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Capítulo 55
RECIBIMIENTO: una nueva discusión con su madre y el posterior discurso por parte de sus hermanas
pequeñas. A Raúl todo aquello empieza a resultarle cotidiano. Un ritual. Cuando regresa del instituto, se
encuentra con ese panorama la mayor parte de los días. Y no es que le dé lo mismo, pero tampoco puede
hacer nada por evitarlo.
A veces, siente mucha rabia, pero se la come para no empeorar las cosas. Desde que su padre
falleció, nada ha vuelto a ser igual en su casa. Se acabó la familia feliz. Su madre anda perdida en su
propio mundo, triste y somnoliento, y las gemelas son demasiado pequeñas como para comprender la
situación. A él le costó un tiempo salir de la gran depresión que se apoderó de su interior. Sufrió mucho.
Se sintió solo día y noche. Sin embargo, poco a poco, pasito a pasito, logró superarla. Pero jamás
olvidará a su padre; ni siquiera puede dejar de pensar en él. Incluso tiene la certeza de que lo observa
desde alguna parte. La idea de que continúa estando cerca lo alivia en los momentos en los que la
angustia y el miedo lo atenazan.
Encerrado en su cuarto, escucha música tumbado sobre la cama. Suena la banda sonora de La vida es
bella, su película preferida. No quiere pensar. Necesita aislarse de todo lo que sucede al otro lado de la
puerta de su habitación. Ojea con curiosidad una revista de cine. Quizá algún día sea él el protagonista de
esas páginas. Es su sueño, su meta: hacer una película tan buena como la de Roberto Benigni y que las
salas se llenen para verla; su nombre en los créditos y una alfombra roja vistiendo el estreno. Iría
perfectamente arreglado, con un traje blanco, gris o negro, y lo acompañaría su novia o, quién sabe si su
esposa, que llevaría un precioso vestido de gala.
¿Sería Valeria esa acompañante? Le gustaría. Es una chica muy especial. Y desea que lo que acaban
de comenzar siga hacia delante.
Y, de repente, la echa de menos. Ella ha sido lo mejor que le ha pasado últimamente. Le encanta
cómo besa y cómo se sonroja cuando pasa vergüenza. Tiene unos ojos muy expresivos, y es precioso
verla sonreír.
¿Está empezando a enamorarse?
No lo sabe. Nunca ha estado enamorado de nadie. Ninguna de las chicas con las que ha salido ha
llegado a cautivarlo. No ha echado de menos a ninguna tras romper la relación. En cambio, Valeria le ha
aportado más en dos días que el resto a lo largo de todo un año. Aunque es cierto que ella partía con
ventaja.
Deja la revista a un lado y busca su BlackBerry. Tiene ganas de escuchar la voz de Valeria. Además,
todavía no ha contestado en el WhatsApp de los Incomprendidos a lo de si va a ir al cine esa tarde.
Espera que no tenga que trabajar en la cafetería. Meri, Bruno y Ester ya han dicho que no van. Si Val
tampoco puede, se quedaría a solas con Elísabet y, después del fin de semana que han pasado, quizá no
fuera lo más conveniente.
—¡Hola! Justo iba a llamarte ahora!
Ha contestado a la primera. Raúl sonríe cuando la escucha. Se incorpora y se sienta sobre el colchón.
—¿Ah, sí?
—¡Sí! Acabo de llegar a casa. Ya hasta tenía la BlackBerry en la mano.
—Será cosa del destino.
—No me hables del destino.
—¿Por qué? ¿Qué te ha pasado con él?
—Nada, nada. Cosas mías.
—Si se ha metido contigo, avísame y voy en su busca —se ofrece con tono de burla.
—Sé defenderme sólita.
Raúl suelta una carcajada. Le divierte cuando se pone así, en plan niña pequeña.
Cómo ha cambiado Valeria. El día que la conoció ni siquiera fue capaz de mirarlo a la cara. Se moría
de la vergüenza. Y durante varios días apenas lograron intercambiar alguna que otra palabra. Su timidez y
su inocencia le encantaron desde el primer instante.
—No lo dudo, no lo dudo.
—Pues, por tu risa, diría que sí que lo dudas —replica alzando un poco la voz—. Soy muy fuerte,
¿sabes?
El joven no puede evitar reírse de nuevo. Pero a la chica, que también sonríe, no le molesta.
—Esta tarde me lo demuestras.
—Esta tarde…
—Sí. Vas a venir al cine con Eli y conmigo, ¿no?
Un silencio en la línea hace que Raúl suponga lo peor.
—Ésa era la razón por la que iba a llamarte.
—Yo pensaba que era porque me echabas de menos.
—Sí. Eso también. Te echo mucho de menos —dice compungida—. Pero no puedo ir al cine con
vosotros.
—¿Tienes que ayudar a tu madre en Constanza?
—Sí.
—¿Toda la tarde?
—Bueno… toda la tarde no.
—Pues quedamos cuando hayas terminado. No hay prisas. No hay mucho que hacer para mañana.
De nuevo, silencio al otro lado del teléfono. Raúl tiene la impresión de que hay algo más que le
impide a Valeria ir con ellos esa tarde.
—No es eso.
—Pues ¿qué es? Cuéntamelo.
—Verás, ha surgido un problema…
—¿Un problema? ¿Qué problema?
—Eli no quiere que vaya con vosotros al cine.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Os habéis enfadado?
—No. Es más… complicado —comenta titubeante—. Lo que quiere es estar contigo a solas para
volver a intentar que caigas en sus redes.
—¿Qué? ¿Otra vez?
Creía que las cosas habían quedado claras. Es verdad que anoche lo pasó bien hablando con ella por
el MSN. Y que durante toda la mañana han estado muy cercanos. Pero no imaginaba que Eli volvería a
tirarle los tejos.
—Otra vez. Y por eso me ha pedido que yo no vaya.
—¿Y tú le has dicho que lo harás?
—Es mi amiga y no sabe absolutamente nada de lo nuestro, ¿qué querías que le dijera?
—Que te apetecía ir al cine.
—Claro. Y antepongo mis ganas de ir al cine a ayudar a mi mejor amiga. ¿Cómo iba a decirle eso,
Raúl?
—Ya. Pero, entonces, ¿tengo que ir con ella? ¿Solos?
—¿Se te ocurre algo mejor?
El joven piensa, pero no encuentra una respuesta. Está seguro de que Eli volverá a emplearse a fondo
para que suceda algo entre los dos. Y, dado que él no quiere nada con ella, no le apetece pasar de nuevo
por esa situación.
—¿Y si le decimos lo que hay entre nosotros? —termina preguntándole a Valeria.
—¿Qué? ¡No podemos! —exclama la chica nerviosa—. Es pronto para contárselo, Raúl. Le daría
otro ataque de ansiedad.
—Pero algún día tendrá que asumirlo.
—Nos matará.
—Lo sé. Pero ¿es mejor que se eche encima de mí en el cine mientras tú te vuelves loca pensando en
lo que podría estar haciendo?
—No sé qué es mejor y qué es peor.
—Sé que te comerás la cabeza. Y no quiero que eso ocurra.
Si a Valeria le afectó una simple conversación de MSN, no imagina lo que le supondrá un encuentro a
solas y a oscuras entre Eli y él.
—Haré lo posible por no pensar mucho en ello.
—Sabes que no lo conseguirás.
—Pues tendré que aguantarme y confiar en… que no pasará nada y en que Elísabet no conseguirá lo
que pretende.
—No pasará nada. Te lo prometo.
—No tienes que prometerme nada, Raúl.
Esta situación le recuerda a la película Moulin Rouge, a cuando Nicole Kidman, perdidamente
enamorada de Ewan McGregor, se ve obligada a ir a cenar con el dueño del teatro en el que actúa para
que no acabe con la función. Los dos se prometen que no dejarán de pensar el uno en el otro ni un
instante, pero, aun así, los celos son inevitables.
—¿Puedes conectarte al MSN?
—Sí.
Ambos cogen sus ordenadores e inician sesión. Encienden las cámaras y se ven a través de ellas.
Raúl está sentado en la cama, en posición de yoga, y Valeria en el sofá del comedor. Los dos sonríen y
apagan las BlackBerrys. La conversación continuará por videollamada.
—Estás muy guapa.
—No es verdad —contesta; en seguida se sonroja y se aparta el pelo de la cara.
—Es cierto. Estás preciosa.
No suelen verse a través de la cam. Ya casi no usan el Messenger, y tampoco la ponen en los chats
de las redes sociales para evitar saturaciones en la red.
—Deja de piropearme o la quito.
—¿No te gusta que te diga lo bonita que eres?
—No me gusta que mientas.
—Val, no miento —repone el joven sonriendo.
—Qué calor. Así no se puede…
—Está bien. Ya paro. Se acabaron los piropos.
—Gracias.
Pero no las miradas intensas. Raúl se fija en todo lo que la ventana del MSN le muestra. La camiseta
que lleva Valeria le queda muy bien, pero no va a decírselo, porque la mataría de vergüenza.
—¿Confías en mí?
—Claro, Raúl. Pero, como te he dicho antes, no tienes que prometerme nada. Acabamos de empezar.
Y, aunque no quiero perder esto que tengo contigo, tampoco puedo limitarte.
—¿Limitarme es pedirme que no haga nada con Eli? —pregunta él algo confuso—. Creo que eso está
muy lejos de ser una imposición. Si me enrollara con otra, ¿qué clase de novio sería?
—¿Novios?
—¿No somos novios?
—¿Tú quieres serlo?
—¿Y tú?
El chico sonríe. Sin embargo, le acude a la mente, fugaz, el beso que le dio ayer a Elísabet en su casa.
Técnicamente, no se enrolló con ella. Fue un beso robado y, aunque no se apartó, no sintió nada. Quizá
debería contárselo a Valeria para ser sincero con ella. Pero todo a su debido momento. Y ése no lo es,
precisamente.
—Nunca he sido novio de una chica a los dos días de liarme con ella.
—¿Entonces?
—Tampoco había sido novio de ninguna amiga —añade al reparar en la emoción que transmiten los
ojos de Valeria—. Pero siempre hay una primera vez para todo.
Capítulo 56
—DANI Alves lleva la pelota y se la pasa a Xavi. Xavi para Iniesta. Andrés regatea a Sergio Ramos
y centra. Controla Messi… Se va de Pepe… Messi, Messi… Chuta y… ¡Gooooool!
Ester se tapa la boca con la mano y pide disculpas en voz baja. Se ha emocionado demasiado. Espera
que la madre de Bruno no la haya oído. ¡Qué vergüenza!
—No imaginaba que supieras jugar tan bien al FIFA —comenta el chico sorprendido.
—Bueno, no lo voy contando por ahí. No me gusta presumir. De todas maneras influye mucho que yo
sea el Barca y tú el Madrid.
Y le guiña un ojo. Después sonríe y arruga la nariz. Bruno, que no está dispuesto a perder en su
propia casa, se pica. ¡Le está ganando en su propia Play!
Saca de centro e intenta marcar el empate por todos los medios. Sin embargo, es Ester quien consigue
el segundo gol por medio de Villa.
—¡Fuera de juego!
—¡Qué va a ser fuera de juego! —vuelve a gritar la chica—. ¡Toma ya! ¡Dos a cero! Força Barça!
—Los árbitros favorecen al Barcelona hasta en los video-juegos.
—¿Qué dices?
—Seguro que esto está programado para eso.
—¡Qué mal perdedor eres! ¡Admite la gran superioridad blaugrana!
—No admito nada.
—Uhhhhhhhh.
Aunque Bruno debe reconocer que le escuece que le esté ganando, le encanta verla así.
Tras el mensaje de Meri que confirmaba lo que él le había contado, Ester estuvo llorando durante
varios minutos. Se sentía fatal por lo que había leído en el WhatsApp.
Bruno, después de hablar con mi padre, hemos decidido que me iré a vivir con él a Barcelona un
tiempo. No es algo fácil de asimilar. No me creo que vaya a separarme de vosotros. Por favor, no se lo
digas a nadie. Mañana en clase hablaré con todos.
Ester habría hecho lo mismo por su padre, pero no por eso le resulta menos doloroso. Su mejor amiga
se marcha a vivir a otra ciudad. Le cuesta asumirlo y le será muy difícil afrontarlo a lo largo de las
próximas semanas.
Bruno trató de animarla, aunque él también estaba afectado. María es la persona que mejor lo ha
tratado en toda su vida, y la única capaz de comprenderlo de verdad. Pero le tocaba ponerse el caparazón
y repeler cualquier sombra de tristeza. Ester necesitaba de su cariño en ese instante, y él estaba dispuesto
a dárselo.
Hablaron un rato del asunto; luego, una taza de chocolate caliente y, más tarde, unas sonrisas entre
ejercicio y ejercicio de Matemáticas. Hasta que se cansaron y ella le propuso echar un Barcelona-Madrid
en la Play Station. La receta perfecta para huir unos minutos de la realidad.
—Atenta, que empieza la remontada.
—Eso no lo verán tus ojos.
—¿Que no? ¡En cinco minutos le doy la vuelta al marcador!
Tenía que demostrarle que tantas horas encerrado en su habitación ganando mundiales habían servido
para algo. Y, esforzándose un poco más de lo previsto, Bruno consigue recortar distancias gracias a un
gol de Benzema. El chico lo celebra apretando el puño y Ester protesta maldiciendo a su defensa.
Pero las cosas iban a ponérsele aún peor. En la jugada siguiente, tras un robo rápido de Ozil, una
galopada de Di Maria termina con un centro desde la derecha que Cristiano Ronaldo remata de cabeza.
Víctor Valdés no consigue detener el balón y el testarazo significa el empate a dos.
—¡Goooooooooool! —grita Bruno mientras mueve la mano como si agitara una bufanda.
—¡Qué suerte tienes!
—¿Suerte? ¡Si ha sido un golazo!
—El único que marca aquí golazos es Messi. Cristiano sólo acierta cuando falla el portero o de
penalti.
—¡Venga ya!
—¿Que no?
—Anda, anda. Saca, que te voy a meter el tercero.
—¡Ni en sueños!
Ester saca de centro y avanza hacia el campo del adversario por medio de Puyol. Pero en ese
momento suena su teléfono. La joven pulsa el «Pause» y detiene el partido. Cuando ve quién la llama, un
gran escalofrío le recorre todo el cuerpo y no sabe si echarse a reír o a llorar. Ya había perdido la
esperanza de que Rodrigo se pusiera en contacto con ella esa tarde. Bruno la observa atentamente. La
expresión de su rostro ha cambiado por completo.
—Hola —contesta algo temerosa tras volverse y darle la espalda a su amigo.
—Hola, ¿te pillo en mal momento?
—No. Espera. —Se da otra vez la vuelta para mirar a Bruno—. ¿Dónde puedo hablar por teléfono sin
molestar a nadie?
—Aquí mismo. —El muchacho se levanta de la silla—. Avísame cuando acabes.
La chica le da las gracias y le pide disculpas. Espera a que Bruno salga del cuarto para retomar la
conversación telefónica.
—Ya.
—¿Dónde estás? Me ha parecido oír la voz de un chico.
—Sí. Es mi amigo Bruno. Estoy en… su casa —responde nerviosa—. Nos hemos venido a estudiar
aquí.
—Desaparezco un día y ya te vas con otro…
—No, no. Es sólo un amigo que…
—Ester. Es una broma —la interrumpe Rodrigo. Y ríe.
La joven aprieta el teléfono con fuerza; siente unas ganas enormes de llorar. Ha acumulado demasiada
tensión durante las últimas horas. Pero no va a derrumbarse otra vez. Se sobrepone y también sonríe.
—¿Has escuchado mi mensaje?
—Sí. Claro que lo he escuchado. Pero necesitaba tiempo para darme cuenta de que me he equivocado
contigo.
—¿De que te has equivocado conmigo en qué sentido?
—En que te he responsabilizado de algo y no debería haberlo hecho. Perdimos porque ellas fueron
mejores.
—Jugué muy mal.
—Bueno, nadie es perfecto —reconoce Rodrigo—. Ayer no me porté bien contigo. Y por eso te pido
perdón.
Ésas son las palabras que Ester deseaba escuchar. Y, ahora sí, no resiste la emoción y un par de
lágrimas caen sobre su pantalón vaquero. Con la mano que no sujeta el teléfono, se seca los ojos. Vuelve
a sonreír.
—Ya pasó todo. Olvidémoslo —termina diciendo con alegría.
—No. Déjame compensarte.
—Rodrigo, no hace falta que me compenses por nada. Mañana en el entrenamiento hablamos y…
—No quiero esperar a mañana. ¿Puedo verte ahora?
—¿Ahora?
—Bueno, dentro de un rato. ¿Te parece bien dentro de una hora en la plaza Mayor?
No puede negarse, está deseando verlo. Sin embargo, le sabe mal irse de repente de casa de Bruno.
Se está portando tan bien con ella…
—Mmm. Vale. —Le extraña que haya elegido un sitio por el que pasa tanta gente para quedar—.
Dentro de una hora nos vemos allí.
—¡Estupendo! Hasta luego, Ester.
—Hasta luego.
Y, tras reproducir el sonido de un beso, Rodrigo cuelga.
No ha sido una llamada muy larga, pero para ella ha supuesto un alivio enorme. No estaba muy segura
de si aquello saldría adelante. La incertidumbre es todavía peor que el rechazo, y no haber tenido
noticias de él durante todas aquellas horas la estaba volviendo loca.
Examina su reloj y se pone de pie. Debe darse prisa. Antes de ir con él quiere pasar por su casa para
cambiarse de ropa. Abre la puerta de la habitación y busca a Bruno en el pasillo principal. Lo ve al
fondo, apoyado contra la pared, pensativo. Es una lástima tener que marcharse así; lo estaba pasando
genial con él.
—Ya he terminado —dice ella sin abandonar por completo el dormitorio.
El joven sonríe y se dirige hacia su cuarto. Durante esos tres o cuatro minutos le ha estado dando
vueltas a quién sería el que la había llamado. Todas las conjeturas lo llevan al mismo punto. Se teme que
su amiga tiene a alguien en su vida del que no le ha hablado.
Los dos entran otra vez en la habitación. Cuando Bruno ve que Ester coge su mochila y se la cuelga a
la espalda, se resigna: el primer plato ha cambiado de mesa.
—¿Te marchas?
—Sí. Lo siento. Me ha surgido algo y tengo que irme.
—¿Sin desempatar?
—Ya vendré a ganarte otro día.
A Bruno su sonrisa no le vale de consuelo. No quiere que se vaya. Además, le fastidia que no sea
clara con él. Que no le cuente por qué motivo tiene que irse. Pero ¿realmente quiere saber la verdad?
¿Sería capaz de soportarla?
—¿Es por un chico? —se atreve a preguntarle echándole valor.
Ester se sopla el flequillo, nerviosa. No es el momento adecuado para contarle lo de Rodrigo. Quizá
nunca lo sea.
—Bruno, tengo que irme. Ya hablaremos.
—Si tienes novio puedes decírmelo.
—¿Novio? ¿Por qué piensas que…?
—¿Lo conozco?
—De verdad… tengo un poco de prisa.
El chico se cruza de brazos, enfadado.
—¿Por qué tanto secreto?
—No tengo ningún secreto.
—Pues lo parece.
La joven suspira. Le sabe mal no explicárselo. Mentirle. No confesarle lo que siente. Pero no está
segura de cuál sería su reacción si le contara que está liada con su entrenador de voleibol.
—Te escribo un mensaje en el WhatsApp cuando llegue a casa —le dice mientras abre la puerta del
cuarto.
Bruno no responde. No le apetece. ¿Está molesto porque no le dice dónde va y con quién o porque
está convencido de que sale con alguien?
Ester, por su parte, se siente mal por marcharse de esa manera. Parece que su amigo se ha enfadado.
Y lo comprende. Él le ha dicho lo de Meri, en cambio ella no es capaz de contarle su secreto. Pero es
que…
Los dos caminan hacia la puerta principal en silencio. La situación se ha vuelto incómoda para
ambos. Sobre todo para la chica, que se lamenta de no acertar con nada de lo que hace últimamente. Ayer
por la mañana enfadó a Rodrigo, por la tarde se equivocó al votar en blanco en la reunión del Club y
ahora Bruno se molesta… Algo falla. ¿Ella? Siente una enorme presión en el pecho. Por mucho que se
esfuerce, no acaba de hacer las cosas bien.
No puede seguir así. No quiere seguir así.
—Es verdad, estoy medio saliendo con alguien —suelta de pronto, antes de salir de la casa.
Oírlo de su boca no es lo mismo que intuirlo. A Bruno le da un vuelco el corazón. La mira a los ojos
y percibe en ella gran nerviosismo. Está claro que le ha costado muchísimo admitirlo.
—¿Quién es? ¿Y por qué no nos lo has dicho?
—Porque… ni siquiera sé qué tengo con él —señala temblorosa.
El joven, entonces, la toma del brazo y la guía fuera del piso hasta el rellano. Encaja la puerta para
que su madre no los oiga. No le gusta la noticia que acaba de recibir, pero, por alguna razón ilógica,
quiere enterarse de quién es el misterioso chico con el que sale Ester.
—Soy tu amigo, puedes contarme lo que sea. Y más si es algo tan importante.
—No se lo digas a nadie, Bruno. Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Y no me juzgues por lo que te voy a contar ahora. Sé que te va a sorprender, pero no te lo tomes
mal, por favor.
Tanto misterio empieza a preocuparlo, pero, al mismo tiempo, le despierta mayor curiosidad.
—Te prometo que no voy a juzgarte, Ester. ¿Cómo voy a hacerlo?
—Porque no sé si… Uff… No sé si lo comprenderás. No sé si debo hablar de esto…
—¿Quién es ese chico del que no puedes hablar?
—Es… mi entrenador.
—¿Cómo?
—Estoy enamorada de Rodrigo, mi entrenador.
La sorpresa ha sido mayor de lo que esperaba. Mucho mayor. ¿Cuántos años le saca? ¿Diez?
¿Quince? ¡Qué hace ese tío con una chica menor de edad!
De la sorpresa, Bruno pasa rápidamente a la indignación. Ese tipo se ha aprovechado de su posición
para llegar al corazón de su amiga. Ester trata de explicarle su historia. Sus sentimientos. Su miedo a que
su romance tenga consecuencias negativas para cualquiera de los dos.
—No puedo creérmelo…
—No sé cómo pasó, pero pasó. Y sé que no es fácil de entender…
—No, no lo es.
—Lo sé. Pero… es que no puedo controlar lo que siento. ¿Nunca te ha pasado que quieres hacer o
sentir una cosa pero terminas haciendo y sintiendo otra? Pues eso me ha ocurrido a mí con Rodrigo. Por
mucho que sepa que lo nuestro es difícil, muy difícil, y que lo mejor sería que no hubiera sucedido o que
no volviera a suceder más, me resulta imposible quitármelo de la cabeza. Y mucho menos… del corazón.
Se le empañan los ojos cuando termina de hablar. Bruno la mira muy confuso. Está experimentando
una inmensa gama de sensaciones, todas contrapuestas. En su interior fluyen tantas emociones que sería
imposible determinar cuál es su estado real en ese instante. Pero le ha prometido dos cosas: que
guardaría su secreto y que no la juzgaría. Y así será. Porque, a pesar del jarro de agua fría que acaba de
recibir, sería incapaz de fallarle a esa chica que tanto significa para él.
Capítulo 57
DESDE que ha regresado a Constanza no ha parado de ir de un lado para otro. Ha fregado, ha limpiado
la barra unas diez veces, ha recogido la cocina… Hasta ha servido los cafés. Su madre está encantada de
verla con tanta energía y vitalidad. Lo que no sabe es que, si hace todo aquello, es por no pensar en que
Raúl y Eli se encontrarán dentro de poco y estarán juntos y solos. Sin embargo, no puede evitar acordarse
de ello.
Ni siquiera los mensajes del chico la tranquilizan.
Aunque no estés, en quien pensaré todo el rato será en ti.
Ése fue el primero; le llegó nada más apagar el ordenador y salir de casa. La conversación que han
mantenido a través del MSN la ha ayudado a calmarse. Se repite constantemente esa palabra: novios.
Suena bien. Nunca ha tenido novio. Y Raúl es el único chico del que ha estado enamorada en su vida.
¿Cuántas chicas pueden decir que su primer novio es la única persona a la que han querido?
Mañana nosotros volveremos a vivir nuestra propia película.
Bonito. Muy bonito. Pero los nervios empiezan a llegar otra vez. No falta mucho para que Eli y él se
vean.
Y, hace apenas cinco minutos, un tercer mensaje en el WhatsApp:
Cuando te sientas débil, piensa en mí; y cuando recuperes tus fuerzas, también piensa en mí.
Celos. Son una mala compañía. Pero ¿es natural tener celos aunque confíe en él y después de que le
haya asegurado que no pasará nada? Imagina que sí, pero no está segura. Tal vez se esté obsesionando
demasiado.
Todo lo que está viviendo es nuevo para Valeria. Jamás ha pasado por situaciones parecidas. A lo
largo de algo más de un año que ha transcurrido desde que descubrió que le gustaba Raúl, no ha sufrido
casi nada por las novias o los líos que él tenía. Lo veía como algo natural. Y, aunque fuera otra la que lo
besara, la que disfrutaba de su compañía más íntima, lo aceptaba. No le quedaba más remedio. Eran
amigos, solamente amigos, y eso era lo más importante.
En cambio, ahora las cosas son distintas. Ella es la protagonista, la de los besos y la que comparte su
intimidad. Y tiene miedo de que se pierda rápidamente lo que le ha costado tanto conseguir. De que él
descubra que le gusta otra y de que esa otra, además, sea su mejor amiga.
Seguramente, no debería preocuparse tanto, pero es que Eli es tan increíble… Cualquier tío se
dejaría arrastrar por sus encantos. Cualquiera menos Raúl, el único que le ha dado calabazas dos veces.
Y habrá una tercera. Tiene que haberla.
—¿Por qué no te tomas un zumo y descansas? —le pregunta su madre mientras llena el cubo de agua
para fregar el suelo del baño.
—Gracias.
La chica resopla y, por una vez, obedece sin discutir. Tiene los labios y la garganta secos. Le deja la
fregona a su madre y camina hacia la barra. Se sienta en un taburete y le pide a la camarera un zumo de
naranja. Romina, amablemente, se lo pone.
Valeria mira el reloj nerviosa. ¿Se habrán encontrado ya?
Dos besos. Los de ella más cariñosos. Los de él mucho más fríos. Ambos han sido puntuales. Elísabet le
explica que ha hablado con Valeria y que le ha dicho que no puede ir. Raúl asiente y disimula, como si no
supiera nada. Está preparado para todo.
Cogen el metro hasta Príncipe Pío y conversan animadamente sobre qué película van a ver. Al final,
se deciden por Tentación en Manhattan. El chico habría elegido otra, pero Eli lo ha convencido.
Van bien de tiempo, así que sacan las entradas y van a comprar palomitas y Coca-Cola.
—Hacía mucho que no venía al cine con un chico —confiesa la joven mientras mete la mano en su
cubo de palomitas.
—Bueno, yo no soy como los chicos con los que sales.
—Eres mejor. Lo reconozco.
—No soy mejor… Bueno, sí lo soy —comenta divertido—. Tampoco es muy difícil superar el nivel.
Pero tú y yo no estamos saliendo.
—Lo sé. Venimos al cine como amigos.
Elísabet sonríe y continúa caminando. Se ha arreglado y pintado para la ocasión. No va demasiado
llamativa, pero sí lo suficiente como para atraer la atención de Raúl. Aunque Eli está deseando que pase
algo entre ellos, esta vez no va a precipitarse. Ni un solo error más.
Llegan a la puerta de la sala 2, donde se proyectará la película. Todavía faltan veinte minutos para
que comience.
—¿Me esperas aquí? —le pregunta Raúl al tiempo que le da su cubo de palomitas a Eli y coloca la
Coca-Cola sobre una maceta—. Tengo que ir un momento al baño.
—Vale.
El joven se despide y se aleja andando de prisa. Cuando está lo suficientemente lejos y Eli no puede
verlo, saca la BlackBerry y marca el número de Valeria.
—¿Raúl?
Valeria ha sentido que el corazón se le aceleraba de golpe al ver que la estaba llamando. Hacía
veinte minutos que le había escrito un mensaje en el WhatsApp, pero él no le había contestado.
Empezaba a volverse loca. Cada treinta segundos miraba la BB. Y el reloj. Una y otra vez. Pero no
había respuesta. Ni una sola palabra que le dijese que también él estaba pensando en ella.
—¡Hola! ¿Cómo estás?
—Bueno… bien.
—Ya estamos en el cine. Perdona que no te haya contestado antes. Hasta ahora no he conseguido
despegarme de Eli.
—No pasa nada.
—Vamos a ver Tentación en Manhattan.
—Bien. La ha elegido ella, ¿verdad?
—Sí. Y no me ha quedado más remedio que aceptar.
—Es muy persuasiva cuando se lo propone.
—Tampoco he opuesto demasiada resistencia.
—¿Dónde está ahora?
—Esperándome. Le he dicho que iba al baño.
—Qué mentiroso.
—Ella me ha mentido antes. Me ha contado que había hablado contigo y que no podías venir. ¿Te lo
puedes creer?
Los dos sonríen. Pero Valeria no está para muchas bromas. En seguida se pone seria de nuevo.
Escucharlo la ha alegrado al principio de la llamada, pero oírlo y no tenerlo cerca la va entristeciendo
poco a poco.
—¿Está guapa?
—¿Eli? Ella siempre está guapa.
—Seguro que se ha puesto preciosa para ti.
—No te creas. Se ha pintado demasiado los ojos.
La chica sabe que a él no le gustan las chicas demasiado maquilladas. Se lo ha oído decir un montón
de veces. Pero seguro que su amiga no lo sabe. No le prestaba atención cuando hablaba, al contrario que
ella. Y es que hace muy poco que Eli se ha encaprichado de Raúl. No merece ser su novia. Ni siquiera
estar allí a solas con él.
—¿A qué hora empieza la peli?
—Dentro de veinte minutos.
—¿Vais a entrar ya en la sala?
—Imagino que sí. Pero no te preocupes, todavía están encendidas las luces.
Miente. Cuando ha echado un vistazo a la sala 2, ya las habían bajado. Apenas se veía. Pero Raúl no
quiere empeorar las cosas. Está seguro de que Valeria está pasándolo mal.
—Pero se apagarán.
—Claro. Y empezará la película. Y habrá gente alrededor. Y tendremos las manos ocupadas con las
palomitas y la Coca-Cola.
—¿Habéis comprado palomitas y Coca-Cola?
—Sí. Es lo que suele hacerse cuando se viene al cine.
—Ya.
Qué mal. A Valeria le encantan las palomitas. Y sobre todo le encanta él. Debería haber ido. Haberle
soltado cualquier excusa a su amiga y estar ahí con ellos. Si Eli quiere ligarse a su chico, que se busque
otra cómplice. Pero ya no hay marcha atrás. Durante dos horas tendrá que soportar la incertidumbre de lo
que esté sucediendo en esa sala de cine.
—Val, tranquila, no pasará nada.
—Bueno… Si tú lo dices.
—No debes preocuparte por nada.
—Eli es la que me preocupa.
—Pues olvídate de ella.
—No es fácil.
—Tú piensa en lo bonitos que han sido estos dos días. Y en que, cuando termine la película,
regresaré a casa tranquilamente y serás tú la que seguirá gustándome.
—Eso espero.
Se le forma un nudo en la garganta. ¿Por qué siente esa angustia? ¡Si se lo está diciendo muy claro! La
que le gusta y la que le seguirá gustando cuando acabe la película es ella.
—¡Buenos días, princesa! —grita de repente Raúl—. ¡He soñado toda la noche contigo! íbamos al
cine y tú llevabas aquel vestido rosa que me gusta tanto. Sólo pienso en ti, princesa. ¡Pienso siempre en
ti!
El fragmento de La vida es bella hace temblar a Valeria; termina por sacarle una sonrisa y también
una lágrima de emoción. Cómo le gustaría estar con él y besarlo una y otra vez. Sin parar, sin dejarle
respirar. Sin embargo, debe conformarse con el recuerdo del sabor de sus labios.
—Vete ya, anda, que Eli va a empezar a sospechar.
—Sí. Pero confía en mí, por favor —le ruega el chico intentando transmitirle la máxima seguridad
posible—. ¿Vale?
—Vale.
—En cuanto pueda, te llamo o te escribo. Recuérdalo. Sólo pienso en ti, princesa. Pienso siempre en
ti.
Y, con una sonrisa salada y llena de dudas, Valeria se despide y cuelga el teléfono. Espera que Raúl
cumpla con lo que le ha dicho y sólo piense en ella de verdad. Porque ella no dejará de pensar en él.
Capítulo 58
PUNTUAL. Ha pasado una hora exacta desde que se despidiera de Rodrigo. A Ester le ha dado tiempo
de ir a casa, cambiarse de ropa y llegar a la Plaza Mayor. Él todavía no ha aparecido.
Está inquieta. Intranquila. La conversación con Bruno es aún demasiado reciente. Su amigo le ha
prometido que no le contará nada a nadie y Ester confía completamente en su palabra. Es un gran chico.
Y, como le dijo hace unos minutos mientras caminaba hacia allí en el mensaje que le había enviado para
agradecerle su apoyo:
Gracias por todo, Bruno. Sé que lo que te he contado es muy fuerte. Ya ves que no soy tan buena
como creías. También tengo mi lado oscuro, si se le puede llamar así. Espero que esto no cambie nuestra
amistad. Nos vemos mañana. Un beso.
Su respuesta no había tardado en llegar:
Tranquila. Nada ha cambiado. Siempre estaré a tu lado para cuando lo necesites. Espero que te lo
pases bien y recuerda que tenemos que desempatar el partido. Hasta mañana. Besos.
Leer sus palabras la ha tranquilizado bastante. Su amistad es muy importante para ella y, si Bruno
hubiera reaccionado de otra manera, le habría afectado mucho. Lo aprecia de verdad. Sin embargo, haber
revelado su secreto le provoca también cierto nerviosismo. Siempre ha oído que la única manera de que
algo no salga a la luz es no contarlo nunca. Si alguien más lo sabe, sea amigo, novio o familiar, todo el
mundo acabará enterándose tarde o temprano.
Desde el medio de la plaza, Ester mira en todas las direcciones. No sabe por dónde aparecerá su
entrenador. Los pocos encuentros que han tenido fuera de los entrenamientos han sido normalmente en
lugares mucho más discretos, en sitios en los que hay menos gente, alejados del centro de Madrid. Podría
decirse que ésa es su primera cita pública. ¿Significará algo?
—Hola, Ester.
Una voz la sorprende por la espalda. Se vuelve rápidamente y observa a un joven con gafas de sol y
una gorra. ¡Es Rodrigo! Nerviosa, no sabe cómo reaccionar. ¿Se lanza a sus brazos? ¿Lo besa? ¿Qué se
supone que debe hacer?
Es él el que toma la iniciativa: se inclina y le da dos besos en las mejillas.
—Hola.
—Perdona el retraso.
—No pasa nada.
—Ven, vamos a un sitio más tranquilo.
La pareja sale de la Plaza Mayor por la calle de los Botones. Bajan por la calle Imperial, donde
escuchan cantar a Luciano Pavarotti. La música proviene de un balcón y está a todo volumen. Rodrigo se
detiene frente a un portal y saca unas llaves del bolsillo de la cazadora. Introduce la más grande en la
cerradura y abre.
—¿De quién es esta casa?
—De un amigo que está fuera. Se marchó ayer a Londres. Me ha dejado encargado de sus plantas.
Los dos suben por una escalera bastante estrecha hasta el primer piso. El joven saca otra llave y abre
una gruesa puerta de madera. El cerrojo hace un ruido desagradable cuando cede. Ester se limpia las
suelas de los zapatos en la alfombrilla de bienvenida y entra en la casa. Rodrigo lo hace detrás de ella.
Es un estudio no muy grande pero bastante luminoso. Está muy bien decorado, con bonitos muebles
rojos, blancos y negros. La chica se queda mirando un cuadro en el que aparece un camino de árboles
visto desde el ojo de una cerradura.
—Mi amigo es pintor —señala el joven al comprobar el interés de la chica por la imagen—. Ése es
suyo. Y aquél también.
Rodrigo señala otro cuadro colgado en la pared de enfrente, junto a una de las ventanas que da a la
calle Imperial. Se trata de una mujer semidesnuda a la que no se le ve el rostro. Está escribiendo en una
hoja, sentada sobre el taburete de un bar.
—Yo no entiendo mucho de pintura.
—Ni yo —dice su entrenador de camino hacia la cocina. Coge una botella de plástico vacía y la llena
de agua—. Este chico se gana la vida así, y está empezando a tener algo de éxito. Precisamente, esta
semana se ha ido a Inglaterra para dar un curso sobre pintura.
Ester le echa un vistazo al resto del piso, pero su interés está completamente centrado en Rodrigo, al
que busca de reojo sin cesar. Se ha quitado la cazadora, la gorra y las gafas de sol, y parece tranquilo.
Como si no hubiese sucedido nada entre ellos. Es una situación extraña. En aquella casa ajena no está del
todo cómoda. ¿A cuántas ex habrá llevado allí para…? Rápidamente, aleja esa idea de su cabeza.
—¿Te ayudo? —le pregunta mientras el joven riega las plantas del único balconcito de la casa.
—No te preocupes. Tú siéntate en el sofá. Puedes poner la tele, si quieres.
La chica accede, se quita la chaqueta que lleva puesta y se sienta, aunque no enciende la televisión.
Tiene la impresión de que lo que tengan que hablar lo discutirán allí. Parece que no la ha llevado a
aquella casa sólo para regar las plantas. Por eso han quedado en la Plaza Mayor, que está justo al lado.
—¿De verdad que no quieres que te ayude?
—No. Ya casi está. Sólo faltan las de las ventanas —comenta al tiempo que se dirige otra vez hacia
la cocina para volver a llenar la botella de agua—. ¿Qué has hecho hoy?
—Poca cosa. He ido al instituto y luego he estado en casa de Bruno estudiando y jugando a la Play.
—Ah. Hace mucho que no juego. ¿Te has divertido?
—Bueno, sí.
—¿A qué habéis jugado?
—Al FIFA.
—Vaya, no sabía de esa afición tuya. ¿Se te da bien?
—Más o menos.
Todo esto es muy raro. Habla con ella como si lo de ayer en el vestuario no hubiera ocurrido nunca.
Antes le ha pedido perdón, y está contenta por ello. Pero ¿no va a decirle nada más? ¿No tenía tantas
ganas de verla?
—Pues yo he tenido un día muy pesado —explica Rodrigo, que está terminando de regar la última
planta que le queda—. He visto el vídeo del partido de ayer. No pudimos hacerlo peor.
—Bueno, ellas eran mejores.
—Sí, pero nosotros no estuvimos a la altura. Fallamos en todo. No llegamos a los bloqueos, no
hicimos daño con el saque, tuvimos muchos fallos en recepción… Un desastre.
El joven acaba de regar y deja la botella en la cocina. Se lava las manos en el fregadero y se las seca
con un trapo que encuentra sobre la encimera.
—Las chicas lo hicieron lo mejor posible.
—No es suficiente.
Y se sienta a su lado. Ester se teme lo peor. Otra regañina por su actuación de ayer. Su entrenador
está obsesionado con el deporte. Nunca deja de pensar en ello. Para él, el voleibol es lo primero. Y lo
segundo.
—Seguro que lo hacen mejor en el próximo.
—¿Lo hacen? ¿Y qué pasa contigo? ¿No juegas con nosotros?
—Ayer me dijiste que sería suplente hasta que…
—Shhhh.
Muy serio, la manda callar. La agarra de las manos y le besa la palma de la izquierda. La joven traga
saliva, nerviosa. Rodrigo trepa por su brazo, acariciándoselo, hasta llegar al hombro. Despacio, se
inclina sobre ella y le da un beso en la mejilla, luego otro junto al labio y uno más en la nariz. El último
busca su boca.
—Espera —dice Ester, que se aparta sin aceptar el beso—. ¿Todo va bien entre nosotros?
—¿No es esto una prueba?
—Entonces, ¿ya no estás enfadado conmigo?
—No.
—¿Seguro? Ayer… me sentí como si no quisieras verme nunca más.
—Es evidente que no es así. Si no, no estarías aquí sentada.
Su sonrisa la hipnotiza. No obstante, tiene sus reservas en cuanto a que todo lo que ha pasado durante
las últimas horas esté olvidado. Rodrigo se muestra muy simpático y agradable; demasiado, quizá. ¿Es
ésa su forma de disculparse?
El chico vuelve a la carga y le coloca una mano sobre el muslo derecho. Baja hasta la rodilla, se la
presiona suavemente, y vuelve a subir.
Ester está cada vez más nerviosa. Rodrigo está muy lanzado.
—Rodrigo…
—Dime.
—Para, anda —le pide cuando nota su otra mano en el abdomen, bajo la camiseta—. Vamos a hablar.
—¿De qué quieres hablar? —pregunta él con un suspiro.
—No lo sé, pero…
—¿No quieres que nos besemos?
—Sí, sí que quiero.
—Entonces ¿qué sucede?
Y después de susurrarle al oído, el joven entrenador insiste en sus caricias. La chica cierra los ojos,
embrujada por sus manos, pero no quiere seguir adelante. No es el momento de dar un paso más.
—Sucede que no estoy preparada para…
—Shhhh.
—Es que no puedo hacerlo.
—Sí que puedes.
—No sigas, por favor.
Pero las manos de Rodrigo no se detienen. Desoyendo la petición de Ester, le desabrocha el botón
del pantalón. A continuación, le baja la cremallera de los vaqueros y acaricia el borde de su ropa
interior.
—Ayer me equivoqué. No debí tratarte así —murmura mientras la rodea por detrás con las manos—.
Con lo bonita y especial que eres para mí…
—Para… Para.
El pantalón de la chica se desliza por sus muslos y aterriza en sus tobillos, junto a los zapatos. Ester
mira hacia abajo y se sonroja. Nunca había dejado que nadie la viera así. Le encanta Rodrigo, está
enamorada de él, pero no está lista para eso. No, no lo está.
—Ya no eres una cría, ¿no?
—Bueno…
—Estás conmigo porque te gusto. Porque me deseas. Y porque yo te deseo a ti.
—Rodrigo… Yo… no puedo hacerlo.
—Estoy seguro de que puedes… y quieres.
Sus labios regresan a los de Ester sin dejar que la chica pronuncie una palabra más. Ella observa
cómo la camiseta del joven vuela hacia el suelo. Sus manos acarician su fuerte torso desnudo.
—No… no pue…
La boca de su entrenador la interrumpe cubriendo la suya. Y el hilo de voz de Ester se pierde en
aquel piso de la calle Imperial.
Capítulo 59
NO falta mucho para que empiece la película. Sin embargo, en la sala no hay demasiada gente. La
mayor parte de las butacas están vacías. Se nota que es lunes por la tarde. Eso alegra a Elísabet. De
cuanta más intimidad dispongan durante la sesión, mucho mejor. La chica, además, desea que Raúl se
termine cuanto antes la Coca-Cola y las palomitas. Así por fin tendrá las manos libres, algo que ayudará
bastante a lo que pase o no pase entre ellos. De momento, se lo está tomando con tranquilidad. No quiere
lanzarse y precipitarse otra vez; se lo ha prometido a sí misma.
—Estás muy callado —le dice ella en voz baja.
—Es que estamos en el cine. Hay que guardar silencio.
—Pero todavía no ha empezado la película.
—Hay gente a la que le gusta ver los anuncios, y no quiero molestarla.
—¿Tú crees que hay alguien que esté atento a la publicidad?
—Más de los que te imaginas.
Eli se estira un poco y echa un vistazo a su alrededor. Entre los que alcanza a ver, a unos metros de
ellos hay una pareja que está besándose, un grupito de chicas que conversa animadamente y otros dos
chicos que teclean algo en sus teléfonos. Pero nadie está mirando hacia la pantalla. Se encoge de
hombros y le da un sorbo a su refresco.
—Nadie está viendo los anuncios.
—Eso es lo que quieren que creas.
—¿Me estás vacilando?
El joven se vuelve hacia ella y se pone el dedo índice en la boca para indicarle que no hable. Luego
sonríe.
—Un poco —comenta mientras coge un puñado de palomitas.
—Mira que eres…
Y lo golpea con la mano abierta en el brazo.
Qué tonto. Aunque, en el fondo, le gusta que se suelte un poco y haga ese upo de bromas absurdas. Ha
estado muy rígido todo el tiempo. En realidad lo comprende. Después de lo que pasó ayer, y también
antes de ayer, es normal.
Por eso debe estar relajada, para que él también lo esté.
—Tal vez nos hayamos sentado demasiado pronto —advierte Raúl al tiempo que suelta el cubo de
palomitas en el asiento libre de al lado.
—¿Qué pasa? ¿Te aburres conmigo?
—No me aburro. Pero es un rollo esperar tanto tiempo. —Se levanta de la butaca—. Espérame un
segundo. Ahora vengo.
—¿Vas al baño otra vez?
—No. A por otra Coca-Cola.
—¿Ya te la has terminado?
—Casi. No quiero quedarme sin nada que beber durante la película.
Y, sin decir más, sale corriendo de la sala ante la atónita mirada de Elísabet. Raúl debe darse mucha
prisa para no impacientarla demasiado. Camina a toda velocidad hacia la tienda donde venden los
refrescos y, entretanto, escribe un mensaje en el WhatsApp.
Val, creo que esto será lo último que te escriba antes de que empiece la película. No puedo llamarte
porque no tengo tiempo. Pero pienso en ti. No lo olvides. Pienso siempre en ti.
Una guapa camarera, castaña y con mechas rubias, ataviada con un delantal de cuadros blancos y
negros, le pone otra Coca-Cola. ¿Guarda cierto parecido con Valeria o son imaginaciones suyas? Está
empezando a obsesionarse.
Raúl coge el refresco, paga y corre de nuevo hacia la sala 2.
Por el camino se sorprende a sí mismo echando mucho de menos a la chica a la que acaba de enviarle
el mensaje. Le encantaría que estuviese allí con él. Que estuvieran los dos solos. Sin más compañía. Sin
embargo, es otra la que lo espera. Elísabet es todo lo que un chico podría desear, pero no es a quien él
desea.
Resopla cuando llega a la puerta de la sala en la que está a punto de comenzar Tentación en
Manhattan. Se detiene y le da un sorbo a su refresco. Desde fuera, oye que ya ha comenzado el primer
tráiler.
Debe entrar.
—¡Raúl! ¡Raúl!
Los gritos provienen de su derecha. Mira hacia allí y se da cuenta de que una muchacha con el
cabello castaño y mechas rubias se acerca corriendo hacia él. Durante un instante, cree que es la
camarera; pero no tarda en descubrir que la que se dirige veloz hacia la puerta de la sala 2 es Valeria.
—Pero ¿qué estás haciendo aquí?
—¿He llegado a tiempo? —pregunta jadeante—. ¿Ha empezado la película?
—No, todavía no.
La chica sonríe, suspira y lo mira a los ojos. ¡Cuánto deseaba volver a verlo! Se acerca a él y lo besa
en los labios. Ambos experimentan una gran explosión de sensaciones. Se separan y vuelven a mirarse.
—¿Eli está dentro?
—Sí. Y debe de estar preguntándose dónde me he metido.
—No esperaba verte justo en la puerta de la sala. Pensaba que tendría que recorrerme todo el cine a
oscuras para encontraros.
—He salido para ir a por una Coca-Cola. Y mandarte un mensaje.
—Anda, ¿sí?
La chica saca su BlackBerry rosa del bolsillo y la examina. Con las prisas, no ha visto lo que Raúl le
había escrito. Lo lee rápidamente y vuelve a guardar el teléfono. Sonríe y lo besa de nuevo.
—Bueno, todavía no me has dicho qué haces aquí. ¿Te quedas con nosotros?
—No lo sé —dice mientras juguetea con la manga de su sudadera—. No podía resistir que Eli y tú
pasarais dos horas solos y a oscuras.
—Ya te dije que no pasaría nada. ¿No confías en mí?
—Claro que confío. Pero… estaba empezando a volverme loca. Así que he cogido un taxi y aquí
estoy.
—¿Has cogido un taxi?
—Sí. No podía llegar a tiempo de otra manera —dice sonriendo—. Necesitaba verte, Raúl.
—¿Y qué le has contado a tu madre?
—Nada. Que estaba cansada y que me iba al cine con vosotros. Me he pasado toda la tarde
trabajando. No ha puesto ninguna pega.
Los dos se cogen de la mano y caminan hacia el banco libre que tienen enfrente. Se sientan y, tras otro
beso, intentan decidir la mejor manera de actuar. La película está a punto de empezar.
—¿Qué hacemos, Val?
—No lo sé. Podemos entrar y ver qué pasa. Sin decirle nada de lo nuestro a Eli.
—Se enfadará contigo por haber venido.
—Lo sé. Pero podría decirle que tú me has insistido. Que me has escrito pidiéndome por favor que
viniera.
—Mmm. Entonces se enfadará con los dos.
—¿Y qué hacemos?
—No sé…
La pareja escucha desde fuera el comienzo de la película. Se quedan en silencio, pensativos. Sin
saber qué opción elegir.
—Lo mejor es que me vuelva a ir y deje que entres solo.
—¿Te vas a ir después de haber venido hasta aquí? ¡Ni hablar!
—Es lo único que se me ocurre. No me ha dado tiempo a pensar en una excusa para justificar el haber
venido en contra de lo que Eli me pidió. Y tampoco podemos contarle lo nuestro, Raúl.
—Ya lo sé.
—No me queda más remedio que irme.
—Pero me sabe fatal que hayas venido y te marches de nuevo. Seguirás comiéndote la cabeza.
—Es lo que hay. —Y sonríe a pesar de que Raúl tiene razón. No podrá dejar de pensar en qué estará
sucediendo entre ambos allí dentro.
—No quiero entrar en esa sala sin ti, Val.
E, inclinándose sobre ella, Raúl la besa dulcemente en los labios. La chica se sonroja y siente lo
mismo que esa mañana mientras estaban escondidos en el baño del instituto: un ferviente ardor difícil de
controlar. Ella se suma con más pasión e intensidad a su dulzura y deja que su lengua serpentee con la de
él. El frenesí con que Valeria se entrega sorprende al joven. Pero, lejos de huir de la insinuante e
inesperada situación, entra en el juego y colabora con el mismo entusiasmo.
Son unos cuantos segundos de deseo, complicidad, desahogo, arrebato y… ¿amor?
El beso termina cuando un empleado del centro pasa a su lado y tose descaradamente a propósito
para llamarles la atención. Los chicos se separan y sonríen.
—Raúl, entra tú en la sala. Yo me voy a casa —dice ella mientras le acaricia la cara; después le da
un sorbo a su Coca-Cola.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Es la mejor solución. Y no necesito más pruebas. Sé que puedo confiar en ti. Así que me marcho
para que puedas entrar a ver la peli.
—¿Estás segura?
—Sí, lo estoy. Completamente.
Y es que, después de ese beso, Valeria comprende que sus celos son una tontería. Ha sido algo
increíble que seguro que continuará más adelante. Además, por mucho que Elísabet pusiera de su parte,
jamás lograría superar lo que acaba de pasar entre Raúl y ella. De eso no le cabe ninguna dud
RECIBIMIENTO: una nueva discusión con su madre y el posterior discurso por parte de sus hermanas
pequeñas. A Raúl todo aquello empieza a resultarle cotidiano. Un ritual. Cuando regresa del instituto, se
encuentra con ese panorama la mayor parte de los días. Y no es que le dé lo mismo, pero tampoco puede
hacer nada por evitarlo.
A veces, siente mucha rabia, pero se la come para no empeorar las cosas. Desde que su padre
falleció, nada ha vuelto a ser igual en su casa. Se acabó la familia feliz. Su madre anda perdida en su
propio mundo, triste y somnoliento, y las gemelas son demasiado pequeñas como para comprender la
situación. A él le costó un tiempo salir de la gran depresión que se apoderó de su interior. Sufrió mucho.
Se sintió solo día y noche. Sin embargo, poco a poco, pasito a pasito, logró superarla. Pero jamás
olvidará a su padre; ni siquiera puede dejar de pensar en él. Incluso tiene la certeza de que lo observa
desde alguna parte. La idea de que continúa estando cerca lo alivia en los momentos en los que la
angustia y el miedo lo atenazan.
Encerrado en su cuarto, escucha música tumbado sobre la cama. Suena la banda sonora de La vida es
bella, su película preferida. No quiere pensar. Necesita aislarse de todo lo que sucede al otro lado de la
puerta de su habitación. Ojea con curiosidad una revista de cine. Quizá algún día sea él el protagonista de
esas páginas. Es su sueño, su meta: hacer una película tan buena como la de Roberto Benigni y que las
salas se llenen para verla; su nombre en los créditos y una alfombra roja vistiendo el estreno. Iría
perfectamente arreglado, con un traje blanco, gris o negro, y lo acompañaría su novia o, quién sabe si su
esposa, que llevaría un precioso vestido de gala.
¿Sería Valeria esa acompañante? Le gustaría. Es una chica muy especial. Y desea que lo que acaban
de comenzar siga hacia delante.
Y, de repente, la echa de menos. Ella ha sido lo mejor que le ha pasado últimamente. Le encanta
cómo besa y cómo se sonroja cuando pasa vergüenza. Tiene unos ojos muy expresivos, y es precioso
verla sonreír.
¿Está empezando a enamorarse?
No lo sabe. Nunca ha estado enamorado de nadie. Ninguna de las chicas con las que ha salido ha
llegado a cautivarlo. No ha echado de menos a ninguna tras romper la relación. En cambio, Valeria le ha
aportado más en dos días que el resto a lo largo de todo un año. Aunque es cierto que ella partía con
ventaja.
Deja la revista a un lado y busca su BlackBerry. Tiene ganas de escuchar la voz de Valeria. Además,
todavía no ha contestado en el WhatsApp de los Incomprendidos a lo de si va a ir al cine esa tarde.
Espera que no tenga que trabajar en la cafetería. Meri, Bruno y Ester ya han dicho que no van. Si Val
tampoco puede, se quedaría a solas con Elísabet y, después del fin de semana que han pasado, quizá no
fuera lo más conveniente.
—¡Hola! Justo iba a llamarte ahora!
Ha contestado a la primera. Raúl sonríe cuando la escucha. Se incorpora y se sienta sobre el colchón.
—¿Ah, sí?
—¡Sí! Acabo de llegar a casa. Ya hasta tenía la BlackBerry en la mano.
—Será cosa del destino.
—No me hables del destino.
—¿Por qué? ¿Qué te ha pasado con él?
—Nada, nada. Cosas mías.
—Si se ha metido contigo, avísame y voy en su busca —se ofrece con tono de burla.
—Sé defenderme sólita.
Raúl suelta una carcajada. Le divierte cuando se pone así, en plan niña pequeña.
Cómo ha cambiado Valeria. El día que la conoció ni siquiera fue capaz de mirarlo a la cara. Se moría
de la vergüenza. Y durante varios días apenas lograron intercambiar alguna que otra palabra. Su timidez y
su inocencia le encantaron desde el primer instante.
—No lo dudo, no lo dudo.
—Pues, por tu risa, diría que sí que lo dudas —replica alzando un poco la voz—. Soy muy fuerte,
¿sabes?
El joven no puede evitar reírse de nuevo. Pero a la chica, que también sonríe, no le molesta.
—Esta tarde me lo demuestras.
—Esta tarde…
—Sí. Vas a venir al cine con Eli y conmigo, ¿no?
Un silencio en la línea hace que Raúl suponga lo peor.
—Ésa era la razón por la que iba a llamarte.
—Yo pensaba que era porque me echabas de menos.
—Sí. Eso también. Te echo mucho de menos —dice compungida—. Pero no puedo ir al cine con
vosotros.
—¿Tienes que ayudar a tu madre en Constanza?
—Sí.
—¿Toda la tarde?
—Bueno… toda la tarde no.
—Pues quedamos cuando hayas terminado. No hay prisas. No hay mucho que hacer para mañana.
De nuevo, silencio al otro lado del teléfono. Raúl tiene la impresión de que hay algo más que le
impide a Valeria ir con ellos esa tarde.
—No es eso.
—Pues ¿qué es? Cuéntamelo.
—Verás, ha surgido un problema…
—¿Un problema? ¿Qué problema?
—Eli no quiere que vaya con vosotros al cine.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Os habéis enfadado?
—No. Es más… complicado —comenta titubeante—. Lo que quiere es estar contigo a solas para
volver a intentar que caigas en sus redes.
—¿Qué? ¿Otra vez?
Creía que las cosas habían quedado claras. Es verdad que anoche lo pasó bien hablando con ella por
el MSN. Y que durante toda la mañana han estado muy cercanos. Pero no imaginaba que Eli volvería a
tirarle los tejos.
—Otra vez. Y por eso me ha pedido que yo no vaya.
—¿Y tú le has dicho que lo harás?
—Es mi amiga y no sabe absolutamente nada de lo nuestro, ¿qué querías que le dijera?
—Que te apetecía ir al cine.
—Claro. Y antepongo mis ganas de ir al cine a ayudar a mi mejor amiga. ¿Cómo iba a decirle eso,
Raúl?
—Ya. Pero, entonces, ¿tengo que ir con ella? ¿Solos?
—¿Se te ocurre algo mejor?
El joven piensa, pero no encuentra una respuesta. Está seguro de que Eli volverá a emplearse a fondo
para que suceda algo entre los dos. Y, dado que él no quiere nada con ella, no le apetece pasar de nuevo
por esa situación.
—¿Y si le decimos lo que hay entre nosotros? —termina preguntándole a Valeria.
—¿Qué? ¡No podemos! —exclama la chica nerviosa—. Es pronto para contárselo, Raúl. Le daría
otro ataque de ansiedad.
—Pero algún día tendrá que asumirlo.
—Nos matará.
—Lo sé. Pero ¿es mejor que se eche encima de mí en el cine mientras tú te vuelves loca pensando en
lo que podría estar haciendo?
—No sé qué es mejor y qué es peor.
—Sé que te comerás la cabeza. Y no quiero que eso ocurra.
Si a Valeria le afectó una simple conversación de MSN, no imagina lo que le supondrá un encuentro a
solas y a oscuras entre Eli y él.
—Haré lo posible por no pensar mucho en ello.
—Sabes que no lo conseguirás.
—Pues tendré que aguantarme y confiar en… que no pasará nada y en que Elísabet no conseguirá lo
que pretende.
—No pasará nada. Te lo prometo.
—No tienes que prometerme nada, Raúl.
Esta situación le recuerda a la película Moulin Rouge, a cuando Nicole Kidman, perdidamente
enamorada de Ewan McGregor, se ve obligada a ir a cenar con el dueño del teatro en el que actúa para
que no acabe con la función. Los dos se prometen que no dejarán de pensar el uno en el otro ni un
instante, pero, aun así, los celos son inevitables.
—¿Puedes conectarte al MSN?
—Sí.
Ambos cogen sus ordenadores e inician sesión. Encienden las cámaras y se ven a través de ellas.
Raúl está sentado en la cama, en posición de yoga, y Valeria en el sofá del comedor. Los dos sonríen y
apagan las BlackBerrys. La conversación continuará por videollamada.
—Estás muy guapa.
—No es verdad —contesta; en seguida se sonroja y se aparta el pelo de la cara.
—Es cierto. Estás preciosa.
No suelen verse a través de la cam. Ya casi no usan el Messenger, y tampoco la ponen en los chats
de las redes sociales para evitar saturaciones en la red.
—Deja de piropearme o la quito.
—¿No te gusta que te diga lo bonita que eres?
—No me gusta que mientas.
—Val, no miento —repone el joven sonriendo.
—Qué calor. Así no se puede…
—Está bien. Ya paro. Se acabaron los piropos.
—Gracias.
Pero no las miradas intensas. Raúl se fija en todo lo que la ventana del MSN le muestra. La camiseta
que lleva Valeria le queda muy bien, pero no va a decírselo, porque la mataría de vergüenza.
—¿Confías en mí?
—Claro, Raúl. Pero, como te he dicho antes, no tienes que prometerme nada. Acabamos de empezar.
Y, aunque no quiero perder esto que tengo contigo, tampoco puedo limitarte.
—¿Limitarme es pedirme que no haga nada con Eli? —pregunta él algo confuso—. Creo que eso está
muy lejos de ser una imposición. Si me enrollara con otra, ¿qué clase de novio sería?
—¿Novios?
—¿No somos novios?
—¿Tú quieres serlo?
—¿Y tú?
El chico sonríe. Sin embargo, le acude a la mente, fugaz, el beso que le dio ayer a Elísabet en su casa.
Técnicamente, no se enrolló con ella. Fue un beso robado y, aunque no se apartó, no sintió nada. Quizá
debería contárselo a Valeria para ser sincero con ella. Pero todo a su debido momento. Y ése no lo es,
precisamente.
—Nunca he sido novio de una chica a los dos días de liarme con ella.
—¿Entonces?
—Tampoco había sido novio de ninguna amiga —añade al reparar en la emoción que transmiten los
ojos de Valeria—. Pero siempre hay una primera vez para todo.
Capítulo 56
—DANI Alves lleva la pelota y se la pasa a Xavi. Xavi para Iniesta. Andrés regatea a Sergio Ramos
y centra. Controla Messi… Se va de Pepe… Messi, Messi… Chuta y… ¡Gooooool!
Ester se tapa la boca con la mano y pide disculpas en voz baja. Se ha emocionado demasiado. Espera
que la madre de Bruno no la haya oído. ¡Qué vergüenza!
—No imaginaba que supieras jugar tan bien al FIFA —comenta el chico sorprendido.
—Bueno, no lo voy contando por ahí. No me gusta presumir. De todas maneras influye mucho que yo
sea el Barca y tú el Madrid.
Y le guiña un ojo. Después sonríe y arruga la nariz. Bruno, que no está dispuesto a perder en su
propia casa, se pica. ¡Le está ganando en su propia Play!
Saca de centro e intenta marcar el empate por todos los medios. Sin embargo, es Ester quien consigue
el segundo gol por medio de Villa.
—¡Fuera de juego!
—¡Qué va a ser fuera de juego! —vuelve a gritar la chica—. ¡Toma ya! ¡Dos a cero! Força Barça!
—Los árbitros favorecen al Barcelona hasta en los video-juegos.
—¿Qué dices?
—Seguro que esto está programado para eso.
—¡Qué mal perdedor eres! ¡Admite la gran superioridad blaugrana!
—No admito nada.
—Uhhhhhhhh.
Aunque Bruno debe reconocer que le escuece que le esté ganando, le encanta verla así.
Tras el mensaje de Meri que confirmaba lo que él le había contado, Ester estuvo llorando durante
varios minutos. Se sentía fatal por lo que había leído en el WhatsApp.
Bruno, después de hablar con mi padre, hemos decidido que me iré a vivir con él a Barcelona un
tiempo. No es algo fácil de asimilar. No me creo que vaya a separarme de vosotros. Por favor, no se lo
digas a nadie. Mañana en clase hablaré con todos.
Ester habría hecho lo mismo por su padre, pero no por eso le resulta menos doloroso. Su mejor amiga
se marcha a vivir a otra ciudad. Le cuesta asumirlo y le será muy difícil afrontarlo a lo largo de las
próximas semanas.
Bruno trató de animarla, aunque él también estaba afectado. María es la persona que mejor lo ha
tratado en toda su vida, y la única capaz de comprenderlo de verdad. Pero le tocaba ponerse el caparazón
y repeler cualquier sombra de tristeza. Ester necesitaba de su cariño en ese instante, y él estaba dispuesto
a dárselo.
Hablaron un rato del asunto; luego, una taza de chocolate caliente y, más tarde, unas sonrisas entre
ejercicio y ejercicio de Matemáticas. Hasta que se cansaron y ella le propuso echar un Barcelona-Madrid
en la Play Station. La receta perfecta para huir unos minutos de la realidad.
—Atenta, que empieza la remontada.
—Eso no lo verán tus ojos.
—¿Que no? ¡En cinco minutos le doy la vuelta al marcador!
Tenía que demostrarle que tantas horas encerrado en su habitación ganando mundiales habían servido
para algo. Y, esforzándose un poco más de lo previsto, Bruno consigue recortar distancias gracias a un
gol de Benzema. El chico lo celebra apretando el puño y Ester protesta maldiciendo a su defensa.
Pero las cosas iban a ponérsele aún peor. En la jugada siguiente, tras un robo rápido de Ozil, una
galopada de Di Maria termina con un centro desde la derecha que Cristiano Ronaldo remata de cabeza.
Víctor Valdés no consigue detener el balón y el testarazo significa el empate a dos.
—¡Goooooooooool! —grita Bruno mientras mueve la mano como si agitara una bufanda.
—¡Qué suerte tienes!
—¿Suerte? ¡Si ha sido un golazo!
—El único que marca aquí golazos es Messi. Cristiano sólo acierta cuando falla el portero o de
penalti.
—¡Venga ya!
—¿Que no?
—Anda, anda. Saca, que te voy a meter el tercero.
—¡Ni en sueños!
Ester saca de centro y avanza hacia el campo del adversario por medio de Puyol. Pero en ese
momento suena su teléfono. La joven pulsa el «Pause» y detiene el partido. Cuando ve quién la llama, un
gran escalofrío le recorre todo el cuerpo y no sabe si echarse a reír o a llorar. Ya había perdido la
esperanza de que Rodrigo se pusiera en contacto con ella esa tarde. Bruno la observa atentamente. La
expresión de su rostro ha cambiado por completo.
—Hola —contesta algo temerosa tras volverse y darle la espalda a su amigo.
—Hola, ¿te pillo en mal momento?
—No. Espera. —Se da otra vez la vuelta para mirar a Bruno—. ¿Dónde puedo hablar por teléfono sin
molestar a nadie?
—Aquí mismo. —El muchacho se levanta de la silla—. Avísame cuando acabes.
La chica le da las gracias y le pide disculpas. Espera a que Bruno salga del cuarto para retomar la
conversación telefónica.
—Ya.
—¿Dónde estás? Me ha parecido oír la voz de un chico.
—Sí. Es mi amigo Bruno. Estoy en… su casa —responde nerviosa—. Nos hemos venido a estudiar
aquí.
—Desaparezco un día y ya te vas con otro…
—No, no. Es sólo un amigo que…
—Ester. Es una broma —la interrumpe Rodrigo. Y ríe.
La joven aprieta el teléfono con fuerza; siente unas ganas enormes de llorar. Ha acumulado demasiada
tensión durante las últimas horas. Pero no va a derrumbarse otra vez. Se sobrepone y también sonríe.
—¿Has escuchado mi mensaje?
—Sí. Claro que lo he escuchado. Pero necesitaba tiempo para darme cuenta de que me he equivocado
contigo.
—¿De que te has equivocado conmigo en qué sentido?
—En que te he responsabilizado de algo y no debería haberlo hecho. Perdimos porque ellas fueron
mejores.
—Jugué muy mal.
—Bueno, nadie es perfecto —reconoce Rodrigo—. Ayer no me porté bien contigo. Y por eso te pido
perdón.
Ésas son las palabras que Ester deseaba escuchar. Y, ahora sí, no resiste la emoción y un par de
lágrimas caen sobre su pantalón vaquero. Con la mano que no sujeta el teléfono, se seca los ojos. Vuelve
a sonreír.
—Ya pasó todo. Olvidémoslo —termina diciendo con alegría.
—No. Déjame compensarte.
—Rodrigo, no hace falta que me compenses por nada. Mañana en el entrenamiento hablamos y…
—No quiero esperar a mañana. ¿Puedo verte ahora?
—¿Ahora?
—Bueno, dentro de un rato. ¿Te parece bien dentro de una hora en la plaza Mayor?
No puede negarse, está deseando verlo. Sin embargo, le sabe mal irse de repente de casa de Bruno.
Se está portando tan bien con ella…
—Mmm. Vale. —Le extraña que haya elegido un sitio por el que pasa tanta gente para quedar—.
Dentro de una hora nos vemos allí.
—¡Estupendo! Hasta luego, Ester.
—Hasta luego.
Y, tras reproducir el sonido de un beso, Rodrigo cuelga.
No ha sido una llamada muy larga, pero para ella ha supuesto un alivio enorme. No estaba muy segura
de si aquello saldría adelante. La incertidumbre es todavía peor que el rechazo, y no haber tenido
noticias de él durante todas aquellas horas la estaba volviendo loca.
Examina su reloj y se pone de pie. Debe darse prisa. Antes de ir con él quiere pasar por su casa para
cambiarse de ropa. Abre la puerta de la habitación y busca a Bruno en el pasillo principal. Lo ve al
fondo, apoyado contra la pared, pensativo. Es una lástima tener que marcharse así; lo estaba pasando
genial con él.
—Ya he terminado —dice ella sin abandonar por completo el dormitorio.
El joven sonríe y se dirige hacia su cuarto. Durante esos tres o cuatro minutos le ha estado dando
vueltas a quién sería el que la había llamado. Todas las conjeturas lo llevan al mismo punto. Se teme que
su amiga tiene a alguien en su vida del que no le ha hablado.
Los dos entran otra vez en la habitación. Cuando Bruno ve que Ester coge su mochila y se la cuelga a
la espalda, se resigna: el primer plato ha cambiado de mesa.
—¿Te marchas?
—Sí. Lo siento. Me ha surgido algo y tengo que irme.
—¿Sin desempatar?
—Ya vendré a ganarte otro día.
A Bruno su sonrisa no le vale de consuelo. No quiere que se vaya. Además, le fastidia que no sea
clara con él. Que no le cuente por qué motivo tiene que irse. Pero ¿realmente quiere saber la verdad?
¿Sería capaz de soportarla?
—¿Es por un chico? —se atreve a preguntarle echándole valor.
Ester se sopla el flequillo, nerviosa. No es el momento adecuado para contarle lo de Rodrigo. Quizá
nunca lo sea.
—Bruno, tengo que irme. Ya hablaremos.
—Si tienes novio puedes decírmelo.
—¿Novio? ¿Por qué piensas que…?
—¿Lo conozco?
—De verdad… tengo un poco de prisa.
El chico se cruza de brazos, enfadado.
—¿Por qué tanto secreto?
—No tengo ningún secreto.
—Pues lo parece.
La joven suspira. Le sabe mal no explicárselo. Mentirle. No confesarle lo que siente. Pero no está
segura de cuál sería su reacción si le contara que está liada con su entrenador de voleibol.
—Te escribo un mensaje en el WhatsApp cuando llegue a casa —le dice mientras abre la puerta del
cuarto.
Bruno no responde. No le apetece. ¿Está molesto porque no le dice dónde va y con quién o porque
está convencido de que sale con alguien?
Ester, por su parte, se siente mal por marcharse de esa manera. Parece que su amigo se ha enfadado.
Y lo comprende. Él le ha dicho lo de Meri, en cambio ella no es capaz de contarle su secreto. Pero es
que…
Los dos caminan hacia la puerta principal en silencio. La situación se ha vuelto incómoda para
ambos. Sobre todo para la chica, que se lamenta de no acertar con nada de lo que hace últimamente. Ayer
por la mañana enfadó a Rodrigo, por la tarde se equivocó al votar en blanco en la reunión del Club y
ahora Bruno se molesta… Algo falla. ¿Ella? Siente una enorme presión en el pecho. Por mucho que se
esfuerce, no acaba de hacer las cosas bien.
No puede seguir así. No quiere seguir así.
—Es verdad, estoy medio saliendo con alguien —suelta de pronto, antes de salir de la casa.
Oírlo de su boca no es lo mismo que intuirlo. A Bruno le da un vuelco el corazón. La mira a los ojos
y percibe en ella gran nerviosismo. Está claro que le ha costado muchísimo admitirlo.
—¿Quién es? ¿Y por qué no nos lo has dicho?
—Porque… ni siquiera sé qué tengo con él —señala temblorosa.
El joven, entonces, la toma del brazo y la guía fuera del piso hasta el rellano. Encaja la puerta para
que su madre no los oiga. No le gusta la noticia que acaba de recibir, pero, por alguna razón ilógica,
quiere enterarse de quién es el misterioso chico con el que sale Ester.
—Soy tu amigo, puedes contarme lo que sea. Y más si es algo tan importante.
—No se lo digas a nadie, Bruno. Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Y no me juzgues por lo que te voy a contar ahora. Sé que te va a sorprender, pero no te lo tomes
mal, por favor.
Tanto misterio empieza a preocuparlo, pero, al mismo tiempo, le despierta mayor curiosidad.
—Te prometo que no voy a juzgarte, Ester. ¿Cómo voy a hacerlo?
—Porque no sé si… Uff… No sé si lo comprenderás. No sé si debo hablar de esto…
—¿Quién es ese chico del que no puedes hablar?
—Es… mi entrenador.
—¿Cómo?
—Estoy enamorada de Rodrigo, mi entrenador.
La sorpresa ha sido mayor de lo que esperaba. Mucho mayor. ¿Cuántos años le saca? ¿Diez?
¿Quince? ¡Qué hace ese tío con una chica menor de edad!
De la sorpresa, Bruno pasa rápidamente a la indignación. Ese tipo se ha aprovechado de su posición
para llegar al corazón de su amiga. Ester trata de explicarle su historia. Sus sentimientos. Su miedo a que
su romance tenga consecuencias negativas para cualquiera de los dos.
—No puedo creérmelo…
—No sé cómo pasó, pero pasó. Y sé que no es fácil de entender…
—No, no lo es.
—Lo sé. Pero… es que no puedo controlar lo que siento. ¿Nunca te ha pasado que quieres hacer o
sentir una cosa pero terminas haciendo y sintiendo otra? Pues eso me ha ocurrido a mí con Rodrigo. Por
mucho que sepa que lo nuestro es difícil, muy difícil, y que lo mejor sería que no hubiera sucedido o que
no volviera a suceder más, me resulta imposible quitármelo de la cabeza. Y mucho menos… del corazón.
Se le empañan los ojos cuando termina de hablar. Bruno la mira muy confuso. Está experimentando
una inmensa gama de sensaciones, todas contrapuestas. En su interior fluyen tantas emociones que sería
imposible determinar cuál es su estado real en ese instante. Pero le ha prometido dos cosas: que
guardaría su secreto y que no la juzgaría. Y así será. Porque, a pesar del jarro de agua fría que acaba de
recibir, sería incapaz de fallarle a esa chica que tanto significa para él.
Capítulo 57
DESDE que ha regresado a Constanza no ha parado de ir de un lado para otro. Ha fregado, ha limpiado
la barra unas diez veces, ha recogido la cocina… Hasta ha servido los cafés. Su madre está encantada de
verla con tanta energía y vitalidad. Lo que no sabe es que, si hace todo aquello, es por no pensar en que
Raúl y Eli se encontrarán dentro de poco y estarán juntos y solos. Sin embargo, no puede evitar acordarse
de ello.
Ni siquiera los mensajes del chico la tranquilizan.
Aunque no estés, en quien pensaré todo el rato será en ti.
Ése fue el primero; le llegó nada más apagar el ordenador y salir de casa. La conversación que han
mantenido a través del MSN la ha ayudado a calmarse. Se repite constantemente esa palabra: novios.
Suena bien. Nunca ha tenido novio. Y Raúl es el único chico del que ha estado enamorada en su vida.
¿Cuántas chicas pueden decir que su primer novio es la única persona a la que han querido?
Mañana nosotros volveremos a vivir nuestra propia película.
Bonito. Muy bonito. Pero los nervios empiezan a llegar otra vez. No falta mucho para que Eli y él se
vean.
Y, hace apenas cinco minutos, un tercer mensaje en el WhatsApp:
Cuando te sientas débil, piensa en mí; y cuando recuperes tus fuerzas, también piensa en mí.
Celos. Son una mala compañía. Pero ¿es natural tener celos aunque confíe en él y después de que le
haya asegurado que no pasará nada? Imagina que sí, pero no está segura. Tal vez se esté obsesionando
demasiado.
Todo lo que está viviendo es nuevo para Valeria. Jamás ha pasado por situaciones parecidas. A lo
largo de algo más de un año que ha transcurrido desde que descubrió que le gustaba Raúl, no ha sufrido
casi nada por las novias o los líos que él tenía. Lo veía como algo natural. Y, aunque fuera otra la que lo
besara, la que disfrutaba de su compañía más íntima, lo aceptaba. No le quedaba más remedio. Eran
amigos, solamente amigos, y eso era lo más importante.
En cambio, ahora las cosas son distintas. Ella es la protagonista, la de los besos y la que comparte su
intimidad. Y tiene miedo de que se pierda rápidamente lo que le ha costado tanto conseguir. De que él
descubra que le gusta otra y de que esa otra, además, sea su mejor amiga.
Seguramente, no debería preocuparse tanto, pero es que Eli es tan increíble… Cualquier tío se
dejaría arrastrar por sus encantos. Cualquiera menos Raúl, el único que le ha dado calabazas dos veces.
Y habrá una tercera. Tiene que haberla.
—¿Por qué no te tomas un zumo y descansas? —le pregunta su madre mientras llena el cubo de agua
para fregar el suelo del baño.
—Gracias.
La chica resopla y, por una vez, obedece sin discutir. Tiene los labios y la garganta secos. Le deja la
fregona a su madre y camina hacia la barra. Se sienta en un taburete y le pide a la camarera un zumo de
naranja. Romina, amablemente, se lo pone.
Valeria mira el reloj nerviosa. ¿Se habrán encontrado ya?
Dos besos. Los de ella más cariñosos. Los de él mucho más fríos. Ambos han sido puntuales. Elísabet le
explica que ha hablado con Valeria y que le ha dicho que no puede ir. Raúl asiente y disimula, como si no
supiera nada. Está preparado para todo.
Cogen el metro hasta Príncipe Pío y conversan animadamente sobre qué película van a ver. Al final,
se deciden por Tentación en Manhattan. El chico habría elegido otra, pero Eli lo ha convencido.
Van bien de tiempo, así que sacan las entradas y van a comprar palomitas y Coca-Cola.
—Hacía mucho que no venía al cine con un chico —confiesa la joven mientras mete la mano en su
cubo de palomitas.
—Bueno, yo no soy como los chicos con los que sales.
—Eres mejor. Lo reconozco.
—No soy mejor… Bueno, sí lo soy —comenta divertido—. Tampoco es muy difícil superar el nivel.
Pero tú y yo no estamos saliendo.
—Lo sé. Venimos al cine como amigos.
Elísabet sonríe y continúa caminando. Se ha arreglado y pintado para la ocasión. No va demasiado
llamativa, pero sí lo suficiente como para atraer la atención de Raúl. Aunque Eli está deseando que pase
algo entre ellos, esta vez no va a precipitarse. Ni un solo error más.
Llegan a la puerta de la sala 2, donde se proyectará la película. Todavía faltan veinte minutos para
que comience.
—¿Me esperas aquí? —le pregunta Raúl al tiempo que le da su cubo de palomitas a Eli y coloca la
Coca-Cola sobre una maceta—. Tengo que ir un momento al baño.
—Vale.
El joven se despide y se aleja andando de prisa. Cuando está lo suficientemente lejos y Eli no puede
verlo, saca la BlackBerry y marca el número de Valeria.
—¿Raúl?
Valeria ha sentido que el corazón se le aceleraba de golpe al ver que la estaba llamando. Hacía
veinte minutos que le había escrito un mensaje en el WhatsApp, pero él no le había contestado.
Empezaba a volverse loca. Cada treinta segundos miraba la BB. Y el reloj. Una y otra vez. Pero no
había respuesta. Ni una sola palabra que le dijese que también él estaba pensando en ella.
—¡Hola! ¿Cómo estás?
—Bueno… bien.
—Ya estamos en el cine. Perdona que no te haya contestado antes. Hasta ahora no he conseguido
despegarme de Eli.
—No pasa nada.
—Vamos a ver Tentación en Manhattan.
—Bien. La ha elegido ella, ¿verdad?
—Sí. Y no me ha quedado más remedio que aceptar.
—Es muy persuasiva cuando se lo propone.
—Tampoco he opuesto demasiada resistencia.
—¿Dónde está ahora?
—Esperándome. Le he dicho que iba al baño.
—Qué mentiroso.
—Ella me ha mentido antes. Me ha contado que había hablado contigo y que no podías venir. ¿Te lo
puedes creer?
Los dos sonríen. Pero Valeria no está para muchas bromas. En seguida se pone seria de nuevo.
Escucharlo la ha alegrado al principio de la llamada, pero oírlo y no tenerlo cerca la va entristeciendo
poco a poco.
—¿Está guapa?
—¿Eli? Ella siempre está guapa.
—Seguro que se ha puesto preciosa para ti.
—No te creas. Se ha pintado demasiado los ojos.
La chica sabe que a él no le gustan las chicas demasiado maquilladas. Se lo ha oído decir un montón
de veces. Pero seguro que su amiga no lo sabe. No le prestaba atención cuando hablaba, al contrario que
ella. Y es que hace muy poco que Eli se ha encaprichado de Raúl. No merece ser su novia. Ni siquiera
estar allí a solas con él.
—¿A qué hora empieza la peli?
—Dentro de veinte minutos.
—¿Vais a entrar ya en la sala?
—Imagino que sí. Pero no te preocupes, todavía están encendidas las luces.
Miente. Cuando ha echado un vistazo a la sala 2, ya las habían bajado. Apenas se veía. Pero Raúl no
quiere empeorar las cosas. Está seguro de que Valeria está pasándolo mal.
—Pero se apagarán.
—Claro. Y empezará la película. Y habrá gente alrededor. Y tendremos las manos ocupadas con las
palomitas y la Coca-Cola.
—¿Habéis comprado palomitas y Coca-Cola?
—Sí. Es lo que suele hacerse cuando se viene al cine.
—Ya.
Qué mal. A Valeria le encantan las palomitas. Y sobre todo le encanta él. Debería haber ido. Haberle
soltado cualquier excusa a su amiga y estar ahí con ellos. Si Eli quiere ligarse a su chico, que se busque
otra cómplice. Pero ya no hay marcha atrás. Durante dos horas tendrá que soportar la incertidumbre de lo
que esté sucediendo en esa sala de cine.
—Val, tranquila, no pasará nada.
—Bueno… Si tú lo dices.
—No debes preocuparte por nada.
—Eli es la que me preocupa.
—Pues olvídate de ella.
—No es fácil.
—Tú piensa en lo bonitos que han sido estos dos días. Y en que, cuando termine la película,
regresaré a casa tranquilamente y serás tú la que seguirá gustándome.
—Eso espero.
Se le forma un nudo en la garganta. ¿Por qué siente esa angustia? ¡Si se lo está diciendo muy claro! La
que le gusta y la que le seguirá gustando cuando acabe la película es ella.
—¡Buenos días, princesa! —grita de repente Raúl—. ¡He soñado toda la noche contigo! íbamos al
cine y tú llevabas aquel vestido rosa que me gusta tanto. Sólo pienso en ti, princesa. ¡Pienso siempre en
ti!
El fragmento de La vida es bella hace temblar a Valeria; termina por sacarle una sonrisa y también
una lágrima de emoción. Cómo le gustaría estar con él y besarlo una y otra vez. Sin parar, sin dejarle
respirar. Sin embargo, debe conformarse con el recuerdo del sabor de sus labios.
—Vete ya, anda, que Eli va a empezar a sospechar.
—Sí. Pero confía en mí, por favor —le ruega el chico intentando transmitirle la máxima seguridad
posible—. ¿Vale?
—Vale.
—En cuanto pueda, te llamo o te escribo. Recuérdalo. Sólo pienso en ti, princesa. Pienso siempre en
ti.
Y, con una sonrisa salada y llena de dudas, Valeria se despide y cuelga el teléfono. Espera que Raúl
cumpla con lo que le ha dicho y sólo piense en ella de verdad. Porque ella no dejará de pensar en él.
Capítulo 58
PUNTUAL. Ha pasado una hora exacta desde que se despidiera de Rodrigo. A Ester le ha dado tiempo
de ir a casa, cambiarse de ropa y llegar a la Plaza Mayor. Él todavía no ha aparecido.
Está inquieta. Intranquila. La conversación con Bruno es aún demasiado reciente. Su amigo le ha
prometido que no le contará nada a nadie y Ester confía completamente en su palabra. Es un gran chico.
Y, como le dijo hace unos minutos mientras caminaba hacia allí en el mensaje que le había enviado para
agradecerle su apoyo:
Gracias por todo, Bruno. Sé que lo que te he contado es muy fuerte. Ya ves que no soy tan buena
como creías. También tengo mi lado oscuro, si se le puede llamar así. Espero que esto no cambie nuestra
amistad. Nos vemos mañana. Un beso.
Su respuesta no había tardado en llegar:
Tranquila. Nada ha cambiado. Siempre estaré a tu lado para cuando lo necesites. Espero que te lo
pases bien y recuerda que tenemos que desempatar el partido. Hasta mañana. Besos.
Leer sus palabras la ha tranquilizado bastante. Su amistad es muy importante para ella y, si Bruno
hubiera reaccionado de otra manera, le habría afectado mucho. Lo aprecia de verdad. Sin embargo, haber
revelado su secreto le provoca también cierto nerviosismo. Siempre ha oído que la única manera de que
algo no salga a la luz es no contarlo nunca. Si alguien más lo sabe, sea amigo, novio o familiar, todo el
mundo acabará enterándose tarde o temprano.
Desde el medio de la plaza, Ester mira en todas las direcciones. No sabe por dónde aparecerá su
entrenador. Los pocos encuentros que han tenido fuera de los entrenamientos han sido normalmente en
lugares mucho más discretos, en sitios en los que hay menos gente, alejados del centro de Madrid. Podría
decirse que ésa es su primera cita pública. ¿Significará algo?
—Hola, Ester.
Una voz la sorprende por la espalda. Se vuelve rápidamente y observa a un joven con gafas de sol y
una gorra. ¡Es Rodrigo! Nerviosa, no sabe cómo reaccionar. ¿Se lanza a sus brazos? ¿Lo besa? ¿Qué se
supone que debe hacer?
Es él el que toma la iniciativa: se inclina y le da dos besos en las mejillas.
—Hola.
—Perdona el retraso.
—No pasa nada.
—Ven, vamos a un sitio más tranquilo.
La pareja sale de la Plaza Mayor por la calle de los Botones. Bajan por la calle Imperial, donde
escuchan cantar a Luciano Pavarotti. La música proviene de un balcón y está a todo volumen. Rodrigo se
detiene frente a un portal y saca unas llaves del bolsillo de la cazadora. Introduce la más grande en la
cerradura y abre.
—¿De quién es esta casa?
—De un amigo que está fuera. Se marchó ayer a Londres. Me ha dejado encargado de sus plantas.
Los dos suben por una escalera bastante estrecha hasta el primer piso. El joven saca otra llave y abre
una gruesa puerta de madera. El cerrojo hace un ruido desagradable cuando cede. Ester se limpia las
suelas de los zapatos en la alfombrilla de bienvenida y entra en la casa. Rodrigo lo hace detrás de ella.
Es un estudio no muy grande pero bastante luminoso. Está muy bien decorado, con bonitos muebles
rojos, blancos y negros. La chica se queda mirando un cuadro en el que aparece un camino de árboles
visto desde el ojo de una cerradura.
—Mi amigo es pintor —señala el joven al comprobar el interés de la chica por la imagen—. Ése es
suyo. Y aquél también.
Rodrigo señala otro cuadro colgado en la pared de enfrente, junto a una de las ventanas que da a la
calle Imperial. Se trata de una mujer semidesnuda a la que no se le ve el rostro. Está escribiendo en una
hoja, sentada sobre el taburete de un bar.
—Yo no entiendo mucho de pintura.
—Ni yo —dice su entrenador de camino hacia la cocina. Coge una botella de plástico vacía y la llena
de agua—. Este chico se gana la vida así, y está empezando a tener algo de éxito. Precisamente, esta
semana se ha ido a Inglaterra para dar un curso sobre pintura.
Ester le echa un vistazo al resto del piso, pero su interés está completamente centrado en Rodrigo, al
que busca de reojo sin cesar. Se ha quitado la cazadora, la gorra y las gafas de sol, y parece tranquilo.
Como si no hubiese sucedido nada entre ellos. Es una situación extraña. En aquella casa ajena no está del
todo cómoda. ¿A cuántas ex habrá llevado allí para…? Rápidamente, aleja esa idea de su cabeza.
—¿Te ayudo? —le pregunta mientras el joven riega las plantas del único balconcito de la casa.
—No te preocupes. Tú siéntate en el sofá. Puedes poner la tele, si quieres.
La chica accede, se quita la chaqueta que lleva puesta y se sienta, aunque no enciende la televisión.
Tiene la impresión de que lo que tengan que hablar lo discutirán allí. Parece que no la ha llevado a
aquella casa sólo para regar las plantas. Por eso han quedado en la Plaza Mayor, que está justo al lado.
—¿De verdad que no quieres que te ayude?
—No. Ya casi está. Sólo faltan las de las ventanas —comenta al tiempo que se dirige otra vez hacia
la cocina para volver a llenar la botella de agua—. ¿Qué has hecho hoy?
—Poca cosa. He ido al instituto y luego he estado en casa de Bruno estudiando y jugando a la Play.
—Ah. Hace mucho que no juego. ¿Te has divertido?
—Bueno, sí.
—¿A qué habéis jugado?
—Al FIFA.
—Vaya, no sabía de esa afición tuya. ¿Se te da bien?
—Más o menos.
Todo esto es muy raro. Habla con ella como si lo de ayer en el vestuario no hubiera ocurrido nunca.
Antes le ha pedido perdón, y está contenta por ello. Pero ¿no va a decirle nada más? ¿No tenía tantas
ganas de verla?
—Pues yo he tenido un día muy pesado —explica Rodrigo, que está terminando de regar la última
planta que le queda—. He visto el vídeo del partido de ayer. No pudimos hacerlo peor.
—Bueno, ellas eran mejores.
—Sí, pero nosotros no estuvimos a la altura. Fallamos en todo. No llegamos a los bloqueos, no
hicimos daño con el saque, tuvimos muchos fallos en recepción… Un desastre.
El joven acaba de regar y deja la botella en la cocina. Se lava las manos en el fregadero y se las seca
con un trapo que encuentra sobre la encimera.
—Las chicas lo hicieron lo mejor posible.
—No es suficiente.
Y se sienta a su lado. Ester se teme lo peor. Otra regañina por su actuación de ayer. Su entrenador
está obsesionado con el deporte. Nunca deja de pensar en ello. Para él, el voleibol es lo primero. Y lo
segundo.
—Seguro que lo hacen mejor en el próximo.
—¿Lo hacen? ¿Y qué pasa contigo? ¿No juegas con nosotros?
—Ayer me dijiste que sería suplente hasta que…
—Shhhh.
Muy serio, la manda callar. La agarra de las manos y le besa la palma de la izquierda. La joven traga
saliva, nerviosa. Rodrigo trepa por su brazo, acariciándoselo, hasta llegar al hombro. Despacio, se
inclina sobre ella y le da un beso en la mejilla, luego otro junto al labio y uno más en la nariz. El último
busca su boca.
—Espera —dice Ester, que se aparta sin aceptar el beso—. ¿Todo va bien entre nosotros?
—¿No es esto una prueba?
—Entonces, ¿ya no estás enfadado conmigo?
—No.
—¿Seguro? Ayer… me sentí como si no quisieras verme nunca más.
—Es evidente que no es así. Si no, no estarías aquí sentada.
Su sonrisa la hipnotiza. No obstante, tiene sus reservas en cuanto a que todo lo que ha pasado durante
las últimas horas esté olvidado. Rodrigo se muestra muy simpático y agradable; demasiado, quizá. ¿Es
ésa su forma de disculparse?
El chico vuelve a la carga y le coloca una mano sobre el muslo derecho. Baja hasta la rodilla, se la
presiona suavemente, y vuelve a subir.
Ester está cada vez más nerviosa. Rodrigo está muy lanzado.
—Rodrigo…
—Dime.
—Para, anda —le pide cuando nota su otra mano en el abdomen, bajo la camiseta—. Vamos a hablar.
—¿De qué quieres hablar? —pregunta él con un suspiro.
—No lo sé, pero…
—¿No quieres que nos besemos?
—Sí, sí que quiero.
—Entonces ¿qué sucede?
Y después de susurrarle al oído, el joven entrenador insiste en sus caricias. La chica cierra los ojos,
embrujada por sus manos, pero no quiere seguir adelante. No es el momento de dar un paso más.
—Sucede que no estoy preparada para…
—Shhhh.
—Es que no puedo hacerlo.
—Sí que puedes.
—No sigas, por favor.
Pero las manos de Rodrigo no se detienen. Desoyendo la petición de Ester, le desabrocha el botón
del pantalón. A continuación, le baja la cremallera de los vaqueros y acaricia el borde de su ropa
interior.
—Ayer me equivoqué. No debí tratarte así —murmura mientras la rodea por detrás con las manos—.
Con lo bonita y especial que eres para mí…
—Para… Para.
El pantalón de la chica se desliza por sus muslos y aterriza en sus tobillos, junto a los zapatos. Ester
mira hacia abajo y se sonroja. Nunca había dejado que nadie la viera así. Le encanta Rodrigo, está
enamorada de él, pero no está lista para eso. No, no lo está.
—Ya no eres una cría, ¿no?
—Bueno…
—Estás conmigo porque te gusto. Porque me deseas. Y porque yo te deseo a ti.
—Rodrigo… Yo… no puedo hacerlo.
—Estoy seguro de que puedes… y quieres.
Sus labios regresan a los de Ester sin dejar que la chica pronuncie una palabra más. Ella observa
cómo la camiseta del joven vuela hacia el suelo. Sus manos acarician su fuerte torso desnudo.
—No… no pue…
La boca de su entrenador la interrumpe cubriendo la suya. Y el hilo de voz de Ester se pierde en
aquel piso de la calle Imperial.
Capítulo 59
NO falta mucho para que empiece la película. Sin embargo, en la sala no hay demasiada gente. La
mayor parte de las butacas están vacías. Se nota que es lunes por la tarde. Eso alegra a Elísabet. De
cuanta más intimidad dispongan durante la sesión, mucho mejor. La chica, además, desea que Raúl se
termine cuanto antes la Coca-Cola y las palomitas. Así por fin tendrá las manos libres, algo que ayudará
bastante a lo que pase o no pase entre ellos. De momento, se lo está tomando con tranquilidad. No quiere
lanzarse y precipitarse otra vez; se lo ha prometido a sí misma.
—Estás muy callado —le dice ella en voz baja.
—Es que estamos en el cine. Hay que guardar silencio.
—Pero todavía no ha empezado la película.
—Hay gente a la que le gusta ver los anuncios, y no quiero molestarla.
—¿Tú crees que hay alguien que esté atento a la publicidad?
—Más de los que te imaginas.
Eli se estira un poco y echa un vistazo a su alrededor. Entre los que alcanza a ver, a unos metros de
ellos hay una pareja que está besándose, un grupito de chicas que conversa animadamente y otros dos
chicos que teclean algo en sus teléfonos. Pero nadie está mirando hacia la pantalla. Se encoge de
hombros y le da un sorbo a su refresco.
—Nadie está viendo los anuncios.
—Eso es lo que quieren que creas.
—¿Me estás vacilando?
El joven se vuelve hacia ella y se pone el dedo índice en la boca para indicarle que no hable. Luego
sonríe.
—Un poco —comenta mientras coge un puñado de palomitas.
—Mira que eres…
Y lo golpea con la mano abierta en el brazo.
Qué tonto. Aunque, en el fondo, le gusta que se suelte un poco y haga ese upo de bromas absurdas. Ha
estado muy rígido todo el tiempo. En realidad lo comprende. Después de lo que pasó ayer, y también
antes de ayer, es normal.
Por eso debe estar relajada, para que él también lo esté.
—Tal vez nos hayamos sentado demasiado pronto —advierte Raúl al tiempo que suelta el cubo de
palomitas en el asiento libre de al lado.
—¿Qué pasa? ¿Te aburres conmigo?
—No me aburro. Pero es un rollo esperar tanto tiempo. —Se levanta de la butaca—. Espérame un
segundo. Ahora vengo.
—¿Vas al baño otra vez?
—No. A por otra Coca-Cola.
—¿Ya te la has terminado?
—Casi. No quiero quedarme sin nada que beber durante la película.
Y, sin decir más, sale corriendo de la sala ante la atónita mirada de Elísabet. Raúl debe darse mucha
prisa para no impacientarla demasiado. Camina a toda velocidad hacia la tienda donde venden los
refrescos y, entretanto, escribe un mensaje en el WhatsApp.
Val, creo que esto será lo último que te escriba antes de que empiece la película. No puedo llamarte
porque no tengo tiempo. Pero pienso en ti. No lo olvides. Pienso siempre en ti.
Una guapa camarera, castaña y con mechas rubias, ataviada con un delantal de cuadros blancos y
negros, le pone otra Coca-Cola. ¿Guarda cierto parecido con Valeria o son imaginaciones suyas? Está
empezando a obsesionarse.
Raúl coge el refresco, paga y corre de nuevo hacia la sala 2.
Por el camino se sorprende a sí mismo echando mucho de menos a la chica a la que acaba de enviarle
el mensaje. Le encantaría que estuviese allí con él. Que estuvieran los dos solos. Sin más compañía. Sin
embargo, es otra la que lo espera. Elísabet es todo lo que un chico podría desear, pero no es a quien él
desea.
Resopla cuando llega a la puerta de la sala en la que está a punto de comenzar Tentación en
Manhattan. Se detiene y le da un sorbo a su refresco. Desde fuera, oye que ya ha comenzado el primer
tráiler.
Debe entrar.
—¡Raúl! ¡Raúl!
Los gritos provienen de su derecha. Mira hacia allí y se da cuenta de que una muchacha con el
cabello castaño y mechas rubias se acerca corriendo hacia él. Durante un instante, cree que es la
camarera; pero no tarda en descubrir que la que se dirige veloz hacia la puerta de la sala 2 es Valeria.
—Pero ¿qué estás haciendo aquí?
—¿He llegado a tiempo? —pregunta jadeante—. ¿Ha empezado la película?
—No, todavía no.
La chica sonríe, suspira y lo mira a los ojos. ¡Cuánto deseaba volver a verlo! Se acerca a él y lo besa
en los labios. Ambos experimentan una gran explosión de sensaciones. Se separan y vuelven a mirarse.
—¿Eli está dentro?
—Sí. Y debe de estar preguntándose dónde me he metido.
—No esperaba verte justo en la puerta de la sala. Pensaba que tendría que recorrerme todo el cine a
oscuras para encontraros.
—He salido para ir a por una Coca-Cola. Y mandarte un mensaje.
—Anda, ¿sí?
La chica saca su BlackBerry rosa del bolsillo y la examina. Con las prisas, no ha visto lo que Raúl le
había escrito. Lo lee rápidamente y vuelve a guardar el teléfono. Sonríe y lo besa de nuevo.
—Bueno, todavía no me has dicho qué haces aquí. ¿Te quedas con nosotros?
—No lo sé —dice mientras juguetea con la manga de su sudadera—. No podía resistir que Eli y tú
pasarais dos horas solos y a oscuras.
—Ya te dije que no pasaría nada. ¿No confías en mí?
—Claro que confío. Pero… estaba empezando a volverme loca. Así que he cogido un taxi y aquí
estoy.
—¿Has cogido un taxi?
—Sí. No podía llegar a tiempo de otra manera —dice sonriendo—. Necesitaba verte, Raúl.
—¿Y qué le has contado a tu madre?
—Nada. Que estaba cansada y que me iba al cine con vosotros. Me he pasado toda la tarde
trabajando. No ha puesto ninguna pega.
Los dos se cogen de la mano y caminan hacia el banco libre que tienen enfrente. Se sientan y, tras otro
beso, intentan decidir la mejor manera de actuar. La película está a punto de empezar.
—¿Qué hacemos, Val?
—No lo sé. Podemos entrar y ver qué pasa. Sin decirle nada de lo nuestro a Eli.
—Se enfadará contigo por haber venido.
—Lo sé. Pero podría decirle que tú me has insistido. Que me has escrito pidiéndome por favor que
viniera.
—Mmm. Entonces se enfadará con los dos.
—¿Y qué hacemos?
—No sé…
La pareja escucha desde fuera el comienzo de la película. Se quedan en silencio, pensativos. Sin
saber qué opción elegir.
—Lo mejor es que me vuelva a ir y deje que entres solo.
—¿Te vas a ir después de haber venido hasta aquí? ¡Ni hablar!
—Es lo único que se me ocurre. No me ha dado tiempo a pensar en una excusa para justificar el haber
venido en contra de lo que Eli me pidió. Y tampoco podemos contarle lo nuestro, Raúl.
—Ya lo sé.
—No me queda más remedio que irme.
—Pero me sabe fatal que hayas venido y te marches de nuevo. Seguirás comiéndote la cabeza.
—Es lo que hay. —Y sonríe a pesar de que Raúl tiene razón. No podrá dejar de pensar en qué estará
sucediendo entre ambos allí dentro.
—No quiero entrar en esa sala sin ti, Val.
E, inclinándose sobre ella, Raúl la besa dulcemente en los labios. La chica se sonroja y siente lo
mismo que esa mañana mientras estaban escondidos en el baño del instituto: un ferviente ardor difícil de
controlar. Ella se suma con más pasión e intensidad a su dulzura y deja que su lengua serpentee con la de
él. El frenesí con que Valeria se entrega sorprende al joven. Pero, lejos de huir de la insinuante e
inesperada situación, entra en el juego y colabora con el mismo entusiasmo.
Son unos cuantos segundos de deseo, complicidad, desahogo, arrebato y… ¿amor?
El beso termina cuando un empleado del centro pasa a su lado y tose descaradamente a propósito
para llamarles la atención. Los chicos se separan y sonríen.
—Raúl, entra tú en la sala. Yo me voy a casa —dice ella mientras le acaricia la cara; después le da
un sorbo a su Coca-Cola.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Es la mejor solución. Y no necesito más pruebas. Sé que puedo confiar en ti. Así que me marcho
para que puedas entrar a ver la peli.
—¿Estás segura?
—Sí, lo estoy. Completamente.
Y es que, después de ese beso, Valeria comprende que sus celos son una tontería. Ha sido algo
increíble que seguro que continuará más adelante. Además, por mucho que Elísabet pusiera de su parte,
jamás lograría superar lo que acaba de pasar entre Raúl y ella. De eso no le cabe ninguna dud
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