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Capítulo 50
NO puede contenerse más. ¡Tiene que ir!
Se levanta de la mesa y grita:
—¡Mamá! ¡Ahora vengo!
—¿A dónde vas? ¡La comida está lista! —exclama la mujer desde la barra.
—Come tú. Me ha surgido algo. Pero no tardo en volver. Es sólo un momento, voy aquí al lado.
Y, sin decirle nada más a su madre, sale apresuradamente de la cafetería. Camina muy de prisa. El
metro está a menos de cinco minutos de Constanza. ¿Seguirá César allí? Si vuelve a encontrárselo, dejará
las cosas claras de una vez por todas. Quiere la verdad. La única verdad. ¿Quién es en realidad?
¿Cuántas mentiras le ha contado? ¿Por qué la sigue y le escribe tantos mensajes si apenas se conocen?
Necesita respuestas. Y esta vez no se conformará con cualquier cosa.
Mientras se dirige hacia la estación de La Latina recibe un mensaje en la BlackBerry. Es de Raúl, que
pregunta si alguien se apunta esa tarde a ir al cine. ¿Y eso? Imaginaba que pasarían algo de tiempo juntos,
pero solos. Además, tiene que ayudar a su madre después de comer. Qué extraño. Seguro que ha sido
cosa de Elísabet. Eso la pone nerviosa. Si no va, puede que su amiga se aproveche e intente algo con el
chico. Aunque no debe desconfiar de él. Le está demostrando que quiere intentarlo de verdad. Sin
embargo, de la que no se fía es de Elísabet.
Luego hablará con él. Primero debe resolver otro asunto.
Llega a la boca del metro y, a toda prisa, baja la escalera. Al fondo del pasillo, oye la melodía de una
guitarra y una voz rasgada que le resulta muy familiar. Lo que suena es Kiss me, de Ed Sheeran.
Valeria se acerca al lugar del que proviene la música. Sus pasos son rápidos y decididos. Está muy
cerca de solucionar algunas cuestiones.
Ya lo ve. César está sentado en un taburete pequeño y tiene las piernas cruzadas. Lleva una boina de
Kangoo puesta hacia atrás y un jersey gris muy fino, con una camiseta blanca debajo. Un grupito de chicas
vestidas con el uniforme del colegio lo observan embobadas. Él las mira de vez en cuando, y les sonríe.
Val se coloca junto a ellas y saluda al joven con la mano. Éste no parece sorprendido de verla; le guiña
un ojo y continúa cantando.
Valeria debe reconocer que el chico lo hace genial. Es lo único que sabe de él con seguridad: que es
un artista increíble. Esa versión es fantástica.
Termina el tema y las colegialas aplauden entusiasmadas. César se levanta y las besa a todas en la
mejilla, una por una. Las chicas no pueden creerse que ese chico tan guapo y que canta tan bien les haya
dado un beso. ¡Seguro que es famoso o que pronto lo será! Entre grititos, se marchan hacia una de las
salidas de la estación.
—Las tienes locas —comenta Valeria cuando se quedan solos.
—No es para tanto.
Coge el taburete y le pide a la chica que lo siga.
—¿A dónde vamos?
—A dejar esto. No pretenderás que vayamos a comer cargados…
—¿Qué? ¡No voy a comer contigo!
César se encoge de hombros y se dirige hacia la taquilla. Allí habla con una señora que ríe con cada
frase que le suelta. Da la impresión de que se conocen desde hace tiempo. Finalmente, el joven le entrega
el taburete a la mujer y ella lo guarda dentro de la cabina desde la que atienden a los clientes. El joven le
da dos besos y regresa junto a Valeria.
—Bueno, ya está. ¿Tomamos algo?
—No. Mi madre me ha preparado la comida.
—Pues yo tengo que comer. Puedes mirarme mientras lo hago, si quieres —suelta sonriente.
Valeria se sonroja. Tonto. Sabe cómo ponerla nerviosa. Desde el sábado por la noche, cuando le
gastó la broma del bautizo, lo ha conseguido siempre que se lo ha propuesto. ¡Qué rabia!
Los dos caminan por el pasillo hacia la puerta de salida.
—Tenemos que hablar.
—Bien. Hablemos —dice él tranquilamente.
—¿Cómo te llamas?
—¿Cómo me llamo? ¿Me lo estás preguntando en serio?
—Totalmente.
César ríe y sube por la escalera de la estación sin responderle. La chica lo sigue, expectante. ¿No va
a contestarle?
—Soy César. No imaginaba que tuvieras tan mala memoria.
—¡No es mala memoria! ¡Me acordaba! Pero ¿te llamas así de verdad?
—Eso dicen mis padres.
—No te andes por las ramas. ¿Te llamas César de verdad sí o no? ¡No me mientas!
—Sí.
Los dos salen a la calle y comienzan a caminar en dirección contraria a la cafetería Constanza.
—¿Y tus apellidos?
—¿Para qué quieres saber mis apellidos? ¿Qué más da eso?
—Quiero saberlos. ¿Cuáles son?
—Pérez Vidal —apunta con una sonrisa—. ¿Alguna cosa más?
—Muchas.
—Pues si quieres que te conteste, acompáñame a comer. Estoy muerto de hambre.
—Ya te he dicho que no voy a ir a comer contigo. Mi madre me ha preparado ensalada de pasta y
tortilla.
—¡Qué rico! Podrías invitarme.
Empieza a sacarla de sus casillas. Pero cada vez que se fija en sus ojos… ¡Es incapaz de enfadarse
con él! Sólo consigue sonrojarse más. ¿Por qué tiene que ser tan guapo?
—Venga, ¿dónde quieres ir a comer? —termina por preguntarle. Es tan atrevido que lo ve capaz de
presentarse en Constanza y de hacerse amigo de su madre.
—A cualquier parte. Por aquí hay mil sitios. Bueno, qué te voy a decir a ti, que vives por esta zona.
Los conocerás todos.
—No suelo ir a comer fuera.
—Claro, teniendo una cafetería propia… ¿Cómo se llama?
—No voy a decírtelo.
—Ah, es verdad. Que no te fías de mí —dice mientras se coloca bien la boina—. Aunque podría
averiguarlo.
—¿Cómo?
—Recuerda que estudio Periodismo. No sería difícil.
Es un farol. No lo cree. Por mucha carrera de Periodismo que estudie, si es que es realmente eso lo
que estudia… Si Valeria tuviera que apostar, diría que ni tan siquiera va a la universidad.
—¿Por qué te intereso tanto?
—¿Qué te hace pensar que me interesas?
—No has parado de seguirme desde que nos conocimos.
—¿Que yo te he seguido? —pregunta haciéndose el sorprendido—. Que yo sepa, las tres primeras
veces que nos vimos fue por casualidad. Y ayer, después de comer, sólo te vigilé para que no te pasara
nada. La sangría te afectó más de lo que podía imaginarme. Y hoy… la que has venido a verme has sido
tú.
¡Quiere gritar! No es capaz de pillarlo nunca. Un tío tan ingenioso como éste no debería estar tocando
la guitarra en el metro, sino haciendo monólogos en «El Club de la Comedia».
—Sabías que iría al metro.
—No, no lo sabía.
—Ayer te dije que mi madre tenía la cafetería por La Latina. Había muchas posibilidades de que
estuviera cerca de ti y fuera a verte. Incluso de que tropezáramos por «casualidad» una vez más. ¡Lo
tenías todo calculado!
—¿Y por qué iba a imaginar que vendrías a verme?
—Eh…
—A ver si la que está interesada en mí eres tú…
—Pero… pero…
El pitido de la BlackBerry la salva. Enfurecida, la examina. María ha contestado que esa tarde no irá
al cine porque la pasará con su padre y su hermana. Una menos.
—¿Entramos aquí? —pregunta César tras detenerse delante de un bar de pinchos—. Parece bueno y
no demasiado caro.
—Como quieras. Pero no pienso probar nada. Sólo quiero que me respondas a unas cuantas cosas.
—Eres especialista en interrogatorios —comenta el joven sin dejar de sonreír mientras abre la puerta
del local—. Entremos, que me muero de hambre.
La invita a pasar delante y él la sigue. Hay bastante gente y mucho ruido. Sólo queda libre una mesita
del fondo, pero tiene puesto encima el cartelito de reservado.
César se acerca a una camarera y comienza a dialogar con ella. Es bastante mona, y no deja de
sonreír con lo que el joven le cuenta. A Valeria la escena le recuerda mucho a la que tuvo lugar en la
discoteca con la camarera del reservado. Está muy claro que César tiene un don para el sexo femenino.
Por fin, tras una animada conversación en la que prácticamente los dos se hablan al oído, ella le dice
que puede ocupar la mesa.
—No me digas que tenías una mesa reservada aquí —susurra Valeria cuando llega hasta él.
—Claro que no. ¿Cómo iba a reservar una mesa si ni siquiera sabía que existía este sitio?
—¿Y por qué nos ha dejado ocuparla?
—No me hagas revelar mis secretos para conseguir ciertas cosas.
¿Que no le haga revelar sus secretos? ¡Menudo morro!
Los chicos se sientan a la mesa y retiran el cartelito. César examina la carta detenidamente. Valeria lo
contempla molesta. Muy molesta. Tiene hambre, pero no piensa comer nada en absoluto.
—¿Podemos hablar ya?
—¿Seguro que no quieres nada?
—¡Segurísimo!
—Bueno. Como tú veas.
Una nueva sonrisa de César desespera a Valeria, que tamborilea con los dedos sobre la mesa
mientras él continúa mirando el menú. Instantes después, la camarera se aproxima a ellos y les pregunta
qué van a tomar. El joven le responde que aún no lo han decidido, pero que puede ir trayendo una jarra
de sangría para dos. La muchacha sonríe y se retira.
—¿Todavía no te has enterado? ¡No quiero tomar nada! —exclama Valeria resoplando.
—Ya lo sé.
—¿Y por qué pides sangría para dos?
—Por si cambias de opinión durante la charla. Más vale que sobre a que falte, ¿no?
—No cambiaré de opinión.
Si quiere que coma o beba, no va a salirse con la suya. Esta vez no.
De nuevo, suena su BlackBerry. La saca y lee el mensaje que Ester ha escrito en el WhatsApp del
Club de los Incomprendidos:
No puedo ir esta tarde al cine. Pasadlo bien vosotros. Besos.
Y, unos segundos después, es Bruno el que comenta lo mismo, que tampoco cuenten con él. Sólo
quedan ella, Eli y Raúl. Si ella no va, será como una cita entre los otros dos. ¿Se atreverá el chico a ir al
cine a solas con su amiga después de todo lo que ha sucedido entre ellos? ¡No puede consentirlo!
Protesta en voz baja y piensa en qué puede hacer.
—¿Problemas?
—¿Qué?
—Que si te han dado malas noticias.
—Ni buenas ni malas —responde muy seca—. Varios de mis amigos no pueden ir al cine esta tarde.
—Si quieres yo puedo ir contigo.
Valeria hace una mueca y niega con la cabeza.
La camarera regresa con una jarra de sangría y dos vasos de cristal. Les coloca uno a cada uno
delante, y vuelve a preguntarle a César qué van a comer. Éste pide un bocadillo de calamares partido en
dos. La chica lo apunta en una pequeña libreta y se retira.
—¿Nunca te das por vencido?
—¿Por qué lo dices? —pregunta el joven mientras llena los dos vasos.
—Ni voy a beber sangría ni me voy a comer medio bocadillo de calamares.
—Me parece bien. Eso sería consecuente con lo que has venido diciendo desde que nos vimos en el
metro.
Y, sonriente, coge el vaso y bebe un gran trago. Se limpia la boca con una servilleta y, tras apoyar los
codos sobre la mesa, mira fijamente a Valeria.
—¿Por qué no has ido hoy a clase? —quiere saber ella, que empieza a notar el calor en las mejillas.
—¿Quién te ha dicho que no he ido?
—Puedes mentirme, pero no puedes estar en dos sitios a la vez. Si estás tocando en el metro, no
puedes estar en la facultad.
—He estado esta mañana y me he vuelto sobre las doce. Ha faltado un profesor a última hora y he
aprovechado para ganar unos eurillos.
—¿Te llevas la guitarra y el taburete a la universidad?
—A veces —contesta, y le da otro sorbo a la sangría—. Aunque hoy no ha sido el caso. Primero he
pasado por mi piso.
El sonido de la BlackBerry rosa de Valeria interrumpe la conversación. En esta ocasión no se trata
del WhatsApp. Eli la está llamando. ¿Lo coge? No le queda otra.
—Perdona, un momento.
—No te preocupes. No me moveré de aquí sin ti.
La chica se levanta de la silla y responde mientras camina hacia la salida del local.
—¿Sí?
—Hola, Val. ¿Interrumpo? ¿Estás comiendo?
—No. De momento no. ¿Qué pasa?
—Mmm. Tengo que pedirte una cosa. —Eli se queda en silencio un instante.
—¿El qué? Cuéntame.
—Quiero que esta tarde no vengas al cine con Raúl y conmigo. Necesito estar a solas con él.
Capítulo 51
—¿Yese Álex es de fiar?
Gadea mira a su hermana pequeña. ¡A ver qué le dice María a su padre sobre su novio! Los tres están
comiendo en un restaurante de Madrid. Después de un largo paseo por la ciudad, Ernesto y María han
recogido a la mayor de las hermanas en la universidad y, juntos, han ido hasta el centro.
—Mmm. Es un buen chico —responde la pelirroja sin mucho entusiasmo.
—Es el mejor.
—Tanto como el mejor…
—¡Lo es! Y me quiere muchísimo.
—Más bien te soporta.
—Yo soy muy fácil de soportar. No doy ningún problema.
—Será cuando duermes… Aunque anoche te oí roncar.
—¡Yo no ronco!
—¿Cómo lo sabes, si duermes mientras lo haces?
—¿Y cómo lo sabes tú, si duermes en otra habitación?
—Pues fíjate si roncas fuerte que te oigo desde mi cuarto. ¡Y con la puerta cerrada!
Ernesto contempla sonriente la divertida discusión entre sus hijas. ¡Cuánto echa de menos momentos
como aquél! Muchas veces ha pensado que tal vez se equivocó al marcharse a vivir a Barcelona tras la
separación de su mujer. Pero en aquel instante creyó que era lo más conveniente y lo mejor para todas las
partes. Especialmente para ellas, a las que intentó no poner en medio de cualquier conflicto que pudiera
surgir. Sin embargo, el precio que está pagando, no disfrutar de la niñez y adolescencia de sus hijas, es
muy alto.
—Venga, no os enfadéis —dice el hombre mientras corta su solomillo—. Podrías haber invitado a
Álex a comer con nosotros.
—¿Qué? ¡Ni de coña!
—¿Por qué?
—Porque no. Le harías el tercer grado y el pobre lo pasaría fatal.
—Pues algún día tendré que conocerlo, ¿no?
—Cuando nos casemos.
Aquello provoca que tanto María como su padre estén a punto de atragantarse con la comida. Los dos
miran a la chica estupefactos, con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo? ¿Casaros?
—¡Ahora no! —exclama Gadea sonrojándose—. Dentro de unos años. Somos muy jóvenes para el
matrimonio.
—¡Qué susto! Me imaginaba que al vivir lejos de vosotras me perdía cosas, pero no tan importantes.
—No te preocupes, papá. Si me caso o me quedo embarazada, te enterarás el mismo día que me
entere yo.
—¿Embarazada?
—Bueno… ya sabes… Una chica y un chico, cuando salen… Ay… Pero no te preocupes, que sé
que… Tomo precauciones y eso.
La chica agacha la cabeza avergonzada y busca desesperada una hoja de lechuga o un trozo de tomate
que llevarse a la boca.
—Y a ti, ¿no te gusta ningún chico? —le pregunta Ernesto a su otra hija. Quiere cambiar de tema para
salir de esa situación tan embarazosa.
—Eh…
—Le gusta Bruno. ¿Te acuerdas de él?
—¿El chaval bajito?
—No me gusta Bruno —protesta María, fulminando a su hermana con la mirada—. Y ha crecido
bastante desde la última vez que lo viste.
—Cinco centímetros.
—No es verdad. Ya es más alto que yo.
—Bueno, eso tampoco es muy difícil.
—Mira… No te pases, ¿eh?
El hombre da unos toquecitos con el tenedor en el plato para calmar a sus hijas. Las dos chicas dejan
de discutir, se tranquilizan y continúan comiendo.
—Me parece que os habéis hecho mayores y yo no me he enterado.
—Eso lo dirás por Gadea, yo sigo siendo una cría —lo contradice María.
—Lo digo por las dos. Es increíble cómo pasa el tiempo y cómo crecéis.
—Es normal que pase eso, papá —señala la hermana mayor—. Lo que ocurre es que, como tú nos ves
sólo de vez en cuando, lo notas más.
—Ya lo sé, hija.
El hombre suspira resignado. No las ve todo lo que quisiera. Le encantaría compartir más días como
aquél con ellas. Ir más veces a Madrid y comer juntos, pasear, hablar de sus cosas… Pero sabe que, por
su trabajo, no puede. Y se siente mal por ello. Si al menos una de las dos se fuera a vivir con él, como
María le ha dicho esta mañana, todo cambiaría. Supondría un soplo de aire fresco y una nueva ilusión en
su vida. Lo ha estado pensando durante todo el día. Tanto para una como para otra, aquél sería un cambio
enorme. Dejarían mucho en Madrid. Sin embargo, tendrían la oportunidad de experimentar algo diferente
y quién sabe si mejor. Y él no se sentiría tan solo. ¿Es egoísta querer que una de sus hijas se vaya con él
a Barcelona?
Sí, es egoísta. Pero necesita algo que incentive su vida. Mañana regresará y, cuando llegue a su casa,
volverá a sentir ese vacío por dentro y por fuera. No habrá nadie a quien contarle cómo está ni nadie con
quien compartir sus alegrías o sus preocupaciones. Otra vez solo.
—Papá, ¿qué te ocurre? Te has quedado muy callado de repente —le dice Gadea mientras juguetea
con el tenedor y la lechuga.
—¿Te encuentras bien?
A Ernesto se le han humedecido los ojos. Los abre y los cierra muy rápido un par de veces y después
sonríe.
—Sé que le aseguré a María que no iba a preguntarle sobre el tema hasta mañana. Pero es que no dejo
de pensar en ello.
—¿En qué tema? —pregunta la hija mayor, sorprendida.
—Le he contado a papá lo de irnos una de las dos a vivir con él durante unos meses —le aclara la
chica pelirroja.
—Ah.
Los tres guardan un momento de silencio mientras el camarero se acerca a la mesa y rellena la copa
de vino del hombre. Éste le da las gracias y bebe un poco. Luego, mira a Gadea.
—Quedamos en que hoy no hablaríamos más del asunto, en que nos dedicaríamos a disfrutar del día y
mañana, antes de irme, le preguntaría sobre su decisión. Pero no he conseguido quitármelo de la cabeza
desde que me lo ha contado.
—Entonces, sólo consideras la posibilidad de que sea mi hermana la que se vaya contigo.
—No. Me da igual cuál de las dos venga. Os quiero exactamente lo mismo. Pero sé que tú no puedes
venirte a vivir a Barcelona, Gadea.
—Es que la universidad… y mi novio… Me comprendes, ¿verdad?
—Sí. Lo entiendo. Y lo comprendería también si ella prefiriera quedarse aquí.
El hombre, entonces, se fija en su hija pequeña, que ha dejado los cubiertos encima del plato y
apoyado el rostro sobre las manos. María contempla los ojos brillantes de su padre. Llorosos. Lamenta
que esté así, y la única manera de que empiece a ver las cosas de otra manera es que se marche con él.
Los echará muchísimo de menos a todos, en especial a Bruno y a Ester. Y puede que aquélla sea la
primera piedra de su distanciamiento, algo que le dolería muchísimo. Pero su padre la necesita, así que la
decisión está tomada.
—Me iré contigo, papá —responde con una sonrisa.
—¿Sí? ¿Lo has pensado bien? No quiero que te veas obligada a…
—Lo he pensado bien.
—¿Estás segura?
—Sí. Será una nueva experiencia para mí.
María se vuelve hacia su hermana mayor, que también tiene los ojos vidriosos. Se le han puesto rojos
y apenas puede contener la emoción. Aprieta los labios con fuerza y respira profundamente.
—No puedes imaginarte lo feliz que me haces, pequeña.
—Me alegro mucho, papá.
—Lo pasaremos bien los dos juntos. Haremos un buen equipo.
—Claro que sí.
La chica sonríe y bebe un poco de agua. Aunque acaba de decir que se marcha a Barcelona, todavía
no se cree que vaya a hacerlo. No asimila que está a punto de comenzar una vida nueva y que todo será
diferente para ella dentro de unas cuantas semanas.
Todo no. Será difícil que su corazón cambie de opinión. Eso sigue viéndolo imposible. Aunque la
distancia quizá consiga hacerle olvidar lo que por sí misma no ha logrado borrar durante todos esos días
de sufrimiento interior.
Capítulo 52
—¿CÓMO dices?
Lo que le acaba de pedir Elísabet la sorprende muchísimo. Le tiemblan los dedos con los que sujeta
la BlackBerry.
—Si vamos solos al cine sería una buena oportunidad para mí, nena. Una peli, la oscuridad de la
sala, sentados el uno al lado del otro… ¡Es perfecto!
—¿Vas a intentar algo con Raúl en el cine?
—Sí. Pero necesito que estemos solos. Meri, Ester y Bruno ya han dicho que no van. Sólo faltas tú.
Para Valeria esa propuesta es una encrucijada: si accede a lo que le ha pedido su amiga, Raúl y ella
pasarán una tarde solos en el cine, con las posibles consecuencias que eso conllevaría; y si se niega,
Elísabet se enfadará mucho con ella. Aparte de que no encuentra ninguna razón coherente para negarse, y
de que esta tarde debe ayudar a su madre en la cafetería…
—¿Y crees que Raúl querrá ir solo al cine contigo?
—Pues seguramente no. Se inventaría algo para no ir y anularlo. Por eso necesito que no avises de
que no irás.
—¿Quieres que mienta?
—No es mentir, nena. Simplemente, no respondas en el WhatsApp.
—Pero eso hará que Raúl crea que también voy.
—¡Y qué más da!
—También es mi amigo, y no quiero mentirle.
Un suspiro al otro lado de la línea le indica a Valeria que Elísabet está empezando a desesperarse. Si
fuera con otro, está claro que la ayudaría y no iría. ¡Pero es que quiere ligarse a su chico!
—Nena, ¿vas a echarme una mano con esto o no?
Su tono es amenazante. Valeria no sabe qué hacer. Tampoco tiene la cabeza como para pensar
demasiado rápido… Dentro del bar la esperan César y un montón de preguntas por contestar, y en su BB
de color rosa la presiona su mejor amiga, que quiere liarse esta tarde con el chico con quien ella
mantiene, en secreto, algo parecido a una relación. ¡Necesita tiempo para pensar! ¡Tiempo para decidir
qué hacer!
Y lo único que se le ocurre para ganar ese tiempo es… colgar. Sin avisar a Eli ni despedirse de ella,
pulsa el botón y finaliza la llamada.
No está orgullosa de lo que acaba de hacer, pero no le quedaba otra opción. Tiene unos segundos
para buscar una solución antes de que Elísabet vuelva a llamarla.
¿Qué le responde?
Tan sólo puede hablar con Raúl y contarle lo que su amiga está tramando. Que él también busque una
excusa y no vaya. Pero eso podría hacer sospechar a Elísabet. Además, que él la rechazara una vez más
haría que su amiga se sintiera mal.
El teléfono vuelve a sonar. Valeria está nerviosa. No responde ni al primer ni al segundo bip. Piensa
muchas cosas en muy poco tiempo.
¿Y si deja que las cosas sigan su curso? Ella no va el cine y ellos dos pasan la tarde juntos, como le
ha pedido Eli. Valeria tendrá que confiar en Raúl y esperar que no suceda nada entre ambos. ¿Es eso lo
mejor que puede hacer? No lo sabe, pero es lo único que se le ocurre.
Responde cuando la llamada va a terminar.
—¿Sí?
—¡Nena! ¿Dónde te habías metido? —pregunta Elísabet enfadada.
—Perdona, se ha cortado. Estoy en un sitio con poca cobertura.
—Bueno, al final ¿qué vas a hacer esta tarde?
—No iré —murmura poco convencida de su decisión—. Os dejaré solos, como me has pedido.
—¿Sí? ¿Hablas en serio?
—Sí.
—¡Genial! ¡Eres increíble, Val!
—Aunque no me gusta nada mentirle a Raúl.
—No es mentirle. Como ya te he dicho, con no responder en el WhatsApp del grupo es suficiente.
Eso no es mentir.
—Lo que tú digas.
—Venga, no te enfades. Cuando Raúl y yo seamos novios, todo te lo deberé a ti. Eres una gran amiga.
¡La mejor amiga!
La chica resopla y se cruza de brazos. Se apoya contra la pared del local y se lamenta por la
situación. No tendría que haber cedido. Ahora Eli tendrá una nueva oportunidad de acercarse a Raúl y
ella habrá colaborado en ello. Pero ¿qué podía hacer si no?
—Oye, tengo que irme. Me están esperando.
—Bien. Ya te contaré qué tal va todo. Puede que la próxima vez que hablemos tenga una gran noticia.
—Ya me contarás. Adiós, Eli.
—¡Adiós, nena! ¡Y muchas gracias!
Las dos chicas cuelgan. Valeria se queda pensativa durante un instante. ¿Y ahora? Debe llamar a Raúl
para explicárselo todo. Aunque lo hará después. Lleva un rato fuera del bar, y César está esperándola.
No quiere ser desconsiderada con él. Tal vez sea un mentiroso compulsivo, pero hasta ese momento se ha
portado muy bien con ella. Incluso le apetece un vaso de sangría. Así que, cuando regresa otra vez a la
mesa, sin decirle nada, coge su copa y se la bebe de un trago. Está fresquita y no sabe prácticamente a
alcohol, por lo que le entra muy bien.
—Una de dos: o quién te ha llamado te ha dicho que te ha tocado la lotería o alguien ha atropellado a
tu gato.
—Ni juego a la lotería ni tengo gato.
—Me alegro por lo segundo.
El joven sonríe y también bebe de su vaso. Se lo termina y llena de nuevo las copas hasta arriba.
—¿Siempre son tan complicadas las cosas? —pregunta Valeria cuando recupera su copa.
—No sé qué te ha pasado. Pero, normalmente, todo tiene un lado sencillo y otro complicado. Solemos
ir por el complicado.
—¿Y eso por qué?
—Porque nos gusta darle emoción a la vida. Si todo fuera fácil, no apreciaríamos lo que cuesta
conseguir llegar a la meta. Los caminos casi siempre son rectos, y hasta tienen atajos, pero los humanos
tendemos a encararlos por donde más dificultades haya.
—Qué filosófico.
—Me gusta filosofar.
—El sábado podrías haberme dicho que estudias filosofía.
—Pero es que no estudio filosofía. Hago Periodismo.
Valeria lo mira. César vuelve a sonreír de esa manera tan particular que hace que todos se rindan ante
él. Pero ella no va a caer en la tentación, por muy guapo que sea. Es hora de saber la verdad.
—César, deja ya ese papel, por favor. No me creo que seas estudiante de Periodismo.
—¿Por qué no?
—Porque no. Me has estado mintiendo desde el principio.
—¿Tú crees?
Por la expresión de su rostro, parece que lo que ella le reprocha le divierte. Sin embargo, Valeria no
está dispuesta a dejarlo escapar esta vez.
—Por supuesto. —Y bebe un poco más de sangría. Siente que las mejillas empiezan a arderle—.
¿Por qué no me dices de una vez por todas quién demonios eres y qué quieres de mí?
—Soy César, estudio Periodismo y quiero conocerte.
—Bah. Así no vas a conseguir que seamos amigos.
—¿No?
—Para nada. Sólo un tonto podría creerse que todos los encuentros que hemos tenido han sido por
casualidad, que el sábado no me seguiste hasta la discoteca y que hoy no has planeado todo esto
solamente para quedar conmigo otra vez.
—¿Piensas que yo lo he organizado todo?
—Sí. Todo, todo.
César sonríe. Contempla con simpatía a la jovencita que tiene enfrente. Sus mejillas sonrosadas le
divierten. Sabe que el alcohol de la sangría ya le está afectando. Como ayer, cuando comieron juntos en
los Cien Montaditos.
La camarera de antes llega con un bocadillo de calamares partido en dos. Coloca el plato sobre la
mesa y rellena los vasos de los dos. Valeria se lanza sobre el suyo y vuelve a beber.
—¿Qué parte quieres? —le pregunta César cuando se quedan solos.
—Ninguna. Ya te he dicho que no pienso comer nada.
—Tampoco ibas a beber y ya llevas dos vasos. Casi tres.
—Bah.
—¿Seguro que no quieres?
—Quiero respuestas. Saber la verdad. Y no me iré de aquí hasta que descubra qué es lo que
pretendes.
—Pero ¿por qué estás tan convencida de que te he estado mintiendo todo este tiempo?
—Porque está muy claro que no eres quien dices ser. ¡Y no me digas más veces que eres estudiante
de Periodismo y que nos hemos encontrado en tantas ocasiones porque el destino así lo ha querido!
—Eres muy insistente.
—Puedes llamarme lo que quieras. Hasta pesada. Pero dime la verdad.
—¿Quieres saber la verdad?
—Sí. De una vez por todas. Si no, ni el mismísimo destino hará que volvamos a vernos.
El joven la mira a los ojos. Esta vez no sonríe. Ella también lo mira, con sus pómulos rojísimos a
consecuencia de la mezcla entre los efectos de la sangría que ha bebido y su tendencia a enrojecer cuando
se siente indefensa.
—Está bien. Te diré la verdad —concede César muy serio—. Mi verdadero nombre es Carlos
Alvarado. Y, como bien has adivinado, no estudio tercero de Periodismo.
Capítulo 53
¡LO sabía! ¡Estaba segura de que había estado interpretando un papel! ¡No se equivocaba! Sin
embargo, que César, o Carlos, le suelte eso de repente no deja de ser algo sorprendente para Valeria.
—¿Y ahora cómo te llamo?
—Como quieras.
—¿Tu nombre real es Carlos?
—Eso he dicho.
—Pues te llamaré así —decide mientras se lleva el vaso a la boca.
Pero esta vez sólo se moja los labios. No bebe. Se da cuenta de que la sangría se le está subiendo a la
cabeza muy de prisa y de que sus ideas empiezan a estar algo confusas. Si no controla, terminará como
ayer. Y no desea que eso ocurra. Abandona la copa encima de la mesa y apoya la barbilla sobre las
manos. Basta de alcohol por hoy.
—César es un nombre más bonito. ¿No crees?
—Me da lo mismo. Tu nombre es tu nombre… Por algo te lo pondrían tus padres.
—Pues llámame Carlos, entonces.
—Bien, Carlos. Empieza a hablar. Quiero saberlo todo.
—Pregunta.
—Tengo tantas dudas en la cabeza, que ni te imaginas la de vueltas que me está dando por tu culpa.
Pero podrías comenzar presentándote y aclarándome de una vez quién eres de verdad.
El joven, antes de hablar, le da un mordisco a una de las mitades del bocadillo de calamares. Valeria
lo observa mientras mastica. Que le haya mentido no quiere decir que el chico no siga siendo guapísimo
y, tal vez, el más ingenioso que haya conocido en su vida. Pero no sabe si podrá perdonarle los tres días
de engaños. Está ansiosa por descubrir la verdad.
—Como te he dicho, mi nombre es Carlos Alvarado. Tengo veintidós años y no estudio ninguna
carrera. Mi única ocupación es la que has visto en el metro: canto, toco la guitarra, rapeo… Y eso me da
para pagar el alquiler de una habitación en Madrid, la comida y la factura del teléfono.
—¿No compartes piso?
—Comparto una planta entera. Vivo con varios chicos en una especie de albergue juvenil que regenta
una señora que nos cobra un alquiler al mes. Somos siete. Un solo baño, un comedor, una lavadora…
—Entonces ¿cómo conocías al tipo de los carnés de la discoteca y a su novia?
Carlos sonríe. Le da otro mordisco al bocadillo y, cuando traga, responde tranquilamente.
—Vi a tu amigo hablando con él y, más tarde, entregándole el dinero de vuestras entradas. Cuando
entrasteis en la disco, no me resultó difícil sacarle la información. Estuvimos hablando un buen rato y me
contó quiénes erais y qué queríais. Me acerqué a él para ofrecerme a cantar gratis en el local. Incluso le
hice una demostración y quedó encantado. No sé si la camarera es su novia o no, pero fue muy agradable
conmigo, y después…
—Espera, espera, espera. Me pierdo. ¿Estás diciéndome que no conocías ni al de los carnés ni a la
otra chica?
—No. No los conocía.
Increíble. El joven ha sido capaz de crear una historia de la nada. Se lo ha inventado todo sobre la
marcha. Pero ¿con qué fin?
—¿Y por qué fuiste a la discoteca? ¿Nos seguiste?
—Esa historia es muy larga. Pero sí, os seguí —responde sonriente—. Bueno, en realidad te seguí a
ti.
—¿A mí?
—Sí. Tampoco fue muy complicado.
—¿Por qué? ¿Por qué me seguiste? ¡No entiendo nada!
—Ya te he dicho que es una historia muy larga.
—¡Cuéntamela! —le ordena alterada—. ¡Quiero escucharla!
Está muy tensa. Esto parece sacado de una película o de una cámara oculta. Le acuden a la cabeza los
programas de «Inocente, Inocente» que ponen en la tele todos los 28 de diciembre. En ellos, les gastan
bromas a varios famosos. Pero ella no es famosa, y tampoco cree que nadie vaya a tomarse tantas
molestias en prepararle un montaje de ese tipo.
—Bueno, te la contaré —dice Carlos sin dejar de sonreír—. Todo empezó hace un par de meses.
—¿Un par de meses? —lo interrumpe Valeria.
—Sí. Hace un par de meses que te vi por primera vez.
—¡Qué dices! ¿De verdad? ¿Dónde?
—En la calle. En la plaza del Sol. Yo estaba por allí ganando un dinerito.
—¿En serio? Pues no me acuerdo de ti —comenta ella al tiempo que, sin éxito, trata de recordarlo—.
Hasta el sábado nunca te había visto tocar.
—Es que no estaba tocando.
—Me estás volviendo loca. ¿No acabas de decirme que estabas ganando dinero cuando me viste por
primera vez?
—Si. Pero no cantaba ni tocaba la guitarra. Hacía de mimo.
¡De mimo! Valeria se queda sin palabras. Ese tío es una caja de sorpresas.
—Sigue, por favor.
—Pues aquel día de septiembre, mientras realizaba mi actuación, te vi. Ibas con una amiga, una muy
guapa.
—Eli.
—No sé cómo se llama. Pero debe de ser ésa. El sábado también estaba contigo.
—Sí, sería ella.
No puede tratarse de otra. Cuanto más avanza la historia, más inquietante e inverosímil resulta.
—Las dos caminabais juntas, riendo y comentando algo entre vosotras. Y, de repente, os parasteis
delante de mí.
—¿Estuvimos a tu lado?
—Sí. Y entonces… miraste hacia donde estaba yo, no sé si fijándote en mí o en otra cosa, y sonreíste.
Fue la sonrisa más bonita que hubiera visto jamás.
Valeria se sonroja. No recuerda nada de lo que le está contando. Pero es posible que fuese así.
Suelen ir bastante por Sol. Nunca se fijan en los mimos, así que no se imaginaba que uno de ellos pudiera
haberse fijado en ella.
—¿Y me viste más veces?
—Sí. Un par de veces más. Pero hasta el sábado no me atreví a decirte nada. Fue una suerte que te
dejaras el bonometro en casa. Fue como una señal divina, del destino o de lo que quieras creer. De
manera que aproveché la oportunidad para hablar contigo. El resto ya lo sabes.
—Me seguiste y luego provocaste el encuentro en la discoteca, cuando estaba sola.
—Así es. Fue fácil, y también muy divertido.
Valeria no sale de su asombro. Es una historia increíble. Pero aún hay muchas cosas sobre las que
preguntarle. Especialmente una. La principal. Lo que sería el móvil en un asesinato.
—¿Y todo esto por qué? No lo comprendo. ¿Por qué tanto interés en seguirme?
—¿De verdad no lo sabes?
—No, no lo sé.
El joven bebe de su vaso una vez más. Se moja los labios en la sangría. Coge una servilleta de papel
y se limpia con total tranquilidad. Lo hace todo a su ritmo, con parsimonia. Es como si nunca se
inquietara, pase lo que pase.
—Porque me he enamorado de ti.
Silencio. Un gran y absoluto silencio invade la mesa que comparten Valeria y Carlos. La chica se
frota los ojos, muy nerviosa. Se muerde los labios. Y, aunque se había prometido a sí misma no beber
más sangría, le da otro trago a su vaso. Aquello la ayuda a hablar.
—¿Cómo vas a estar enamorado de mí? ¡Eso es imposible!
—¿Por qué? Los flechazos existen.
—Sí. Pero… no me conoces de nada. Apenas nos hemos visto dos o tres veces…
—Te conozco lo suficiente. Y me gustaste desde el primer momento en que te vi. No necesito más.
¿Un tío como ése enamorado de ella? No encaja. No tiene sentido. La supera en todo: belleza,
inteligencia, experiencia… Es irreal que aquello esté pasando. Le tiembla todo el cuerpo sólo de
pensarlo. Tiene más preguntas. Querría saber más cosas de él y de su vida. Pero es imposible centrarse.
Necesita recapacitar. Poner la cabeza en orden y reflexionar. Desde el sábado, no dejan de suceder en su
vida cosas increíbles que debe analizar.
—Tengo que irme —anuncia Valeria tras levantarse apresuradamente.
—¿Ya te vas?
—Sí. Mi madre me espera.
—¿No quieres preguntarme nada más?
—Sí. Pero no ahora.
—Bien. Eso es buena señal.
—¿Cómo?
—Si quieres preguntarme más cosas, significa que volveremos a vernos.
—No sé, Ce… Carlos. Necesito descansar y pensar. Ahora mismo estoy muy confusa.
—Y tendrás hambre y querrás comer. Al final te has salido con la tuya y no has probado el bocadillo.
—Para algunas cosas soy un poco cabezota.
—Como todos. No conozco a nadie que diga de sí mismo que no es cabezota.
Eso es cierto. La cabezonería es un pecado común y fácil de reconocer.
—Bueno, me marcho. Muchas gracias por la sangría.
El joven también se pone de pie y, rodeando la mesa, se coloca frente a ella.
—¿Me dejas darte un beso? —pregunta sorprendiéndola una vez más.
—¿En los labios?
—Sí. De despedida. Por si acaso tu cabeza, el destino o lo que sea no quiere que volvamos a vernos.
—¿Como si fuera un último recuerdo?
—Algo así.
Valeria sospecha que no será así. Cuanto más lo mira, más guapo le parece. Ahora que sabe la
verdad, su atracción hacia él es incluso mayor. Su sinceridad ha terminado de conquistarla, a pesar de
que su mente rebosa confusión.
—¿Y si me besas y no es la última vez que nos vemos?
—Será porque beso bien y quieres repetir.
¿Cómo puede ocurrírsele siempre la frase perfecta en cada momento? Sin ninguna duda, es un chico
especial. Pero ella quiere a alguien que también lo es. Alguien para quien se ha reservado durante mucho
tiempo y a quien por fin ha logrado tener como algo más que un simple amigo. Y a quien le debe una
llamada de teléfono.
—Lo siento, Carlos. No puedo besarte.
Y, despidiéndose con una sonrisa, Valeria camina de prisa por el local y sale a la calle sin que, en
esta ocasión, la siga nadie.
Capítulo 54
LOS pesados de sus hermanos acaban de irse a las actividades extraescolares. La más pequeña asiste a
clases de ballet y el otro juega al tenis. Los dos mayores están en la universidad y no regresarán hasta la
noche. Vía libre.
Son casi las cuatro de la tarde y Bruno está nervioso. Ester le ha mandado un mensaje hace unos
minutos avisándolo de que ya sale hacia su casa. Por la mañana ella le ha hablado de estudiar, pero
imagina que no harán sólo eso. Tienen pendiente una conversación sobre Meri. Explicarle la situación a
Ester por el móvil no era lo adecuado. Mejor en persona y cara a cara. Espera no ponerse muy nervioso
cuando estén el uno frente al otro en su habitación.
—Bruno, ¿has recogido tu cuarto? —le pregunta su madre, que entra en el dormitorio sin llamar.
—Sí, mamá. Está todo recogido y arreglado.
—Bien.
La mujer echa un vistazo a su alrededor y comprueba que lo que dice su hijo es cierto. Y se
sorprende. Normalmente, la habitación suele estar hecha un desastre.
—¿Tienes ropa sucia para lavar?
—No.
—¿Cómo que no? —replica malhumorada—. ¿Y eso qué es?
Se refiere a la sudadera que Bruno ha llevado esa mañana a clase. La tiene colgada en el respaldo de
una silla.
—Está limpia, mamá.
—Limpísima —dice ella tras alcanzarla y olería—. ¡Mira que te he dicho veces que no dejes la ropa
sucia tirada por la casa!
—No está tirada en ningún sitio. Ni tampoco está sucia.
—¡Lo que tú digas!
—Tú con tal de gritarme…
—Si estuvieras como yo, todo el día trabajando y recogiendo lo que vosotros dejáis tirado, me
entenderías un poquito.
—Siempre me riñes a mí. Al resto de mis hermanos no les dices nada.
—Porque tú eres el más desordenado de todos.
En ese instante, suena el telefonillo del piso. Bruno y su madre se miran. El chico no le ha comentado
nada de la visita de Ester. Es la primera vez que lleva a una chica a casa.
—Voy yo —dice resoplando.
—¿Esperas a alguien?
—A una amiga.
—¿Qué? ¿Una chica?
Parece sorprendida. Agradablemente sorprendida. Eso sí que es una gran novedad. Sólo conoce, de
refilón, a la pelirroja que lleva gafas, y no recuerda ni su nombre.
—Sí. Viene a estudiar y a pasar la tarde conmigo.
—Ah. Me parece muy bien.
—No nos molestes mucho, ¿vale?
—Claro que no os molestaré, ¿por quién me tomas?
El timbre del telefonillo vuelve a sonar. Bruno corre hacia él y su madre lo sigue de cerca. Tiene
mucha curiosidad por ver a esa joven.
—¿Sí?
—Hola, soy Ester.
—Hola, te estaba esperando. —Pulsa el botón que abre la puerta del edificio—. ¿Está abierta?
—¡Sí!
El chico sonríe y respira hondo. ¡Qué nervios! ¡Está allí! ¡Ester está allí! Y también su madre. La
mujer parece dispuesta a recibirla junto a su hijo.
—Mamá, ¿qué haces?
—Nada.
—¿Cómo que nada? No deberías estar aquí.
—¡Por supuesto que debo! Quiero conocer a nuestra invitada.
—¿Nuestra?
—Es tu amiga, pero viene a mi casa. Es lógico que por lo menos la salude. Qué clase de anfitriona
sería si no?
—¿No has dicho que ibas a dejarnos tranquilos?
—Y lo haré. Pero quiero saber quién es.
Bruno mueve la cabeza de un lado a otro, molesto. Su madre es incorregible. Sólo espera que no lo
fastidie mientras Ester esté en su casa.
Por fin, unos segundos más tarde, suena el timbre del piso. El chico se anticipa a la mujer y abre la
puerta. Sin embargo, su madre asoma la cabeza en cuanto puede. Por encima de los hombros de Bruno
contempla a una preciosa jovencita, morena y con el flequillo recto en forma de cortinilla. Tiene un
rostro muy agradable y, después de darle dos besos a su hijo, sonríe de una forma muy simpática,
arrugando la nariz.
—Hola, señora. Me llamo Ester —le dice; también a ella la saluda con dos besos—. Encantada de
conocerla.
—Yo soy Esperanza. Pero trátame de tú, que soy muy joven.
Las dos hablan durante un par de minutos sin que Bruno intervenga. El joven sólo desea que aquello
no dure demasiado.
—Mamá, nos vamos a mi habitación —anuncia, algo desesperado, cuando ve que aquello puede
prolongarse—. No nos molestes, ¿de acuerdo?
—Hija, ¿ves cómo me habla? ¡Con todo lo que yo hago por él…!
—Sí, mamá, sí.
Y, entre quejas murmuradas, se lleva a Ester hacia su cuarto para evitar que su amiga se vea obligada
a responderle a su madre. Deja que la chica entre primero y, una vez que él también pasa, cierra la puerta
con fuerza para que la mujer lo oiga.
—No os lleváis demasiado bien, ¿no? —pregunta la joven mientras se sienta en una de las sillas del
dormitorio.
—Bueno. Va por rachas.
—Y estáis en una racha difícil.
—Algo así. Aunque está siendo demasiado larga.
—Me parece una mujer muy simpática.
—Eso es porque no la conoces. Si yo te contara…
Bruno coge la otra silla, la acerca hasta Ester y se sienta en ella. Continúa muy tenso. No es que su
madre haya ayudado demasiado. Pero no debe culparla. La única responsable de sus nervios está sentada
a su lado.
—¿Has vuelto a hablar con Meri? —le pregunta la chica tras un breve silencio.
—No. No me ha escrito más. Ni me ha llamado. Lo último que sé es lo que puso en el WhatsApp del
grupo diciendo que no podía ir al cine esta tarde. Está con su padre y su hermana.
—¿Y qué le pasa? Me dijiste que no está enferma, ¿verdad?
—No está enferma.
—¿Y qué es lo que le sucede? Llevo toda la tarde preocupada.
—Ahora te lo cuento. Pero prométeme que no dirás nada. Es muy importante que siga siendo un
secreto hasta que ella lo explique.
—Claro. No diré nada, Bruno. Te lo prometo.
Los dos se miran fijamente. Al joven le cuesta hablar sobre el tema. Aunque Ester sea una gran amiga
tanto de Meri como de él, se siente mal, como si la estuviera traicionando. Sin embargo, ya no puede
echarse atrás. Tiene que contárselo.
—Todavía no es seguro. Ni lo tiene confirmado —comienza a decir—. Pero, posiblemente, se
marche a vivir a Barcelona con su padre.
—¿Qué? ¿Hablas en serio?
—Por desgracia, sí.
Bruno le relata a Ester todo lo que su amiga le reveló ayer. Ella, atenta, lo escucha sin pestañear. Se
nota que lo que oye la está afectando de verdad. Desde que llegó a Madrid, Meri y ella han sido
inseparables. María la ayudó a adaptarse rápido tanto a la ciudad como al instituto, y siempre ha podido
contar con su apoyo para todo. Sin una mala cara ni un simple enfado.
—No me puedo creer que Meri se vaya —susurra Ester con tristeza—. No sé qué voy a hacer sin
ella.
—Ya. Es muy duro.
—Con todo lo que hemos hecho juntas… Y lo que nos quedaba por hacer. Con lo bien que se ha
portado conmigo siempre. No me lo puedo creer, de verdad.
—Aún no es seguro que se marche.
—Tiene que irse. Su padre es lo primero. Yo haría lo mismo que ella, aunque me costase dejarlo
todo.
El joven se mesa el cabello y gesticula. No sabe si él haría lo mismo que sus amigas. Quiere mucho a
sus padres, por supuesto. Pero su relación con ellos es más bien fría desde hace tiempo. Si le dieran a
elegir entre marcharse con uno de los dos a otra ciudad o quedarse en Madrid con Ester, Meri y los
demás —a pesar de que el grupo no atraviese su mejor momento—, no cree que se decidiera por la
primera opción.
—Cada persona tiene una vida, y cada vida es diferente.
—Sí. Es verdad… ¿Y no sabes cuándo se iría?
—Si al final se fuera, no creo que tardase mucho.
—US…
—De todas formas, siempre nos quedarán la BlackBerry, las redes sociales, los SMS…
—Pero no es lo mismo, Bruno. No es lo mismo.
El chico la observa. Acostumbrado a verla sonreír constantemente, en seguida aprecia cuándo está
mal. Y le apena mucho que esté así. Sobre todo siente no poder hacer nada. Él no quiere ser, ni va a
serlo, el sustituto de Meri, pero, si su amiga se fuera, Bruno pasaría con Ester todo el tiempo que hiciera
falta. No le importaría en absoluto. Aunque eso significara sufrir todavía más por su amor no
correspondido.
Daría lo que fuera por Ester.
—Bueno, lo mejor es no darle más vueltas al tema hasta que esté confirmado.
—Tienes razón. No ganamos nada.
—Y si pasa, pues trataremos de que Meri se sienta lo mejor posible.
—Claro que sí… La que peor lo está pasando es ella, seguro. Habrá que animarla.
—Aunque no se deje…
Los dos sonríen y se miran con complicidad. Como si juntos estuvieran planeando una importante
misión. Pero, en ese momento, suena la BB de Bruno. Es un mensaje de WhatsApp. El chico lo abre y lo
lee en voz baja. Luego resopla y le muestra la pantalla a Ester. Ésta la examina rápidamente.
—Como ya te he dicho antes, yo haría lo mismo.
Sin embargo, sus ojos enrojecen a toda velocidad y una gran tristeza la envuelve de inmediato.
Apenas puede contener las lágrimas.
Y es que María acaba de confirmar con aquel mensaje que pronto su vida continuará lejos de Madrid
y, por lo tanto, lejos de sus mejores amigos
NO puede contenerse más. ¡Tiene que ir!
Se levanta de la mesa y grita:
—¡Mamá! ¡Ahora vengo!
—¿A dónde vas? ¡La comida está lista! —exclama la mujer desde la barra.
—Come tú. Me ha surgido algo. Pero no tardo en volver. Es sólo un momento, voy aquí al lado.
Y, sin decirle nada más a su madre, sale apresuradamente de la cafetería. Camina muy de prisa. El
metro está a menos de cinco minutos de Constanza. ¿Seguirá César allí? Si vuelve a encontrárselo, dejará
las cosas claras de una vez por todas. Quiere la verdad. La única verdad. ¿Quién es en realidad?
¿Cuántas mentiras le ha contado? ¿Por qué la sigue y le escribe tantos mensajes si apenas se conocen?
Necesita respuestas. Y esta vez no se conformará con cualquier cosa.
Mientras se dirige hacia la estación de La Latina recibe un mensaje en la BlackBerry. Es de Raúl, que
pregunta si alguien se apunta esa tarde a ir al cine. ¿Y eso? Imaginaba que pasarían algo de tiempo juntos,
pero solos. Además, tiene que ayudar a su madre después de comer. Qué extraño. Seguro que ha sido
cosa de Elísabet. Eso la pone nerviosa. Si no va, puede que su amiga se aproveche e intente algo con el
chico. Aunque no debe desconfiar de él. Le está demostrando que quiere intentarlo de verdad. Sin
embargo, de la que no se fía es de Elísabet.
Luego hablará con él. Primero debe resolver otro asunto.
Llega a la boca del metro y, a toda prisa, baja la escalera. Al fondo del pasillo, oye la melodía de una
guitarra y una voz rasgada que le resulta muy familiar. Lo que suena es Kiss me, de Ed Sheeran.
Valeria se acerca al lugar del que proviene la música. Sus pasos son rápidos y decididos. Está muy
cerca de solucionar algunas cuestiones.
Ya lo ve. César está sentado en un taburete pequeño y tiene las piernas cruzadas. Lleva una boina de
Kangoo puesta hacia atrás y un jersey gris muy fino, con una camiseta blanca debajo. Un grupito de chicas
vestidas con el uniforme del colegio lo observan embobadas. Él las mira de vez en cuando, y les sonríe.
Val se coloca junto a ellas y saluda al joven con la mano. Éste no parece sorprendido de verla; le guiña
un ojo y continúa cantando.
Valeria debe reconocer que el chico lo hace genial. Es lo único que sabe de él con seguridad: que es
un artista increíble. Esa versión es fantástica.
Termina el tema y las colegialas aplauden entusiasmadas. César se levanta y las besa a todas en la
mejilla, una por una. Las chicas no pueden creerse que ese chico tan guapo y que canta tan bien les haya
dado un beso. ¡Seguro que es famoso o que pronto lo será! Entre grititos, se marchan hacia una de las
salidas de la estación.
—Las tienes locas —comenta Valeria cuando se quedan solos.
—No es para tanto.
Coge el taburete y le pide a la chica que lo siga.
—¿A dónde vamos?
—A dejar esto. No pretenderás que vayamos a comer cargados…
—¿Qué? ¡No voy a comer contigo!
César se encoge de hombros y se dirige hacia la taquilla. Allí habla con una señora que ríe con cada
frase que le suelta. Da la impresión de que se conocen desde hace tiempo. Finalmente, el joven le entrega
el taburete a la mujer y ella lo guarda dentro de la cabina desde la que atienden a los clientes. El joven le
da dos besos y regresa junto a Valeria.
—Bueno, ya está. ¿Tomamos algo?
—No. Mi madre me ha preparado la comida.
—Pues yo tengo que comer. Puedes mirarme mientras lo hago, si quieres —suelta sonriente.
Valeria se sonroja. Tonto. Sabe cómo ponerla nerviosa. Desde el sábado por la noche, cuando le
gastó la broma del bautizo, lo ha conseguido siempre que se lo ha propuesto. ¡Qué rabia!
Los dos caminan por el pasillo hacia la puerta de salida.
—Tenemos que hablar.
—Bien. Hablemos —dice él tranquilamente.
—¿Cómo te llamas?
—¿Cómo me llamo? ¿Me lo estás preguntando en serio?
—Totalmente.
César ríe y sube por la escalera de la estación sin responderle. La chica lo sigue, expectante. ¿No va
a contestarle?
—Soy César. No imaginaba que tuvieras tan mala memoria.
—¡No es mala memoria! ¡Me acordaba! Pero ¿te llamas así de verdad?
—Eso dicen mis padres.
—No te andes por las ramas. ¿Te llamas César de verdad sí o no? ¡No me mientas!
—Sí.
Los dos salen a la calle y comienzan a caminar en dirección contraria a la cafetería Constanza.
—¿Y tus apellidos?
—¿Para qué quieres saber mis apellidos? ¿Qué más da eso?
—Quiero saberlos. ¿Cuáles son?
—Pérez Vidal —apunta con una sonrisa—. ¿Alguna cosa más?
—Muchas.
—Pues si quieres que te conteste, acompáñame a comer. Estoy muerto de hambre.
—Ya te he dicho que no voy a ir a comer contigo. Mi madre me ha preparado ensalada de pasta y
tortilla.
—¡Qué rico! Podrías invitarme.
Empieza a sacarla de sus casillas. Pero cada vez que se fija en sus ojos… ¡Es incapaz de enfadarse
con él! Sólo consigue sonrojarse más. ¿Por qué tiene que ser tan guapo?
—Venga, ¿dónde quieres ir a comer? —termina por preguntarle. Es tan atrevido que lo ve capaz de
presentarse en Constanza y de hacerse amigo de su madre.
—A cualquier parte. Por aquí hay mil sitios. Bueno, qué te voy a decir a ti, que vives por esta zona.
Los conocerás todos.
—No suelo ir a comer fuera.
—Claro, teniendo una cafetería propia… ¿Cómo se llama?
—No voy a decírtelo.
—Ah, es verdad. Que no te fías de mí —dice mientras se coloca bien la boina—. Aunque podría
averiguarlo.
—¿Cómo?
—Recuerda que estudio Periodismo. No sería difícil.
Es un farol. No lo cree. Por mucha carrera de Periodismo que estudie, si es que es realmente eso lo
que estudia… Si Valeria tuviera que apostar, diría que ni tan siquiera va a la universidad.
—¿Por qué te intereso tanto?
—¿Qué te hace pensar que me interesas?
—No has parado de seguirme desde que nos conocimos.
—¿Que yo te he seguido? —pregunta haciéndose el sorprendido—. Que yo sepa, las tres primeras
veces que nos vimos fue por casualidad. Y ayer, después de comer, sólo te vigilé para que no te pasara
nada. La sangría te afectó más de lo que podía imaginarme. Y hoy… la que has venido a verme has sido
tú.
¡Quiere gritar! No es capaz de pillarlo nunca. Un tío tan ingenioso como éste no debería estar tocando
la guitarra en el metro, sino haciendo monólogos en «El Club de la Comedia».
—Sabías que iría al metro.
—No, no lo sabía.
—Ayer te dije que mi madre tenía la cafetería por La Latina. Había muchas posibilidades de que
estuviera cerca de ti y fuera a verte. Incluso de que tropezáramos por «casualidad» una vez más. ¡Lo
tenías todo calculado!
—¿Y por qué iba a imaginar que vendrías a verme?
—Eh…
—A ver si la que está interesada en mí eres tú…
—Pero… pero…
El pitido de la BlackBerry la salva. Enfurecida, la examina. María ha contestado que esa tarde no irá
al cine porque la pasará con su padre y su hermana. Una menos.
—¿Entramos aquí? —pregunta César tras detenerse delante de un bar de pinchos—. Parece bueno y
no demasiado caro.
—Como quieras. Pero no pienso probar nada. Sólo quiero que me respondas a unas cuantas cosas.
—Eres especialista en interrogatorios —comenta el joven sin dejar de sonreír mientras abre la puerta
del local—. Entremos, que me muero de hambre.
La invita a pasar delante y él la sigue. Hay bastante gente y mucho ruido. Sólo queda libre una mesita
del fondo, pero tiene puesto encima el cartelito de reservado.
César se acerca a una camarera y comienza a dialogar con ella. Es bastante mona, y no deja de
sonreír con lo que el joven le cuenta. A Valeria la escena le recuerda mucho a la que tuvo lugar en la
discoteca con la camarera del reservado. Está muy claro que César tiene un don para el sexo femenino.
Por fin, tras una animada conversación en la que prácticamente los dos se hablan al oído, ella le dice
que puede ocupar la mesa.
—No me digas que tenías una mesa reservada aquí —susurra Valeria cuando llega hasta él.
—Claro que no. ¿Cómo iba a reservar una mesa si ni siquiera sabía que existía este sitio?
—¿Y por qué nos ha dejado ocuparla?
—No me hagas revelar mis secretos para conseguir ciertas cosas.
¿Que no le haga revelar sus secretos? ¡Menudo morro!
Los chicos se sientan a la mesa y retiran el cartelito. César examina la carta detenidamente. Valeria lo
contempla molesta. Muy molesta. Tiene hambre, pero no piensa comer nada en absoluto.
—¿Podemos hablar ya?
—¿Seguro que no quieres nada?
—¡Segurísimo!
—Bueno. Como tú veas.
Una nueva sonrisa de César desespera a Valeria, que tamborilea con los dedos sobre la mesa
mientras él continúa mirando el menú. Instantes después, la camarera se aproxima a ellos y les pregunta
qué van a tomar. El joven le responde que aún no lo han decidido, pero que puede ir trayendo una jarra
de sangría para dos. La muchacha sonríe y se retira.
—¿Todavía no te has enterado? ¡No quiero tomar nada! —exclama Valeria resoplando.
—Ya lo sé.
—¿Y por qué pides sangría para dos?
—Por si cambias de opinión durante la charla. Más vale que sobre a que falte, ¿no?
—No cambiaré de opinión.
Si quiere que coma o beba, no va a salirse con la suya. Esta vez no.
De nuevo, suena su BlackBerry. La saca y lee el mensaje que Ester ha escrito en el WhatsApp del
Club de los Incomprendidos:
No puedo ir esta tarde al cine. Pasadlo bien vosotros. Besos.
Y, unos segundos después, es Bruno el que comenta lo mismo, que tampoco cuenten con él. Sólo
quedan ella, Eli y Raúl. Si ella no va, será como una cita entre los otros dos. ¿Se atreverá el chico a ir al
cine a solas con su amiga después de todo lo que ha sucedido entre ellos? ¡No puede consentirlo!
Protesta en voz baja y piensa en qué puede hacer.
—¿Problemas?
—¿Qué?
—Que si te han dado malas noticias.
—Ni buenas ni malas —responde muy seca—. Varios de mis amigos no pueden ir al cine esta tarde.
—Si quieres yo puedo ir contigo.
Valeria hace una mueca y niega con la cabeza.
La camarera regresa con una jarra de sangría y dos vasos de cristal. Les coloca uno a cada uno
delante, y vuelve a preguntarle a César qué van a comer. Éste pide un bocadillo de calamares partido en
dos. La chica lo apunta en una pequeña libreta y se retira.
—¿Nunca te das por vencido?
—¿Por qué lo dices? —pregunta el joven mientras llena los dos vasos.
—Ni voy a beber sangría ni me voy a comer medio bocadillo de calamares.
—Me parece bien. Eso sería consecuente con lo que has venido diciendo desde que nos vimos en el
metro.
Y, sonriente, coge el vaso y bebe un gran trago. Se limpia la boca con una servilleta y, tras apoyar los
codos sobre la mesa, mira fijamente a Valeria.
—¿Por qué no has ido hoy a clase? —quiere saber ella, que empieza a notar el calor en las mejillas.
—¿Quién te ha dicho que no he ido?
—Puedes mentirme, pero no puedes estar en dos sitios a la vez. Si estás tocando en el metro, no
puedes estar en la facultad.
—He estado esta mañana y me he vuelto sobre las doce. Ha faltado un profesor a última hora y he
aprovechado para ganar unos eurillos.
—¿Te llevas la guitarra y el taburete a la universidad?
—A veces —contesta, y le da otro sorbo a la sangría—. Aunque hoy no ha sido el caso. Primero he
pasado por mi piso.
El sonido de la BlackBerry rosa de Valeria interrumpe la conversación. En esta ocasión no se trata
del WhatsApp. Eli la está llamando. ¿Lo coge? No le queda otra.
—Perdona, un momento.
—No te preocupes. No me moveré de aquí sin ti.
La chica se levanta de la silla y responde mientras camina hacia la salida del local.
—¿Sí?
—Hola, Val. ¿Interrumpo? ¿Estás comiendo?
—No. De momento no. ¿Qué pasa?
—Mmm. Tengo que pedirte una cosa. —Eli se queda en silencio un instante.
—¿El qué? Cuéntame.
—Quiero que esta tarde no vengas al cine con Raúl y conmigo. Necesito estar a solas con él.
Capítulo 51
—¿Yese Álex es de fiar?
Gadea mira a su hermana pequeña. ¡A ver qué le dice María a su padre sobre su novio! Los tres están
comiendo en un restaurante de Madrid. Después de un largo paseo por la ciudad, Ernesto y María han
recogido a la mayor de las hermanas en la universidad y, juntos, han ido hasta el centro.
—Mmm. Es un buen chico —responde la pelirroja sin mucho entusiasmo.
—Es el mejor.
—Tanto como el mejor…
—¡Lo es! Y me quiere muchísimo.
—Más bien te soporta.
—Yo soy muy fácil de soportar. No doy ningún problema.
—Será cuando duermes… Aunque anoche te oí roncar.
—¡Yo no ronco!
—¿Cómo lo sabes, si duermes mientras lo haces?
—¿Y cómo lo sabes tú, si duermes en otra habitación?
—Pues fíjate si roncas fuerte que te oigo desde mi cuarto. ¡Y con la puerta cerrada!
Ernesto contempla sonriente la divertida discusión entre sus hijas. ¡Cuánto echa de menos momentos
como aquél! Muchas veces ha pensado que tal vez se equivocó al marcharse a vivir a Barcelona tras la
separación de su mujer. Pero en aquel instante creyó que era lo más conveniente y lo mejor para todas las
partes. Especialmente para ellas, a las que intentó no poner en medio de cualquier conflicto que pudiera
surgir. Sin embargo, el precio que está pagando, no disfrutar de la niñez y adolescencia de sus hijas, es
muy alto.
—Venga, no os enfadéis —dice el hombre mientras corta su solomillo—. Podrías haber invitado a
Álex a comer con nosotros.
—¿Qué? ¡Ni de coña!
—¿Por qué?
—Porque no. Le harías el tercer grado y el pobre lo pasaría fatal.
—Pues algún día tendré que conocerlo, ¿no?
—Cuando nos casemos.
Aquello provoca que tanto María como su padre estén a punto de atragantarse con la comida. Los dos
miran a la chica estupefactos, con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo? ¿Casaros?
—¡Ahora no! —exclama Gadea sonrojándose—. Dentro de unos años. Somos muy jóvenes para el
matrimonio.
—¡Qué susto! Me imaginaba que al vivir lejos de vosotras me perdía cosas, pero no tan importantes.
—No te preocupes, papá. Si me caso o me quedo embarazada, te enterarás el mismo día que me
entere yo.
—¿Embarazada?
—Bueno… ya sabes… Una chica y un chico, cuando salen… Ay… Pero no te preocupes, que sé
que… Tomo precauciones y eso.
La chica agacha la cabeza avergonzada y busca desesperada una hoja de lechuga o un trozo de tomate
que llevarse a la boca.
—Y a ti, ¿no te gusta ningún chico? —le pregunta Ernesto a su otra hija. Quiere cambiar de tema para
salir de esa situación tan embarazosa.
—Eh…
—Le gusta Bruno. ¿Te acuerdas de él?
—¿El chaval bajito?
—No me gusta Bruno —protesta María, fulminando a su hermana con la mirada—. Y ha crecido
bastante desde la última vez que lo viste.
—Cinco centímetros.
—No es verdad. Ya es más alto que yo.
—Bueno, eso tampoco es muy difícil.
—Mira… No te pases, ¿eh?
El hombre da unos toquecitos con el tenedor en el plato para calmar a sus hijas. Las dos chicas dejan
de discutir, se tranquilizan y continúan comiendo.
—Me parece que os habéis hecho mayores y yo no me he enterado.
—Eso lo dirás por Gadea, yo sigo siendo una cría —lo contradice María.
—Lo digo por las dos. Es increíble cómo pasa el tiempo y cómo crecéis.
—Es normal que pase eso, papá —señala la hermana mayor—. Lo que ocurre es que, como tú nos ves
sólo de vez en cuando, lo notas más.
—Ya lo sé, hija.
El hombre suspira resignado. No las ve todo lo que quisiera. Le encantaría compartir más días como
aquél con ellas. Ir más veces a Madrid y comer juntos, pasear, hablar de sus cosas… Pero sabe que, por
su trabajo, no puede. Y se siente mal por ello. Si al menos una de las dos se fuera a vivir con él, como
María le ha dicho esta mañana, todo cambiaría. Supondría un soplo de aire fresco y una nueva ilusión en
su vida. Lo ha estado pensando durante todo el día. Tanto para una como para otra, aquél sería un cambio
enorme. Dejarían mucho en Madrid. Sin embargo, tendrían la oportunidad de experimentar algo diferente
y quién sabe si mejor. Y él no se sentiría tan solo. ¿Es egoísta querer que una de sus hijas se vaya con él
a Barcelona?
Sí, es egoísta. Pero necesita algo que incentive su vida. Mañana regresará y, cuando llegue a su casa,
volverá a sentir ese vacío por dentro y por fuera. No habrá nadie a quien contarle cómo está ni nadie con
quien compartir sus alegrías o sus preocupaciones. Otra vez solo.
—Papá, ¿qué te ocurre? Te has quedado muy callado de repente —le dice Gadea mientras juguetea
con el tenedor y la lechuga.
—¿Te encuentras bien?
A Ernesto se le han humedecido los ojos. Los abre y los cierra muy rápido un par de veces y después
sonríe.
—Sé que le aseguré a María que no iba a preguntarle sobre el tema hasta mañana. Pero es que no dejo
de pensar en ello.
—¿En qué tema? —pregunta la hija mayor, sorprendida.
—Le he contado a papá lo de irnos una de las dos a vivir con él durante unos meses —le aclara la
chica pelirroja.
—Ah.
Los tres guardan un momento de silencio mientras el camarero se acerca a la mesa y rellena la copa
de vino del hombre. Éste le da las gracias y bebe un poco. Luego, mira a Gadea.
—Quedamos en que hoy no hablaríamos más del asunto, en que nos dedicaríamos a disfrutar del día y
mañana, antes de irme, le preguntaría sobre su decisión. Pero no he conseguido quitármelo de la cabeza
desde que me lo ha contado.
—Entonces, sólo consideras la posibilidad de que sea mi hermana la que se vaya contigo.
—No. Me da igual cuál de las dos venga. Os quiero exactamente lo mismo. Pero sé que tú no puedes
venirte a vivir a Barcelona, Gadea.
—Es que la universidad… y mi novio… Me comprendes, ¿verdad?
—Sí. Lo entiendo. Y lo comprendería también si ella prefiriera quedarse aquí.
El hombre, entonces, se fija en su hija pequeña, que ha dejado los cubiertos encima del plato y
apoyado el rostro sobre las manos. María contempla los ojos brillantes de su padre. Llorosos. Lamenta
que esté así, y la única manera de que empiece a ver las cosas de otra manera es que se marche con él.
Los echará muchísimo de menos a todos, en especial a Bruno y a Ester. Y puede que aquélla sea la
primera piedra de su distanciamiento, algo que le dolería muchísimo. Pero su padre la necesita, así que la
decisión está tomada.
—Me iré contigo, papá —responde con una sonrisa.
—¿Sí? ¿Lo has pensado bien? No quiero que te veas obligada a…
—Lo he pensado bien.
—¿Estás segura?
—Sí. Será una nueva experiencia para mí.
María se vuelve hacia su hermana mayor, que también tiene los ojos vidriosos. Se le han puesto rojos
y apenas puede contener la emoción. Aprieta los labios con fuerza y respira profundamente.
—No puedes imaginarte lo feliz que me haces, pequeña.
—Me alegro mucho, papá.
—Lo pasaremos bien los dos juntos. Haremos un buen equipo.
—Claro que sí.
La chica sonríe y bebe un poco de agua. Aunque acaba de decir que se marcha a Barcelona, todavía
no se cree que vaya a hacerlo. No asimila que está a punto de comenzar una vida nueva y que todo será
diferente para ella dentro de unas cuantas semanas.
Todo no. Será difícil que su corazón cambie de opinión. Eso sigue viéndolo imposible. Aunque la
distancia quizá consiga hacerle olvidar lo que por sí misma no ha logrado borrar durante todos esos días
de sufrimiento interior.
Capítulo 52
—¿CÓMO dices?
Lo que le acaba de pedir Elísabet la sorprende muchísimo. Le tiemblan los dedos con los que sujeta
la BlackBerry.
—Si vamos solos al cine sería una buena oportunidad para mí, nena. Una peli, la oscuridad de la
sala, sentados el uno al lado del otro… ¡Es perfecto!
—¿Vas a intentar algo con Raúl en el cine?
—Sí. Pero necesito que estemos solos. Meri, Ester y Bruno ya han dicho que no van. Sólo faltas tú.
Para Valeria esa propuesta es una encrucijada: si accede a lo que le ha pedido su amiga, Raúl y ella
pasarán una tarde solos en el cine, con las posibles consecuencias que eso conllevaría; y si se niega,
Elísabet se enfadará mucho con ella. Aparte de que no encuentra ninguna razón coherente para negarse, y
de que esta tarde debe ayudar a su madre en la cafetería…
—¿Y crees que Raúl querrá ir solo al cine contigo?
—Pues seguramente no. Se inventaría algo para no ir y anularlo. Por eso necesito que no avises de
que no irás.
—¿Quieres que mienta?
—No es mentir, nena. Simplemente, no respondas en el WhatsApp.
—Pero eso hará que Raúl crea que también voy.
—¡Y qué más da!
—También es mi amigo, y no quiero mentirle.
Un suspiro al otro lado de la línea le indica a Valeria que Elísabet está empezando a desesperarse. Si
fuera con otro, está claro que la ayudaría y no iría. ¡Pero es que quiere ligarse a su chico!
—Nena, ¿vas a echarme una mano con esto o no?
Su tono es amenazante. Valeria no sabe qué hacer. Tampoco tiene la cabeza como para pensar
demasiado rápido… Dentro del bar la esperan César y un montón de preguntas por contestar, y en su BB
de color rosa la presiona su mejor amiga, que quiere liarse esta tarde con el chico con quien ella
mantiene, en secreto, algo parecido a una relación. ¡Necesita tiempo para pensar! ¡Tiempo para decidir
qué hacer!
Y lo único que se le ocurre para ganar ese tiempo es… colgar. Sin avisar a Eli ni despedirse de ella,
pulsa el botón y finaliza la llamada.
No está orgullosa de lo que acaba de hacer, pero no le quedaba otra opción. Tiene unos segundos
para buscar una solución antes de que Elísabet vuelva a llamarla.
¿Qué le responde?
Tan sólo puede hablar con Raúl y contarle lo que su amiga está tramando. Que él también busque una
excusa y no vaya. Pero eso podría hacer sospechar a Elísabet. Además, que él la rechazara una vez más
haría que su amiga se sintiera mal.
El teléfono vuelve a sonar. Valeria está nerviosa. No responde ni al primer ni al segundo bip. Piensa
muchas cosas en muy poco tiempo.
¿Y si deja que las cosas sigan su curso? Ella no va el cine y ellos dos pasan la tarde juntos, como le
ha pedido Eli. Valeria tendrá que confiar en Raúl y esperar que no suceda nada entre ambos. ¿Es eso lo
mejor que puede hacer? No lo sabe, pero es lo único que se le ocurre.
Responde cuando la llamada va a terminar.
—¿Sí?
—¡Nena! ¿Dónde te habías metido? —pregunta Elísabet enfadada.
—Perdona, se ha cortado. Estoy en un sitio con poca cobertura.
—Bueno, al final ¿qué vas a hacer esta tarde?
—No iré —murmura poco convencida de su decisión—. Os dejaré solos, como me has pedido.
—¿Sí? ¿Hablas en serio?
—Sí.
—¡Genial! ¡Eres increíble, Val!
—Aunque no me gusta nada mentirle a Raúl.
—No es mentirle. Como ya te he dicho, con no responder en el WhatsApp del grupo es suficiente.
Eso no es mentir.
—Lo que tú digas.
—Venga, no te enfades. Cuando Raúl y yo seamos novios, todo te lo deberé a ti. Eres una gran amiga.
¡La mejor amiga!
La chica resopla y se cruza de brazos. Se apoya contra la pared del local y se lamenta por la
situación. No tendría que haber cedido. Ahora Eli tendrá una nueva oportunidad de acercarse a Raúl y
ella habrá colaborado en ello. Pero ¿qué podía hacer si no?
—Oye, tengo que irme. Me están esperando.
—Bien. Ya te contaré qué tal va todo. Puede que la próxima vez que hablemos tenga una gran noticia.
—Ya me contarás. Adiós, Eli.
—¡Adiós, nena! ¡Y muchas gracias!
Las dos chicas cuelgan. Valeria se queda pensativa durante un instante. ¿Y ahora? Debe llamar a Raúl
para explicárselo todo. Aunque lo hará después. Lleva un rato fuera del bar, y César está esperándola.
No quiere ser desconsiderada con él. Tal vez sea un mentiroso compulsivo, pero hasta ese momento se ha
portado muy bien con ella. Incluso le apetece un vaso de sangría. Así que, cuando regresa otra vez a la
mesa, sin decirle nada, coge su copa y se la bebe de un trago. Está fresquita y no sabe prácticamente a
alcohol, por lo que le entra muy bien.
—Una de dos: o quién te ha llamado te ha dicho que te ha tocado la lotería o alguien ha atropellado a
tu gato.
—Ni juego a la lotería ni tengo gato.
—Me alegro por lo segundo.
El joven sonríe y también bebe de su vaso. Se lo termina y llena de nuevo las copas hasta arriba.
—¿Siempre son tan complicadas las cosas? —pregunta Valeria cuando recupera su copa.
—No sé qué te ha pasado. Pero, normalmente, todo tiene un lado sencillo y otro complicado. Solemos
ir por el complicado.
—¿Y eso por qué?
—Porque nos gusta darle emoción a la vida. Si todo fuera fácil, no apreciaríamos lo que cuesta
conseguir llegar a la meta. Los caminos casi siempre son rectos, y hasta tienen atajos, pero los humanos
tendemos a encararlos por donde más dificultades haya.
—Qué filosófico.
—Me gusta filosofar.
—El sábado podrías haberme dicho que estudias filosofía.
—Pero es que no estudio filosofía. Hago Periodismo.
Valeria lo mira. César vuelve a sonreír de esa manera tan particular que hace que todos se rindan ante
él. Pero ella no va a caer en la tentación, por muy guapo que sea. Es hora de saber la verdad.
—César, deja ya ese papel, por favor. No me creo que seas estudiante de Periodismo.
—¿Por qué no?
—Porque no. Me has estado mintiendo desde el principio.
—¿Tú crees?
Por la expresión de su rostro, parece que lo que ella le reprocha le divierte. Sin embargo, Valeria no
está dispuesta a dejarlo escapar esta vez.
—Por supuesto. —Y bebe un poco más de sangría. Siente que las mejillas empiezan a arderle—.
¿Por qué no me dices de una vez por todas quién demonios eres y qué quieres de mí?
—Soy César, estudio Periodismo y quiero conocerte.
—Bah. Así no vas a conseguir que seamos amigos.
—¿No?
—Para nada. Sólo un tonto podría creerse que todos los encuentros que hemos tenido han sido por
casualidad, que el sábado no me seguiste hasta la discoteca y que hoy no has planeado todo esto
solamente para quedar conmigo otra vez.
—¿Piensas que yo lo he organizado todo?
—Sí. Todo, todo.
César sonríe. Contempla con simpatía a la jovencita que tiene enfrente. Sus mejillas sonrosadas le
divierten. Sabe que el alcohol de la sangría ya le está afectando. Como ayer, cuando comieron juntos en
los Cien Montaditos.
La camarera de antes llega con un bocadillo de calamares partido en dos. Coloca el plato sobre la
mesa y rellena los vasos de los dos. Valeria se lanza sobre el suyo y vuelve a beber.
—¿Qué parte quieres? —le pregunta César cuando se quedan solos.
—Ninguna. Ya te he dicho que no pienso comer nada.
—Tampoco ibas a beber y ya llevas dos vasos. Casi tres.
—Bah.
—¿Seguro que no quieres?
—Quiero respuestas. Saber la verdad. Y no me iré de aquí hasta que descubra qué es lo que
pretendes.
—Pero ¿por qué estás tan convencida de que te he estado mintiendo todo este tiempo?
—Porque está muy claro que no eres quien dices ser. ¡Y no me digas más veces que eres estudiante
de Periodismo y que nos hemos encontrado en tantas ocasiones porque el destino así lo ha querido!
—Eres muy insistente.
—Puedes llamarme lo que quieras. Hasta pesada. Pero dime la verdad.
—¿Quieres saber la verdad?
—Sí. De una vez por todas. Si no, ni el mismísimo destino hará que volvamos a vernos.
El joven la mira a los ojos. Esta vez no sonríe. Ella también lo mira, con sus pómulos rojísimos a
consecuencia de la mezcla entre los efectos de la sangría que ha bebido y su tendencia a enrojecer cuando
se siente indefensa.
—Está bien. Te diré la verdad —concede César muy serio—. Mi verdadero nombre es Carlos
Alvarado. Y, como bien has adivinado, no estudio tercero de Periodismo.
Capítulo 53
¡LO sabía! ¡Estaba segura de que había estado interpretando un papel! ¡No se equivocaba! Sin
embargo, que César, o Carlos, le suelte eso de repente no deja de ser algo sorprendente para Valeria.
—¿Y ahora cómo te llamo?
—Como quieras.
—¿Tu nombre real es Carlos?
—Eso he dicho.
—Pues te llamaré así —decide mientras se lleva el vaso a la boca.
Pero esta vez sólo se moja los labios. No bebe. Se da cuenta de que la sangría se le está subiendo a la
cabeza muy de prisa y de que sus ideas empiezan a estar algo confusas. Si no controla, terminará como
ayer. Y no desea que eso ocurra. Abandona la copa encima de la mesa y apoya la barbilla sobre las
manos. Basta de alcohol por hoy.
—César es un nombre más bonito. ¿No crees?
—Me da lo mismo. Tu nombre es tu nombre… Por algo te lo pondrían tus padres.
—Pues llámame Carlos, entonces.
—Bien, Carlos. Empieza a hablar. Quiero saberlo todo.
—Pregunta.
—Tengo tantas dudas en la cabeza, que ni te imaginas la de vueltas que me está dando por tu culpa.
Pero podrías comenzar presentándote y aclarándome de una vez quién eres de verdad.
El joven, antes de hablar, le da un mordisco a una de las mitades del bocadillo de calamares. Valeria
lo observa mientras mastica. Que le haya mentido no quiere decir que el chico no siga siendo guapísimo
y, tal vez, el más ingenioso que haya conocido en su vida. Pero no sabe si podrá perdonarle los tres días
de engaños. Está ansiosa por descubrir la verdad.
—Como te he dicho, mi nombre es Carlos Alvarado. Tengo veintidós años y no estudio ninguna
carrera. Mi única ocupación es la que has visto en el metro: canto, toco la guitarra, rapeo… Y eso me da
para pagar el alquiler de una habitación en Madrid, la comida y la factura del teléfono.
—¿No compartes piso?
—Comparto una planta entera. Vivo con varios chicos en una especie de albergue juvenil que regenta
una señora que nos cobra un alquiler al mes. Somos siete. Un solo baño, un comedor, una lavadora…
—Entonces ¿cómo conocías al tipo de los carnés de la discoteca y a su novia?
Carlos sonríe. Le da otro mordisco al bocadillo y, cuando traga, responde tranquilamente.
—Vi a tu amigo hablando con él y, más tarde, entregándole el dinero de vuestras entradas. Cuando
entrasteis en la disco, no me resultó difícil sacarle la información. Estuvimos hablando un buen rato y me
contó quiénes erais y qué queríais. Me acerqué a él para ofrecerme a cantar gratis en el local. Incluso le
hice una demostración y quedó encantado. No sé si la camarera es su novia o no, pero fue muy agradable
conmigo, y después…
—Espera, espera, espera. Me pierdo. ¿Estás diciéndome que no conocías ni al de los carnés ni a la
otra chica?
—No. No los conocía.
Increíble. El joven ha sido capaz de crear una historia de la nada. Se lo ha inventado todo sobre la
marcha. Pero ¿con qué fin?
—¿Y por qué fuiste a la discoteca? ¿Nos seguiste?
—Esa historia es muy larga. Pero sí, os seguí —responde sonriente—. Bueno, en realidad te seguí a
ti.
—¿A mí?
—Sí. Tampoco fue muy complicado.
—¿Por qué? ¿Por qué me seguiste? ¡No entiendo nada!
—Ya te he dicho que es una historia muy larga.
—¡Cuéntamela! —le ordena alterada—. ¡Quiero escucharla!
Está muy tensa. Esto parece sacado de una película o de una cámara oculta. Le acuden a la cabeza los
programas de «Inocente, Inocente» que ponen en la tele todos los 28 de diciembre. En ellos, les gastan
bromas a varios famosos. Pero ella no es famosa, y tampoco cree que nadie vaya a tomarse tantas
molestias en prepararle un montaje de ese tipo.
—Bueno, te la contaré —dice Carlos sin dejar de sonreír—. Todo empezó hace un par de meses.
—¿Un par de meses? —lo interrumpe Valeria.
—Sí. Hace un par de meses que te vi por primera vez.
—¡Qué dices! ¿De verdad? ¿Dónde?
—En la calle. En la plaza del Sol. Yo estaba por allí ganando un dinerito.
—¿En serio? Pues no me acuerdo de ti —comenta ella al tiempo que, sin éxito, trata de recordarlo—.
Hasta el sábado nunca te había visto tocar.
—Es que no estaba tocando.
—Me estás volviendo loca. ¿No acabas de decirme que estabas ganando dinero cuando me viste por
primera vez?
—Si. Pero no cantaba ni tocaba la guitarra. Hacía de mimo.
¡De mimo! Valeria se queda sin palabras. Ese tío es una caja de sorpresas.
—Sigue, por favor.
—Pues aquel día de septiembre, mientras realizaba mi actuación, te vi. Ibas con una amiga, una muy
guapa.
—Eli.
—No sé cómo se llama. Pero debe de ser ésa. El sábado también estaba contigo.
—Sí, sería ella.
No puede tratarse de otra. Cuanto más avanza la historia, más inquietante e inverosímil resulta.
—Las dos caminabais juntas, riendo y comentando algo entre vosotras. Y, de repente, os parasteis
delante de mí.
—¿Estuvimos a tu lado?
—Sí. Y entonces… miraste hacia donde estaba yo, no sé si fijándote en mí o en otra cosa, y sonreíste.
Fue la sonrisa más bonita que hubiera visto jamás.
Valeria se sonroja. No recuerda nada de lo que le está contando. Pero es posible que fuese así.
Suelen ir bastante por Sol. Nunca se fijan en los mimos, así que no se imaginaba que uno de ellos pudiera
haberse fijado en ella.
—¿Y me viste más veces?
—Sí. Un par de veces más. Pero hasta el sábado no me atreví a decirte nada. Fue una suerte que te
dejaras el bonometro en casa. Fue como una señal divina, del destino o de lo que quieras creer. De
manera que aproveché la oportunidad para hablar contigo. El resto ya lo sabes.
—Me seguiste y luego provocaste el encuentro en la discoteca, cuando estaba sola.
—Así es. Fue fácil, y también muy divertido.
Valeria no sale de su asombro. Es una historia increíble. Pero aún hay muchas cosas sobre las que
preguntarle. Especialmente una. La principal. Lo que sería el móvil en un asesinato.
—¿Y todo esto por qué? No lo comprendo. ¿Por qué tanto interés en seguirme?
—¿De verdad no lo sabes?
—No, no lo sé.
El joven bebe de su vaso una vez más. Se moja los labios en la sangría. Coge una servilleta de papel
y se limpia con total tranquilidad. Lo hace todo a su ritmo, con parsimonia. Es como si nunca se
inquietara, pase lo que pase.
—Porque me he enamorado de ti.
Silencio. Un gran y absoluto silencio invade la mesa que comparten Valeria y Carlos. La chica se
frota los ojos, muy nerviosa. Se muerde los labios. Y, aunque se había prometido a sí misma no beber
más sangría, le da otro trago a su vaso. Aquello la ayuda a hablar.
—¿Cómo vas a estar enamorado de mí? ¡Eso es imposible!
—¿Por qué? Los flechazos existen.
—Sí. Pero… no me conoces de nada. Apenas nos hemos visto dos o tres veces…
—Te conozco lo suficiente. Y me gustaste desde el primer momento en que te vi. No necesito más.
¿Un tío como ése enamorado de ella? No encaja. No tiene sentido. La supera en todo: belleza,
inteligencia, experiencia… Es irreal que aquello esté pasando. Le tiembla todo el cuerpo sólo de
pensarlo. Tiene más preguntas. Querría saber más cosas de él y de su vida. Pero es imposible centrarse.
Necesita recapacitar. Poner la cabeza en orden y reflexionar. Desde el sábado, no dejan de suceder en su
vida cosas increíbles que debe analizar.
—Tengo que irme —anuncia Valeria tras levantarse apresuradamente.
—¿Ya te vas?
—Sí. Mi madre me espera.
—¿No quieres preguntarme nada más?
—Sí. Pero no ahora.
—Bien. Eso es buena señal.
—¿Cómo?
—Si quieres preguntarme más cosas, significa que volveremos a vernos.
—No sé, Ce… Carlos. Necesito descansar y pensar. Ahora mismo estoy muy confusa.
—Y tendrás hambre y querrás comer. Al final te has salido con la tuya y no has probado el bocadillo.
—Para algunas cosas soy un poco cabezota.
—Como todos. No conozco a nadie que diga de sí mismo que no es cabezota.
Eso es cierto. La cabezonería es un pecado común y fácil de reconocer.
—Bueno, me marcho. Muchas gracias por la sangría.
El joven también se pone de pie y, rodeando la mesa, se coloca frente a ella.
—¿Me dejas darte un beso? —pregunta sorprendiéndola una vez más.
—¿En los labios?
—Sí. De despedida. Por si acaso tu cabeza, el destino o lo que sea no quiere que volvamos a vernos.
—¿Como si fuera un último recuerdo?
—Algo así.
Valeria sospecha que no será así. Cuanto más lo mira, más guapo le parece. Ahora que sabe la
verdad, su atracción hacia él es incluso mayor. Su sinceridad ha terminado de conquistarla, a pesar de
que su mente rebosa confusión.
—¿Y si me besas y no es la última vez que nos vemos?
—Será porque beso bien y quieres repetir.
¿Cómo puede ocurrírsele siempre la frase perfecta en cada momento? Sin ninguna duda, es un chico
especial. Pero ella quiere a alguien que también lo es. Alguien para quien se ha reservado durante mucho
tiempo y a quien por fin ha logrado tener como algo más que un simple amigo. Y a quien le debe una
llamada de teléfono.
—Lo siento, Carlos. No puedo besarte.
Y, despidiéndose con una sonrisa, Valeria camina de prisa por el local y sale a la calle sin que, en
esta ocasión, la siga nadie.
Capítulo 54
LOS pesados de sus hermanos acaban de irse a las actividades extraescolares. La más pequeña asiste a
clases de ballet y el otro juega al tenis. Los dos mayores están en la universidad y no regresarán hasta la
noche. Vía libre.
Son casi las cuatro de la tarde y Bruno está nervioso. Ester le ha mandado un mensaje hace unos
minutos avisándolo de que ya sale hacia su casa. Por la mañana ella le ha hablado de estudiar, pero
imagina que no harán sólo eso. Tienen pendiente una conversación sobre Meri. Explicarle la situación a
Ester por el móvil no era lo adecuado. Mejor en persona y cara a cara. Espera no ponerse muy nervioso
cuando estén el uno frente al otro en su habitación.
—Bruno, ¿has recogido tu cuarto? —le pregunta su madre, que entra en el dormitorio sin llamar.
—Sí, mamá. Está todo recogido y arreglado.
—Bien.
La mujer echa un vistazo a su alrededor y comprueba que lo que dice su hijo es cierto. Y se
sorprende. Normalmente, la habitación suele estar hecha un desastre.
—¿Tienes ropa sucia para lavar?
—No.
—¿Cómo que no? —replica malhumorada—. ¿Y eso qué es?
Se refiere a la sudadera que Bruno ha llevado esa mañana a clase. La tiene colgada en el respaldo de
una silla.
—Está limpia, mamá.
—Limpísima —dice ella tras alcanzarla y olería—. ¡Mira que te he dicho veces que no dejes la ropa
sucia tirada por la casa!
—No está tirada en ningún sitio. Ni tampoco está sucia.
—¡Lo que tú digas!
—Tú con tal de gritarme…
—Si estuvieras como yo, todo el día trabajando y recogiendo lo que vosotros dejáis tirado, me
entenderías un poquito.
—Siempre me riñes a mí. Al resto de mis hermanos no les dices nada.
—Porque tú eres el más desordenado de todos.
En ese instante, suena el telefonillo del piso. Bruno y su madre se miran. El chico no le ha comentado
nada de la visita de Ester. Es la primera vez que lleva a una chica a casa.
—Voy yo —dice resoplando.
—¿Esperas a alguien?
—A una amiga.
—¿Qué? ¿Una chica?
Parece sorprendida. Agradablemente sorprendida. Eso sí que es una gran novedad. Sólo conoce, de
refilón, a la pelirroja que lleva gafas, y no recuerda ni su nombre.
—Sí. Viene a estudiar y a pasar la tarde conmigo.
—Ah. Me parece muy bien.
—No nos molestes mucho, ¿vale?
—Claro que no os molestaré, ¿por quién me tomas?
El timbre del telefonillo vuelve a sonar. Bruno corre hacia él y su madre lo sigue de cerca. Tiene
mucha curiosidad por ver a esa joven.
—¿Sí?
—Hola, soy Ester.
—Hola, te estaba esperando. —Pulsa el botón que abre la puerta del edificio—. ¿Está abierta?
—¡Sí!
El chico sonríe y respira hondo. ¡Qué nervios! ¡Está allí! ¡Ester está allí! Y también su madre. La
mujer parece dispuesta a recibirla junto a su hijo.
—Mamá, ¿qué haces?
—Nada.
—¿Cómo que nada? No deberías estar aquí.
—¡Por supuesto que debo! Quiero conocer a nuestra invitada.
—¿Nuestra?
—Es tu amiga, pero viene a mi casa. Es lógico que por lo menos la salude. Qué clase de anfitriona
sería si no?
—¿No has dicho que ibas a dejarnos tranquilos?
—Y lo haré. Pero quiero saber quién es.
Bruno mueve la cabeza de un lado a otro, molesto. Su madre es incorregible. Sólo espera que no lo
fastidie mientras Ester esté en su casa.
Por fin, unos segundos más tarde, suena el timbre del piso. El chico se anticipa a la mujer y abre la
puerta. Sin embargo, su madre asoma la cabeza en cuanto puede. Por encima de los hombros de Bruno
contempla a una preciosa jovencita, morena y con el flequillo recto en forma de cortinilla. Tiene un
rostro muy agradable y, después de darle dos besos a su hijo, sonríe de una forma muy simpática,
arrugando la nariz.
—Hola, señora. Me llamo Ester —le dice; también a ella la saluda con dos besos—. Encantada de
conocerla.
—Yo soy Esperanza. Pero trátame de tú, que soy muy joven.
Las dos hablan durante un par de minutos sin que Bruno intervenga. El joven sólo desea que aquello
no dure demasiado.
—Mamá, nos vamos a mi habitación —anuncia, algo desesperado, cuando ve que aquello puede
prolongarse—. No nos molestes, ¿de acuerdo?
—Hija, ¿ves cómo me habla? ¡Con todo lo que yo hago por él…!
—Sí, mamá, sí.
Y, entre quejas murmuradas, se lleva a Ester hacia su cuarto para evitar que su amiga se vea obligada
a responderle a su madre. Deja que la chica entre primero y, una vez que él también pasa, cierra la puerta
con fuerza para que la mujer lo oiga.
—No os lleváis demasiado bien, ¿no? —pregunta la joven mientras se sienta en una de las sillas del
dormitorio.
—Bueno. Va por rachas.
—Y estáis en una racha difícil.
—Algo así. Aunque está siendo demasiado larga.
—Me parece una mujer muy simpática.
—Eso es porque no la conoces. Si yo te contara…
Bruno coge la otra silla, la acerca hasta Ester y se sienta en ella. Continúa muy tenso. No es que su
madre haya ayudado demasiado. Pero no debe culparla. La única responsable de sus nervios está sentada
a su lado.
—¿Has vuelto a hablar con Meri? —le pregunta la chica tras un breve silencio.
—No. No me ha escrito más. Ni me ha llamado. Lo último que sé es lo que puso en el WhatsApp del
grupo diciendo que no podía ir al cine esta tarde. Está con su padre y su hermana.
—¿Y qué le pasa? Me dijiste que no está enferma, ¿verdad?
—No está enferma.
—¿Y qué es lo que le sucede? Llevo toda la tarde preocupada.
—Ahora te lo cuento. Pero prométeme que no dirás nada. Es muy importante que siga siendo un
secreto hasta que ella lo explique.
—Claro. No diré nada, Bruno. Te lo prometo.
Los dos se miran fijamente. Al joven le cuesta hablar sobre el tema. Aunque Ester sea una gran amiga
tanto de Meri como de él, se siente mal, como si la estuviera traicionando. Sin embargo, ya no puede
echarse atrás. Tiene que contárselo.
—Todavía no es seguro. Ni lo tiene confirmado —comienza a decir—. Pero, posiblemente, se
marche a vivir a Barcelona con su padre.
—¿Qué? ¿Hablas en serio?
—Por desgracia, sí.
Bruno le relata a Ester todo lo que su amiga le reveló ayer. Ella, atenta, lo escucha sin pestañear. Se
nota que lo que oye la está afectando de verdad. Desde que llegó a Madrid, Meri y ella han sido
inseparables. María la ayudó a adaptarse rápido tanto a la ciudad como al instituto, y siempre ha podido
contar con su apoyo para todo. Sin una mala cara ni un simple enfado.
—No me puedo creer que Meri se vaya —susurra Ester con tristeza—. No sé qué voy a hacer sin
ella.
—Ya. Es muy duro.
—Con todo lo que hemos hecho juntas… Y lo que nos quedaba por hacer. Con lo bien que se ha
portado conmigo siempre. No me lo puedo creer, de verdad.
—Aún no es seguro que se marche.
—Tiene que irse. Su padre es lo primero. Yo haría lo mismo que ella, aunque me costase dejarlo
todo.
El joven se mesa el cabello y gesticula. No sabe si él haría lo mismo que sus amigas. Quiere mucho a
sus padres, por supuesto. Pero su relación con ellos es más bien fría desde hace tiempo. Si le dieran a
elegir entre marcharse con uno de los dos a otra ciudad o quedarse en Madrid con Ester, Meri y los
demás —a pesar de que el grupo no atraviese su mejor momento—, no cree que se decidiera por la
primera opción.
—Cada persona tiene una vida, y cada vida es diferente.
—Sí. Es verdad… ¿Y no sabes cuándo se iría?
—Si al final se fuera, no creo que tardase mucho.
—US…
—De todas formas, siempre nos quedarán la BlackBerry, las redes sociales, los SMS…
—Pero no es lo mismo, Bruno. No es lo mismo.
El chico la observa. Acostumbrado a verla sonreír constantemente, en seguida aprecia cuándo está
mal. Y le apena mucho que esté así. Sobre todo siente no poder hacer nada. Él no quiere ser, ni va a
serlo, el sustituto de Meri, pero, si su amiga se fuera, Bruno pasaría con Ester todo el tiempo que hiciera
falta. No le importaría en absoluto. Aunque eso significara sufrir todavía más por su amor no
correspondido.
Daría lo que fuera por Ester.
—Bueno, lo mejor es no darle más vueltas al tema hasta que esté confirmado.
—Tienes razón. No ganamos nada.
—Y si pasa, pues trataremos de que Meri se sienta lo mejor posible.
—Claro que sí… La que peor lo está pasando es ella, seguro. Habrá que animarla.
—Aunque no se deje…
Los dos sonríen y se miran con complicidad. Como si juntos estuvieran planeando una importante
misión. Pero, en ese momento, suena la BB de Bruno. Es un mensaje de WhatsApp. El chico lo abre y lo
lee en voz baja. Luego resopla y le muestra la pantalla a Ester. Ésta la examina rápidamente.
—Como ya te he dicho antes, yo haría lo mismo.
Sin embargo, sus ojos enrojecen a toda velocidad y una gran tristeza la envuelve de inmediato.
Apenas puede contener las lágrimas.
Y es que María acaba de confirmar con aquel mensaje que pronto su vida continuará lejos de Madrid
y, por lo tanto, lejos de sus mejores amigos
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