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Capítulo 39
LE duele la cabeza. Demasiada tensión para un solo día. Ha sido un domingo completamente fuera de lo
común. Se tumba boca arriba en la cama y estira los brazos. Cierra los ojos y suspira. No sabe si ha
hecho lo correcto al votar que no quería continuar con las reuniones obligatorias del Club de los
Incomprendidos.
En cierta manera, le da pena, pero así podrá pasar más tiempo a solas con Raúl y evitará momentos
como los de esa tarde, en los que se hable de si Elísabet y él tienen algo entre ellos. Qué rabia le ha dado
no poder gritar que en realidad la que tiene algo con él es ella. Además, si no se hacen reuniones,
correrán menos peligro de que su madre, que es una buena observadora, descubra su relación. Tenerla
allí, tan cerca, en la cafetería, no le ofrecía ninguna seguridad. Estaba convencida de que tarde o
temprano encontraría o tropezaría con algo que la ayudara a descifrar que entre Raúl y su hija existía algo
más que amistad. Si es que lo del chocolate con churros de la mañana no le había servido ya como pista
definitiva.
Dos años de reuniones que hoy han puesto el punto y final. Quizá haya sido un poco egoísta por mirar
sólo por ella misma. Pero ya no hay marcha atrás. La mayoría manda: tres votos negativos y uno en
blanco, el de la pobre Ester, que por no fastidiar a nadie al final ha decidido no mojarse sin pensar que
su abstención sería decisiva para que las reuniones no siguieran adelante. Imaginó que tanto Valeria
como Raúl votarían en blanco o a favor de continuar. Sin embargo, estaba equivocada.
En cuanto se supo el resultado, no tardó en marcharse de la cafetería. Ni tan siquiera esperó a que sus
amigos le explicaran lo que había visto cuando llegó. Con las lágrimas saltadas, antes de irse de
Constanza, repetía una y otra vez que todo le salía mal hoy.
A Valeria las cosas le han salido bastante mejor, a pesar de que, en general, ha sido un día bastante
extraño y de que sigue sintiéndose culpable por lo que ha pasado con el club.
Lo de Raúl parece un sueño, una película. Y ella es la protagonista, algo a lo que no está
acostumbrada. Sus besos son increíbles. Mucho mejores de lo que había imaginado. Y, aunque Eli haya
vuelto a intentarlo y la propia Valeria crea que su amiga no ha dicho la última palabra, el comportamiento
del chico ha sido admirable. Puede y debe confiar al máximo en él.
Por otra parte, también ha vuelto a encontrarse con César. Todavía no sabe quién es realmente ese
curioso y sorprendente joven de melenita castaña e ingenio prodigioso. Mientras ayudaba a su madre en
la cafetería, una vez acabada la reunión, ha pensado mucho en su nuevo amigo. Buscaba cabos sueltos
que le permitiesen encontrar algún error en sus historias. No obstante, por mucho que ha repasado todo lo
que ha hablado con él entre ayer y hoy, no ha sido capaz de hallar ningún fallo. Deberá andarse con
cuidado si se lo vuelve a encontrar, porque no puede mentir otra vez a Raúl. No está dispuesta a
estropear lo que tanto tiempo ha tardado en conquistar.
De todas maneras, debería escribirle un mensaje a César… Se lo prometió.
Se levanta de la cama y coge su BlackBerry rosa. La examina y se da cuenta de que hay un mensaje de
Ester que no había visto en el WhatsApp del grupo. Es de hace un par de minutos.
Lo siento. Soy tonta, porque amo esas reuniones con vosotros. Espero que mi estúpido voto no
signifique el final de nuestra amistad.
Valeria piensa que su amiga exagera, aunque la comprende. Ella es muy buena, incapaz de hacer daño
a nadie. No quería ni que unos ni que otros se sintieran mal por un sí o un no suyo. Tal vez debería
llamarla. Y no sólo para consolarla y asegurarle que la amistad de todos seguirá adelante, con o sin
reuniones, sino también para explicarle lo que ha visto al entrar en Constanza. Debe asegurarse de que no
le dice nada a nadie de lo que ha descubierto. Ya cuenta con su promesa, pero es mejor aclararle la
situación.
Busca su número y la llama. Tarda dos bips en responder.
—Hola, Val.
Su voz surge entre lágrimas. Se la nota triste, muy afectada por lo que ha sucedido. Da la sensación
de que se ha pasado un buen rato llorando y todavía no se ha recuperado.
—Hola, ¿cómo estás?
—Pues… me encuentro fatal —dice después de sorber por la nariz—. Soy estúpida.
—No eres estúpida.
—Sí que lo soy. ¿Por qué he votado en blanco? ¡Si me encantan las reuniones del club!
—Si te sirve de consuelo, a mí también me gustan y he votado que no. Así que soy más estúpida que
tú.
Ester sorbe de nuevo por la nariz y respira hondo.
—No entiendo qué ha pasado.
—No le des más vueltas. Que no hagamos reuniones no quiere decir que dejemos de ser amigos.
Simplemente significa que tendrás las tardes de los domingos libres y que podrás hacer otras cosas.
—Me gustaba ir los domingos por la tarde a tu cafetería. Lo echaré de menos.
—Puedes seguir yendo; mi madre estará encantada de seguir viéndote por allí.
Una leve risa al otro lado del teléfono. Ester le pide a Valeria que espere un segundo, se aparta del
móvil y se suena con un pañuelo de papel.
—¿Por qué has votado que no, Val?
No es una pregunta sencilla. Puede que sí de responder, pero no de explicar.
—Si te soy sincera, no sé por qué he votado eso. Por un lado, me lo paso bien con vosotros y me
encanta ser una incomprendida. Pero, por otro, nos estamos haciendo mayores, y eso de reunimos de esa
forma, como si fuéramos unos crios… Llevamos dos años así. Tal vez sea hora de cambiar.
—Ya, puede que tengas razón. Pero me da pena.
—A mí también me da pena. Aunque seamos amigos toda la vida, las reuniones no podían ser eternas.
—Sí, eso es verdad —reconoce Ester—. Lo comprendo. Pero pensaba que el que hubieras votado
que no tenía algo que ver con Raúl.
—Claro que no —contesta inmediatamente. Instantes después, titubea—. Bueno, no lo sé, Ester. No
hacer reuniones de grupo obligatorias tal vez me permita pasar más tiempo a solas con él.
Y evitar que esté con Elísabet. Pero prefiere omitir ese detalle.
—¿Desde cuándo estáis juntos?
—Desde… ayer.
—¿Desde ayer? ¡Madre mía!
—Lo sé, es una sorpresa. También para mí. Sigo sin creérmelo.
—¿Cómo fue? ¿Pasó anoche en la discoteca?
—Sí —afirma con timidez.
Valeria le cuenta lo que sucedió. Incluso lo de Elísabet. Y también lo de esta mañana, pero omite que
luego Raúl ha estado en casa de su amiga y que ella ha vuelto a intentarlo; y el posterior ataque de
ansiedad. Cuanto más habla de sí misma y de todo lo que le ha acontecido a lo largo de las últimas horas,
más le parece que esté hablando de otra persona y no de ella. ¡Es una sensación tan extraña!
—Qué sorpresa. Y qué ilusión. Los dos merecéis ser felices. Espero que dure mucho tiempo.
—Yo también. Raúl me gusta mucho.
—Será una boda de incomprendidos. —Ríe arrugando la nariz—. ¡Qué emocionante!
—¡No corras tanto, que acabamos de empezar!
—Deja que me ilusione con esto, que después del día que llevo…
—No te martirices más por lo del voto en blanco, Ester. Nunca dejaremos de ser tus amigos.
—No es sólo por eso… —le aclara con un suspiro—. Mi equipo ha perdido el partido de voleibol
contra las primeras, yo he jugado fatal… El entrenador me ha echado una bronca tremenda…
Está a punto de seguir hablando, pero decide callarse. Aún no está preparada para revelar su secreto.
Además, Rodrigo no le ha escrito ni llamado en todo el día. No sabe si lo que tenía con él se ha
terminado para siempre. De todo lo malo que hoy le ha sucedido, eso es, sin duda, lo peor.
—¡Bah! No le hagas caso a ese capullo.
—No sé si dejar el equipo.
—¿Qué? ¡Por supuesto que no lo vas a dejar! —exclama Valeria indignada—. No puedes venirte
abajo porque ese tipejo te haya echado una bronca. El próximo partido seguro que lo haces genial y le
cierras la boca.
—No sé.
El solo hecho de pensar en que volverá a verlo el martes le provoca tanto miedo que no está segura
de si debe ir. ¿Y si pasa de ella y no le dirige la palabra? No lo soportaría.
—Sí que lo sabes. Te encanta el voleibol y no vas a dejar que nadie te impida seguir jugando.
—¿Y si continúo fallando?
—Pues sería normal. Yo no entiendo mucho de voleibol, pero hoy te he visto jugar y lo haces muy
bien.
—Gracias, pero no he tenido un buen partido.
—Yo te he visto bien. Es normal que falles alguna.
—Ya lo sé. Pero es que últimamente me equivoco demasiado.
—Ésa no es la Ester que yo conozco. Estás muy negativa. Te metes mucha presión a ti misma, y
seguro que tu entrenador tiene la culpa de eso. El deporte es para pasarlo bien y divertirse, no para
amargarse por perder un partido.
También Ester cree eso, pero Rodrigo va más allá. Recuerda lo que le contó de su anterior novia:
ésta lo dejó porque anteponía el deporte a todo lo demás. Con ella está volviendo a pasar. ¡Y para colmo
es una de sus jugadoras!
Sigue doliéndole lo que pasó en el vestuario después del partido. Y siente escalofríos al pensar en su
voz mientras le decía todas aquellas cosas.
—Gracias por intentar animarme, Val. Te haré caso —contesta poco convencida. De pronto le han
vuelto las ganas de llorar, y no quiere que su amiga la oiga.
—Muy bien. Si necesitas algo…
—Lo mismo digo.
—Mañana nos vemos, Ester. Y no le digas a nadie lo mío con Raúl, por favor.
—No te preocupes. Mis labios están sellados. Hasta mañana.
—Muchas gracias. Adiós, guapa.
Y las dos, prácticamente al mismo tiempo, cuelgan sus smartphones.
Valeria, que ha estado caminando de un lado al otro de la habitación mientras hablaba con Ester,
regresa a la cama. Se sienta sobre el colchón y mira la BB. Está segura de que su amiga cumplirá su
palabra y no dirá nada. Si hay alguien de quien se puede fiar, es de Ester.
Resopla y estira el cuello moviéndolo lentamente a izquierda y derecha. Está cansada, pero sabe que
le costará dormir. Mira hacia la ventana de su dormitorio y se queda pensativa unos minutos.
¿Qué estará haciendo él ahora? ¿Estará pensando en ella?
Se tumba en la cama y se tapa imaginando que sí, que Raúl está pensando en ella en ese instante. Se
acurruca bajo las sábanas con la compañía de su inseparable BlackBerry de color rosa. Con los pulgares,
desactiva el bloqueo de la pantalla y la examina por enésima vez ese domingo. No hay ninguna novedad.
Cierra los ojos y vuelve a abrirlos en seguida. Insiste y comprueba que durante esos cinco segundos no ha
llegado nada nuevo. Y, de repente, un pitido que le anuncia que tiene un mensaje. Casi no puede
creérselo. ¿Es el destino? ¿O tal vez es maga y tiene poderes? Se incorpora y apoya la espalda contra la
pared. Abre el SMS y lo lee.
Mira que me dijiste que me escribirías. Pero bueno, te lo perdono si me perdonas el haberte seguido
hasta tu casa. Lo siento, pero tenía que asegurarme de que llegabas bien. Ahora ya sé dónde vives. Un
beso de tu amigo el periodista.
Valeria da un brinco y vuelve a ponerse de pie. ¡César la ha seguido esta tarde hasta su casa!
Se toca el pelo, nerviosa, mientras relee el mensaje.
¿Y ahora? ¿Debe darle las gracias por cuidar de ella o llamar a la Policía?
Sea como sea, el joven tiene su correo electrónico y su móvil y ahora sabe dónde vive. Si está
interesado en ella, lo está haciendo muy bien, pero si sus intenciones son otras… también.
Capítulo 40
ESTABA leyendo £7 violín negro, de Sandra Andrés Belenguer, cuando su hermana, jadeante, entró en
su habitación. Gadea hizo que María se quitara el pijama y se vistiera de nuevo a toda velocidad. Tenían
que salir de casa urgentemente.
—¿Por qué no me lo cuentas? —pregunta la pequeña mientras caminan por la Gran Vía.
—Porque es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Ésta te va a gustar.
—Ya veremos. Pero más te vale que sea así.
El aire las golpea de cara. Hoy sí que refresca un poco más que los días de atrás, así que a esas horas
de la noche hace frío en el centro de Madrid. Menos mal que ha cogido un abrigo.
¿Qué se le habrá ocurrido a su hermana mayor?
No comprende nada. Por su cabeza pasan cientos de hipótesis que justifiquen el paseo inesperado:
desde que Alex le haya pedido matrimonio y la quiera como testigo, a un regalo de cumpleaños
adelantado. Aunque todavía queda bastante para ese día. Espera que no sea una broma. Tal vez, mientras
ellas dos andan por ahí, su madre le esté preparando algo en casa. Pero ¿qué y por qué?
Las chicas continúan bajando por la Gran Vía. Dejan atrás los Juzgados y siguen en dirección a la
calle de Alcalá. Sin embargo, Gadea se detiene de pronto delante de los ventanales de una cafetería que
permanece abierta. Examina el rótulo de la entrada y sonríe satisfecha. Están frente al restaurante del
hotel De las letras.
—Hemos llegado —anuncia mientras toma a María por el brazo—. Entremos.
—Espera. No daré un paso más hasta que me expliques qué hacemos aquí.
—¿No confías en mí?
—La confianza tiene un límite.
—Venga, Meri, no te hagas de rogar. Si te lo digo estropearé la sorpresa.
La pelirroja suspira y por fin accede a la petición de Gadea. Juntas, atraviesan una puerta giratoria y
luego otra de cristal. El lugar es realmente elegante. Está lleno de mesitas de cristal iluminadas con
velas. Los asientos son de diferentes clases: pequeñas butacas de colores, sillones de tres piezas, sillas
de distintas formas y materiales… Todo está decorado con mucho gusto. Las dos suben por una escalera
adornada con una alfombra roja hacia otro salón de características similares. María tiene la impresión de
que su hermana está buscando a alguien.
—¿Está aquí Alex? —le pregunta tratando de anticiparse a la sorpresa.
—¿Qué? ¿Álex?
—Sí. Tu novio. ¿Has quedado con él aquí?
—¡No!
En el rostro de Gadea se dibuja una gran sonrisa. Le da un golpecito a María en el hombro y le pide
que mire hacia donde ella le señala. La joven lo hace, muy extrañada.
Un hombre de unos cincuenta años está sentado, solo, en una de las mesitas. Ernesto lleva chaqueta,
pero no corbata. Aunque conserva bastante pelo, presenta unas entradas propias de su edad.
—¡Papá! —grita la pelirroja en cuanto lo ve. En seguida echa a correr hacia él.
El hombre se pone de pie y la recibe entre sus brazos con una sonrisa de oreja a oreja. Gadea llega a
continuación, más tranquilamente pero igual de ilusionada que su hermana, y le da dos besos en las
mejillas.
—¡Cómo me alegro de veros, pequeñas! —exclama Ernesto con lágrimas en los ojos.
Los tres viven unos segundos de gran emoción, hasta que el padre les pide a sus hijas que se sienten.
Se saca un pañuelo blanco de tela del bolsillo y se seca los ojos. Luego recobra la compostura y también
toma asiento en una pequeña butaca negra.
—¿Qué, te ha gustado la sorpresa? —le pregunta Gadea a su hermana, quien todavía está asimilando
el gran momento. De todas las cosas que había imaginado, ninguna tenía que ver con su padre.
—Sí. Pero podrías haberme dicho que veníamos a un sitio elegante y me habría arreglado un poco
más.
—Estás muy guapa así, hija.
—Papá, yo no soy guapa. Ni en vaqueros ni con un vestido de Nochevieja.
—Sí que lo eres. Las dos estáis preciosas.
Le da un beso en la mejilla a María y después otro a la mayor de las hermanas.
Un camarero se acerca a ellos y les pregunta si van a tomar algo. El hombre pide una cerveza y las
chicas una Coca-Cola.
—Bueno, ¿qué haces en Madrid? ¿Y por qué Gadea lo sabía y yo no?
—Perdona, Meri. Cuando papá y yo hemos hablado por teléfono esta tarde, me ha pedido que no te
dijese nada. Era una sorpresa.
—Llamé a tu hermana para decirle que estaba en la estación de tren y que tenía un billete para
Madrid.
—Pero… ¿desde cuándo lo tenías planeado?
—Se me ha ocurrido después de hablar contigo al mediodía. Un arrebato —comenta Ernesto mientras
juguetea con una servilleta de papel—. Necesitaba veros.
—¿Hasta cuándo te quedas?
—Hasta el martes. Me quedo en este hotel que está bastante bien.
El camarero regresa con las bebidas y las deja sobre la mesita de cristal junto a un platito con la
cuenta.
—¿Y cómo te encuentras? ¡Nos tienes preocupadas! —exclama María al tiempo que alza su vaso.
—Pues… no demasiado bien. No os quiero engañar. Como ya sabéis, lo de vuestra tía me ha afectado
mucho. Mi hermana me lo dio todo y era un gran apoyo para mí en Barcelona. Sin ella, siento como si me
faltara algo.
—Sabemos que ha sido duro, papá —admite Gadea—. Pero la vida sigue.
—Ya lo sé. Y lo intento, pero estoy muy solo allí, y saber que os tengo tan lejos me deprime más. Si
pudiera, volvería a Madrid, pero es imposible. Sería como empezar de cero de nuevo, y las cosas no
están como para arriesgarse. Además, ya tengo una edad, y todo me va costando un poco más.
Su mirada transmite casi más que sus palabras. Las dos chicas se dan cuenta de que su padre no está
bien. Oyéndolo, retroceden unos años en el tiempo, a cuando su madre y él se separaron y Ernesto
decidió marcharse a Barcelona. Fue triste y duro para todos, pero sobre todo para él. Sin embargo, creyó
que aquello era lo mejor que podía hacer en ese instante.
—Eres muy joven todavía. Tienes mucha vida por delante —comenta Gadea tras cogerle la mano.
—Tengo cuarenta y nueve años, pequeña. Ya veo más cerca el final que el principio.
—No digas eso, papá.
—Es la verdad, María. El tiempo pasa muy de prisa, y tarde o temprano todos nos hacemos viejos.
—Si tuvieras a tu lado una mujer que te cuidara y te quisiera, seguro que verías las cosas de otra
manera —señala la hija mayor—. Pero una mujer buena, no como Montse.
—Montse era buena conmigo. También a ella la echo de menos.
A ninguna de sus hijas les caía bien la ex pareja de su padre. Así que, aunque él lo haya pasado mal
tras su ruptura, se alegran de que no siga con ella.
—Seguro que estás a tiempo de encontrar a otra mujer que te quiera, papá.
—No sé. Ahora mismo no lo veo como una posibilidad.
—Porque estás muy negativo con todo —afirma María.
—Lo que estoy es muy solo.
Las dos hermanas se miran mientras Ernesto le da un gran trago a su cerveza. Aún no le han
comentado a su padre lo que ellas han hablado durante el fin de semana.
—¿Qué tienes pensado hacer mañana? —pregunta Gadea cambiando el tema y el tono de la
conversación.
—No lo sé. Vosotras tenéis clase, ¿no?
—Sí. Y yo no puedo faltar a la universidad. Tengo prácticas.
—Yo también tengo clase. Pero, si quieres, falto y paso la mañana contigo.
—No, no tienes que faltar al instituto.
—No pasa nada, papá. Todavía no hemos empezado con los exámenes. Por un día que no vaya…
—¿Seguro que no pasa nada?
—Segurísimo.
—Bueno, como tú quieras.
El hombre sonríe y le da las gracias a su hija con otro beso, en esta ocasión en la frente.
—Si quieres podemos quedar para desayunar y luego damos una vuelta por el centro.
—Claro. Genial. Será divertido.
—Yo me reuniré con vosotros al mediodía, y si quieres podemos comer los tres juntos —añade
Gadea.
—Estupendo. Pero ¿no le molestará a vuestra madre que paséis tanto tiempo conmigo?
—No te preocupes. Mamá no dirá nada.
Cuando su hija mayor la advirtió de que su padre venía a Madrid, no le gustó demasiado la idea de que
las dos salieran solas y tan tarde por el centro. Sin embargo, les dio permiso, porque comprendía que
encontrarse con él después de tantas semanas era bueno para ellas. Aunque, si supiera que una de las dos
tiene pensado marcharse a vivir con su ex marido durante unos meses, quizá su opinión sería diferente.
Capítulo 41
DEFINITIVAMENTE, este domingo ha sido un mal día. Un muy mal día. Menos mal que ya se termina.
No puede creerse que no vaya a haber más reuniones del Club de los Incomprendidos. En realidad, lo
que más fastidia a Bruno de este asunto es que es posible que ahora pase menos tiempo con Ester. Si la
chica ya no tiene la obligación de quedar con ellos, quizá conozca a otras personas, empiece a salir con
ellas y se vaya alejando de su lado poco a poco. Lo pasaría mal si eso sucediera, ya que, aunque sabe
que la posibilidad de que pase algo entre ellos es remota e inverosímil, todavía conserva la esperanza de
que las cosas cambien.
Es curioso que hace unos meses fuera él el que no asistía a alguna de las reuniones para no
encontrarse con su amiga. Prefería esconderse en su casa y no enfrentarse a sus sentimientos, ya que cada
vez que la veía sufría porque su amor no era correspondido. Ahora por lo menos ha aprendido a vivir con
ello, con las habituales subidas y bajadas de su estado de ánimo. Pero prefiere tenerla como amiga a no
tenerla.
Para colmo, María está a punto de irse a vivir a Barcelona. Eso significaría que su mayor punto de
apoyo desaparecería. Es su mejor amiga, su compañera de fatigas. El otro patito feo del grupo se alejaría
demasiado. María ha estado ahí siempre que la ha necesitado y le ha pedido ayuda. Echará mucho de
menos a la pelirroja si se marcha.
Hace unos minutos ha recibido un mensaje suyo en el que le decía que su padre estaba en Madrid y
que mañana pasaría el día con él. Así que no la verá en el instituto ni después de las clases. Con el resto
tampoco hay planes. No es que le apetezca mucho ver a los demás, salvo a Ester. Está enfadado con
Valeria, Raúl y, especialmente, con Elísabet por su voto en contra de las reuniones obligatorias del Club.
Si no les apetece que estén todos juntos y hagan las cosas como las han hecho siempre, sus motivos
tendrán, pero eso indica que todo ha cambiado entre ellos, tal como ya imaginaba el propio Bruno. Es
cierto que ya no son unos crios, pero ésa es sólo una excusa para empezar a dejar atrás lo que antes
necesitaban tanto. Ésa es la impresión que tiene: que ahora que ya no son tan incomprendidos, los tres
que han votado que no, empiezan a distanciarse y buscar otros caminos. Y, encima, han arrastrado a la
pobre Ester, que por ser buena y no quedar mal con nadie ha elegido no pronunciarse y votar en blanco.
La ha visto muy mal cuando salía de Constanza. Le ha dado muchísima pena que se haya ido así. Le
habría encantado animarla, pero después apenas ha podido hablar con ella. Le ha escrito un mensaje en el
WhatsApp, pero no cree que haya servido de mucho. Le duele que lo pase mal, no merece sentirse
responsable de la ruptura del grupo.
Mañana, intentará consolarla.
¿Y si la invita a ir a su casa por la tarde? A lo largo del año y pico que ha pasado desde que se
conocieron nunca ha estado allí. Y ya que María pasará el día con su padre, es una buena ocasión para
invitarla. Sus hermanos mayores llegan de la universidad por la noche, y los pequeños tienen actividades
extraescolares. Además, su padre trabaja. Tan sólo estará su madre.
Se pone nervioso al imaginarse que los dos podrían estar juntos y a solas en su habitación. ¿Que
suceda eso es algo bueno o malo?
Ya lo verá. Primero, Ester tiene que aceptar quedar con él. Y, si lo hace, Bruno intentará que se
sienta cómoda. Al fin y al cabo, simplemente se trata de un encuentro entre dos amigos; porque eso es lo
que son, buenos amigos. A no ser que a Cupido le dé por lanzar unas cuantas flechas con su nombre
contra el corazón de Ester y se produzca un milagro.
Lo que Bruno no sabe es que las flechas de Cupido que se han clavado en el corazón de su amiga
tienen otro nombre escrito. Y han provocado una herida difícil de sanar.
Después de llorar mucho, Ester se quedó dormida. Una pesadilla la ha despertado hace un buen rato y
desde entonces no ha sido capaz de volver a conciliar el sueño. Desvelada, escucha música con los
auriculares y sigue dándole vueltas al domingo que acaba de terminar. La conversación con Valeria no le
ha servido de mucho. Al comienzo sí, pero cuando empezaron a hablar de Rodrigo… otra vez esa
inmensa angustia que la martillea constantemente. Las horribles palabras de su entrenador en el vestuario,
el olor a vainilla del botecito de perfume roto… La sensación que lleva dentro es insufrible.
Tampoco la han animado los mensajes de María y Bruno. Ellos son siempre muy amables con ella…
Son dos amigos increíbles. Pero, aunque lo del voto en blanco la ha afectado bastante y se siente
culpable, lo que de verdad le duele y le lleva doliendo desde que ha sucedido es lo que ha pasado con su
entrenador.
El error no ha sido enamorarse, sino no pensar en las consecuencias. Y es que, cuando te enamoras,
cabe la posibilidad de que te hagan daño. Era algo que sospechaba, pero hasta este momento no lo había
vivido.
Apaga la música y se quita los auriculares. Se tapa y se destapa. Es imposible dormir, así que coge el
portátil y busca en la carpeta «Series» el último capítulo de «Pequeñas mentirosas» que tiene descargado.
Le encanta, es su favorita. Incluso se siente identificada con una de las protagonistas. Aria es una
estudiante que está enamorada perdidamente de Ezra, uno de sus profesores. Los dos comienzan una
relación en secreto, a espaldas de los padres de la alumna. Hacen muy buena pareja y Ester espera que al
final de la serie ambos terminen juntos.
El capítulo está muy interesante. «A» no deja de extorsionar a las cuatro chicas con todo tipo de
mensajes. Ester permanece expectante, casi sin pestañear, delante de la pantalla del ordenador. Sin
embargo, tras una escena de amor entre Aria y Ezra en la que los dos se besan en el coche del profesor,
se ve obligada a pulsar el stop. Demasiados recuerdos que se vuelven insoportables.
¿Por qué no la llama?
Seguirá enfadado por lo del partido. Pero ella no aguanta más su silencio. ¿Es que no siente ni un
mínimo de compasión?
Necesita escucharlo. Si no lo necesitara tanto, no estaría delante de su teléfono con el número de
Rodrigo en la pantalla. Sabe que es un error darle a la tecla de llamada. Un tremendo error. Pero… lo
hace.
No recuerda haber estado tan nerviosa en toda su vida. Tiene la tentación de colgar y olvidarse de
todo bajo las mantas. Si no necesitara tanto oír su voz… Transcurre un siglo, o eso le parece, hasta que
oye el tono que indica que ya no hay marcha atrás. Está llamando. Al otro lado, descuelgan rápidamente y
se oye la voz masculina con la que tantas veces ha soñado desde hace unas semanas:
«Hola, éste es el contestador automático de Rodrigo. Si quieres o necesitas algo, puedes decírmelo
cuando suene esa señal tan ridícula que trae el aparato. Creo que tienes un minuto. Muchas gracias y, en
cuanto pueda, te llamo.»
Y suena un pitido que a Ester le parece aún más ridículo que lo que el joven comentaba. Casi tan
ridículo como se siente ella ahora. Al principio no dice nada. No sabe qué decir. Pero varios segundos
después de la señal, saca fuerzas de flaqueza y habla.
—Hola. Soy yo. Me preguntaba por qué no me llamas ni me escribes. Tal vez no sea tan importante
para ti como… como tú lo eres para mí. Soy sólo una niña, ¿verdad? Siento lo del partido. Hoy he jugado
muy mal. Y siento que te hayas enfadado conmigo. Desearía que no hubiera pasado ninguna de las dos
cosas, porque ahora estaría… contenta, sonriendo… oliendo a vainilla… y… a lo mejor… hablando
contigo, no con un cacharro estúpido que no me dice lo guapa que estoy… ni me riñe por salir con mis
amigos de noche. Seguro que no lloraría… de rabia o de… tristeza…, sino de felicidad. Pero las cosas
son como son, no como quieres que sean… Soy tonta. Lo sé. Pero… llámame, por favor. Necesito es…
Un nuevo pitido anuncia que la llamada ha terminado.
—¡La una! —escribe Eli en su MSN tras darse cuenta de la hora que es.
—Sí que se ha hecho tarde.
Los dos llevan más de dos horas hablando, aunque hace un rato que sólo se ven, han quitado el sonido
para no molestar a sus respectivas familias. La chica no ha parado de darle las gracias a Raúl por todo lo
que ha hecho hoy por ella, y también le ha pedido disculpas. Lo de lanzársele al cuello no volverá a
pasar. Se lo ha prometido mirando directamente a la cam de su ordenador.
—Es que contigo se me pasa el tiempo volando.
Elísabet sonríe, tímida y sincera. Ahora entiende que se ha equivocado en la forma de hacer las cosas
con él. No debería haber ido tan de prisa.
—Hay que irse a dormir, que mañana nos espera un duro día de clases.
—Uff. No me lo recuerdes.
—A las ocho y media allí.
—¡Te he dicho que no me lo recuerdes!
—¡Claro que te lo recuerdo! No vaya a ser que te duermas y faltes a Lengua, que es tu asignatura.
Los dos sonríen. Ha sido una conversación agradable e inesperada. Ninguno de los dos iba a
conectarse al Messenger esa noche. Apenas lo usan ya. Ambos prefieren las redes sociales o el
WhatsApp para hablar entre ellos. Sin embargo, prácticamente al mismo tiempo, entraron por casualidad
y empezaron a dialogar sobre lo que había pasado por la tarde en la cafetería. Luego se pusieron la cam y
llegaron las risas, las bromas y todo lo demás.
—¿Quieres que vayamos juntos al instituto? ¿Paso a recogerte? —pregunta Eli tras programar la
alarma del teléfono a las siete y media.
—Eh…
—¿No quieres?
—No es eso.
La expresión de Raúl lo dice todo. Y Elísabet se da cuenta en seguida. La joven sonríe como si no
hubiese pasado nada y se levanta de la silla de la que apenas se ha movido desde antes de las once.
—¡Anda! ¡Si no puedo! Acabo de recordar que ya había quedado con mi padre para que me llevase
en coche —miente. Y se le nota mucho, además—. Nos vemos en el insti a las ocho y veintimuchos,
entonces.
—Vale.
—Buenas noches, Raúl. Hasta mañana.
Sin que al joven le dé tiempo a responder, su amiga apaga la cámara y finaliza la sesión de su MSN.
Eli se ha dado mucha prisa en marcharse. Eso es que se ha molestado porque no le ha dicho que sí.
Raúl lo lamenta, porque se lo ha pasado muy bien hablando con ella esta noche. Hacía mucho tiempo que
no veía a esa Elísabet tan natural y divertida. A la que conoció cuando todos se metían con sus granos y
su falta de feminidad.
Le habría gustado que lo recogiese para ir al instituto, pero ya tenía algo previsto. Otros planes.
Aunque ya no está seguro de si debe pasarse por casa de Valeria.
Mientras hablaba con Eli por el Messenger, ha recibido un mensaje de ella.
Me voy a la cama pensando en lo increíbles que han sido las últimas 24 horas contigo. Gracias por
hacerme feliz. Un beso.
En ese instante, se sintió un poco culpable por estar tan a gusto hablando con una chica que no era
ella. Aunque se tratase de Elísabet, su mejor amiga. Él también ha disfrutado mucho de esas últimas horas
y desea volver a verla, besarla y abrazarla cuanto antes. Así que mintió a Eli sobre el contenido y el
emisor del mensaje, pues la joven se había percatado, gracias a la cam, de que había recibido un mensaje
en su BlackBerry negra, y unos minutos después, pretextando que iba al baño, salió del plano de la
cámara y respondió a Valeria.
Para mí también ha sido especial. Mañana, si quieres, desayunamos juntos otra vez. ¿Me paso por tu casa
a las ocho? Si tu madre está a esa hora, avísame con un WhatsApp. Un beso y que descanses, preciosa.
Raúl apaga el ordenador. Cansado, se tumba sobre la cama. Se quita los calcetines y atrapa con
fuerza la almohada. Necesita dormir.
Es extraño que haya sido Elísabet la última persona a la que ha visto hoy. También es la última de la
que se ha despedido y la última a la que ha sonreído pese a que la amistad entre ambos parecía perdida
anoche, cuando ella se marchó en aquel taxi.
Se alegra de que no haya sido así. Aunque, por otra parte, tiene miedo a cómo reaccionará el día que
se entere de lo de Valeria.
De momento, es mejor guardar el secreto y no contarle nada. Aunque hay secretos que, por mucho que
uno se esfuerce en esconderlos, salen a la luz cuando menos te lo esperas. Y pronto lo va a comprobar.
Capítulo 42
 
Las cuatro y media de la madrugada y tiene los ojos abiertos como platos. Demasiadas
preocupaciones como para poder dormir. Bosteza mientras se dirige hacia la mesa donde tiene el portátil.
Se sienta y lo enciende. Mientras se inicia la sesión, conecta los auriculares y gradúa el volumen. Le
apetece escuchar algo de música.
El Windows Vista tarda un poco en cargarse, pero por fin está listo. Entra en la carpeta donde tiene
las canciones y rastrea hasta encontrar un tema adecuado para la ocasión: Perfect two, de Auburn.
Ahora ya puede empezar a escribir:
Si NO TUVIERA…
Si no tuviera una cadena que limita mis movimientos, podría alcanzar el sueño de amar. De cogerte
de la mano sin miedo y recorrer contigo el mundo sin que nadie nos moleste. De perderme en tus ojos y
decirte que te quiero, que no puedo pasar ni un día sin ti.
Si no tuviera pánico a escuchar tu respuesta, sería capaz de gritar en nuestros silencios que te amo.
De saltar la barrera que nos separa, que condiciona todo lo que siento por ti. Me impondría a cualquier
adversidad si supiera que tu corazón dice lo mismo que el mío.
Si no tuviera razón al creer que lo nuestro no es que sea imposible, es que solamente es imposible,
pensaría que dos más dos pueden ser cinco y que los globos también vuelan sin helio. Que las gaviotas
saben vivir lejos del mar y que las nubes lloran porque no las dejan ver el sol.
Si no tuviera un secreto en el que me dedicara a esconder lo que siento, escribiría en tus sábanas mi
pensamiento. Anotaría cada dictado en tus labios e imaginaría que cada beso es el mejor que has dado
nunca. Dibujaría una línea infinita en tu espalda que hiciera que me perdiera en lo más profundo de tu
horizonte.
Si no tuviera tantas ganas de quererte, abandonaría esa idea en un instante. Derrocharía mis lágrimas
en intrascendentales historias de mi estúpido día a día. Buscaría un armario del que sacar toda la ropa
que nunca me pongo. En realidad, moriría si ya no me quedaran ganas de quererte.
Cuando termina, pulsa el Enter y entra en la página de su blog:
<http://tengolsecreto.blogspot.com.es/2012/03/ si-no-tuviera.html>. Relee lo que ha escrito y suspira. Si
no tuviera…
Pero tiene. Tiene muchas cosas que no puede cambiar. Sentimientos contradictorios. Sensaciones
imposibles de apagar y alguna que todavía no ha conseguido descifrar por completo. Constantemente,
escala un muro cuyo final sabe que está muy lejos.
Al menos delante del ordenador se desahoga. Es lo único que le queda y lo único que la ayuda a vivir
en su secreto.
Lunes
Capítulo 43
&AMP;NBSP;
Son casi las ocho de la mañana. Su madre se ha marchado hace un rato y ahora espera impaciente a
que suene el telefonillo de su casa. ¡Está deseando ver a Raúl! Anoche se fue a la cama pensando en él;
se desveló de madrugada y seguía pensando en él; y se ha levantado nerviosa pensando en él. Debe de
estar al llegar. Han quedado para desayunar juntos. ¡Otra vez! Así da gusto empezar la semana. Con lo
que Valeria odia los lunes, éste tiene muy buena pinta. Aunque en esta ocasión no habrá chocolate con
churros.
Dos minutos antes de las ocho, llaman al timbre. Ilusionada, corre hacia ella y observa al visitante a
través de la mirilla. ¡Es Raúl! Abre a toda velocidad.
—¡Buenos días, princesa! —exclama él sonriente.
—Buenos días.
La chica se lanza a sus brazos y lo besa en los labios. Dando pequeños pasos, entran en la casa
abrazados. Se repiten todas las sensaciones del día anterior. Es increíble tenerlo de nuevo tan cerca,
saborear su boca. Valeria nunca se cansaría de ello, aunque tuviera que levantarse a las siete de la
mañana todos los días de su vida.
—¿Quién te ha abierto la puerta de la entrada? —pregunta la chica mientras lo lleva de la mano hacia
la cocina.
—Una vecina. Muy mona, por cierto.
—¿Una vecina mona? Será la del segundo B.
—Pues es muy guapa. ¿Sois amigas?
—No. Ella va a la universidad. Apenas hemos hablado un par de veces.
—¿Cómo se llama?
—Ángela.
—Mmm. Ángela… bonito nombre.
—Sí, ¿verdad? No vas a ponerme celosa, si es lo que pretendes —dice con seguridad—. Bueno,
vale, me he puesto celosa.
El joven ríe y, antes de entrar en la cocina, la agarra por la cintura y vuelve a besarla. Valeria cierra
los ojos y contiene la respiración. Qué bien sabe. Definitivamente, nunca se cansaría de aquello.
—¿Todo esto es para nosotros?
Raúl se queda asombrado ante lo que Valeria ha preparado para desayunar: zumos, cruasanes,
tostadas, café, magdalenas, galletas y varias piezas de fruta.
—¡Claro! ¿No dicen que el desayuno es la comida más importante del día?
—La más importante sí, pero no la única.
—Tonto. ¡Tampoco es tanto!
—Es lo que yo desayunaría durante todo un mes.
—Eres un exagerado.
—¿Exagerado? ¡Mira toda esta comida!
—¡Te repito que el desayuno es la comida que nos da energía para el resto del día! ¡Es muy
importante!
—Tendría que haber traído a mis hermanas para que nos ayudaran. —Y suelta una carcajada ante la
mirada de mal humor de Valeria—. Además, sólo tenemos quince minutos. ¿O no recuerdas que entramos
a las ocho y media?
—No te quejes más y ayúdame a llevar esto al comedor.
Cada uno coge una de las bandejas en las que la chica lo ha colocado todo, y salen de la cocina
cargados con ellas. Las dejan sobre la mesa en la que desayunaron la otra vez y se sientan en el sofá.
—No sé por dónde empezar —comenta Raúl, que no puede evitar sonreír continuamente.
—¿Qué tal con el zumo de melocotón?
—¿Está bu…?
Pero, sin permitirle acabar la pregunta, Valeria, que acaba de servirse zumo de melocotón en un vaso
y de darle un sorbo, lo besa una vez más.
—¿Te gusta?
—Mucho. Es el mejor que he probado nunca.
—Me alegro de que haya tenido éxito.
Los dos sonríen y continúan desayunando entre besos y bromas. Hasta que el timbre de la puerta
vuelve a sonar. Los chicos se miran entre ellos.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Valeria se pone de pie y se dirige a la entrada de la casa. Camina lentamente, sin hacer ruido. Se acerca a
la mirilla de la puerta y, a través del pequeño cristal, ve a Elísabet. Corriendo, avisa a Raúl.
—¿Vas a abrir? —le pregunta él en voz baja.
—Claro, ¿qué voy a hacer?
El timbre suena de nuevo.
—Ya se irá.
—Si no abro sospechará algo.
—¡Qué va a sospechar! Le dices que ya te habías ido a clase.
—Ella llegará antes y no me verá allí. Además, ¿y si por casualidad nos encontramos por el camino?
Tercera vez que suena el timbre. Parece impaciente.
—Está bien. Me escondo en la cocina.
—Vale, pero llévate esto —ruega Valeria mientras señala el desayuno.
El joven se inclina sobre la mesita y, con muchas dificultades, a pulso, coge una bandeja con cada
mano y se va corriendo a la cocina. Allí, se encierra y escucha pegado a la puerta.
Mientras, Valeria abre la puerta. Eli entra en el piso nerviosa, atropellada. Ni siquiera le da dos
besos ni los buenos días.
—Qué majo tu vecino.
—¿Qué vecino?
—Uno moreno, con pendientes; muy, muy, muy guapo. Ha sido él quien me ha abierto abajo.
Debe de tratarse de Julio, el hermano de Ángela. Es modelo. Y también gay. Pero Valeria no quiere
desilusionar a su amiga.
—Ya te lo presentaré.
—Vale… —contesta Eli. Sin embargo, no parece estar demasiado feliz por ello—. Sí que has
tardado, estaba a punto de irme.
—Lo siento. Es que… estaba peinándome.
Elísabet observa detenidamente el pelo de su amiga. Da la impresión de que Valeria hubiera estado
haciendo justo lo contrario.
—Pues no se nota. Lo tienes muy… alborotado.
—Porque, como te he dicho, estaba peinándome. ¡Aún no había terminado!
—Bueno. También se lleva así. —Eli se sienta en el sofá del salón. Lleva una mochila, que parece
terriblemente pesada, colgada a la espalda—. Nena, estoy muy liada.
Valeria suspira. Se terminó el desayuno romántico, el paseo hasta el instituto con Raúl y todo lo
demás. Se sienta a su lado y se pasa la mano por la cabeza para tratar de alisarse un poco el cabello. Los
achuchones y los besos del que está encerrado en la cocina le han pasado factura a su peinado.
—Cuéntame, ¿qué te pasa?
—Raúl —dice muy seria—. Eso es lo que me pasa.
—¿Raúl? ¿Qué te ha hecho?
—Nada. Pero… estoy confusa.
—¿En qué sentido?
—No me lo quito de la cabeza. Además…
—¿Me dejas que vaya un momento a la cocina? —la interrumpe después de comprobar que son las
ocho y cuarto—. Me lo cuentas de camino al instituto. Si no, llegaremos tarde.
—Vale. Te espero aquí.
Una sonrisa forzada y Valeria corre hacia el escondite de Raúl. Abre la puerta y le da un rápido beso
en los labios.
—Me voy con ella —le dice hablando muy de prisa y en voz muy baja, casi inaudible para los oídos
del chico.
—¿Te vas?
—Sí, tengo que hacerlo.
—Vaya.
—Cuando pasen un par de minutos, sales del piso y cierras la puerta.
—Claro, no voy a dejarla abierta —repone él, irónico, alzando un poco la voz.
—Shhhh. No hables más. A ver si se va a enterar de que estás aquí y la tenemos.
—Shhhh.
—Adiós. Nos vemos luego.
Otro beso. Y otro, el último antes de abandonar la cocina. ¡Dios, le encanta! Pero están corriendo un
riesgo demasiado grande. Si Eli descubriese que Raúl está allí, no cabe duda de que los tres aparecerían
al día siguiente en las páginas de sucesos de cualquier periódico. Tras despedirse del joven, camina de
prisa hacia su dormitorio. Coge las cosas del instituto y regresa al salón, donde Eli ya se ha puesto en
pie. No hay indicios de que sospeche o haya oído algo. ¡Menos mal!
—Sigues despeinada.
—Bueno, llevo un cepillo en la mochila, ya lo solucionaré en el instituto —apunta Valeria resoplando
—. ¿Nos vamos?
—Sí.
Las dos amigas salen del piso. Hace una mañana soleada; algo fría, pero no se está mal en la calle.
Valeria piensa en que ahora mismo podría ir caminando junto a él, dándole besos furtivos en las esquinas
o detrás de los árboles que encontrasen en el camino. Lástima que Elísabet haya aparecido de repente. Le
toca hacer de confesionario.
—A ver, dime, qué te pasa. ¿Por qué estás tan confusa?
—Es que… Ayer por la noche estuve hablando con él y… No sé, me lo pasé muy bien. Y creo que
Raúl también.
—¿Hablaste con él? ¿Cuándo?
—En el MSN. ¡Nos pasamos más de dos horas con la cam puesta!
Aquello afecta a Valeria. Mucho. Experimenta una sensación muy extraña en ese instante. No se
esperaba que Eli le dijese algo así, ni que Raúl hubiera hablado con ella anoche, después de la reunión
de los incomprendidos.
—¿Más de dos horas?
—Sí. Hasta la una. Fue… bonito. Nos reímos mucho y lo pasamos bien recordando cosas del pasado.
—Ya.
—Pero, cuando nos despedimos, le pregunté si quería que hoy lo recogiese para ir al instituto y,
aunque no me lo dijo directamente, me dio a entender que no. Entonces yo me inventé que no recordaba
que había quedado con mi padre para que me llevara en coche.
—¿Y dónde está tu padre?
—¿No me escuchas? ¡Me lo inventé para no hacerlo sentir mal y para no sentirme mal yo porque
volviera a rechazarme!
—Ah.
—El caso es que no quería venir conmigo. Y no sé el motivo.
—¿No lo sabes?
—No —responde Eli muy rotunda—. Pero tengo tres teorías: una, que realmente no podía por
cualquier motivo. No sé… por cualquier cosa; dos, que no quiera darme esperanzas de que en algún
momento pueda haber algo entre ambos y por eso no quede conmigo a solas para ir al instituto. Para no
hacerme daño.
Elísabet hace una pausa. Respira y busca las palabras para explicar su última teoría.
—Y hay una tercera, ¿no?
—Sí. Que sienta algo por mí y no quiera implicarse más en la historia.
—¿Cómo?
—Muy sencillo, nena. Después de todo lo que ha pasado durante este fin de semana, descubre que
realmente le gusto, pero no quiere acercarse mucho a mí por temor a… ¡Yo qué sé! Al compromiso, a que
ahora sea yo la que le diga que no… O puede que simplemente siga teniendo dudas de que él y yo
podamos formar una pareja de verdad.
Valeria se peina y repeina con las manos. Se está poniendo muy nerviosa. ¿Tendrá razón su amiga y
estará también Raúl confuso en cuanto a sus sentimientos? No. Eso no tiene sentido. Ningún sentido. ¡Si
acaba de desayunar con él en su casa!
—No sé, Eli. ¿Tu crees que…?
—¡Es que esta tercera posibilidad sería la más lógica! —grita la joven exaltada—. Tendrías que leer
la conversación de anoche en el MSN. Parecíamos novios o algo así.
Sí, tendría que leerla. Y después buscar el número de algún sicario que quisiera hacer un trabajito.
¿Cómo pudo estar dos horas hablando con Elísabet y con la cam puesta en lugar de estar pensando en
ella? Y, para colmo, no ha tenido la decencia de contarle nada. ¿Estará jugando a dos bandas?
A Valeria empieza a preocuparle mucho el asunto. Su amiga haría mejor pareja que ella con Raúl. En
todos los sentidos. Y, si Eli sigue insistiendo, existe la posibilidad de que el chico cambie su decisión.
—Nena, ¿por qué te has quedado tan callada? ¿Qué piensas del tema? ¿Crees que todavía puedo tener
esperanzas con Raúl?
—La verdad es que…
—Ya las había perdido. Pero creo que haciendo las cosas bien podría conseguir una oportunidad.
Las chicas llegan al instituto. Valeria le dice a su amiga que va al baño a arreglarse el pelo. Delante
del espejo, con el cepillo en la mano, se da cuenta de que le cuesta mucho sonreír. Toda la felicidad que
la inundaba cuando se despertó por la mañana se ha esfumado. Necesita hablar con él y que le aclare las
cosas.
Aunque no está segura de que ni siquiera el propio Raúl las tenga claras.

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