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Capítulo 4
UN rato antes de que los seis amigos se encontraran en Sol
Esa sudadera le queda fatal. Nunca le sentó muy bien el color rojo. Y encima le está grande. ¿Su
madre no sabe qué talla usa? Ha crecido. Poco, muy poco, pero al menos Bruno ya no se avergüenza de
ser el bajito de la clase. Además, aún tiene la esperanza de dar el estirón algún día.
Realmente, la sudadera es un horror. Mira de nuevo dentro del armario. Nada es de su agrado: muy
usado, muy antiguo, muy feo, muy… ¡Pero eso qué es! ¿Es que no hay ni una sola prenda de invierno que
no le haga parecer un friki? Definitivamente, necesita ropa nueva para salir por las noches. No es que lo
haga mucho, pero para ocasiones como la de hoy no tiene qué ponerse. ¡Una fiesta universitaria y él sin
nada decente con lo que vestirse! Ya es hora de tomar las riendas de lo que cuelga en sus perchas. Su
madre ha tenido ese poder durante demasiado tiempo.
¿Qué demonios se pone?
Aunque, pensándolo bien… qué más da. Nadie se va a fijar en él.
La sudadera roja al menos es calentita. Se examina en el espejo del armario y, tras chasquear la
lengua, la da por válida.
¡Qué horror!
Suena el pitido del WhatsApp. Saca la BlackBerry del bolsillo del vaquero y lee en voz baja.
Tío, date prisa o éstas nos matan. Ya vamos con retraso.
Qué pesado es Raúl. Ya va, ya va. Si las chicas no se van a ir, esperarán hasta que lleguen ellos. Por
su amigo, por supuesto. Si fuera por él, está seguro de que ninguna lo esperaría. Bueno, quizá sólo una, la
buena de María, que siempre perdona todas sus meteduras de pata. Ellos dos son los patitos feos del
grupo. Por lo menos ahora.
Porque antes no era así. Los cinco que fundaron el Club eran bichos raros. Pero, con los años, las
cosas han cambiado. Valeria es la simpática; Eli, la guapa; Raúl, el líder, y Ester siempre ha sido Ester.
Aunque ella se unió a los incomprendidos más tarde. Sin embargo, se integró como una más. No lo llamó
nunca enano ni se mofó de su estatura. Sonreía y era adorable con todos bajo su perfecto y cuidado
flequillo en forma de cortinilla.
—Hola, me llamo Ester. Encantada de conocerte.
Debajo de una caperuza roja, sus ojos verdes eran los más bonitos que había visto nunca. ¿Brillaban
de una forma diferente? Eso le parecía. Y esa forma de arrugar la nariz al sonreír… ¡Guau!
—Hola, soy… Corradini. Bruno Corradini.
Como Bond, James Bond. ¡Qué estúpido fue al responder así! ¡Ni que estuviera en una película de
007!
—¿Corradini? Eso es…
—Sí, como el apellido de Chenoa. Pero no somos familia.
—Ah. No iba a decir eso —le aclaró Ester sin dejar de sonreír—. No sabía que Chenoa se llamara
así. Iba a preguntarte si tu padre era italiano.
Estúpido al cuadrado. Pensaría que era un presuntuoso por presumir de apellido. Mal, muy mal
comienzo.
—Argentino. Mi padre nació en Buenos Aires. Como mi abuelo.
—¡Qué bien! Nunca había tenido un amigo extranjero.
Y ahí fue donde se enamoró. Qué más daba que lo considerara extranjero sin serlo. Había nacido en
pleno centro de Madrid. Pero fue tal su inocencia al hablar, la limpieza en su voz… ¡Y era tan preciosa!
Amigo. Ya lo consideraba su amigo. Aunque hacía medio minuto que lo conocía.
Fueron muchos días pensando en ella. Demasiados. La amó en silencio. Sufrió, lloró, enfermó por
Ester. Hasta que no pudo más, y un día se decidió. Le declaró todo lo que sentía. Pero lo hizo a su
manera.
Le escribió una carta en la que decía:
Hola, Ester:
Creo que ha llegado el momento de confesarte todo lo que siento. Estoy enamoradísimo de ti.
Pienso cada minuto del día en tus ojos, en tu boca, en tus labios, en tu sonrisa… En realidad, Ester,
no hay ni un solo segundo de mi vida en el que deje de pensar en ti. Pero no quiero pasarlo peor de lo
que ya lo estoy pasando. No soportaría que me miraras a la cara y me rechazaras. Así que sólo me
decidiré a revelarte mi identidad si marcas mi nombre con una cruz.
¿Con cuál de estos chicos te gustaría salir si te lo propusiera?…
Y una lista con veinte nombres. Había de todo: feos, guapos, altos, bajitos, de cursos mayores, gorditos,
deportistas… y él.
¿Estaba loco? Sí, locamente enamorado. Y muy desesperado.
…Si estuvieras dispuesta a mantener una relación conmigo, lo sabré. Si no, permaneceré oculto
para siempre. Y me olvidaré de tu amor.
Deja esta carta con tu respuesta mañana después de clase en el árbol que hay en el patio del
instituto. Piénsatelo bien.
Por favor, no te rías de mí. Esto no es ninguna broma.
Espero emocionado e impaciente tu respuesta.
Un beso muy grande, te quiere,
tu gran admirador, ya no tan secreto.
PD: No le digas a nadie lo que te acabo de escribir. Esto es muy importante para mí.
PD2: Te quiero muchísimo.
Las horas de instituto de aquel miércoles de diciembre fueron larguísimas, angustiosas e
insoportables para Bruno. ¿Habría marcado Ester su nombre? ¡Qué nervios! Durante el día ella no
comentó nada con ninguno del grupo. Buena señal. O no. ¿Qué pensaría de todo aquello?
Y, por fin, mil años después, las clases terminaron. El chico se quedó en el aula y contempló desde
una ventana cómo su amiga se dirigía sola, con su carta, hacia el árbol del patio. Al menos, se lo había
tomado en serio. Su rostro era el de siempre, aunque no dejaba de mirar a un lado y a otro. Colocó el
sobre en las faldas del roble, después de doblarlo, para ocultarlo de los curiosos que pasaran por allí.
Sólo podría verlo alguien que supiera que en aquel árbol había algo.
Ester echó un nuevo vistazo a su alrededor y, tras suspirar profundamente, se marchó.
La impaciencia se apoderó entonces de Bruno, pero no podía ir inmediatamente a por aquella carta
que contenía la respuesta a la pregunta más importante que había hecho jamás. Seguro que ella se había
escondido en alguna parte para descubrir a su admirador secreto.
¿Qué debía hacer?
Se armó de paciencia, se colgó la mochila a la espalda y se fue a casa. Después de comer, sin avisar
a nadie, regresó al instituto. Inconveniente: estaba cerrado. A gritos, llamó al conserje, que acudió veloz,
alarmado por la insistencia del muchacho. Éste le rogó que le abriera la puerta aduciendo que se había
olvidado un libro que necesitaba urgentemente. «Es para el examen de mañana. Cuestión de vida o
muerte.» El hombre, que lo conocía bien y a quien le caía simpático aquel muchacho bajito, le abrió la
cancela del centro y Bruno corrió como un poseso hasta el roble del patio. ¡La carta seguía allí! La
alcanzó a toda velocidad y, sin parar de correr, se marchó tras darle las gracias al conserje.
Su intención era abrirla en casa, tranquilamente. Cuando se hubiera calmado. Pero, a mitad de
camino, no pudo soportarlo más y se sentó en un banco de un parque para examinar el contenido de aquel
sobre mágico. Ante sí tenía nada más y nada menos que los deseos y sentimientos de su amada. No sólo
descubriría si él le gustaba, sino también a todos los chicos a los que también podría abrirles su corazón.
¿Era buena idea saber qué nombres había marcado Ester? ¿Y si no lo había señalado a él? Se
hundiría. Pero ¿y si sí?
Deshojó la margarita durante un par de minutos. Temblaba. Le costaba respirar a causa de la tensión.
Finalmente, Bruno abrió el sobre.
Sacó el papel, que estaba doblado, y, tras sentir un escalofrío, comprobó la lista que él mismo había
elaborado el día anterior.
Otra vez el pitido del WhatsApp. ¿Quién será esta vez? De nuevo Raúl.
Al final voy a por ti. Más te vale estar listo cuando llame a tu casa. Llego en dos minutos.
Pero ¿no habían quedado en la parada de metro de Sol? Raúl es cada día más pesado. Aunque lo
quiere como a un hermano. Y eso que ya tiene cuatro. Pero ser el del medio nunca le ha traído muchos
beneficios. Los dos pequeños son la alegría de la casa. Y los mayores siempre han recibido una atención
especial por parte de sus padres. Él sólo es eso, el tercero de cinco.
Exactamente ciento veinte segundos después del mensaje de su amigo, suena el telefonillo del piso.
—¡Voy yo! ¡Es para mí! —grita antes de que alguno de sus hermanos pequeños se anticipe o su madre
proteste enfadada. Si tiene que ver con él, se vuelve más irascible.
Aun así, el molesto pitido suena de nuevo. «Impaciente, ya voy», murmura para sí. Llega hasta el
recibidor y pulsa el botón para hablar por el telefonillo:
—¿Raúl?
—Bruno, ¡venga, date prisa!
—Voy, pero no llames más, por favor.
—¡Baja!
—¡Vale! ¡Bajo!
Y sin que le dé tiempo a abrir la puerta de entrada de la casa y a avisar a sus padres de que se va, el
timbre vuelve a sonar.
«Capullo», dice en voz baja. Resopla. Tiene ganas de matarlo, aunque, si lo hace, se quedará sin el
único amigo de verdad que ha tenido en su vida.
Aunque la amistad en algunos casos no es eterna. Y una palabra, un malentendido o cualquier
situación imprevista puede acabar con ella.
Capítulo 5
—¿NOS vamos o qué?
—Encima de que llegas tarde, ahora metes prisa —refunfuña Eli con voz melosa; a continuación, se
agarra con fuerza al brazo de Raúl.
—Tanto echarnos en cara a Bruno y a mí que lleváis aquí esperando mucho tiempo y ahora…
Pero Elísabet no lo deja hablar más. Tira de él y, casi a rastras, lo conduce hasta la boca de metro.
Los dos bajan en primer lugar la escalera de la estación del metro de Sol. Entre risas. Sin prestar
atención al resto. Valeria los contempla resignada. Ya ha comenzado la «caza».
—¿Y a ésta qué le pasa? —le pregunta María extrañada—. Está más alterada de lo habitual. ¿Habéis
bebido algo ya?
—Qué va. Ni una gota de alcohol.
—Pues está eufórica. Cuando empiece, no sé cómo va a terminar.
Valeria se encoge de hombros y suspira. Se queda inmóvil un instante, pensativa, mientras los demás
también bajan por la escalera de la estación. Va a ser una noche muy larga para ella. No sabe si
aguantará. Tener que soportar cómo Eli le tira los tejos a Raúl no será nada agradable. Pero peor será
cuando éste pique el anzuelo.
—Val, vamos —la llama Ester con una sonrisa desde los escalones—. ¡Y alegra esa cara, que nos
espera una gran noche!
—Una gran noche… —murmura ella poco convencida.
Sonríe tímidamente y se dirige hacia ellos.
Hay muchísima gente en el vestíbulo del metro de Sol. Hora punta. La mayoría son chicas y chicos
jóvenes arreglados de sábado noche. Pese al alboroto, se oye la melodía de una guitarra y la voz rasgada
de un músico interpretando Caricias en tu espalda, de Despistaos. Lo hace francamente bien. Valeria
busca con la mirada al intérprete de la canción, pero no consigue distinguirlo entre tanta gente. Por fin lo
descubre cerca de una de las hileras de máquinas de tiques. Es un muchacho bastante más joven de lo que
su voz presagiaba. O, por lo menos, eso es lo que indica su rostro imberbe y afilado. Tendrá cinco o seis
años más que ella, como mucho. Tiene el pelo largo, por debajo de los hombros, castaño, y lleva puesto
un sombrero gris con una cinta negra que lo atraviesa por el centro. Viste con un fino jersey beis, muy
ajustado, y unos vaqueros azules rotos.
Es realmente guapo.
—¡Nena, que te duermes! —grita Elísabet desde el otro lado del torno. Agarrada del brazo de Raúl,
camina hacia la línea tres.
Todos han pasado ya, excepto ella. Valeria resopla y se da prisa por acudir junto a sus amigos. Abre
su bolso y busca dentro el bonometro. No da con él. Mierda. ¿Dónde está?
Escarba entre sus cosas, pero ni rastro. Los demás han seguido hacia delante y ya ni los ve. Joder!
¡Qué prisa tienen! Empieza a ponerse nerviosa. Por lo visto se lo ha dejado en casa. ¡Tendrá que sacar un
billete sencillo!
Se da la vuelta y acude rápidamente a las máquinas expendedoras. La única libre es la que está junto
al chico que toca la guitarra. Va hacia ella a toda velocidad y, casi sin quererlo, mira al joven
disimuladamente. De repente se encuentra con sus ojos verdes. Son increíblemente bonitos. Es sólo un
segundo. Tal vez menos. Pero es tiempo suficiente para hacerla sonrojar. El músico sonríe y, de
inmediato, vuelve a prestar atención a su guitarra y al tema que ahora interpreta.
Valeria agacha la cabeza muerta de vergüenza y trata de centrarse en lo que tiene que hacer. ¡Qué
guapo es! Abre otra vez el bolso y alcanza el pequeño monedero en el que guarda el dinero. Lo examina,
pero… ¡No tiene nada suelto! Sólo un billete de veinte euros. Buf.
—Perdonad, ¿tenéis cambio de veinte? —les pregunta a unas chicas de su edad, muy maquilladas,
que están en la máquina de al lado.
Todas mueven la cabeza negativamente sin siquiera comprobarlo. Estúpidas creídas. Valeria suspira
y mira a su alrededor. ¿Cómo? El chico de la guitarra ha dejado de tocar y se ha puesto de pie. Se acerca
a ella y, extendiendo un brazo, le ofrece el dinero exacto para el billete sencillo.
—Toma. No tengo cambio. Pero con esto tendrás suficiente, ¿no?
—Gra… gracias, pero… no, no hace falta.
—Insisto.
—Bueno, yo…
Se ha quedado impresionada. Boquiabierta. Frente a frente, resulta todavía más guapo. Y su sonrisa
resulta… adorable. Es alto, mide más de uno ochenta y cinco seguro; y, más que delgado, está fibroso.
¿Qué hace un tío como aquél tocando en el metro? Debería estar desfilando en una pasarela o llenando
salas de conciertos. Sería un auténtico fenómeno fan.
—No te preocupes. Ahora canto un par de temas más y lo recupero —señala con dulzura—. Eso si no
viene alguien de la SGAE y me hace pagar los derechos de autor de las canciones.
—¿Cómo?
No tiene ni idea de lo que le está hablando, pero qué más da. No es lo que dice, sino cómo lo dice. Y,
sobre todo, cómo está el que se lo está diciendo.
—Déjalo. Humor subterráneo —indica él sin parar de sonreír—. Coge el dinero antes de que se me
duerma el brazo.
—Ay. Perdona. Muchas gracias.
Valeria toma nerviosa el euro con cincuenta que le entrega el músico, se da la vuelta y saca el billete
de la máquina. Está temblorosa. Le da pánico volverse y mirarlo de nuevo. Seguro que está sonriendo.
Así es. El chico de la guitarra continúa sonriendo, mostrando sus perfectos dientes blancos. Embobada
por sus perfectas facciones, se queda completamente en blanco. ¿No había curado ya su timidez?
—¿Vas sola de fiesta?
—¿Qué?
—Que si no tienes acompañante para esta noche.
—Ah. Sí, sí. Mis amigos van delante.
—¿Tus amigos? ¿Te han dejado sola?
—Algo así. Han cruzado al otro lado sin darse cuenta de que yo no podía pasar porque me he dejado
el bonometro en casa. Soy un desastre.
—Pues date prisa o no cogerás el tren y los perderás definitivamente.
—Sí.
Los dos permanecen un instante en silencio. La que está perdida ahora mismo es ella. Valeria deja de
mirarlo e intenta recuperar la compostura. ¿Las cosas como aquélla no pasan sólo en las películas? Está
claro que no. Porque aquel chico, aunque es de película, está hablando con ella cara a cara. En la vida
real. Su aburrida vida real. Pero… ¿por dónde se va a la línea tres? Da una vuelta sobre sí misma y
descubre el cartel amarillo que la indica.
El joven del sombrero regresa a la silla desde la que tocaba. Piensa un segundo y, a continuación,
comienza a acariciar las cuerdas de su guitarra. Valeria lo observa una última vez, dibuja un «Gracias»
con los labios e intercambian una sonrisa final.
Mientras suena un tema de Nirvana, la chica introduce el billete en la ranura y atraviesa el torno.
¡Qué tío tan espectacular! Nunca lo había visto en esa parada. ¿Cómo se llamará?
—¿Dónde te habías metido? —la voz es de Ester, que llega corriendo hasta ella—. ¡Menos mal que
me he dado cuenta de que no estabas antes de que subiéramos al metro!
—Me he dejado el bonometro en casa y no podía pasar.
—Vaya.
—Y luego no tenía suelto para el billete.
—¿Y por qué no nos lo has pedido a alguno de nosotros?
—¡Porque os habíais ido!
Ester se tapa la mano con la boca y luego ríe. Le hace gracia ver a Valeria alterada.
—Perdona.
—Ya os vale.
—Somos muy malos amigos.
—Los peores amigos del mundo.
—No te pases.
—Me habéis dejado tirada como a una colilla.
—No seas quejica, anda.
—Jum.
Las dos chicas suben la escalera que lleva hasta las vías de la línea tres. Sentados en un banco,
esperan los otros cuatro. Eli está sobre las piernas de Raúl. Sin embargo, cuando el chico ve a Valeria se
levanta y camina hacia ella.
—¿Estás bien? —le pregunta muy serio.
—Sí. Todo bien. No podía pasar porque me he olvidado el bonometro.
—Ah. Podrías haber pasado con alguno de los nuestros.
—Ibais demasiado rápido y me he quedado atrás.
Elísabet también se pone de pie y acude al lado de sus amigos. Le ha fastidiado mucho que Raúl la
haya abandonado en el banco.
—Te has quedado atrás porque hoy estás empanada. Llevas toda la tarde distraída por culpa del
maldito vaquero —afirma.
—¿Qué vaquero? —pregunta con curiosidad el joven de la camisa azul.
Valeria se sonroja. ¿Lo va a contar? ¿Delante de él? ¡No se atreverá!
—Uno de Stradivarius que le he dejado pero que no le entraba.
¡Se ha atrevido! ¡Esas cosas no se dicen! ¡Y menos delante de un chico! ¡Y todavía menos del chico
del que está enamorada! ¡Con amigas así quién necesita enemigas!
Roja como un tomate, Valeria observa cómo Raúl sonríe y le mira el culo sin ningún tipo de
discreción.
—Pero ¿tú qué miras? —pregunta indignada al tiempo que se pega a la pared. Le arden los pómulos.
—Yo te veo bien, Val. Como siempre. Eso es que Eli está demasiado delgada.
—¿Cómo? —Los ojos de la mencionada se abren como platos—. ¡No estoy demasiado delgada!
—¿Que no?
Ahora la mirada azul de Raúl se dirige hacia el trasero de Elísabet.
—Pero tú… ¡no tienes educación ni vergüenza! —grita ésta enfadada.
—Estás muy delgada, Eli. Demasiado. Aunque me gusta mucho tu culo. ¿No te lo había dicho nunca?
La chica se abalanza contra él y le golpea los hombros repetidamente con los puños cerrados. Valeria
los mira sin despegarse de la pared, entristecida. Aquella fingida pelea es una prueba más de que será
una noche difícil y de que entre aquellos dos no tardará mucho en pasar algo.
Segundos más tarde, suena el ruido de una locomotora. El metro llega, prácticamente repleto. Los seis
se suben a uno de los vagones del final del tren. Eli es la última en entrar, no sin antes golpear una vez
más a Raúl, que sonríe satisfecho.
Apenas hay hueco para respirar. Están enlatados como sardinas.
—Me muero de calor —anuncia Valeria, a la que aún no se le han bajado los colores.
—Son sólo cinco paradas —comenta María, que va a su lado.
—Ya lo sé. Espero no morir asfixiada antes.
—Aguantarás.
Y, efectivamente, sobrevivió a Callao. Ya Plaza de España. También a Ventura Rodríguez y a
Arguelles, donde se bajó mucha gente. Y por fin llegaron a Moncloa: final del trayecto de la línea tres.
Cerca de allí, en una conocida discoteca de la ciudad, les espera una fiesta llena de universitarios.
Pocos minutos después…
—¿Veinte euros cada uno?
—Exacto.
—¿No quedamos en que serían diez?
—Diez por el DNI y el carné de estudiante universitario. Y otros diez por la entrada a la discoteca.
¿No os pensaríais que ibais a entrar gratis?
—Pero…
—¿Lo tomáis o lo dejáis?
—No es justo. La entrada a la discoteca entraba en el precio. Los que son de la Complutense no
tienen que pagar nada. Y nuestros carnés son de estudiantes de la Complutense.
—Es lo que hay, vosotros veréis lo que hacéis. Si queréis las falsificaciones y entrar, veinte euros.
Raúl se frota la barbilla y resopla. Aquel tipo los ha engañado. Ése no era el trato que habían
acordado.
—Espera. Voy a hablar con mis amigos.
El chico, resignado, se acerca hasta donde aguarda el resto. Sus amigos lo observan preocupados al
verlo llegar con las manos vacías.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta Eli arqueando las cejas—. ¿Y los carnés?
—Nos pide veinte euros por cabeza.
—¿No eran diez?
—Pues ahora dice que son veinte. Diez por el DNI y el carné de estudiante, y otros diez por la
entrada a la discoteca.
—¡Qué gilipollas!
—¿Y qué hacemos? ¿Pagamos? —interviene Valeria mientras saca los veinte euros del monedero.
—Ya que estamos aquí…
Ester y María se miran la una a la otra.
—Yo sólo tengo diez euros —explica la chica del flequillo en forma de cortinilla—. Mis padres no
me han dado más.
—Yo tampoco quiero pagar más dinero —dice María.
—Estoy con ellas —añade Bruno con un bostezo—. No me apetece pagar veinte euros por entrar en
una discoteca.
Una ráfaga de aire alborota el cabello de los seis chicos, que se han quedado en silencio. Hasta que
Elísabet vuelve a hablar. Lo hace de manera enérgica, contundente.
—Pues yo sí que quiero pasar. Me he hecho las fotos para los carnés falsos, he venido hasta aquí con
la idea de entrar en esta fiesta que llevaba mucho tiempo esperando y por sólo diez euros más no me voy
a echar atrás. Toma, mi dinero.
Y le entrega un billete de veinte a Raúl. Éste lo coge y mira a Valeria, que es la única que aún no se
ha pronunciado.
—¿Qué dices tú? —le pregunta.
—No sé. Son veinte euros. Aunque…
Aunque, si no va con ellos, seguro que se lían dentro de la discoteca. En cambio, si sólo entran los
tres, no van a dejarla sola o a darse el lote delante de ella, ¿no? Es una oportunidad de frenar lo que
parece irremediable.
—¿Aunque qué?
—Nada, nada. Que sí, que si entráis vosotros yo también.
Las miradas de Ester, María y Bruno se centran en Valeria. Ninguno esperaba esa respuesta de su
amiga.
—Bueno, pues somos tres y tres —comenta Raúl al tiempo que saca veinte euros de su bolsillo—.
¿Vosotros al final qué vais a hacer?
—Yo no puedo. Lo siento. Pero id vosotros —comenta Ester sonriente—. Me voy para casa, así
descansaré más para el partido de mañana.
—Me voy contigo —replica María—. Tampoco estoy para muchas fiestas.
Raúl se fija entonces en Bruno. Éste se encoge de hombros y se une a las dos chicas que han decidido
no entrar en la discoteca.
—No voy a dejarlas solas. Las acompaño —apunta—. Además, no me van mucho las universitarias.
—Tampoco creo que tú les vayas mucho a ellas.
A Bruno no le hace gracia el comentario jocoso de Raúl, así que se vuelve y mira hacia otro lado,
molesto. Últimamente, a su amigo se le han subido demasiado los humos. ¿Ya no recuerda cuando sólo
eran ellos los que le hablaban?
Se hace un nuevo silencio en el que todos se observan. Ninguno sabe muy bien qué decir. Valeria se
siente mal por su falta de solidaridad con los que no entran, especialmente con Ester, que no tiene dinero.
Pero, por otra parte, no puede dejar solos a Eli y a Raúl, a pesar de que tal vez lo pase peor dentro que
fuera de la discoteca.
—Pues ya nos veremos, chicos. Y os contaremos qué tal ha estado esto —se despide Elísabet.
Lanza besos al aire y, con paso firme, se dirige hacia la puerta de la discoteca. Dos universitarios con
los que se cruza la miran de arriba abajo y le sueltan un piropo poco elegante.
—Me voy con ella, antes de que sea pasto de los tiburones. ¿Vienes?
Valeria asiente con la cabeza y, tras decirles adiós con la mano a los que se van, se dirige junto con
Raúl hacia la puerta de entrada.
Sus sensaciones son totalmente contradictorias. No le gusta lo que está haciendo. Se supone que
deberían ir todos a una. O entrar los seis o no entrar ninguno. Sin embargo, el grupo se ha dividido en
dos. Algo que hace algún tiempo habría sido impensable.

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