24-28
Capítulo 24
YA ha pasado más de una hora desde que se separaron y no sabe nada de Raúl. En varias ocasiones ha
tenido la tentación de escribirle, pero no quiere agobiarlo. Estará hablando con Elísabet de muchas cosas
y solucionando lo ocurrido anoche. Debe confiar en él. Tiene que hacerlo. Pero Valeria no puede quitarse
de la cabeza la posibilidad de que su amiga lo esté intentando de nuevo y de que él se dé cuenta de que
ayer eligió a la chica equivocada.
—Muchas gracias por venir, chicos. Sois los mejores.
Ester sonríe, feliz de ver a sus amigos en la grada. Es un partido muy importante. El más importante
de la temporada. Juegan contra las primeras y debe darlo todo. Además, está contenta, y al mismo tiempo
ansiosa, porque después le espera un regalo de Rodrigo. ¿Qué será?
—¡Cómo no íbamos a venir! —exclama Bruno.
—Sí. Todos te apoyamos. Seguro que lo haces genial —añade María sonriente—. ¡Duro con ellas!
La chica les da una vez más las gracias a sus tres amigos y regresa corriendo al vestuario junto con
sus compañeras de equipo. Rodrigo la recibe en la puerta muy serio, pero cuando llega hasta él le guiña
un ojo y entran juntos. Ahora le toca concentrarse en el partido.
—No nos has contado todavía cómo os fue anoche —comenta María—. ¿Ligaste con algún
universitario?
Valeria duda un instante sobre qué responder. No va a decirles nada de lo que hay entre ella y Raúl.
Pero tampoco quiere engañarlos.
—Bueno… —Y de repente recuerda a su amigo, el estudiante de Periodismo de la melenita. Él es una
buena excusa para hablar de otra cosa. Así no tendrá que mentirles—. Conocí a un chico bastante majo.
¿Os acordáis del tío que cantaba en el metro de Sol, del que os hablé?
Bruno y María asienten con la cabeza.
—¿El que te dejó el dinero? —pregunta la pelirroja.
—Sí, ése —contesta Valeria sonriendo al recordar aquel momento tan curioso—. Pues resulta que
luego me lo encontré en la fiesta.
—¿Sí? ¡Qué casualidad!
—Ya ves. Se llama César y estudia tercero de Periodismo.
—Joder, parece el argumento de una película.
—De una película de miedo —apunta Bruno nada convencido de la autenticidad de tal coincidencia
—. Es muy raro que a un tío que conoces tocando en el metro lo veas un rato después en una discoteca a
tres kilómetros de allí. ¿Seguro que no te siguió?
—No, no. De hecho su facultad era la que organizaba la fiesta. Y su compañero de piso, el que nos
vendió los carnés y las entradas.
—¡Venga ya! ¿Y te creíste todo eso?
—¡Que sí, Bruno! ¡Que es verdad!
Los gritos de la chica llaman la atención de la gente que está a su alrededor, que se vuelve hacia
ellos. Valeria se sonroja y agacha la cabeza avergonzada.
—Lo siento, pero no me creo nada. Te dijo todo eso para ligar contigo.
—Pero ¿cómo va a hacer eso para ligar conmigo? —pregunta en voz baja.
—Muy fácil: te lo encontraste en el metro, nos siguió y luego se hizo pasar por universitario para
llamar tu atención. Seguro que es un loco peligroso.
—El que está loco eres tú.
—¿No le darías tu teléfono?
La chica se frota la mejilla con la mano y, luego, los ojos.
—Me da que sí se lo dio —interviene María con una sonrisa.
—Pues sí, se lo di. Incluso me escribió un mensaje anoche cuando llegué a casa.
—Qué mono.
—Sí, pero no le he respondido todavía.
Ha estado tan ocupada pensando en Raúl y en Eli que se le ha pasado por completo responder a
César. Lo hará durante el partido.
—Vale. Le diste tu teléfono móvil a un mendigo que te siguió por todo Madrid. Bien, Val, bien.
—¡No es un mendigo! ¡Es un estudiante de Periodismo que se saca un dinerillo tocando y cantando en
el metro!
De nuevo, los gritos de Valeria provocan que los que están en los asientos cercanos se fijen en ella.
Azorada, pide disculpas y se encoge sobre sus rodillas.
—Era guapo, ¿verdad?
—Sí, Bruno, era guapo.
—Por eso le diste tu móvil y te creíste todo lo que te dijo.
—Lo que me dijo era verdad —insiste ella con un suspiro—. Y le di mi móvil porque estuvimos
hablando un buen rato y me cayó bien. No porque fuese guapo o feo. Meri, tú me crees, ¿no?
La pelirroja se ajusta las gafas y se recuesta en su asiento.
—Bueno, hay que reconocer que es todo muy raro. Demasiadas coincidencias.
—Sí, eso es verdad. Hasta yo me extrañé cuando lo vi.
—Pero míralo por el lado bueno: si ese chico te siguió desde el metro hasta la discoteca y luego
forzó un encuentro contigo y te pidió el teléfono, será por algo.
—Porque está loco.
—Joder, Bruno, déjalo ya —protesta Valeria enfadada—. Te aseguro que César es un buen chaval. Y
no está loco.
Pero ¿le dijo aquel chico la verdad? Ella le mintió primero… ¿Y si él también la engañó? Ahora ya
no sabe qué pensar. Sus amigos tienen razón en señalar que su encuentro había sido una casualidad
improbable. Sin embargo, el destino hace ese tipo de cosas. Une y desune a las personas a su gusto. ¿Por
qué no iba a vivir ella una experiencia de ese tipo?
—¿Quedarás con él? —pregunta María cada vez más interesada en la historia de su amiga—. Así
podrás averiguar si te mintió o no.
—¡Cómo va a quedar con él! —exclama el chico—. Si es un loco, a saber qué podría hacerle.
—Eres un exagerado, Bruno. No le haría nada.
—¿Y tú qué sabes?
—Pues si anoche no le hizo nada… —la pelirroja se detiene y mira a Valeria—. Porque no te hizo
nada, ¿no? Quiero decir que…
Las dos chicas se sonrojan.
—¡Claro que no! ¡Ni él ni yo hicimos nada!
—Menos mal. Al menos no te liaste con el loco.
—Se llama César.
—Vale. César el Loco.
—A veces eres un poco pesadito, ¿eh? —Su enfado va en aumento—. Tú no lo conoces de nada para
calificarlo de loco. Y, si está loco, no creo que lo esté mucho más que tú.
Los tres se quedan momentáneamente en silencio después de las palabras de Valeria. Bruno se da
cuenta de que su amiga se ha puesto muy nerviosa y de que quizá se haya pasado un poco. Tiene razón en
que él no conoce al chico de nada y lo está juzgando a ciegas. Es algo que siempre han hecho con él y la
razón por la que tan mal lo ha pasado desde que era un niño.
—Es verdad, Val. Perdona. No debería haber dicho todas esas cosas —reconoce arrepentido—.
Puede que todo fuese fruto de la casualidad.
El público del pabellón comienza a aplaudir a los equipos que salen a la pista en ese instante. Ester
mira hacia donde están sus amigos y los saluda con la mano.
—No te preocupes, Bruno. Discúlpame tú también por hablarte así.
Los dos se sonríen tímidamente y se centran en su amiga, que está hablando con el entrenador.
—Sigo creyendo que deberías quedar con él y averiguar si te dijo la verdad.
—¿Para qué?
—Porque le gustas. Y él a ti también, ¿me equivoco?
—Es guapo y muy agradable, pero apenas lo conozco. Y… —Y el que le gusta de verdad es Raúl,
que sigue sin dar señales de vida—. No, no me gusta. Y tampoco creo que yo le guste a él. Sólo le caí
bien.
—Un tío no te pide el móvil si no le gustas, Valeria.
Las seis jugadoras de cada equipo se colocan en su respectivo lado de la cancha: las de Ester, que
van con pantalón rojo y camiseta blanca, juegan a la izquierda. Además, a ellas corresponderá el primer
saque del encuentro.
—Ya te digo, Meri, que debí de caerle bien. Un tío como él, guapo, universitario, que conocerá a
miles de chicas en la facultad, no se interesaría por alguien como yo.
Y, aunque tuviera interés, ella ya tiene a alguien en quien pensar, por quien preocuparse, con quien
soñar… Ya ha encontrado lo que buscaba. No necesita a nadie más, por muchos calificativos positivos
que pueda reunir el chico que conoció ayer. ¿Qué más da si le dijo la verdad o le mintió? No hay nada
entre ambos.
La jugadora del equipo de Ester bota la pelota una, dos, tres veces. La lanza hacia arriba y la golpea
con fuerza en el aire. Comienza el partido.
Valeria comprueba su BlackBerry. La una y un minuto. Empieza a preocuparse de verdad.
¿Por qué no le escribe Raúl?
Capítulo 25
EL partido de Ester está muy interesante, pero ella no deja de pensar en Raúl. ¿Qué demonios estará
haciendo? Valeria comienza a inquietarse. ¿A qué espera para decirle cómo le ha ido con Eli?
No puede creerse que todavía estén hablando. ¡Ha pasado demasiado tiempo! Desde que se ha
sentado en la grada del pabellón no ha transcurrido ni un solo minuto sin que haya comprobado su
BlackBerry rosa. Sin embargo, el resultado siempre es el mismo: sin noticias de él.
Hasta que por fin…
Una vibración, un pitido. Un mensaje. ¡Raúl! Lo abre de inmediato.
Tenemos que hablar. Llámame cuando puedas. Rápido.
¿Cómo? ¡Cómo! ¿No hay más? Raúl siempre ha sido muy conciso en sus mensajes —al principio
porque se le daba fatal la pantalla táctil, y ahora porque simplemente no le da la gana escribir más—.
Pero esto… ¿Qué quiere decir que tienen que hablar? ¿Rápido? Esto es de locos.
Qué mal presentimiento.
En mitad de un punto, se levanta de su asiento.
—Chicos, tengo que irme.
—¿Ya? ¿En medio del partido? —pregunta María extrañada. Bruno también la observa con inquietud.
—Sí, me ha surgido algo importante.
—¿Todo bien?
—Sí. No os preocupéis. —Trata de tranquilizarlos forzando una sonrisa—. Esta tarde nos vemos en
Constanza, ¿no?
—Claro.
—Bien. Pues allí os espero.
Y sin decir más, camina a toda prisa por la fila de asientos y baja precipitadamente la escalera que la
lleva hasta la puerta del pabellón. Sale del edificio con la BB en la mano y marca el número de Raúl sin
perder ni un segundo. Tras el primer bip, el joven responde:
—¿Val?
—Sí, soy yo. ¿Qué es lo que pasa?
Su voz suena atropellada. Y es que los nervios están superándola. Tiembla por lo que pueda contarle.
Pero quiere una explicación de todo lo que ha sucedido con Elísabet cuanto antes.
—Mmm. Ahora no puedo hablar.
—¿Cómo que no puedes hablar? —pregunta confusa—. ¿No has dicho que tenemos que hablar?
¡Raúl, me estás volviendo loca!
—Sí, sí, pero ahora mismo no puedo.
Valeria se pasa la mano por su cabello castaño con mechas rubias. No comprende nada y empieza a
impacientarse ante tanto misterio.
—¿Dónde estás?
—En casa de Eli.
—¿Todavía?
—Todavía.
—¿Y ella?
—Pidiendo una pizza desde el teléfono rojo del despacho de su padre.
—¿Cómo? ¿Pidiendo una pizza?
—Sí, las llamadas de fijo a fijo le salen gratis —comenta Raúl—. Pero no tardará en subir. Estoy en
su habitación.
En su habitación. ¡En su habitación! ¿Haciendo qué? Si es una broma, ¡no tiene ninguna gracia!
—¿Vas a comer con ella y con sus padres una pizza en su casa?
—No. Sus padres no están. Vuelven esta noche.
—¿Sus padres no están?
—No. Han ido a casa de un familiar y, por lo visto, estarán fuera todo el día.
—Vaya. Entonces tú…
—Lo siento, Val, tengo que colgar. La estoy oyendo subir —la interrumpe hablando muy de prisa—.
Tenemos que hablar. Es muy largo de explicar como para escribírtelo en el WhatsApp. Esta tarde, antes
de la reunión en la cafetería, me paso por tu casa. ¿Te parece?
—Vale. Pero no me…
—Ya está aquí. Te dejo. Un beso. Adiós.
Cuelga.
La chica, aturdida, se queda mirando su BlackBerry. Comienza a caminar por la calle sin saber muy
bien hacia dónde va.
Una pizza. En casa de Eli. Solos. En su habitación.
¿Qué significa todo aquello? Es como un rompecabezas de diez mil piezas. Como un acertijo de esos
que vienen en la sección de pasatiempos de los periódicos, de esos que su madre nunca consigue
descifrar.
Menudo lío tiene en la cabeza. No sabe qué es lo que ha podido suceder en casa de Elísabet para que
Raúl continúe allí y no quiera que su amiga sepa que estaba hablando con ella. Ahora le tocará esperar a
la tarde para resolver todas sus dudas y averiguar qué es lo que está pasando en realidad entre el chico
del que está enamorada y su mejor amiga. La respuesta, tal vez, no le guste demasiado.
Capítulo 26
 
—¿No tienes frío vestida así?
Elísabet se mira de arriba abajo y sonríe. Ya ha captado la atención de Raúl, tal como pretendía.
Tampoco era difícil con esos shorts y ese escote.
—No. ¿Tú tienes frío? —pregunta con cierta ironía—. Si quieres enciendo la calefacción.
—No hace falta.
No es precisamente frío lo que siente Raúl. Quizá incluso tenga algo de calor.
El chico se sienta a su lado en la cama, a cierta distancia. Pero Eli se acerca en seguida y hace que
sus piernas se rocen.
—Bueno. Lo que quiero es que te sientas cómodo. Tenemos mucho de que hablar.
—Estoy cómodo, no te preocupes —miente. Está bastante tenso.
—Vale. Hablemos entonces.
—Bien, hablemos.
Silencio. La joven, nerviosa, balancea los pies. Recuerda las palabras de Alicia en el parque: debe ir
a por todas. Si pretende conseguir lo que quiere, necesita utilizar cuanto esté a su alcance.
—En primer lugar —comienza a decir mientras coloca una mano sobre la rodilla de Raúl—, te pido
otra vez perdón; anoche no debí dejarte allí tirado. Me comporté como una cría.
—No pasa nada. Está olvidado.
—¿Sí? ¿De verdad?
—Claro. Somos amigos.
—Amigos —repite Elísabet al tiempo que aproxima disimuladamente su rostro al de él—. ¿Y sólo
puedo ser tu amiga?
Mientras se lo pregunta, le aprieta suavemente la rodilla con la mano. El joven trata de zafarse de la
chica inclinándose hacia la izquierda.
—Creía que de eso ya habíamos hablado ayer.
—Sí, lo hicimos. Pero… ¿estás seguro de que sólo quieres eso?
—Bueno… yo…
—El beso que nos dimos en la discoteca fue el mejor que me han dado en mi vida.
—Eso es porque te lías con cada uno…
El comentario no la ofende. Al contrario, le gusta su humor irónico. Sonríe con picardía y acerca más
su pecho al de él. Su pronunciado escote es lo único que el chico puede ver en ese instante.
—¿No te gusto?
—Claro que me gustas. Estaría ciego si no me gustases.
—Entonces ¿por qué no lo intentamos?
—Ya te lo dije anoche, Eli —comenta tras tragar saliva—. No nos veo como pareja.
—Pero, si te gusto como chica, te caigo bien como persona y nos hemos tratado como amigos… ¿qué
hace falta para que demos un pasito más?
—No es que se necesite nada. Simplemente, es que no te veo como mi novia.
Lejos de darse por vencida, Elísabet prosigue con su intento. Con la mano derecha le acaricia el
muslo.
—¿Crees que no podría comportarme como una buena pareja? ¿Piensas que te sería infiel o algo así?
—No es eso.
—¿Entonces?
—Entonces…
El joven ya no sabe qué responder. ¿Cuál es la verdadera razón por la que no quiere a Elísabet como
novia? ¿Valeria? De ella tampoco está enamorado. Es un instante de duda para Raúl, y su amiga
aprovecha el momento para besarlo en la boca. Pero algo falla. Ni siquiera cierran los ojos. Los dos se
miran mientras sus labios permanecen unidos. Son unos segundos muy extraños para ambos.
Es ella la que se separa de Raúl.
—¿Por qué no te has apartado? —pregunta confusa.
—No lo sé. Me has sorprendido. No lo esperaba.
La chica se levanta de la cama. Se cruza de brazos y camina en círculo por el cuarto. Está nerviosa.
Se detiene junto a la estantería donde tiene los libros y los observa de pie, apoyada en la pared. Un
beso… ¿No era lo que quería? Sí. Pero no de esa forma. Nunca había dado un beso tan frío como aquél.
Se siente mal consigo misma, y también enfadada con él.
—¿Tan difícil es verme como alguien con quien estar?
—No, Eli. Me encanta estar contigo.
—Creo que lo que te pasa es que tienes miedo, Raúl.
—¿Miedo a qué?
—A enamorarte de mí.
—Te equivocas.
—No. No me equivoco. Ése es tu problema. Tienes miedo —expone muy seria y con los ojos
vidriosos—. Ninguna de las tías con las que has estado durante este tiempo te conocía tanto como yo. Y
ninguna sentía por ti lo que siento yo.
—Puede que haya alguna chica por ahí que sienta por mí aún más que tú. Y que, al mismo tiempo, yo
sienta algo por ella.
Las palabras de Raúl sorprenden y hieren a Elísabet. ¿Es verdad eso que dice? ¿Hay otra?
—¿Estás con alguien y yo no me he enterado?
—¿No decías que me conocías muy bien?
—Idiota.
La mirada de la joven transmite todo el odio que ahora mismo le inspira Raúl. ¿Es un farol? De
nuevo, acude a su mente lo que habló con Alicia. O todo o nada.
—Creo que es mejor que me vaya —comenta Raúl; a continuación se incorpora y camina hacia la
puerta de la habitación.
—Eso. Huye de mí. ¿Desde cuándo eres tan cobarde?
—No soy cobarde. Ni huyo. Es sólo que no quiero seguir discutiendo contigo —repone sin tan
siquiera mirarla.
—Ya… Si no eres un cobarde, deja de inventarte historias y di que sólo me ves como un polvo de
una noche. ¿No es eso lo que piensas?
Raúl se da la vuelta y contempla a Elísabet. El pelo moreno, larguísimo, le cae salvaje por debajo de
los hombros, casi hasta el abdomen. Respira jadeante con la boca entreabierta y sus ojos claros, aún
encendidos de furia, son increíbles. Se ha convertido en una adolescente preciosa. Posiblemente, la más
guapa que conoce. Es una chica diferente por completo a la de hace dos años.
¿Por qué no es capaz de sentir nada por ella?
—¿Es eso lo que quieres que diga?
—No es lo que quiero que digas. Pero realmente, Raúl, no me ves como otra cosa.
—Te veo como a una amiga. Una gran amiga.
—No me vale —señala ella desesperada—. No puedo seguir siendo tu amiga. No puedo verte todos
los días y pensar que sólo somos amigos. Es o todo o nada.
Los labios le tiemblan al hablar. Tiene la sensación de que es otra persona y no ella misma la que ha
dicho aquello.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
—No puedo creerme que me hagas esto, Eli.
—Yo tampoco puedo creerme que no seas capaz de apreciar mis sentimientos. Yo… te quiero.
Sí, lo quiere. Si no fuera así, no tendría el corazón a punto de salírsele del pecho. Le late tan de prisa
que hasta puede oírlo.
Raúl la mira desconcertado. No sabe cómo actuar. ¿Se va?, ¿se queda?
—Dices que me quieres y me das un ultimátum —termina por susurrar cabizbajo—. No es justo.
—¿Y qué es justo, Raúl?
Una lágrima le resbala por la mejilla. Está llegando al límite de sus fuerzas. Todo o nada. La cabeza
le da vueltas. Todo o nada. El olor de las velas que van consumiéndose poco a poco le inunda la nariz.
Empieza a marearse. Todo o nada.
—No lo sé.
—¿No lo sabes? —pregunta sollozando—. Yo puedo decírtelo: no es justo que… que hace tres años
nadie me mirara a la cara porque apenas se me veían los ojos de los granos que tenía… No… No es justo
que todo el mundo pasara… de mí porque era la niña más ho… más horrible… que hubieran visto nunca.
No… es justo que aho… ra que he cambiado todos… los tíos os fijéis en lo mismo… Lo que no es justo,
Raúl, es que nadie… me valore por… por… como soy, que nadie me… me… me… mire como a una
pareja, que…
En ese momento, siente que le falta el aire. Tiene que sujetarse a la estantería de los libros para no
caerse al suelo. Se le taponan los oídos y el corazón se le acelera muchísimo.
—¡Eli!, ¿qué te sucede? —grita el chico asustado mientras se acerca hasta ella rápidamente.
Elísabet no puede hablar. Se lleva las manos al pecho y jadea sin parar. La taquicardia va en aumento
y las lágrimas no cesan.
—Me… ahogo.
—Es un ataque de ansiedad. Tienes que intentar tranquilizarte.
Raúl la ayuda a llegar hasta la cama y los dos se sientan. Le coge la mano y se la acaricia para
calmarla.
—Respira poco a poco. Toma aire y expúlsalo despacio. ¿Vale?
—Va…le.
—Despacio. Así. Despacio.
La joven obedece las indicaciones de su amigo. Está asustada. Cuando era más pequeña, sufrió alguna
vez aquel tipo de ataque. Pero hacía tiempo que no le pasaba.
Transcurren varios minutos durante los que le cuesta respirar. Sin embargo, poco a poco, va
recuperándose bajo el cuidado y la atención de Raúl, que no se separa de ella ni un instante.
—Hay que ver las cosas que haces para llamar mi atención, ¿eh? —le dice el muchacho sonriente.
—Lo siento.
El bello rostro de Eli enrojece. Entonces se da cuenta de cómo va vestida y de todo lo que ha
intentando hacer antes para conseguir… ¿qué?
No lo ha hecho bien. Nada bien.
Cuando se siente de nuevo con fuerzas, se levanta de la cama y va al cuarto de baño. Mientras se
limpia la cara y se seca las lágrimas, se lamenta de lo que ha ocurrido. Esto ha sido una estupidez.
Alcanza una bata roja que hay colgada en una percha y se la pone.
—Gracias, de verdad —dice al regresar al dormitorio—. Te has portado como un… buen amigo.
—Somos amigos, Eli.
—Sí.
Amigos. La tristeza sigue en su interior, pero la oculta con una sonrisa.
Ahora es él quien la invita a sentarse a su lado en la cama. Le hace caso. Sin que Eli se lo espere,
Raúl la agarra de los hombros y la empuja hacia atrás. Juntos caen boca arriba sobre el colchón. Sus
cabezas una al lado de la otra, y sus miradas perdidas en el techo de la habitación.
—¿Recuerdas aquel día en el que…?
Y durante varios minutos, tumbados sobre la cama de Elísabet, los dos hablan del pasado y de los
días en que sólo se preocupaban por ser lo más felices que pudieran dentro de un grupo de amigos que se
comprendían entre ellos aunque nadie más los entendiera.
Capítulo 27
 
Elísabet abre la puerta. A Raúl le ha dado tiempo a guardarse la BlackBerry en el bolsillo de la
sudadera. No quiere que se entere de que ha estado hablando con Valeria. Si su amiga supiera lo que ha
pasado entre ellos, se sentiría fatal. Después del ataque de ansiedad que ha sufrido Eli, Raúl debe tener
cuidado de que la joven no se altere de nuevo.
—He pedido una familiar para los dos. Mitad hawaiana, mitad carbonara.
—Genial.
—Son tus preferidas, ¿no?
—Sí. Esas dos y la cuatro quesos.
Ya lo sabía. Lo conoce muy bien. Cuando le dijo que eligiese la pizza que quisiera, no tuvo dudas.
Una sonrisa ilumina el rostro de Elísabet, que se sienta en la cama. No deja de mirar a Raúl, que camina
hasta ella y se acomoda a su lado.
—Gracias por quedarte a comer.
—Pagas tú, así que las gracias te las debería dar yo a ti.
—¿Pago yo? ¡Eso no lo sabía!
—¿No? Ah, pues o pagas tú o no pagamos, porque no llevo dinero encima.
—Qué cara más dura.
Pero no se enfada. Al contrario, le encantaría lanzarse sobre él y besarle ahora mismo. Sin embargo,
sabe que eso no es posible. Después de la tormenta siempre llega la calma. Y le toca portarse bien para
que la tranquilidad dure el máximo tiempo posible.
—Es lo que tiene la crisis.
—Ya, ya, la crisis… Bueno, pago yo, pero la próxima vez invitas tú.
—Vale.
Aunque no está muy seguro de cuándo será la próxima vez que se repita algo como aquello. Lo que ha
ocurrido antes lo condiciona. Pero está haciendo lo correcto. Eli, ante todo, es su amiga. Una gran amiga.
La chica coge la almohada y se la coloca en el regazo. La abraza. Observa a
Raúl de reojo. Le gusta tenerlo así de cerca.
—Por cierto, ¿sabes algo de Valeria? —pregunta para darle conversación—. Ayer desapareció de
repente. Y no ha contestado a mis mensajes.
—Creo que ha ido al partido de Ester.
—Es muy extraño que no me haya escrito. Anoche la llamé y tampoco me cogió el teléfono.
—No sé. No lo oiría. En aquella discoteca había mucho jaleo —trata de disculparla Raúl—. Luego,
cuando la veas, ya lo hablaréis.
—No me apetece ir a Constanza esta tarde —indica con un suspiro—. En realidad, no sé por qué
seguimos reuniéndonos.
—Por el grupo, Eli.
—Ya. Pero… ¿no te parece que ya somos mayorcitos para todo eso?
El chico no responde. Él también tiene ese pensamiento desde hace tiempo. Ya no es lo mismo que
hace dos años, cuando decidieron crear el Club de los Incomprendidos. Todos han cambiado bastante.
Unos más que otros. Tal vez deberían replantearse algunas cosas.
—Yo voy a ir —termina por contestar tras unos segundos en silencio—. Pero si a ti no te apetece, no
vayas.
—Buff. Es que todas las tardes de domingo son iguales.
—Es que el domingo es el día clave para plantear la semana.
—Lo sé, Raúl —dice. Se deja caer un poco y apoya la cabeza sobre el hombro de su amigo—. Pero
nos hacemos mayores. Y esto de formar parte de un club… Tiene sus cosas buenas: es entretenido y nos
sirve para el instituto. Pero cada vez me parece algo más infantil.
—Puede que tengas razón. Pero piensa que, sin él, quizá nos distanciáramos los unos de los otros.
—No lo creo —afirma Elísabet con seguridad—. Somos amigos. Vamos a la misma clase, nos
sentamos juntos… Simplemente dejaríamos de hacer esas reuniones obligatorias.
Raúl la comprende. Su situación y la del resto no es la misma que la de hace un par de años cuando
surgió la idea. Entonces, el club se convirtió en un refugio para todos ellos. En cambio, ahora es
totalmente diferente. Él mismo ha salido con varias chicas. Y Eli también ha tenido sus historias fuera del
grupo. Aun así, han sido fieles al club y no han faltado a ninguna de las reuniones convocadas.
—Esta tarde podríamos hablarlo entre todos.
—Qué pereza.
La chica entrelaza su brazo con el de Raúl. Si por ella fuera, se quedaría toda la tarde así. A pesar de
lo que ha pasado antes, no se imagina su vida sin él. ¿Para qué necesitan al resto?
—Ya verás como cuando te comas un buen trozo de pizza lo ves todo de otra manera.
—Complicado.
—¡Qué negativa estás!
Vuelve a mirarlo a los ojos y se prenda de su sonrisa. Tal vez Alicia no tenga razón y el todo o nada
no sirva con él. De todas formas, le encantaría ser su novia. Aunque de momento le tocará esperar.
Capítulo 28
NO ha sido un servicio muy fuerte ni angulado. La jugadora que cubre la línea de fondo por el centro
recibe el balón sin problema. Consigue dirigirlo hacia la colocadora, que, con un suave toque de dedos,
envía la pelota a la «opuesta». Ésta se eleva sobre la red y remata con fuerza, sin que Ester pueda evitar
que el balón toque suelo. Punto importantísimo. Su equipo pierde en el segundo set 24 a 23. En el
primero también han caído derrotadas por 25 a 21.
—¡Vamos, concéntrate! ¡Podrías haber levantado ese balón perfectamente! —le grita Rodrigo desde
el banquillo.
La chica asiente con la cabeza. Tiene razón. No está concentrada. Sabe que está fallando más de lo
normal. Cada vez que mira hacia su entrenador le tiemblan las piernas. No quiere que se enfade con ella,
pero la pone nerviosa. Sus indicaciones constantes hacen que no pueda jugar tranquila.
¿Tendrá que ver con lo que siente por él?
Mira hacia la grada y observa cómo la animan sus amigos. Eso le da fuerza extra para afrontar el
siguiente punto. Es decisivo. Si pierden ese set, será muy difícil remontar.
Cierra los ojos y se mentaliza de que tiene que defender la pelota como si le fuera la vida en ello.
Cuando vuelve a abrirlos, se centra en el balón que la jugadora del equipo contrario tiene en las manos.
No va a perderlo de vista ni un segundo. Lo más probable es que saque hacia ella: debido a sus errores,
las adversarias han centrado su juego de ataque en su zona. Y así ocurre.
El balón vuela hacia Ester, que lo espera decidida. Es un saque más colocado que fuerte. No parece
muy difícil recepcionarlo. Se inclina ligeramente hacia delante, flexiona las rodillas y coloca las manos
juntas. Baja un poco los brazos y rechaza la pelota. Sencillo. Sin embargo, no contaba con el efecto que
la jugadora del otro equipo ha imprimido a su golpeo: el balón no sale hacia delante y arriba, como la
joven había previsto, sino hacia su derecha, por lo que se va directamente fuera. Fin del segundo set. Los
padres y amigos de las chicas del equipo que acaba de sumar el punto número 25 aplauden mientras el
resto del pabellón se lamenta.
Las palmadas y palabras de apoyo de sus compañeras no reconfortan a Ester. Ha metido la pata.
—No me haces ni caso —le recrimina Rodrigo cuando llega hasta el banquillo—. No has abierto las
piernas lo suficiente como para recepcionar ese balón con efecto.
—Lo siento.
—No es momento de sentir nada. Lo que hay que hacer es entrenar más y salir menos por la noche.
Aquello le hace mucho daño y la invaden unas ganas inmensas de llorar.
—Intentaré hacerlo mejor en el tercer set.
—No. Ya has fallado suficientes veces hoy —repone el entrenador. Se aleja de ella y se aproxima a
otra de las jugadoras de su equipo—. Elena, entras tú por Ester.
Rodrigo le da instrucciones al equipo; entretanto, la recién sustituida se queda sola en el banquillo,
cabizbaja.
El partido continúa, pero no hay reacción de las que van por detrás en el marcador y pierden con
facilidad el tercer set por 25 a 15. Tres a cero. Se acabó el encuentro.
—Qué mal he jugado —les susurra Ester con tristeza a María y a Bruno. Ambos continúan en la
grada; Valeria se ha marchado hace un rato, aunque no ha dicho adonde.
—No has jugado mal —trata de consolarla su amiga—. Lo que pasa es que las otras eran muy buenas.
—Y muy altas —añade el joven, sonriente. La mayoría de las chicas del equipo contrario le sacan
una cabeza.
—Sí, eran muy buenas y muy altas, pero eso no quita que yo haya jugado fatal.
—No seas tan dura contigo misma. Lo has hecho lo mejor que has podido. Y sólo es un partido de
voleibol.
—Gracias, Meri.
Es verdad. Sólo es un partido. Aunque las rivales sean las primeras y con esta victoria sobre ellas se
distancien muchísimo en la clasificación. No obstante, cree que alguien se lo tomará como algo más que
un simple encuentro de voleibol femenino juvenil. Rodrigo ni siquiera la ha mirado al final. Es como si la
responsabilizara de la derrota.
—Bueno, ¿te vienes con nosotros? —pregunta Bruno al tiempo que se levanta de su asiento.
—Tengo que ducharme y cambiarme. Tardaré un rato todavía.
—Tranquila. Te esperamos.
—No, no hace falta, chicos. Seguramente el entrenador quiera hablar conmigo antes de que me
marche. Idos vosotros.
—¿Seguro? —insiste la pelirroja.
—Seguro. No os preocupéis por mí, que ya se ha hecho muy tarde.
—Está bien.
—¿Nos vemos luego en la cafetería de Valeria?
—¡Claro! —responden los dos casi al unísono.
Ester le da dos besos a cada uno. Se despide de ellos y, rápidamente, se dirige al vestuario. No ve
por allí al entrenador. Siempre suele aguardar en la puerta hasta que entra la última de las jugadoras. Sin
embargo, en esta ocasión no lo ha hecho. Se habrá enfadado mucho por el resultado del partido. Mientras
se desnuda y se mete en la ducha, repasa mentalmente los errores que ha cometido. Demasiados. Pero,
sobre todo, lo que no se le va de la cabeza son las palabras que Rodrigo le ha soltado al terminar el
segundo set. ¿Piensa de verdad que ha jugado mal por salir anoche o ha sido un comentario en caliente?
El chorro de agua cae sobre su cabeza a toda presión. No deja de pensar en él. Se lo toma muy en
serio. Y eso está bien. Es su labor. Algún día seguro que entrena al primer equipo, pero para ello debe
hacerlo bien con las juveniles. Y un segundo puesto en la liga no está nada mal, aunque para él resulte
insuficiente.
Le da un poco de miedo volver a verlo. Ya conoce su carácter. Espera que durante el tiempo que ha
transcurrido desde que acabó el partido hasta ahora se le haya pasado el enfado. ¡Con la ilusión que le
hacía recibir el regalo que le había comprado para su cumpleaños! Tal vez toda esa emoción le haya
pasado factura en su juego.
Sus compañeras van despidiéndose y saliendo del vestuario. Ester se queda un rato más dentro de la
ducha. El calor del agua va relajándola poco a poco, pero está realmente cansada. Tiene los músculos
tensos y se le caen los ojos. Por fin, cierra el grifo muy a su pesar. Envuelta en una toalla, se sienta en
uno de los bancos de madera y comienza a secarse.
—Adiós, chicas. Nos vemos el martes —se despide de las dos últimas compañeras que salen de allí.
Está sola. Se levanta y se pone un culotte rosa y un sujetador del mismo color. Deja la toalla a un
lado y busca dentro de su mochila la ropa con la que va a vestirse. En ese instante, se abre la puerta del
vestuario. Es extraño, porque todas se han marchado ya. No se equivoca, puesto que quien aparece en el
umbral no es ninguna de las chicas, sino su entrenador. Ester coge la toalla rápidamente y se cubre con
ella. Nunca había estado delante de él con tan poca ropa.
—Mira que tardas en ducharte —comenta el joven, caminando hacia ella.
—Es que… se estaba muy bien debajo del agua caliente —dice temblorosa—. Necesitaba relajarme.
No sabe cuál es el motivo, pero se siente intimidada por Rodrigo. No debería ser así. Se conocen lo
suficiente como para que no le diera vergüenza estar frente a él en ropa interior.
—Será el único sitio donde habrás estado a gusto hoy. Porque en la cancha… menudo partidito te has
marcado.
Sus palabras denotan que aún no se le ha pasado el malestar. Ester agacha la cabeza.
—Perdona, sé que lo he hecho mal.
—¿Mal? No has dado ni una.
—Es verdad. No he dado ni una.
—No sé en qué estabas pensando. ¿De qué vale que me mate entrenando si luego una de mis
jugadoras se dedica a encadenar un error tras otro?
—Es que…
—Es que nada, Ester. ¿Ves lo que pasa cuando no se hacen las cosas bien? —pregunta. A
continuación se sienta en el banco que hay enfrente del que está la chica—. Te lo advertí ayer: no
deberías salir la noche antes de un partido.
—Sólo me comí una hamburguesa con mis amigos. Volví muy temprano.
—A la hora que fuera. ¡Tenías que estar en tu casa descansando y concentrada para jugar hoy!
El tono de voz de Rodrigo va subiendo conforme avanza la conversación. Está muy molesto con ella y
no tiene ningún reparo en demostrárselo.
—Es sólo… un partido.
Aquella frase termina de sacar de sus casillas al entrenador. Rodrigo se pone de pie y mueve la
cabeza negativamente.
—Sólo un partido. Es sólo un partido —repite imitándola—. ¡Qué cono sólo un partido! ¡Era el
partido más importante de la temporada! ¡Y la has fastidiado por tomártelo a cachondeo!
Los gritos del joven asustan a la chica, que se sienta en el banquito que tiene detrás y se protege
colocándose la mochila delante, refugiándose tras ella. Lo había visto enfadado muchas veces,
especialmente con ella, pero nunca con ese odio en los ojos, que parecen desprender fuego.
—Perdona, Rodrigo —murmura con las lágrimas brotándole de los ojos—. No volverá a pasar.
—No volverá a pasar porque no jugarás más hasta que te lo tomes en serio.
—¿Qué?
—Lo que oyes, Ester. No has aprendido nada en todo este tiempo. Pensaba que eras diferente, pero
me has fallado, como jugadora y como persona.
Nunca se había sentido tan mal en su vida. La angustia que le aprisiona la garganta apenas la deja
respirar. Es como si estuviera viviendo una pesadilla: el chico al que ama le está soltando todo
aquello…
—Lo… si… ento —tartamudea.
Pero su entrenador no se apiada de ella. Se da la vuelta y se dirige a la puerta del vestuario. Aunque,
entonces, recuerda algo.
—Se me olvidaba —le dice sacando un pequeño paquete del bolsillo—. Feliz cumpleaños.
Y lo lanza hacia donde está sentada Ester. La chica no puede atraparlo y el paquetito cae al suelo.
Tras el impacto, se oye el ruido de cristales rotos.
Rodrigo abandona el vestuario ante la triste mirada de la chica, que ya no consigue retener las
lágrimas. Se agacha y recoge lo que se ha hecho añicos. Llorando, de rodillas, abre el papel de regalo y
descubre los restos de un botecito que huele a vainilla. Su aroma preferido.
YA ha pasado más de una hora desde que se separaron y no sabe nada de Raúl. En varias ocasiones ha
tenido la tentación de escribirle, pero no quiere agobiarlo. Estará hablando con Elísabet de muchas cosas
y solucionando lo ocurrido anoche. Debe confiar en él. Tiene que hacerlo. Pero Valeria no puede quitarse
de la cabeza la posibilidad de que su amiga lo esté intentando de nuevo y de que él se dé cuenta de que
ayer eligió a la chica equivocada.
—Muchas gracias por venir, chicos. Sois los mejores.
Ester sonríe, feliz de ver a sus amigos en la grada. Es un partido muy importante. El más importante
de la temporada. Juegan contra las primeras y debe darlo todo. Además, está contenta, y al mismo tiempo
ansiosa, porque después le espera un regalo de Rodrigo. ¿Qué será?
—¡Cómo no íbamos a venir! —exclama Bruno.
—Sí. Todos te apoyamos. Seguro que lo haces genial —añade María sonriente—. ¡Duro con ellas!
La chica les da una vez más las gracias a sus tres amigos y regresa corriendo al vestuario junto con
sus compañeras de equipo. Rodrigo la recibe en la puerta muy serio, pero cuando llega hasta él le guiña
un ojo y entran juntos. Ahora le toca concentrarse en el partido.
—No nos has contado todavía cómo os fue anoche —comenta María—. ¿Ligaste con algún
universitario?
Valeria duda un instante sobre qué responder. No va a decirles nada de lo que hay entre ella y Raúl.
Pero tampoco quiere engañarlos.
—Bueno… —Y de repente recuerda a su amigo, el estudiante de Periodismo de la melenita. Él es una
buena excusa para hablar de otra cosa. Así no tendrá que mentirles—. Conocí a un chico bastante majo.
¿Os acordáis del tío que cantaba en el metro de Sol, del que os hablé?
Bruno y María asienten con la cabeza.
—¿El que te dejó el dinero? —pregunta la pelirroja.
—Sí, ése —contesta Valeria sonriendo al recordar aquel momento tan curioso—. Pues resulta que
luego me lo encontré en la fiesta.
—¿Sí? ¡Qué casualidad!
—Ya ves. Se llama César y estudia tercero de Periodismo.
—Joder, parece el argumento de una película.
—De una película de miedo —apunta Bruno nada convencido de la autenticidad de tal coincidencia
—. Es muy raro que a un tío que conoces tocando en el metro lo veas un rato después en una discoteca a
tres kilómetros de allí. ¿Seguro que no te siguió?
—No, no. De hecho su facultad era la que organizaba la fiesta. Y su compañero de piso, el que nos
vendió los carnés y las entradas.
—¡Venga ya! ¿Y te creíste todo eso?
—¡Que sí, Bruno! ¡Que es verdad!
Los gritos de la chica llaman la atención de la gente que está a su alrededor, que se vuelve hacia
ellos. Valeria se sonroja y agacha la cabeza avergonzada.
—Lo siento, pero no me creo nada. Te dijo todo eso para ligar contigo.
—Pero ¿cómo va a hacer eso para ligar conmigo? —pregunta en voz baja.
—Muy fácil: te lo encontraste en el metro, nos siguió y luego se hizo pasar por universitario para
llamar tu atención. Seguro que es un loco peligroso.
—El que está loco eres tú.
—¿No le darías tu teléfono?
La chica se frota la mejilla con la mano y, luego, los ojos.
—Me da que sí se lo dio —interviene María con una sonrisa.
—Pues sí, se lo di. Incluso me escribió un mensaje anoche cuando llegué a casa.
—Qué mono.
—Sí, pero no le he respondido todavía.
Ha estado tan ocupada pensando en Raúl y en Eli que se le ha pasado por completo responder a
César. Lo hará durante el partido.
—Vale. Le diste tu teléfono móvil a un mendigo que te siguió por todo Madrid. Bien, Val, bien.
—¡No es un mendigo! ¡Es un estudiante de Periodismo que se saca un dinerillo tocando y cantando en
el metro!
De nuevo, los gritos de Valeria provocan que los que están en los asientos cercanos se fijen en ella.
Azorada, pide disculpas y se encoge sobre sus rodillas.
—Era guapo, ¿verdad?
—Sí, Bruno, era guapo.
—Por eso le diste tu móvil y te creíste todo lo que te dijo.
—Lo que me dijo era verdad —insiste ella con un suspiro—. Y le di mi móvil porque estuvimos
hablando un buen rato y me cayó bien. No porque fuese guapo o feo. Meri, tú me crees, ¿no?
La pelirroja se ajusta las gafas y se recuesta en su asiento.
—Bueno, hay que reconocer que es todo muy raro. Demasiadas coincidencias.
—Sí, eso es verdad. Hasta yo me extrañé cuando lo vi.
—Pero míralo por el lado bueno: si ese chico te siguió desde el metro hasta la discoteca y luego
forzó un encuentro contigo y te pidió el teléfono, será por algo.
—Porque está loco.
—Joder, Bruno, déjalo ya —protesta Valeria enfadada—. Te aseguro que César es un buen chaval. Y
no está loco.
Pero ¿le dijo aquel chico la verdad? Ella le mintió primero… ¿Y si él también la engañó? Ahora ya
no sabe qué pensar. Sus amigos tienen razón en señalar que su encuentro había sido una casualidad
improbable. Sin embargo, el destino hace ese tipo de cosas. Une y desune a las personas a su gusto. ¿Por
qué no iba a vivir ella una experiencia de ese tipo?
—¿Quedarás con él? —pregunta María cada vez más interesada en la historia de su amiga—. Así
podrás averiguar si te mintió o no.
—¡Cómo va a quedar con él! —exclama el chico—. Si es un loco, a saber qué podría hacerle.
—Eres un exagerado, Bruno. No le haría nada.
—¿Y tú qué sabes?
—Pues si anoche no le hizo nada… —la pelirroja se detiene y mira a Valeria—. Porque no te hizo
nada, ¿no? Quiero decir que…
Las dos chicas se sonrojan.
—¡Claro que no! ¡Ni él ni yo hicimos nada!
—Menos mal. Al menos no te liaste con el loco.
—Se llama César.
—Vale. César el Loco.
—A veces eres un poco pesadito, ¿eh? —Su enfado va en aumento—. Tú no lo conoces de nada para
calificarlo de loco. Y, si está loco, no creo que lo esté mucho más que tú.
Los tres se quedan momentáneamente en silencio después de las palabras de Valeria. Bruno se da
cuenta de que su amiga se ha puesto muy nerviosa y de que quizá se haya pasado un poco. Tiene razón en
que él no conoce al chico de nada y lo está juzgando a ciegas. Es algo que siempre han hecho con él y la
razón por la que tan mal lo ha pasado desde que era un niño.
—Es verdad, Val. Perdona. No debería haber dicho todas esas cosas —reconoce arrepentido—.
Puede que todo fuese fruto de la casualidad.
El público del pabellón comienza a aplaudir a los equipos que salen a la pista en ese instante. Ester
mira hacia donde están sus amigos y los saluda con la mano.
—No te preocupes, Bruno. Discúlpame tú también por hablarte así.
Los dos se sonríen tímidamente y se centran en su amiga, que está hablando con el entrenador.
—Sigo creyendo que deberías quedar con él y averiguar si te dijo la verdad.
—¿Para qué?
—Porque le gustas. Y él a ti también, ¿me equivoco?
—Es guapo y muy agradable, pero apenas lo conozco. Y… —Y el que le gusta de verdad es Raúl,
que sigue sin dar señales de vida—. No, no me gusta. Y tampoco creo que yo le guste a él. Sólo le caí
bien.
—Un tío no te pide el móvil si no le gustas, Valeria.
Las seis jugadoras de cada equipo se colocan en su respectivo lado de la cancha: las de Ester, que
van con pantalón rojo y camiseta blanca, juegan a la izquierda. Además, a ellas corresponderá el primer
saque del encuentro.
—Ya te digo, Meri, que debí de caerle bien. Un tío como él, guapo, universitario, que conocerá a
miles de chicas en la facultad, no se interesaría por alguien como yo.
Y, aunque tuviera interés, ella ya tiene a alguien en quien pensar, por quien preocuparse, con quien
soñar… Ya ha encontrado lo que buscaba. No necesita a nadie más, por muchos calificativos positivos
que pueda reunir el chico que conoció ayer. ¿Qué más da si le dijo la verdad o le mintió? No hay nada
entre ambos.
La jugadora del equipo de Ester bota la pelota una, dos, tres veces. La lanza hacia arriba y la golpea
con fuerza en el aire. Comienza el partido.
Valeria comprueba su BlackBerry. La una y un minuto. Empieza a preocuparse de verdad.
¿Por qué no le escribe Raúl?
Capítulo 25
EL partido de Ester está muy interesante, pero ella no deja de pensar en Raúl. ¿Qué demonios estará
haciendo? Valeria comienza a inquietarse. ¿A qué espera para decirle cómo le ha ido con Eli?
No puede creerse que todavía estén hablando. ¡Ha pasado demasiado tiempo! Desde que se ha
sentado en la grada del pabellón no ha transcurrido ni un solo minuto sin que haya comprobado su
BlackBerry rosa. Sin embargo, el resultado siempre es el mismo: sin noticias de él.
Hasta que por fin…
Una vibración, un pitido. Un mensaje. ¡Raúl! Lo abre de inmediato.
Tenemos que hablar. Llámame cuando puedas. Rápido.
¿Cómo? ¡Cómo! ¿No hay más? Raúl siempre ha sido muy conciso en sus mensajes —al principio
porque se le daba fatal la pantalla táctil, y ahora porque simplemente no le da la gana escribir más—.
Pero esto… ¿Qué quiere decir que tienen que hablar? ¿Rápido? Esto es de locos.
Qué mal presentimiento.
En mitad de un punto, se levanta de su asiento.
—Chicos, tengo que irme.
—¿Ya? ¿En medio del partido? —pregunta María extrañada. Bruno también la observa con inquietud.
—Sí, me ha surgido algo importante.
—¿Todo bien?
—Sí. No os preocupéis. —Trata de tranquilizarlos forzando una sonrisa—. Esta tarde nos vemos en
Constanza, ¿no?
—Claro.
—Bien. Pues allí os espero.
Y sin decir más, camina a toda prisa por la fila de asientos y baja precipitadamente la escalera que la
lleva hasta la puerta del pabellón. Sale del edificio con la BB en la mano y marca el número de Raúl sin
perder ni un segundo. Tras el primer bip, el joven responde:
—¿Val?
—Sí, soy yo. ¿Qué es lo que pasa?
Su voz suena atropellada. Y es que los nervios están superándola. Tiembla por lo que pueda contarle.
Pero quiere una explicación de todo lo que ha sucedido con Elísabet cuanto antes.
—Mmm. Ahora no puedo hablar.
—¿Cómo que no puedes hablar? —pregunta confusa—. ¿No has dicho que tenemos que hablar?
¡Raúl, me estás volviendo loca!
—Sí, sí, pero ahora mismo no puedo.
Valeria se pasa la mano por su cabello castaño con mechas rubias. No comprende nada y empieza a
impacientarse ante tanto misterio.
—¿Dónde estás?
—En casa de Eli.
—¿Todavía?
—Todavía.
—¿Y ella?
—Pidiendo una pizza desde el teléfono rojo del despacho de su padre.
—¿Cómo? ¿Pidiendo una pizza?
—Sí, las llamadas de fijo a fijo le salen gratis —comenta Raúl—. Pero no tardará en subir. Estoy en
su habitación.
En su habitación. ¡En su habitación! ¿Haciendo qué? Si es una broma, ¡no tiene ninguna gracia!
—¿Vas a comer con ella y con sus padres una pizza en su casa?
—No. Sus padres no están. Vuelven esta noche.
—¿Sus padres no están?
—No. Han ido a casa de un familiar y, por lo visto, estarán fuera todo el día.
—Vaya. Entonces tú…
—Lo siento, Val, tengo que colgar. La estoy oyendo subir —la interrumpe hablando muy de prisa—.
Tenemos que hablar. Es muy largo de explicar como para escribírtelo en el WhatsApp. Esta tarde, antes
de la reunión en la cafetería, me paso por tu casa. ¿Te parece?
—Vale. Pero no me…
—Ya está aquí. Te dejo. Un beso. Adiós.
Cuelga.
La chica, aturdida, se queda mirando su BlackBerry. Comienza a caminar por la calle sin saber muy
bien hacia dónde va.
Una pizza. En casa de Eli. Solos. En su habitación.
¿Qué significa todo aquello? Es como un rompecabezas de diez mil piezas. Como un acertijo de esos
que vienen en la sección de pasatiempos de los periódicos, de esos que su madre nunca consigue
descifrar.
Menudo lío tiene en la cabeza. No sabe qué es lo que ha podido suceder en casa de Elísabet para que
Raúl continúe allí y no quiera que su amiga sepa que estaba hablando con ella. Ahora le tocará esperar a
la tarde para resolver todas sus dudas y averiguar qué es lo que está pasando en realidad entre el chico
del que está enamorada y su mejor amiga. La respuesta, tal vez, no le guste demasiado.
Capítulo 26
 
—¿No tienes frío vestida así?
Elísabet se mira de arriba abajo y sonríe. Ya ha captado la atención de Raúl, tal como pretendía.
Tampoco era difícil con esos shorts y ese escote.
—No. ¿Tú tienes frío? —pregunta con cierta ironía—. Si quieres enciendo la calefacción.
—No hace falta.
No es precisamente frío lo que siente Raúl. Quizá incluso tenga algo de calor.
El chico se sienta a su lado en la cama, a cierta distancia. Pero Eli se acerca en seguida y hace que
sus piernas se rocen.
—Bueno. Lo que quiero es que te sientas cómodo. Tenemos mucho de que hablar.
—Estoy cómodo, no te preocupes —miente. Está bastante tenso.
—Vale. Hablemos entonces.
—Bien, hablemos.
Silencio. La joven, nerviosa, balancea los pies. Recuerda las palabras de Alicia en el parque: debe ir
a por todas. Si pretende conseguir lo que quiere, necesita utilizar cuanto esté a su alcance.
—En primer lugar —comienza a decir mientras coloca una mano sobre la rodilla de Raúl—, te pido
otra vez perdón; anoche no debí dejarte allí tirado. Me comporté como una cría.
—No pasa nada. Está olvidado.
—¿Sí? ¿De verdad?
—Claro. Somos amigos.
—Amigos —repite Elísabet al tiempo que aproxima disimuladamente su rostro al de él—. ¿Y sólo
puedo ser tu amiga?
Mientras se lo pregunta, le aprieta suavemente la rodilla con la mano. El joven trata de zafarse de la
chica inclinándose hacia la izquierda.
—Creía que de eso ya habíamos hablado ayer.
—Sí, lo hicimos. Pero… ¿estás seguro de que sólo quieres eso?
—Bueno… yo…
—El beso que nos dimos en la discoteca fue el mejor que me han dado en mi vida.
—Eso es porque te lías con cada uno…
El comentario no la ofende. Al contrario, le gusta su humor irónico. Sonríe con picardía y acerca más
su pecho al de él. Su pronunciado escote es lo único que el chico puede ver en ese instante.
—¿No te gusto?
—Claro que me gustas. Estaría ciego si no me gustases.
—Entonces ¿por qué no lo intentamos?
—Ya te lo dije anoche, Eli —comenta tras tragar saliva—. No nos veo como pareja.
—Pero, si te gusto como chica, te caigo bien como persona y nos hemos tratado como amigos… ¿qué
hace falta para que demos un pasito más?
—No es que se necesite nada. Simplemente, es que no te veo como mi novia.
Lejos de darse por vencida, Elísabet prosigue con su intento. Con la mano derecha le acaricia el
muslo.
—¿Crees que no podría comportarme como una buena pareja? ¿Piensas que te sería infiel o algo así?
—No es eso.
—¿Entonces?
—Entonces…
El joven ya no sabe qué responder. ¿Cuál es la verdadera razón por la que no quiere a Elísabet como
novia? ¿Valeria? De ella tampoco está enamorado. Es un instante de duda para Raúl, y su amiga
aprovecha el momento para besarlo en la boca. Pero algo falla. Ni siquiera cierran los ojos. Los dos se
miran mientras sus labios permanecen unidos. Son unos segundos muy extraños para ambos.
Es ella la que se separa de Raúl.
—¿Por qué no te has apartado? —pregunta confusa.
—No lo sé. Me has sorprendido. No lo esperaba.
La chica se levanta de la cama. Se cruza de brazos y camina en círculo por el cuarto. Está nerviosa.
Se detiene junto a la estantería donde tiene los libros y los observa de pie, apoyada en la pared. Un
beso… ¿No era lo que quería? Sí. Pero no de esa forma. Nunca había dado un beso tan frío como aquél.
Se siente mal consigo misma, y también enfadada con él.
—¿Tan difícil es verme como alguien con quien estar?
—No, Eli. Me encanta estar contigo.
—Creo que lo que te pasa es que tienes miedo, Raúl.
—¿Miedo a qué?
—A enamorarte de mí.
—Te equivocas.
—No. No me equivoco. Ése es tu problema. Tienes miedo —expone muy seria y con los ojos
vidriosos—. Ninguna de las tías con las que has estado durante este tiempo te conocía tanto como yo. Y
ninguna sentía por ti lo que siento yo.
—Puede que haya alguna chica por ahí que sienta por mí aún más que tú. Y que, al mismo tiempo, yo
sienta algo por ella.
Las palabras de Raúl sorprenden y hieren a Elísabet. ¿Es verdad eso que dice? ¿Hay otra?
—¿Estás con alguien y yo no me he enterado?
—¿No decías que me conocías muy bien?
—Idiota.
La mirada de la joven transmite todo el odio que ahora mismo le inspira Raúl. ¿Es un farol? De
nuevo, acude a su mente lo que habló con Alicia. O todo o nada.
—Creo que es mejor que me vaya —comenta Raúl; a continuación se incorpora y camina hacia la
puerta de la habitación.
—Eso. Huye de mí. ¿Desde cuándo eres tan cobarde?
—No soy cobarde. Ni huyo. Es sólo que no quiero seguir discutiendo contigo —repone sin tan
siquiera mirarla.
—Ya… Si no eres un cobarde, deja de inventarte historias y di que sólo me ves como un polvo de
una noche. ¿No es eso lo que piensas?
Raúl se da la vuelta y contempla a Elísabet. El pelo moreno, larguísimo, le cae salvaje por debajo de
los hombros, casi hasta el abdomen. Respira jadeante con la boca entreabierta y sus ojos claros, aún
encendidos de furia, son increíbles. Se ha convertido en una adolescente preciosa. Posiblemente, la más
guapa que conoce. Es una chica diferente por completo a la de hace dos años.
¿Por qué no es capaz de sentir nada por ella?
—¿Es eso lo que quieres que diga?
—No es lo que quiero que digas. Pero realmente, Raúl, no me ves como otra cosa.
—Te veo como a una amiga. Una gran amiga.
—No me vale —señala ella desesperada—. No puedo seguir siendo tu amiga. No puedo verte todos
los días y pensar que sólo somos amigos. Es o todo o nada.
Los labios le tiemblan al hablar. Tiene la sensación de que es otra persona y no ella misma la que ha
dicho aquello.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
—No puedo creerme que me hagas esto, Eli.
—Yo tampoco puedo creerme que no seas capaz de apreciar mis sentimientos. Yo… te quiero.
Sí, lo quiere. Si no fuera así, no tendría el corazón a punto de salírsele del pecho. Le late tan de prisa
que hasta puede oírlo.
Raúl la mira desconcertado. No sabe cómo actuar. ¿Se va?, ¿se queda?
—Dices que me quieres y me das un ultimátum —termina por susurrar cabizbajo—. No es justo.
—¿Y qué es justo, Raúl?
Una lágrima le resbala por la mejilla. Está llegando al límite de sus fuerzas. Todo o nada. La cabeza
le da vueltas. Todo o nada. El olor de las velas que van consumiéndose poco a poco le inunda la nariz.
Empieza a marearse. Todo o nada.
—No lo sé.
—¿No lo sabes? —pregunta sollozando—. Yo puedo decírtelo: no es justo que… que hace tres años
nadie me mirara a la cara porque apenas se me veían los ojos de los granos que tenía… No… No es justo
que todo el mundo pasara… de mí porque era la niña más ho… más horrible… que hubieran visto nunca.
No… es justo que aho… ra que he cambiado todos… los tíos os fijéis en lo mismo… Lo que no es justo,
Raúl, es que nadie… me valore por… por… como soy, que nadie me… me… me… mire como a una
pareja, que…
En ese momento, siente que le falta el aire. Tiene que sujetarse a la estantería de los libros para no
caerse al suelo. Se le taponan los oídos y el corazón se le acelera muchísimo.
—¡Eli!, ¿qué te sucede? —grita el chico asustado mientras se acerca hasta ella rápidamente.
Elísabet no puede hablar. Se lleva las manos al pecho y jadea sin parar. La taquicardia va en aumento
y las lágrimas no cesan.
—Me… ahogo.
—Es un ataque de ansiedad. Tienes que intentar tranquilizarte.
Raúl la ayuda a llegar hasta la cama y los dos se sientan. Le coge la mano y se la acaricia para
calmarla.
—Respira poco a poco. Toma aire y expúlsalo despacio. ¿Vale?
—Va…le.
—Despacio. Así. Despacio.
La joven obedece las indicaciones de su amigo. Está asustada. Cuando era más pequeña, sufrió alguna
vez aquel tipo de ataque. Pero hacía tiempo que no le pasaba.
Transcurren varios minutos durante los que le cuesta respirar. Sin embargo, poco a poco, va
recuperándose bajo el cuidado y la atención de Raúl, que no se separa de ella ni un instante.
—Hay que ver las cosas que haces para llamar mi atención, ¿eh? —le dice el muchacho sonriente.
—Lo siento.
El bello rostro de Eli enrojece. Entonces se da cuenta de cómo va vestida y de todo lo que ha
intentando hacer antes para conseguir… ¿qué?
No lo ha hecho bien. Nada bien.
Cuando se siente de nuevo con fuerzas, se levanta de la cama y va al cuarto de baño. Mientras se
limpia la cara y se seca las lágrimas, se lamenta de lo que ha ocurrido. Esto ha sido una estupidez.
Alcanza una bata roja que hay colgada en una percha y se la pone.
—Gracias, de verdad —dice al regresar al dormitorio—. Te has portado como un… buen amigo.
—Somos amigos, Eli.
—Sí.
Amigos. La tristeza sigue en su interior, pero la oculta con una sonrisa.
Ahora es él quien la invita a sentarse a su lado en la cama. Le hace caso. Sin que Eli se lo espere,
Raúl la agarra de los hombros y la empuja hacia atrás. Juntos caen boca arriba sobre el colchón. Sus
cabezas una al lado de la otra, y sus miradas perdidas en el techo de la habitación.
—¿Recuerdas aquel día en el que…?
Y durante varios minutos, tumbados sobre la cama de Elísabet, los dos hablan del pasado y de los
días en que sólo se preocupaban por ser lo más felices que pudieran dentro de un grupo de amigos que se
comprendían entre ellos aunque nadie más los entendiera.
Capítulo 27
 
Elísabet abre la puerta. A Raúl le ha dado tiempo a guardarse la BlackBerry en el bolsillo de la
sudadera. No quiere que se entere de que ha estado hablando con Valeria. Si su amiga supiera lo que ha
pasado entre ellos, se sentiría fatal. Después del ataque de ansiedad que ha sufrido Eli, Raúl debe tener
cuidado de que la joven no se altere de nuevo.
—He pedido una familiar para los dos. Mitad hawaiana, mitad carbonara.
—Genial.
—Son tus preferidas, ¿no?
—Sí. Esas dos y la cuatro quesos.
Ya lo sabía. Lo conoce muy bien. Cuando le dijo que eligiese la pizza que quisiera, no tuvo dudas.
Una sonrisa ilumina el rostro de Elísabet, que se sienta en la cama. No deja de mirar a Raúl, que camina
hasta ella y se acomoda a su lado.
—Gracias por quedarte a comer.
—Pagas tú, así que las gracias te las debería dar yo a ti.
—¿Pago yo? ¡Eso no lo sabía!
—¿No? Ah, pues o pagas tú o no pagamos, porque no llevo dinero encima.
—Qué cara más dura.
Pero no se enfada. Al contrario, le encantaría lanzarse sobre él y besarle ahora mismo. Sin embargo,
sabe que eso no es posible. Después de la tormenta siempre llega la calma. Y le toca portarse bien para
que la tranquilidad dure el máximo tiempo posible.
—Es lo que tiene la crisis.
—Ya, ya, la crisis… Bueno, pago yo, pero la próxima vez invitas tú.
—Vale.
Aunque no está muy seguro de cuándo será la próxima vez que se repita algo como aquello. Lo que ha
ocurrido antes lo condiciona. Pero está haciendo lo correcto. Eli, ante todo, es su amiga. Una gran amiga.
La chica coge la almohada y se la coloca en el regazo. La abraza. Observa a
Raúl de reojo. Le gusta tenerlo así de cerca.
—Por cierto, ¿sabes algo de Valeria? —pregunta para darle conversación—. Ayer desapareció de
repente. Y no ha contestado a mis mensajes.
—Creo que ha ido al partido de Ester.
—Es muy extraño que no me haya escrito. Anoche la llamé y tampoco me cogió el teléfono.
—No sé. No lo oiría. En aquella discoteca había mucho jaleo —trata de disculparla Raúl—. Luego,
cuando la veas, ya lo hablaréis.
—No me apetece ir a Constanza esta tarde —indica con un suspiro—. En realidad, no sé por qué
seguimos reuniéndonos.
—Por el grupo, Eli.
—Ya. Pero… ¿no te parece que ya somos mayorcitos para todo eso?
El chico no responde. Él también tiene ese pensamiento desde hace tiempo. Ya no es lo mismo que
hace dos años, cuando decidieron crear el Club de los Incomprendidos. Todos han cambiado bastante.
Unos más que otros. Tal vez deberían replantearse algunas cosas.
—Yo voy a ir —termina por contestar tras unos segundos en silencio—. Pero si a ti no te apetece, no
vayas.
—Buff. Es que todas las tardes de domingo son iguales.
—Es que el domingo es el día clave para plantear la semana.
—Lo sé, Raúl —dice. Se deja caer un poco y apoya la cabeza sobre el hombro de su amigo—. Pero
nos hacemos mayores. Y esto de formar parte de un club… Tiene sus cosas buenas: es entretenido y nos
sirve para el instituto. Pero cada vez me parece algo más infantil.
—Puede que tengas razón. Pero piensa que, sin él, quizá nos distanciáramos los unos de los otros.
—No lo creo —afirma Elísabet con seguridad—. Somos amigos. Vamos a la misma clase, nos
sentamos juntos… Simplemente dejaríamos de hacer esas reuniones obligatorias.
Raúl la comprende. Su situación y la del resto no es la misma que la de hace un par de años cuando
surgió la idea. Entonces, el club se convirtió en un refugio para todos ellos. En cambio, ahora es
totalmente diferente. Él mismo ha salido con varias chicas. Y Eli también ha tenido sus historias fuera del
grupo. Aun así, han sido fieles al club y no han faltado a ninguna de las reuniones convocadas.
—Esta tarde podríamos hablarlo entre todos.
—Qué pereza.
La chica entrelaza su brazo con el de Raúl. Si por ella fuera, se quedaría toda la tarde así. A pesar de
lo que ha pasado antes, no se imagina su vida sin él. ¿Para qué necesitan al resto?
—Ya verás como cuando te comas un buen trozo de pizza lo ves todo de otra manera.
—Complicado.
—¡Qué negativa estás!
Vuelve a mirarlo a los ojos y se prenda de su sonrisa. Tal vez Alicia no tenga razón y el todo o nada
no sirva con él. De todas formas, le encantaría ser su novia. Aunque de momento le tocará esperar.
Capítulo 28
NO ha sido un servicio muy fuerte ni angulado. La jugadora que cubre la línea de fondo por el centro
recibe el balón sin problema. Consigue dirigirlo hacia la colocadora, que, con un suave toque de dedos,
envía la pelota a la «opuesta». Ésta se eleva sobre la red y remata con fuerza, sin que Ester pueda evitar
que el balón toque suelo. Punto importantísimo. Su equipo pierde en el segundo set 24 a 23. En el
primero también han caído derrotadas por 25 a 21.
—¡Vamos, concéntrate! ¡Podrías haber levantado ese balón perfectamente! —le grita Rodrigo desde
el banquillo.
La chica asiente con la cabeza. Tiene razón. No está concentrada. Sabe que está fallando más de lo
normal. Cada vez que mira hacia su entrenador le tiemblan las piernas. No quiere que se enfade con ella,
pero la pone nerviosa. Sus indicaciones constantes hacen que no pueda jugar tranquila.
¿Tendrá que ver con lo que siente por él?
Mira hacia la grada y observa cómo la animan sus amigos. Eso le da fuerza extra para afrontar el
siguiente punto. Es decisivo. Si pierden ese set, será muy difícil remontar.
Cierra los ojos y se mentaliza de que tiene que defender la pelota como si le fuera la vida en ello.
Cuando vuelve a abrirlos, se centra en el balón que la jugadora del equipo contrario tiene en las manos.
No va a perderlo de vista ni un segundo. Lo más probable es que saque hacia ella: debido a sus errores,
las adversarias han centrado su juego de ataque en su zona. Y así ocurre.
El balón vuela hacia Ester, que lo espera decidida. Es un saque más colocado que fuerte. No parece
muy difícil recepcionarlo. Se inclina ligeramente hacia delante, flexiona las rodillas y coloca las manos
juntas. Baja un poco los brazos y rechaza la pelota. Sencillo. Sin embargo, no contaba con el efecto que
la jugadora del otro equipo ha imprimido a su golpeo: el balón no sale hacia delante y arriba, como la
joven había previsto, sino hacia su derecha, por lo que se va directamente fuera. Fin del segundo set. Los
padres y amigos de las chicas del equipo que acaba de sumar el punto número 25 aplauden mientras el
resto del pabellón se lamenta.
Las palmadas y palabras de apoyo de sus compañeras no reconfortan a Ester. Ha metido la pata.
—No me haces ni caso —le recrimina Rodrigo cuando llega hasta el banquillo—. No has abierto las
piernas lo suficiente como para recepcionar ese balón con efecto.
—Lo siento.
—No es momento de sentir nada. Lo que hay que hacer es entrenar más y salir menos por la noche.
Aquello le hace mucho daño y la invaden unas ganas inmensas de llorar.
—Intentaré hacerlo mejor en el tercer set.
—No. Ya has fallado suficientes veces hoy —repone el entrenador. Se aleja de ella y se aproxima a
otra de las jugadoras de su equipo—. Elena, entras tú por Ester.
Rodrigo le da instrucciones al equipo; entretanto, la recién sustituida se queda sola en el banquillo,
cabizbaja.
El partido continúa, pero no hay reacción de las que van por detrás en el marcador y pierden con
facilidad el tercer set por 25 a 15. Tres a cero. Se acabó el encuentro.
—Qué mal he jugado —les susurra Ester con tristeza a María y a Bruno. Ambos continúan en la
grada; Valeria se ha marchado hace un rato, aunque no ha dicho adonde.
—No has jugado mal —trata de consolarla su amiga—. Lo que pasa es que las otras eran muy buenas.
—Y muy altas —añade el joven, sonriente. La mayoría de las chicas del equipo contrario le sacan
una cabeza.
—Sí, eran muy buenas y muy altas, pero eso no quita que yo haya jugado fatal.
—No seas tan dura contigo misma. Lo has hecho lo mejor que has podido. Y sólo es un partido de
voleibol.
—Gracias, Meri.
Es verdad. Sólo es un partido. Aunque las rivales sean las primeras y con esta victoria sobre ellas se
distancien muchísimo en la clasificación. No obstante, cree que alguien se lo tomará como algo más que
un simple encuentro de voleibol femenino juvenil. Rodrigo ni siquiera la ha mirado al final. Es como si la
responsabilizara de la derrota.
—Bueno, ¿te vienes con nosotros? —pregunta Bruno al tiempo que se levanta de su asiento.
—Tengo que ducharme y cambiarme. Tardaré un rato todavía.
—Tranquila. Te esperamos.
—No, no hace falta, chicos. Seguramente el entrenador quiera hablar conmigo antes de que me
marche. Idos vosotros.
—¿Seguro? —insiste la pelirroja.
—Seguro. No os preocupéis por mí, que ya se ha hecho muy tarde.
—Está bien.
—¿Nos vemos luego en la cafetería de Valeria?
—¡Claro! —responden los dos casi al unísono.
Ester le da dos besos a cada uno. Se despide de ellos y, rápidamente, se dirige al vestuario. No ve
por allí al entrenador. Siempre suele aguardar en la puerta hasta que entra la última de las jugadoras. Sin
embargo, en esta ocasión no lo ha hecho. Se habrá enfadado mucho por el resultado del partido. Mientras
se desnuda y se mete en la ducha, repasa mentalmente los errores que ha cometido. Demasiados. Pero,
sobre todo, lo que no se le va de la cabeza son las palabras que Rodrigo le ha soltado al terminar el
segundo set. ¿Piensa de verdad que ha jugado mal por salir anoche o ha sido un comentario en caliente?
El chorro de agua cae sobre su cabeza a toda presión. No deja de pensar en él. Se lo toma muy en
serio. Y eso está bien. Es su labor. Algún día seguro que entrena al primer equipo, pero para ello debe
hacerlo bien con las juveniles. Y un segundo puesto en la liga no está nada mal, aunque para él resulte
insuficiente.
Le da un poco de miedo volver a verlo. Ya conoce su carácter. Espera que durante el tiempo que ha
transcurrido desde que acabó el partido hasta ahora se le haya pasado el enfado. ¡Con la ilusión que le
hacía recibir el regalo que le había comprado para su cumpleaños! Tal vez toda esa emoción le haya
pasado factura en su juego.
Sus compañeras van despidiéndose y saliendo del vestuario. Ester se queda un rato más dentro de la
ducha. El calor del agua va relajándola poco a poco, pero está realmente cansada. Tiene los músculos
tensos y se le caen los ojos. Por fin, cierra el grifo muy a su pesar. Envuelta en una toalla, se sienta en
uno de los bancos de madera y comienza a secarse.
—Adiós, chicas. Nos vemos el martes —se despide de las dos últimas compañeras que salen de allí.
Está sola. Se levanta y se pone un culotte rosa y un sujetador del mismo color. Deja la toalla a un
lado y busca dentro de su mochila la ropa con la que va a vestirse. En ese instante, se abre la puerta del
vestuario. Es extraño, porque todas se han marchado ya. No se equivoca, puesto que quien aparece en el
umbral no es ninguna de las chicas, sino su entrenador. Ester coge la toalla rápidamente y se cubre con
ella. Nunca había estado delante de él con tan poca ropa.
—Mira que tardas en ducharte —comenta el joven, caminando hacia ella.
—Es que… se estaba muy bien debajo del agua caliente —dice temblorosa—. Necesitaba relajarme.
No sabe cuál es el motivo, pero se siente intimidada por Rodrigo. No debería ser así. Se conocen lo
suficiente como para que no le diera vergüenza estar frente a él en ropa interior.
—Será el único sitio donde habrás estado a gusto hoy. Porque en la cancha… menudo partidito te has
marcado.
Sus palabras denotan que aún no se le ha pasado el malestar. Ester agacha la cabeza.
—Perdona, sé que lo he hecho mal.
—¿Mal? No has dado ni una.
—Es verdad. No he dado ni una.
—No sé en qué estabas pensando. ¿De qué vale que me mate entrenando si luego una de mis
jugadoras se dedica a encadenar un error tras otro?
—Es que…
—Es que nada, Ester. ¿Ves lo que pasa cuando no se hacen las cosas bien? —pregunta. A
continuación se sienta en el banco que hay enfrente del que está la chica—. Te lo advertí ayer: no
deberías salir la noche antes de un partido.
—Sólo me comí una hamburguesa con mis amigos. Volví muy temprano.
—A la hora que fuera. ¡Tenías que estar en tu casa descansando y concentrada para jugar hoy!
El tono de voz de Rodrigo va subiendo conforme avanza la conversación. Está muy molesto con ella y
no tiene ningún reparo en demostrárselo.
—Es sólo… un partido.
Aquella frase termina de sacar de sus casillas al entrenador. Rodrigo se pone de pie y mueve la
cabeza negativamente.
—Sólo un partido. Es sólo un partido —repite imitándola—. ¡Qué cono sólo un partido! ¡Era el
partido más importante de la temporada! ¡Y la has fastidiado por tomártelo a cachondeo!
Los gritos del joven asustan a la chica, que se sienta en el banquito que tiene detrás y se protege
colocándose la mochila delante, refugiándose tras ella. Lo había visto enfadado muchas veces,
especialmente con ella, pero nunca con ese odio en los ojos, que parecen desprender fuego.
—Perdona, Rodrigo —murmura con las lágrimas brotándole de los ojos—. No volverá a pasar.
—No volverá a pasar porque no jugarás más hasta que te lo tomes en serio.
—¿Qué?
—Lo que oyes, Ester. No has aprendido nada en todo este tiempo. Pensaba que eras diferente, pero
me has fallado, como jugadora y como persona.
Nunca se había sentido tan mal en su vida. La angustia que le aprisiona la garganta apenas la deja
respirar. Es como si estuviera viviendo una pesadilla: el chico al que ama le está soltando todo
aquello…
—Lo… si… ento —tartamudea.
Pero su entrenador no se apiada de ella. Se da la vuelta y se dirige a la puerta del vestuario. Aunque,
entonces, recuerda algo.
—Se me olvidaba —le dice sacando un pequeño paquete del bolsillo—. Feliz cumpleaños.
Y lo lanza hacia donde está sentada Ester. La chica no puede atraparlo y el paquetito cae al suelo.
Tras el impacto, se oye el ruido de cristales rotos.
Rodrigo abandona el vestuario ante la triste mirada de la chica, que ya no consigue retener las
lágrimas. Se agacha y recoge lo que se ha hecho añicos. Llorando, de rodillas, abre el papel de regalo y
descubre los restos de un botecito que huele a vainilla. Su aroma preferido.
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