29-33
Capítulo 29
 
La voz de la megafonía del metro anuncia la siguiente estación de la línea dos:
«Próxima parada: Retiro.»
Valeria va sentada en el tercer vagón. Juguetea con la BlackBerry, aunque casi no le está prestando
atención. Tiene demasiadas cosas en la cabeza. Durante el trayecto no ha dejado de pensar en la
conversación con Raúl. Le preocupa que continúe en casa de Elísabet. Su amiga quería hablar con él,
pero, en verdad, Valeria no sabe de qué. Puede que no se haya dado por vencida y trate de convencer al
chico para que salga con ella. ¿Por eso sigue allí?
El tren se detiene. Se suben varias familias con niños pequeños y gente que viene de hacer deporte en
el parque del Retiro. Valeria ve a una madre ecuatoriana que lleva a un bebé en un carrito y le cede
amablemente su lugar. Con una sonrisa, la mujer le da las gracias.
Un pitido de aviso y las puertas se cierran otra vez. En el vagón de al lado comienzan a sonar
entonces los acordes de una guitarra española. En seguida, una voz rasgada, masculina, entona el tema
Kamikaze, de Marvel.
No puede ser. Valeria se vuelve e, inquieta, busca a quien canta. No tarda mucho en encontrarlo. Allí
está. Ve a un chico alto con el pelo largo y castaño apoyado contra la puerta del metro. César viste con
una chaqueta vaquera azul, encima de una camiseta blanca, y unos tejanos gastados del mismo color que
la parte de arriba. Hoy no lleva sombrero. Todos le prestan atención, especialmente tres quinceañeras
que van sentadas enfrente de él. El joven les sonríe con simpatía y le guiña el ojo a la más rubia de ellas.
Ésta se sonroja y recibe las felicitaciones de sus amigas en forma de golpecitos en los brazos.
«Próxima parada: Banco de España.»
La voz que anuncia la siguiente estación no impide que César siga cantando. Valeria no deja de
observarlo, a unos metros de distancia, aunque él no se ha dado cuenta de su presencia. O eso es lo que
ella cree.
Una coincidencia, vale, se acepta. Pero ¿dos? Sin embargo, es imposible que la haya seguido hasta el
pabellón donde jugaba Ester, haya esperado a que saliera y luego se haya subido al mismo tren. Y todo
eso sin que ella se diera cuenta de nada. Es más sencillo pensar que han vuelto a encontrarse por
casualidad.
El chico continúa cantando pese a que las puertas vuelven a abrirse tras detenerse el metro. Unos
entran y otros se van. Mientras, Valeria duda si acercarse o no. Seguro que, como ella, va a Sol, el lugar
donde se encontraron ayer.
De repente, la guitarra española deja de sonar. César alza la voz y se dirige a todos los pasajeros:
—Señoras, señores, niños, niñas… esto se lo vi hacer una vez a un genio y, aunque me lleve alguna
piña y no tenga su mismo ingenio, trataré de rimar mis frases observando lo que tú haces.
Se inclina para hacer una reverencia y se cuelga la guitarra al hombro. De improviso, saca una gorra
de la parte trasera del pantalón y se la pone con la visera hacia atrás. Hablando muy rápido, empieza a
rapear:
—Siempre rimando, siempre rimando —dice mientras se coloca en el centro del vagón—. Aquí, en
Banco de España, nadie te engaña, como las de mi derecha, que me sonríen y me dan cancha para irme
con ellas de marcha. ¿Estás de acuerdo, chico de la chaqueta ancha? Siempre rimando, siempre
rimando… Yo nunca desafino, doy en el tino, pero no te timo. Rimo. ¿Te gusta cómo lo hago, primo? Sí,
tú, el del jersey fino, ¿es de lino? Tengo uno igual del chino.
Valeria y el resto del tren se quedan impactados con ese joven que va haciendo rimas de todo lo que
ve conforme camina por el vagón.
—Siempre rimando, siempre rimando —prosigue—. Este metro es mi favorito. Rubia, no hagas eso
que me derrito. Si quieres, al salir te invito. Y tú, compañero, ¿dónde vas con esos pelos? Ojo, que lo
digo con respeto. Pero soy sincero, me gusta más, de la chica de tu izquierda, el trasero. Considero que
me esmero, rapeo, con palabras surfeo, que te veo y no parpadeo, con tus ojos yo me quedo: es un piropo,
nada de mosqueos.
La chica a la que se refiere se da la vuelta muerta de vergüenza. Pero a César no le importa y continúa
andando por el vagón. Poco a poco, se va acercando al lugar donde está Valeria, a la que todavía no ha
visto.
—Y sigo rimando, mientras continúo caminando, observando, pensando, reflexionando… al abuelo
alcanzando, con su nieta dialogando, ¿has visto, pequeña, cómo canto? Tú, no me mires, continúa
estudiando, si no, no aprobarás ni rezando. ¿Lo estás captando? ¿Y la guapa del asiento del centro? Sí, sí,
la que se está escondiendo. ¿Por qué te estás riendo? Te entiendo. Te comprendo. Nunca has visto rapear
con tanto fundamento. Con tanto talento. ¿Miento? No, no miento. ¿Me prestas tu sonrisa un momento? Es
para regalar a tu amiga, otro monumento. Lo siento, me ausento, sigo el metro recorriendo. El rap
promoviendo. Fuera la careta. Me gusta tu coleta. Amigo, la bragueta. Es broma, no está abierta. Cuidado
con la maleta, que anda suelto mucho jeta. Acercándome a la meta, la estación de Sevilla está a la vuelta.
¿Tú te alegras? La señora del carrito lo celebra y tú…
En ese instante, la mirada de César se encuentra con el rostro de la chica a la que conoció la noche
anterior. Ésta lo saluda con la mano y sonríe.
—Tú eres Valeria —termina por rimar después de dudar un segundo. Se vuelve, mira hacia atrás y
hace una reverencia quitándose la gorra—. Muchas gracias a todos y perdón por las molestias.
Las quinceañeras de atrás aplauden, y también el chico que estudiaba. Y la mujer ecuatoriana del
carrito.
—Ahora vuelvo —le susurra a Valeria tras guiñarle un ojo.
Las puertas se abren en la parada de Sevilla. Mientras, César recorre el vagón en sentido inverso al
anterior. Varios pasajeros le echan alguna que otra moneda en la gorra. Además, recibe unos cuantos
piropos de las más jóvenes. La quinceañera más rubia incluso le pregunta si tiene Tuenti. El chico le
contesta que no con una sonrisa y regresa hasta donde lo espera Valeria.
—Por lo que veo, eres algo así como un ídolo underground—comenta, y le da dos besos.
—El público del metro es bastante generoso —responde. Se guarda en un bolsillo de la chaqueta
vaquera el dinero que le han dado y a continuación se pone la gorra, aunque en esta ocasión con la visera
hacia delante.
—¿No te has planteado nunca convertirte en un cantante famoso?
—No.
—Pues tendrías mucho éxito.
—¿Como rapero o cantando pop rock?
—Mmm. Lo del rap me ha dejado impresionada —admite dubitativa—. Pero también me
impresionaste cantando con la guitarra.
—Gracias, odontóloga.
La voz de la megafonía anuncia que están a punto de llegar a la estación de Sol.
—Me bajo aquí.
—Lo imaginaba—comenta el joven, colocándose bien la guitarra—. Yo también.
—Lo imaginaba.
Los dos sonríen y salen del tren. Caminan juntos en silencio por el vestíbulo de la estación hacia la
salida de la calle Mayor. Valeria tiene muchas preguntas que hacerle. No se le ha olvidado todo lo que
sus amigos le han dicho sobre él. Pero el camino finaliza allí para ambos. Es hora de separarse.
—¿Te apetece tomarte algo conmigo? —le pregunta él por fin mientras suben la escalera hacia la
calle.
¡Claro que le apetece! Pero ¿debe? Si anoche la siguió hasta dar con ella y le contó un montón de
mentiras, podría ser peligroso. Aunque, por otra parte, le encantaría descifrar si sus encuentros son
forzados o simples coincidencias.
—No sé, es tarde.
—¿Has quedado con alguien? ¿Con el chico con el que tenías que reunirte anoche?
Lo recuerda. Eso la sorprende.
—No, con mi madre. Debería ir a la cafetería que tenemos para comer con ella.
—¿Tenéis una cafetería?
—Sí. Por La Latina.
—¿Y si la llamas y le dices que irás un poco más tarde? Sólo será un rato. Y pago yo, por supuesto.
Su sonrisa termina de convencerla. Le gusta cuando la mira. Es que tiene unos ojos preciosos. De
todas formas, sabe que está siendo imprudente. ¡Casi no lo conoce de nada! Pero… resopla y saca su BB.
Marca el número de su madre y habla con ella. Apenas un minuto en el que le dice que, al final, se va
para casa porque está cansada. Allí comerá cualquier cosa. Que no la espere.
—Ya está —dice guardando de nuevo la BlackBerry rosa—. No hay problema. ¿Dónde quieres que
vayamos?
Capítulo 30
—NO tengo demasiadas ganas de ir esta tarde a Constanza.
Bruno mira extrañado a María. A ella le encanta reunirse con sus amigos, especialmente los domingos
por la tarde, cuando hay que preparar la semana.
Los dos caminan por la calle hacia la estación de Ventas. Allí cogerán la línea dos en dirección a
Cuatro Caminos para bajarse en Sol.
—¿Y eso?
—No sé. Estoy algo cansada.
—¿Has dormido mal esta noche?
—Bueno… regular.
—Pues no vayas —aconseja el joven sonriendo—. Ir a las reuniones del Club no debería ser una
obligación.
—Lo sé. Pero no he faltado a ninguna durante estos dos años.
El chico se frota la barbilla. Él sí que ha fallado en varias, sobre todo después de lo que pasó con
Ester. Prefería estar solo a fingir delante de sus amigos que se encontraba bien.
—No pasaría nada porque faltaras a una. Además, esto ya no es lo mismo desde hace un tiempo.
—Ya, pero, aun así, el club, vosotros, sois lo mejor que tengo y… —se le hace un nudo en la
garganta al hablar—. No me gustaría perderos.
—No vas a perder a nadie por faltar un día.
María suspira. Por faltar un día no. En cambio, si se va a Barcelona unos meses, seguro que las cosas
se tornan muy diferentes y se enfría la relación con todos ellos. Puede que la echaran de menos al
principio, pero con el tiempo acabarían acostumbrándose a no contar con ella. Y eso le da miedo.
¿Y si le explica a Bruno lo de su padre? Había optado por no revelarle nada a nadie del grupo hasta
que supiera seguro lo que iba a hacer. Sin embargo, no se ve con fuerzas para enfrentarse sola a ese
asunto. Tal vez él pueda ayudarla en esa difícil decisión.
La chica, dubitativa, se detiene en la boca de metro. ¿Se lo dice?
—Se me haría muy raro quedarme en casa mientras vosotros estáis reunidos.
El joven también se para delante de una de las entradas de Ventas, antes de bajar la escalera de la
estación. Se vuelve para mirarla; sabe que ocurre algo. La conoce bien. No es una persona alegre o que
demuestre sus sentimientos así como así. Pero está muy claro que hay algo que la preocupa de verdad.
—Meri, ¿qué te pasa? —le pregunta con interés.
—Es que… no sé si… Es un lío.
—¿Qué es un lío?
—Mi cabeza.
Bruno se acerca a ella. Le pone una mano en la espalda y la guía hasta un banquito que hay cerca de
ellos, sobre el que se sientan.
—A ver, cuéntame. ¿Qué pasa?
—Puede que… me… vaya a Barcelona. Con mi padre.
—¿De vacaciones?
—A vivir.
Aquello le provoca a Bruno un gran sobresalto. No podría haberse imaginado algo así. No reacciona.
Atento, escucha a María. Ésta le detalla todo lo que habló con Gadea ayer cuando llegó a su casa.
Cuando termina, la joven le pide opinión a su amigo.
—Uff. Qué difícil me lo pones.
—Difícil lo tengo yo, Bruno.
—Lo imagino… ¿Tan mal está tu padre?
—Eso dice mi hermana. Yo no he hablado con él.
—¿Y por qué no lo llamas y así sales de dudas? Quizá Gadea haya exagerado o lo pillara en un mal
momento.
En eso tiene razón. Ella todavía no ha hablado con su padre. No sabe exactamente cuál es su estado
anímico. Aunque no cree que su hermana exagerara en un tema tan delicado.
—Luego lo llamaré —dice cabizbaja. Se quita el gorro blanco que lleva puesto y se peina con las
manos cuando la brisa le revuelve el cabello.
—¿Y si lo llamas ahora?
—¿Ahora?
—¿Para qué vas a esperar más? Así sabrás cómo se siente de verdad.
En realidad, tiene miedo de escucharlo. Si está tan mal como Gadea le contó, no le quedará más
remedio que tomar una decisión cuanto antes. Tendrá que afrontar su vida de otra forma. Y,
probablemente, se marcharía muy pronto a Barcelona, lejos de todo lo que quiere.
—Estará comiendo. No sé si debo molestarlo.
—Venga, Meri. Tienes que hacerlo cuanto antes.
—Parece que tienes ganas de que me vaya.
—¿Qué? ¡No seas tonta! —grita al tiempo que se pone de pie—. Sabes que eres muy especial para mí
y, si te marcharas, me llevaría un gran palo. No quiero que te vayas a Barcelona. Pero… tanto tú como yo
sabemos que, cuanto antes se resuelvan las cosas, mejor.
Las palabras del joven la animan y a la vez la afectan aún más. Él también es muy especial para ella.
No debería haberle dicho eso.
Se coloca de nuevo el gorro en la cabeza y se disculpa:
—Perdona. Me he pasado.
—No te preocupes. ¿Cuántas veces me he pasado yo y ni te has enfadado?
Muchas. Muchísimas. Siempre lo ha apoyado en todo. Y lo ha disculpado en todas las ocasiones en
las que se ha equivocado. Pero es que es tan… tan… Bruno. Si se fuera de Madrid, lejos de él, sería
difícil encontrar a alguien que lo remplazara. Difícil, no. Imposible. Y es que daría lo que hiciese falta
por su amigo.
—Gracias.
También se levanta y lo abraza. Se le saltan las lágrimas, pero no va a llorar. Lo mira y sonríe.
—¿Vas a llamarlo?
—Sí.
La chica saca el teléfono del pequeño bolsito que lleva y marca el número de su padre. Siente un
escalofrío cuando suena el primer bip. Sigue soplando un poco de viento junto a la plaza de las Ventas,
aunque luce un sol tibio.
Bruno la observa mientras se aleja unos metros de él. Camina nerviosa, sin rumbo fijo, sin una
trayectoria determinada, esperando a que contesten al otro lado de la línea. El muchacho se siente triste.
La noticia de la posible marcha de María le ha afectado más de lo que ha dejado ver. Sin su amiga, todo
sería mucho más complicado. Y, aunque existen muchos medios para permanecer en contacto, las cosas
cambiarían. Entre ellos, en clase, en el grupo…
No quiere que se vaya, pero, si es por su padre, lo comprendería si lo hiciese.
Al quinto tono, responden:
—¿María?
—Hola, papá.
—Hola, pequeña. Qué sorpresa. ¿Cómo estás?
A la chica le da la impresión de que su padre acaba de despertarse. A pesar de la alegría que se ha
llevado al escucharla, su voz ronca suena apagada y cansada.
—Bien. ¿Y tú?
—Vamos tirando. Pero bien.
—¿Estabas durmiendo?
—Bueno… me había echado a descansar un rato después de comer.
—Siento haberte despertado. ¿Quieres que te llame más tarde?
—No, no te preocupes. Sólo estaba dando una cabezada. Iba a levantarme pronto para ver el fútbol.
María se queda un instante en silencio. Mira hacia Bruno, que también la mira a ella. Su amigo sonríe
y alza el pulgar.
—Papá, Gadea me contó anoche lo que hablasteis —suelta—. ¿De verdad te sientes tan solo?
El hombre resopla.
—Es que estoy solo, María. Sin tu tía, sin vosotras… ¿cómo voy a estar?
—A nosotras nos tienes. Y siempre nos tendrás.
—Ya lo sé, pequeña. Pero no es lo mismo estar viviendo con vosotras o en la misma ciudad que a
cientos de kilómetros.
—Gadea me explicó que le dijiste que no tenías motivaciones en la vida.
Silencio. La chica traga saliva y siente que le escuecen los ojos. Hablar así con su padre es una de las
cosas más duras que ha hecho en la vida.
—No estoy en mi mejor momento, María —termina respondiendo apenado—. Lo de tu tía me ha
afectado mucho. Y que Montse me abandonara también.
—Esa mujer no era buena para ti, papá.
—Yo la quería, pequeña… La quiero todavía.
—¡Pues debes olvidarte de ella! —grita María mientras gesticula con las manos—. ¡Tienes que
hacerlo! Y conocer a otras personas, salir… No sé. Haz un viaje. ¡Ven unos días a Madrid con nosotras!
—No puedo, pequeña. Tengo mucho trabajo aquí. Hasta Navidad no puedo moverme de Barcelona.
María no puede ver su sonrisa amarga, pero la intuye al otro lado de la línea. No está bien. Se lo
imagina en una habitación desordenada, descuidado, a medio afeitar; con la cama sin hacer en todo el día
y la ropa tirada por todas partes. A su padre no se le dan demasiado bien ese tipo de cosas. Las tareas de
la casa siempre han sido para las mujeres con quienes ha vivido.
—Papá, ¿qué podemos hacer Gadea y yo por ti?
—Nada.
—Seguro que sí.
—No. Vosotras estáis lejos, pequeña. No podéis hacer nada.
—¿Y si…?
Está a punto de decirle lo que su hermana mayor y ella pensaron anoche. ¿Y si una de las dos se fuera
a vivir con él durante un tiempo? Sin embargo, algo la detiene en el último instante. Si se lo pregunta, ya
no habrá marcha atrás. La decisión estará tomada.
—¿María? ¿Sigues ahí?
—Sí, papá —afirma con un suspiro—. Tengo que dejarte. Me está esperando un amigo.
—¿Un amigo? ¿Tu novio?
—No, papá. No tengo novio.
Escucha la risa de su padre. Bueno, al menos ha conseguido sacarle una sonrisa. Pero se siente como
una cobarde y una mala hija por no atreverse a decirle nada.
—¿Sabes? Estas cosas son las que más echo de menos desde que estoy en Barcelona. Estoy
perdiéndome vuestra adolescencia. Que me contéis si salís con chicos, enfadarme porque volvéis tarde a
casa, regañaros por ponerme excusas tontas…
—Bueno, a mamá tampoco le cuento mucho.
—Pues deberías hacerlo.
No sería capaz. Se guarda sus sentimientos para ella. Y así seguirá siendo, en Madrid o en otra
ciudad.
—Papá, mi amigo espera. Anímate, ¿vale?
—Se hará lo que se pueda.
—Inténtalo. Y piensa que Gadea y yo te queremos mucho.
—Gracias, María. Yo también… os quiero mucho. Yo también…
El volumen.de su voz disminuye hasta hacerse prácticamente inaudible.
—Adiós, papá.
—Adiós, pequeña.
Es la chica la que cuelga. Aprieta los labios con fuerza y se dirige lentamente hasta donde la espera
Bruno.
—¿Qué te ha dicho? —Aunque ya intuye, por la expresión de su cara, que nada positivo.
—Que no está en su mejor momento. Y se siente solo.
—Pero ¿está tan mal?
—Está deprimido. Y nos echa mucho de menos. No quiero imaginarme el caos que debe de ser su
casa desde hace un mes, cuando lo dejó con Montse.
—¿Le has contado lo de irte con él?
María mueve la cabeza y resopla.
—No. No me he atrevido. Pero creo que… Creo que mi padre me necesita —dice con los ojos
humedecidos—. Bruno, me temo que tendré que irme unos meses a vivir a Barcelona.
Capítulo 31
LOS Cien Montaditos. César lleva a Valeria a tomar algo al bar que está abierto en plena calle Mayor.
Se han sentado fuera, en una mesita, uno frente al otro. Ya han pedido. El joven ha elegido uno de carne
mechada con queso ibérico y pimiento verde y la chica uno de atún con tomate natural. Los dos comparten
una jarra de sangría. Al principio, ella se resistió a pedir algo de comer, pero, ante la insistencia del
otro, se dio por vencida. Invita él y no puede negar que tiene hambre.
—Y eso del rap, ¿dónde lo has aprendido? —pregunta Valeria antes de darle un gran mordisco a su
bocadillo.
—Se lo vi hacer una vez a un rapero en la línea cinco. Se llama Adán. Me pareció muy ingenioso y le
pregunté si me daba permiso para copiarle la idea. Él me dijo que sí, aunque no creía que fuera capaz de
imitarlo.
—Pues se te da muy bien.
—He practicado bastante. Lo de cantautor con la guitarra está muy visto. Los raps me dan más dinero,
aunque también queman más energía.
César la mira sonriente y le advierte, tocándose los labios con los dedos, que se ha manchado la boca
con el alioli. La chica coge una servilleta de papel y se limpia. Ya se ha puesto colorada. Para ella, estar
a solas con un chico supone un esfuerzo muy grande. En cambio, con ese joven no le resulta tan difícil.
Salvo cuando comete alguna de sus típicas «valeriadas».
—¿Cómo te organizas para sacarlo todo adelante?
—Tampoco son tantas cosas.
—¿Que no? —comenta con la intención de conducir la conversación hacia el terreno que quiere—: la
carrera, el piso con tus amigos, lo que haces en el metro, las fiestas universitarias… ¿Duermes?
El muchacho le da un trago a su vaso de sangría y la observa divertido.
—Claro que duermo. ¿Tú ves que tenga ojeras?
Se levanta, se inclina hacia delante y acerca su rostro al de ella. Valeria, en cambio, se echa un poco
hacia atrás, algo intimidada por el atrevimiento de César. Vuelve a enrojecer ante la mirada de aquellos
ojazos tan increíbles.
—No, no tienes.
—Menos mal. No estaba seguro —admite con una sonrisa—. Habría quedado fatal.
Y se sienta otra vez en su silla. Alcanza su bocadillo y lo muerde.
La chica suspira. Qué tipo tan peculiar. No se parece a nadie que conozca. Tampoco es que tenga
mucha experiencia con los chicos, pero, bajo esa apariencia de bueno, se esconde un seductor nato y
quién sabe si un encantador de serpientes. Aunque le gusta estar con él, no debe confiarse.
—¿Vives por aquí? —continúa con su interrogatorio.
—Más o menos. A un cuarto de hora.
—Debe de ser divertido eso de compartir piso con tus amigos.
—Bueno, tiene cosas buenas y cosas menos buenas. Pero sale más barato que una residencia o un
colegio mayor.
—Ya ese tío…, el que nos vendió los carnés falsos, ¿hace mucho que lo conoces?
César duda un instante. Deja el bocadillo a un lado y hace cálculos con los dedos.
—Un año y medio, más o menos. Nos conocimos en la fiesta de la primavera del año pasado.
—¿Ya salía con la camarera de la discoteca?
—¿Con Tania? No. Por aquel entonces no tenía novia.
—¿Y quién es el otro chico con quien compartes piso?
—Se llama… Joel —contesta con tranquilidad. Y bebe una vez más.
—Joel. ¿Estudia en la Complutense?
—Sí. También estudia en la Complu. Hace Publicidad.
Se las sabe todas. Y responde muy rápido, con sobriedad. Como si no estuviese inventándose nada.
Claro que a un tío que es capaz de hacer rimas con todo lo que ve sin titubear, aquello debe de resultarle
un juego de niños. Podría estar engañándola perfectamente. ¿Cómo puede descubrir si dice la verdad sin
que se ofenda? No quiere confesarle que desconfía de él. Si está loco y anoche la siguió, a saber qué
podría hacerle si surge la oportunidad.
Las preguntas van y vienen sin cesar mientras comen y la sangría desaparece. César parece tranquilo,
y Valeria no consigue pillarlo en ninguna.
—¿Es muy difícil tu carrera?
—¿Periodismo? Para nada. Es una RPC.
—¿RPC?
—Recorta, pinta y colorea.
La chica suelta una carcajada. Nunca lo había oído.
—¿Tan sencilla es?
—Sí. Demasiado fácil. Yo le incluyo una letra más. La E —añade sonriendo—: recorta, pinta,
colorea y entrevista.
Más risas. Aquel joven quizá sea un mentiroso compulsivo, pero no puede evitar sentir algo especial
hacia él. Su ingenio la divierte, y también la impresiona la capacidad para pensar tan de prisa que posee.
—No creo que se me diera bien el Periodismo. Soy muy tímida.
—Se te nota.
—Lo sé —admite al tiempo que se sonroja otra vez—. Aunque he mejorado algo a lo largo de los
últimos años.
—Ser tímido no es algo malo. No tienes por qué mejorar. Si eres tímida, pues lo eres y ya está. De
vez en cuando es bonito encontrarse a alguien que no se crea el mejor del mundo y que no es un
prepotente.
—Bueno…
—Y por eso me alegro de haberte encontrado a ti. Me gusta tu timidez, y que te pongas tan roja
cuando te sientes desprotegida.
Las palabras de César provocan que Valeria enrojezca a gran velocidad; parece que va a estallar en
cualquier momento. Le arde la cara y siente muchísimo calor por dentro.
—¡No me digas eso! ¡Quieres que salga ardiendo aquí en medio! —exclama justo antes de taparse el
rostro con las manos.
—Bebe un poco de sangría, está fresquita. O, mejor, te la echo por encima de la cabeza y así te
bautizo.
—Muy gracioso. —Se destapa la cara y le saca la lengua.
—Sólo era una sugerencia.
—No me propongas más cosas que tengan que ver con bautizarme. ¡Anoche ya tuve bastante!
Pero, aunque pasó pánico al pensar que hablaba en serio, fue divertido.
Sonríe para sí al recordar el momento en el que cayó sobre él. En realidad, se quedó en la discoteca
gracias a César. Por lo tanto, si no hubiera sido por aquel chico, nunca habría pasado lo que luego
sucedió con Raúl.
—¿Me dejas preguntarte ahora a mí?
—¿Cómo?
—Durante un rato me has hecho un interrogatorio. Es mi turno, ¿no?
No ha terminado, pero mientras tanto se le irán ocurriendo más preguntas para averiguar si ese joven
es quien dice ser en realidad.
—¿Qué quieres saber de mí? Soy poco interesante.
—No lo creo —la corrige después de servirle más sangría en el vaso—. Seguro que tu vida está llena
de muchas cosas que contar.
—No demasiadas. Soy una chica de dieciséis años que estudia primero de Bachillerato, vive con su
madre y no tiene nada de especial.
—¿Tu padre y tu madre están divorciados?
—Sí. Desde hace tiempo.
—¿Y eso no te afectó?
—Mmm. Un poco. Me encerré mucho en mí misma y era incapaz de relacionarme con nadie. Me
gustaba estar sola. En parte, porque era muy tímida. No tenía amigos y tampoco me preocupaba hacerlos.
—¿Eso ha cambiado ahora?
—Sí. Bastante. No tengo muchos amigos, pero esos pocos son muy buenos.
—¿Son con los que ibas anoche?
—Sí.
—¿Y alguno de esos es… más que un amigo?
¿Y aquella pregunta? ¿La ha hecho porque está interesado o por simple curiosidad? No sabe si debe
contarle la verdad. César le cae bien, pero continúa habiendo muchas incógnitas en torno a él.
—¿Me estás preguntando si tengo novio?
—Más o menos.
—¿Para qué quieres saberlo?
—Por la misma razón que tú querías saber si Joel estudia en la Complutense.
—No lo creo.
—¿No? ¿Y entonces cuál es el motivo por el que querías saber tanto sobre mí y lo que tiene que ver
conmigo?
—Curiosidad.
—Entonces sí es la misma razón.
Valeria sabe que no le está diciendo la verdad. Y también que él sabe que ella ha hecho exactamente
lo mismo. La curiosidad existe, pero hay algo más detrás de cada una de sus preguntas.
¿A qué juegan?
La chica sonríe y bebe de su vaso de sangría. Casi se lo termina. Entra muy bien. ¿Es la segunda copa
que se toma? No, la tercera.
—¿Y tu familia? ¿De dónde es?
—¿Ya ha terminado mi turno de preguntas?
—Sí.
—Ha sido rápido.
—Es que tú eres más misterioso que yo —afirma mientras percibe cómo se le empiezan a amontonar
las ideas—. Y por eso… tienes que contestar a más cosas.
—¿Misterioso?
—Venga, César. Cuéntame: ¿quién eres? ¿De dónde has salido?
—De la línea dos, como tú. Estación de Sol.
Una sonrisa más en su rostro. Qué guapo es. Pero está claro que esconde algo. No es lo que parece.
La está narcotizando con su atractivo y su dulzura. No. No puede dejarse embaucar por ese joven
seductor. Hay muchas preguntas que debe…
Suena un pitido.
—¿Es mi BlackBerry? —Debe de serlo, porque yo no tengo. Busca en su bolso hasta que da con ella.
Sí, es la suya. Hay un mensaje sin leer. Rápidamente, lo abre.
En veinte minutos estoy en tu casa. Tengo mucho que contarte. Un beso.
—¡Raúl! —exclama, levantándose de la silla—. ¡Debo marcharme a mi casa!
—Te acompaño.
—No, no. Voy sola.
—No creo que debas ir…
—¡Que sí! ¡Voy yo sola! —insiste alzando la voz—. Ya te escribiré.
—No sé si creerte, porque ayer no contestaste al SMS que te envié.
—¡Joder! ¡Es verdad! ¡Perdona!
El joven sonríe y también se pone de pie.
—No te preocupes. Pásalo bien con tu amigo Raúl, Valeria. —Y le da dos besos.
Ella lo observa fijamente. «Qué ojos tan bonitos.» Tras sentir los labios de César en su mejilla, se
despide de él y se aleja a trompicones por la calle Mayor. Siente calor en los pómulos, aunque sabe que
en esta ocasión el culpable es el alcohol. Si sólo han sido tres vasitos de nada. ¿O cuatro? Da lo mismo,
el caso es que sigue sin saber si ese chico le ha contado la verdad. Pero ¿volverá a encontrárselo alguna
vez más por casualidad?
Capítulo 32
LA pizza estaba muy rica. Y después del mal rato que ha pasado con el ataque de ansiedad de Elísabet,
se alegra de haber disfrutado de una entretenida comida y de que las cosas se hayan calmado entre ellos.
No imaginaba que su amiga pudiera llegar a ese extremo. Era difícil predecir que la invitación a su casa
para hablar y aclarar lo de anoche se convertiría en un nuevo intento de seducirlo por todos los medios.
Y debe reconocer que, físicamente, Eli no tiene comparación con ninguna otra chica que conozca. Sin
embargo, continúa sin atraerle como pareja. ¿Por qué? No lo sabe. Ni tampoco lo comprende.
Camina por la calle con la capucha de la sudadera cubriéndole la cabeza. Hace un buen día, soleado,
con algo de viento, pero muy agradable para dar una vuelta con la persona a la que quieres. Él todavía no
ha encontrado a esa persona, pero podría estar cerca. Piensa en Valeria y en lo mucho que disfrutaron
juntos ayer por la noche y esta mañana. Le gusta, le gusta mucho. Desde siempre. Pero hasta ahora no se
había decidido a intentar algo serio con ella. Antes no buscaba nada formal con nadie, o al menos no
tenía en cuenta nada más allá del físico y una cara bonita. Todas sus novias han sido muy guapas, aunque
ninguna ha conseguido atraparlo ni llenarlo tanto como para considerar una relación larga. Cortó con
todas y terminó mal con todas. Eso no puede pasar con Valeria, porque, además, es su amiga. Y no
querría romper esa amistad por fallarle como pareja. Debe esforzarse por cuidarla al máximo. Por eso es
necesario que le oculte algunas de las cosas que han pasado con Eli. Si le dice que se han besado, le
sentará mal y correrá el riesgo de terminar algo que casi no ha empezado.
Elísabet tampoco dirá nada. Ha salido de ella misma.
—Creo que no debemos contarle a nadie esto que ha pasado —comenta la chica al tiempo que
alcanza un trozo de pizza—. No quiero preocupar al resto del grupo con lo del ataque de ansiedad.
—Tranquila. Queda entre tú y yo.
—Es que si se enteran… pensarán que me he vuelto una paranoica.
—Un poco paranoica sí que…
—Tonto. No seas así, que lo he pasado mal.
Raúl sonríe y observa cómo Eli agacha la cabeza avergonzada. Se ha cambiado de ropa y se ha
puesto algo bastante menos provocativo, aunque sigue estando espectacular con ese jersey rojo ajustado y
unos vaqueros azules que le sientan muy bien. El joven muerde una porción de la hawaiana y mastica
despacio. Le tiene mucho aprecio a Elísabet y no le gustaría que su amistad se resintiera por ese
episodio. Siente no poder darle lo que ella busca en él, pero las cosas son y han salido de esa manera.
—Tampoco se lo vas a decir a Valeria, ¿no?
—No. Ella vio que ayer nos besamos. Y sabe que me gustas y que me rechazaste. Tenemos una
conversación pendiente sobre el tema. Pero es mejor no contarle lo que ha pasado hoy entre nosotros. No
quiero que me vea como una desesperada.
El joven asiente. Eso lo favorece, pues no tendrá que dar explicaciones de por qué se ha dejado
besar. Sí le contará el resto, pero se ahorrará detalles que puedan herirla. Sólo hay un problema: ¿qué
pasará cuando Eli descubra que Valeria y él están juntos? Comienza a temerse que el secreto de lo que
hay entre ellos permanecerá oculto mucho más tiempo del que imaginaban.
—Entiendo.
—Luego la llamaré otra vez. Espero que no le haya contado nada al resto de lo que sucedió entre
nosotros en la discoteca. Ya que no ha salido bien, es mejor que sólo lo sepamos los tres.
—Val es una chica discreta. No habrá dicho nada sin que ninguno de nosotros dos estemos delante.
Ya lo verás.
—Lo sé. Aunque no entiendo por qué todavía no me ha escrito ni me ha llamado. Es muy extraño.
—Ya te lo dije antes: se habrá levantado tarde y luego ha ido al partido de Ester. No le des más
vueltas.
Y no le dio más vueltas. Ambos se dedicaron a disfrutar de la pizza y de una divertida conversación
sobre tiempos pasados hasta que llegó el momento de que Raúl se marchara. Un abrazo de despedida y
promesas de que lo que había sucedido en la habitación de Elísabet quedaría entre ellos. Ninguno
cumplirá con lo pactado.
Suena la sintonía del móvil de Raúl, la que tiene para sus hermanas: El ciclo sin fin, banda sonora de El
rey León. Pulsa el botón de descolgar y contesta.
—¿Daniela?
—Soy Bárbara.
—Ah. Hola, Bárbara.
—¿Dónde estás? No has venido a comer —dice muy seria. Parece incluso enfadada.
—He comido… fuera.
—¿Y por qué no has llamado para decírselo a mamá?
—Lo siento, se me ha pasado.
Se produce un silencio en la conversación. Raúl tiene la impresión de que su hermana ha bajado el
móvil y camina con él en la mano. Tras repetir su nombre varias veces sin obtener respuesta, por fin,
segundos más tarde, su voz aparece de nuevo.
—Tenías a mamá preocupada.
—¿Y por qué no me ha llamado para quedarse tranquila?
—Yo qué sé, Raúl. Ya sabes cómo es mamá. De todas formas, tú debías haber avisado de que no
vendrías a comer.
—Bueno, dile que estoy bien y que volveré a casa a la hora de cenar.
Otro silencio. Más pasos. Y la niña que desaparece otra vez. El chico empieza a desesperarse.
—¿Bárbara? ¿Dónde estás?
—Hola.
—¿Dónde te metes? ¿Por qué me dejas con la palabra en la boca mientras hablas conmigo?
—Raúl, soy Daniela.
—Vais a volverme loco entre las dos —comenta resoplando—. ¿Qué quieres tú ahora? Ya le he
dicho a Bárbara que…
—¿Qué has hecho desde que te has ido esta mañana? —lo interrumpe su hermana.
La pregunta lo coge desprevenido. Se ve sorprendido por la rotundidad de la voz de la pequeña.
—Eso es asunto mío. No tengo que darte explicaciones.
—Eres un borde.
—¿Que soy un borde? ¿Y tú qué?
—¿Yo? Yo estoy en casa con mamá. Y no le doy problemas. No como tú. Por tu culpa se pone peor
de lo que está.
—Mamá hace mucho que no está bien. No me eches la culpa a mí.
—Si no fuera porque la haces sufrir mucho, ya se habría recuperado.
—No la hago sufrir, Daniela. Si estaba preocupada, debería haberme llamado.
—¿Para qué, Raúl? ¿Para que le hables mal? ¿Para que le digas que no sabe lo que hace o lo que
dice?
El chico está poniéndose nervioso. Su hermana está dándole lecciones de cómo debe comportarse. ¡Y
tiene seis años menos que él!
—No voy a discutir este tema con una niña de once años.
—Borde —repite—. Haz lo que quieras.
Sin despedirse, Daniela cuelga el teléfono.
Raúl continúa caminando, aunque muy alterado y sulfurado. Es lo bastante mayorcito como para saber
lo que hace. No tiene por qué soportar que una cría que mide menos de un metro y medio le diga cómo
tiene que comportarse. ¿Quién se ha creído que es para hablarle así?
Un minuto más tarde, la banda sonora de El rey león suena otra vez en su BlackBerry. Malhumorado,
descuelga.
—¿Qué quieres ahora, Daniela? —pregunta alzando la voz.
—Soy Bárbara.
—¿Tú también vas a reprocharme algo?
—¿Qué significa «reprocharme»?
—Bah. Déjalo. ¿Qué quieres, Bárbara?
—¿Vas a casa de tu novia?
—¿Cómo? ¿Qué novia?
—Con la que estuviste anoche —contesta la niña muy segura de lo que dice—. La camisa que
llevabas olía muchísimo a perfume de chica.
Increíble. ¿Hasta ese punto lo espían sus hermanas?
—¿Por qué entras en mi habitación y coges mi ropa?
—No es culpa mía. Mamá me pidió que me pasara por tu cuarto y cogiera la ropa sucia para lavarla.
Y el olor de la camisa azul que llevabas ayer es inconfundible. Las mujeres notamos esas cosas.
¿Mujeres? ¡Si tiene once años! Está comprobado: las gemelas son peor que el CSI.
—Bárbara, que sea la última vez que entras en mi habitación sin mi permiso.
—Mamá me lo dijo. Ella manda mucho más que tú en casa.
—En mi cuarto no. '—En tu cuarto sí.
Raúl se frota los ojos con la mano, desquiciado. Aquello no tiene ningún sentido. No piensa discutir
más con ellas.
—Bárbara, tengo que dejarte. Dile a mamá que estoy bien y que no se preocupe más. Estaré en casa
para cenar.
—¿Conocemos a tu nueva novia?
Sin responder, ahora es él quien pulsa la tecla de su BB para finalizar la comunicación. Su hermana,
en cambio, no se da por vencida e insiste llamándolo otra vez. Pero el joven la ignora. No va a seguir
hablando con ella.
Además, acaba de llegar a la puerta del edificio donde vive Valeria.
Capítulo 33
—GRACIAS por venir a verme.
—Para eso están las amigas, ¿no?
Elísabet se sienta en su cama, justo donde estaba Raúl hace un par de horas. Contempla cómo la chica
rubia que está con ella se coloca a su lado y le sonríe animosa. Alicia ya no lleva las coletas de esta
mañana cuando la vio en el parque. Su larga melena suelta le cae por los hombros y termina bien
avanzada su espalda.
—He seguido tu consejo —le dice compungida—. Invité a Raúl a mi casa, utilicé todas mis armas de
seducción, intenté conquistarlo por todos los medios, pero… no he conseguido nada. Bueno, sí: un ataque
de ansiedad.
—¿No quiere nada contigo?
—Continuar siendo mi amigo.
—Eso y nada es lo mismo.
—Tampoco es eso.
—¿Que no? Ya eras su amiga antes. No has avanzado nada. Pero si te conformas con eso… Ya sabes
lo que pienso.
—No me queda otra, Alicia —dice mientras se abraza a la almohada—. Es mejor tenerlo como
amigo que no tenerlo de ninguna forma.
—Bah. Te estás engañando a ti misma, Eli.
—¿Por qué dices eso?
—Porque, si estás enamorada de él, cada vez que lo veas recordarás que no quiere nada contigo y te
sentirás mal.
Es verdad que le sucederá eso cuando estén juntos. Será difícil olvidar lo que siente por él. Pero
también es su amigo. Y su amistad es muy importante.
—Tendré que acostumbrarme a vivir con eso.
—Sigues engañándote a ti misma.
—¿Y qué hago, Alicia? ¿Desaparezco?
—No es mala idea.
—¿Qué? ¿Cómo voy a desaparecer?
—Vayámonos juntas de viaje. Un par de semanas. Así podrás olvidarte de ese tío que sólo te está
dando complicaciones. Cuando vuelvas, seguro que ya has aprendido a vivir sin él.
—No voy a irme a ninguna parte.
Es una locura. Una grandísima locura. Sus padres no la dejarían irse. Perdería clases, exámenes… Y,
aunque lo permitiesen, huir para alejarse de Raúl no es la mejor solución. Sólo un disparate.
—Tú verás. Yo estoy dispuesta a irme contigo.
—Gracias, Alicia. Pero no voy a quitarme de en medio ni quiero quitar de en medio a Raúl. Es mi
amigo.
—Tu amigo… Como la entrañable Valeria. Esa a la que denominas tu «mejor amiga». ¿Te ha
llamado? ¿Te ha escrito?
—No. No lo ha hecho.
—¡Oh! ¿Tu gran y mejor amiga todavía no te ha preguntado cómo te encuentras después del palo de
anoche?
—No. Aún no.
—Vaya. Se habrá quedado sin saldo, la pobre. ¡Ah, espera! ¡Que su tarifa es de contrato! ¡Y que usar
el WhatsApp no cuesta dinero!
El sarcasmo de Alicia molesta un poco a Eli, que no quiere pensar que su amiga no se ha puesto en
contacto con ella por falta de interés.
—No seas así. Habrá tenido algún contratiempo. Luego la llamaré yo.
—Eso, eso. Y no te olvides de invitarla a merendar y de menearle el rabito para demostrar tu
felicidad —comenta burlona—. ¡Vamos, Elísabet! Encima de que ha pasado de ti, no seas tan tonta como
para ir detrás de ella.
—Valeria siempre ha estado a mi lado en los buenos y los malos momentos.
—¿Y ahora? ¿Por qué no está?
Silencio. No le apetece seguir hablando de ese asunto. En el fondo, le duele y también le fastidia lo
de su amiga. Era tan fácil como que le hubiera cogido el teléfono y hubiese escuchado en silencio lo que
tenía que decirle. Como que hablar con ella le hubiera servido como desahogo después de que Raúl la
rechazara. En cambio, tantas horas después, Valeria sigue sin aparecer.
—Vamos a cambiar de tema, por favor.
—Eres demasiado buena.
—Nunca he sido buena —susurra—. Y no creo que lo esté siendo ahora.
—Sí lo eres. Sigues queriendo a esos dos a pesar de lo que te han hecho. Si eso no es ser buena… Yo
no lo habría consentido.
—Son mis amigos.
—Dame amigos como ésos y no necesitaré enemigos.
—Eres demasiado cruel con ellos. Raúl y Valeria no harían nada que pudiera hacerme daño. Nunca
podrían ser mis enemigos.
La chica rubia esboza una sonrisilla irónica. Se pone de pie y se dirige caminando despacio hacia la
puerta de la habitación.
—Alguna vez te darás cuenta de las cosas y sabrás que la persona más importante para alguien es uno
mismo.
—¿Ya te marchas?
—Sí. Pero cuando me necesites no dudes en avisarme.
—Lo haré.
Y, sin más, Alicia abandona el dormitorio de Elísabet.
Ésta se queda pensativa, reflexionando acerca de lo que acaban de hablar. La teoría del todo o nada
de Alicia no sirve con Raúl. Y tampoco va a marcharse a ninguna parte, lejos de él, para olvidarse de lo
que ha pasado.
No será fácil, pero lo único que puede hacer es acostumbrarse a vivir con esa sensación de rechazo
hasta que se le pase. Y para ello necesita a sus amigos como punto de apoyo. Especialmente a Valeria.
Porque, aunque a Alicia no le caiga bien y le haya dicho todas esas cosas sobre ella, Val continúa siendo
su mejor amiga. Y está convencida de que seguirá siéndolo durante mucho tiempo
 
La voz de la megafonía del metro anuncia la siguiente estación de la línea dos:
«Próxima parada: Retiro.»
Valeria va sentada en el tercer vagón. Juguetea con la BlackBerry, aunque casi no le está prestando
atención. Tiene demasiadas cosas en la cabeza. Durante el trayecto no ha dejado de pensar en la
conversación con Raúl. Le preocupa que continúe en casa de Elísabet. Su amiga quería hablar con él,
pero, en verdad, Valeria no sabe de qué. Puede que no se haya dado por vencida y trate de convencer al
chico para que salga con ella. ¿Por eso sigue allí?
El tren se detiene. Se suben varias familias con niños pequeños y gente que viene de hacer deporte en
el parque del Retiro. Valeria ve a una madre ecuatoriana que lleva a un bebé en un carrito y le cede
amablemente su lugar. Con una sonrisa, la mujer le da las gracias.
Un pitido de aviso y las puertas se cierran otra vez. En el vagón de al lado comienzan a sonar
entonces los acordes de una guitarra española. En seguida, una voz rasgada, masculina, entona el tema
Kamikaze, de Marvel.
No puede ser. Valeria se vuelve e, inquieta, busca a quien canta. No tarda mucho en encontrarlo. Allí
está. Ve a un chico alto con el pelo largo y castaño apoyado contra la puerta del metro. César viste con
una chaqueta vaquera azul, encima de una camiseta blanca, y unos tejanos gastados del mismo color que
la parte de arriba. Hoy no lleva sombrero. Todos le prestan atención, especialmente tres quinceañeras
que van sentadas enfrente de él. El joven les sonríe con simpatía y le guiña el ojo a la más rubia de ellas.
Ésta se sonroja y recibe las felicitaciones de sus amigas en forma de golpecitos en los brazos.
«Próxima parada: Banco de España.»
La voz que anuncia la siguiente estación no impide que César siga cantando. Valeria no deja de
observarlo, a unos metros de distancia, aunque él no se ha dado cuenta de su presencia. O eso es lo que
ella cree.
Una coincidencia, vale, se acepta. Pero ¿dos? Sin embargo, es imposible que la haya seguido hasta el
pabellón donde jugaba Ester, haya esperado a que saliera y luego se haya subido al mismo tren. Y todo
eso sin que ella se diera cuenta de nada. Es más sencillo pensar que han vuelto a encontrarse por
casualidad.
El chico continúa cantando pese a que las puertas vuelven a abrirse tras detenerse el metro. Unos
entran y otros se van. Mientras, Valeria duda si acercarse o no. Seguro que, como ella, va a Sol, el lugar
donde se encontraron ayer.
De repente, la guitarra española deja de sonar. César alza la voz y se dirige a todos los pasajeros:
—Señoras, señores, niños, niñas… esto se lo vi hacer una vez a un genio y, aunque me lleve alguna
piña y no tenga su mismo ingenio, trataré de rimar mis frases observando lo que tú haces.
Se inclina para hacer una reverencia y se cuelga la guitarra al hombro. De improviso, saca una gorra
de la parte trasera del pantalón y se la pone con la visera hacia atrás. Hablando muy rápido, empieza a
rapear:
—Siempre rimando, siempre rimando —dice mientras se coloca en el centro del vagón—. Aquí, en
Banco de España, nadie te engaña, como las de mi derecha, que me sonríen y me dan cancha para irme
con ellas de marcha. ¿Estás de acuerdo, chico de la chaqueta ancha? Siempre rimando, siempre
rimando… Yo nunca desafino, doy en el tino, pero no te timo. Rimo. ¿Te gusta cómo lo hago, primo? Sí,
tú, el del jersey fino, ¿es de lino? Tengo uno igual del chino.
Valeria y el resto del tren se quedan impactados con ese joven que va haciendo rimas de todo lo que
ve conforme camina por el vagón.
—Siempre rimando, siempre rimando —prosigue—. Este metro es mi favorito. Rubia, no hagas eso
que me derrito. Si quieres, al salir te invito. Y tú, compañero, ¿dónde vas con esos pelos? Ojo, que lo
digo con respeto. Pero soy sincero, me gusta más, de la chica de tu izquierda, el trasero. Considero que
me esmero, rapeo, con palabras surfeo, que te veo y no parpadeo, con tus ojos yo me quedo: es un piropo,
nada de mosqueos.
La chica a la que se refiere se da la vuelta muerta de vergüenza. Pero a César no le importa y continúa
andando por el vagón. Poco a poco, se va acercando al lugar donde está Valeria, a la que todavía no ha
visto.
—Y sigo rimando, mientras continúo caminando, observando, pensando, reflexionando… al abuelo
alcanzando, con su nieta dialogando, ¿has visto, pequeña, cómo canto? Tú, no me mires, continúa
estudiando, si no, no aprobarás ni rezando. ¿Lo estás captando? ¿Y la guapa del asiento del centro? Sí, sí,
la que se está escondiendo. ¿Por qué te estás riendo? Te entiendo. Te comprendo. Nunca has visto rapear
con tanto fundamento. Con tanto talento. ¿Miento? No, no miento. ¿Me prestas tu sonrisa un momento? Es
para regalar a tu amiga, otro monumento. Lo siento, me ausento, sigo el metro recorriendo. El rap
promoviendo. Fuera la careta. Me gusta tu coleta. Amigo, la bragueta. Es broma, no está abierta. Cuidado
con la maleta, que anda suelto mucho jeta. Acercándome a la meta, la estación de Sevilla está a la vuelta.
¿Tú te alegras? La señora del carrito lo celebra y tú…
En ese instante, la mirada de César se encuentra con el rostro de la chica a la que conoció la noche
anterior. Ésta lo saluda con la mano y sonríe.
—Tú eres Valeria —termina por rimar después de dudar un segundo. Se vuelve, mira hacia atrás y
hace una reverencia quitándose la gorra—. Muchas gracias a todos y perdón por las molestias.
Las quinceañeras de atrás aplauden, y también el chico que estudiaba. Y la mujer ecuatoriana del
carrito.
—Ahora vuelvo —le susurra a Valeria tras guiñarle un ojo.
Las puertas se abren en la parada de Sevilla. Mientras, César recorre el vagón en sentido inverso al
anterior. Varios pasajeros le echan alguna que otra moneda en la gorra. Además, recibe unos cuantos
piropos de las más jóvenes. La quinceañera más rubia incluso le pregunta si tiene Tuenti. El chico le
contesta que no con una sonrisa y regresa hasta donde lo espera Valeria.
—Por lo que veo, eres algo así como un ídolo underground—comenta, y le da dos besos.
—El público del metro es bastante generoso —responde. Se guarda en un bolsillo de la chaqueta
vaquera el dinero que le han dado y a continuación se pone la gorra, aunque en esta ocasión con la visera
hacia delante.
—¿No te has planteado nunca convertirte en un cantante famoso?
—No.
—Pues tendrías mucho éxito.
—¿Como rapero o cantando pop rock?
—Mmm. Lo del rap me ha dejado impresionada —admite dubitativa—. Pero también me
impresionaste cantando con la guitarra.
—Gracias, odontóloga.
La voz de la megafonía anuncia que están a punto de llegar a la estación de Sol.
—Me bajo aquí.
—Lo imaginaba—comenta el joven, colocándose bien la guitarra—. Yo también.
—Lo imaginaba.
Los dos sonríen y salen del tren. Caminan juntos en silencio por el vestíbulo de la estación hacia la
salida de la calle Mayor. Valeria tiene muchas preguntas que hacerle. No se le ha olvidado todo lo que
sus amigos le han dicho sobre él. Pero el camino finaliza allí para ambos. Es hora de separarse.
—¿Te apetece tomarte algo conmigo? —le pregunta él por fin mientras suben la escalera hacia la
calle.
¡Claro que le apetece! Pero ¿debe? Si anoche la siguió hasta dar con ella y le contó un montón de
mentiras, podría ser peligroso. Aunque, por otra parte, le encantaría descifrar si sus encuentros son
forzados o simples coincidencias.
—No sé, es tarde.
—¿Has quedado con alguien? ¿Con el chico con el que tenías que reunirte anoche?
Lo recuerda. Eso la sorprende.
—No, con mi madre. Debería ir a la cafetería que tenemos para comer con ella.
—¿Tenéis una cafetería?
—Sí. Por La Latina.
—¿Y si la llamas y le dices que irás un poco más tarde? Sólo será un rato. Y pago yo, por supuesto.
Su sonrisa termina de convencerla. Le gusta cuando la mira. Es que tiene unos ojos preciosos. De
todas formas, sabe que está siendo imprudente. ¡Casi no lo conoce de nada! Pero… resopla y saca su BB.
Marca el número de su madre y habla con ella. Apenas un minuto en el que le dice que, al final, se va
para casa porque está cansada. Allí comerá cualquier cosa. Que no la espere.
—Ya está —dice guardando de nuevo la BlackBerry rosa—. No hay problema. ¿Dónde quieres que
vayamos?
Capítulo 30
—NO tengo demasiadas ganas de ir esta tarde a Constanza.
Bruno mira extrañado a María. A ella le encanta reunirse con sus amigos, especialmente los domingos
por la tarde, cuando hay que preparar la semana.
Los dos caminan por la calle hacia la estación de Ventas. Allí cogerán la línea dos en dirección a
Cuatro Caminos para bajarse en Sol.
—¿Y eso?
—No sé. Estoy algo cansada.
—¿Has dormido mal esta noche?
—Bueno… regular.
—Pues no vayas —aconseja el joven sonriendo—. Ir a las reuniones del Club no debería ser una
obligación.
—Lo sé. Pero no he faltado a ninguna durante estos dos años.
El chico se frota la barbilla. Él sí que ha fallado en varias, sobre todo después de lo que pasó con
Ester. Prefería estar solo a fingir delante de sus amigos que se encontraba bien.
—No pasaría nada porque faltaras a una. Además, esto ya no es lo mismo desde hace un tiempo.
—Ya, pero, aun así, el club, vosotros, sois lo mejor que tengo y… —se le hace un nudo en la
garganta al hablar—. No me gustaría perderos.
—No vas a perder a nadie por faltar un día.
María suspira. Por faltar un día no. En cambio, si se va a Barcelona unos meses, seguro que las cosas
se tornan muy diferentes y se enfría la relación con todos ellos. Puede que la echaran de menos al
principio, pero con el tiempo acabarían acostumbrándose a no contar con ella. Y eso le da miedo.
¿Y si le explica a Bruno lo de su padre? Había optado por no revelarle nada a nadie del grupo hasta
que supiera seguro lo que iba a hacer. Sin embargo, no se ve con fuerzas para enfrentarse sola a ese
asunto. Tal vez él pueda ayudarla en esa difícil decisión.
La chica, dubitativa, se detiene en la boca de metro. ¿Se lo dice?
—Se me haría muy raro quedarme en casa mientras vosotros estáis reunidos.
El joven también se para delante de una de las entradas de Ventas, antes de bajar la escalera de la
estación. Se vuelve para mirarla; sabe que ocurre algo. La conoce bien. No es una persona alegre o que
demuestre sus sentimientos así como así. Pero está muy claro que hay algo que la preocupa de verdad.
—Meri, ¿qué te pasa? —le pregunta con interés.
—Es que… no sé si… Es un lío.
—¿Qué es un lío?
—Mi cabeza.
Bruno se acerca a ella. Le pone una mano en la espalda y la guía hasta un banquito que hay cerca de
ellos, sobre el que se sientan.
—A ver, cuéntame. ¿Qué pasa?
—Puede que… me… vaya a Barcelona. Con mi padre.
—¿De vacaciones?
—A vivir.
Aquello le provoca a Bruno un gran sobresalto. No podría haberse imaginado algo así. No reacciona.
Atento, escucha a María. Ésta le detalla todo lo que habló con Gadea ayer cuando llegó a su casa.
Cuando termina, la joven le pide opinión a su amigo.
—Uff. Qué difícil me lo pones.
—Difícil lo tengo yo, Bruno.
—Lo imagino… ¿Tan mal está tu padre?
—Eso dice mi hermana. Yo no he hablado con él.
—¿Y por qué no lo llamas y así sales de dudas? Quizá Gadea haya exagerado o lo pillara en un mal
momento.
En eso tiene razón. Ella todavía no ha hablado con su padre. No sabe exactamente cuál es su estado
anímico. Aunque no cree que su hermana exagerara en un tema tan delicado.
—Luego lo llamaré —dice cabizbaja. Se quita el gorro blanco que lleva puesto y se peina con las
manos cuando la brisa le revuelve el cabello.
—¿Y si lo llamas ahora?
—¿Ahora?
—¿Para qué vas a esperar más? Así sabrás cómo se siente de verdad.
En realidad, tiene miedo de escucharlo. Si está tan mal como Gadea le contó, no le quedará más
remedio que tomar una decisión cuanto antes. Tendrá que afrontar su vida de otra forma. Y,
probablemente, se marcharía muy pronto a Barcelona, lejos de todo lo que quiere.
—Estará comiendo. No sé si debo molestarlo.
—Venga, Meri. Tienes que hacerlo cuanto antes.
—Parece que tienes ganas de que me vaya.
—¿Qué? ¡No seas tonta! —grita al tiempo que se pone de pie—. Sabes que eres muy especial para mí
y, si te marcharas, me llevaría un gran palo. No quiero que te vayas a Barcelona. Pero… tanto tú como yo
sabemos que, cuanto antes se resuelvan las cosas, mejor.
Las palabras del joven la animan y a la vez la afectan aún más. Él también es muy especial para ella.
No debería haberle dicho eso.
Se coloca de nuevo el gorro en la cabeza y se disculpa:
—Perdona. Me he pasado.
—No te preocupes. ¿Cuántas veces me he pasado yo y ni te has enfadado?
Muchas. Muchísimas. Siempre lo ha apoyado en todo. Y lo ha disculpado en todas las ocasiones en
las que se ha equivocado. Pero es que es tan… tan… Bruno. Si se fuera de Madrid, lejos de él, sería
difícil encontrar a alguien que lo remplazara. Difícil, no. Imposible. Y es que daría lo que hiciese falta
por su amigo.
—Gracias.
También se levanta y lo abraza. Se le saltan las lágrimas, pero no va a llorar. Lo mira y sonríe.
—¿Vas a llamarlo?
—Sí.
La chica saca el teléfono del pequeño bolsito que lleva y marca el número de su padre. Siente un
escalofrío cuando suena el primer bip. Sigue soplando un poco de viento junto a la plaza de las Ventas,
aunque luce un sol tibio.
Bruno la observa mientras se aleja unos metros de él. Camina nerviosa, sin rumbo fijo, sin una
trayectoria determinada, esperando a que contesten al otro lado de la línea. El muchacho se siente triste.
La noticia de la posible marcha de María le ha afectado más de lo que ha dejado ver. Sin su amiga, todo
sería mucho más complicado. Y, aunque existen muchos medios para permanecer en contacto, las cosas
cambiarían. Entre ellos, en clase, en el grupo…
No quiere que se vaya, pero, si es por su padre, lo comprendería si lo hiciese.
Al quinto tono, responden:
—¿María?
—Hola, papá.
—Hola, pequeña. Qué sorpresa. ¿Cómo estás?
A la chica le da la impresión de que su padre acaba de despertarse. A pesar de la alegría que se ha
llevado al escucharla, su voz ronca suena apagada y cansada.
—Bien. ¿Y tú?
—Vamos tirando. Pero bien.
—¿Estabas durmiendo?
—Bueno… me había echado a descansar un rato después de comer.
—Siento haberte despertado. ¿Quieres que te llame más tarde?
—No, no te preocupes. Sólo estaba dando una cabezada. Iba a levantarme pronto para ver el fútbol.
María se queda un instante en silencio. Mira hacia Bruno, que también la mira a ella. Su amigo sonríe
y alza el pulgar.
—Papá, Gadea me contó anoche lo que hablasteis —suelta—. ¿De verdad te sientes tan solo?
El hombre resopla.
—Es que estoy solo, María. Sin tu tía, sin vosotras… ¿cómo voy a estar?
—A nosotras nos tienes. Y siempre nos tendrás.
—Ya lo sé, pequeña. Pero no es lo mismo estar viviendo con vosotras o en la misma ciudad que a
cientos de kilómetros.
—Gadea me explicó que le dijiste que no tenías motivaciones en la vida.
Silencio. La chica traga saliva y siente que le escuecen los ojos. Hablar así con su padre es una de las
cosas más duras que ha hecho en la vida.
—No estoy en mi mejor momento, María —termina respondiendo apenado—. Lo de tu tía me ha
afectado mucho. Y que Montse me abandonara también.
—Esa mujer no era buena para ti, papá.
—Yo la quería, pequeña… La quiero todavía.
—¡Pues debes olvidarte de ella! —grita María mientras gesticula con las manos—. ¡Tienes que
hacerlo! Y conocer a otras personas, salir… No sé. Haz un viaje. ¡Ven unos días a Madrid con nosotras!
—No puedo, pequeña. Tengo mucho trabajo aquí. Hasta Navidad no puedo moverme de Barcelona.
María no puede ver su sonrisa amarga, pero la intuye al otro lado de la línea. No está bien. Se lo
imagina en una habitación desordenada, descuidado, a medio afeitar; con la cama sin hacer en todo el día
y la ropa tirada por todas partes. A su padre no se le dan demasiado bien ese tipo de cosas. Las tareas de
la casa siempre han sido para las mujeres con quienes ha vivido.
—Papá, ¿qué podemos hacer Gadea y yo por ti?
—Nada.
—Seguro que sí.
—No. Vosotras estáis lejos, pequeña. No podéis hacer nada.
—¿Y si…?
Está a punto de decirle lo que su hermana mayor y ella pensaron anoche. ¿Y si una de las dos se fuera
a vivir con él durante un tiempo? Sin embargo, algo la detiene en el último instante. Si se lo pregunta, ya
no habrá marcha atrás. La decisión estará tomada.
—¿María? ¿Sigues ahí?
—Sí, papá —afirma con un suspiro—. Tengo que dejarte. Me está esperando un amigo.
—¿Un amigo? ¿Tu novio?
—No, papá. No tengo novio.
Escucha la risa de su padre. Bueno, al menos ha conseguido sacarle una sonrisa. Pero se siente como
una cobarde y una mala hija por no atreverse a decirle nada.
—¿Sabes? Estas cosas son las que más echo de menos desde que estoy en Barcelona. Estoy
perdiéndome vuestra adolescencia. Que me contéis si salís con chicos, enfadarme porque volvéis tarde a
casa, regañaros por ponerme excusas tontas…
—Bueno, a mamá tampoco le cuento mucho.
—Pues deberías hacerlo.
No sería capaz. Se guarda sus sentimientos para ella. Y así seguirá siendo, en Madrid o en otra
ciudad.
—Papá, mi amigo espera. Anímate, ¿vale?
—Se hará lo que se pueda.
—Inténtalo. Y piensa que Gadea y yo te queremos mucho.
—Gracias, María. Yo también… os quiero mucho. Yo también…
El volumen.de su voz disminuye hasta hacerse prácticamente inaudible.
—Adiós, papá.
—Adiós, pequeña.
Es la chica la que cuelga. Aprieta los labios con fuerza y se dirige lentamente hasta donde la espera
Bruno.
—¿Qué te ha dicho? —Aunque ya intuye, por la expresión de su cara, que nada positivo.
—Que no está en su mejor momento. Y se siente solo.
—Pero ¿está tan mal?
—Está deprimido. Y nos echa mucho de menos. No quiero imaginarme el caos que debe de ser su
casa desde hace un mes, cuando lo dejó con Montse.
—¿Le has contado lo de irte con él?
María mueve la cabeza y resopla.
—No. No me he atrevido. Pero creo que… Creo que mi padre me necesita —dice con los ojos
humedecidos—. Bruno, me temo que tendré que irme unos meses a vivir a Barcelona.
Capítulo 31
LOS Cien Montaditos. César lleva a Valeria a tomar algo al bar que está abierto en plena calle Mayor.
Se han sentado fuera, en una mesita, uno frente al otro. Ya han pedido. El joven ha elegido uno de carne
mechada con queso ibérico y pimiento verde y la chica uno de atún con tomate natural. Los dos comparten
una jarra de sangría. Al principio, ella se resistió a pedir algo de comer, pero, ante la insistencia del
otro, se dio por vencida. Invita él y no puede negar que tiene hambre.
—Y eso del rap, ¿dónde lo has aprendido? —pregunta Valeria antes de darle un gran mordisco a su
bocadillo.
—Se lo vi hacer una vez a un rapero en la línea cinco. Se llama Adán. Me pareció muy ingenioso y le
pregunté si me daba permiso para copiarle la idea. Él me dijo que sí, aunque no creía que fuera capaz de
imitarlo.
—Pues se te da muy bien.
—He practicado bastante. Lo de cantautor con la guitarra está muy visto. Los raps me dan más dinero,
aunque también queman más energía.
César la mira sonriente y le advierte, tocándose los labios con los dedos, que se ha manchado la boca
con el alioli. La chica coge una servilleta de papel y se limpia. Ya se ha puesto colorada. Para ella, estar
a solas con un chico supone un esfuerzo muy grande. En cambio, con ese joven no le resulta tan difícil.
Salvo cuando comete alguna de sus típicas «valeriadas».
—¿Cómo te organizas para sacarlo todo adelante?
—Tampoco son tantas cosas.
—¿Que no? —comenta con la intención de conducir la conversación hacia el terreno que quiere—: la
carrera, el piso con tus amigos, lo que haces en el metro, las fiestas universitarias… ¿Duermes?
El muchacho le da un trago a su vaso de sangría y la observa divertido.
—Claro que duermo. ¿Tú ves que tenga ojeras?
Se levanta, se inclina hacia delante y acerca su rostro al de ella. Valeria, en cambio, se echa un poco
hacia atrás, algo intimidada por el atrevimiento de César. Vuelve a enrojecer ante la mirada de aquellos
ojazos tan increíbles.
—No, no tienes.
—Menos mal. No estaba seguro —admite con una sonrisa—. Habría quedado fatal.
Y se sienta otra vez en su silla. Alcanza su bocadillo y lo muerde.
La chica suspira. Qué tipo tan peculiar. No se parece a nadie que conozca. Tampoco es que tenga
mucha experiencia con los chicos, pero, bajo esa apariencia de bueno, se esconde un seductor nato y
quién sabe si un encantador de serpientes. Aunque le gusta estar con él, no debe confiarse.
—¿Vives por aquí? —continúa con su interrogatorio.
—Más o menos. A un cuarto de hora.
—Debe de ser divertido eso de compartir piso con tus amigos.
—Bueno, tiene cosas buenas y cosas menos buenas. Pero sale más barato que una residencia o un
colegio mayor.
—Ya ese tío…, el que nos vendió los carnés falsos, ¿hace mucho que lo conoces?
César duda un instante. Deja el bocadillo a un lado y hace cálculos con los dedos.
—Un año y medio, más o menos. Nos conocimos en la fiesta de la primavera del año pasado.
—¿Ya salía con la camarera de la discoteca?
—¿Con Tania? No. Por aquel entonces no tenía novia.
—¿Y quién es el otro chico con quien compartes piso?
—Se llama… Joel —contesta con tranquilidad. Y bebe una vez más.
—Joel. ¿Estudia en la Complutense?
—Sí. También estudia en la Complu. Hace Publicidad.
Se las sabe todas. Y responde muy rápido, con sobriedad. Como si no estuviese inventándose nada.
Claro que a un tío que es capaz de hacer rimas con todo lo que ve sin titubear, aquello debe de resultarle
un juego de niños. Podría estar engañándola perfectamente. ¿Cómo puede descubrir si dice la verdad sin
que se ofenda? No quiere confesarle que desconfía de él. Si está loco y anoche la siguió, a saber qué
podría hacerle si surge la oportunidad.
Las preguntas van y vienen sin cesar mientras comen y la sangría desaparece. César parece tranquilo,
y Valeria no consigue pillarlo en ninguna.
—¿Es muy difícil tu carrera?
—¿Periodismo? Para nada. Es una RPC.
—¿RPC?
—Recorta, pinta y colorea.
La chica suelta una carcajada. Nunca lo había oído.
—¿Tan sencilla es?
—Sí. Demasiado fácil. Yo le incluyo una letra más. La E —añade sonriendo—: recorta, pinta,
colorea y entrevista.
Más risas. Aquel joven quizá sea un mentiroso compulsivo, pero no puede evitar sentir algo especial
hacia él. Su ingenio la divierte, y también la impresiona la capacidad para pensar tan de prisa que posee.
—No creo que se me diera bien el Periodismo. Soy muy tímida.
—Se te nota.
—Lo sé —admite al tiempo que se sonroja otra vez—. Aunque he mejorado algo a lo largo de los
últimos años.
—Ser tímido no es algo malo. No tienes por qué mejorar. Si eres tímida, pues lo eres y ya está. De
vez en cuando es bonito encontrarse a alguien que no se crea el mejor del mundo y que no es un
prepotente.
—Bueno…
—Y por eso me alegro de haberte encontrado a ti. Me gusta tu timidez, y que te pongas tan roja
cuando te sientes desprotegida.
Las palabras de César provocan que Valeria enrojezca a gran velocidad; parece que va a estallar en
cualquier momento. Le arde la cara y siente muchísimo calor por dentro.
—¡No me digas eso! ¡Quieres que salga ardiendo aquí en medio! —exclama justo antes de taparse el
rostro con las manos.
—Bebe un poco de sangría, está fresquita. O, mejor, te la echo por encima de la cabeza y así te
bautizo.
—Muy gracioso. —Se destapa la cara y le saca la lengua.
—Sólo era una sugerencia.
—No me propongas más cosas que tengan que ver con bautizarme. ¡Anoche ya tuve bastante!
Pero, aunque pasó pánico al pensar que hablaba en serio, fue divertido.
Sonríe para sí al recordar el momento en el que cayó sobre él. En realidad, se quedó en la discoteca
gracias a César. Por lo tanto, si no hubiera sido por aquel chico, nunca habría pasado lo que luego
sucedió con Raúl.
—¿Me dejas preguntarte ahora a mí?
—¿Cómo?
—Durante un rato me has hecho un interrogatorio. Es mi turno, ¿no?
No ha terminado, pero mientras tanto se le irán ocurriendo más preguntas para averiguar si ese joven
es quien dice ser en realidad.
—¿Qué quieres saber de mí? Soy poco interesante.
—No lo creo —la corrige después de servirle más sangría en el vaso—. Seguro que tu vida está llena
de muchas cosas que contar.
—No demasiadas. Soy una chica de dieciséis años que estudia primero de Bachillerato, vive con su
madre y no tiene nada de especial.
—¿Tu padre y tu madre están divorciados?
—Sí. Desde hace tiempo.
—¿Y eso no te afectó?
—Mmm. Un poco. Me encerré mucho en mí misma y era incapaz de relacionarme con nadie. Me
gustaba estar sola. En parte, porque era muy tímida. No tenía amigos y tampoco me preocupaba hacerlos.
—¿Eso ha cambiado ahora?
—Sí. Bastante. No tengo muchos amigos, pero esos pocos son muy buenos.
—¿Son con los que ibas anoche?
—Sí.
—¿Y alguno de esos es… más que un amigo?
¿Y aquella pregunta? ¿La ha hecho porque está interesado o por simple curiosidad? No sabe si debe
contarle la verdad. César le cae bien, pero continúa habiendo muchas incógnitas en torno a él.
—¿Me estás preguntando si tengo novio?
—Más o menos.
—¿Para qué quieres saberlo?
—Por la misma razón que tú querías saber si Joel estudia en la Complutense.
—No lo creo.
—¿No? ¿Y entonces cuál es el motivo por el que querías saber tanto sobre mí y lo que tiene que ver
conmigo?
—Curiosidad.
—Entonces sí es la misma razón.
Valeria sabe que no le está diciendo la verdad. Y también que él sabe que ella ha hecho exactamente
lo mismo. La curiosidad existe, pero hay algo más detrás de cada una de sus preguntas.
¿A qué juegan?
La chica sonríe y bebe de su vaso de sangría. Casi se lo termina. Entra muy bien. ¿Es la segunda copa
que se toma? No, la tercera.
—¿Y tu familia? ¿De dónde es?
—¿Ya ha terminado mi turno de preguntas?
—Sí.
—Ha sido rápido.
—Es que tú eres más misterioso que yo —afirma mientras percibe cómo se le empiezan a amontonar
las ideas—. Y por eso… tienes que contestar a más cosas.
—¿Misterioso?
—Venga, César. Cuéntame: ¿quién eres? ¿De dónde has salido?
—De la línea dos, como tú. Estación de Sol.
Una sonrisa más en su rostro. Qué guapo es. Pero está claro que esconde algo. No es lo que parece.
La está narcotizando con su atractivo y su dulzura. No. No puede dejarse embaucar por ese joven
seductor. Hay muchas preguntas que debe…
Suena un pitido.
—¿Es mi BlackBerry? —Debe de serlo, porque yo no tengo. Busca en su bolso hasta que da con ella.
Sí, es la suya. Hay un mensaje sin leer. Rápidamente, lo abre.
En veinte minutos estoy en tu casa. Tengo mucho que contarte. Un beso.
—¡Raúl! —exclama, levantándose de la silla—. ¡Debo marcharme a mi casa!
—Te acompaño.
—No, no. Voy sola.
—No creo que debas ir…
—¡Que sí! ¡Voy yo sola! —insiste alzando la voz—. Ya te escribiré.
—No sé si creerte, porque ayer no contestaste al SMS que te envié.
—¡Joder! ¡Es verdad! ¡Perdona!
El joven sonríe y también se pone de pie.
—No te preocupes. Pásalo bien con tu amigo Raúl, Valeria. —Y le da dos besos.
Ella lo observa fijamente. «Qué ojos tan bonitos.» Tras sentir los labios de César en su mejilla, se
despide de él y se aleja a trompicones por la calle Mayor. Siente calor en los pómulos, aunque sabe que
en esta ocasión el culpable es el alcohol. Si sólo han sido tres vasitos de nada. ¿O cuatro? Da lo mismo,
el caso es que sigue sin saber si ese chico le ha contado la verdad. Pero ¿volverá a encontrárselo alguna
vez más por casualidad?
Capítulo 32
LA pizza estaba muy rica. Y después del mal rato que ha pasado con el ataque de ansiedad de Elísabet,
se alegra de haber disfrutado de una entretenida comida y de que las cosas se hayan calmado entre ellos.
No imaginaba que su amiga pudiera llegar a ese extremo. Era difícil predecir que la invitación a su casa
para hablar y aclarar lo de anoche se convertiría en un nuevo intento de seducirlo por todos los medios.
Y debe reconocer que, físicamente, Eli no tiene comparación con ninguna otra chica que conozca. Sin
embargo, continúa sin atraerle como pareja. ¿Por qué? No lo sabe. Ni tampoco lo comprende.
Camina por la calle con la capucha de la sudadera cubriéndole la cabeza. Hace un buen día, soleado,
con algo de viento, pero muy agradable para dar una vuelta con la persona a la que quieres. Él todavía no
ha encontrado a esa persona, pero podría estar cerca. Piensa en Valeria y en lo mucho que disfrutaron
juntos ayer por la noche y esta mañana. Le gusta, le gusta mucho. Desde siempre. Pero hasta ahora no se
había decidido a intentar algo serio con ella. Antes no buscaba nada formal con nadie, o al menos no
tenía en cuenta nada más allá del físico y una cara bonita. Todas sus novias han sido muy guapas, aunque
ninguna ha conseguido atraparlo ni llenarlo tanto como para considerar una relación larga. Cortó con
todas y terminó mal con todas. Eso no puede pasar con Valeria, porque, además, es su amiga. Y no
querría romper esa amistad por fallarle como pareja. Debe esforzarse por cuidarla al máximo. Por eso es
necesario que le oculte algunas de las cosas que han pasado con Eli. Si le dice que se han besado, le
sentará mal y correrá el riesgo de terminar algo que casi no ha empezado.
Elísabet tampoco dirá nada. Ha salido de ella misma.
—Creo que no debemos contarle a nadie esto que ha pasado —comenta la chica al tiempo que
alcanza un trozo de pizza—. No quiero preocupar al resto del grupo con lo del ataque de ansiedad.
—Tranquila. Queda entre tú y yo.
—Es que si se enteran… pensarán que me he vuelto una paranoica.
—Un poco paranoica sí que…
—Tonto. No seas así, que lo he pasado mal.
Raúl sonríe y observa cómo Eli agacha la cabeza avergonzada. Se ha cambiado de ropa y se ha
puesto algo bastante menos provocativo, aunque sigue estando espectacular con ese jersey rojo ajustado y
unos vaqueros azules que le sientan muy bien. El joven muerde una porción de la hawaiana y mastica
despacio. Le tiene mucho aprecio a Elísabet y no le gustaría que su amistad se resintiera por ese
episodio. Siente no poder darle lo que ella busca en él, pero las cosas son y han salido de esa manera.
—Tampoco se lo vas a decir a Valeria, ¿no?
—No. Ella vio que ayer nos besamos. Y sabe que me gustas y que me rechazaste. Tenemos una
conversación pendiente sobre el tema. Pero es mejor no contarle lo que ha pasado hoy entre nosotros. No
quiero que me vea como una desesperada.
El joven asiente. Eso lo favorece, pues no tendrá que dar explicaciones de por qué se ha dejado
besar. Sí le contará el resto, pero se ahorrará detalles que puedan herirla. Sólo hay un problema: ¿qué
pasará cuando Eli descubra que Valeria y él están juntos? Comienza a temerse que el secreto de lo que
hay entre ellos permanecerá oculto mucho más tiempo del que imaginaban.
—Entiendo.
—Luego la llamaré otra vez. Espero que no le haya contado nada al resto de lo que sucedió entre
nosotros en la discoteca. Ya que no ha salido bien, es mejor que sólo lo sepamos los tres.
—Val es una chica discreta. No habrá dicho nada sin que ninguno de nosotros dos estemos delante.
Ya lo verás.
—Lo sé. Aunque no entiendo por qué todavía no me ha escrito ni me ha llamado. Es muy extraño.
—Ya te lo dije antes: se habrá levantado tarde y luego ha ido al partido de Ester. No le des más
vueltas.
Y no le dio más vueltas. Ambos se dedicaron a disfrutar de la pizza y de una divertida conversación
sobre tiempos pasados hasta que llegó el momento de que Raúl se marchara. Un abrazo de despedida y
promesas de que lo que había sucedido en la habitación de Elísabet quedaría entre ellos. Ninguno
cumplirá con lo pactado.
Suena la sintonía del móvil de Raúl, la que tiene para sus hermanas: El ciclo sin fin, banda sonora de El
rey León. Pulsa el botón de descolgar y contesta.
—¿Daniela?
—Soy Bárbara.
—Ah. Hola, Bárbara.
—¿Dónde estás? No has venido a comer —dice muy seria. Parece incluso enfadada.
—He comido… fuera.
—¿Y por qué no has llamado para decírselo a mamá?
—Lo siento, se me ha pasado.
Se produce un silencio en la conversación. Raúl tiene la impresión de que su hermana ha bajado el
móvil y camina con él en la mano. Tras repetir su nombre varias veces sin obtener respuesta, por fin,
segundos más tarde, su voz aparece de nuevo.
—Tenías a mamá preocupada.
—¿Y por qué no me ha llamado para quedarse tranquila?
—Yo qué sé, Raúl. Ya sabes cómo es mamá. De todas formas, tú debías haber avisado de que no
vendrías a comer.
—Bueno, dile que estoy bien y que volveré a casa a la hora de cenar.
Otro silencio. Más pasos. Y la niña que desaparece otra vez. El chico empieza a desesperarse.
—¿Bárbara? ¿Dónde estás?
—Hola.
—¿Dónde te metes? ¿Por qué me dejas con la palabra en la boca mientras hablas conmigo?
—Raúl, soy Daniela.
—Vais a volverme loco entre las dos —comenta resoplando—. ¿Qué quieres tú ahora? Ya le he
dicho a Bárbara que…
—¿Qué has hecho desde que te has ido esta mañana? —lo interrumpe su hermana.
La pregunta lo coge desprevenido. Se ve sorprendido por la rotundidad de la voz de la pequeña.
—Eso es asunto mío. No tengo que darte explicaciones.
—Eres un borde.
—¿Que soy un borde? ¿Y tú qué?
—¿Yo? Yo estoy en casa con mamá. Y no le doy problemas. No como tú. Por tu culpa se pone peor
de lo que está.
—Mamá hace mucho que no está bien. No me eches la culpa a mí.
—Si no fuera porque la haces sufrir mucho, ya se habría recuperado.
—No la hago sufrir, Daniela. Si estaba preocupada, debería haberme llamado.
—¿Para qué, Raúl? ¿Para que le hables mal? ¿Para que le digas que no sabe lo que hace o lo que
dice?
El chico está poniéndose nervioso. Su hermana está dándole lecciones de cómo debe comportarse. ¡Y
tiene seis años menos que él!
—No voy a discutir este tema con una niña de once años.
—Borde —repite—. Haz lo que quieras.
Sin despedirse, Daniela cuelga el teléfono.
Raúl continúa caminando, aunque muy alterado y sulfurado. Es lo bastante mayorcito como para saber
lo que hace. No tiene por qué soportar que una cría que mide menos de un metro y medio le diga cómo
tiene que comportarse. ¿Quién se ha creído que es para hablarle así?
Un minuto más tarde, la banda sonora de El rey león suena otra vez en su BlackBerry. Malhumorado,
descuelga.
—¿Qué quieres ahora, Daniela? —pregunta alzando la voz.
—Soy Bárbara.
—¿Tú también vas a reprocharme algo?
—¿Qué significa «reprocharme»?
—Bah. Déjalo. ¿Qué quieres, Bárbara?
—¿Vas a casa de tu novia?
—¿Cómo? ¿Qué novia?
—Con la que estuviste anoche —contesta la niña muy segura de lo que dice—. La camisa que
llevabas olía muchísimo a perfume de chica.
Increíble. ¿Hasta ese punto lo espían sus hermanas?
—¿Por qué entras en mi habitación y coges mi ropa?
—No es culpa mía. Mamá me pidió que me pasara por tu cuarto y cogiera la ropa sucia para lavarla.
Y el olor de la camisa azul que llevabas ayer es inconfundible. Las mujeres notamos esas cosas.
¿Mujeres? ¡Si tiene once años! Está comprobado: las gemelas son peor que el CSI.
—Bárbara, que sea la última vez que entras en mi habitación sin mi permiso.
—Mamá me lo dijo. Ella manda mucho más que tú en casa.
—En mi cuarto no. '—En tu cuarto sí.
Raúl se frota los ojos con la mano, desquiciado. Aquello no tiene ningún sentido. No piensa discutir
más con ellas.
—Bárbara, tengo que dejarte. Dile a mamá que estoy bien y que no se preocupe más. Estaré en casa
para cenar.
—¿Conocemos a tu nueva novia?
Sin responder, ahora es él quien pulsa la tecla de su BB para finalizar la comunicación. Su hermana,
en cambio, no se da por vencida e insiste llamándolo otra vez. Pero el joven la ignora. No va a seguir
hablando con ella.
Además, acaba de llegar a la puerta del edificio donde vive Valeria.
Capítulo 33
—GRACIAS por venir a verme.
—Para eso están las amigas, ¿no?
Elísabet se sienta en su cama, justo donde estaba Raúl hace un par de horas. Contempla cómo la chica
rubia que está con ella se coloca a su lado y le sonríe animosa. Alicia ya no lleva las coletas de esta
mañana cuando la vio en el parque. Su larga melena suelta le cae por los hombros y termina bien
avanzada su espalda.
—He seguido tu consejo —le dice compungida—. Invité a Raúl a mi casa, utilicé todas mis armas de
seducción, intenté conquistarlo por todos los medios, pero… no he conseguido nada. Bueno, sí: un ataque
de ansiedad.
—¿No quiere nada contigo?
—Continuar siendo mi amigo.
—Eso y nada es lo mismo.
—Tampoco es eso.
—¿Que no? Ya eras su amiga antes. No has avanzado nada. Pero si te conformas con eso… Ya sabes
lo que pienso.
—No me queda otra, Alicia —dice mientras se abraza a la almohada—. Es mejor tenerlo como
amigo que no tenerlo de ninguna forma.
—Bah. Te estás engañando a ti misma, Eli.
—¿Por qué dices eso?
—Porque, si estás enamorada de él, cada vez que lo veas recordarás que no quiere nada contigo y te
sentirás mal.
Es verdad que le sucederá eso cuando estén juntos. Será difícil olvidar lo que siente por él. Pero
también es su amigo. Y su amistad es muy importante.
—Tendré que acostumbrarme a vivir con eso.
—Sigues engañándote a ti misma.
—¿Y qué hago, Alicia? ¿Desaparezco?
—No es mala idea.
—¿Qué? ¿Cómo voy a desaparecer?
—Vayámonos juntas de viaje. Un par de semanas. Así podrás olvidarte de ese tío que sólo te está
dando complicaciones. Cuando vuelvas, seguro que ya has aprendido a vivir sin él.
—No voy a irme a ninguna parte.
Es una locura. Una grandísima locura. Sus padres no la dejarían irse. Perdería clases, exámenes… Y,
aunque lo permitiesen, huir para alejarse de Raúl no es la mejor solución. Sólo un disparate.
—Tú verás. Yo estoy dispuesta a irme contigo.
—Gracias, Alicia. Pero no voy a quitarme de en medio ni quiero quitar de en medio a Raúl. Es mi
amigo.
—Tu amigo… Como la entrañable Valeria. Esa a la que denominas tu «mejor amiga». ¿Te ha
llamado? ¿Te ha escrito?
—No. No lo ha hecho.
—¡Oh! ¿Tu gran y mejor amiga todavía no te ha preguntado cómo te encuentras después del palo de
anoche?
—No. Aún no.
—Vaya. Se habrá quedado sin saldo, la pobre. ¡Ah, espera! ¡Que su tarifa es de contrato! ¡Y que usar
el WhatsApp no cuesta dinero!
El sarcasmo de Alicia molesta un poco a Eli, que no quiere pensar que su amiga no se ha puesto en
contacto con ella por falta de interés.
—No seas así. Habrá tenido algún contratiempo. Luego la llamaré yo.
—Eso, eso. Y no te olvides de invitarla a merendar y de menearle el rabito para demostrar tu
felicidad —comenta burlona—. ¡Vamos, Elísabet! Encima de que ha pasado de ti, no seas tan tonta como
para ir detrás de ella.
—Valeria siempre ha estado a mi lado en los buenos y los malos momentos.
—¿Y ahora? ¿Por qué no está?
Silencio. No le apetece seguir hablando de ese asunto. En el fondo, le duele y también le fastidia lo
de su amiga. Era tan fácil como que le hubiera cogido el teléfono y hubiese escuchado en silencio lo que
tenía que decirle. Como que hablar con ella le hubiera servido como desahogo después de que Raúl la
rechazara. En cambio, tantas horas después, Valeria sigue sin aparecer.
—Vamos a cambiar de tema, por favor.
—Eres demasiado buena.
—Nunca he sido buena —susurra—. Y no creo que lo esté siendo ahora.
—Sí lo eres. Sigues queriendo a esos dos a pesar de lo que te han hecho. Si eso no es ser buena… Yo
no lo habría consentido.
—Son mis amigos.
—Dame amigos como ésos y no necesitaré enemigos.
—Eres demasiado cruel con ellos. Raúl y Valeria no harían nada que pudiera hacerme daño. Nunca
podrían ser mis enemigos.
La chica rubia esboza una sonrisilla irónica. Se pone de pie y se dirige caminando despacio hacia la
puerta de la habitación.
—Alguna vez te darás cuenta de las cosas y sabrás que la persona más importante para alguien es uno
mismo.
—¿Ya te marchas?
—Sí. Pero cuando me necesites no dudes en avisarme.
—Lo haré.
Y, sin más, Alicia abandona el dormitorio de Elísabet.
Ésta se queda pensativa, reflexionando acerca de lo que acaban de hablar. La teoría del todo o nada
de Alicia no sirve con Raúl. Y tampoco va a marcharse a ninguna parte, lejos de él, para olvidarse de lo
que ha pasado.
No será fácil, pero lo único que puede hacer es acostumbrarse a vivir con esa sensación de rechazo
hasta que se le pase. Y para ello necesita a sus amigos como punto de apoyo. Especialmente a Valeria.
Porque, aunque a Alicia no le caiga bien y le haya dicho todas esas cosas sobre ella, Val continúa siendo
su mejor amiga. Y está convencida de que seguirá siéndolo durante mucho tiempo
Comentarios
Publicar un comentario