acerca la mano a la pantalla del portátil. Pasea los dedos por los ojos de Ester, su boca, su frente. Es
totalmente comprensible que se enamorara de ella. Su belleza resalta tanto por fuera como por dentro.
Desde el episodio de la carta, ha intentado olvidarse de sus sentimientos. Y ha habido momentos en
los que lo ha conseguido a medias. Especialmente durante los meses de verano, cuando se vieron menos.
Sin embargo, es complicado dejar de querer a una persona como Ester. No puede odiarla por nada, ni
enfadarse con ella por algo que haya hecho o dicho. Siempre correcta, siempre amiga. Siempre haciendo
lo que se supone que debe hacer.
¿De quién será su corazón?
Casi es mejor no saberlo. Desde hace varias semanas, intuye que hay alguien en su vida. No le ha
preguntado al respecto ni piensa hacerlo.
Cuando hace un año le respondió en la carta que quería a otra persona, en seguida supo que no era
verdad. Había sido su manera de salir del paso. De no dañar a nadie en particular de aquella lista. Decir
que estaba enamorada de otro chico fue una solución diplomática para no defraudar a ninguno de ellos.
Bruno lo sabía. Y la comprendía. De aquéllos no le gustaba ninguno y tampoco había nadie más que la
atrajera. Pudo comprobarlo a lo largo de los meses siguientes, durante los que su amiga no salió con
nadie ni dijo nada sobre ningún chico.
En cambio, ahora es diferente. Esas llamadas de teléfono a escondidas, esa sonrisilla tonta cuando
recibe algún mensaje, esas miradas y suspiros… Todo la delata. Ester está enamorada.
Ya pesar de que no lo quiere reconocer e intenta evitar el dolor, a Bruno le fastidia que haya algún
afortunado en alguna parte. Porque eso significa que, poco a poco, Ester puede ir alejándose. Mientras no
salga con nadie, disfrutará de ella a menudo, de su compañía, de su sonrisa encantadora. Pero si
comienza a pasar más tiempo con otra persona, a la que además quiera tanto como para ser su novia,
corren el riesgo de perderla. De que vaya marchándose del grupo paulatinamente. Y ése sería un gran
castigo. Sobre todo porque Bruno, en su subconsciente, todavía mantiene una mínima y remota esperanza
de que algún día Ester y él tengan algo juntos.
¿Un regalo? ¿Qué será?
La verdad es que no esperaba nada de él. Su relación es muy extraña. Pero Ester sabe que lo que
siente por su entrenador de voleibol es muy especial.
Tumbada en la cama, tapada con las mantas hasta el cuello, revisa el último mensaje que Rodrigo le
ha enviado:
Siento si esta noche he sido duro contigo. Quiero lo mejor para el equipo, pero sobre todo para ti.
Descansa, preciosa.
Lo ha releído una decena de veces. Y se ha emocionado otras tantas. Nunca había vivido con
anterioridad lo que está experimentando con él. Un sentimiento tan intenso, tan profundo. Hasta ahora no
sabía lo que era querer a alguien de verdad.
No te preocupes. Tenías razón. El partido de mañana es muy importante y debo estar preparada. Ya
estoy en la cama y hasta que me duerma pensaré en ti. Un beso.
Sonríe después de enriarle la respuesta. Es feliz. Él la hace feliz.
El único obstáculo que existe entre ambos es… la diferencia de edad. Que se haya enamorado de un
chico diez años mayor que ella representa un problema. Especialmente para él, que le ha rogado que todo
lo que suceda entre ellos sea un secreto. No está bien que el entrenador del equipo de voleibol salga con
una de sus jugadoras menores de edad.
¿Por qué?
Pues porque la gente es así. A Ester le da igual el tema de la edad, pero el mundo juzga y prejuzga sin
saber. Por el mero hecho de juzgar. Y no quiere que la directiva del club termine por despedir a Rodrigo
o que los padres del resto de las jugadoras se le echen encima. Tampoco está muy segura de la reacción
de sus padres si se enteraran de lo que está haciendo su hija. Posiblemente la sacarían del equipo y le
pedirían que se olvidara de él.
¡Como si eso fuera tan fácil!
Durante estos dos últimos meses ha comprobado lo que es el amor de verdad. Lo que es desear con
todas tus ganas que alguien te llame, te mire, te haga cómplice de un gesto. Cualquier cosa relacionada
con él se transforma en un universo maravilloso. En una película de dibujos animados con final feliz.
Vive por un beso suyo, por una caricia de sus manos. Y el resto, la mayoría de las veces, ocupa un
segundo plano. Salvo su familia y sus amigos: sus cinco amigos del Club de los Incomprendidos.
A ellos no les ha dicho nada. Algunos la entenderían y otros le pedirían que cortara aquello
rápidamente, porque opinarían que no va a ninguna parte. Le dirían que ese tío se está aprovechando de
ella. Es lo que ha oído otras veces en casos parecidos al suyo.
¿Qué pasa, que porque sólo tiene dieciséis años no sabe lo que hace ni con quién lo hace?
Quien pensara así estaría muy equivocado.
Además, Rodrigo jamás ha intentado nada más allá de lo que Ester ha querido. Pero, después de dos
meses de besos, abrazos y todo tipo de carantoñas, el chico ya le ha preguntado si está preparada para
dar el siguiente paso. Y eso ni ella misma lo sabe.
Revisa su Tuenti antes de irse a dormir. Como la mayoría de las veces, no tiene ningún comentario.
Apenas cuenta con una quincena de amigos, aunque realmente sólo cinco de ellos son de verdad. María
ha pensado varias veces en borrar su cuenta, pero se arrepiente de su decisión siempre que coloca el
cursor del ratón sobre esa opción.
Apaga el ordenador y resopla. Un día más que transcurre sin que…
En ese instante, llaman a la puerta de su habitación. Los golpes son suaves, casi inaudibles.
—Meri, ¿se puede? —pregunta una voz femenina al otro lado.
La chica se sienta en la cama y da su consentimiento.
En su habitación entra una joven pecosa y con el pelo castaño claro recogido en un moño.
Gadea camina hasta donde está su hermana y se coloca a su lado.
—¿Qué pasa? Creía que estabas durmiendo.
Cuando llegó a casa hace un rato, vio la puerta del dormitorio de Gadea cerrada y la luz apagada.
—No. Sólo estudiaba.
—¿Un sábado por la noche?
—Sí. Es lo que tiene ser universitaria. También estudiamos los sábados por la noche.
María está a punto de decirle que no todos hacen lo que ella. De hecho, hoy ha visto a unos cuantos
universitarios que no estaban precisamente estudiando.
—Te esfuerzas demasiado.
—No te creas. La mayor parte del tiempo he estado… distraída. Pensando.
—¿En qué?
—En papá.
Sus palabras están cargadas de tristeza.
—¿Le pasa algo a papá? —pregunta la pelirroja preocupada.
—Bueno, hoy he hablado con él por teléfono. No está bien.
—¿No?
—No. Se encuentra muy solo y… no sé. Nunca lo había visto así de mal.
Hace tres años y unos cuantos meses que los padres de Gadea y María se separaron. Ella se quedó en
Madrid con las dos niñas y él se marchó a Barcelona con su hermana Isabel que murió hace unas pocas
semanas.
—¿Está todavía afectado por lo de la tía?
—Sí. Se le ha juntado todo. Lo de la tía Isabel y lo de esa mujer con la que salía y que lo dejó hace
un mes.
—Es que menuda racha. Pero lo de esa tía se venía venir.
—Ya. Se lo advertimos. Aunque ahora eso ya no sirve de nada.
—Pobre.
—De verdad que nunca lo he visto así de mal —repite Gadea resoplando—. Temo que haga alguna
tontería.
—¡Qué dices! ¡La que está diciendo tonterías eres tú!
—Es que dice que no tiene nada por lo que vivir, por lo que luchar, y que nosotras preferimos a
mamá. Que no lo queremos tanto como a ella.
—Eso es mentira. ¡Pues claro que lo queremos mucho! —exclama al tiempo que se levanta de la
cama—. Fue él el que se marchó cuando se separaron.
—Ya sabes cómo es.
Un cabezota de los grandes. Pero muy buena persona. Una de las mejores que ha conocido. Cuando se
divorciaron, ni siquiera discutió la custodia de sus hijas. No quiso tener con su esposa problemas que
afectaran a las pequeñas, así que prefirió alejarse y buscarse la vida en otro lugar. Su hermana soltera
Isabel le ofreció su casa en Barcelona hasta que consiguiera establecerse por su cuenta. Tardó poco en
encontrar un gran trabajo y un pisito pequeño en el que vivir, aunque viajaba a Madrid frecuentemente
para visitar a sus hijas.
—¿Y por qué no regresa para estar más cerca de nosotras?
—Eso es imposible, Meri. No puede dejar su trabajo y su casa para empezar otra vez de cero aquí.
La crisis se lo llevaría por delante. Pero… —La mirada verde de Gadea se clava en los ojos de su
hermana—. Una de nosotras podría irse a vivir con él. Al menos unos meses, hasta que se recupere. Y he
pensado que ésa podrías ser tú.
¿Qué? ¿Ha entendido bien? ¿Irse ella a Barcelona? ¿A vivir? ¿Cómo va a hacer eso?
—¿Y por qué yo y no tú?
—Porque he empezado la universidad y ya no es posible encontrar plaza allí. Perdería un año de
carrera.
—Pero si me voy yo, perdería un año de instituto.
—No. Ya he mirado algunos centros y puedes matricularte todavía.
—¡No sé nada de catalán!
—Pues… aprendes. No es difícil. Así sabrías otra lengua.
—apréndela tú!
La mayor de las hermanas suspira.
—No quiero dejar a Alex. Si me voy a Barcelona nuestra relación se rompería. Y ya sabes lo
enamorada de él que estoy.
Ésa es una buena razón. Y muy comprensible. La pelirroja se sienta otra vez en la cama junto a
Gadea. Se miran la una a la otra con sinceridad.
—Y yo tengo aquí a mis amigos. No quiero perderlos.
—No los perderás. Hoy en día hay millones de maneras para mantener una amistad, pero una relación
a distancia… es mucho más difícil.
—Uff.
—Papá está mal, cariño. Muy mal. Si no lo hubiera visto así, no te metería en este compromiso tan
grande —dice pasándole la mano por la espalda—. Pero no puedo obligarte a que te vayas con él, ya que
también tú tienes tu vida aquí. Como yo.
—Es una decisión muy difícil.
—Lo sé, pequeña. Al menos piénsatelo unos días. ¿Vale?
María asiente con la cabeza y hace una mueca de resignación con la boca. Irse de Madrid a
Barcelona… supondría dejar todo lo que tiene. No es mucho. Casi nada. Pero ese poquito es muy
importante para ella. Sus amigos, el Club… y esa persona, su verdadera razón para seguir adelante. Y
aunque ese alguien no comparta sus sentimientos, no se imagina la vida sin su presencia.
Capítulo 19
ESTÁN a punto de dar las dos de la mañana. El toque de queda.
Beso de despedida. Será la última vez que deguste sus labios hoy. Raúl sonríe, se da la vuelta y se
aleja lentamente por la calle. Valeria lo observa desde el portal de su edificio hasta que desaparece.
Traga saliva y resopla. ¡Qué noche tan increíble!
Saca las llaves del bolso y abre la puerta. El portero de guardia la saluda y le da las buenas noches.
Lo han sido. ¡No cabe duda de que ha sido una gran noche!
La chica encara la escalera y sube hasta el primer piso. No asciende ni un solo escalón sin pensar en
él. Primero B. Abre la puerta con cuidado para no hacer mucho ruido y entra en casa. Su madre está
despierta. Sentada en el sofá delante de la televisión, Mará ve una película en blanco y negro. Observa a
la recién llegada después de comprobar la hora en el reloj y esboza una sonrisa.
—Un minuto antes de la dos. Así me gusta.
—Sabes que soy responsable, mamá —contesta Valeria sentándose a su lado. Le da un beso y mira
hacia la televisión.
—Lo sé, lo sé… ¿Lo has pasado bien?
¿Que si lo ha pasado bien? Cualquier palabra que dijera se quedaría corta. Le encantaría contarle
todos los detalles, pero nunca habla de ese tipo de cosas con ella. Bastante tiene su madre como para
encima involucrarla en su vida amorosa.
—Sí. Muy bien. Pero deberías haberte ido a dormir, que mañana tienes que madrugar.
—No habría conseguido dormirme hasta ahora.
—Tengo casi diecisiete años, mamá. No soy una niña pequeña.
—Tú siempre serás mi niña pequeña.
La mujer sonríe y alcanza el mando a distancia de la televisión. La apaga y se levanta del sofá.
—¿No vas a ver el final de la película?
—Ya he visto Casablanca muchas veces. Sé cómo termina —comenta mientras se estira—. Y, como
has dicho antes, mañana hay que levantarse muy temprano para ir a trabajar.
—¿Quieres que vaya yo también?
—No, no te preocupes. Con que me eches una mano por la tarde, cuando libran todos los chicos, me
valdrá.
—Bien.
—Aprovecha para dormir y descansar los domingos por la mañana, que dentro de poco empezarán
los exámenes del primer trimestre y tendrás que estudiar mucho.
—¡No me agobies con eso ahora! —exclama Valeria. Como alguien le ha dicho hace un rato, hoy
nada de estudios ni de instituto—. Además, estamos todavía en noviembre.
—El tiempo pasa muy rápido. Demasiado rápido.
La expresión de Mará se torna melancólica. Parece que fue ayer cuando nació su hija y ella disfrutaba
de la vida con el hombre del que estaba completamente enamorada. Compartían el trabajo en la cafetería
que ahora lleva ella sola, sus ilusiones y miles de sueños que poco a poco se fueron desgastando y
desapareciendo.
—Lo que tendrías que hacer es salir un poco más.
—¿Y quién se encarga de Constanza?
—Para eso están los chicos. Y también yo —responde Valeria mientras gesticula ostentosamente—.
Tendrías que llamar de vez en cuando a alguna amiga e iros por ahí de juerga.
—¡Sí! ¡Para juergas estoy yo! ¡Hija, que he pasado los cuarenta!
—¿Y qué? ¡Eres muy joven todavía!
—Ya no tanto. Y lo único que me apetece cuando llego a casa de la cafetería es descansar, no irme de
fiesta.
Valeria resopla. Trabajar siete días a la semana durante tantas horas como lo hace su madre no es
bueno. Y, aunque los camareros que tiene a su disposición son estupendos y su hija ayuda en lo que puede
por las tardes después de las clases, Mará siempre está pendiente de todo y no abandona ni un instante la
cafetería Constanza. Está allí desde que abre por la mañana hasta que cierra al final de la tarde. La
mayoría de los días no ve ni el sol. Llega cuando aún no ha amanecido y se va cuando ya es de noche.
Incluso come allí a mediodía.
—Pues tienes que trabajar menos.
—Tienes razón, hija —admite la mujer. A continuación, le da otro beso en la mejilla a Valeria—.
Pero ya lo hablamos mañana, que ahora hay que ir a dormir.
—Ay. No tienes remedio.
—También soy mayor para cambiar en eso —repone Mará divertida—. Buenas noches, pequeña.
—Buenas noches, mamá. Que duermas bien.
Mará le acaricia el pelo cariñosamente como despedida y después sale del pequeño salón del piso.
Recorre el estrecho pasillo que conduce hasta las habitaciones y se mete en la suya cerrando la puerta
tras de sí.
La casa se queda en silencio.
Valeria también se levanta del sofá y apaga la única luz que permanece encendida. Camina por el
pasillo y entra en el cuarto de baño. Deja el bolso a un lado y se coloca delante del espejo. Contempla su
rostro maquillado. Sigue siendo la misma chica que la última vez que se miró allí. La misma muchacha
normal y corriente. Pero en verdad todo ha cambiado. A partir de hoy nada será igual. Lo sabe. Y en ese
instante empieza a notar el cansancio acumulado a lo largo del día. Han sido muchas emociones. Muchos
sentimientos liberados de golpe. Muchos besos inesperados. Todo aquello con lo que ha soñado tantas y
tantas veces se ha cumplido.
¡Se ha cumplido! ¡Ha empezado a salir con Raúl!
Mientras se desmaquilla, repasa en su imaginación lo sucedido esa noche. Si antes de salir le
hubieran dicho que iba a volver a su casa acompañada por su amor platónico, no se lo habría creído. Lo
platónico ha dejado de serlo. Se ha transformado en un amor de verdad. En una realidad. Su amigo es ya
más que un amigo. Y le ha dicho que le gusta, que podrían tener una bonita relación juntos. ¡Ser novios!
¡Y es tan guapo!
Coge el bolso y, abrazada a él, sale del baño unos minutos más tarde. Muy sonriente.
En su habitación hace algo de frío. Cierra la puerta, enciende el flexo y se cambia de ropa a toda
prisa. Cuando se pone el pijama, apaga la luz, se lanza sobre la cama y se tapa hasta arriba. Tumbada
boca arriba, sostiene la BlackBerry rosa entre las manos.
¿Le escribe algo antes de irse a dormir? Seguramente Raúl todavía no haya llegado a su casa. Sin
embargo, en ese momento, es ella la que recibe un mensaje. Y no es de su amigo.
Aquí seguimos de fiesta. Como no te he vuelto a ver, imagino que te habrás ido ya a casa. Me ha
encantado conocerte. Espero cruzarme contigo algún día. Guarda mi número, odontóloga. Un beso, César,
el periodista.
¡Anda! ¿Y esto?
Valeria se sorprende cuando lee las palabras del universitario que cantaba en el metro. No se
imaginaba que volvería a saber de él tan pronto. Y es que, con lo de Raúl, se le había olvidado hasta que
esa noche ha conocido un chico muy interesante. Dos tíos tan guapos interesados en ella… Es muy raro.
¿Será cierto que el mundo termina en 2012, como dicen los mayas?
No le responde, pero se convence a sí misma de que mañana debe hacerlo en cuanto se despierte.
Aunque hay otra persona que tiene prioridad en ese sentido. Lo primero que hará Valeria mañana por la
mañana será escribir a Elísabet.
¿Qué le dirá? Todavía no lo ha decidido. Le diga lo que le diga, esto no le sentará bien. De eso está
segura. Y es que, como leyó una vez en un libro, en el amor unos ganan y otros pierden, pero no existe el
empate.
Entra en su casa y, directamente, se marcha a su habitación. Cierra la puerta, pero segundos más tarde
alguien vuelve a abrirla.
—Ni dices que has llegado. Ni das las buenas noches.
—Pensaba que estabas dormida.
—Sabes perfectamente que hasta que llegas a casa no me voy a la cama, Raúl.
El chico observa a su madre. Berta tiene los ojos hinchados y da la impresión de que hace mil años
que no se peina. Parece excesivamente cansada.
—Lo siento.
—No creo que lo sientas demasiado. Siempre haces lo mismo.
—Ya te he dicho que lo siento. ¿Qué más quieres?
—Nada, Raúl. Nada.
Sus palabras están llenas de resignación. Hace mucho tiempo que su hijo hace lo que quiere y cuando
quiere. Al menos respecto a lo que tiene que ver con ella. Cuando está en casa no sale de su cuarto, y
cuando está fuera no avisa de adonde va ni de a qué hora va a volver.
El joven comienza a desabrocharse la camisa ante la mirada atenta de su madre. Al comprobar que no
se va, él también la observa expectante.
—¿Es que no vas a dejarme tranquilo ni para cambiarme de ropa?
—¿Cuánto hace que no hablamos, Raúl? —le pregunta la mujer de improvisto y con los ojos
brillantes.
—¿Hablar? —dice él confuso—. Estamos hablando ahora mismo.
—Esto no es hablar.
—¿Ah, no? ¿Y qué es?
Berta se aproxima a él y le pone las manos en los hombros. Es bastante más alto que ella. Algo más
de lo que lo era su marido. Pero se parecen mucho. Tiene sus ojos y la expresión de su cara… Es como si
lo estuviera viendo ahora mismo, con la edad de Raúl, cuando se conocieron.
—¿Por qué ya no me cuentas nada? —pregunta Berta con la voz quebrada.
—Mi vida es muy aburrida, mamá. No te interesaría.
—Claro que me interesa, eres mi hijo.
El chico la mira a los ojos. Siente que sus manos le aprietan con fuerza los hombros. No es la primera
vez que vive esa escena. Tampoco la segunda. Desde que su padre falleció, es algo que se ha repetido
continuamente.
—Mamá, estoy cansado.
La mujer no desiste en su mirada; por fin, cede unos cuantos segundos más tarde. Afloja los dedos y
los aparta de los hombros de su hijo. Suspira y camina hasta la puerta del dormitorio.
—Tápate bien, no vayas a resfriarte.
—Lo haré. Gracias, mamá. Buenas noches.
Berta sonríe con tristeza y sale de la habitación cerrando tras de sí. Son más de las dos y media de la
mañana. Hace mucho que las gemelas duermen y ella se siente agotada. Una jornada más en la lucha con
la que convive.
Raúl termina de desvestirse y luego se atavía con un pantalón corto y una camiseta para dormir. Ha
sido una noche intensa. Ha hecho una apuesta. Una apuesta bastante arriesgada. Valeria le gusta. Siempre
le ha gustado. Desde el día en que la conoció. Sin embargo, nunca la había imaginado como pareja.
Pero ella es la única chica que conoce con la que podría empezar una relación de verdad. No está
enamorado. Lo sabe. E imagina que ella tampoco lo está. En cambio, existe lo suficiente entre ellos como
para que el amor llegue tarde o temprano. Es lo que piensa desde hace unos días.
Con lo que no contaba era con la declaración de Elísabet y la revelación de sus sentimientos hacia él.
Ella es su amiga y la conoce bien. Pero no intuía que sintiera algo así.
Eso lo complica todo, y pronto va a darse cuenta de ello.
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