20-23
Domingo
Capítulo 20
LLEVA quince minutos despierta. Aunque en realidad apenas ha dormido esa noche. Y eso que el
cansancio hizo que cerrara los ojos muy pronto. Pero Valeria no deja de darle vueltas a todo.
¿Qué es realmente lo que tiene con Raúl?
Se besaron, se dijeron que se gustaban, hablaron y se rieron juntos, la acompañó a casa… ¿Y? ¿Qué
más? Ya está. No es poco. Al contrario, es bastante tirando a muchísimo. Más de lo que había hecho en
toda su vida con un chico.
¿Pensará él lo mismo? ¿Habrá sido tan especial para Raúl como para ella?
No debería comerse tanto la cabeza. Ya se lo dijo él mismo: todavía no tenía las cosas claras. Buff.
Ahora, en frío, después de unas cuantas horas, esa afirmación le crea muchas dudas.
¿Y si hoy, cuando Raúl se despierte, ha dejado de gustarle?
Necesita verlo de nuevo. Sentirlo otra vez. Asegurarse de que lo de anoche no fue sólo un rato
divertido.
Mira el reloj de la BB. Las ocho y treinta y tres minutos de la mañana. Es demasiado temprano para
escribirle. Tampoco ha escrito a Elísabet. Seguramente aún esté durmiendo. Es de las que aprovecha los
domingos para levantarse como mínimo a las once. Cuando ayer por la noche recibió sus mensajes, no se
atrevió a responderlos. No quería mentir, pero tampoco contarle la verdad. Su amiga también siente algo
por Raúl y, si después de que él la rechazara Valeria le hubiera explicado todo lo que había pasado una
vez que se marchó en el taxi, no habría vuelto a dirigirle la palabra.
Lo normal habría sido que Eli hubiera resultado la elegida. Su amiga es perfecta para cualquier
chico. Y haría una pareja preciosa con Raúl. En cambio, se ha decantado por ella, algo que sigue
pareciéndole muy extraño pese a los motivos que le ha dado.
El timbre del telefonillo hace que Valeria dé un brinco en la cama. Se incorpora y se pregunta quién
puede ser a esa hora. ¿Su madre? Hace un rato que oyó cómo salía. Pero ya debe de estar trabajando en
Constanza. Y tiene llaves.
Se habrán equivocado. Sin embargo, vuelven a llamar. Dos, tres veces.
Ante tanta insistencia, la joven se levanta, se calza las zapatillas y se dirige hacia la entrada de la
casa. Llaman otra vez. Qué pesados.
—¿Sí? ¿Quién es?
—¡Buenos días, princesa!
—¿Raúl? —pregunta sorprendida.
—Sí, soy yo. ¿Me abres?
Pulsa el botón y rápidamente se aproxima a la puerta. Abre y observa cómo el chico sube las
escaleras hasta el primero B. Viste una sudadera gris con una capucha que le cubre la cabeza. Está muy
sonriente y lleva en una mano una bolsa con un cartucho lleno de churros.
—¡Hola, guapísima! —repite el joven. Se inclina y le regala un cariñoso beso en los labios—.
¿Cómo has dormido?
Un escalofrío sacude todo el cuerpo de Valeria, que termina de despertarse aunque el sueño continúa.
¡Está en su casa! Como si fuera su novio. Menos mal que la que no está es su madre. Mará conoce a Raúl
desde hace tiempo y, aunque le cae bien y le parece un chaval guapísimo, Valeria no quiere que su madre
se entere de lo que pasa entre ellos. ¡La bombardearía con preguntas de todo tipo!
—Buenos días —contesta nerviosa. En realidad, está temblando—. He dormido más o menos bien —
miente.
—Me alegro.
—Pero… ¿qué haces aquí?
—He venido a desayunar contigo. ¿Quieres uno?
El chico introduce la mano en la bolsa de plástico, saca un churro y le da un mordisco. Luego, se lo
ofrece a Valeria. Ésta lo declina en un primer momento, pero ante la insistencia del joven termina
dándole un bocado. Está caliente y se quema.
—¡Tendrías que haberme dicho que quemaba! —grita sofocada mientras mueve las manos a toda
velocidad como si fueran dos abanicos.
—Habría perdido la gracia —indica Raúl de camino hacia la cocina.
—¿Y tú por qué no te has quemado?
—Nunca me quemo. Soy inmune al calor. Podría hacerse una barbacoa en mi boca. No lo sabías,
¿no?
Valeria niega con la cabeza. Pues no. No estaba al corriente de ese detalle. Y eso que lo conoce muy
bien. Aunque, por lo visto, no tanto como creía.
Entran en la cocina y, mientras Valeria abre el grifo del agua fría y bebe del chorro, Raúl coge un
cazo del interior de un armario.
—¿Qué vas a hacer?
—El desayuno.
El chico abre otra puerta y da en seguida con lo que buscaba. Chocolate instantáneo. La chica lo
observa anonadada.
—¿Cómo sabías que…?
—Shhh. Un chef no revela nunca sus secretos.
—Es la primera vez que oigo eso.
—Pues no lo he inventado yo.
Entonces Raúl abre el frigorífico y saca la leche. La vierte en el cazo y comienza a calentarla en la
vitrocerámica.
—Hace mil años que no tomo chocolate con churros para desayunar —comenta Valeria, que continúa
atenta a todos los movimientos del joven.
—Pero sé que te encantan. Te desvives por el chocolate con churros. ¿Me equivoco?
—No —confirma con la frente fruncida—. ¿Cómo lo…?
Él le da un beso en la boca y sonríe.
—Te conozco mejor de lo que imaginas.
—¿Eso crees?
—¡Por supuesto!
—Mmm… Yo también te conozco bien, ¿eh?
—Puede ser. Pero no sabías que nunca me quemo con nada.
Es verdad. Y le da rabia. Se supone que la enamorada es ella. Y también la que debería conocer ese
tipo de curiosidades. En cambio, es él el que sabía lo del chocolate con churros. No recuerda haberlo
comentado nunca con sus amigos. Era lo que más le gustaba del mundo cuando era pequeña. ¿Cómo lo
habrá descubierto?
Lo contempla en silencio. Le gusta verlo allí, en su cocina, a primera hora de la mañana, preparando
el desayuno. ¿Seguro que no sigue dormida? En ese momento, Valeria mira hacia abajo y repara en que
está en pijama. Lleva uno rosa lleno de caballitos de carrusel. Se sonroja y abandona la cocina.
—¡Voy a cambiarme mientras preparas el desayuno! —grita desde el pasillo, ya casi entrando en su
habitación.
—¿Por qué? Me gustaban los caballitos.
¡Tonto! Se ha puesto tan nerviosa cuando ha llegado que ni siquiera se ha dado cuenta de que aún no
se había vestido.
Rápidamente, se quita el pijama y se pone un pantalón vaquero y un jersey. Se sienta sobre la cama y
se calza unas botas marrones. Sonríe cuando lo oye canturrear. Entra en el baño, se mira en el espejo y se
peina. Sigue siendo ella. La chica normal de ayer. De antes de ayer. De siempre. La única diferencia es
que hay un tío buenísimo preparándole su desayuno preferido un domingo por la mañana en su cocina. Y,
un detalle más, ¡está loca por ese tío!
El olor del chocolate llega hasta donde está. ¡Qué aroma!
Es increíble que le esté sucediendo todo eso. ¡Si hace unas horas pensaba que Raúl terminaría
saliendo con Elísabet! Y ahora está en su casa, con ella. ¡A solas!
—¿Te queda mucho? —pregunta el joven desde el otro lado del piso.
—¡No! ¡Ya voy!
—¡No me lo puedo creer!
—¿El qué?
—¡Tardas más que yo en vestirte! ¡Pensaba que eso era imposible!
Delante del espejo, Valeria saca la lengua. Le gustaría pintarse un poquito los ojos para, al menos,
cubrirse las ojeras de la noche casi en vela. Pero no quiere hacerlo esperar más. Tampoco va a dejar de
estar con ella por eso, ¿no?
—Qué bien huele —comenta la chica cuando entra otra vez en la cocina.
—Y espero que sepa aún mejor.
Raúl ha colocado en una bandeja dos tazas llenas hasta arriba de chocolate y un plato hondo con
todos los churros que ha comprado. La coge y camina con ella hasta el salón.
—Puedes ponerla ahí mismo. —Valeria señala la mesita que hay entre el sofá y la televisión, en la
parte delantera de la habitación.
El joven obedece y deposita la bandeja encima del mueble. No es una mesa muy grande, pero es la
que su madre y ella utilizan para cenar. Hace tiempo usaban la otra, la que está en la parte de atrás del
salón, que es más ancha, aunque menos cómoda, y está más alejada de la tele.
Los chicos se sientan. Raúl alcanza una de las tazas y se la da a Valeria. Luego, toma la suya y
comprueba el espesor del chocolate. En su punto.
—Ha quedado perfecto. Me encanta que esté así de espeso.
—A mí también me gusta así.
—Lo sé.
—¿También sabías eso?
—Sí. Pero… no te voy a decir cómo me he enterado.
—Eso no vale.
Finge que se enfada, pero al final se produce un intercambio de sonrisas. A pesar de que los nervios
de Valeria no desaparecen del todo, se encuentra bastante más tranquila. Imagina que ese hormigueo que
siente cada vez que está con él cesará algún día. O quizá no y viva siempre sometida a ese cosquilleo. No
le importaría, porque sería una señal de que estarían juntos para siempre.
Raúl moja un churro en el chocolate, lo muerde y besa a la chica. ¡Qué rico! Esto ha pasado de ser
como un sueño a convertirse en un deseo. Si existiera el genio de la lámpara, no dudaría en pedir algo así
al despertarse: el chico al que ama, un beso suyo y chocolate caliente.
—¿Jugamos a una cosa?
—¿Jugar? ¿A qué?
La mirada picara de Raúl la hace desconfiar. ¿Qué se le habrá ocurrido?
—Espera.
—Mmm.
El joven deja la taza sobre la mesa y se levanta. Se dirige a la cocina y en menos de un minuto
regresa con una servilleta de tela. A continuación, mira a su alrededor y coge un libro de una estantería:
El bolígrafo de gel verde, de Eloy Moreno.
Valeria lo observa curiosa y alerta. Un juego… No se fía de él. A saber qué quiere hacer.
—Te explico —comienza a decir el chico cuando se sienta de nuevo en el sofá—. ¿Nunca has jugado
al equilibrio del beso?
—¿El equilibrio del beso? No. Nunca.
—Perfecto. Te explico. —Y le entrega la servilleta—. Tienes que taparte los ojos.
—¿Qué? ¡No voy a taparme los ojos!
Raúl hace un gesto de fastidio y protesta en voz baja.
—Si no te los tapas no podemos jugar.
—¿Y por qué no te los tapas tú?
—Luego. Pero primero debes hacerlo tú, que no te sabes el juego.
La chica chasquea la lengua y termina accediendo. Ahora sí que no se fía de él, pero tampoco quiere
que se enfade. ¿No será una novatada?
—¿Y ahora?
—¿Ves algo? —pregunta Raúl mientras hace aspavientos con las manos delante de ella para
comprobar que la servilleta no se transparenta.
—No. Nada.
Parece que dice la verdad. Sonríe y le coloca el libro en las manos.
—Ahora levántate y ponte el libro en la cabeza.
—¿Qué? ¡Estás loco! —grita ella al tiempo que se quita la servilleta de los ojos—. ¿Qué juego es
éste? ¡Lo que quieres es que haga el ridículo!
—¡No! ¡De verdad! ¡Confía en mí!
Y, sin que se lo espere, la besa. Un nuevo beso de cacao que le sabe a gloria. Resignada y sin oponer
mucha resistencia, Valeria vuelve a vendarse los ojos.
—No me gusta este juego —murmura con voz de niña pequeña.
Se pone de pie y se coloca el libro sobre la cabeza.
—Muy bien. Ahora… ¡comencemos! —exclama Raúl, que también se levanta—. Tienes que evitar
por todos los medios que el libro se caiga al suelo. El que más tiempo aguante con él en la cabeza es el
que gana. Y no lo puedes tocar con las manos, claro.
—No entiendo nada.
—Ahora lo comprenderás.
El chico alcanza uno de los churros del plato, lo moja y, despacio, lo pasa por la mejilla de Valeria.
Es como si dibujase con un pincel sobre el rostro de la joven. Ella se estremece por el calor del
chocolate y grita, pero mantiene el libro en la cabeza.
—¡No me gusta este juego! —repite alzando la voz.
—¿No?
—¡No!
—Te gustará.
Y, lentamente, acerca la boca a la cara de Valeria y la besa donde está el chocolate. El libro se
tambalea un poco, pero continúa sobre la cabeza de la chica.
—Eres cruel.
—¿Sí?
Raúl vuelve a coger el churro. Lo moja un poco más y pinta una línea marrón sobre el cuello de
Valeria. Cuando ésta percibe el chocolate, tiembla.
—¡Muy cruel!
—¿De verdad?
—De verdad… —susurra.
Tras el chocolate, llegan sus labios. Y su lengua, que se encarga de limpiarle la piel. La joven cierra
los ojos debajo de la servilleta. Es muy cruel, pero le encanta que haga eso. A continuación, siente el
calor en los lóbulos de las orejas y en seguida la boca de Raúl sobre ellos. Los lame despacio.
Increíblemente despacio. Increíblemente sensual.
—Tienes buen pulso, ¿eh? El libro sigue en tu cabeza —comenta Raúl mientras hunde una vez más el
churro en la taza.
Valeria no sabe qué decir. Prácticamente, no puede hablar. Todo lo que le está haciendo, a ciegas, la
ha transportado a un lugar que está muy lejos de su salón: al mundo de los sentidos, donde es incapaz de
reaccionar. El libro no se ha caído tan sólo por obra y arte del azar. Sin embargo, no tardará mucho en
tocar el suelo. El siguiente punto que el chico ha elegido para extender el chocolate es su boca. Despacio,
primero le pasa la lengua por los labios, recorriéndolos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
Después, con el dedo índice, la obliga a abrir ligeramente la boca y le acaricia su labio inferior con sus
propios labios. Suavemente. De menos a más. El chocolate se mezcla con su saliva. El cuerpo de la joven
se contrae y su corazón se acelera como nunca antes lo había hecho. El aire caliente de su respiración
penetra en la boca de Raúl, que ocupa la suya. La besa intensamente, sujetándole el rostro con las manos.
Y entonces… El bolígrafo de gel verde cae al suelo.
A ninguno de los dos le importa. Raúl coge a Valeria de la mano y la invita a sentarse en el sofá. La
chica se deja llevar bajo la oscuridad de la servilleta, que continúa vendándole los ojos. Pero jamás
había visto nada con tanta claridad. Y es que aquellos besos sólo le confirman que quiere a aquel chico
con los cinco sentidos.
Capítulo 21
LE sudan las manos. Siempre le pasa cuando está nerviosa. Desde ayer por la noche se siente mal.
Rechazada, humillada y abandonada. Eli no está acostumbrada a levantarse tan temprano los domingos,
pero éste es un domingo especial.
Se balancea suavemente sobre un columpio del parque al que solía ir cuando era pequeña. Entonces
todo era más sencillo. Y no sufría por amor. Es la primera vez que se enamora de alguien de verdad. El
resultado no ha podido ser peor.
—Tía, déjalo ya. No pienses más en él.
—¿Cómo voy a olvidarme de Raúl? ¡Forma parte de mi vida!
—Pues cambia de vida.
Elísabet mira fijamente a la joven que hay en el columpio de su izquierda. Alicia es una chica de su
edad, rubia, alta y muy guapa. Va peinada con dos coletas que se mueven, graciosas, cada vez que se
impulsa. Hacía tiempo que no la veían.
—Me gusta mi vida.
—Entonces no te quejes —comenta su amiga desesperándose—. A ver… Tienes dos alternativas: o
pasas de ese tío para siempre o vas a por él a saco hasta que consigas lo que quieres.
—Pero…
—Nada de peros. Amiga, en la vida no hay término medio. Blanco o negro. Hay que ir a por todas o
no ir y pasar. Pero con lloriqueos no vas a conseguir nada.
—Ya.
—Si te gusta de verdad, lánzate a por él. Pero hazlo en serio. Y no salgas corriendo a la primera de
cambio.
Puede que tenga razón. Quizá se haya rendido demasiado pronto. Aunque Raúl le dejó bastante claro
que no la quería como novia, tampoco tuvo tiempo de pensarlo mucho. Tal vez lo reconsidere si ella
insiste. El amor no surge ni desaparece en cinco minutos.
—Creo que debería volver a hablar con él y decirle de nuevo lo que siento.
—Es lo que tienes que hacer. Y utilizar todo lo que tienes para conseguir lo que quieres.
—Hablas de…
—Sí. Hablo de tus armas de mujer. Que para algo tienes esas curvas y esa noventa y cinco
espectacular —indica Alicia con una sonrisa ladeada—. A los hombres primero se les conquista desde
lo sexual, y luego ya llega el amor y todo lo demás.
—¿Y no se confundirá? Pensará que sólo busco… eso. Y, precisamente, eso es lo que no quiero que
piense de mí.
La chica rubia resopla y se impulsa con fuerza. El columpio sube muy alto ante la atenta mirada de
Elísabet, que no aparta la mirada de ella. Cuando baja, frena con los pies en el suelo y se para en seco.
—Imagina que tienes un examen de recuperación que has suspendido antes y que te han dado las
preguntas con las respuestas. ¿Qué harías?
—Supongo que leerlas.
—Bien. Pues esto es lo mismo. Tienes un examen que ya has suspendido una vez, emplea cuanto esté
en tu mano para aprobarlo. No desaproveches las ventajas que puedas conseguir para lograrlo. ¿Lo
comprendes?
—Sí, te entiendo.
—Perfecto.
En realidad, más o menos, aquello fue lo que hizo ayer por la noche. Utilizó sus armas. Tonteó, bailó,
se acercó a él… pero no fue suficiente. Tal vez por el ambiente. Ligarte a alguien en una discoteca le
hace pensar que lo que único que pretendes es enrollarte con él. Es difícil plantearse algo más un sábado
por la noche entre música dance y luces de colores que parpadean.
—Te haré caso, Alicia.
—Bien. Pero porque crees en lo que te he dicho. Sólo debes tomar las decisiones que más te
beneficien.
—Creo que tu consejo es bueno. Iré a por él otra vez. Y utilizaré todas mis cualidades para que Raúl
salga conmigo.
Las dos chicas sonríen y, durante unos segundos, se balancean en paralelo sobre los columpios.
Elísabet respira hondo y se siente más animada. Hablar con ella le ha dado confianza.
—Oye, ¿y Valeria? —le pregunta Alicia tras detenerse de nuevo.
—¿Valeria? ¿Qué le pasa?
—Pues que te ha ignorado. No respondió a tus mensajes de anoche.
La chica mira hacia abajo entristecida. Es cierto. Su amiga todavía no ha dado señales de vida. No lo
comprende. En un momento tan delicado, cuando más la necesita, ha pasado de ella.
—Estaría muy ocupada.
—¡Bah! Excusas.
—Se encontraría con algún tío guapo y se lo pasaría bien con él.
—Excusas.
—Bueno…
—Ya sabes que nunca me cayó bien. Creo que es una interesada.
—No digas eso. Ella siempre se ha portado bien conmigo.
Las palabras de Alicia no le gustan. Valeria es su mejor amiga y, desde que la conoció hace cuatro
años, nunca le ha fallado. Salvo anoche…
—La tienes en un pedestal. Tú también has hecho mucho por ella.
—Es normal, somos amigas.
—Una amiga no abandona a la otra cuando lo está pasando mal.
—Venga, no seas así. Ya me contará cuando se despierte qué es lo que hizo y por qué no contestó al
móvil.
—Tú sabrás. Pero yo… empezaría a buscar amigas que no desaparezcan el día más doloroso de tu
vida.
La brisa ligera y fría de esta mañana de domingo se cuela en el interior de Eli. No está de acuerdo
con lo que le está diciendo Alicia. Seguro que Valeria tiene una explicación convincente que la
justifique. Pero, aunque le cuesta reconocerlo, hay algo en ella que la hace sentirse molesta con su amiga.
—Me tengo que ir a casa —dice mientras se baja del columpio.
—Vale.
—Espero volver a verte pronto.
—Siempre que quieras —contesta al tiempo que da un saltito que le permite clavar los pies en el
suelo—. Somos amigas.
—Claro.
—Cuídate y, cuando necesites algo, ya sabes dónde encontrarme.
—Muchas gracias, Alicia.
Las dos sonríen por última vez. Y, después de despedirse con la mano, Elísabet se da la vuelta y
camina en dirección a la salida del parque.
Ha sido una charla muy productiva. Tiene los ánimos renovados y ha recuperado la confianza al
ciento por ciento. Dentro de un rato, escribirá a Raúl para quedar con él, aunque no le dirá sus
verdaderas intenciones. No quiere espantarlo de antemano. Sin embargo, está segura de que en esta
ocasión el encuentro con su amigo será diferente.
Como le ha dicho Alicia, debe utilizar cuanto esté en su mano para lograr su propósito. Y eso hará.
¡Vaya si lo hará!
Capítulo 22
MARÍA mueve con desgana la cuchara para mezclar el Cola Cao con la leche. Está muy caliente, como
a ella le gusta. Tiene la televisión encendida, pero no se fija en lo que están poniendo en esos instantes.
Gadea desayuna a su lado, en silencio. Está preocupada por su hermana. Sabe que lo que le propuso ayer
no es una decisión fácil de tomar. Tal vez, haya sido injusta con ella, y un poco egoísta. Es cierto que su
padre necesita que una de las dos esté con él en Barcelona. Pero también es verdad que abandonar todo
lo que tienen en Madrid para empezar de cero en una ciudad que no es la suya no resulta nada sencillo.
Ahora se siente mal al verla así.
—Estás muy callada, ¿te encuentras bien?
—Sí. Estoy bien.
El tono de la respuesta indica justo lo contrario. También su expresión lo demuestra.
La pelirroja se inclina sobre la mesa y le da un sorbo al Cola Cao. Sí, está suficientemente caliente.
—Meri, no tienes que hacerlo si no quieres. Papá se recuperará tarde o temprano.
—Eso no es lo que me dijiste anoche.
—Ya lo sé. Pero no debí ponerte en este compromiso.
—El compromiso es de las dos. Si no lo haces tú, tendré que hacerlo yo.
—Yo no puedo moverme de Madrid. Entiéndelo.
—Por la carrera y por Álex. Ya lo sé. Te comprendo.
—Me alegro de que me entiendas, Meri. Esto no está siendo fácil para mí tampoco.
Si ella tuviera pareja, tampoco se marcharía a otra ciudad. Aunque sólo fueran unos meses, correría
el riesgo de que la relación se deteriorara por la distancia y se terminase. Sin embargo, tiene amigos, y
también los echaría de menos si se fuera lejos de ellos.
—¿Le has dicho algo a mamá?
—No. No le he comentado nada.
—No creo que le guste demasiado que una de nosotras dos se vaya a Barcelona.
—Es normal. Pero seguro que termina comprendiéndolo —comenta la hermana mayor mientras se
levanta de la silla.
María la observa detenidamente. Se ha convertido en una chica preciosa. Es increíble lo que ha
cambiado a lo largo de los últimos años. Quizá a ella le suceda algún día algo parecido, abandone su
aspecto infantil y aniñado y se convierta en una atractiva joven como Gadea.
—No estoy tan segura.
—Bueno, tendría que aceptarlo. Es nuestro padre. Y nosotras ya somos mayorcitas como para tomar
decisiones importantes.
—Tú eres mayor. Yo sigo siendo una cría.
—¡Qué vas a ser una cría! —exclama la hermana mayor. Se acerca a ella por detrás, la rodea con los
brazos y le da un beso en la cabeza.
—No tengo ni tetas.
Gadea suelta una carcajada cuando oye a María. Aunque su hermana hablaba completamente en serio,
a la mayor le ha parecido un comentario divertido.
—Ya te crecerán.
—Ya veremos. A este paso me desarrollaré a los cuarenta. Si es que llego.
—Vamos, Meri, no seas pesimista.
—No soy pesimista. Pero mírame. Parezco una de las tres mellizas en pelirrojo.
Otra risa de Gadea, que mueve la cabeza. Puede que su hermana no sea la chica más guapa del
mundo, pero ese sentido del humor tan irónico la hace especial.
—Yo te querré siempre. Independientemente de la talla de sujetador que uses.
—¡Menos mal! Al menos mi hermana no le da importancia a eso.
—Soy una chica. Si fuera un tío…
Y, tras darle otro beso, esta vez en la mejilla, recoge su vaso y se dirige a la cocina.
María se queda sola con el ruido de fondo de la televisión. En Boing están
emitiendo «Bola de Dragón». La muchacha apoya el codo en la mesa y la cara en la mano y mira la
pantalla. Ya ha visto ese capítulo. De todas maneras, tiene demasiadas cosas en la cabeza como para
distraerse con una serie de dibujos animados.
Irse a Barcelona significaría tantas cosas… La más importante, separarse de su familia y sus amigos.
Ellos todavía no lo saben, pero tampoco les contará nada hasta que haya decidido qué va a hacer.
Da otro sorbo al Cola Cao y comprueba el reloj. Bruno tiene que estar al llegar. Han quedado por
WhatsApp para ir a ver a Ester. Dentro de un rato juega un partido muy importante para ella. También ha
escrito al resto, pero ni Raúl ni Valeria ni Elísabet han contestado todavía. Seguramente estén de resaca
de la fiesta de anoche en la discoteca. Además, eso de levantarse temprano los domingos no es lo suyo.
—Meri, me voy a casa de Álex —anuncia Gadea cuando regresa al salón.
—Vale. Pásalo bien.
—Gracias —responde—. Y no te vuelvas loca con lo de papá.
—Lo intentaré.
—Bueno. Hasta luego, Meri.
—Adiós.
Se despide de su hermana mayor con una sonrisa amarga y termina de beberse el Cola Cao. Otro
vistazo al reloj. Como siempre, Bruno llega tarde. Pero ella no es como el resto y no se lo reprochará. Si
se va, lo echará mucho de menos. La vida sin ese chico tan peculiar sería mucho más difícil para ella.
Podría meterlo en una de sus maletas y llevárselo a Barcelona de incógnito. Sonríe al imaginar la cara
que pondrían los del control del equipajes al descubrir a su amigo dentro de una Samsonite.
El pitido de su BlackBerry amarilla a devuelve al otro lado del espejo.
Meri, estoy abajo. Siento el retraso, aunque sólo he llegado siete minutos tarde por culpa de una
prórroga contra Francia. ¿Bajas ya, pelirroja?
No responde. Se coloca un gorro blanco de lana en la cabeza y, sin siquiera mirarse en el espejo, sale
de casa riéndose para sí misma. Y es que continúa pensando que, pese a que ese loco bajito no tiene
remedio, estaría genial llevarse a Barcelona a esa persona tan especial para ella dentro de una maleta.
Aún no puede creerse lo que acaba de pasar. Sentada, apoyada contra la pared, María se acaricia los
labios con la yema de los dedos. ¡Un chico la ha besado por primera vez!
Nunca imaginó que fuera así. En realidad, a sus trece años, no se había parado mucho a pensar en
cómo sería, a diferencia de las chicas de su clase, que no paran de hablar de ese tipo de cosas y de cómo
se hace esto o aquello. Ella es distinta. Diferente al resto. Físicamente y también en cuanto a sus
intereses. Y no le importa demasiado, aunque en ocasiones se siente muy sola.
Raúl. Ese chaval parece buen chico. Ha tenido que pasarlo muy mal durante esos meses de clase
después de perder a su padre. Le gustaría ser su amiga. A ella tampoco le vendría mal alguien con quien
hablar en los recreos. A veces no es fácil vivir aislada de todo el mundo.
Respira hondo y encoge las piernas.
Se está bien allí. Sólo se oye la voz de los profesores que explican en las diferentes clases. A ésta ya
no entrará. Tampoco cree que nadie note su ausencia.
De pronto, su tranquilidad se ve interrumpida por unos pasos que se acercan a donde está ella. Piensa
en esconderse, ya que no puede tratarse más que de un profesor. Le echarán una buena bronca por no
estar en clase. Pero qué más da. No le importa. Sin embargo, quien aparece delante de ella es un chico
muy bajito que va a su clase. Se llama Bruno Corradini. Nunca han hablado. Cada uno se sienta en una
punta del aula: María en el último asiento de la fila más a la derecha, y aquel muchacho en el primer sitio
de la fila de la izquierda. Los dos se miran durante unos segundos.
—El profesor de Matemáticas te está buscando —suelta el chico.
Su voz es muy aguda. Si no fuera a su clase, María pensaría que se trata de un niño de quinto o sexto
de primaria. Su aspecto es, cuando menos, curioso. Lleva el pelo cortado de tal manera que aparenta
tener la cabeza demasiado grande para su pequeño cuerpo. La ropa que lleva también le queda grande,
especialmente la sudadera blanca, que le llega casi a las rodillas.
—¿A mí?
—Sí. Te ha visto antes por los pasillos y le ha extrañado que no estés en clase.
Me ha mandado buscarte.
Vaya. Pues sí que hay alguien que se fija en lo que hace y lo que no. De todos los profesores, el de
Matemáticas es el único que merece la pena. Tiene un sentido del humor muy particular que a María le
gusta. Pero ya ha tomado la decisión de no ir a su clase esa mañana. Está tranquila allí, y no le apetece
entrar en medio de las explicaciones y bajo la mirada de todos. Por hoy ya ha tenido bastante con
aquellos estúpidos que la han hecho pasar un mal rato. A pesar de que gracias a esos cuatro idiotas ha
recibido su primer beso. Y el segundo.
—Dile que no me has encontrado.
—Es que sí que te he encontrado —replica Bruno molesto.
—Bueno, pues tú dile que no.
—¿Me pides que mienta a un profesor?
No le apetece discutir, pero tampoco quiere entrar en clase. Arquea las cejas y mira desafiante al
muchacho.
—Haz lo que te dé la gana, Corradini.
Bruno parece impactado por la respuesta de la pelirroja. No sabía que tenía tanto carácter. Siempre
la ve sola y sin hablar con nadie. Como él, que tampoco tiene demasiados amigos allí.
Y, para sorpresa de María, el chico bajito de la sudadera demasiado grande se sienta a su lado.
—Pues sí tú no vas, yo tampoco.
—¿Qué dices? ¡Vete a clase o te pondrán falta!
—Paso. No quiero mentirle al profesor.
—¡Pero te van a echar la bronca!
El joven se encoge de hombros y sonríe, satisfecho de su valentía por saltarse una clase. Eso es lo
más emocionante que ha hecho en todo el curso. Se mete la mano en el bolsillo de la sudadera y saca un
chicle de menta.
—¿Quieres?
María lo observa. Es el tío más raro que ha visto en su vida. Pero le parece simpático.
—Vale.
El joven abre el chicle y lo parte, aunque una de las mitades queda mucho más grande que la otra.
—Toma.
Él se queda con el trozo más pequeño y le entrega a ella el mayor. Y, antes de que la chica pueda
quejarse por recibir la mejor parte, se mete en la boca el trozo pequeño y comienza mascarlo. La
expresión de la chica es de total incredulidad y sorpresa, pero la hace sonreír.
—Muchas gracias, Bruno.
Sí, está claro, es un chaval muy extraño. Pero le gusta.
Pasan juntos la siguiente hora, sentados uno al lado del otro en la parte de atrás del instituto.
Conversan sobre diferentes temas. Descubren que tienen varios gustos en común y hasta se atreven a
compartir algunos de sus miedos. El resto del mundo los ignora o los toma a broma. Son dos jóvenes que
se salen de los tipos y prototipos habitualmente aceptados. Son dos auténticos incomprendidos. Pero
ellos, los dos unidos, se entienden. Y supieron, desde aquel día en el que hablaron por primera vez, que
se convertirían en amigos inseparables. Sin embargo, casi tres años después, en su amistad podría abrirse
una brecha de 621 kilómetros. Los que separan Madrid de Barcelona.
Capítulo 23
 
Lleva quince minutos observándolo. Ya se sabía su rostro de memoria, pero el repaso no le ha venido
nada mal. Nunca habría imaginado que pudiera estar tanto tiempo seguido sin despegar los ojos de una
persona dormida.
Tras el juego y los besos, Valeria y Raúl se quedaron echados en el sofá, abrazados. Apenas
hablaron. Tampoco hacía falta. Ella nunca había vivido una situación parecida. Estaba disfrutando tanto
que se relajó y se quedó dormida con la cabeza apoyada sobre el pecho de Raúl y los brazos de éste
rodeándole la cintura.
Al despertarse, él seguía ahí. No se había evaporado. Raúl dormía con ella en el sofá de su salón. Y
se sintió feliz. Emocionada. Dichosa de saborear ese instante de alegría absoluta. No llevaban cientos de
años casados, apenas habían pasado unas cuantas horas desde su primer beso. Sin embargo, tenía la
impresión de que habían transcurrido siglos.
—Hola, bello durmiente —lo saluda cuando el chico abre los ojos.
Está algo aturdido y le cuesta reconocer el lugar donde se encuentra. Entonces, ve la sonrisa de
Valeria y sus labios que se acercan. Por fin lo comprende. Sonríe y se incorpora despacio.
—¿Cuánto he dormido?
—Un buen rato.
El chico mira el reloj. Se sorprende cuando comprueba la hora.
—¡Son casi las once y media! —exclama.
—Es que estabas cansado. Necesitabas dormir.
—Ya… ¿Y tú has dormido algo?
—Quince minutos menos que tú —contesta; en seguida, le acerca la BlackBerry—. Me ha despertado
el pitido de tu BB.
Raúl le da un beso y coge el aparato. Tiene tres mensajes en el WhatsApp. Uno es de María, que les
pregunta a todos en una conversación de grupo si van a ir al partido de Ester. Otro es de Bruno, que
contesta que él sí que va. El tercero, privado, es de Elísabet. Abre este último y lo lee en silencio.
Espero que no estés enfadado conmigo. Siento haberme ido así anoche. Me gustaría hablar contigo y
aclararlo todo. Escríbeme cuando puedas.
—¿Qué sucede? —le pregunta Valeria al notarlo preocupado.
—Eli quiere hablar conmigo para aclarar lo de anoche.
—Es normal —le responde. Suspira—. Yo aún no le he contestado a los mensajes de ayer. No me ha
vuelto a escribir.
El joven se queda pensativo durante un instante. No tiene muy claro qué hacer. Tarde o temprano
volverán a verse y deberán tratar la situación. Es mejor hacerlo a solas que con el resto del grupo
pendiente.
—¿Vas a ir al partido de Ester?
—¿Y tú?
—Primero debo hablar con Eli. Podemos encontrarnos en el pabellón donde juega. Yo llegaré un
poco más tarde.
—Bien.
A Valeria no le gusta demasiado la idea de que Raúl y su amiga se encuentren a solas. ¿No se le
ocurrirá cambiarla por ella? Las dudas regresan. Espera que Elísabet no se lance de nuevo al cuello del
chico, como hizo anoche. Que los dos queden no deja de ser un gran riesgo. Pero debe confiar en él. Y
también es necesario que aclaren las cosas. Son muy amigos desde hace tiempo, y se necesitan el uno al
otro.
¡Fuera celos!
—Y lo nuestro… ¿se lo decimos a los demás o nos lo guardamos para nosotros?
—Mmm.
Ésa es una buena pregunta. También ha pensado en ello durante la noche. No está muy segura de si es
conveniente contarles al resto lo que pasa entre ambos. Por una parte, le gustaría explicárselo a los
chicos y no tener que estar ocultándolo. Pero, por otra, la relación entre Raúl y ella acaba de empezar, ni
siquiera está consolidada. Y la noticia provocaría cambios, opiniones, el enfado de Eli… Quizá lo que
tienen que hacer es…
—Mejor esperamos —dicen los dos al mismo tiempo.
Sonrisas y un beso en los labios.
—Sí, es mejor esperar un poco —repite Valeria—. Ya se lo contaremos más adelante.
—No hay prisa.
—Ninguna prisa.
Los dos se miran en silencio hasta que Raúl se levanta del sofá. Se cubre la cabeza con la capucha de
la sudadera y se inclina para besar una vez más a la chica.
—Ahora le escribiré a Meri para decirle que me guarde un sitio para el partido de Ester, aunque
llegaré más tarde.
—Vale. Yo me iré dentro de un rato para allá.
—Allí nos vemos, entonces.
Un último beso. El joven abre la puerta y se marcha de la casa, que se queda en completo silencio.
Valeria siente algo extraño. Miedo. Angustia. Añoranza. No sabe lo que es. Pero es un sentimiento muy
intenso que se extiende dentro de ella. ¿Es posible que ya lo eche de menos?
Todo está yendo demasiado de prisa. Aunque su impresión es la de que son novios desde hace mucho
tiempo. Quizá el que hayan sido tan buenos amigos antes está ayudando a que las cosas funcionen desde
el primer minuto. Y ella ya estaba enamorada de él. Simplemente, se deja llevar.
Y Raúl ¿está forzando la situación o también se está dejando llevar?
Sale del edificio en el que vive Valeria y busca la BlackBerry en uno de sus bolsillos. La saca y
teclea rápidamente.
Dentro de media hora estoy en tu casa. ¿Te parece bien?
La respuesta de Elísabet no se hace esperar. Contesta afirmativamente en menos de un minuto. Raúl ha
elegido la casa de su amiga porque allí ella se sentirá más cómoda para hablar. No ha ido muchas veces,
pero es un lugar que le gusta. Es bastante más grande que el resto de las casas de sus amigos. Y sus
padres siempre son muy amables. Tanto como la madre de Valeria. Gracias a Mará, esta mañana se ha
enterado de que el desayuno preferido de su hija es el chocolate con churros. Y es que, antes de ir a ver a
la chica, se pasó por la cafetería Constanza para asegurarse de que estaría sola. Quería sorprenderla.
Luego no fue difícil sonsacarle a Mará lo que esperaba escuchar: que siempre guardaba en la cocina, en
uno de los armarios, un bote de chocolate a la taza por si acaso se le antojaba algún día a la chica.
Camina sonriente por la ciudad, con las manos en los bolsillos y la cabeza oculta bajo la capucha. No
imaginaba un inicio tan bueno con Valeria. Y, aunque sólo han pasado unas cuantas horas desde que le
declaró sus intenciones, está muy contento por cómo van saliendo las cosas. El momento romántico en el
sofá no lo ha vivido con ninguna de las otras chicas con las que ha salido durante el último año.
Y, posiblemente, no lo habría vivido con Elísabet.
Él quiere una relación de verdad. Una pareja. Alguien en quien confiar, a quien sorprender, con quien
reír… y nadie mejor que Valeria para eso. Es una suerte que ella también sienta algo por él. Se le nota.
Se le nota en cómo lo mira, en cómo se comporta cuando están juntos. Es todo muy sincero. La conoce
bien y sabe que no va a fallarle.
Sólo espera no fallarle él.
Ensimismado en sus pensamientos, Raúl casi no se da cuenta de que ya está en la calle en la que vive
Eli. Cruza al otro lado y acelera el paso hasta llegar al número 37. Se detiene y llama al timbre. La puerta
no tarda en abrirse. Es su amiga quien le abre.
—Hola, Raúl… Pasa.
—Gra… cias.
El joven obedece, aunque no puede evitar fijarse antes en el escote de Elísabet. Su amiga lleva puesto
un top azul marino exageradamente ceñido. Cuando se vuelve, observa su cortísimo short vaquero. ¿Pero
no están en noviembre?
—Mis padres no están, así que podemos hablar tranquilamente.
—Bien.
—¿Subimos a mi cuarto?
—Como quieras.
Raúl sigue a Eli de cerca. Sube la escalera detrás de ella sin poder evitar contemplar ese short
minúsculo. Tiene que reconocer que la figura de la chica es espectacular. ¿Se habrá vestido así a
propósito?
Sin embargo, el joven no tiene ni idea de lo que le espera allí arriba.
Entran en la habitación en silencio. El dormitorio huele muy bien y está ambientado con velas. De
fondo suena una música relajante.
El chico se queda boquiabierto y contempla cómo Eli se sienta en la cama. La joven le pide que vaya
a su lado dando unos golpecitos con las manos sobre el colchón.
—Bueno, creo que es hora de que tú y yo hablemos
Capítulo 20
LLEVA quince minutos despierta. Aunque en realidad apenas ha dormido esa noche. Y eso que el
cansancio hizo que cerrara los ojos muy pronto. Pero Valeria no deja de darle vueltas a todo.
¿Qué es realmente lo que tiene con Raúl?
Se besaron, se dijeron que se gustaban, hablaron y se rieron juntos, la acompañó a casa… ¿Y? ¿Qué
más? Ya está. No es poco. Al contrario, es bastante tirando a muchísimo. Más de lo que había hecho en
toda su vida con un chico.
¿Pensará él lo mismo? ¿Habrá sido tan especial para Raúl como para ella?
No debería comerse tanto la cabeza. Ya se lo dijo él mismo: todavía no tenía las cosas claras. Buff.
Ahora, en frío, después de unas cuantas horas, esa afirmación le crea muchas dudas.
¿Y si hoy, cuando Raúl se despierte, ha dejado de gustarle?
Necesita verlo de nuevo. Sentirlo otra vez. Asegurarse de que lo de anoche no fue sólo un rato
divertido.
Mira el reloj de la BB. Las ocho y treinta y tres minutos de la mañana. Es demasiado temprano para
escribirle. Tampoco ha escrito a Elísabet. Seguramente aún esté durmiendo. Es de las que aprovecha los
domingos para levantarse como mínimo a las once. Cuando ayer por la noche recibió sus mensajes, no se
atrevió a responderlos. No quería mentir, pero tampoco contarle la verdad. Su amiga también siente algo
por Raúl y, si después de que él la rechazara Valeria le hubiera explicado todo lo que había pasado una
vez que se marchó en el taxi, no habría vuelto a dirigirle la palabra.
Lo normal habría sido que Eli hubiera resultado la elegida. Su amiga es perfecta para cualquier
chico. Y haría una pareja preciosa con Raúl. En cambio, se ha decantado por ella, algo que sigue
pareciéndole muy extraño pese a los motivos que le ha dado.
El timbre del telefonillo hace que Valeria dé un brinco en la cama. Se incorpora y se pregunta quién
puede ser a esa hora. ¿Su madre? Hace un rato que oyó cómo salía. Pero ya debe de estar trabajando en
Constanza. Y tiene llaves.
Se habrán equivocado. Sin embargo, vuelven a llamar. Dos, tres veces.
Ante tanta insistencia, la joven se levanta, se calza las zapatillas y se dirige hacia la entrada de la
casa. Llaman otra vez. Qué pesados.
—¿Sí? ¿Quién es?
—¡Buenos días, princesa!
—¿Raúl? —pregunta sorprendida.
—Sí, soy yo. ¿Me abres?
Pulsa el botón y rápidamente se aproxima a la puerta. Abre y observa cómo el chico sube las
escaleras hasta el primero B. Viste una sudadera gris con una capucha que le cubre la cabeza. Está muy
sonriente y lleva en una mano una bolsa con un cartucho lleno de churros.
—¡Hola, guapísima! —repite el joven. Se inclina y le regala un cariñoso beso en los labios—.
¿Cómo has dormido?
Un escalofrío sacude todo el cuerpo de Valeria, que termina de despertarse aunque el sueño continúa.
¡Está en su casa! Como si fuera su novio. Menos mal que la que no está es su madre. Mará conoce a Raúl
desde hace tiempo y, aunque le cae bien y le parece un chaval guapísimo, Valeria no quiere que su madre
se entere de lo que pasa entre ellos. ¡La bombardearía con preguntas de todo tipo!
—Buenos días —contesta nerviosa. En realidad, está temblando—. He dormido más o menos bien —
miente.
—Me alegro.
—Pero… ¿qué haces aquí?
—He venido a desayunar contigo. ¿Quieres uno?
El chico introduce la mano en la bolsa de plástico, saca un churro y le da un mordisco. Luego, se lo
ofrece a Valeria. Ésta lo declina en un primer momento, pero ante la insistencia del joven termina
dándole un bocado. Está caliente y se quema.
—¡Tendrías que haberme dicho que quemaba! —grita sofocada mientras mueve las manos a toda
velocidad como si fueran dos abanicos.
—Habría perdido la gracia —indica Raúl de camino hacia la cocina.
—¿Y tú por qué no te has quemado?
—Nunca me quemo. Soy inmune al calor. Podría hacerse una barbacoa en mi boca. No lo sabías,
¿no?
Valeria niega con la cabeza. Pues no. No estaba al corriente de ese detalle. Y eso que lo conoce muy
bien. Aunque, por lo visto, no tanto como creía.
Entran en la cocina y, mientras Valeria abre el grifo del agua fría y bebe del chorro, Raúl coge un
cazo del interior de un armario.
—¿Qué vas a hacer?
—El desayuno.
El chico abre otra puerta y da en seguida con lo que buscaba. Chocolate instantáneo. La chica lo
observa anonadada.
—¿Cómo sabías que…?
—Shhh. Un chef no revela nunca sus secretos.
—Es la primera vez que oigo eso.
—Pues no lo he inventado yo.
Entonces Raúl abre el frigorífico y saca la leche. La vierte en el cazo y comienza a calentarla en la
vitrocerámica.
—Hace mil años que no tomo chocolate con churros para desayunar —comenta Valeria, que continúa
atenta a todos los movimientos del joven.
—Pero sé que te encantan. Te desvives por el chocolate con churros. ¿Me equivoco?
—No —confirma con la frente fruncida—. ¿Cómo lo…?
Él le da un beso en la boca y sonríe.
—Te conozco mejor de lo que imaginas.
—¿Eso crees?
—¡Por supuesto!
—Mmm… Yo también te conozco bien, ¿eh?
—Puede ser. Pero no sabías que nunca me quemo con nada.
Es verdad. Y le da rabia. Se supone que la enamorada es ella. Y también la que debería conocer ese
tipo de curiosidades. En cambio, es él el que sabía lo del chocolate con churros. No recuerda haberlo
comentado nunca con sus amigos. Era lo que más le gustaba del mundo cuando era pequeña. ¿Cómo lo
habrá descubierto?
Lo contempla en silencio. Le gusta verlo allí, en su cocina, a primera hora de la mañana, preparando
el desayuno. ¿Seguro que no sigue dormida? En ese momento, Valeria mira hacia abajo y repara en que
está en pijama. Lleva uno rosa lleno de caballitos de carrusel. Se sonroja y abandona la cocina.
—¡Voy a cambiarme mientras preparas el desayuno! —grita desde el pasillo, ya casi entrando en su
habitación.
—¿Por qué? Me gustaban los caballitos.
¡Tonto! Se ha puesto tan nerviosa cuando ha llegado que ni siquiera se ha dado cuenta de que aún no
se había vestido.
Rápidamente, se quita el pijama y se pone un pantalón vaquero y un jersey. Se sienta sobre la cama y
se calza unas botas marrones. Sonríe cuando lo oye canturrear. Entra en el baño, se mira en el espejo y se
peina. Sigue siendo ella. La chica normal de ayer. De antes de ayer. De siempre. La única diferencia es
que hay un tío buenísimo preparándole su desayuno preferido un domingo por la mañana en su cocina. Y,
un detalle más, ¡está loca por ese tío!
El olor del chocolate llega hasta donde está. ¡Qué aroma!
Es increíble que le esté sucediendo todo eso. ¡Si hace unas horas pensaba que Raúl terminaría
saliendo con Elísabet! Y ahora está en su casa, con ella. ¡A solas!
—¿Te queda mucho? —pregunta el joven desde el otro lado del piso.
—¡No! ¡Ya voy!
—¡No me lo puedo creer!
—¿El qué?
—¡Tardas más que yo en vestirte! ¡Pensaba que eso era imposible!
Delante del espejo, Valeria saca la lengua. Le gustaría pintarse un poquito los ojos para, al menos,
cubrirse las ojeras de la noche casi en vela. Pero no quiere hacerlo esperar más. Tampoco va a dejar de
estar con ella por eso, ¿no?
—Qué bien huele —comenta la chica cuando entra otra vez en la cocina.
—Y espero que sepa aún mejor.
Raúl ha colocado en una bandeja dos tazas llenas hasta arriba de chocolate y un plato hondo con
todos los churros que ha comprado. La coge y camina con ella hasta el salón.
—Puedes ponerla ahí mismo. —Valeria señala la mesita que hay entre el sofá y la televisión, en la
parte delantera de la habitación.
El joven obedece y deposita la bandeja encima del mueble. No es una mesa muy grande, pero es la
que su madre y ella utilizan para cenar. Hace tiempo usaban la otra, la que está en la parte de atrás del
salón, que es más ancha, aunque menos cómoda, y está más alejada de la tele.
Los chicos se sientan. Raúl alcanza una de las tazas y se la da a Valeria. Luego, toma la suya y
comprueba el espesor del chocolate. En su punto.
—Ha quedado perfecto. Me encanta que esté así de espeso.
—A mí también me gusta así.
—Lo sé.
—¿También sabías eso?
—Sí. Pero… no te voy a decir cómo me he enterado.
—Eso no vale.
Finge que se enfada, pero al final se produce un intercambio de sonrisas. A pesar de que los nervios
de Valeria no desaparecen del todo, se encuentra bastante más tranquila. Imagina que ese hormigueo que
siente cada vez que está con él cesará algún día. O quizá no y viva siempre sometida a ese cosquilleo. No
le importaría, porque sería una señal de que estarían juntos para siempre.
Raúl moja un churro en el chocolate, lo muerde y besa a la chica. ¡Qué rico! Esto ha pasado de ser
como un sueño a convertirse en un deseo. Si existiera el genio de la lámpara, no dudaría en pedir algo así
al despertarse: el chico al que ama, un beso suyo y chocolate caliente.
—¿Jugamos a una cosa?
—¿Jugar? ¿A qué?
La mirada picara de Raúl la hace desconfiar. ¿Qué se le habrá ocurrido?
—Espera.
—Mmm.
El joven deja la taza sobre la mesa y se levanta. Se dirige a la cocina y en menos de un minuto
regresa con una servilleta de tela. A continuación, mira a su alrededor y coge un libro de una estantería:
El bolígrafo de gel verde, de Eloy Moreno.
Valeria lo observa curiosa y alerta. Un juego… No se fía de él. A saber qué quiere hacer.
—Te explico —comienza a decir el chico cuando se sienta de nuevo en el sofá—. ¿Nunca has jugado
al equilibrio del beso?
—¿El equilibrio del beso? No. Nunca.
—Perfecto. Te explico. —Y le entrega la servilleta—. Tienes que taparte los ojos.
—¿Qué? ¡No voy a taparme los ojos!
Raúl hace un gesto de fastidio y protesta en voz baja.
—Si no te los tapas no podemos jugar.
—¿Y por qué no te los tapas tú?
—Luego. Pero primero debes hacerlo tú, que no te sabes el juego.
La chica chasquea la lengua y termina accediendo. Ahora sí que no se fía de él, pero tampoco quiere
que se enfade. ¿No será una novatada?
—¿Y ahora?
—¿Ves algo? —pregunta Raúl mientras hace aspavientos con las manos delante de ella para
comprobar que la servilleta no se transparenta.
—No. Nada.
Parece que dice la verdad. Sonríe y le coloca el libro en las manos.
—Ahora levántate y ponte el libro en la cabeza.
—¿Qué? ¡Estás loco! —grita ella al tiempo que se quita la servilleta de los ojos—. ¿Qué juego es
éste? ¡Lo que quieres es que haga el ridículo!
—¡No! ¡De verdad! ¡Confía en mí!
Y, sin que se lo espere, la besa. Un nuevo beso de cacao que le sabe a gloria. Resignada y sin oponer
mucha resistencia, Valeria vuelve a vendarse los ojos.
—No me gusta este juego —murmura con voz de niña pequeña.
Se pone de pie y se coloca el libro sobre la cabeza.
—Muy bien. Ahora… ¡comencemos! —exclama Raúl, que también se levanta—. Tienes que evitar
por todos los medios que el libro se caiga al suelo. El que más tiempo aguante con él en la cabeza es el
que gana. Y no lo puedes tocar con las manos, claro.
—No entiendo nada.
—Ahora lo comprenderás.
El chico alcanza uno de los churros del plato, lo moja y, despacio, lo pasa por la mejilla de Valeria.
Es como si dibujase con un pincel sobre el rostro de la joven. Ella se estremece por el calor del
chocolate y grita, pero mantiene el libro en la cabeza.
—¡No me gusta este juego! —repite alzando la voz.
—¿No?
—¡No!
—Te gustará.
Y, lentamente, acerca la boca a la cara de Valeria y la besa donde está el chocolate. El libro se
tambalea un poco, pero continúa sobre la cabeza de la chica.
—Eres cruel.
—¿Sí?
Raúl vuelve a coger el churro. Lo moja un poco más y pinta una línea marrón sobre el cuello de
Valeria. Cuando ésta percibe el chocolate, tiembla.
—¡Muy cruel!
—¿De verdad?
—De verdad… —susurra.
Tras el chocolate, llegan sus labios. Y su lengua, que se encarga de limpiarle la piel. La joven cierra
los ojos debajo de la servilleta. Es muy cruel, pero le encanta que haga eso. A continuación, siente el
calor en los lóbulos de las orejas y en seguida la boca de Raúl sobre ellos. Los lame despacio.
Increíblemente despacio. Increíblemente sensual.
—Tienes buen pulso, ¿eh? El libro sigue en tu cabeza —comenta Raúl mientras hunde una vez más el
churro en la taza.
Valeria no sabe qué decir. Prácticamente, no puede hablar. Todo lo que le está haciendo, a ciegas, la
ha transportado a un lugar que está muy lejos de su salón: al mundo de los sentidos, donde es incapaz de
reaccionar. El libro no se ha caído tan sólo por obra y arte del azar. Sin embargo, no tardará mucho en
tocar el suelo. El siguiente punto que el chico ha elegido para extender el chocolate es su boca. Despacio,
primero le pasa la lengua por los labios, recorriéndolos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
Después, con el dedo índice, la obliga a abrir ligeramente la boca y le acaricia su labio inferior con sus
propios labios. Suavemente. De menos a más. El chocolate se mezcla con su saliva. El cuerpo de la joven
se contrae y su corazón se acelera como nunca antes lo había hecho. El aire caliente de su respiración
penetra en la boca de Raúl, que ocupa la suya. La besa intensamente, sujetándole el rostro con las manos.
Y entonces… El bolígrafo de gel verde cae al suelo.
A ninguno de los dos le importa. Raúl coge a Valeria de la mano y la invita a sentarse en el sofá. La
chica se deja llevar bajo la oscuridad de la servilleta, que continúa vendándole los ojos. Pero jamás
había visto nada con tanta claridad. Y es que aquellos besos sólo le confirman que quiere a aquel chico
con los cinco sentidos.
Capítulo 21
LE sudan las manos. Siempre le pasa cuando está nerviosa. Desde ayer por la noche se siente mal.
Rechazada, humillada y abandonada. Eli no está acostumbrada a levantarse tan temprano los domingos,
pero éste es un domingo especial.
Se balancea suavemente sobre un columpio del parque al que solía ir cuando era pequeña. Entonces
todo era más sencillo. Y no sufría por amor. Es la primera vez que se enamora de alguien de verdad. El
resultado no ha podido ser peor.
—Tía, déjalo ya. No pienses más en él.
—¿Cómo voy a olvidarme de Raúl? ¡Forma parte de mi vida!
—Pues cambia de vida.
Elísabet mira fijamente a la joven que hay en el columpio de su izquierda. Alicia es una chica de su
edad, rubia, alta y muy guapa. Va peinada con dos coletas que se mueven, graciosas, cada vez que se
impulsa. Hacía tiempo que no la veían.
—Me gusta mi vida.
—Entonces no te quejes —comenta su amiga desesperándose—. A ver… Tienes dos alternativas: o
pasas de ese tío para siempre o vas a por él a saco hasta que consigas lo que quieres.
—Pero…
—Nada de peros. Amiga, en la vida no hay término medio. Blanco o negro. Hay que ir a por todas o
no ir y pasar. Pero con lloriqueos no vas a conseguir nada.
—Ya.
—Si te gusta de verdad, lánzate a por él. Pero hazlo en serio. Y no salgas corriendo a la primera de
cambio.
Puede que tenga razón. Quizá se haya rendido demasiado pronto. Aunque Raúl le dejó bastante claro
que no la quería como novia, tampoco tuvo tiempo de pensarlo mucho. Tal vez lo reconsidere si ella
insiste. El amor no surge ni desaparece en cinco minutos.
—Creo que debería volver a hablar con él y decirle de nuevo lo que siento.
—Es lo que tienes que hacer. Y utilizar todo lo que tienes para conseguir lo que quieres.
—Hablas de…
—Sí. Hablo de tus armas de mujer. Que para algo tienes esas curvas y esa noventa y cinco
espectacular —indica Alicia con una sonrisa ladeada—. A los hombres primero se les conquista desde
lo sexual, y luego ya llega el amor y todo lo demás.
—¿Y no se confundirá? Pensará que sólo busco… eso. Y, precisamente, eso es lo que no quiero que
piense de mí.
La chica rubia resopla y se impulsa con fuerza. El columpio sube muy alto ante la atenta mirada de
Elísabet, que no aparta la mirada de ella. Cuando baja, frena con los pies en el suelo y se para en seco.
—Imagina que tienes un examen de recuperación que has suspendido antes y que te han dado las
preguntas con las respuestas. ¿Qué harías?
—Supongo que leerlas.
—Bien. Pues esto es lo mismo. Tienes un examen que ya has suspendido una vez, emplea cuanto esté
en tu mano para aprobarlo. No desaproveches las ventajas que puedas conseguir para lograrlo. ¿Lo
comprendes?
—Sí, te entiendo.
—Perfecto.
En realidad, más o menos, aquello fue lo que hizo ayer por la noche. Utilizó sus armas. Tonteó, bailó,
se acercó a él… pero no fue suficiente. Tal vez por el ambiente. Ligarte a alguien en una discoteca le
hace pensar que lo que único que pretendes es enrollarte con él. Es difícil plantearse algo más un sábado
por la noche entre música dance y luces de colores que parpadean.
—Te haré caso, Alicia.
—Bien. Pero porque crees en lo que te he dicho. Sólo debes tomar las decisiones que más te
beneficien.
—Creo que tu consejo es bueno. Iré a por él otra vez. Y utilizaré todas mis cualidades para que Raúl
salga conmigo.
Las dos chicas sonríen y, durante unos segundos, se balancean en paralelo sobre los columpios.
Elísabet respira hondo y se siente más animada. Hablar con ella le ha dado confianza.
—Oye, ¿y Valeria? —le pregunta Alicia tras detenerse de nuevo.
—¿Valeria? ¿Qué le pasa?
—Pues que te ha ignorado. No respondió a tus mensajes de anoche.
La chica mira hacia abajo entristecida. Es cierto. Su amiga todavía no ha dado señales de vida. No lo
comprende. En un momento tan delicado, cuando más la necesita, ha pasado de ella.
—Estaría muy ocupada.
—¡Bah! Excusas.
—Se encontraría con algún tío guapo y se lo pasaría bien con él.
—Excusas.
—Bueno…
—Ya sabes que nunca me cayó bien. Creo que es una interesada.
—No digas eso. Ella siempre se ha portado bien conmigo.
Las palabras de Alicia no le gustan. Valeria es su mejor amiga y, desde que la conoció hace cuatro
años, nunca le ha fallado. Salvo anoche…
—La tienes en un pedestal. Tú también has hecho mucho por ella.
—Es normal, somos amigas.
—Una amiga no abandona a la otra cuando lo está pasando mal.
—Venga, no seas así. Ya me contará cuando se despierte qué es lo que hizo y por qué no contestó al
móvil.
—Tú sabrás. Pero yo… empezaría a buscar amigas que no desaparezcan el día más doloroso de tu
vida.
La brisa ligera y fría de esta mañana de domingo se cuela en el interior de Eli. No está de acuerdo
con lo que le está diciendo Alicia. Seguro que Valeria tiene una explicación convincente que la
justifique. Pero, aunque le cuesta reconocerlo, hay algo en ella que la hace sentirse molesta con su amiga.
—Me tengo que ir a casa —dice mientras se baja del columpio.
—Vale.
—Espero volver a verte pronto.
—Siempre que quieras —contesta al tiempo que da un saltito que le permite clavar los pies en el
suelo—. Somos amigas.
—Claro.
—Cuídate y, cuando necesites algo, ya sabes dónde encontrarme.
—Muchas gracias, Alicia.
Las dos sonríen por última vez. Y, después de despedirse con la mano, Elísabet se da la vuelta y
camina en dirección a la salida del parque.
Ha sido una charla muy productiva. Tiene los ánimos renovados y ha recuperado la confianza al
ciento por ciento. Dentro de un rato, escribirá a Raúl para quedar con él, aunque no le dirá sus
verdaderas intenciones. No quiere espantarlo de antemano. Sin embargo, está segura de que en esta
ocasión el encuentro con su amigo será diferente.
Como le ha dicho Alicia, debe utilizar cuanto esté en su mano para lograr su propósito. Y eso hará.
¡Vaya si lo hará!
Capítulo 22
MARÍA mueve con desgana la cuchara para mezclar el Cola Cao con la leche. Está muy caliente, como
a ella le gusta. Tiene la televisión encendida, pero no se fija en lo que están poniendo en esos instantes.
Gadea desayuna a su lado, en silencio. Está preocupada por su hermana. Sabe que lo que le propuso ayer
no es una decisión fácil de tomar. Tal vez, haya sido injusta con ella, y un poco egoísta. Es cierto que su
padre necesita que una de las dos esté con él en Barcelona. Pero también es verdad que abandonar todo
lo que tienen en Madrid para empezar de cero en una ciudad que no es la suya no resulta nada sencillo.
Ahora se siente mal al verla así.
—Estás muy callada, ¿te encuentras bien?
—Sí. Estoy bien.
El tono de la respuesta indica justo lo contrario. También su expresión lo demuestra.
La pelirroja se inclina sobre la mesa y le da un sorbo al Cola Cao. Sí, está suficientemente caliente.
—Meri, no tienes que hacerlo si no quieres. Papá se recuperará tarde o temprano.
—Eso no es lo que me dijiste anoche.
—Ya lo sé. Pero no debí ponerte en este compromiso.
—El compromiso es de las dos. Si no lo haces tú, tendré que hacerlo yo.
—Yo no puedo moverme de Madrid. Entiéndelo.
—Por la carrera y por Álex. Ya lo sé. Te comprendo.
—Me alegro de que me entiendas, Meri. Esto no está siendo fácil para mí tampoco.
Si ella tuviera pareja, tampoco se marcharía a otra ciudad. Aunque sólo fueran unos meses, correría
el riesgo de que la relación se deteriorara por la distancia y se terminase. Sin embargo, tiene amigos, y
también los echaría de menos si se fuera lejos de ellos.
—¿Le has dicho algo a mamá?
—No. No le he comentado nada.
—No creo que le guste demasiado que una de nosotras dos se vaya a Barcelona.
—Es normal. Pero seguro que termina comprendiéndolo —comenta la hermana mayor mientras se
levanta de la silla.
María la observa detenidamente. Se ha convertido en una chica preciosa. Es increíble lo que ha
cambiado a lo largo de los últimos años. Quizá a ella le suceda algún día algo parecido, abandone su
aspecto infantil y aniñado y se convierta en una atractiva joven como Gadea.
—No estoy tan segura.
—Bueno, tendría que aceptarlo. Es nuestro padre. Y nosotras ya somos mayorcitas como para tomar
decisiones importantes.
—Tú eres mayor. Yo sigo siendo una cría.
—¡Qué vas a ser una cría! —exclama la hermana mayor. Se acerca a ella por detrás, la rodea con los
brazos y le da un beso en la cabeza.
—No tengo ni tetas.
Gadea suelta una carcajada cuando oye a María. Aunque su hermana hablaba completamente en serio,
a la mayor le ha parecido un comentario divertido.
—Ya te crecerán.
—Ya veremos. A este paso me desarrollaré a los cuarenta. Si es que llego.
—Vamos, Meri, no seas pesimista.
—No soy pesimista. Pero mírame. Parezco una de las tres mellizas en pelirrojo.
Otra risa de Gadea, que mueve la cabeza. Puede que su hermana no sea la chica más guapa del
mundo, pero ese sentido del humor tan irónico la hace especial.
—Yo te querré siempre. Independientemente de la talla de sujetador que uses.
—¡Menos mal! Al menos mi hermana no le da importancia a eso.
—Soy una chica. Si fuera un tío…
Y, tras darle otro beso, esta vez en la mejilla, recoge su vaso y se dirige a la cocina.
María se queda sola con el ruido de fondo de la televisión. En Boing están
emitiendo «Bola de Dragón». La muchacha apoya el codo en la mesa y la cara en la mano y mira la
pantalla. Ya ha visto ese capítulo. De todas maneras, tiene demasiadas cosas en la cabeza como para
distraerse con una serie de dibujos animados.
Irse a Barcelona significaría tantas cosas… La más importante, separarse de su familia y sus amigos.
Ellos todavía no lo saben, pero tampoco les contará nada hasta que haya decidido qué va a hacer.
Da otro sorbo al Cola Cao y comprueba el reloj. Bruno tiene que estar al llegar. Han quedado por
WhatsApp para ir a ver a Ester. Dentro de un rato juega un partido muy importante para ella. También ha
escrito al resto, pero ni Raúl ni Valeria ni Elísabet han contestado todavía. Seguramente estén de resaca
de la fiesta de anoche en la discoteca. Además, eso de levantarse temprano los domingos no es lo suyo.
—Meri, me voy a casa de Álex —anuncia Gadea cuando regresa al salón.
—Vale. Pásalo bien.
—Gracias —responde—. Y no te vuelvas loca con lo de papá.
—Lo intentaré.
—Bueno. Hasta luego, Meri.
—Adiós.
Se despide de su hermana mayor con una sonrisa amarga y termina de beberse el Cola Cao. Otro
vistazo al reloj. Como siempre, Bruno llega tarde. Pero ella no es como el resto y no se lo reprochará. Si
se va, lo echará mucho de menos. La vida sin ese chico tan peculiar sería mucho más difícil para ella.
Podría meterlo en una de sus maletas y llevárselo a Barcelona de incógnito. Sonríe al imaginar la cara
que pondrían los del control del equipajes al descubrir a su amigo dentro de una Samsonite.
El pitido de su BlackBerry amarilla a devuelve al otro lado del espejo.
Meri, estoy abajo. Siento el retraso, aunque sólo he llegado siete minutos tarde por culpa de una
prórroga contra Francia. ¿Bajas ya, pelirroja?
No responde. Se coloca un gorro blanco de lana en la cabeza y, sin siquiera mirarse en el espejo, sale
de casa riéndose para sí misma. Y es que continúa pensando que, pese a que ese loco bajito no tiene
remedio, estaría genial llevarse a Barcelona a esa persona tan especial para ella dentro de una maleta.
Aún no puede creerse lo que acaba de pasar. Sentada, apoyada contra la pared, María se acaricia los
labios con la yema de los dedos. ¡Un chico la ha besado por primera vez!
Nunca imaginó que fuera así. En realidad, a sus trece años, no se había parado mucho a pensar en
cómo sería, a diferencia de las chicas de su clase, que no paran de hablar de ese tipo de cosas y de cómo
se hace esto o aquello. Ella es distinta. Diferente al resto. Físicamente y también en cuanto a sus
intereses. Y no le importa demasiado, aunque en ocasiones se siente muy sola.
Raúl. Ese chaval parece buen chico. Ha tenido que pasarlo muy mal durante esos meses de clase
después de perder a su padre. Le gustaría ser su amiga. A ella tampoco le vendría mal alguien con quien
hablar en los recreos. A veces no es fácil vivir aislada de todo el mundo.
Respira hondo y encoge las piernas.
Se está bien allí. Sólo se oye la voz de los profesores que explican en las diferentes clases. A ésta ya
no entrará. Tampoco cree que nadie note su ausencia.
De pronto, su tranquilidad se ve interrumpida por unos pasos que se acercan a donde está ella. Piensa
en esconderse, ya que no puede tratarse más que de un profesor. Le echarán una buena bronca por no
estar en clase. Pero qué más da. No le importa. Sin embargo, quien aparece delante de ella es un chico
muy bajito que va a su clase. Se llama Bruno Corradini. Nunca han hablado. Cada uno se sienta en una
punta del aula: María en el último asiento de la fila más a la derecha, y aquel muchacho en el primer sitio
de la fila de la izquierda. Los dos se miran durante unos segundos.
—El profesor de Matemáticas te está buscando —suelta el chico.
Su voz es muy aguda. Si no fuera a su clase, María pensaría que se trata de un niño de quinto o sexto
de primaria. Su aspecto es, cuando menos, curioso. Lleva el pelo cortado de tal manera que aparenta
tener la cabeza demasiado grande para su pequeño cuerpo. La ropa que lleva también le queda grande,
especialmente la sudadera blanca, que le llega casi a las rodillas.
—¿A mí?
—Sí. Te ha visto antes por los pasillos y le ha extrañado que no estés en clase.
Me ha mandado buscarte.
Vaya. Pues sí que hay alguien que se fija en lo que hace y lo que no. De todos los profesores, el de
Matemáticas es el único que merece la pena. Tiene un sentido del humor muy particular que a María le
gusta. Pero ya ha tomado la decisión de no ir a su clase esa mañana. Está tranquila allí, y no le apetece
entrar en medio de las explicaciones y bajo la mirada de todos. Por hoy ya ha tenido bastante con
aquellos estúpidos que la han hecho pasar un mal rato. A pesar de que gracias a esos cuatro idiotas ha
recibido su primer beso. Y el segundo.
—Dile que no me has encontrado.
—Es que sí que te he encontrado —replica Bruno molesto.
—Bueno, pues tú dile que no.
—¿Me pides que mienta a un profesor?
No le apetece discutir, pero tampoco quiere entrar en clase. Arquea las cejas y mira desafiante al
muchacho.
—Haz lo que te dé la gana, Corradini.
Bruno parece impactado por la respuesta de la pelirroja. No sabía que tenía tanto carácter. Siempre
la ve sola y sin hablar con nadie. Como él, que tampoco tiene demasiados amigos allí.
Y, para sorpresa de María, el chico bajito de la sudadera demasiado grande se sienta a su lado.
—Pues sí tú no vas, yo tampoco.
—¿Qué dices? ¡Vete a clase o te pondrán falta!
—Paso. No quiero mentirle al profesor.
—¡Pero te van a echar la bronca!
El joven se encoge de hombros y sonríe, satisfecho de su valentía por saltarse una clase. Eso es lo
más emocionante que ha hecho en todo el curso. Se mete la mano en el bolsillo de la sudadera y saca un
chicle de menta.
—¿Quieres?
María lo observa. Es el tío más raro que ha visto en su vida. Pero le parece simpático.
—Vale.
El joven abre el chicle y lo parte, aunque una de las mitades queda mucho más grande que la otra.
—Toma.
Él se queda con el trozo más pequeño y le entrega a ella el mayor. Y, antes de que la chica pueda
quejarse por recibir la mejor parte, se mete en la boca el trozo pequeño y comienza mascarlo. La
expresión de la chica es de total incredulidad y sorpresa, pero la hace sonreír.
—Muchas gracias, Bruno.
Sí, está claro, es un chaval muy extraño. Pero le gusta.
Pasan juntos la siguiente hora, sentados uno al lado del otro en la parte de atrás del instituto.
Conversan sobre diferentes temas. Descubren que tienen varios gustos en común y hasta se atreven a
compartir algunos de sus miedos. El resto del mundo los ignora o los toma a broma. Son dos jóvenes que
se salen de los tipos y prototipos habitualmente aceptados. Son dos auténticos incomprendidos. Pero
ellos, los dos unidos, se entienden. Y supieron, desde aquel día en el que hablaron por primera vez, que
se convertirían en amigos inseparables. Sin embargo, casi tres años después, en su amistad podría abrirse
una brecha de 621 kilómetros. Los que separan Madrid de Barcelona.
Capítulo 23
 
Lleva quince minutos observándolo. Ya se sabía su rostro de memoria, pero el repaso no le ha venido
nada mal. Nunca habría imaginado que pudiera estar tanto tiempo seguido sin despegar los ojos de una
persona dormida.
Tras el juego y los besos, Valeria y Raúl se quedaron echados en el sofá, abrazados. Apenas
hablaron. Tampoco hacía falta. Ella nunca había vivido una situación parecida. Estaba disfrutando tanto
que se relajó y se quedó dormida con la cabeza apoyada sobre el pecho de Raúl y los brazos de éste
rodeándole la cintura.
Al despertarse, él seguía ahí. No se había evaporado. Raúl dormía con ella en el sofá de su salón. Y
se sintió feliz. Emocionada. Dichosa de saborear ese instante de alegría absoluta. No llevaban cientos de
años casados, apenas habían pasado unas cuantas horas desde su primer beso. Sin embargo, tenía la
impresión de que habían transcurrido siglos.
—Hola, bello durmiente —lo saluda cuando el chico abre los ojos.
Está algo aturdido y le cuesta reconocer el lugar donde se encuentra. Entonces, ve la sonrisa de
Valeria y sus labios que se acercan. Por fin lo comprende. Sonríe y se incorpora despacio.
—¿Cuánto he dormido?
—Un buen rato.
El chico mira el reloj. Se sorprende cuando comprueba la hora.
—¡Son casi las once y media! —exclama.
—Es que estabas cansado. Necesitabas dormir.
—Ya… ¿Y tú has dormido algo?
—Quince minutos menos que tú —contesta; en seguida, le acerca la BlackBerry—. Me ha despertado
el pitido de tu BB.
Raúl le da un beso y coge el aparato. Tiene tres mensajes en el WhatsApp. Uno es de María, que les
pregunta a todos en una conversación de grupo si van a ir al partido de Ester. Otro es de Bruno, que
contesta que él sí que va. El tercero, privado, es de Elísabet. Abre este último y lo lee en silencio.
Espero que no estés enfadado conmigo. Siento haberme ido así anoche. Me gustaría hablar contigo y
aclararlo todo. Escríbeme cuando puedas.
—¿Qué sucede? —le pregunta Valeria al notarlo preocupado.
—Eli quiere hablar conmigo para aclarar lo de anoche.
—Es normal —le responde. Suspira—. Yo aún no le he contestado a los mensajes de ayer. No me ha
vuelto a escribir.
El joven se queda pensativo durante un instante. No tiene muy claro qué hacer. Tarde o temprano
volverán a verse y deberán tratar la situación. Es mejor hacerlo a solas que con el resto del grupo
pendiente.
—¿Vas a ir al partido de Ester?
—¿Y tú?
—Primero debo hablar con Eli. Podemos encontrarnos en el pabellón donde juega. Yo llegaré un
poco más tarde.
—Bien.
A Valeria no le gusta demasiado la idea de que Raúl y su amiga se encuentren a solas. ¿No se le
ocurrirá cambiarla por ella? Las dudas regresan. Espera que Elísabet no se lance de nuevo al cuello del
chico, como hizo anoche. Que los dos queden no deja de ser un gran riesgo. Pero debe confiar en él. Y
también es necesario que aclaren las cosas. Son muy amigos desde hace tiempo, y se necesitan el uno al
otro.
¡Fuera celos!
—Y lo nuestro… ¿se lo decimos a los demás o nos lo guardamos para nosotros?
—Mmm.
Ésa es una buena pregunta. También ha pensado en ello durante la noche. No está muy segura de si es
conveniente contarles al resto lo que pasa entre ambos. Por una parte, le gustaría explicárselo a los
chicos y no tener que estar ocultándolo. Pero, por otra, la relación entre Raúl y ella acaba de empezar, ni
siquiera está consolidada. Y la noticia provocaría cambios, opiniones, el enfado de Eli… Quizá lo que
tienen que hacer es…
—Mejor esperamos —dicen los dos al mismo tiempo.
Sonrisas y un beso en los labios.
—Sí, es mejor esperar un poco —repite Valeria—. Ya se lo contaremos más adelante.
—No hay prisa.
—Ninguna prisa.
Los dos se miran en silencio hasta que Raúl se levanta del sofá. Se cubre la cabeza con la capucha de
la sudadera y se inclina para besar una vez más a la chica.
—Ahora le escribiré a Meri para decirle que me guarde un sitio para el partido de Ester, aunque
llegaré más tarde.
—Vale. Yo me iré dentro de un rato para allá.
—Allí nos vemos, entonces.
Un último beso. El joven abre la puerta y se marcha de la casa, que se queda en completo silencio.
Valeria siente algo extraño. Miedo. Angustia. Añoranza. No sabe lo que es. Pero es un sentimiento muy
intenso que se extiende dentro de ella. ¿Es posible que ya lo eche de menos?
Todo está yendo demasiado de prisa. Aunque su impresión es la de que son novios desde hace mucho
tiempo. Quizá el que hayan sido tan buenos amigos antes está ayudando a que las cosas funcionen desde
el primer minuto. Y ella ya estaba enamorada de él. Simplemente, se deja llevar.
Y Raúl ¿está forzando la situación o también se está dejando llevar?
Sale del edificio en el que vive Valeria y busca la BlackBerry en uno de sus bolsillos. La saca y
teclea rápidamente.
Dentro de media hora estoy en tu casa. ¿Te parece bien?
La respuesta de Elísabet no se hace esperar. Contesta afirmativamente en menos de un minuto. Raúl ha
elegido la casa de su amiga porque allí ella se sentirá más cómoda para hablar. No ha ido muchas veces,
pero es un lugar que le gusta. Es bastante más grande que el resto de las casas de sus amigos. Y sus
padres siempre son muy amables. Tanto como la madre de Valeria. Gracias a Mará, esta mañana se ha
enterado de que el desayuno preferido de su hija es el chocolate con churros. Y es que, antes de ir a ver a
la chica, se pasó por la cafetería Constanza para asegurarse de que estaría sola. Quería sorprenderla.
Luego no fue difícil sonsacarle a Mará lo que esperaba escuchar: que siempre guardaba en la cocina, en
uno de los armarios, un bote de chocolate a la taza por si acaso se le antojaba algún día a la chica.
Camina sonriente por la ciudad, con las manos en los bolsillos y la cabeza oculta bajo la capucha. No
imaginaba un inicio tan bueno con Valeria. Y, aunque sólo han pasado unas cuantas horas desde que le
declaró sus intenciones, está muy contento por cómo van saliendo las cosas. El momento romántico en el
sofá no lo ha vivido con ninguna de las otras chicas con las que ha salido durante el último año.
Y, posiblemente, no lo habría vivido con Elísabet.
Él quiere una relación de verdad. Una pareja. Alguien en quien confiar, a quien sorprender, con quien
reír… y nadie mejor que Valeria para eso. Es una suerte que ella también sienta algo por él. Se le nota.
Se le nota en cómo lo mira, en cómo se comporta cuando están juntos. Es todo muy sincero. La conoce
bien y sabe que no va a fallarle.
Sólo espera no fallarle él.
Ensimismado en sus pensamientos, Raúl casi no se da cuenta de que ya está en la calle en la que vive
Eli. Cruza al otro lado y acelera el paso hasta llegar al número 37. Se detiene y llama al timbre. La puerta
no tarda en abrirse. Es su amiga quien le abre.
—Hola, Raúl… Pasa.
—Gra… cias.
El joven obedece, aunque no puede evitar fijarse antes en el escote de Elísabet. Su amiga lleva puesto
un top azul marino exageradamente ceñido. Cuando se vuelve, observa su cortísimo short vaquero. ¿Pero
no están en noviembre?
—Mis padres no están, así que podemos hablar tranquilamente.
—Bien.
—¿Subimos a mi cuarto?
—Como quieras.
Raúl sigue a Eli de cerca. Sube la escalera detrás de ella sin poder evitar contemplar ese short
minúsculo. Tiene que reconocer que la figura de la chica es espectacular. ¿Se habrá vestido así a
propósito?
Sin embargo, el joven no tiene ni idea de lo que le espera allí arriba.
Entran en la habitación en silencio. El dormitorio huele muy bien y está ambientado con velas. De
fondo suena una música relajante.
El chico se queda boquiabierto y contempla cómo Eli se sienta en la cama. La joven le pide que vaya
a su lado dando unos golpecitos con las manos sobre el colchón.
—Bueno, creo que es hora de que tú y yo hablemos
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