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Capítulo 34
 
Parece que han pasado cientos de años desde que lo vio por última vez. Por eso, cuando Raúl está al
fin frente a ella, tras salir al rellano y recibirlo en la puerta de su casa, le rodea el cuello con los brazos y
lo besa en los labios. Intensamente. Con pasión y confianza. Como si llevasen de novios varios meses.
Y eso que hace sólo cinco minutos que Valeria ha llegado al piso. El efecto de la sangría no ha
desaparecido del todo todavía, pero debe disimularlo. Más le vale.
—Sabes a menta —le dice el joven mientras pasan adentro—. ¿Te has lavado los dientes?
—Claro. Es lo que se hace después de comer, ¿no?
Y además oculta el aliento a alcohol, detalle que Valeria no especifica. Le fastidia no contarle la
verdad, pero no sabe cómo se tomaría Raúl lo de César. No ha sido más que un inocente encuentro en un
bar de bocadillos. Sólo eso. No quiere que lo interprete de otra manera, así que lo mejor es omitirlo.
La pareja camina hasta el salón y se sienta en el sofá sobre el que esa mañana se quedaron dormidos.
Tras varios besos, unas cuantas carantoñas y más y más abrazos, se miran a los ojos. Tienen mucho de lo
que hablar.
—¿Sabes? Te he echado de menos —comenta Raúl al tiempo que le acaricia la cara—. ¿Tú a mí no?
—Mucho. —Le besa la mano y sonríe—. Pero no me tengas más en ascuas. ¿Qué ha pasado en casa
de Elísabet?
El chico resopla. Se sienta derecho y aparta la mano del rostro de Valeria.
—Pues digamos que Eli no se había dado por vencida aún y ha vuelto a intentar que surgiera algo
entre nosotros.
—¿Cómo? ¿Ha vuelto a declararse?
—Sí. Y al insistirle en que no quería nada con ella le ha dado un ataque de ansiedad, por eso he
tenido que quedarme a comer en su casa. Temía que pudiera pasarle algo estando sola. Sus padres no
vuelven hasta la noche.
—¡Madre mía! Qué mal rollo.
Raúl le explica más detalladamente la conversación que han mantenido los dos, pero evita contarle lo
del beso y otros pormenores parecidos que pudieran causarle daño. Durante varios minutos, le narra todo
lo sucedido; Valeria, atenta, sólo lo interrumpe para mostrar su sorpresa por lo que oye.
—Se supone que tú de esto no sabes nada —advierte el joven cuando termina—. Será un secreto
entre Eli y yo.
—¿No va a contármelo ella?
—No. Prefiere mantenerlo oculto. No quiere darte la impresión de que está desesperada.
—Pobre. Me da pena.
—No te preocupes. Cuando me he ido se encontraba mucho mejor.
Valeria no está tan segura de eso. En menos de un día, dos rechazos por parte de la persona de la que
está enamorada… Eso debe de haberle dolido en lo más profundo de su corazón.
—¿Y ahora qué hacemos?
—¿Qué hacemos con qué?
—Con lo nuestro, Raúl. Si lo contamos… la mataríamos. Y ella nos mataría a los dos.
—O algo peor. Por eso creo que lo mejor es no decir nada, como habíamos decidido. Ni a Eli ni al
resto del grupo. Quizá ese tiempo de secretismo tenga que durar más.
—Buff. No será sencillo.
—Pues es lo que toca. No nos queda más remedio.
Valeria cierra los ojos y apoya la cabeza en el hombro de Raúl. Qué complicadas son las cosas.
Lleva más de un año enamorada de él en silencio y, cuando por fin sucede lo que tanto deseaba, tiene que
ocultarlo.
—¿Sigues pensando que esto merece la pena?
—¿Salir juntos? Por supuesto.
Y siente su mano en la nuca. Suavemente, deslizándola de arriba abajo, le peina el cabello. Su pelo
baila al son de los dedos del joven. Detendría el tiempo en ese instante y viviría ese momento una y otra
vez . Le encanta que la trate de esa forma. Raúl siempre ha sido muy cariñosa con ella, pero de otra
manera. No imaginaba que como pareja sería todavía mejor que como amigo.
—Entonces, ¿no te arrepientes de haberme pedido que sea tu chica en pruebas?
—¿En pruebas?
—Sí. Estoy en período de pruebas, ¿no?
Una pequeña risa como respuesta.
—No estás en período de pruebas, Val —contesta casi susurrando—. Pero no llevamos juntos ni
veinticuatro horas. No quiero engañarte hablando de amor y de sentimientos. Sólo sé que hoy me gustas
más que ayer. Y, posiblemente, menos que mañana.
—¿Posiblemente?
—Posiblemente posible.
La joven arquea las cejas y se vuelve hacia él. Se ha perdido. Pero le vale la aclaración. Y, sobre
todo, le vale él. Sentirle así de cerca en todos los aspectos. Abre mucho los ojos y lo contempla con una
sonrisa. ¡Cuánto le apetece darle un beso! Se inclina poco a poco sobre su cuerpo, se apoya en su pecho y
lo obliga a tumbarse en el sofá. No arde en deseo, sino en amor. No quiere desnudarlo, sólo probar sus
labios. Y no se contiene más.
Sin embargo, el beso se interrumpe porque en el salón comienza a sonar Moves like jagger, de
Maroon 5 y Christina Aguilera.
—Mi BlackBerry —dice Valeria, incorporándose.
—No contestes. Que llamen luego.
—No puedo. Es Eli.
¡Cuántas veces bailaron juntas esa canción cuando salió! A las dos les encantaba. Tanto que ambas la
eligieron como sintonía para sus móviles cuando la otra la llamara.
La chica se levanta y se precipita sobre la BB, que está encima de la mesita. Toma aire antes de
descolgar y le pide a Raúl que guarde silencio. Éste asiente con la cabeza.
—Hola, Eli —contesta. Su voz se quiebra al hablar y carraspea.
—¡Por fin! —exclama su amiga al otro lado de la línea—. ¡Cuesta más hablar contigo que con un
ministro! ¿Dónde te has metido?
—Perdona. Tendría que haberte escrito o llamado antes. Es que… —Piensa de prisa en algo que
contarle—. Entre unas cosas y otras, no he podido.
—¿Te ha pasado algo?
—No. Bueno…
Valeria mira a Raúl con los brazos abiertos, haciéndole gestos para que la ayude. Él se encoge de
hombros sin saber qué decirle.
—Nena, estás muy rara. ¿Te ha pasado algo que no me quieras decir?
No se le ocurre nada. Así que… último recurso:
—Es que anoche conocí a un chico en la discoteca.
—¡Qué dices! ¿Me hablas en serio?
Ahora el sorprendido es Raúl, que frunce el ceño. La expresión de su rostro cambia y le pregunta a
Valeria, moviendo tan sólo los labios, si es verdad. Ella se sonroja y le pide tranquilidad con un ademán
de la mano. Sin embargo, el joven no le hace caso y se acerca hasta ella para escuchar lo que dicen.
—Bueno… Ya hablaremos del tema.
—¿Fue uno de aquellos universitarios buenorros?
—Esto…
—¿Os liasteis?
—¡No! ¡Qué va! ¡No nos liamos! —grita mientras mira a Raúl, que se ha cruzado de brazos pidiendo
explicaciones.
—Y qué, ¿cómo es?
—Eli, de verdad, déjalo ahora. Ya hablaremos más tranquilas. Prefiero contártelo en persona.
—Está bien, como quieras. Pero tienes que darme todos los detalles. ¡Es que es muy fuerte que te
hayas ligado a un universitario!
En ese momento, Valeria quiere morirse. Se siente culpable al ver que Raúl la mira de forma
acusadora. Luego le tocará explicar lo que sucedió anoche en la discoteca. Aunque tendrá que decidir
qué puede y qué no puede contar.
Tras un breve silencio, Valeria retoma la conversación intentando que su amiga sea el centro de
atención.
—¿Y tú cómo te encuentras?
—Regular. No te voy a engañar. No llevo un día demasiado bueno.
—Lo siento.
—Son cosas que pasan. Por lo visto no soy lo suficientemente buena para Raúl.
—No digas eso. Seguro que él…
—No lo disculpes, nena. Está claro que sólo me ve como a una amiga o como a alguien con quien
tener un rollo de una noche loca.
Lo que dice Elísabet llega a oídos del chico, que se lamenta moviendo la cabeza de un lado a otro.
Prefiere no seguir enterándose de la conversación. Se sienta en el sofá y observa cómo Valeria escucha
pacientemente todo lo que su amiga le cuenta durante diez minutos. Pero ella casi le presta más atención a
la actitud de Raúl que a las palabras de Elísabet. Ambos intercambian miradas y alguna frase en voz baja.
—Las cosas volverán a la normalidad entre vosotros —termina asegurando Valeria cuando Eli acaba
de hablar.
—No lo sé. No quiero perderlo. Pero no sé si aguantaré ser sólo su amiga. Él seguro que sigue
comportándose genial conmigo y que me trata como siempre lo ha hecho. Y puede que eso sea aún peor
para mí.
—Debes superarlo, Eli.
—Sí. Y necesito que me ayudes a hacerlo —comenta su amiga emocionándose—. Ahora es cuando
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Capítulo 35
TUMBADA en su cama y con las persianas bajadas, escucha música. Una canción triste que se repite
una y otra vez. No tiene ganas de nada. Sólo de llorar. Ester tiene los ojos hinchados y el corazón
destrozado. Apenas ha comido cuando ha vuelto del partido y casi no ha hablado con sus padres. Ha
justificado su estado de ánimo con la excusa de la derrota, y ellos, más o menos, lo han aceptado. Aunque
la mayor derrota que ha sufrido hoy ha sido en el vestuario.
Las palabras de Rodrigo, y la actitud que ha tenido con ella, permanecen grabadas en su mente. No
consigue olvidar lo que ha pasado con su entrenador. Le resulta imposible hacerlo.
La tímida luz de la pantalla de su smartphone naranja ilumina el frasco roto de perfume de vainilla
que él le ha regalado. Sólo quedan cristales envueltos en papel, impregnados del dulce aroma que tanto le
gusta. Habría sido un detalle precioso. Nunca había recibido por su cumpleaños nada de alguien a quien
amara. Porque él es la primera persona de la que está enamorada.
¿Debe olvidarse de su amor?
Esperaba una disculpa, una llamada, un mensaje, al menos, en el que le pidiera perdón. En caliente se
hacen cosas de las que luego uno se arrepiente. Se cometen errores. Sin embargo, su teléfono no ha
sonado. Ni siquiera tanto tiempo después de que haya acabado el estúpido partido de voleibol.
Ella lo perdonaría. Sin duda. Sabe cuánto carácter tiene Rodrigo y lo en serio que se toma los
partidos. Pero es una buena persona. Está segura de ello. Y también de que la quiere y de que esto sólo
ha sido un arrebato pasional por haber perdido un encuentro tan importante para el equipo. Un pronto
tonto. Y ella ha sido quien lo ha pagado.
Y es que, a pesar del dolor que siente por dentro, desearía escucharlo, volver a verlo. Besarlo de
nuevo.
Como aquel día…
—Ester, cuando acudas al bloqueo, tienes que hacerlo con más decisión. No me vale con que llegues a la
red y saltes. Tienes que hacerte grande. Estirar mucho los brazos y poner las manos fuertes, como si un
tren se dirigiera hacia ti y necesitaras pararlo para salvar la vida. La adversaria tiene que ver en ti un
muro infranqueable, no una ventana que poder romper con su remate.
La chica asiente con la cabeza. Le encanta cuando le habla de esa manera. Es muy duro en los
ejercicios, pero no cabe duda de que es un grandísimo entrenador.
Desde hace unos días, se queda un rato más después de terminar para practicar el saque, la recepción,
los bloqueos… Y él lava corrigiendo en cada acción. Pero lo hace con mesura. Más sosegado que
cuando está con el resto del equipo.
—Comprendo.
—Muy bien. Probemos otra vez.
—Sí.
Cada uno se dirige a un lado de la red. Se miran fijamente y toman posiciones para hacer la jugada.
—¿Preparada?
—Sí. ¡Vamos!
Rodrigo lanza la pelota hacia arriba y se eleva. Ester salta al mismo tiempo. Cuando el chico va a
rematar, ella está a su altura. Sigue la indicación que su entrenador le ha dado antes y estira los brazos
todo lo que puede; aprieta los dientes y se concentra en poner la máxima fuerza posible en sus manos. Se
produce el remate. Y el posterior bloqueo. El balón golpea en las muñecas de la chica y cae al otro lado.
—¡Genial! ¡Estupendo punto!
—¡Gracias!
—Otra vez.
—¡Vale!
El entrenador coge otro balón y repite la acción con similares consecuencias. Ester vuelve a
bloquearlo con éxito. Y así hasta en veinte ocasiones prácticamente consecutivas.
A la vigésima, la chica se tumba boca arriba en el parqué, exhausta. Sonriente y también cansada,
mira hacia el techo del pabellón. Su abdomen sube y baja, agitado por el esfuerzo.
—Muy buen trabajo. Así es como tienes que hacerlo en los partidos.
Es él. Ha pasado por debajo de la red y ha puesto la cara justo encima de la de ella. Ya se había
fijado antes, pero hoy le parece más guapo que nunca. ¿Es normal que la atraiga un chico tan mayor?
—Muchas gracias. ¿Repetimos? —pregunta tras incorporarse y sentarse en el suelo.
—No —responde él cuando comprueba el reloj—. Están a punto de empezar a entrenar las mayores.
Ya has hecho bastante por hoy.
Le ofrece la mano para ayudarla a levantarse. La chica acepta y la coge para impulsarse hacia arriba.
Siente algo cuando contacta con su piel. No puede explicarse qué es, pero no hay duda de que es
especial. De pie, los dos se miran durante un segundo directamente a los ojos y se dedican una sonrisa
recíproca.
—Me… me voy a la ducha —dice ella, algo despistada.
—Y yo a la oficina a arreglar unos papeles —indica Rodrigo, subiéndose la cremallera de la
chaqueta del chándal.
—Bien. Hasta el jueves.
—Hasta el jueves.
La chica sonríe y se dirige hacia los vestuarios. Pero antes de llegar a la puerta oye la voz de su
entrenador, que la llama. Ester se vuelve y lo ve caminando hacia ella.
—¿Cómo te vas a casa? ¿En metro?
—Sí, cojo la línea dos y…
—Pues hoy te llevo yo en mi coche.
—No, no hace falta. De verdad. No te molestes.
—No es ninguna molestia. Se ha hecho muy tarde y no es plan de que vayas por ahí sola. Mientras te
duchas, yo soluciono lo de los papeles que tengo que tener preparados para mañana y, cuando estés lista,
nos vamos.
La joven vuelve a repetirle que no es necesario que la acerque, pero Rodrigo insiste y al final la
convence. Además, a Ester le encanta la idea de ir con él en su coche y de que la lleve a su casa.
—No tardo más de diez minutos.
—Vale. En diez minutos aquí.
Más sonrisas entre ambos y cada uno se en camina a hacer lo que tenía previsto. El entrenador se
marcha a las oficinas del club y la jugadora entra en el vestuario.
Ester se desnuda, se ducha y se viste más rápido de lo habitual. No quiere hacerle perder el tiempo.
Pero durante esos minutos no logra quitárselo de la cabeza. Le gusta ese chico, por eso se queda
practicando después de los entrenamientos. Le encanta estar a solas con él. Aunque sólo sea en la pista y
con un balón y una red de por medio. En ocasiones la regaña y le llama la atención por sus errores. Pero,
en otros momentos, se muestra cariñoso y divertido; Ester hasta tiene la impresión de que podría gustarle.
Sin embargo, cuando terminan de entrenar, bajo el chorro de la ducha, se conciencia a sí misma de que
eso es imposible. Regresa a la realidad. Es demasiado joven para él y Rodrigo nunca podría interesarse
por ella.
Pero esta tarde quiere llevarla a casa, ¿significará algo? No, sólo lo que él le ha comentado: que se
ha hecho tarde y se quedará más tranquilo si, en lugar de coger el metro sola, él la acompaña en su coche.
—Ya estoy —dice cuando lo ve al salir de los vestuarios. Ha tardado un poquito más por culpa del
pelo. Ha sido imposible secárselo.
—¿Nos vamos, entonces?
—Cuando tú quieras.
El joven le hace un gesto cómplice para que lo siga. Los dos se despiden del personal que se encarga
del pabellón y se dirigen hacia el aparcamiento. Rodrigo se saca del bolsillo un pequeño mando y pulsa
el botón negro que tiene en el centro. Se abren las puertas de un Seat Ibiza gris. Ester ya lo había visto
antes, pero subirse a él le causa impresión.
—El coche es muy bonito —afirma mientras trata de abrocharse el cinturón de seguridad.
—Me alegro de que te guste. Le tengo mucho cariño.
—Se nota. Está muy limpito y cuidado.
Rodrigo ríe, satisfecho, y arranca. Sale del aparcamiento y gira a la derecha.
—¿Pongo música?
—Vale.
—A ver si te gusta esto.
Busca en el reproductor un tema en concreto y, unos segundos más tarde, en el Seat Ibiza comienza a
sonar We found love, de Rihanna.
—¡Me encanta esta canción! ¡Adoro a Rihanna! —exclama Ester, moviendo su cabeza al ritmo de la
música.
—Pues entonces tenemos gustos musicales parecidos —comenta él alegre—. Por cierto, ¿dónde
vives?
La chica le da la dirección de su casa y abre un poco la ventanilla. Tiene calor. ¿Es él quien se lo
provoca? Puede ser. De vez en cuando lo observa de reojo o a través de los espejos del coche. La atrae.
Es la primera vez que se monta en un coche con un chico que no es de la familia. Y se siente mayor,
importante, por ir junto al entrenador del equipo. ¿Cómo la verá Rodrigo? Como a una cría. ¿Cómo va a
verla? Es que eso es lo que es. Una niña de quince años.
Durante el camino no hablan mucho. Ester está bastante nerviosa. No quiere decir nada que pueda
resultar tonto o infantil.
—¿Y tu hermana?
—¿Mi hermana?
—Sí, ¿no me hablaste de que tenías una hermana que trabajaba en una tienda en la que le regalaban
muestras de geles? ¿Cómo está?
—Ah. Pues está bien… O eso creo. No la he visto hoy.
—Genial.
Menuda pregunta estúpida que le ha hecho. No está acostumbrada a conversar a solas con chicos.
Mierda, qué tonta ha sido. ¿Y ahora? ¿Sigue hablando de lo mismo o cambia de tema? Quizá lo mejor sea
callarse y guardar silencio.
—¿Tienes novio?
—¿De verdad le ha preguntado lo que le acaba de oír?
—¿Cómo?
—Que si sales con alguien… Con algún chico.
Pues sí. Ha oído perfectamente.
—No.
—¿No te gusta nadie del instituto o de tu grupo de amigos?
—La verdad es que no.
—¿No? —insiste sorprendido—. Pues seguro que tienes una legión de adolescentes hormonados
pendientes de ti.
—Bueno… No es para tanto.
Ester se muere de vergüenza. En cambio, él sonríe. Parece que le divierte la charla. La joven no se
imaginaba que Rodrigo pudiera interesarse por algo así. Es su entrenador, para la mayoría de las chicas
un tipo duro y sin piedad. Si le contara a sus compañeras que el temible Rodrigo no es tan fiero como
parece…
—Mi última novia me dejó hace unos meses —comenta él de repente y sin dejar de sonreír—. Decía
que le dedicaba demasiado tiempo al deporte.
—Vaya. Lo siento.
—No lo sientas. Era insoportable. Nos pasábamos el día discutiendo. Fue lo mejor que podría
haberme pasado.
—Ah.
—Además era muy celosa. Pensaba que me enrollaba con las jugadoras de mi equipo. ¿Puedes
creértelo?
¿Contesta? ¿Se lo cree? ¿No se lo cree? No responde, pero siente curiosidad. ¿Se atreve a
preguntárselo?
—¿Y tenía motivos para ello? —suelta, valiente; pero en seguida se arrepiente de haberlo hecho.
—No. Nunca me he liado con ninguna de mis jugadoras —afirma con rotundidad. Pone el intermitente
y aparca en segunda fila.
La noche ha caído sobre Madrid. Las luces del Seat Ibiza iluminan el edificio en el que vive Ester. Es
el final del camino.
La chica suspira y se quita el cinturón. Le da muchísima pena tener que bajarse del coche.
—Llegamos.
—Sí. Otro día ya te contaré más cosas de mi ex… y de mi hermana.
Sonríen al mismo tiempo.
—Muchas gracias por traerme a casa.
—Un placer —apunta sin dejar de mirarla—. Ahora sí, nos vemos el jueves.
—Nos vemos el jueves.
Ester abre la puerta del copiloto y, cuando va a salir del coche, siente que la mano de Rodrigo le
sujeta un brazo. Al volverse, se lo encuentra inclinado hacia ella. Despacio, Rodrigo se acerca y, sin
saber cómo, Ester descubre que sus labios la están besando. No lo aparta, ni grita, ni intenta salir de allí.
Sólo cierra los ojos y se deja llevar, degusta su boca y saborea al máximo ese momento tan inesperado
como dulce.
Capítulo 36
—PERO si cuando conocí a César tú y yo todavía no… No nos habíamos besado.
Valeria y Raúl caminan juntos por la calle, rumbo a la cafetería Constanza, donde el Club de los
Incomprendidos se reúne cada domingo. La chica le ha explicado varias veces lo que sucedió la noche
anterior, pero, aun así, el joven insiste:
—De todas maneras, es muy extraño. No me parece normal que a un tío que te encuentras en el metro
y que, además, te deja dinero para el billete, vuelvas a verlo luego en la discoteca a la que vas. Rarísimo.
Otra vez la misma historia. Ya se la ha contado a Bruno y a María hace un rato en el partido de Ester,
y ahora le ha tocado relatársela a Raúl. Lo que no va a decirle es lo de Los Cien Montaditos, el nuevo
encuentro en el metro, la sangría… Eso para más adelante. Cuando se casen o tengan el primer niño.
—Sé que es raro. Pero las casualidades existen.
—Y los maníacos también.
—No creo que César sea un maníaco —repone Valeria algo molesta.
—Pues tienes que reconocer que lo parece.
—No hay nada que temer. Es un buen chico.
—Mmm. ¿Cuánto de bueno?
—¡No me digas que estás celoso!
—¡Claro que no! —exclama Raúl mientras gesticula—. ¿Es guapo?
—No me he fijado.
—Ya. No te has fijado…
Valeria resopla, aunque en el fondo le gusta que esté un poco celoso. Eso significa que de verdad
siente algo por ella.
—Sí, es guapo. Pero tú lo eres muchísimo más —dice. A continuación, le da un beso en la mejilla—.
¿Por qué no nos olvidamos ya de él y hablamos de lo que pasa con Elísabet?
Y es que, desde que colgaron el teléfono, sólo han hablado del estudiante de Periodismo. Presunto
estudiante de Periodismo. Pero para ella es más importante lo que le ha dicho su amiga: cuenta con ella
para ayudarla a superar lo de Raúl.
—Con Elísabet no pasa nada que no pueda controlar.
—Claro, sólo se te ha declarado dos veces y lo ha intentado todo para que estés con ella. Sin
olvidarnos de que anoche te besó antes de que lo hiciera yo. No, no ha pasado nada. Nada de nada.
—Terminará por aceptar que sólo podemos ser amigos.
—Eso espero. No parecía muy segura de ello por teléfono.
—Es normal. Está todo muy reciente —señala seguro de sí mismo—. Cuando encuentre a otro tío, se
le pasará lo que siente por mí. Y no creo que eso tarde en ocurrir.
—Ya. Ella no debe de tener problemas para encontrar pareja. Es tan guapa…
—Tú también. No te menosprecies.
—No puedo compararme con Eli. Ella es inalcanzable para mí —sentencia Valeria. Luego, hace una
mueca con la boca.
El chico la observa y sonríe. Se aproxima a ella y la abraza.
—¿Y para qué quieres compararte con ella? No se trata de una competición de misses. —Ahora el
beso en la mejilla se lo da él—. Además, ganaría Ester.
—¡Tonto! —grita ella al tiempo que se aparta y lo golpea sin demasiada fuerza en el brazo.
Pero, tras el débil puñetazo de Valeria, Raúl vuelve a abrazarla. Ella se resiste, pero finalmente se
deja hacer. Se acopla a su cuerpo y caminan al mismo tiempo, con el mismo paso. A la vista de todo el
mundo, son una pareja de novios. Sin embargo, ellos saben que lo suyo no ha hecho más que empezar.
—¿Qué harás para ayudar a Eli?
—No tengo ni idea.
—Lo más importante es que no descubra nada de lo nuestro. Cuando se entere, que sea porque se lo
contamos nosotros.
—No se me da bien mentir, me pongo colorada.
—Te pones colorada siempre, Val.
—Es lo que tiene ser de piel blanca —protesta refunfuñando.
A Raúl le divierte picarla. Se le enrojecen los pómulos y se pone muy nerviosa. Muestra inseguridad,
la misma que tenía cuando él la conoció hace ya más de dos años. Valeria sigue siendo una chica tímida,
pero por lo menos ahora se atreve a hablar con él.
—Me gusta tu piel. Es delicada. Como tú.
—Menos cachondeo, ¿eh?
—No es cachondeo —asegura con una sonrisa—. Es verdad. Tienes una piel muy bonita y suave.
La chica mueve la cabeza de un lado a otro. Se está burlando de ella. En fin. Hace un tiempo habría
salido corriendo o se habría escondido en algún lugar donde no pudiera verla.
—Dejemos de hablar de mi piel, anda. ¿Cómo vamos a entrar en la cafetería?
—Andando, ¿no?
—Estás muy gracioso hoy —comenta Valeria con los ojos entornados—. Me refiero a que no
podemos entrar los dos juntos en Constanza.
—¿Por qué no? Seguimos siendo amigos. Los amigos suelen ir juntos a los sitios. O eso es lo que
tengo entendido.
—Sospecharán.
—¿De que hemos empezado a salir? No creo.
¿Eso ha querido decir que ni él mismo los ve como pareja? Espera que no. No lo había pensado hasta
ese instante. Él es mucho más guapo que ella. ¿Y si no pegan y la gente se ríe o los señala cuando los vea
juntos?
—Da igual. Por si acaso, es mejor que entremos separados. Yo entro primero y tú vienes a los diez
minutos, ¿vale?
—¿Y qué hago yo diez minutos por ahí dando vueltas?
—Vete a ver tiendas.
—Es domingo.
—Seguro que encuentras algo que hacer. Sólo son diez minutos, Raúl.
El joven se encoge de hombros y termina accediendo a la petición de Valeria. No entiende muy bien
por qué deben hacerlo así, pero no quiere discutir.
La pareja llega a la calle del barrio de La Latina, donde está la cafetería Constanza. La chica se
detiene en una esquina y le pide a Raúl que se pare también.
—¿Qué pasa ahora?
—Aquí nos separamos.
—¿Aquí? ¡Si tu cafetería está a un kilómetro!
—Bueno, mejor prevenir. Nos vemos dentro de diez minutos.
Y tras darle un beso rápido en los labios, después de asegurarse de que nadie los miraba, cruza
corriendo al otro lado de la calle a la altura del semáforo.
«Es mejor así», piensa Valeria mientras camina. Ya le gustaría a ella contarle a todo el mundo que
está saliendo con Raúl. Pero, si van a mantenerlo en secreto, tienen que hacer las cosas bien y no
arriesgarse a ser descubiertos.
Mira el reloj; es la hora a la que habían quedado. ¿Habrá llegado ya alguno de sus amigos?
Cuando abre la puerta de la cafetería descubre que no. Ella es la primera del grupo en entrar. No hay
demasiada gente: un par de mesas con parejas tomándose un café y un anciano en la barra. Su madre la
saluda y le pide que se acerque. La joven pasa al otro lado del mostrador y le da dos besos.
—¿Mucho trabajo? —le pregunta mientras busca con la mirada a alguno de los camareros que
trabajan allí.
—Ahora no demasiado. Pero hemos tenido un mediodía ajetreado. Los chicos acaban de irse.
El rostro de la mujer denota el cansancio que arrastra. Tiene los párpados caídos y las cuencas de los
ojos moradas. Se nota que lleva muchas horas allí.
—Luego te ayudo yo.
—Bien. Muchas gracias —dice al tiempo que apoya las manos en las caderas—. Tus amigos vienen
ahora, ¿verdad?
—Sí. Deben de estar al llegar.
—Esta mañana, muy temprano, ha venido Raúl.
A Valeria se le ponen los ojos como platos. Cuando se da cuenta de su reacción, trata de calmarse y
sonríe.
—¿Ah, sí? ¿A qué?
—Pues a ver si estabas para desayunar contigo. ¿No fue luego a casa?
—Eh… No —miente.
—Qué raro. Creía que tras salir de Constanza iría para allá —comenta mientras se dirige hacia la
cafetera—¡Hemos estado hablando un rato los dos. Incluso de que de pequeña te encantaba desayunar
chocolate con churros.
¡Qué capullo! ¡Por eso lo sabía! Se muerde el labio para contenerse y no gritar de rabia. Y ella que
pensaba que… ¡Se va a enterar cuando…!
En ese instante, la puerta de la cafetería vuelve a abrirse. Un joven tapado con una capucha gris entra
en el establecimiento. Se aproxima hasta donde están madre e hija y las saluda afectuosamente.
—Me alegro de volver a verte, Raúl.
—Igualmente, Mará.
Valeria sonríe entre dientes y también lo saluda con la mano. Ha llegado cinco minutos antes de lo
pactado. Ahora no es el momento de soltarle nada, pero ya lo hará.
—Mamá, ¿no te importa que…?
—No te preocupes, hija —la interrumpe—. Ya me echarás una mano cuando acabéis.
—Gracias.
—Lo que necesitéis o queráis merendar no tenéis más que pedirlo o cogerlo vosotros mismos. Como
siempre.
—Gracias, Mará. No sé cómo nos soportas después de tanto tiempo.
La mujer sonríe y se mete en la cocina a la vez que Valeria sale del mostrador y se reúne con el
joven.
—¿También vas a ligarte a mi madre? —le pregunta en voz baja.
—No creo que se deje. Demasiado para mí —contesta él en el mismo tono.
—Mañana, si quieres, puedes invitarnos a desayunar chocolate con churros a las dos. Pero no hace
falta que vengas a casa, aquí lo ponen muy rico.
Raúl se quita la capucha y sonríe con picardía. Lo han pillado.
—¿Ya te lo ha dicho?
—¿Tú qué crees? Ya me parecía extraño que supieras ese detalle sobre mí.
—Sé otras cosas.
—¿Sí? Sorpréndeme.
Sus rostros se aproximan mucho. Valeria lo desafía con la mirada. La tensión de sus ojos se mezcla
con unas inmensas ganas de besarlo.
Su madre está en la cocina y los clientes de la cafetería no están mirando.
¿Se lanza? Sólo es un beso… Un simple beso.
Se acerca aún más a él, sin pestañear. Ninguno de los dos se aparta. Ninguno de los dos frena. Es
como si dos coches se dirigieran por el mismo carril uno contra el otro hacia el mismo punto. Hasta que
sus caras se tocan. Nariz con nariz, frente con frente. Ella es la que por fin ladea la cabeza y cierra los
ojos. No puede reprimirse más. Busca los labios del chico, pero no los encuentra. Sólo hay un vacío. Y
después un toquecito en la cabeza.
Cuando abre los ojos contempla la expresión desconcertada de Raúl. Éste le indica que se dé la
vuelta. La chica lo hace y, estupefacta, descubre a una boquiabierta Ester, que acaba de entrar en la
cafetería Constanza.
Capítulo 37
LOS seis están sentados alrededor de una mesa situada en una de las esquinas de la cafetería Constanza.
Desde hace unos meses, es el lugar en el que el Club de los Incomprendidos convoca las reuniones del
grupo. Las oficiales. Es un sitio cómodo y bastante grande, y además la madre de Valeria los invita a
merendar.
Menos de un minuto después de que llegara Ester, apareció María e, instantes más tarde, Elísabet.
Bruno, como siempre, ha sido el último, retrasándose diez minutos de la hora prevista.
—Queda abierta la sesión número ciento setenta y seis del Club de los Incomprendidos —dice Raúl
con voz solemne mientras abre un cuaderno grande de hojas blancas. Después, anota la fecha en la parte
superior de la página—. ¿Cómo se presenta la semana? ¿Quién quiere hablar en primer lugar?
El joven observa uno por uno a los demás. Se detiene un poco más en Ester, a la que él y Valeria sólo
han tenido tiempo de decirle que no les cuente al resto nada de lo que ha visto antes. Ya se lo explicarán
después, cuando termine la reunión. Ella les ha asegurado que guardará el secreto, aunque todavía
continúa sorprendida.
—Yo misma —interviene Eli, que no ha apartado la mirada de Raúl desde que ha llegado a la
cafetería—. En Lengua y Literatura no hay mucho que hacer. Unos cuantos ejercicios de clasificación de
las palabras según la familia semántica y pasar los apuntes de Literatura Medieval a ordenador.
Controlado.
—¿Has pasado ya lo que te quedaba del tema anterior?
—Estoy en ello. Esta noche me pongo.
Raúl anota en la libreta lo que Eli le cuenta. Así lo hace con todos los comentarios que surgen por
parte de cualquiera de los chicos. Durante varios minutos, cada uno de ellos expone lo que ha hecho y lo
que va a hacer durante la siguiente semana. Cada miembro del club tiene encomendada una asignatura de
las que componen primero de Bachillerato e, individualmente, se dedica a ella en profundidad. Luego, le
pasa el material —apuntes, ejercicios, resúmenes, consideraciones de los profesores— al resto.
María se encarga de Filosofía; Bruno, de Matemáticas; Ester, de Economía; Valeria, de Historia;
Raúl, de Inglés y Francés, y Elísabet, de Lengua y Literatura. Las asignaturas de Educación Física —en su
parte teórica— y Ciencias del Mundo Contemporáneo se las reparten entre todos, ya que son las dos más
sencillas.
Es algo que hacen desde hace dos años, cuando estudiaban tercero de la ESO. Por aquel entonces
eran cinco, ya que Ester aún no había llegado a su instituto. Se dieron cuenta de que, si colaboraban en
grupo, el trabajo sería menor y el resultado, más productivo. Al comienzo, las reuniones sólo eran una
excusa para pasar más tiempo juntos, pero, poco a poco, viendo que el sistema del reparto de tareas
funcionaba, se fue convirtiendo en una rutina y también en una obligación a la que ninguno podía fallar
para no perjudicar a los demás.
Sus notas medias subieron mucho, todos estaban por encima del siete y medio. Siempre llevaban a
clase los ejercicios hechos y los apuntes y resúmenes del temario al día y pasados a ordenador. Y todo
con una sexta parte del esfuerzo que hacía la mayoría de alumnos.
—Bien. Tratado el plan de la semana en el instituto, ¿alguien tiene algo más que comentar?
Tras terminar de hablar de las tareas semanales de cada uno de los miembros, el grupo siempre
debate otro tipo de temas que pueden estar relacionados con cualquier aspecto, ya sea individual o
colectivo.
De nuevo, Eli es la que toma la palabra.
—Creo que deberíamos eliminar estas reuniones —sugiere con voz firme y rotunda.
Los otros cinco la observan fijamente, la mayoría sorprendidos, y también se miran entre ellos.
—Explícate —la insta Raúl, que ya sabía que su amiga saldría con algo así tarde o temprano.
—Pues… me parece que esto que hacemos estaba muy bien antes. A todos nos ayudaba, y también
nos servía como excusa para reunimos y estar juntos. Pero ahora… A mí por lo menos se me hace pesado
reunirme dos veces por semana por obligación.
—No vengas, nadie te obliga —apunta Bruno, a quien no le ha gustado el tono que Eli ha utilizado
para expresar su opinión.
—No creo que tú seas el más indicado para decir si tengo que venir o no. Eres el que ha faltado a
más reuniones —se defiende la chica.
—Lo sé. Sólo te digo que, si ya no quieres estar con nosotros, puedes coger otro camino. Nadie te
obliga a seguir aquí.
En ese instante, Elísabet busca con la mirada a Raúl para que diga algo en su defensa. Éste
comprende su gesto y habla:
—Vamos a ver, lo que dice Eli es que no hace falta que nos reunamos aquí dos veces por semana
para seguir haciendo lo que hacemos. ¿No es así?
—Eso es. Nos vemos en clase, en los recreos, algunas veces después del instituto… Y ya somos
mayorcitos para hacer este tipo de cosas. Parecemos scouts. Cada uno podría seguir ocupándose de su
asignatura y pasarle el material a los demás, pero sin tener que reunimos.
—Eso lo dices porque estás cansada de nosotros y sólo nos quieres para que te sigamos haciendo el
trabajo.
—No, Bruno. No es eso.
—Pues yo creo que sí —insiste el chico—. Hace tiempo que vas a tu bola. Si sigues en el grupo es
porque trabajas lo justo y sacas buenas notas. Pero principalmente continúas… porque está Raúl.
Las palabras del joven provocan que la tensión aumente.
—¡Eh, a mí no me metas en tus paranoias! —exclama el aludido.
—¿Paranoias? Dime que no es verdad. ¿O es que creéis que somos tontos y no nos hemos dado
cuenta?
—En lo que a mí respecta, puede que sí lo crea —comenta Eli bastante alterada—. Raúl y yo somos
amigos. Nada más.
—A saber qué hicisteis anoche en la discoteca.
—¡Divertirnos! Algo de lo que tú no tienes ni idea.
—Prefiero aburrirme que divertirme como lo haces tú.
La confrontación entre Elísabet y Bruno caldea demasiado el ambiente. Hacía tiempo que ambos no
se llevaban tan bien como antes.
—Chicos, dejadlo ya —interviene Ester tratando de calmarlos.
Bruno, sin embargo, se levanta y mira fijamente a Elísabet. Ella hace lo mismo, aunque permanece
sentada.
—No. Lo mejor es que Eli nos diga lo que piensa de mí y del resto.
—No tengo nada en contra de nadie, Bruno. No quieras ponerme en contra del grupo.
—Tú sólita lo has conseguido, no me concedas ese mérito.
—No sé qué te he hecho para que me trates así. Simplemente he dicho que me parece que estas
reuniones sobran.
—No sobraban cuando nadie hablaba contigo y sólo nos tenías a nosotros.
Esa afirmación deja sin palabras a Eli, que opta por volverse y mirar hacia otro lado. Se cruza de
piernas y murmura algo entre dientes.
—¿Puedo decir algo? —pregunta María rompiendo el tenso silencio que se ha creado.
—Claro —responde Raúl.
—Gracias. —Observa primero a Bruno y luego a Elísabet antes de continuar—. No me gusta veros
así. El Club de los Incomprendidos lo formaron cinco personas que se llevaban bien y a quienes nadie
más hacía caso. Nosotros creamos este grupo para desconectar del mundo y pasar buenos momentos. Yo
sigo disfrutando mucho de todos vosotros, aunque tengo que reconocer que las cosas han cambiado,
porque todos hemos cambiado.
—Es normal que hayamos cambiado, Meri —añade Eli algo más tranquila.
—Sí. Es normal. Y debo reconocer que a mí hoy tampoco me apetecía venir a la reunión. Tú lo sabes,
Bruno.
El chico asiente con la cabeza, se acomoda otra vez en su silla y recuerda para sí los motivos por los
que su amiga no tenía ganas de asistir al encuentro. Es muy posible que
María se vaya pronto a Barcelona, a vivir con su padre. Ha pensado mucho en ello desde que se lo ha
comentado, y cada vez le entristece más que pueda suceder algo así. Su amiga no les contará nada a los
demás hasta que lo tenga confirmado al ciento por ciento.
—Vale, no soy yo sola quien está en contra de las reuniones.
—No he dicho eso, Eli —la corrige la pelirroja—. Pienso que las reuniones son buenas porque nos
permiten seguir juntos. Si nos damos distancia, terminaremos rompiendo lo que une nuestra amistad. Y
creo que, aunque todos hemos cambiado, unos más y otros menos, seguimos necesitándonos.
Una tímida sonrisa aparece en el rostro de María, que agacha la cabeza cuando concluye. Ester, que
está a su lado, percibe su emoción.
—Meri tiene razón, chicos —añade ésta al tiempo que le da una palmadita en el hombro a su amiga
—. Yo fui la última en incorporarme al Club, y no sé qué habría hecho sin vosotros. Me siento muy bien a
vuestro lado y no quiero que las reuniones se terminen.
Un silencio sólo alterado por el ruido de platos y vasos de la cafetería se instala en la mesa que
ocupan los seis chicos.
—Aunque yo fui el que tuvo la idea del club —comenta ahora Raúl—, comprendo a Eli. A mí
también se me ha pasado por la cabeza lo que ella plantea. Pero me da miedo dejar esto, ya que durante
mucho tiempo me ha servido de escape.
—Piensas como ella porque los dos estáis… juntos. ¿No?
Es la voz de Bruno la que se oye.
—No estamos saliendo. Eli y yo no tenemos nada. Como ella ha dicho antes, sólo somos amigos.
Como siempre.
—No es la impresión que da.
—La impresión que tú tengas no nos importa —interviene de nuevo Elísabet.
—Me parece que es algo que no pienso yo solo. ¿No es verdad?
El chico mira a Ester buscando su apoyo. En cambio, su amiga no se lo ofrece. Ella sabe que, en
realidad, los que están juntos son Raúl y Valeria, pero no puede decir nada. María tampoco se moja.
Anoche lo estuvieron hablando entre los tres, pero no es el mejor momento para seguir echándole leña al
fuego. Así que el joven se queda solo en su opinión. Se siente molesto. Y más tras la nueva intervención
de Eli:
—Pues parece que sí. Que sólo lo piensas tú —dice sonriente y satisfecha—. ¿Quieres que te
repitamos más veces que sólo somos amigos?
El tono sarcástico que emplea la joven enfada un poco más a Bruno. Pero el chico se niega a seguir
discutiendo solo con ella. Se cruza de brazos y se reclina en su asiento. Por él, la reunión ha terminado.
—Bueno, para no seguir discutiendo el asunto de las reuniones, ¿qué os parece si lo votamos? —
propone Raúl—. ¿Nos seguimos reuniendo aquí los domingos y otro día más de la semana o cada uno se
dedica a su asignatura y le pasa al resto lo que vaya haciendo de ella?
El otro chico no responde, pero las cuatro muchachas están de acuerdo con Raúl. Éste arranca una
página de la libreta y la rompe en seis trozos más pequeños. Uno a uno, se van pasando el bolígrafo y
escriben si quieren continuar o no con las reuniones obligatorias del club. Cuando acaban, lo doblan y se
lo van entregando a Raúl, que agrupa todos los papelitos.
—Empiezo el recuento —dice una vez que tiene los seis. Alcanza el primer papel, lo desenvuelve y
lee la respuesta en voz alta—: Sí.
Pero el siguiente es no. Y el tercero. También el cuarto. El quinto dice que sí. Y el sexto… está en
blanco.
—Por tres votos a dos quedan anuladas las reuniones obligatorias del Club de los Incomprendidos.
Capítulo 38
PRIMER día del curso 2009 - 2010. A algunos les han comentado que tercero no será tan sencillo como
segundo. Unos lo creen y otros no. Siempre que empieza un nuevo año de clases sucede lo mismo: las
advertencias de compañeros mayores, padres y profesores sobre que hay que esforzarse mucho más para
aprobarlo todo.
Elísabet y Valeria no están demasiado preocupadas por eso. Han llegado temprano para elegir sitio.
No piensan ponerse en las primeras filas, como durante el curso anterior. Ya han escarmentado. Este año
quieren estar más alejadas de los profesores, en la parte de atrás de la clase.
—¿Izquierda o derecha, nena?
—Mmm. No sé. ¿Izquierda?
—Vale.
Rápidamente, se dirigen hacia la última fila de la izquierda del aula de tercero B. Eli se coloca
pegada a la pared, y Valeria en la mesa de al lado. Ésa será su ubicación para todo el año. Colocan las
mochilas en el suelo y celebran haber escogido unos asientos tan buenos. Es el segundo curso al que van
juntas. ¡Menuda alegría se llevaron cuando se enteraron! Segundo no estuvo nada mal. Sirvió para que se
hicieran todavía más amigas. Compartieron grandes momentos. Aunque tuvieron que aguantar muchas
estupideces y bromas de todo tipo sobre su sexualidad —les preguntaban si eran novias y cosas por el
estilo—, ellas pasaban de las tonterías y disfrutaban de su gran amistad.
—¡Dios, no me lo puedo creer! ¡Nos ha tocado con las bolleras! —exclama un chaval rubio, con tupé,
que acaba de entrar.
Éste, acompañado de dos amigos más, se dirige hacia la zona de la clase donde se han sentado Eli y
Valeria. Son tres repetidores. Las chicas los ven acercarse y resoplan.
—Oye, estás más guapa este año, rubita —comenta el chico mientras apoya los codos sobre la mesa.
—Gra… gra… cias, Raimundo —tartamudea Valeria sonrojándose. En sólo un segundo, se ha puesto
rojísima.
—Anda, ¿sabes mi nombre? ¡Soy famoso!
¿Quién no ha oído hablar de Raimundo Sánchez, el delegado de esa misma clase durante el curso
pasado? Hasta entonces, en aquel instituto nunca había repetido curso un delegado. Pero es que este chico
todo lo que tiene de fuerte y atractivo le falta de inteligencia y horas de estudio. Tampoco han conseguido
pasar a cuarto ni Manu Díaz, el chico del pendiente que va con él, ni Rafa Treviño, uno de los tipos más
desagradables de todo el centro, el perrito faldero de Rai.
—Bueno…
—Luego, si quieres, nos vamos al baño tú y yo…
—¿Qué quieres, tío? —lo interrumpe Elísabet desafiante—. Déjanos en paz.
—Tú, Granos, trátame con respeto y de usted, que te saco un año.
—Será en el DNI, porque lo que es mentalmente…
Los tres repetidores se miran entre ellos y se ríen a carcajadas. Sin embargo, la expresión de
Raimundo cambia cuando se vuelve de nuevo hacia las dos amigas.
—Niñata, te advierto que si no te portas bien vas a sufrir mucho este año.
—No te tengo miedo, capullo.
—¿He oído bien? ¿Me has llamado capullo?
—Sí. ¿Es que además de un capullo eres sordo?
—¿Cómo te atreves? Tendrías que ponerte una careta para venir al instituto y hablar conmigo.
—¿Eso se te ha ocurrido a ti solo con la única neurona que te queda o te lo han soplado tus amiguitos
macarras?
La insolencia de Eli enfada a Rai y a sus amigos. Éstos dialogan entre ellos en voz baja mientras las
dos chicas se atrincheran detrás de sus mesas.
—Hemos decidido que queremos esos sitios —señala el rubio muy serio, amenazante—. Marchaos a
otra parte de la clase. ¡Ya!
Valeria está muy alterada y ya no lo soporta más. Está muy asustada. Se siente intimidada por esos
chicos a los que teme todo el instituto. No quiere problemas el primer día. Se levanta para dejar los
asientos libres, pero la mano de Elísabet la detiene.
—No me da la gana —responde la joven, valiente—. Hemos llegado primero y vamos a quedarnos
aquí.
—¿Qué dices, delgaducha?
—Lo que oyes. Éstos son nuestros sitios y no pensamos movernos.
—¿Nos estás haciendo frente, Granos? —pregunta el del pendiente al tiempo que da un paso adelante.
Y sin que las chicas lo esperen, se agacha y saca de debajo de la mesa la mochila de Valeria. Ésta se
queda inmóvil, llorosa, mientras contempla como el tipo abre la cremallera y empieza a registrar sus
cosas.
—¡Eh, tú! ¡Suelta la mochila de mi amiga! —grita Eli. Se levanta en seguida.
—Y si no ¿qué?
—¡Si no…!
No le salen las palabras. Muy enfadada, Elísabet abandona su asiento e intenta quitarle la mochila a
Manu, pero éste la esquiva y se la pasa a Rafa, quien a su vez se la entrega a Raimundo.
—¿La quieres, Granos? ¿La quieres? —pregunta sonriente mientras la joven se dirige hacia él—.
Pues ve a por ella.
El rubio lanza la mochila hacia el otro lado de la clase. Al estar abierta, todas las cosas de Valeria
salen despedidas por los aires y se dispersan por el suelo del aula.
—¡Eres un gilipollas! —grita Eli, enrabietada.
Uno por uno, va recogiendo los objetos de su amiga, que, petrificada, es incapaz de moverse de su
silla. Hasta que los repetidores le ordenan de nuevo que se levante. Valeria obedece y, en silencio, se
aproxima a Eli, que continúa insultándolos. Las dos terminan de recuperarlo todo y buscan otro lugar en
el que sentarse. Se deciden por la parte derecha del aula, en el extremo opuesto adonde ríen los que
acaban de quedarse con sus asientos.
En ese instante, un chico alto y desgarbado entra en la clase acompañado del profesor de
Matemáticas. El muchacho señala a las chicas y ambos acuden junto a ellas.
—Buenos días, jóvenes. Me alegro de encontrarme un año más con ustedes. Durante este curso seré
su tutor —comenta prácticamente sin pestañear—. Este muchacho me ha dicho que las han molestado.
¿Serían tan amables de indicarme quiénes han sido los responsables de tal ofensa el primer día de clase?
Valeria y Elísabet se miran sorprendidas. Finalmente, las dos se vuelven hacia la esquina donde
Raimundo y sus amigos siguen riéndose.
—Esos —responde Eli al tiempo que los señala.
—Muchas gracias.
El profesor de Matemáticas camina hasta el trío de repetidores y, con firmeza y en su habitual tono de
voz, les pide que lo acompañen. En un principio, Rai y sus secuaces no acceden, pero unas palabras que
el hombre pronuncia en voz baja terminan convenciéndolos. Los cuatro salen de la clase rumbo al
despacho del director.
Las dos amigas festejan entre ellas aquella intervención tan oportuna y recuperan su sitio. Mientras, el
joven alto y desgarbado se sienta en la penúltima mesa del otro lado de la clase.
—Ese chico es al que se le murió el padre, ¿verdad? —le consulta Eli a Valeria en voz baja.
—Me parece que sí. Es un año mayor que nosotras.
—Pobrecillo.
—Sí. Me da un poco de pena. El año pasado, siempre que lo veía, estaba solo.
—Parece majo. ¿Le decimos que se siente aquí con nosotras?
—¡No! Ya sabes que hablar con chicos me da mucha vergüenza.
—Venga, nena. Algún día tendrás que quitarte ese trauma que tienes con los tíos… Espera.
Elísabet vuelve a levantarse y camina hasta donde está sentado el joven, que escribe algo en su
cuaderno. Valeria va tras ella, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¡Hola! —grita Eli una vez delante de él—. Muchas gracias por… ayudarnos a mi amiga y a mí.
—De nada —responde tranquilo. Tiene una voz dulce y, aunque no es guapo, posee algo especial—.
Cuando entré en la clase vi que esos tipos os estaban fastidiando, y entonces avisé al profesor de
Matemáticas.
—Sí, son muy pesados.
—Lo sé.
El año anterior compartió con ellos varios meses de curso, hasta que dejó el instituto. La depresión
que sufrió tras la muerte de su padre le impidió rendir en clase. Por eso prefirió dejar de ir. Aunque no
perdió el tiempo. Durante ese período que pasó en su casa, estudió Inglés y Francés y escribió el guión
de una película. Su sueño es llegar a convertirse en un gran director de cine algún día.
—¿Por qué no te sientas con nosotras?
El joven las observa extrañado. Nadie ha sido tan amable con él desde hace bastante tiempo. Parecen
muy raras, pero también agradables. ¿Por qué no? Asiente sin dejar de sonreír. Recoge sus cosas y se
traslada con ellas al extremo izquierdo del aula. Se sienta delante de Elísabet, en la penúltima mesa de la
última fila.
—Me llamo Raúl.
—Yo soy Eli… y ella es Valeria.
El chico mira a la más bajita de las dos. Ésta se sonroja y sólo es capaz de saludarlo con la mano. Es
más guapa que la otra, pero da la impresión de ser extremadamente tímida y vergonzosa. El chico no
puede evitar sentir una gran simpatía hacia ella. Le gusta.
—Me alegro de conoceros.
—Igualmente.
Elísabet y Raúl dialogan entretenidos mientras Valeria escucha con atención lo que dicen su amiga y
su nuevo compañero. Así pasan el rato hasta que suena la campana de la primera clase. El resto de los
alumnos ocupan sus asientos. Todos excepto los tres repetidores que han acompañado al profesor de
Matemáticas, que no volverán hasta dentro de una semana. Y una extraña pareja, formada por un chico
bajito y una pelirroja con gafas, que llega dos minutos tarde. Ésta busca un lugar donde sentarse y mira
hacia los asientos del fondo, donde reconoce, sorprendida, al joven que le dio su primer beso. Justo a su
lado, quedan dos mesas libres.
 
Parece que han pasado cientos de años desde que lo vio por última vez. Por eso, cuando Raúl está al
fin frente a ella, tras salir al rellano y recibirlo en la puerta de su casa, le rodea el cuello con los brazos y
lo besa en los labios. Intensamente. Con pasión y confianza. Como si llevasen de novios varios meses.
Y eso que hace sólo cinco minutos que Valeria ha llegado al piso. El efecto de la sangría no ha
desaparecido del todo todavía, pero debe disimularlo. Más le vale.
—Sabes a menta —le dice el joven mientras pasan adentro—. ¿Te has lavado los dientes?
—Claro. Es lo que se hace después de comer, ¿no?
Y además oculta el aliento a alcohol, detalle que Valeria no especifica. Le fastidia no contarle la
verdad, pero no sabe cómo se tomaría Raúl lo de César. No ha sido más que un inocente encuentro en un
bar de bocadillos. Sólo eso. No quiere que lo interprete de otra manera, así que lo mejor es omitirlo.
La pareja camina hasta el salón y se sienta en el sofá sobre el que esa mañana se quedaron dormidos.
Tras varios besos, unas cuantas carantoñas y más y más abrazos, se miran a los ojos. Tienen mucho de lo
que hablar.
—¿Sabes? Te he echado de menos —comenta Raúl al tiempo que le acaricia la cara—. ¿Tú a mí no?
—Mucho. —Le besa la mano y sonríe—. Pero no me tengas más en ascuas. ¿Qué ha pasado en casa
de Elísabet?
El chico resopla. Se sienta derecho y aparta la mano del rostro de Valeria.
—Pues digamos que Eli no se había dado por vencida aún y ha vuelto a intentar que surgiera algo
entre nosotros.
—¿Cómo? ¿Ha vuelto a declararse?
—Sí. Y al insistirle en que no quería nada con ella le ha dado un ataque de ansiedad, por eso he
tenido que quedarme a comer en su casa. Temía que pudiera pasarle algo estando sola. Sus padres no
vuelven hasta la noche.
—¡Madre mía! Qué mal rollo.
Raúl le explica más detalladamente la conversación que han mantenido los dos, pero evita contarle lo
del beso y otros pormenores parecidos que pudieran causarle daño. Durante varios minutos, le narra todo
lo sucedido; Valeria, atenta, sólo lo interrumpe para mostrar su sorpresa por lo que oye.
—Se supone que tú de esto no sabes nada —advierte el joven cuando termina—. Será un secreto
entre Eli y yo.
—¿No va a contármelo ella?
—No. Prefiere mantenerlo oculto. No quiere darte la impresión de que está desesperada.
—Pobre. Me da pena.
—No te preocupes. Cuando me he ido se encontraba mucho mejor.
Valeria no está tan segura de eso. En menos de un día, dos rechazos por parte de la persona de la que
está enamorada… Eso debe de haberle dolido en lo más profundo de su corazón.
—¿Y ahora qué hacemos?
—¿Qué hacemos con qué?
—Con lo nuestro, Raúl. Si lo contamos… la mataríamos. Y ella nos mataría a los dos.
—O algo peor. Por eso creo que lo mejor es no decir nada, como habíamos decidido. Ni a Eli ni al
resto del grupo. Quizá ese tiempo de secretismo tenga que durar más.
—Buff. No será sencillo.
—Pues es lo que toca. No nos queda más remedio.
Valeria cierra los ojos y apoya la cabeza en el hombro de Raúl. Qué complicadas son las cosas.
Lleva más de un año enamorada de él en silencio y, cuando por fin sucede lo que tanto deseaba, tiene que
ocultarlo.
—¿Sigues pensando que esto merece la pena?
—¿Salir juntos? Por supuesto.
Y siente su mano en la nuca. Suavemente, deslizándola de arriba abajo, le peina el cabello. Su pelo
baila al son de los dedos del joven. Detendría el tiempo en ese instante y viviría ese momento una y otra
vez . Le encanta que la trate de esa forma. Raúl siempre ha sido muy cariñosa con ella, pero de otra
manera. No imaginaba que como pareja sería todavía mejor que como amigo.
—Entonces, ¿no te arrepientes de haberme pedido que sea tu chica en pruebas?
—¿En pruebas?
—Sí. Estoy en período de pruebas, ¿no?
Una pequeña risa como respuesta.
—No estás en período de pruebas, Val —contesta casi susurrando—. Pero no llevamos juntos ni
veinticuatro horas. No quiero engañarte hablando de amor y de sentimientos. Sólo sé que hoy me gustas
más que ayer. Y, posiblemente, menos que mañana.
—¿Posiblemente?
—Posiblemente posible.
La joven arquea las cejas y se vuelve hacia él. Se ha perdido. Pero le vale la aclaración. Y, sobre
todo, le vale él. Sentirle así de cerca en todos los aspectos. Abre mucho los ojos y lo contempla con una
sonrisa. ¡Cuánto le apetece darle un beso! Se inclina poco a poco sobre su cuerpo, se apoya en su pecho y
lo obliga a tumbarse en el sofá. No arde en deseo, sino en amor. No quiere desnudarlo, sólo probar sus
labios. Y no se contiene más.
Sin embargo, el beso se interrumpe porque en el salón comienza a sonar Moves like jagger, de
Maroon 5 y Christina Aguilera.
—Mi BlackBerry —dice Valeria, incorporándose.
—No contestes. Que llamen luego.
—No puedo. Es Eli.
¡Cuántas veces bailaron juntas esa canción cuando salió! A las dos les encantaba. Tanto que ambas la
eligieron como sintonía para sus móviles cuando la otra la llamara.
La chica se levanta y se precipita sobre la BB, que está encima de la mesita. Toma aire antes de
descolgar y le pide a Raúl que guarde silencio. Éste asiente con la cabeza.
—Hola, Eli —contesta. Su voz se quiebra al hablar y carraspea.
—¡Por fin! —exclama su amiga al otro lado de la línea—. ¡Cuesta más hablar contigo que con un
ministro! ¿Dónde te has metido?
—Perdona. Tendría que haberte escrito o llamado antes. Es que… —Piensa de prisa en algo que
contarle—. Entre unas cosas y otras, no he podido.
—¿Te ha pasado algo?
—No. Bueno…
Valeria mira a Raúl con los brazos abiertos, haciéndole gestos para que la ayude. Él se encoge de
hombros sin saber qué decirle.
—Nena, estás muy rara. ¿Te ha pasado algo que no me quieras decir?
No se le ocurre nada. Así que… último recurso:
—Es que anoche conocí a un chico en la discoteca.
—¡Qué dices! ¿Me hablas en serio?
Ahora el sorprendido es Raúl, que frunce el ceño. La expresión de su rostro cambia y le pregunta a
Valeria, moviendo tan sólo los labios, si es verdad. Ella se sonroja y le pide tranquilidad con un ademán
de la mano. Sin embargo, el joven no le hace caso y se acerca hasta ella para escuchar lo que dicen.
—Bueno… Ya hablaremos del tema.
—¿Fue uno de aquellos universitarios buenorros?
—Esto…
—¿Os liasteis?
—¡No! ¡Qué va! ¡No nos liamos! —grita mientras mira a Raúl, que se ha cruzado de brazos pidiendo
explicaciones.
—Y qué, ¿cómo es?
—Eli, de verdad, déjalo ahora. Ya hablaremos más tranquilas. Prefiero contártelo en persona.
—Está bien, como quieras. Pero tienes que darme todos los detalles. ¡Es que es muy fuerte que te
hayas ligado a un universitario!
En ese momento, Valeria quiere morirse. Se siente culpable al ver que Raúl la mira de forma
acusadora. Luego le tocará explicar lo que sucedió anoche en la discoteca. Aunque tendrá que decidir
qué puede y qué no puede contar.
Tras un breve silencio, Valeria retoma la conversación intentando que su amiga sea el centro de
atención.
—¿Y tú cómo te encuentras?
—Regular. No te voy a engañar. No llevo un día demasiado bueno.
—Lo siento.
—Son cosas que pasan. Por lo visto no soy lo suficientemente buena para Raúl.
—No digas eso. Seguro que él…
—No lo disculpes, nena. Está claro que sólo me ve como a una amiga o como a alguien con quien
tener un rollo de una noche loca.
Lo que dice Elísabet llega a oídos del chico, que se lamenta moviendo la cabeza de un lado a otro.
Prefiere no seguir enterándose de la conversación. Se sienta en el sofá y observa cómo Valeria escucha
pacientemente todo lo que su amiga le cuenta durante diez minutos. Pero ella casi le presta más atención a
la actitud de Raúl que a las palabras de Elísabet. Ambos intercambian miradas y alguna frase en voz baja.
—Las cosas volverán a la normalidad entre vosotros —termina asegurando Valeria cuando Eli acaba
de hablar.
—No lo sé. No quiero perderlo. Pero no sé si aguantaré ser sólo su amiga. Él seguro que sigue
comportándose genial conmigo y que me trata como siempre lo ha hecho. Y puede que eso sea aún peor
para mí.
—Debes superarlo, Eli.
—Sí. Y necesito que me ayudes a hacerlo —comenta su amiga emocionándose—. Ahora es cuando
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Capítulo 35
TUMBADA en su cama y con las persianas bajadas, escucha música. Una canción triste que se repite
una y otra vez. No tiene ganas de nada. Sólo de llorar. Ester tiene los ojos hinchados y el corazón
destrozado. Apenas ha comido cuando ha vuelto del partido y casi no ha hablado con sus padres. Ha
justificado su estado de ánimo con la excusa de la derrota, y ellos, más o menos, lo han aceptado. Aunque
la mayor derrota que ha sufrido hoy ha sido en el vestuario.
Las palabras de Rodrigo, y la actitud que ha tenido con ella, permanecen grabadas en su mente. No
consigue olvidar lo que ha pasado con su entrenador. Le resulta imposible hacerlo.
La tímida luz de la pantalla de su smartphone naranja ilumina el frasco roto de perfume de vainilla
que él le ha regalado. Sólo quedan cristales envueltos en papel, impregnados del dulce aroma que tanto le
gusta. Habría sido un detalle precioso. Nunca había recibido por su cumpleaños nada de alguien a quien
amara. Porque él es la primera persona de la que está enamorada.
¿Debe olvidarse de su amor?
Esperaba una disculpa, una llamada, un mensaje, al menos, en el que le pidiera perdón. En caliente se
hacen cosas de las que luego uno se arrepiente. Se cometen errores. Sin embargo, su teléfono no ha
sonado. Ni siquiera tanto tiempo después de que haya acabado el estúpido partido de voleibol.
Ella lo perdonaría. Sin duda. Sabe cuánto carácter tiene Rodrigo y lo en serio que se toma los
partidos. Pero es una buena persona. Está segura de ello. Y también de que la quiere y de que esto sólo
ha sido un arrebato pasional por haber perdido un encuentro tan importante para el equipo. Un pronto
tonto. Y ella ha sido quien lo ha pagado.
Y es que, a pesar del dolor que siente por dentro, desearía escucharlo, volver a verlo. Besarlo de
nuevo.
Como aquel día…
—Ester, cuando acudas al bloqueo, tienes que hacerlo con más decisión. No me vale con que llegues a la
red y saltes. Tienes que hacerte grande. Estirar mucho los brazos y poner las manos fuertes, como si un
tren se dirigiera hacia ti y necesitaras pararlo para salvar la vida. La adversaria tiene que ver en ti un
muro infranqueable, no una ventana que poder romper con su remate.
La chica asiente con la cabeza. Le encanta cuando le habla de esa manera. Es muy duro en los
ejercicios, pero no cabe duda de que es un grandísimo entrenador.
Desde hace unos días, se queda un rato más después de terminar para practicar el saque, la recepción,
los bloqueos… Y él lava corrigiendo en cada acción. Pero lo hace con mesura. Más sosegado que
cuando está con el resto del equipo.
—Comprendo.
—Muy bien. Probemos otra vez.
—Sí.
Cada uno se dirige a un lado de la red. Se miran fijamente y toman posiciones para hacer la jugada.
—¿Preparada?
—Sí. ¡Vamos!
Rodrigo lanza la pelota hacia arriba y se eleva. Ester salta al mismo tiempo. Cuando el chico va a
rematar, ella está a su altura. Sigue la indicación que su entrenador le ha dado antes y estira los brazos
todo lo que puede; aprieta los dientes y se concentra en poner la máxima fuerza posible en sus manos. Se
produce el remate. Y el posterior bloqueo. El balón golpea en las muñecas de la chica y cae al otro lado.
—¡Genial! ¡Estupendo punto!
—¡Gracias!
—Otra vez.
—¡Vale!
El entrenador coge otro balón y repite la acción con similares consecuencias. Ester vuelve a
bloquearlo con éxito. Y así hasta en veinte ocasiones prácticamente consecutivas.
A la vigésima, la chica se tumba boca arriba en el parqué, exhausta. Sonriente y también cansada,
mira hacia el techo del pabellón. Su abdomen sube y baja, agitado por el esfuerzo.
—Muy buen trabajo. Así es como tienes que hacerlo en los partidos.
Es él. Ha pasado por debajo de la red y ha puesto la cara justo encima de la de ella. Ya se había
fijado antes, pero hoy le parece más guapo que nunca. ¿Es normal que la atraiga un chico tan mayor?
—Muchas gracias. ¿Repetimos? —pregunta tras incorporarse y sentarse en el suelo.
—No —responde él cuando comprueba el reloj—. Están a punto de empezar a entrenar las mayores.
Ya has hecho bastante por hoy.
Le ofrece la mano para ayudarla a levantarse. La chica acepta y la coge para impulsarse hacia arriba.
Siente algo cuando contacta con su piel. No puede explicarse qué es, pero no hay duda de que es
especial. De pie, los dos se miran durante un segundo directamente a los ojos y se dedican una sonrisa
recíproca.
—Me… me voy a la ducha —dice ella, algo despistada.
—Y yo a la oficina a arreglar unos papeles —indica Rodrigo, subiéndose la cremallera de la
chaqueta del chándal.
—Bien. Hasta el jueves.
—Hasta el jueves.
La chica sonríe y se dirige hacia los vestuarios. Pero antes de llegar a la puerta oye la voz de su
entrenador, que la llama. Ester se vuelve y lo ve caminando hacia ella.
—¿Cómo te vas a casa? ¿En metro?
—Sí, cojo la línea dos y…
—Pues hoy te llevo yo en mi coche.
—No, no hace falta. De verdad. No te molestes.
—No es ninguna molestia. Se ha hecho muy tarde y no es plan de que vayas por ahí sola. Mientras te
duchas, yo soluciono lo de los papeles que tengo que tener preparados para mañana y, cuando estés lista,
nos vamos.
La joven vuelve a repetirle que no es necesario que la acerque, pero Rodrigo insiste y al final la
convence. Además, a Ester le encanta la idea de ir con él en su coche y de que la lleve a su casa.
—No tardo más de diez minutos.
—Vale. En diez minutos aquí.
Más sonrisas entre ambos y cada uno se en camina a hacer lo que tenía previsto. El entrenador se
marcha a las oficinas del club y la jugadora entra en el vestuario.
Ester se desnuda, se ducha y se viste más rápido de lo habitual. No quiere hacerle perder el tiempo.
Pero durante esos minutos no logra quitárselo de la cabeza. Le gusta ese chico, por eso se queda
practicando después de los entrenamientos. Le encanta estar a solas con él. Aunque sólo sea en la pista y
con un balón y una red de por medio. En ocasiones la regaña y le llama la atención por sus errores. Pero,
en otros momentos, se muestra cariñoso y divertido; Ester hasta tiene la impresión de que podría gustarle.
Sin embargo, cuando terminan de entrenar, bajo el chorro de la ducha, se conciencia a sí misma de que
eso es imposible. Regresa a la realidad. Es demasiado joven para él y Rodrigo nunca podría interesarse
por ella.
Pero esta tarde quiere llevarla a casa, ¿significará algo? No, sólo lo que él le ha comentado: que se
ha hecho tarde y se quedará más tranquilo si, en lugar de coger el metro sola, él la acompaña en su coche.
—Ya estoy —dice cuando lo ve al salir de los vestuarios. Ha tardado un poquito más por culpa del
pelo. Ha sido imposible secárselo.
—¿Nos vamos, entonces?
—Cuando tú quieras.
El joven le hace un gesto cómplice para que lo siga. Los dos se despiden del personal que se encarga
del pabellón y se dirigen hacia el aparcamiento. Rodrigo se saca del bolsillo un pequeño mando y pulsa
el botón negro que tiene en el centro. Se abren las puertas de un Seat Ibiza gris. Ester ya lo había visto
antes, pero subirse a él le causa impresión.
—El coche es muy bonito —afirma mientras trata de abrocharse el cinturón de seguridad.
—Me alegro de que te guste. Le tengo mucho cariño.
—Se nota. Está muy limpito y cuidado.
Rodrigo ríe, satisfecho, y arranca. Sale del aparcamiento y gira a la derecha.
—¿Pongo música?
—Vale.
—A ver si te gusta esto.
Busca en el reproductor un tema en concreto y, unos segundos más tarde, en el Seat Ibiza comienza a
sonar We found love, de Rihanna.
—¡Me encanta esta canción! ¡Adoro a Rihanna! —exclama Ester, moviendo su cabeza al ritmo de la
música.
—Pues entonces tenemos gustos musicales parecidos —comenta él alegre—. Por cierto, ¿dónde
vives?
La chica le da la dirección de su casa y abre un poco la ventanilla. Tiene calor. ¿Es él quien se lo
provoca? Puede ser. De vez en cuando lo observa de reojo o a través de los espejos del coche. La atrae.
Es la primera vez que se monta en un coche con un chico que no es de la familia. Y se siente mayor,
importante, por ir junto al entrenador del equipo. ¿Cómo la verá Rodrigo? Como a una cría. ¿Cómo va a
verla? Es que eso es lo que es. Una niña de quince años.
Durante el camino no hablan mucho. Ester está bastante nerviosa. No quiere decir nada que pueda
resultar tonto o infantil.
—¿Y tu hermana?
—¿Mi hermana?
—Sí, ¿no me hablaste de que tenías una hermana que trabajaba en una tienda en la que le regalaban
muestras de geles? ¿Cómo está?
—Ah. Pues está bien… O eso creo. No la he visto hoy.
—Genial.
Menuda pregunta estúpida que le ha hecho. No está acostumbrada a conversar a solas con chicos.
Mierda, qué tonta ha sido. ¿Y ahora? ¿Sigue hablando de lo mismo o cambia de tema? Quizá lo mejor sea
callarse y guardar silencio.
—¿Tienes novio?
—¿De verdad le ha preguntado lo que le acaba de oír?
—¿Cómo?
—Que si sales con alguien… Con algún chico.
Pues sí. Ha oído perfectamente.
—No.
—¿No te gusta nadie del instituto o de tu grupo de amigos?
—La verdad es que no.
—¿No? —insiste sorprendido—. Pues seguro que tienes una legión de adolescentes hormonados
pendientes de ti.
—Bueno… No es para tanto.
Ester se muere de vergüenza. En cambio, él sonríe. Parece que le divierte la charla. La joven no se
imaginaba que Rodrigo pudiera interesarse por algo así. Es su entrenador, para la mayoría de las chicas
un tipo duro y sin piedad. Si le contara a sus compañeras que el temible Rodrigo no es tan fiero como
parece…
—Mi última novia me dejó hace unos meses —comenta él de repente y sin dejar de sonreír—. Decía
que le dedicaba demasiado tiempo al deporte.
—Vaya. Lo siento.
—No lo sientas. Era insoportable. Nos pasábamos el día discutiendo. Fue lo mejor que podría
haberme pasado.
—Ah.
—Además era muy celosa. Pensaba que me enrollaba con las jugadoras de mi equipo. ¿Puedes
creértelo?
¿Contesta? ¿Se lo cree? ¿No se lo cree? No responde, pero siente curiosidad. ¿Se atreve a
preguntárselo?
—¿Y tenía motivos para ello? —suelta, valiente; pero en seguida se arrepiente de haberlo hecho.
—No. Nunca me he liado con ninguna de mis jugadoras —afirma con rotundidad. Pone el intermitente
y aparca en segunda fila.
La noche ha caído sobre Madrid. Las luces del Seat Ibiza iluminan el edificio en el que vive Ester. Es
el final del camino.
La chica suspira y se quita el cinturón. Le da muchísima pena tener que bajarse del coche.
—Llegamos.
—Sí. Otro día ya te contaré más cosas de mi ex… y de mi hermana.
Sonríen al mismo tiempo.
—Muchas gracias por traerme a casa.
—Un placer —apunta sin dejar de mirarla—. Ahora sí, nos vemos el jueves.
—Nos vemos el jueves.
Ester abre la puerta del copiloto y, cuando va a salir del coche, siente que la mano de Rodrigo le
sujeta un brazo. Al volverse, se lo encuentra inclinado hacia ella. Despacio, Rodrigo se acerca y, sin
saber cómo, Ester descubre que sus labios la están besando. No lo aparta, ni grita, ni intenta salir de allí.
Sólo cierra los ojos y se deja llevar, degusta su boca y saborea al máximo ese momento tan inesperado
como dulce.
Capítulo 36
—PERO si cuando conocí a César tú y yo todavía no… No nos habíamos besado.
Valeria y Raúl caminan juntos por la calle, rumbo a la cafetería Constanza, donde el Club de los
Incomprendidos se reúne cada domingo. La chica le ha explicado varias veces lo que sucedió la noche
anterior, pero, aun así, el joven insiste:
—De todas maneras, es muy extraño. No me parece normal que a un tío que te encuentras en el metro
y que, además, te deja dinero para el billete, vuelvas a verlo luego en la discoteca a la que vas. Rarísimo.
Otra vez la misma historia. Ya se la ha contado a Bruno y a María hace un rato en el partido de Ester,
y ahora le ha tocado relatársela a Raúl. Lo que no va a decirle es lo de Los Cien Montaditos, el nuevo
encuentro en el metro, la sangría… Eso para más adelante. Cuando se casen o tengan el primer niño.
—Sé que es raro. Pero las casualidades existen.
—Y los maníacos también.
—No creo que César sea un maníaco —repone Valeria algo molesta.
—Pues tienes que reconocer que lo parece.
—No hay nada que temer. Es un buen chico.
—Mmm. ¿Cuánto de bueno?
—¡No me digas que estás celoso!
—¡Claro que no! —exclama Raúl mientras gesticula—. ¿Es guapo?
—No me he fijado.
—Ya. No te has fijado…
Valeria resopla, aunque en el fondo le gusta que esté un poco celoso. Eso significa que de verdad
siente algo por ella.
—Sí, es guapo. Pero tú lo eres muchísimo más —dice. A continuación, le da un beso en la mejilla—.
¿Por qué no nos olvidamos ya de él y hablamos de lo que pasa con Elísabet?
Y es que, desde que colgaron el teléfono, sólo han hablado del estudiante de Periodismo. Presunto
estudiante de Periodismo. Pero para ella es más importante lo que le ha dicho su amiga: cuenta con ella
para ayudarla a superar lo de Raúl.
—Con Elísabet no pasa nada que no pueda controlar.
—Claro, sólo se te ha declarado dos veces y lo ha intentado todo para que estés con ella. Sin
olvidarnos de que anoche te besó antes de que lo hiciera yo. No, no ha pasado nada. Nada de nada.
—Terminará por aceptar que sólo podemos ser amigos.
—Eso espero. No parecía muy segura de ello por teléfono.
—Es normal. Está todo muy reciente —señala seguro de sí mismo—. Cuando encuentre a otro tío, se
le pasará lo que siente por mí. Y no creo que eso tarde en ocurrir.
—Ya. Ella no debe de tener problemas para encontrar pareja. Es tan guapa…
—Tú también. No te menosprecies.
—No puedo compararme con Eli. Ella es inalcanzable para mí —sentencia Valeria. Luego, hace una
mueca con la boca.
El chico la observa y sonríe. Se aproxima a ella y la abraza.
—¿Y para qué quieres compararte con ella? No se trata de una competición de misses. —Ahora el
beso en la mejilla se lo da él—. Además, ganaría Ester.
—¡Tonto! —grita ella al tiempo que se aparta y lo golpea sin demasiada fuerza en el brazo.
Pero, tras el débil puñetazo de Valeria, Raúl vuelve a abrazarla. Ella se resiste, pero finalmente se
deja hacer. Se acopla a su cuerpo y caminan al mismo tiempo, con el mismo paso. A la vista de todo el
mundo, son una pareja de novios. Sin embargo, ellos saben que lo suyo no ha hecho más que empezar.
—¿Qué harás para ayudar a Eli?
—No tengo ni idea.
—Lo más importante es que no descubra nada de lo nuestro. Cuando se entere, que sea porque se lo
contamos nosotros.
—No se me da bien mentir, me pongo colorada.
—Te pones colorada siempre, Val.
—Es lo que tiene ser de piel blanca —protesta refunfuñando.
A Raúl le divierte picarla. Se le enrojecen los pómulos y se pone muy nerviosa. Muestra inseguridad,
la misma que tenía cuando él la conoció hace ya más de dos años. Valeria sigue siendo una chica tímida,
pero por lo menos ahora se atreve a hablar con él.
—Me gusta tu piel. Es delicada. Como tú.
—Menos cachondeo, ¿eh?
—No es cachondeo —asegura con una sonrisa—. Es verdad. Tienes una piel muy bonita y suave.
La chica mueve la cabeza de un lado a otro. Se está burlando de ella. En fin. Hace un tiempo habría
salido corriendo o se habría escondido en algún lugar donde no pudiera verla.
—Dejemos de hablar de mi piel, anda. ¿Cómo vamos a entrar en la cafetería?
—Andando, ¿no?
—Estás muy gracioso hoy —comenta Valeria con los ojos entornados—. Me refiero a que no
podemos entrar los dos juntos en Constanza.
—¿Por qué no? Seguimos siendo amigos. Los amigos suelen ir juntos a los sitios. O eso es lo que
tengo entendido.
—Sospecharán.
—¿De que hemos empezado a salir? No creo.
¿Eso ha querido decir que ni él mismo los ve como pareja? Espera que no. No lo había pensado hasta
ese instante. Él es mucho más guapo que ella. ¿Y si no pegan y la gente se ríe o los señala cuando los vea
juntos?
—Da igual. Por si acaso, es mejor que entremos separados. Yo entro primero y tú vienes a los diez
minutos, ¿vale?
—¿Y qué hago yo diez minutos por ahí dando vueltas?
—Vete a ver tiendas.
—Es domingo.
—Seguro que encuentras algo que hacer. Sólo son diez minutos, Raúl.
El joven se encoge de hombros y termina accediendo a la petición de Valeria. No entiende muy bien
por qué deben hacerlo así, pero no quiere discutir.
La pareja llega a la calle del barrio de La Latina, donde está la cafetería Constanza. La chica se
detiene en una esquina y le pide a Raúl que se pare también.
—¿Qué pasa ahora?
—Aquí nos separamos.
—¿Aquí? ¡Si tu cafetería está a un kilómetro!
—Bueno, mejor prevenir. Nos vemos dentro de diez minutos.
Y tras darle un beso rápido en los labios, después de asegurarse de que nadie los miraba, cruza
corriendo al otro lado de la calle a la altura del semáforo.
«Es mejor así», piensa Valeria mientras camina. Ya le gustaría a ella contarle a todo el mundo que
está saliendo con Raúl. Pero, si van a mantenerlo en secreto, tienen que hacer las cosas bien y no
arriesgarse a ser descubiertos.
Mira el reloj; es la hora a la que habían quedado. ¿Habrá llegado ya alguno de sus amigos?
Cuando abre la puerta de la cafetería descubre que no. Ella es la primera del grupo en entrar. No hay
demasiada gente: un par de mesas con parejas tomándose un café y un anciano en la barra. Su madre la
saluda y le pide que se acerque. La joven pasa al otro lado del mostrador y le da dos besos.
—¿Mucho trabajo? —le pregunta mientras busca con la mirada a alguno de los camareros que
trabajan allí.
—Ahora no demasiado. Pero hemos tenido un mediodía ajetreado. Los chicos acaban de irse.
El rostro de la mujer denota el cansancio que arrastra. Tiene los párpados caídos y las cuencas de los
ojos moradas. Se nota que lleva muchas horas allí.
—Luego te ayudo yo.
—Bien. Muchas gracias —dice al tiempo que apoya las manos en las caderas—. Tus amigos vienen
ahora, ¿verdad?
—Sí. Deben de estar al llegar.
—Esta mañana, muy temprano, ha venido Raúl.
A Valeria se le ponen los ojos como platos. Cuando se da cuenta de su reacción, trata de calmarse y
sonríe.
—¿Ah, sí? ¿A qué?
—Pues a ver si estabas para desayunar contigo. ¿No fue luego a casa?
—Eh… No —miente.
—Qué raro. Creía que tras salir de Constanza iría para allá —comenta mientras se dirige hacia la
cafetera—¡Hemos estado hablando un rato los dos. Incluso de que de pequeña te encantaba desayunar
chocolate con churros.
¡Qué capullo! ¡Por eso lo sabía! Se muerde el labio para contenerse y no gritar de rabia. Y ella que
pensaba que… ¡Se va a enterar cuando…!
En ese instante, la puerta de la cafetería vuelve a abrirse. Un joven tapado con una capucha gris entra
en el establecimiento. Se aproxima hasta donde están madre e hija y las saluda afectuosamente.
—Me alegro de volver a verte, Raúl.
—Igualmente, Mará.
Valeria sonríe entre dientes y también lo saluda con la mano. Ha llegado cinco minutos antes de lo
pactado. Ahora no es el momento de soltarle nada, pero ya lo hará.
—Mamá, ¿no te importa que…?
—No te preocupes, hija —la interrumpe—. Ya me echarás una mano cuando acabéis.
—Gracias.
—Lo que necesitéis o queráis merendar no tenéis más que pedirlo o cogerlo vosotros mismos. Como
siempre.
—Gracias, Mará. No sé cómo nos soportas después de tanto tiempo.
La mujer sonríe y se mete en la cocina a la vez que Valeria sale del mostrador y se reúne con el
joven.
—¿También vas a ligarte a mi madre? —le pregunta en voz baja.
—No creo que se deje. Demasiado para mí —contesta él en el mismo tono.
—Mañana, si quieres, puedes invitarnos a desayunar chocolate con churros a las dos. Pero no hace
falta que vengas a casa, aquí lo ponen muy rico.
Raúl se quita la capucha y sonríe con picardía. Lo han pillado.
—¿Ya te lo ha dicho?
—¿Tú qué crees? Ya me parecía extraño que supieras ese detalle sobre mí.
—Sé otras cosas.
—¿Sí? Sorpréndeme.
Sus rostros se aproximan mucho. Valeria lo desafía con la mirada. La tensión de sus ojos se mezcla
con unas inmensas ganas de besarlo.
Su madre está en la cocina y los clientes de la cafetería no están mirando.
¿Se lanza? Sólo es un beso… Un simple beso.
Se acerca aún más a él, sin pestañear. Ninguno de los dos se aparta. Ninguno de los dos frena. Es
como si dos coches se dirigieran por el mismo carril uno contra el otro hacia el mismo punto. Hasta que
sus caras se tocan. Nariz con nariz, frente con frente. Ella es la que por fin ladea la cabeza y cierra los
ojos. No puede reprimirse más. Busca los labios del chico, pero no los encuentra. Sólo hay un vacío. Y
después un toquecito en la cabeza.
Cuando abre los ojos contempla la expresión desconcertada de Raúl. Éste le indica que se dé la
vuelta. La chica lo hace y, estupefacta, descubre a una boquiabierta Ester, que acaba de entrar en la
cafetería Constanza.
Capítulo 37
LOS seis están sentados alrededor de una mesa situada en una de las esquinas de la cafetería Constanza.
Desde hace unos meses, es el lugar en el que el Club de los Incomprendidos convoca las reuniones del
grupo. Las oficiales. Es un sitio cómodo y bastante grande, y además la madre de Valeria los invita a
merendar.
Menos de un minuto después de que llegara Ester, apareció María e, instantes más tarde, Elísabet.
Bruno, como siempre, ha sido el último, retrasándose diez minutos de la hora prevista.
—Queda abierta la sesión número ciento setenta y seis del Club de los Incomprendidos —dice Raúl
con voz solemne mientras abre un cuaderno grande de hojas blancas. Después, anota la fecha en la parte
superior de la página—. ¿Cómo se presenta la semana? ¿Quién quiere hablar en primer lugar?
El joven observa uno por uno a los demás. Se detiene un poco más en Ester, a la que él y Valeria sólo
han tenido tiempo de decirle que no les cuente al resto nada de lo que ha visto antes. Ya se lo explicarán
después, cuando termine la reunión. Ella les ha asegurado que guardará el secreto, aunque todavía
continúa sorprendida.
—Yo misma —interviene Eli, que no ha apartado la mirada de Raúl desde que ha llegado a la
cafetería—. En Lengua y Literatura no hay mucho que hacer. Unos cuantos ejercicios de clasificación de
las palabras según la familia semántica y pasar los apuntes de Literatura Medieval a ordenador.
Controlado.
—¿Has pasado ya lo que te quedaba del tema anterior?
—Estoy en ello. Esta noche me pongo.
Raúl anota en la libreta lo que Eli le cuenta. Así lo hace con todos los comentarios que surgen por
parte de cualquiera de los chicos. Durante varios minutos, cada uno de ellos expone lo que ha hecho y lo
que va a hacer durante la siguiente semana. Cada miembro del club tiene encomendada una asignatura de
las que componen primero de Bachillerato e, individualmente, se dedica a ella en profundidad. Luego, le
pasa el material —apuntes, ejercicios, resúmenes, consideraciones de los profesores— al resto.
María se encarga de Filosofía; Bruno, de Matemáticas; Ester, de Economía; Valeria, de Historia;
Raúl, de Inglés y Francés, y Elísabet, de Lengua y Literatura. Las asignaturas de Educación Física —en su
parte teórica— y Ciencias del Mundo Contemporáneo se las reparten entre todos, ya que son las dos más
sencillas.
Es algo que hacen desde hace dos años, cuando estudiaban tercero de la ESO. Por aquel entonces
eran cinco, ya que Ester aún no había llegado a su instituto. Se dieron cuenta de que, si colaboraban en
grupo, el trabajo sería menor y el resultado, más productivo. Al comienzo, las reuniones sólo eran una
excusa para pasar más tiempo juntos, pero, poco a poco, viendo que el sistema del reparto de tareas
funcionaba, se fue convirtiendo en una rutina y también en una obligación a la que ninguno podía fallar
para no perjudicar a los demás.
Sus notas medias subieron mucho, todos estaban por encima del siete y medio. Siempre llevaban a
clase los ejercicios hechos y los apuntes y resúmenes del temario al día y pasados a ordenador. Y todo
con una sexta parte del esfuerzo que hacía la mayoría de alumnos.
—Bien. Tratado el plan de la semana en el instituto, ¿alguien tiene algo más que comentar?
Tras terminar de hablar de las tareas semanales de cada uno de los miembros, el grupo siempre
debate otro tipo de temas que pueden estar relacionados con cualquier aspecto, ya sea individual o
colectivo.
De nuevo, Eli es la que toma la palabra.
—Creo que deberíamos eliminar estas reuniones —sugiere con voz firme y rotunda.
Los otros cinco la observan fijamente, la mayoría sorprendidos, y también se miran entre ellos.
—Explícate —la insta Raúl, que ya sabía que su amiga saldría con algo así tarde o temprano.
—Pues… me parece que esto que hacemos estaba muy bien antes. A todos nos ayudaba, y también
nos servía como excusa para reunimos y estar juntos. Pero ahora… A mí por lo menos se me hace pesado
reunirme dos veces por semana por obligación.
—No vengas, nadie te obliga —apunta Bruno, a quien no le ha gustado el tono que Eli ha utilizado
para expresar su opinión.
—No creo que tú seas el más indicado para decir si tengo que venir o no. Eres el que ha faltado a
más reuniones —se defiende la chica.
—Lo sé. Sólo te digo que, si ya no quieres estar con nosotros, puedes coger otro camino. Nadie te
obliga a seguir aquí.
En ese instante, Elísabet busca con la mirada a Raúl para que diga algo en su defensa. Éste
comprende su gesto y habla:
—Vamos a ver, lo que dice Eli es que no hace falta que nos reunamos aquí dos veces por semana
para seguir haciendo lo que hacemos. ¿No es así?
—Eso es. Nos vemos en clase, en los recreos, algunas veces después del instituto… Y ya somos
mayorcitos para hacer este tipo de cosas. Parecemos scouts. Cada uno podría seguir ocupándose de su
asignatura y pasarle el material a los demás, pero sin tener que reunimos.
—Eso lo dices porque estás cansada de nosotros y sólo nos quieres para que te sigamos haciendo el
trabajo.
—No, Bruno. No es eso.
—Pues yo creo que sí —insiste el chico—. Hace tiempo que vas a tu bola. Si sigues en el grupo es
porque trabajas lo justo y sacas buenas notas. Pero principalmente continúas… porque está Raúl.
Las palabras del joven provocan que la tensión aumente.
—¡Eh, a mí no me metas en tus paranoias! —exclama el aludido.
—¿Paranoias? Dime que no es verdad. ¿O es que creéis que somos tontos y no nos hemos dado
cuenta?
—En lo que a mí respecta, puede que sí lo crea —comenta Eli bastante alterada—. Raúl y yo somos
amigos. Nada más.
—A saber qué hicisteis anoche en la discoteca.
—¡Divertirnos! Algo de lo que tú no tienes ni idea.
—Prefiero aburrirme que divertirme como lo haces tú.
La confrontación entre Elísabet y Bruno caldea demasiado el ambiente. Hacía tiempo que ambos no
se llevaban tan bien como antes.
—Chicos, dejadlo ya —interviene Ester tratando de calmarlos.
Bruno, sin embargo, se levanta y mira fijamente a Elísabet. Ella hace lo mismo, aunque permanece
sentada.
—No. Lo mejor es que Eli nos diga lo que piensa de mí y del resto.
—No tengo nada en contra de nadie, Bruno. No quieras ponerme en contra del grupo.
—Tú sólita lo has conseguido, no me concedas ese mérito.
—No sé qué te he hecho para que me trates así. Simplemente he dicho que me parece que estas
reuniones sobran.
—No sobraban cuando nadie hablaba contigo y sólo nos tenías a nosotros.
Esa afirmación deja sin palabras a Eli, que opta por volverse y mirar hacia otro lado. Se cruza de
piernas y murmura algo entre dientes.
—¿Puedo decir algo? —pregunta María rompiendo el tenso silencio que se ha creado.
—Claro —responde Raúl.
—Gracias. —Observa primero a Bruno y luego a Elísabet antes de continuar—. No me gusta veros
así. El Club de los Incomprendidos lo formaron cinco personas que se llevaban bien y a quienes nadie
más hacía caso. Nosotros creamos este grupo para desconectar del mundo y pasar buenos momentos. Yo
sigo disfrutando mucho de todos vosotros, aunque tengo que reconocer que las cosas han cambiado,
porque todos hemos cambiado.
—Es normal que hayamos cambiado, Meri —añade Eli algo más tranquila.
—Sí. Es normal. Y debo reconocer que a mí hoy tampoco me apetecía venir a la reunión. Tú lo sabes,
Bruno.
El chico asiente con la cabeza, se acomoda otra vez en su silla y recuerda para sí los motivos por los
que su amiga no tenía ganas de asistir al encuentro. Es muy posible que
María se vaya pronto a Barcelona, a vivir con su padre. Ha pensado mucho en ello desde que se lo ha
comentado, y cada vez le entristece más que pueda suceder algo así. Su amiga no les contará nada a los
demás hasta que lo tenga confirmado al ciento por ciento.
—Vale, no soy yo sola quien está en contra de las reuniones.
—No he dicho eso, Eli —la corrige la pelirroja—. Pienso que las reuniones son buenas porque nos
permiten seguir juntos. Si nos damos distancia, terminaremos rompiendo lo que une nuestra amistad. Y
creo que, aunque todos hemos cambiado, unos más y otros menos, seguimos necesitándonos.
Una tímida sonrisa aparece en el rostro de María, que agacha la cabeza cuando concluye. Ester, que
está a su lado, percibe su emoción.
—Meri tiene razón, chicos —añade ésta al tiempo que le da una palmadita en el hombro a su amiga
—. Yo fui la última en incorporarme al Club, y no sé qué habría hecho sin vosotros. Me siento muy bien a
vuestro lado y no quiero que las reuniones se terminen.
Un silencio sólo alterado por el ruido de platos y vasos de la cafetería se instala en la mesa que
ocupan los seis chicos.
—Aunque yo fui el que tuvo la idea del club —comenta ahora Raúl—, comprendo a Eli. A mí
también se me ha pasado por la cabeza lo que ella plantea. Pero me da miedo dejar esto, ya que durante
mucho tiempo me ha servido de escape.
—Piensas como ella porque los dos estáis… juntos. ¿No?
Es la voz de Bruno la que se oye.
—No estamos saliendo. Eli y yo no tenemos nada. Como ella ha dicho antes, sólo somos amigos.
Como siempre.
—No es la impresión que da.
—La impresión que tú tengas no nos importa —interviene de nuevo Elísabet.
—Me parece que es algo que no pienso yo solo. ¿No es verdad?
El chico mira a Ester buscando su apoyo. En cambio, su amiga no se lo ofrece. Ella sabe que, en
realidad, los que están juntos son Raúl y Valeria, pero no puede decir nada. María tampoco se moja.
Anoche lo estuvieron hablando entre los tres, pero no es el mejor momento para seguir echándole leña al
fuego. Así que el joven se queda solo en su opinión. Se siente molesto. Y más tras la nueva intervención
de Eli:
—Pues parece que sí. Que sólo lo piensas tú —dice sonriente y satisfecha—. ¿Quieres que te
repitamos más veces que sólo somos amigos?
El tono sarcástico que emplea la joven enfada un poco más a Bruno. Pero el chico se niega a seguir
discutiendo solo con ella. Se cruza de brazos y se reclina en su asiento. Por él, la reunión ha terminado.
—Bueno, para no seguir discutiendo el asunto de las reuniones, ¿qué os parece si lo votamos? —
propone Raúl—. ¿Nos seguimos reuniendo aquí los domingos y otro día más de la semana o cada uno se
dedica a su asignatura y le pasa al resto lo que vaya haciendo de ella?
El otro chico no responde, pero las cuatro muchachas están de acuerdo con Raúl. Éste arranca una
página de la libreta y la rompe en seis trozos más pequeños. Uno a uno, se van pasando el bolígrafo y
escriben si quieren continuar o no con las reuniones obligatorias del club. Cuando acaban, lo doblan y se
lo van entregando a Raúl, que agrupa todos los papelitos.
—Empiezo el recuento —dice una vez que tiene los seis. Alcanza el primer papel, lo desenvuelve y
lee la respuesta en voz alta—: Sí.
Pero el siguiente es no. Y el tercero. También el cuarto. El quinto dice que sí. Y el sexto… está en
blanco.
—Por tres votos a dos quedan anuladas las reuniones obligatorias del Club de los Incomprendidos.
Capítulo 38
PRIMER día del curso 2009 - 2010. A algunos les han comentado que tercero no será tan sencillo como
segundo. Unos lo creen y otros no. Siempre que empieza un nuevo año de clases sucede lo mismo: las
advertencias de compañeros mayores, padres y profesores sobre que hay que esforzarse mucho más para
aprobarlo todo.
Elísabet y Valeria no están demasiado preocupadas por eso. Han llegado temprano para elegir sitio.
No piensan ponerse en las primeras filas, como durante el curso anterior. Ya han escarmentado. Este año
quieren estar más alejadas de los profesores, en la parte de atrás de la clase.
—¿Izquierda o derecha, nena?
—Mmm. No sé. ¿Izquierda?
—Vale.
Rápidamente, se dirigen hacia la última fila de la izquierda del aula de tercero B. Eli se coloca
pegada a la pared, y Valeria en la mesa de al lado. Ésa será su ubicación para todo el año. Colocan las
mochilas en el suelo y celebran haber escogido unos asientos tan buenos. Es el segundo curso al que van
juntas. ¡Menuda alegría se llevaron cuando se enteraron! Segundo no estuvo nada mal. Sirvió para que se
hicieran todavía más amigas. Compartieron grandes momentos. Aunque tuvieron que aguantar muchas
estupideces y bromas de todo tipo sobre su sexualidad —les preguntaban si eran novias y cosas por el
estilo—, ellas pasaban de las tonterías y disfrutaban de su gran amistad.
—¡Dios, no me lo puedo creer! ¡Nos ha tocado con las bolleras! —exclama un chaval rubio, con tupé,
que acaba de entrar.
Éste, acompañado de dos amigos más, se dirige hacia la zona de la clase donde se han sentado Eli y
Valeria. Son tres repetidores. Las chicas los ven acercarse y resoplan.
—Oye, estás más guapa este año, rubita —comenta el chico mientras apoya los codos sobre la mesa.
—Gra… gra… cias, Raimundo —tartamudea Valeria sonrojándose. En sólo un segundo, se ha puesto
rojísima.
—Anda, ¿sabes mi nombre? ¡Soy famoso!
¿Quién no ha oído hablar de Raimundo Sánchez, el delegado de esa misma clase durante el curso
pasado? Hasta entonces, en aquel instituto nunca había repetido curso un delegado. Pero es que este chico
todo lo que tiene de fuerte y atractivo le falta de inteligencia y horas de estudio. Tampoco han conseguido
pasar a cuarto ni Manu Díaz, el chico del pendiente que va con él, ni Rafa Treviño, uno de los tipos más
desagradables de todo el centro, el perrito faldero de Rai.
—Bueno…
—Luego, si quieres, nos vamos al baño tú y yo…
—¿Qué quieres, tío? —lo interrumpe Elísabet desafiante—. Déjanos en paz.
—Tú, Granos, trátame con respeto y de usted, que te saco un año.
—Será en el DNI, porque lo que es mentalmente…
Los tres repetidores se miran entre ellos y se ríen a carcajadas. Sin embargo, la expresión de
Raimundo cambia cuando se vuelve de nuevo hacia las dos amigas.
—Niñata, te advierto que si no te portas bien vas a sufrir mucho este año.
—No te tengo miedo, capullo.
—¿He oído bien? ¿Me has llamado capullo?
—Sí. ¿Es que además de un capullo eres sordo?
—¿Cómo te atreves? Tendrías que ponerte una careta para venir al instituto y hablar conmigo.
—¿Eso se te ha ocurrido a ti solo con la única neurona que te queda o te lo han soplado tus amiguitos
macarras?
La insolencia de Eli enfada a Rai y a sus amigos. Éstos dialogan entre ellos en voz baja mientras las
dos chicas se atrincheran detrás de sus mesas.
—Hemos decidido que queremos esos sitios —señala el rubio muy serio, amenazante—. Marchaos a
otra parte de la clase. ¡Ya!
Valeria está muy alterada y ya no lo soporta más. Está muy asustada. Se siente intimidada por esos
chicos a los que teme todo el instituto. No quiere problemas el primer día. Se levanta para dejar los
asientos libres, pero la mano de Elísabet la detiene.
—No me da la gana —responde la joven, valiente—. Hemos llegado primero y vamos a quedarnos
aquí.
—¿Qué dices, delgaducha?
—Lo que oyes. Éstos son nuestros sitios y no pensamos movernos.
—¿Nos estás haciendo frente, Granos? —pregunta el del pendiente al tiempo que da un paso adelante.
Y sin que las chicas lo esperen, se agacha y saca de debajo de la mesa la mochila de Valeria. Ésta se
queda inmóvil, llorosa, mientras contempla como el tipo abre la cremallera y empieza a registrar sus
cosas.
—¡Eh, tú! ¡Suelta la mochila de mi amiga! —grita Eli. Se levanta en seguida.
—Y si no ¿qué?
—¡Si no…!
No le salen las palabras. Muy enfadada, Elísabet abandona su asiento e intenta quitarle la mochila a
Manu, pero éste la esquiva y se la pasa a Rafa, quien a su vez se la entrega a Raimundo.
—¿La quieres, Granos? ¿La quieres? —pregunta sonriente mientras la joven se dirige hacia él—.
Pues ve a por ella.
El rubio lanza la mochila hacia el otro lado de la clase. Al estar abierta, todas las cosas de Valeria
salen despedidas por los aires y se dispersan por el suelo del aula.
—¡Eres un gilipollas! —grita Eli, enrabietada.
Uno por uno, va recogiendo los objetos de su amiga, que, petrificada, es incapaz de moverse de su
silla. Hasta que los repetidores le ordenan de nuevo que se levante. Valeria obedece y, en silencio, se
aproxima a Eli, que continúa insultándolos. Las dos terminan de recuperarlo todo y buscan otro lugar en
el que sentarse. Se deciden por la parte derecha del aula, en el extremo opuesto adonde ríen los que
acaban de quedarse con sus asientos.
En ese instante, un chico alto y desgarbado entra en la clase acompañado del profesor de
Matemáticas. El muchacho señala a las chicas y ambos acuden junto a ellas.
—Buenos días, jóvenes. Me alegro de encontrarme un año más con ustedes. Durante este curso seré
su tutor —comenta prácticamente sin pestañear—. Este muchacho me ha dicho que las han molestado.
¿Serían tan amables de indicarme quiénes han sido los responsables de tal ofensa el primer día de clase?
Valeria y Elísabet se miran sorprendidas. Finalmente, las dos se vuelven hacia la esquina donde
Raimundo y sus amigos siguen riéndose.
—Esos —responde Eli al tiempo que los señala.
—Muchas gracias.
El profesor de Matemáticas camina hasta el trío de repetidores y, con firmeza y en su habitual tono de
voz, les pide que lo acompañen. En un principio, Rai y sus secuaces no acceden, pero unas palabras que
el hombre pronuncia en voz baja terminan convenciéndolos. Los cuatro salen de la clase rumbo al
despacho del director.
Las dos amigas festejan entre ellas aquella intervención tan oportuna y recuperan su sitio. Mientras, el
joven alto y desgarbado se sienta en la penúltima mesa del otro lado de la clase.
—Ese chico es al que se le murió el padre, ¿verdad? —le consulta Eli a Valeria en voz baja.
—Me parece que sí. Es un año mayor que nosotras.
—Pobrecillo.
—Sí. Me da un poco de pena. El año pasado, siempre que lo veía, estaba solo.
—Parece majo. ¿Le decimos que se siente aquí con nosotras?
—¡No! Ya sabes que hablar con chicos me da mucha vergüenza.
—Venga, nena. Algún día tendrás que quitarte ese trauma que tienes con los tíos… Espera.
Elísabet vuelve a levantarse y camina hasta donde está sentado el joven, que escribe algo en su
cuaderno. Valeria va tras ella, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¡Hola! —grita Eli una vez delante de él—. Muchas gracias por… ayudarnos a mi amiga y a mí.
—De nada —responde tranquilo. Tiene una voz dulce y, aunque no es guapo, posee algo especial—.
Cuando entré en la clase vi que esos tipos os estaban fastidiando, y entonces avisé al profesor de
Matemáticas.
—Sí, son muy pesados.
—Lo sé.
El año anterior compartió con ellos varios meses de curso, hasta que dejó el instituto. La depresión
que sufrió tras la muerte de su padre le impidió rendir en clase. Por eso prefirió dejar de ir. Aunque no
perdió el tiempo. Durante ese período que pasó en su casa, estudió Inglés y Francés y escribió el guión
de una película. Su sueño es llegar a convertirse en un gran director de cine algún día.
—¿Por qué no te sientas con nosotras?
El joven las observa extrañado. Nadie ha sido tan amable con él desde hace bastante tiempo. Parecen
muy raras, pero también agradables. ¿Por qué no? Asiente sin dejar de sonreír. Recoge sus cosas y se
traslada con ellas al extremo izquierdo del aula. Se sienta delante de Elísabet, en la penúltima mesa de la
última fila.
—Me llamo Raúl.
—Yo soy Eli… y ella es Valeria.
El chico mira a la más bajita de las dos. Ésta se sonroja y sólo es capaz de saludarlo con la mano. Es
más guapa que la otra, pero da la impresión de ser extremadamente tímida y vergonzosa. El chico no
puede evitar sentir una gran simpatía hacia ella. Le gusta.
—Me alegro de conoceros.
—Igualmente.
Elísabet y Raúl dialogan entretenidos mientras Valeria escucha con atención lo que dicen su amiga y
su nuevo compañero. Así pasan el rato hasta que suena la campana de la primera clase. El resto de los
alumnos ocupan sus asientos. Todos excepto los tres repetidores que han acompañado al profesor de
Matemáticas, que no volverán hasta dentro de una semana. Y una extraña pareja, formada por un chico
bajito y una pelirroja con gafas, que llega dos minutos tarde. Ésta busca un lugar donde sentarse y mira
hacia los asientos del fondo, donde reconoce, sorprendida, al joven que le dio su primer beso. Justo a su
lado, quedan dos mesas libres.
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