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Capítulo 44
—AQUÍ es donde vengo con mis amigos —dice María cuando su padre y ella se encuentran delante
de la cafetería Constanza.
Tal vez debería haber usado el pretérito, «venía», pero aún no ha asimilado que no habrá más
reuniones del Club de los Incomprendidos. Para ella, es algo que sigue perteneciendo al presente, aunque
en realidad ya forme parte del pasado.
—Me gusta.
—La dueña es la madre de Valeria. ¿Te acuerdas de ella? La viste una vez hace dos veranos, cuando
viniste a Madrid con… Montse.
El hombre trata de recordar, pero en ese instante no cae, así que mueve la cabeza negativamente. Sin
embargo, cuando entran en el establecimiento, en seguida reconoce a Mará. Le causó una gran impresión
cuando la vio. Es una mujer rubia, delgada, con los ojos claros.
—Ya sé quién es —le comenta en voz baja a su hija mientras se sientan en una de las mesas que están
libres.
—¿Ah, sí?
—Sí. Fue a recoger a tu amiga el día que estuvisteis en el parque de atracciones, ¿verdad?
—Eso es. Exactamente.
—No ha cambiado nada.
—Papá, no ha pasado ni un año y medio desde aquel día.
—Ya. Pero yo tengo la impresión de que ocurrió hace mucho.
La mujer se acerca a la mesa en la que padre e hija conversan. Cuando la ven, ambos dejan de hablar
y reciben a Mará poniéndose de pie.
—¡Hola! ¡Cuánto tiempo! —exclama ella, que también reconoce a Ernesto.
Le da dos besos y otros dos a María, algo que nunca hace cuando va allí con el grupo. La chica,
extrañada, vuelve a sentarse y observa atenta la conversación entre la madre de Valeria y su padre.
—Pues sí, mucho.
—¿Estás de vacaciones en Madrid?
—No… Bueno, más o menos. He pedido un par de días en el trabajo para venir a visitar a mis hijas.
Hacía mucho que no las veía.
—¡Ah! ¡Genial!
—Pero ya me voy mañana.
Un grupo de cinco personas, clientes que trabajan por la zona y que son habituales de la cafetería,
entran en Constanza y saludan a Mará. Detrás de ellos, aparece una pareja de ancianas que también suele
frecuentar la cafetería por las mañanas.
—Perdonadme, tengo que seguir. Se me acumula faena. ¿Qué queréis tomar? Invita la casa.
—No, no hace falta.
—Que sí, hombre. María es como una hermana para mi hija. Ya ti hace mucho que no te veo. Insisto
en invitaros.
La joven pelirroja oculta su sorpresa tras una sonrisa discreta. ¿Que hace mucho que no lo ve? ¡Sólo
han coincidido una vez en su vida! Ya Valeria la quiere mucho, es una gran amiga, pero eso de
hermana… Mará ha exagerado un poquito.
—Bien. No discutiré contigo, entonces. Para mí un café con leche y un cruasán.
—Yo un Cola Cao y otro cruasán —añade Meri.
—¡Estupendo! Ahora mismo os lo traigo.
La mujer se dirige hacia la barra de la cafetería a toda prisa. Si no fuera porque son su padre y Mará,
la joven diría que los dos adultos han flirteado. ¿Han ligado el uno con el otro delante de ella? No es
normal. Y menos la mirada que él le ha dedicado a Mará cuando se ha marchado. ¡No ha apartado la
vista de su culo!
—Qué mujer más guapa. Se conserva muy bien —apunta Ernesto sonriente.
—Esto… Es la madre de mi amiga, papá.
—¿Y qué? ¿Qué tiene que ver eso con que sea atractiva o no?
Cómo son los hombres. En el fondo todos son iguales. ¡Incluido su padre! Ayer estaba hundido; hoy
ve un trasero bonito y se le olvida todo.
—Dejémoslo. ¿Has dormido bien esta noche?
—Regular. El colchón es demasiado blando y hacía bastante calor en la habitación.
—¿Comprobaste si tenías la calefacción encendida? Suele pasar.
—No. No sé dónde se mira eso. Abrí la ventana y he dormido con ella abierta.
María se da una palmada en la frente con la mano. Este hombre no tiene remedio.
—¿Y de ánimo cómo estás?
—Bueno, mejor después de haberos visto.
—Me alegro.
—Pero mañana volveré a irme y… no sé. Es difícil alejarse de vosotras. Estáis tan mayores y tan
guapas…
—Será Gadea…
—Pequeña, no te infravalores. Tienes los genes de tu madre, y ella es la mujer más hermosa que he
conocido nunca.
—Todos esos genes de los que hablas se los quedó mi hermana. Yo he salido a ti —bromea.
Ernesto ríe y estira el brazo para cogerle la mano a su hija.
—Todavía eres una niña, María. Y puede que las chicas de tu edad estén más… avanzadas que tú.
Pero llegará tu momento. No tengo ninguna duda. Ya lo verás.
Le resulta muy raro que su padre le hable de esas cosas. Nunca lo ha hecho. Jamás han tenido una
conversación sobre sexo, sobre los cambios de su cuerpo o sobre chicos. Ni tan siquiera han hablado
acerca de otros temas más sencillos, como qué le gusta hacer o con qué se divierte. Y, por supuesto,
Ernesto nunca ha considerado que María pudiera estar enamorada de alguien. Y no es que la joven se
sienta incómoda con la charla, pero tampoco quiere adentrarse demasiado en ciertos asuntos.
La madre de Valeria regresa con una bandeja con sus desayunos, y le echa una mano a la chica:
—Aquí tenéis —dice mientras lo coloca todo sobre la mesa.
—Muchas gracias, Mará.
—De nada. Si necesitáis algo… llamadme. Espero que os guste.
—Seguro que sí.
—Que aproveche.
—Gracias de nuevo.
Ambos intercambian sonrisas antes de que la mujer vuelva a la barra de la cafetería.
—Papá —interviene Meri al tiempo que alcanza el sobre del Cola Cao—, ¿estás ligando con la
madre de Valeria?
—¿Qué? ¿Ligando? No. ¡Claro que no!
—Pues tengo la impresión de que…
—Yo ya soy un cincuentón. Pronto me haréis abuelo. Hace miles de años que no ligo. Ni me acuerdo
de la última vez que le tiré los tejos a una mujer.
—¿Y Montse?
—Montse me ligó a mí. No pude resistirme.
Otra palmada en la frente. Sin embargo, ahora la pelirroja sonríe. Echa el polvo de cacao en la leche
y lo revuelve con una cuchara. Debe reconocerlo: el comentario ha tenido su gracia.
Los dos hablan poco durante los minutos posteriores, están entretenidos con los cruasanes. A lo largo
de ese tiempo, María se debate entre contarle a su padre lo que su hermana y ella volvieron a discutir
anoche cuando llegaron a casa o callárselo. ¿Debe irse alguna de las dos a vivir con él a Barcelona?
La hermana mayor lo tiene claro, pero ella…
—Papá, ¿de verdad que en Barcelona te encuentras tan mal?
El hombre le da el último sorbo a su café y mira muy serio a su hija pequeña.
—Ya sabes que lo que ocurre es que me encuentro solo, María.
—¿No tienes amigos?
—Sí. Claro. Pero ninguno de ellos puede hacer nada en este tema. Ellos tienen su familia, su trabajo,
su forma de vivir…
—Entiendo.
—De todas maneras, es mejor que hablemos de otra cosa. Disfrutemos de este día y… mañana
volveré a la realidad.
—Es que no quiero que esa realidad te pase por encima. Gadea y yo estamos muy preocupadas por ti.
Incluso… —La joven se queda en silencio, pero de alguna parte saca las fuerzas necesarias para soltarle
lo que tanto ha pensado durante el último día y medio—. Incluso hemos pensado en irnos a vivir contigo a
Barcelona unos meses, al menos una de las dos.
Ernesto frunce la frente y se acaricia la barbilla, inquieto. Se lleva la taza de café a los labios sin
darse cuenta de que ya está vacía. Cuando lo comprueba, la deja de nuevo encima de la mesa.
—No sé qué decir. Me has pillado por sorpresa —responde al fin—. ¿De verdad que lo habéis
pensado en serio?
—Sí. Es algo de lo que las dos hemos hablado unas cuantas veces.
—Pero… tenéis vuestra vida aquí. Gadea está en la universidad y sale con ese chico. Y tú…
—Yo no tengo novio ni estoy en la universidad.
—Ya lo sé, hija. Pero sería un cambio muy grande para ti. Y tu madre me mataría. Pensaría que te he
comido la cabeza para que te vinieras conmigo a Barcelona.
—Ya soy mayorcita para poder elegir ciertas cosas.
—Sigues siendo menor de edad.
—Me da lo mismo. Si quiero irme contigo, ni mamá ni nadie podrá impedírmelo.
—Un juez sí podría.
—No creo que mamá recurra a un juez para algo así. Si mi voluntad es la de marcharme a vivir
contigo durante unos meses, le fastidiará bastante, pero no le quedará más remedio que aceptarlo.
Sus palabras, convincentes, retumban en la cafetería Constanza. Lo ha dicho. Ya está. Se ha quitado
un peso de encima. Y se siente mejor. Aunque le tiembla todo el cuerpo. Su vida puede dar un giro
radical a partir de ese momento. ¿Está preparada para ello?
—Vamos a hacer una cosa, María.
—Dime.
—Disfrutemos juntos del día de hoy. Y mañana, antes de que regrese, me dices si de verdad quieres
venirte a vivir conmigo. Pero piénsalo bien, ¿vale?
—Vale.
El hombre sonríe, se levanta y se coloca detrás de su hija, que continúa sentada. La besa varias veces
en la cabeza. El gesto por parte de la pequeña lo llena de alegría; le haría muchísima ilusión que se fuera
unos meses con él. Sería un sueño. Sin embargo, no está seguro de si María sería feliz junto a él. Y eso es
lo que lo preocupa realmente. En cualquier caso, espera que ella misma tome la decisión.
—Bueno, ¿qué lugar de Madrid quieres visitar?
Capítulo 45
EL profesor de Filosofía no ha terminado de explicar cómo se realiza una tabla de la verdad. Pero
tendrá que esperar al próximo día. Acaba de sonar la campana que anuncia el recreo, y eso es sagrado
para los estudiantes. Algunos salen corriendo hacia la cafetería en busca del almuerzo de media mañana.
Otros preparan un pequeño campo de fútbol en el aula: utilizan las mesas como porterías y una pelota
hecha de papel y celo como balón. Otra parte de la clase se marcha tranquilamente hacia el patio a tomar
un poco el sol y a hablar del fin de semana.
Cinco de los alumnos de primero B se reúnen en torno a la mesa del mayor de ellos.
El ambiente no es el mejor. Bruno no les ha dirigido la palabra a ninguno excepto a Ester, a la que
aún no le ha dicho nada de lo que tiene pensado para esa tarde. Ésta, por su parte, sigue triste porque no
ha recibido la llamada que necesitaba. Valeria parece nerviosa y ni siquiera se ha levantado de su mesa
durante los intercambios de clase. Cuando Raúl se ha acercado a ella, la joven sólo le ha susurrado que
luego tendrían que hablar. Y Eli continúa confusa, ya no sabe qué hacer ni qué pensar.
Sin embargo, como en cada recreo, a pesar de todas las circunstancias de los últimos días, los
miembros del Club de los Incomprendidos salen juntos del aula y se dirigen, como siempre, hacia la
parte de atrás del instituto.
—Voy al baño, ahora os veo —dice Valeria antes de salir del edificio.
Está afectada por lo que Raúl hizo anoche. Ha intentado comprenderlo. No darle importancia. Que
hable con Eli es algo normal. Son amigos. Pero no puede evitar sentirse mal. Y tiene miedo. Miedo de
despertarse de pronto del sueño que está viviendo.
—Voy contigo —comenta Raúl, y en seguida se une a ella.
La joven arquea las cejas y suspira. Los dos se alejan del resto y no dicen nada hasta que están
completamente seguros de que no pueden escucharlos.
—¿Qué te pasa? —pregunta por fin el chico.
—¿Qué te pasa a ti?
—¿A mí? Nada.
Continúan andando hacia los baños. Para Valeria no es sencillo explicarle lo que siente. No tiene
derecho a decirle con quién tiene o no tiene que hablar. Además, no quiere parecer posesiva o celosa.
—Me alegro —responde muy seca.
—¿Estás enfadada conmigo?
—No.
—Pues lo parece.
La chica se detiene y lo mira a los ojos; va a soltarle algo, pero mueve la cabeza de un lado a otro y
sigue caminando.
—No estoy enfadada. Sólo es que… —Se para otra vez, y Raúl la imita. Están frente a frente—. ¿Por
qué no me has dicho esta mañana que anoche estuviste hablando con Eli por el MSN?
—¿Estás enfadada por eso?
—No estoy enfadada.
El joven sonríe, pero Valeria no está para sonrisitas a lo Hugh Grant. Aunque le guste. Le encante.
¡La hipnotice su sonrisa! Entonces, sorprendentemente, Raúl la coge por el codo del brazo derecho y la
guía unos pasos hacia delante, adonde están los baños.
—Espera —le ordena mientras entra en el de los chicos.
Unos segundos más tarde, regresa, toma de la mano a Valeria y tira de ella hacia el lugar del que
acaba de salir.
—¡Qué haces! ¡Éste es el de los tíos!
—No grites o te oirán.
—Pero…
—No te preocupes. Está vacío.
Raúl abre una de las puertas de los retretes individuales y se mete dentro arrastrando tras él a
Valeria.
—Estás loco —murmura ella muy alterada—. Si nos pillan aquí, nos echan del instituto.
—Pues espero que no nos pillen.
Y la besa. Sin previo aviso. La joven se estremece cuando siente las manos de Raúl en el abdomen,
por debajo de la camiseta. Tiene los dedos calientes. La sensación de estar allí dentro haciendo algo que
no deben hacer es tan increíble que incluso la excita. Le apetece quitarle la camiseta y apoyar las manos
en su piel desnuda, pero se contiene y logra apartarse, jadeante, de los brazos de Raúl.
—Esto no está bien.
—Lo que no está bien es que te enfades conmigo por hablar con Eli.
—Es que fueron más de dos horas.
—Sí, fueron más dos horas.
—Más de dos horas y con cam —apunta molesta.
El joven agacha la cabeza y, resignado, se deja caer sobre la tapa del váter. Agarra a Valeria de las
piernas y la obliga a sentarse sobre sus rodillas. Ella se sonroja cuando la mira a los ojos. Tiene mucho
calor.
—¿Te fastidia que vea a otra chica a través de la cámara del ordenador?
—Bueno… No es otra chica, es Eli.
—¿Y si no fuera Eli? ¿Te fastidiaría?
Difícil pregunta. Aunque sabe la respuesta.
—Sí —contesta tras hacer como que lo piensa durante unos segundos—. Pero no tengo ningún
derecho a pedirte que no lo hagas.
—Tienes razón. Porque no es nada malo.
—No, no lo es.
—Sin embargo, a ti te molesta. Mucho.
—Bueno… Un poco.
—Mucho.
—Mucho…
El chico sonríe y sigue mirándola a los ojos. Valeria tiene las mejillas sonrosadas y en sus pupilas
hay un brillo muy especial. Viéndola tan de cerca le gusta todavía más.
—Vale, pues no lo haré más.
—¿Cómo?
—Que ya no miraré ni le pondré la cam a ninguna chica más. Ni en el MSN, ni en el Facebook, ni
tampoco en Tuenti.
—Pero… no… no tienes por qué hacer eso.
—Sí tengo que hacerlo. Porque me gustas. Y quiero que estés bien. Y, aunque no sea nada malo, si a
ti no te gusta, no lo haré.
—Raúl, de verdad que…
—Cuando tienes pareja hay que hacer ciertos sacrificios. Eso no quiere decir que te limites o que
limites al otro. Ni tampoco que siempre hagas o dejes de hacer lo que el otro quiera o te diga. Pero yo
pienso que para que una relación funcione hay que intentar que la otra persona sea lo más feliz posible
sin que ninguno de los dos pierda su propia personalidad.
A Valeria le gusta esa reflexión. Sobre todo porque ya la está considerando su pareja y la ve como
una relación. Eso hace que se sienta feliz.
—Si quieres, yo puedo ponerte la cam.
Raúl suelta una carcajada que Valeria se encarga de interrumpir rápidamente tapándole la boca con la
mano. No quiere que lo oigan. Poco a poco, la quita sin dejar de mirarlo y la sustituye por sus labios, que
son los que ahora lo mantienen en silencio.
—Tenemos que irnos o los demás pensarán que nos ha pasado algo —comenta el joven después de
los besos.
—Vaya. Qué pena.
—Al final te va a gustar el baño de los tíos. Estás invitada siempre que quieras.
—Qué tonto —susurra ella al tiempo que le golpea en un brazo—. Raúl, ¿de verdad te gusto yo y no
Eli?
En ese instante, se abre la puerta del cuarto de baño. Los dos se quedan en completo silencio cuando
la oyen. Perciben unos pasos que se acercan pero se detienen antes de llegar a donde están encerrados.
Una tos, una cremallera abriéndose y… un silbido.
La pareja sonríe. No hablan más hasta que escuchan el ruido de una cisterna. Luego un grifo y de
nuevo la puerta.
—Esto es muy romántico —señala Raúl cuando se incorpora. Se asoma para comprobar que no hay
nadie más.
—Mucho.
—Vamos, antes de que entre alguien más.
Rápidamente, salen de allí. Primero lo hace el chico, y después Valeria. Nadie los descubre. Los dos
caminan juntos hacia la parte trasera del instituto, donde está el resto del grupo. No hablan, aunque se
miran de reojo y se sonríen.
Valeria está mucho más tranquila. Le ha encantado besarlo de esa manera. Ha sentido algo diferente a
las otras veces: morbo, excitación, pasión. Hasta el momento, nunca había experimentado un deseo sexual
tan grande. Todos sus besos habían surgido del amor. Pero en esta ocasión ha sido distinto.
Aun así, no sólo se ha quedado con ganas de más con Raúl. También le habría gustado que el
muchacho le respondiera a la última pregunta que le hizo antes de que alguien entrara en el cuarto de
baño. La respuesta parece muy clara, pero necesita oírlo de su boca. Necesita escuchar que la que le
sigue gustando es ella, y no su amiga. Una amiga que parece que todavía no se ha dado por vencida.
Capítulo 46
DESDE que son amigos, siempre pasan los recreos de los días soleados en esa zona del instituto. En la
parte trasera del edificio nadie los molesta. Se sientan en el suelo y almuerzan tranquilamente mientras
conversan entre ellos.
Sin embargo, esta mañana Eli, Ester y Bruno no están demasiado habladores. Ninguno puede ocultar
que sigue existiendo mucha tensión por lo que ocurrió ayer en Constanza.
Elísabet, además, tiene la cabeza puesta en otro tema. Que Raúl estuviera más de dos horas con ella
en el Messenger podría ser una señal. Aunque que no quisiera que lo recogiera para ir al instituto podría
ser otra. ¿Qué debe pensar?
La chica resopla mientras mira hacia ninguna parte. Hasta que se da cuenta de que alguien la llama a
lo lejos. Está justo al otro lado de la verja que separa la calle del centro escolar y no para de gesticular
con las manos. Es Alicia.
—Ahora vengo —les dice a los otros dos tras ponerse de pie y sacudirse los vaqueros azules.
Camina hacia la verja y se pregunta qué estará haciendo su amiga allí. Ella no va a ese instituto.
—Hola, Eli. ¿Cómo estás?
—Hola, bien. ¿No tienes clase?
La otra chica sonríe con picardía. Alicia vuelve a llevar las coletas de la mañana anterior y se ha
puesto un vestido largo de color celeste que le da un aspecto infantil. Está realmente guapa.
—¿Puedes salir para hablar más tranquilas? Aquí en medio puede verme todo el mundo y no quiero
que me pillen.
—No, no me dejan. Tengo que estar dentro hasta que terminen las clases. Pero… puedo saltar la
verja por otro lado. Por allí no pasa gente. Ya lo he hecho otras veces.
—Genial.
Las dos rodean el instituto, cada una por un lado de la valla, hasta el lugar al que Eli se refería. La
joven se asegura de que nadie la ve y, con habilidad, trepa por la cancela y salta al otro lado. Alicia
sonríe y aplaude admirada.
—Gracias. Esto lo hago desde que era una enana. A veces tenía que salir de aquí para que nadie me
viera llorar.
—Lo sé. Lo recuerdo bien.
—Pero hacía tiempo que no saltaba la verja del instituto. Con los vaqueros me ha costado un poco
más.
Las chicas caminan por la calle hacia un parquecito cercano en el que a aquella hora no suele haber
mucha gente.
—Entras otra vez a las doce, ¿verdad?
—Sí —asiente Eli—. ¿Y tú?
—Yo estaba preocupada por ti y he venido a verte.
—Pero…
—No digas nada más. No hace falta. Las amigas están para ayudarse cuando se necesitan. Y ahora
estoy segura de que tú me necesitas a mí.
—Bueno, gracias.
—Seguro que tú harías lo mismo por mí sí me hiciera falta. ¿No es así?
—Claro.
Se sonríen y cruzan al otro lado de la calle, hacia donde se encuentra el parque. Está casi vacío. Sólo
hay un grupo de ancianos que dialoga animadamente sobre la jornada de Liga del fin de semana mientras
toma el sol.
—¿Y Raúl? ¿Qué tal con él? —pregunta Alicia directamente mientras se sienta en un banquito de
madera. Elisabet se deja caer a su lado.
—Si te soy sincera, no lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Pues es que estoy hecha un lío.
—¿Otra vez?
—Sí. Es que anoche estuvimos hablando mucho tiempo por el MSN.
Elísabet le cuenta detalladamente lo bien que se lo pasó anoche delante del ordenador y el rechazo
final, cuando le propuso quedar con ella esa mañana para ir juntos al instituto.
—Una de cal y otra de arena —comenta la chica de las coletas muy seria—. Todos los tíos son
iguales. Nunca te lo dan todo, pero sí lo suficiente como para que estés pendiente de ellos.
—¿Crees que puedo ilusionarme otra vez?
—Ya sabes lo que pienso.
—¿Lo del todo o nada?
—Sí. Cuando te gusta alguien no hay término medio. Ya te advertí que sufrirías si eras su amiga.
Pero es que Raúl significa tanto para ella que no puede dejar de ser su amiga. Aunque le haga daño
involuntariamente.
—No sé qué hacer.
—Ya te has echado en sus brazos dos veces y no has conseguido nada. Olvídalo de una vez. Eres una
tía espectacular. Puedes estar con quien quieras y no tienes que arrastrarte por ningún capullo.
—Raúl no es un capullo.
—Si le hace daño a mi amiga, sí lo es. Y muy grande.
No es cierto. No es ningún capullo. Si lo fuera, no le gustaría tanto y no le daría tantas vueltas a la
cabeza. Hasta ahora ningún chico le había llamado tanto la atención como para que estuviera pendiente de
él día y noche. Ya es mala suerte que se haya pillado de su mejor amigo. Si fuera otro, se olvidaría por
completo de él hasta que se le pasara. Pero con Raúl eso no es posible. Y menos si le sigue dando
esperanzas y tratándola tan bien como anoche.
—¿Cómo puedo olvidarme de él si pasamos tanto tiempo juntos?
—Es tan sencillo como dejar de estar a su lado.
—Eso es imposible. ¡Si hasta nos sentamos juntos en clase!
—Cámbiate de sitio —indica Alicia convencida—. Yo creo que el problema no está en qué hacer o
cómo ingeniártelas para no pasar tanto tiempo con él. El problema está en que tú todavía tienes la
esperanza de que ese tío termine contigo. Y por eso no quieres apartarte de su lado.
—Puede que tengas razón —admite Eli con un suspiro.
—Claro que tengo razón.
La chica rubia de las coletas le pone una mano en la rodilla y la mira a los ojos. Sonríe y le contagia
el gesto a Eli, que chasquea la lengua. Le agradece mucho que la esté ayudando en esos momentos tan
difíciles.
—Tengo que tomar una decisión, ¿verdad?
—Sí. Ya sabes que debes hacerlo.
—Me voy a dar de plazo esta semana —comienza a decir—. Si de aquí al domingo no he conseguido
nada con Raúl, me olvidaré de él para siempre.
—¿Para siempre?
—Sí. Pero esta vez lo haré de otra manera, ya que ir a saco a por él no me ha servido de nada.
—Bien, pero no te olvides de utilizar tu físico, que para eso lo tienes.
—Todo a su tiempo, Alicia. Todo a su tiempo.
Eli se levanta del banquito de madera. Va siendo hora de regresar al instituto. Allí volverá a verlo y a
sentir ese hormigueo tan tonto que experimenta en el estómago cuando está cerca de él. Sólo tiene que
conseguir que él sienta lo mismo. Pero debe tener cuidado para no meter más la pata. Ya se ha
equivocado dos veces, no habrá una tercera. Si no hay más errores, seguro que sus posibilidades con
Raúl aumentan. Y si no lo logra, el lunes que viene no sólo cambiará de sitio en clase. También tomará
otro tipo de medidas más drásticas.
Capítulo 47
CUANDO Elísabet se aleja hacia la verja del instituto, Ester y Bruno se quedan a solas. Sentados en el
suelo, comparten los tibios rayos del sol, una ligera brisa de otoño y una bolsa de patatas al punto de sal.
El chico está un poco nervioso. Normalmente no pasa muchos momentos así con ella. Siempre los
acompaña María o cualquiera de los demás. Pero le gusta estar así, muy cerca de ella, sólo el uno para el
otro, aunque sea durante un simple recreo.
—Sigues enfadado con ella, por lo que veo —le comenta Ester, que hoy tampoco parece tener un
buen día. No sonríe tanto como es habitual en ella.
—Es que me fastidia mucho su actitud. Se ha vuelto una creída.
—No seas tan duro. Es tu amiga.
—Sí, una amiga que ayer me dejó claro que prefiere hacer otras cosas a reunirse con sus amigos.
Todo va a cambiar entre nosotros por su culpa.
—Bueno, yo también tuve parte de culpa en lo de ayer. Voté en blanco.
—Pero tú lo hiciste para no quedar mal con nadie. Ella sólo piensa en sí misma.
—No creo que eso sea así, Bruno.
—Eli va a lo suyo. Hace tiempo que dejó de mirar por los demás.
Ester mete la mano en la bolsa de patatas. Se lleva una a la boca y la mastica sin ganas. Tal vez su
amigo tenga razón. O quizá Eli tan sólo esté atravesando una mala racha. Ella no lo vio porque todavía no
había llegado, pero, según le ha contado varias veces el resto del grupo, Elísabet lo pasó muy mal cuando
entró en el instituto. Se metían muchísimo con ella, la insultaban y la trataban como si fuese un bicho raro.
El Club de los Incomprendidos y, sobre todo, Valeria la ayudaron a salir adelante. Sin embargo, tras el
verano de 2010 todo cambió. Su transformación física fue espectacular y pasó de ser la más repudiada
por los chicos del instituto a convertirse en la más deseada.
—Por cierto, ¿a dónde ha ido?
Bruno se pone de pie y mira hacia la verja. No la ve. Es extraño, porque para entrar de nuevo en el
edificio tendría que haber pasado por delante de ellos. ¿No habrá salido del instituto? Si lo ha hecho, se
arriesga a que la castiguen con dureza.
—Ni idea. —Vuelve a sentarse en el suelo.
—¿Se ha ido a casa?
—No lo sé. Tampoco me importa mucho.
—Ay. No seas así, hombre.
—Ya es mayorcita para que estemos detrás de ella todo el tiempo.
El joven se apoya contra la pared y, sin mirar, coge una patata de la bolsa. No se da cuenta, pero
Ester está haciendo lo mismo justo en ese instante. Sus manos chocan y ambos se quedan sin saber qué
hacer. En silencio. Avergonzados.
—¿Qué vas a hacer esta tarde? —pregunta ella intentando dar pie rápidamente a una nueva
conversación.
—No tenía pensado nada —miente Bruno—. ¿Te apetece venir a mi casa?
—¿A tu casa?
—Sí. Ese edificio donde vivo, como y esas cosas.
Ester sonríe, pero Bruno lo está pasando fatal. No podría haber dicho nada más estúpido. Esto es
peor que cuando le habló de su apellido.
La chica se lo piensa. ¿Es apropiado que vaya? ¿Por qué no? Es su amigo. Y, aunque sabe lo que un
día sintió por ella, hace tiempo que no da señales de seguir con aquello. Parece que se le ha pasado
definitivamente. Además, a ella le servirá para no estar sola en casa pensando en Rodrigo. Si se encierra,
seguro que se pasa todo el rato llorando y mirando su smartphone a la espera de que la llame.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí. Podemos estudiar allí. Ya que se han terminado las reuniones del grupo, podemos reunimos
nosotros dos.
Bruno traga saliva. ¿Ha aceptado? ¡Ha aceptado! No puede creérselo. Aunque son amigos, y es
normal que los amigos hagan esas cosas, ir a casa del uno y del otro, estudiar juntos… Respira hondo y
vuelve a sonreír simulando tranquilidad. Debe calmarse, o se le notará demasiado que esa noticia es de
las mejores que ha recibido a lo largo de los últimos dieciséis años.
En ese instante, suena el pitido de su BlackBerryy, un par de segundos más tarde, en la de Ester. Es un
mensaje de María en el WhatsApp del grupo. Es la chica quien lo lee en voz alta:
Saludos desde el Retiro. Mi padre y yo disfrutamos de un bonito paseo bajo el sol de Madrid. Espero
que el lunes os esté siendo leve. Se os echa de menos. Ya os escribiré luego. Besos, chicos.
—Qué mona es —comenta la joven del flequillo recto, sonriente después de leer el mensaje.
—Sí. Y qué cara más dura —bromea Bruno—. Ella divirtiéndose por ahí y nosotros esclavizados en
el instituto.
—Qué malo eres —le dice empujándolo levemente con el codo—. Meri necesita estar con su padre.
Con lo poco que lo ve…
—Ya, ya lo sé.
Entonces se le viene a la cabeza la posibilidad de que pronto sea a ellos a quienes vea poco. Seguro
que ya ha hablado con su padre del tema de irse a Barcelona y que éste está encantado con la idea.
—¿Qué te pasa? ¿He dicho algo malo? —pregunta la joven al darse cuenta de que su amigo se ha
puesto muy serio—. No lo decía de verdad.
—¿Cómo? ¿El qué?
—Que te he dicho que eres malo, pero no pretendía molestarte. Sabes que no lo pienso. Lo siento.
Esa bondad e ingenuidad la convierten en alguien muy especial. Bruno la mira y sonríe. Le encanta
esa chica. Cómo le gustaría besarla. Lo ha imaginado tantas y tantas veces… Se inclina sobre ella y…
coge una patata de la bolsa después de asegurarse de que sólo él está metiendo la mano en ella en ese
momento.
—No te preocupes, no me ha molestado nada.
—¿De verdad? No quiero que también te enfades conmigo.
—De verdad. No estoy enfadado.
—Bueno, entonces ¿por qué te has puesto tan serio cuando te he dicho eso?
Es un secreto. Si se lo cuenta, María se enfadará con él. Pero Ester también tiene derecho a saber qué
está pasando. Tiene la tentación de decírselo. Tarde o temprano se enterará.
—Si te lo digo, ¿prometes no contarle nada a nadie?
La chica duda. No imaginaba que Bruno escondiera algo tan fuerte como para hacerle prometer que
no hablará.
—Claro. No diré nada —responde en voz baja. Se aproxima aún más a él, hasta que sus piernas se
rozan.
El corazón del joven se acelera al sentir el contacto de la rodilla de Ester contra su vaquero. Huele su
perfume de vainilla y observa de cerca la gran expresividad de sus grandes y preciosos ojos. ¡Así es
imposible centrarse en nada!
—Es sobre Meri.
—¿Sobre Meri? ¿Qué le pasa? ¿No estará enferma?
—No, no está enferma —le aclara rápidamente para no asustarla—. Pero no puedes decirle nada de
esto a nadie. Ni siquiera a ella misma. ¿De acuerdo?
—Que sí. De acuerdo.
Pero justo en ese instante aparecen Valeria y Raúl, que caminan hacia ellos.
—Ahora no vamos a poder hablar. Te lo cuento tranquilamente esta tarde en mi casa —susurra el
chico con premura para que los otros dos no sospechen nada—. ¿A las cuatro?
—Vale. Pero no es nada grave, ¿no?
—No, no te preocupes. Meri está bien.
La chica mira hacia sus amigos, que acaban de aparecer, y sonríe tímidamente. Ellos también tienen
un secreto que sólo ella sabe. Seguro que el que se hayan pasado parte del recreo juntos y alejados del
grupo tiene que ver con lo que Ester vio ayer en la cafetería Constanza.
Sin embargo, ahora la joven tiene otra cosa en la cabeza. Bruno la ha dejado muy preocupada. Y es
que… algo pasa con Meri.
Capítulo 48
 
Suena la campana. Es el primer recreo del curso. Tercero se presenta mejor de lo esperado para
María. Ha coincidido en la misma clase con su amigo Bruno y, además, también está con ella el joven
que le regaló su primer beso. Raúl está sentado a su lado, así que durante los intercambios han podido
hablar un poco del verano, de Raimundo Sánchez, de la decisión de Raúl de dejar el instituto el pasado
febrero… Es un chico muy simpático y agradable. Tal y como lo recordaba.
La pelirroja se pone de pie y lo observa a través de las gafas mientras guarda el libro y el cuaderno
de Lengua. Comprueba cómo las dos chicas de la última fila se acercan a él. Las conoce de vista, aunque
nunca han hablado ni estado en la misma clase. Con la más delgada se metían mucho y, más de una vez,
María la ha visto llorar por los pasillos. La otra apenas habla, parece tremendamente tímida. Son casi tan
raras como Bruno y ella.
¿Será verdad lo que se rumorea de que son novias?
—María, ¿quieres venir con nosotros? —le pregunta el chico alto y desgarbado desde su asiento—.
Vamos a comprar algo a la cafetería y a sentarnos al sol.
Las otras dos también la miran. Sonríen. Para la chica se trata de una sensación nueva. Excepto
Bruno, nadie en ese instituto le ha propuesto nunca algo así. Y la verdad es que le apetece. Sin embargo,
no va a dejar tirado a su amigo, que también se ha levantado de su silla y la espera para ir a la parte de
atrás del instituto. Desde aquel día del curso pasado en el que hablaron por primera vez, pasan allí los
recreos, juntos, lejos de todos los demás estudiantes.
—Id vosotros —contesta, gesticulando—. Luego nos vemos, en Educación Física.
Los tres chicos no insisten y salen de la clase antes de que lo hagan María y Bruno. Mientras caminan
por los pasillos, María piensa en lo que sucedió aquel día de febrero. Lo ha recordado muchas veces a lo
largo de los últimos meses. Tu primer beso no es fácil de olvidar. Ni el segundo. Raúl fue tan cariñoso
con ella que, para que no se sintiera mal, volvió a besarla, ya sin ninguna presión ni obligación. También
eran sus primeros besos. Demostró qué clase de persona es. Y por eso le tiene gran estima a ese joven, a
pesar de que nunca más había vuelto a verlo hasta esa mañana.
—¿Querías ir con ellos? —le pregunta el chico bajito que camina a su lado.
—¿Con Raúl y esas dos?
—Sí. Si te apetece…
—No. Claro que no. Prefiero estar contigo y tomar un poco el aire en nuestro rincón. Ya lo echaba de
menos.
—Yo también.
Y es que en esa parte del instituto es donde María y Bruno lo pasaron mejor durante el curso pasado.
Hablaban sobre sus miedos, sus complejos y sus problemas. Sus esperanzas. Se gastaban bromas, reían y
discutían. Las conversaciones que tenían durante los recreos suponían un desahogo para ambos. Treinta
minutos de distanciamiento de su verdadera y, en ocasiones, triste realidad. Les daba lo mismo lo que los
demás pudieran decir o pensar.
Hace sol, pero corre un poco de viento que anuncia que se acerca el otoño. Los dos se sientan en el
suelo y apoyan la espalda contra la pared. Bruno se vuelve hacia ella y la observa detenidamente.
—¡Eh! ¿Qué estás mirando?
—Tu pelo. Te ha crecido bastante a lo largo de estos meses.
—Sí. Quiero empezar a parecer una chica.
—Con el pelo corto también lo parecías.
—No estoy tan segura. Entre el corte de pelo y que soy una tabla de planchar, algunos empezaban a
dudarlo.
Bruno sonríe ante la ocurrencia de su amiga. Le gusta su irónico sentido del humor. Es parecido al
suyo, otra de las muchas cosas que tienen en común. Por eso se entienden y se compenetran tan bien.
Forman una buena pareja.
—No he visto todavía a Raimundo Sánchez y a sus secuaces. Creía que, al repetir, este año estarían
en nuestra clase.
—Raúl me ha dicho que se han ido esta mañana antes de empezar las clases con el profesor de
Matemáticas y que desde entonces no han vuelto a aparecer por ningún lado.
—¿Te lo ha dicho Raúl?
—Sí. Él avisó al profesor. Estaban fastidiando a esas dos chicas de la última fila y fue a buscarlo
para que hiciera algo. Seguramente los habrán expulsado unos días.
—Eso está bien.
—Sí, a ver si así se les bajan pronto los humos a esos tipejos.
Aunque saben que es posible que eso no ocurra nunca. Esos chicos no pueden vivir sin fastidiar al
prójimo. Tarde o temprano, volverán a la carga, a pesar de que los hayan echado nada más comenzar el
curso.
—¿Qué has sentido al ver a Raúl de nuevo? —pregunta
Bruno tras unos instantes en silencio. Él está al corriente de lo sucedido en febrero.
—Nada en especial.
—No te creo.
—Bueno, me he alegrado de volver a verlo. Es un buen chaval, y ya sabes que…
—¿Te gusta? —la interrumpe.
—¿Él? No. No me gusta.
—¿Ni un poquito?
—No, Bruno. Ni un poquito.
Pero Bruno se da cuenta de que María se ha sonrojado y ha mirado para otro lado cuando le ha
preguntado. Eso lo hace sospechar. Aunque no quiera contárselo, no le extrañaría nada que a su amiga le
gustase ese chico que, precisamente en ese instante, aparece ante ellos acompañado de las dos muchachas
que se sientan detrás en clase.
—¡Hola! —exclama Raúl cuando los ve—. No sabía que estabais aquí.
—Siempre venimos aquí en los recreos —contesta María sonriente mientras se levanta—. Desde el
curso pasado.
—Yo también venía aquí antes de dejar el instituto. Me encanta este lugar. No suele venir nadie y se
está muy tranquilo.
—Sí. Nosotros venimos por eso —comenta la pelirroja al tiempo que se ajusta las gafas—. Pues
podemos compartir el sitio, si queréis.
A Bruno no le hace ninguna gracia lo que acaba de decir su amiga. Y todavía le gusta menos cuando
la chica esa que tiene tantos granitos en la cara se sienta a su lado. Pues no piensa ponérselo fácil. Ése es
su sitio y nadie tiene por qué venir a ocuparlo.
—Hola, soy Eli. Nos conocemos de vernos por los pasillos —le comenta la muchacha, risueña.
—Hola, yo soy Bruno.
—Ya sé que te llamas Bruno Corradini, como Chenoa.
¡Sabe lo de su apellido! Eso lo sorprende mucho. No todo el mundo conoce el apellido de la cantante.
—Sí, como Chenoa.
—Me encanta Chenoa. Es tan guapa, tan elegante… —explica Elísabet. Después, empieza a tararear
En tu cruz me clavaste.
Qué rara es esta chica. Pero parece simpática. ;Y la otra? No ha dicho nada. Se ha limitado a sentarse
junto a su amiga y sonreír.
—Encantado, Bruno. Yo soy Raúl, y ella es Valeria.
Lo sabe. Sabe sus nombres. Y, aunque le fastidie reconocerlo, no le importaría ser su amigo. Nunca
ha formado parte de un grupo. Y esos chicos son lo más parecido a él que se haya encontrado nunca.
—Igualmente —dice en voz baja. Y estrecha la mano del joven, que se sienta enfrente de él. Luego,
mira hacia la otra chica y la saluda con un movimiento de la cabeza.
—¿Quieres? —le pregunta Raúl cuando le ofrece el paquete de patatas al punto de sal que ha
comprado en la cafetería.
El chico acepta y coge una.
María los contempla y sonríe para sí. Le encantaría que aquello no fuera sólo cosa de un día. Bruno
le cae muy bien y le gusta pasar el tiempo con él, hablar por el MSN, dejarle comentarios en las redes
sociales y disfrutar de su particular forma de ser. Pero, a veces, echa de menos tener un grupo de amigos
con los que compartir su vida. Esos tres chicos la agradan y, aunque casi no los conoce, parecen buenas
personas.
No sabía ni podía imaginar que, desde aquel instante, todos ellos pasarían a formar parte de su vida.
Capítulo 49
COMO todos los días después de clase, Bruno tiene que ir al colegio a recoger a sus dos hermanos
pequeños. El resto regresa a casa andando. Cada uno va quedándose en un punto del camino y
separándose del resto. La primera en llegar es Ester; luego, la que se desvía es Valeria, que suele ir a la
cafetería a comer con su madre. La chica se despide de Raúl y de Eli, aunque le molesta que sigan ellos
dos solos.
Durante las últimas horas de instituto, Raúl y ella apenas han podido hablar. Sin embargo, Valeria ha
sido incapaz de quitarse de la cabeza lo del baño. Nunca había sentido tanto deseo. Si hubieran estado en
un lugar más íntimo, a solas, no sabe cómo habría terminado la cosa. Hasta ese instante, ni siquiera había
pensado en el sexo. Ni con Raúl ni con nadie. Por lo que sabe y ha oído, varias chicas de su clase,
incluida Elísabet, lo han hecho ya. Pero, hasta hoy, aquél no era un tema que inquietara demasiado a
Valeria. Su amiga siempre le decía en broma que tenía «eso» dormido, pero que el día que despertara…
Y ella gritaba, le pedía que se callara y ardía de vergüenza.
—Hola, Valeria —la saluda su madre en cuanto la ve aparecer en Constanza.
—Hola, mamá.
La chica se acerca a la barra y le da dos besos a la mujer, que está fregando unos platos a mano.
Luego, hace lo mismo con Romina y Gabriel, los camareros que tienen turno.
—Termino esto y comemos. ¿Te parece?
—Vale. Tengo hambre. ¿Qué hay?
—Lentejas.
—¿Qué? ¿Estás de broma? —pregunta con incredulidad. Odia las lentejas.
—Sí. Lo estoy —responde la mujer tras guiñarle un ojo—. Tenemos ensalada de pasta y tortilla.
—Menos mal. ¡Has estado a punto de matarme del susto!
Respira aliviada y camina hacia la mesa en la que suelen sentarse las dos. A esa hora no hay mucha
gente en la cafetería. Lo normal es que se llene por la mañana y a media tarde. Así que Mará y su hija
aprovechan esa pausa para comer.
Valeria saca la BlackBerry del bolsillo y juguetea con ella. Piensa en Raúl y está tentada de mandarle
un mensaje. Pero aún no debe de haber llegado a su casa, así que puede que tampoco se haya separado de
Eli todavía. Le encantaría ser ella la que caminara a su lado ahora mismo. Y se lamenta de no poder
besarlo. Otra vez esa sensación interior. Uff. ¿Le pasará también a él cuando la besa? Tendrá que
preguntárselo, aunque seguro que termina poniéndose colorada.
Mira hacia la barra y comprueba que su madre continúa fregando, así que sigue toqueteando su BB
rosa. Revisa los últimos SMS que ha recibido y lee el de César. Aún no le ha contestado. Iba a hacerlo
anoche, pero al final decidió no responderle. Eso de que la siguiera y de que sepa dónde vive la intimida.
Loco o cuerdo, se trata de un chico muy especial. Y posiblemente vuelva a encontrárselo tarde o
temprano. Debe escribirle. Reflexiona sobre qué ponerle y empieza a teclear.
Hola. ¡No puedo creerme que me siguieras! Pero te perdono. Gracias por invitarme ayer. Me lo pasé
bien contigo. Ya nos veremos. Un beso de la odontóloga.
Lo lee un par de veces y lo envía. Espera no haber sonado ni muy brusca ni tampoco muy amable. Es
que con César no sabe qué es mejor. Ni cómo tratarlo. No está segura de que nada de lo que le ha
contado sea verdad. Ni siquiera de si César es su verdadero nombre. Debería investigar. Quizá, si busca
en las listas de tercero de Periodismo de la Complutense si existe alguien que se llame como él, pueda
aclararlo todo un poco. Aunque ni siquiera sabe su apellido. Fue tonta por no preguntárselo ayer mientras
comían. Le hizo contestar a un montón de cosas y no le pidió que le dijera su nombre completo. De todas
formas, también podría haber mentido.
Un minuto después de haberle mandado el mensaje, suena el pitido de su BlackBerry.
Gracias por perdonarme. Después de la sangría, tenía que cuidar de ti. ¿Quieres que quedemos otra
vez? Tú pones el día y la hora. Un beso desde el metro de La Latina.
¿Desde el metro de La Latina? ¡Eso está al lado de donde se encuentra ella ahora! ¿No la habrá
seguido otra vez? Pero ¿cómo va a seguirla si viene del instituto? ¡Es imposible! Aunque también es
imposible que sea casualidad. ¡Todo parece imposible! En cambio, algo debe de ser real. Hay una
verdad y daría lo que fuera por averiguarla. Aquello empieza a sonar a película de miedo.
Y además quiere volver a quedar.
Lee el mensaje otra vez. Y se le ocurre algo. Tal vez esté en esa estación de metro y haya puesto que
se encuentra allí en ese momento para que ella vaya a verlo. Sabe que la cafetería de su madre está por
esa zona, ella misma se lo dijo, y que suele ir a comer con ella a mediodía. ¿Es todo premeditado?
Puede que así sea. Y ahora le toca a ella mover ficha.
Se han despedido de Valeria y juntos continúan el camino hacia sus respectivas casas. Es la primera vez
que Elísabet y Raúl están solos hoy.
—¿Qué vas a hacer esta tarde? —le pregunta la chica para darle conversación.
Llevaban unos segundos sin hablar, y a ella le encanta escucharlo. Le ocurre desde siempre. Desde el
primer día en que conversaron. Las cosas han cambiado tanto a lo largo de esos dos años… Ella todavía
tenía aquel horrible aspecto y él era, simplemente, un chaval alto y por formar que buscaba su sitio.
—No lo sé. Tengo que hacer los deberes de inglés y de francés.
—Menos mal que te tenemos a ti para eso. A mí se me dan fatal los idiomas.
—Bueno, cada uno tenemos nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles.
La chica sonríe. Su punto débil es él. ¿Cómo ha podido darle tan fuerte por Raúl? Es incomprensible
que la chispa haya saltado tanto tiempo después de conocerlo. Por más que lo piensa, no encuentra
explicación. Además, es incapaz de dejar sus sentimientos a un lado. Aunque está decidida a olvidarse de
él si no consigue que se convierta en su novio a lo largo de esta semana.
—El que se te den tan bien el Inglés y el Francés te vendrá muy bien para lo que quieres estudiar.
—Los idiomas sirven para todo.
—Ya. Pero para alguien a quien le guste el cine, como a ti, le serán muy útiles, porque así podrás ver
las películas en versión original y apreciar mejor los detalles. ¿No?
El joven sonríe. Es cierto que intenta ver las películas en el idioma en el que se han grabado, aunque
a veces, por pereza, busca la versión doblada al castellano.
—Bueno, imagino que sí.
—¿Sabes? Yo te veo como un gran director de cine dentro de unos años. Desde que me dijiste que
querías dedicarte a eso, lo he visualizado muchas veces.
—Sería en un sueño.
—Pues me encantaría que lo cumplieras. Estaría genial tener un amigo famoso.
Raúl suelta una carcajada y mueve la cabeza.
—Sólo quieres que sea director de cine para tener un amigo famoso, ¿no?
—Claro. Y presumir de ello —comenta divertida—. Le diré a mi marido y a mis hijos: «Mirad, ese
chico que está a punto de ganar un Óscar me tiraba los tejos cuando éramos adolescentes.»
—¿Que yo…? ¡Ya les contaré la verdad!
—¿Y a quién van a creer? ¿A su madre o a un completo desconocido?
—Al director de cine famoso, por supuesto.
La chica se agarra del brazo de Raúl rodeándolo con el suyo y ríe. Pero, rápidamente, siente una gran
tristeza y regresa al silencio. Cruzan un paso de cebra y llegan al otro lado de la calle. ¿Por qué no
pueden estar juntos? ¡Si hacen una pareja increíble! El padre de sus hijos debería ser él, y ella quien lo
acompañara a recoger el Óscar.
—Yo todavía no tengo tan claro como tú lo que me gustaría ser.
—No te preocupes, tienes casi dos años para elegirlo.
—Lo sé. Pero… no me atrae nada —afirma algo apenada—. No sé qué pasará con mi vida en el
futuro.
—No pienses en eso ahora. Queda mucho para que tengas que tomar una decisión.
Elísabet suspira. Quizá sí quede mucho para saber a qué se dedicará dentro de unos años. Pero,
cuando hablaba de que no sabe qué pasará con su vida en el futuro, también se refería a él. ¿Seguirá Raúl
formando parte de ella?
—Tienes razón. —Y, tratando de alegrarse de nuevo, esboza la mejor de sus sonrisas—. ¿Quieres
que vayamos al cine esta tarde?
—¿Hoy lunes?
—Sí. Podríamos ir a ver una peli. ¿No hay ninguna que te apetezca mucho ver?
Raúl piensa durante un instante. En cartelera están Eva, La voz dormida, la de Tintín… Cualquiera de
ésas estaría bien.
—Ahora hay buena cartelera.
—A mí me gustaría ver Tentación en Manhattan, de la de Sexo en Nueva York.
—Sarah Jessica Parker.
—Sí. Ésa —afirma—. Ya me gustaría a mí estar como ella a su edad.
—¿Cuántos años tiene?
—¡Cuarenta y cinco o cuarenta y seis! Por ahí.
—Si consigues un buen cirujano, seguro que estarás igual o mejor.
Ambos sonríen. Raúl se ha fijado muchas veces en ella, pero no le había prestado demasiada atención
a su bonita sonrisa. A la natural. A la de cuando va sin maquillar y no le da importancia a lo guapa que
es.
—Entonces ¿qué? ¿Vamos al cine?
—No lo sé. ¿Crees que los demás podrán?
—Los demás…
Decepción. Ella no contaba con nadie más. Quería que fuesen solos. Además, no le apetece compartir
sala con el tonto de Bruno, que hoy ni le ha dirigido la palabra.
—Escribiré en el WhatsApp a ver si pueden.
—Bueno.
Raúl saca su BlackBerry negra y, mientras continúan caminando, manda un mensaje al resto del grupo.
Eli, por su parte, resopla. Mejor eso que nada. Con un poco de suerte, quizá ninguno pueda ir. Sería
perfecto.
—Ya está —anuncia el joven cuando lo envía.
La BB de Elísabet pita. La joven la coge del bolsillo trasero de sus vaqueros y lee en voz alta lo que
su amigo acaba de escribir:
¿Os hace un cine esta tarde? Podríamos ir a Príncipe Pío a ver una película. ¿Quién se apunta?
—Cuando sepa quiénes vienen, ya propondré una hora.
—Si sólo vamos tú y yo, a la que tú quieras —dice Elísabet con una sonrisa.
—Creo que, al menos, vendrá Valeria.
—¿No tenía que ayudar a su madre en la cafetería esta tarde?
No está seguro. Pero puede que sea así. Espera que no tenga que trabajar en Constanza. Le apetece
verla y estar con ella. Aunque sea acompañados del resto. Tal vez debería haberse asegurado de que ella
podía ir antes de mandar el mensaje.
—No lo sé.
—Da igual. Tú y yo vamos. Y que se apunte quien quiera. Y quien no quiera o no pueda, pues… mala
suerte.

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