6-8
Capítulo 6
DURANTE el recreo, recorre cabizbajo la parte de atrás del instituto, como cada mañana desde hace
varias semanas. Normalmente, allí no hay nadie a esa hora. Sólo hay árboles viejos que, en los días que
sopla el viento, dejan que éste meza sus ramas. Por eso le gusta ir a esa zona y sentarse solo en la
escalera del pórtico trasero. Suele recostarse sobre sus rodillas y se esfuerza por no pensar en nada.
Aunque es difícil aislarse de todo después de lo que sucedió hace unos meses. Aquel maldito mes de
octubre.
—Oye, tú. ¡Ven aquí!
Raúl mira a un lado y a otro. ¿Lo están llamando a él?
Eso parece. Hoy han invadido su espacio. Y no precisamente gente que le agrade. Se trata de un
grupo formado por cuatro chicos de su clase. Junto a ellos hay una niña con gafas que da la impresión de
sentirse bastante asustada.
—¿No has oído a mi amigo David, rarito? Te ha dicho que vengas.
El chico que interviene ahora es Raimundo Sánchez, el delegado de la clase. No le cae demasiado
bien. Pero es alto, fuerte, rubio y les encanta a todas. Sin embargo, en lo que se refiere a neuronas, anda
un poco justo.
—¿Qué queréis?
—¡Anda! ¡Pero si habla! —grita el que se ha dirigido a él en primer lugar—. Y nosotros que
creíamos que te habías quedado mudo…
—Ven aquí. Queremos que nos ayudes con una cosa —insiste Raimundo.
Raúl no busca problemas con nadie, y menos con esos tipejos, pero sabe que si se acerca a ellos los
tendrá. Sin embargo, ¿qué puede hacer? De todas formas no lo van a dejar tranquilo. Lentamente, camina
hasta donde se encuentran los otros. Cuando llega, observa detenidamente a la niña. Es pelirroja, no muy
guapa, y lleva el pelo cortado como un chico. Cree que se llama María y que va a un curso por debajo de
él.
—¿Qué? —Procura aparentar calma, aunque los nervios lo comen por dentro. Aquello le da mala
espina.
—A ver, chaval. ¿Has besado alguna vez a una chica?
La pregunta del delegado de su clase lo coge totalmente desprevenido. ¿Y eso a qué viene? No
responde de inmediato. La realidad es que, a sus quince años, nunca ha besado a nadie. Tampoco ha
tenido oportunidad de hacerlo, porque hasta el momento no ha salido con nadie.
—Verás. Es que hemos hecho una apuesta —comienza a explicarle un tercer chico, moreno y algo
más bajo que los otros dos, que lleva un pendiente en la oreja izquierda. Se llama Manu y es uno de los
guaperas del curso—. Nosotros tres ya nos hemos enrollado con varias tías. Lo normal. Pero aquí nuestro
amigo Rafa todavía no se ha estrenado.
Y señala con sorna al cuarto miembro del grupo, un chaval gordo y feo, con el pelo rizado.
—¿Y a mí qué me importa? —responde sin comprender lo que pretenden.
—Eh, rarito. No te alteres. ¿O quieres cobrar?
Raúl no reacciona ante la amenaza de Raimundo, que se ha puesto muy serio.
—Bueno. La apuesta consiste… —continúa diciendo Manu— en que Rafa tendrá que hacer cien
abdominales si tú te lías con una tía antes que él.
—Sois unos cabrones —escupe el gordo mientras mueve la cabeza de un lado para otro.
—Y como sabemos que a ti lo que te gustan son los tíos, nos imaginamos que nunca has besado a una
chica.
—No cuentan familiares —apostilla David.
—Aunque tampoco creemos que hayas estado con ningún tío. Vas siempre solo. Seguro que no te
quieren ni tus padres. Eres el marginal del instituto.
Las palabras de aquellos muchachos hieren a Raúl. Le gustan las chicas, no es homosexual. Y si lo
fuera, sería asunto suyo. Lo que más le duele es que aquel estúpido lo haya llamado marginal y se haya
referido a sus padres. ¿No sabe lo que pasó hace cinco meses? ¿O lo ha hecho a propósito?
La pelirroja del pelo corto sí que lo sabe. Se enteró de que aquel chico nuevo del curso siguiente al
suyo perdió a su padre por culpa de un accidente de tráfico. Incluso estuvo varios meses sin ir a clase.
—Sois unos capullos. No os atreváis nunca más a mencionar a mi padre.
—¿Qué te pasa, niñato? No nos hables así.
Raimundo, que es el que parece que tiene más ganas de bronca, lo agarra del jersey y amaga con
golpearlo con el puño cerrado.
—Para, Rai —le ruega el chaval del pendiente mientras aparta el brazo de su amigo.
—Sí, no le pegues o nos quedaremos sin ver al gordo hacer ejercicio —comenta David burlón.
El delegado de clase hace caso a lo que le dicen sus compañeros y suelta a Raúl. Se peina con las
manos el cabello rubio y se apoya en una pared al tiempo que maldice la osadía de aquel marginado por
enfrentarse a él.
—Venga, vamos al grano, que se termina el recreo —sugiere Manuel, que es quien toma ahora la voz
cantante—. Queremos que beses a esta chica. Así Rafa perderá la apuesta y tendrá que pagarla haciendo
abdominales.
—Eso no es justo —señala el aludido.
—¿Cómo que no? No pusiste condiciones, gordo. La apuesta consistía en que tú te enrollarías con una
tía antes que el rarito. ¿No decías que eso estaba chupado?
María y Raúl se miran el uno al otro. En menudo lío los han metido. ¿Y ahora cómo salen de ésta?
—No voy a besarla —repone valiente el chico.
—¿Cómo que no? Por supuesto que sí.
Raimundo se abalanza sobre él y logra inmovilizarlo con la ayuda de Manu, que le sujeta las manos
detrás de la espalda. Por otra parte, David agarra de los hombros a la joven de las gafas y la empuja
hacia Raúl. Está muy asustada. Ella tampoco ha besado nunca a nadie.
—¡Bésala! —grita uno de ellos.
—¡No! ¡Dejadnos en paz!
—¡Bésala y os podréis ir!
—¡Sois unos gilipollas! ¡Olvidaos de nosotros!
Las quejas del muchacho son inútiles. María y él están cada vez más cerca. Sólo es un beso y después
los soltarán. Pero es su primer beso, y no quiere recordarlo de esa manera. Además, aquella chica…
pobre. Le da mucha pena. Está temblando.
¡Cobardes!
—Rarito, dale un beso en la boca ahora mismo a la pelirroja.
—¡No! ¡Soltadnos de una vez!
—Si en realidad os estamos haciendo un favor. Si no es por nosotros, ninguno de los dos os
comeríais una rosca en la vida.
El rostro de Raúl está apenas a unos milímetros del de María. Está tan cerca que siente su respiración
agitada. Una lágrima asoma bajo las lentes de la chica, que no puede soportarlo más. Cierra los ojos y
une sus labios a los del joven. Éste, sorprendido, también los cierra y responde al beso.
—¡Muy bien! ¡Así, así! ¡Comeos toda la boca!
—¡Qué máquina el margi! ¡Y parecía tonto!
Los tres animan a la pareja sin cesar, aullando a gritos y haciendo todo tipo de gestos obscenos. El
momento álgido de sus vítores llega cuando, a petición del rubio, contemplan cómo la lengua de María se
introduce en la boca de Raúl. El chico, obligado por quien le aprieta con fuerza las manos detrás de la
espalda, la imita e introduce también la lengua en la suya.
—¡Sois unos fieras! ¡Esta noche ya quedáis vosotros solitos para culminar lo que habéis empezado!
¡Pero con condón!, ¿eh?
Poco después, la campana que anuncia que el recreo ha terminado pone el punto y final a la escena.
Raimundo y Manu sueltan al joven y David hace lo propio con la chica. Ambos se quedan inmóviles.
Jadeantes. Les cuesta mirarse a los ojos.
—¡Gordo! ¡Al final de la clase te toca pagar la apuesta! —grita el rubio delegado mientras los cuatro
se alejan de allí sin parar de burlarse del chaval de pelo rizado.
María y Raúl los observan hasta que los pierden de vista.
—Lo siento —dice ella con la voz quebrada—. Yo…
—No te preocupes. Tú no tienes la culpa de nada.
El chico intenta sonreír, pero apenas lo consigue.
Aquél ha sido su primer beso. Nunca lo habría imaginado así.
Compungido, se deja caer y se sienta en el suelo. Cruza las piernas y apoya la espalda contra la
pared. María suspira y hace lo mismo adoptando una postura similar.
—¿Quieres que vayamos a contarle al director lo que ha pasado? —pregunta mientras se limpia las
gafas con la manga de la sudadera.
—No. Sólo empeoraría las cosas.
—¿Tú crees?
—Sí.
El ruido de los alumnos regresando a sus aulas les llega desde lo lejos. Es la hora de reiniciar las
clases. No obstante, ninguno de los dos parece tener intención alguna de volver.
—Te llamas Raúl, ¿verdad?
—Sí.
—Yo soy María.
—Lo sé.
La afirmación del chico sorprende a la joven pelirroja, que lo mira algo desconcertada. Pensaba que
en aquel instituto nadie sabía que existía.
—¿Sabes? Nunca había besado a nadie.
—Yo tampoco.
—¿No?
—No.
María sonríe. No es la única, entonces. Ella sólo tiene trece años. Y jamás se ha interesado por
ningún tío. Pero aquél… le cae bien.
—Pues eres guapo.
—No creo.
Quizá exagera. Guapo, lo que se dice guapo, no es. Pero apunta maneras. Es alto, delgado, y tiene la
cara muy finita.
—En el fondo no ha estado mal que hayas sido mi primer beso. Eres mucho mejor que cualquiera a
quien yo pueda aspirar.
Aquel comentario le arranca una sonrisa a Raúl, que examina con curiosidad a aquella jovencita tan
particular.
—No digas tonterías.
—He dicho la verdad —señala convencida—. En cambio, para ti…
—Para mí, ¿qué?
—¡Que menudo marrón! Que yo sea tu primer beso debe de ser algo así como una gran pesadilla.
—Déjalo ya.
—Vale. Pero es la ver…
Y, sin que la pelirroja lo espere, se encuentra con el rostro de aquel chico enfrente del suyo.
Rápidamente, su boca busca la de ella y ambos se funden en un nuevo beso. Éste no ha sido forzado. Es
limpio. Amable. Sencillo. Natural.
De fondo, se oye la voz de un profesor de Matemáticas explicando algo sobre las derivadas, pero
María sólo percibe los latidos de su corazón. Va muy de prisa.
—Espero que a partir de ahora no digas más tonterías como las que me acabas de decir —comenta
Raúl cuando se separan sus labios—. Nadie es más que nadie. Aunque no nos comprendan. No lo
olvides.
Y, tras una bonita sonrisa, se pone de pie y, con las manos en los bolsillos, se aleja de aquel lugar.
María no puede creerse lo que acaba de pasar. ¡La ha besado un chico! Está confusa. ¿Debería
preguntarle si lo ha hecho de verdad o sólo por pena?
No tendría ocasión de hacerlo: Raúl no volvería al instituto en todo lo que quedaba de curso.
Capítulo 7
—¡ES hora de tomar algo! Voy a pedir una copa, ¿qué queréis vosotras?
—Yo… un vodka con naranja.
—Y yo una Coca-Cola. Gracias.
Eli y Raúl miran a Valeria extrañados. Como quien no entiende un chiste.
—Vamos, nena. Estamos aquí, en una superfiesta llena de tíos universitarios, un sábado por la noche,
y ¿te pides una Coca-Cola? ¡Por Dios! ¡Lánzate!
Quizá su amiga tiene razón. Además, necesitará un extra para soportar lo que se le viene encima.
Desde que han entrado en la discoteca, Elísabet no ha parado de intentar llamar la atención de Raúl. Una
mirada seductora, un baile sensual frente a él, un guiñito de ojo… Aunque, de momento, él se ha limitado
a sonreír y no le ha seguido el juego. ¿Cuánto tiempo tardará en caer?
—Otro vodka con naranja para mí.
—¡Muy bien! ¡Marchando!
El chico se aleja hacia la zona de las bebidas. Tienen una hora de barra libre para beber lo que
quieran. Luego, habrá que pagar por cada consumición. Si es que se mantienen en pie.
—¿Has visto eso?
Eli señala a un grupo de jóvenes que están apiñados montando jaleo en una esquina de la discoteca.
Hacen un concurso para ver quién es capaz de tomarse una jarra entera de cerveza de golpe. Aunque
alguno de ellos ya se ha deshecho de la camiseta, todos llevan una gorra de diferentes colores.
—¿Qué pone en sus gorras? No consigo verlo.
—¿No lo ves? ¡Nena, necesitas un oculista!
Valeria hace otro intento por vislumbrar la inscripción impresa en la tela de las gorras de aquellos
chicos. Pero no logra distinguir nada.
—Ni idea. Está muy oscuro.
—¡Tú que ya vas ciega! ¡Y eso que todavía no has bebido nada! ¡Miope!
—¡No soy miope! ¡Tengo la vista perfectamente! —protesta Valeria acalorándose—. ¿Me dices ya
qué es lo que pone?
—Su dirección de Twitter.
—¡Venga ya! ¿De verdad?
—De verdad.
—¡Qué locos!
Aunque es una idea genial para ligar. Tendría que habérsele ocurrido cuando era tan tímida que no
podía cruzar una palabra con ningún chico. Claro que, por aquel entonces, ni siquiera tenía Twitter, y
ahora casi no lo usa.
—¿Te has fijado en el rapado?
—Pues no.
—¡Está buenísimo! ¿De qué facultad será?
—Ni idea.
Ni quiere saberlo. Y no comprende la actitud de su amiga. ¿No le está tirando los tejos a Raúl? ¿A
qué viene ahora lo de interesarse por aquel tío que no conoce de nada y que podría sacarle cinco o seis
años perfectamente?
En ese instante, uno de los chicos de la gorra se da cuenta de que aquellas dos atractivas jovencitas
los están mirando. Muy alterado, exclama algo ininteligible y avisa al resto.
—Nos miran.
—¿Cómo?
—Que nos están mirando.
—No me lo puedo creer —dice Valeria; a continuación, se tapa los ojos con la mano derecha—.
¡Deja de mirarlos tú!
—¡Joder! ¡Vienen hacia nosotras!
—No.
—¡Sí!
—Noooo.
—¡Síííí!
—¿Qué hacemos?
—Conocerlos. ¿Qué si no?
—Ni hablar. ¡Corre!
Valeria agarra a Eli de la mano y tira de ella con todas sus fuerzas. Atraviesan el enjambre de gente
que abarrota la pista de baile y llegan al pasillo donde están los baños de chicas. Entran en el único que
está libre y se encierran dentro.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Estás tonta? —la regaña Elísabet, que no comprende nada.
—Te he salvado la vida. No te quejes.
—¿Qué? Nena, tú desvarías.
—Un montón de tíos borrachos venía como una manada de búfalos hacia nosotras a saber con qué
intenciones. ¿Qué pretendías? ¿Darles tu Twitter?
—Pues no sé, pero igual me habría apuntado el de alguno de ellos. Sobre todo el del rapado, ese que
estaba tan bueno.
—Tú sí que pareces haber bebido.
Pero entonces Elísabet cae en la cuenta de que se han olvidado de algo. De alguien, más bien.
—Hablando de bebidas, hemos dejado tirado a Raúl.
—No creo que se pierda.
—Seguro que está ligando por ahí.
—No creo. Estas chicas son mayores para él.
—¿Desde cuándo le importa eso?
—Venga, no seas paranoica. Seguro que está buscándonos con las tres copas en la mano. Pobrecillo.
Eli resopla y se sienta sobre la tapa del váter. Se coloca las manos en la barbilla y se inclina
levemente sobre sí misma.
—Nena, no veo a Raúl muy receptivo conmigo —confiesa, sorprendiendo a Valeria, que la observa
atentamente.
—¿Por qué dices eso? ¡Si no paráis de tontear!
—Ya. Pero no es suficiente.
—No te entiendo.
—No estoy segura de que quiera algo conmigo. Llevo insinuándome todo el tiempo y nada. Incluso…
le he puesto la mano en el paquete en el metro —dice en voz baja, sonrojándose—. Pero poco, ¿eh? No te
vayas a pensar que… sólo un poquito.
Aquello no tiene nombre. Bueno, sí, ¡acoso! No hay otra forma de llamarlo. Que una chica le ponga la
mano ahí a un chico es… un acto de desesperación total.
—Prefiero no comentar la jugada.
—Mejor.
—Cómo se te ocurre… ahí… y… es que…
—¡No comentes nada! —grita Eli, levantándose. Se cruza de brazos y se apoya contra la pared del
baño—. No le gusto.
—¿Cómo no vas a gustarle?
—Yo qué sé. No le gusto y punto.
—Bueno…
—Lo amo.
—¿Qué dices? ¿Que lo amas?
—Sí. Lo amo. Lo sé. Me voy dando cuenta cada minuto que paso con él. Lo amo, nena.
Esto es de locos. Una situación de lo más surrealista: ellas dos encerradas en el baño de una
discoteca porque una plaga de tíos borrachos sin camiseta las perseguía, y hablando de Raúl, el chico del
que Valeria lleva enamorada tantos y tantos meses en silencio. Pero la conversación no sale por ella, sino
porque su amiga, la tía más buena que conoce, se ha encaprichado de él y dice que lo ama.
—«Amar» es una palabra muy fuerte.
—Y no la diría si no la sintiera.
—Ya.
Los preciosos ojos de Eli, perfectamente pintados, se empañan cuando mira a su amiga. No puede ser.
Suspira y, sonriendo, la abraza.
—Gracias —dice la chica morena cuando se separan—. Lo necesitaba.
—De nada. Para eso estamos.
—No sé qué haría sin una amiga como tú.
—Te comprarías un perrito.
—Tonta.
Y, tras darle una palmada en la falda vaquera, hace un gesto para invitarla a salir de aquel cubículo.
—Vale. Pero, si ves a los de la gorra, ni los mires. ¿De acuerdo?
—Parecían majos.
—¿De acuerdo?
—Vaaaaaale. De acuerdo.
—Bien. Vamos, entonces.
Después de echar una ojeada para cerciorarse de que los chicos de las gorras no andan cerca, Eli y
Valeria salen del cuarto de baño de chicas.
De aquellos tipos no volverán a saber nada en toda la noche. Sin embargo, cerca de ellas, junto a una
de las barras de la discoteca, alguien no ha perdido el tiempo.
Capítulo 8
LOS tres amigos caminan hacia el metro de Moncloa. Su salida de marcha de aquel sábado por la noche
ha sido más corta de lo esperado. Pero pagar veinte euros por entrar en una fiesta en la que ni siquiera
conocían a nadie era excesivo. Sobre todo para Ester, que no llevaba más dinero.
—¿Queréis que entremos? —pregunta la morena con flequillo mientras señala el McDonald’s de la
esquina—. No he cenado y, ya que no nos hemos gastado los diez euros, podríamos aprovechar para
comer algo. ¿Qué os parece?
Bruno y María se miran. Es temprano todavía. Una buena hamburguesa les servirá de consuelo por el
viaje en balde que han hecho hasta allí. Además, es muy difícil decirle que no a aquella encantadora
muchacha.
—Vale.
—Por mí también.
El trío entra en el establecimiento. Hay tanta gente que las cajas están saturadas. Les toca esperar en
una de las colas que se ha formado para pedir. Quince minutos más tarde, les llega su turno. Cada uno
elige un menú con hamburguesa, patatas y refresco. Una vez que están servidos, suben con las bandejas a
la planta de arriba.
—Hace calor aquí —comenta Ester. Se quita la chaqueta y deja ver su precioso vestido blanco de
cumpleaños.
Su amigo se sonroja cuando se fija en su escote y aparta la vista rápidamente hacia otro lado.
Tropieza con las lentillas verdes de María, que se ha dado cuenta de todo, pero, en lugar de recriminarle,
sonríe y toma asiento. La otra chica se acomoda a su lado y, enfrente, se coloca Bruno.
Durante un par de minutos, ninguno dice nada. Comen en silencio e intercambian alguna que otra
sonrisa.
—Chicos. Muchas gracias por todo. De verdad —dice Ester, que sostiene una Big Mac con ambas
manos—. Y siento que por mi culpa no hayáis podido quedaros en la discoteca.
María bebe un trago de su botella de agua y sonríe a su amiga.
—Prefiero estar aquí contigo que en esa estúpida fiesta.
—Lo mismo digo —añade Bruno, masticando una patata—. No hay punto de comparación.
—Es cierto. Ni punto de comparación.
De fondo suena Qué hace una chica como tú en un sitio como éste, de Loquillo, pero en una versión
más actual.
Ester sonríe y le da un beso en la mejilla a María. Se siente muy afortunada de tener aquellos amigos.
Ellos dos saben los problemas económicos por los que está pasando su familia. Y es que la crisis les ha
afectado de lleno. Hace dos meses que su padre está sin trabajo. Aun así, la sonrisa es lo último que está
dispuesta a perder.
—Me alegro de pasar esta noche con vosotros. Sois los mejores. —Y da un gran mordisco a su
hamburguesa.
Bruno la observa de reojo. Le encanta. Nunca ha conocido a nadie como ella. A pesar de haberse
propuesto olvidarla infinidad de veces, no lo ha conseguido. Y eso que aquel día, hace ya casi un año, se
prometió a sí mismo que no derramaría ni una lágrima más por Ester.
Recuerda perfectamente los nervios que lo atenazaban sentado en aquel banco con el sobre de su
declaración de amor en las manos y, dentro, la respuesta de la chica que le había robado el corazón.
¿Habría señalado su nombre con una cruz?
Respiró profundamente y, sin escudo para el posible rechazo, contempló muerto de miedo la lista que
él mismo había confeccionado.
—¿Qué? ¡No puede ser!
Su exclamación en voz alta llamó la atención de una pareja de ancianos que pasaba por delante de él.
Otro pobre loco que hablaba solo.
¡Aquella chica había marcado todos los nombres de la lista! ¡Los veinte! ¿Eso significaba que estaba
dispuesta a salir con cualquiera que se lo pidiera?
Imposible. Bruno no salía de su asombro. Pero aquello no era todo, había más: un pequeño papel
doblado que Ester había metido dentro del sobre. El chico lo desplegó temblando y leyó en silencio lo
que decía.
Me siento muy halagada. Gracias. Y prefiero señalar a todos que a ninguno, porque seguro que todos
son estupendos y quién sabe qué podría pasar en el futuro. Pero mi corazón ahora mismo tiene dueño
y no está en esta lista. Muchas gracias y lo siento.
Su corazón tenía dueño…
Guardó el papelito, junto con su carta, otra vez en el sobre y, triste, caminó hacia su casa. Se encerró
en su habitación y lloró como nunca antes lo había hecho. Sin embargo, cuando se le secaron los ojos,
juró y perjuró que jamás volvería a pasarle algo así. Encendió la Play Station y, con la selección
española de fútbol bajo su mando, se propuso ganar el Mundial de Sudáfrica.
—¿Os parece que a Eli le gusta Raúl?
María casi se atraganta con la hamburguesa al escuchar la pregunta de su amiga. Bruno también
imaginaba algo así.
—¿Por qué dices eso?
—No sé, pero hoy he tenido esa impresión. Estaban todo el rato tonteando.
—Así es Elísabet —repone la pelirroja.
—Y a Raúl también le gustan demasiado las chicas. Ha tenido cuatro norias en lo que llevamos de
año. ¿No?
Los tres hacen cuentas y repasan mentalmente. Sí, son cuatro: Cristina, Miriam, Diana y Beatriz. Con
ninguna terminó bien.
—Pero ¿no resultaría extraño que alguno de nosotros saliera con otro del grupo? —pregunta Ester
después de darle un sorbo a su Coca-Cola.
Bruno y María no responden. Para ellos no sería raro. Sería un sueño. Sin embargo, los dos saben que
ese sueño está lejos de hacerse realidad.
—Una relación entre Raúl y Elísabet sería una bomba —comenta el chico buscando otro camino para
la conversación—. Pero no me extrañaría nada.
—Se pasarían el día discutiendo.
—Seguro.
—Pero harían buena pareja —asegura Ester—. Y si se casaran nosotras seríamos las damas de honor
y tú el padrino, Bruno.
Una tímida sonrisa asoma al rostro del chico. ¿Por qué tiene que ser tan… tan… increíble?
—Me niego a ponerme chaqueta y corbata.
—Pues estarías muy mono —comenta María al tiempo que le quita una patata.
—Monísimo.
—Va, Bruno. A todas nos gustaría verte vestido con chaqueta y corbata algún día. ¿A que sí, Meri?
—Por supuesto.
—El día de mi funeral.
—¡Qué bruto eres!
Y, tras propinarle una patada por debajo de la mesa, María le sonríe amablemente. Siempre ha sido
su favorito. El incomprendido más incomprendido de todos. Pero ella jamás le dará de lado. Aunque esté
enamoradísimo de Ester y nunca haya sido capaz de contárselo. Respeta su silencio. Porque ella también
tiene algo guardado solo y exclusivamente para sí misma.
Sí, ella sabe su secreto. Y es que sólo Bruno sería capaz de enviar ese tipo de carta a la chica a la
que quiere.
Además, su letra es inconfundible.
—¿Qué hago, Meri? ¡Estoy fatal!
—Uff No lo sé.
—Le haré daño. Y no quiero. Es mi amigo, se ha portado genial conmigo desde que llegué y no
soporto que sufra por mí.
—Te entiendo.
—¿Estás segura de que es su letra?
—Completamente segura.
Cuando María recibió la llamada de Ester para que fuera a su casa urgentemente, nunca imaginó que
le enseñaría aquella particular declaración de amor. A través de sus lentes comprobó cómo su amigo por
fin había dado el paso que ella sospechaba que algún día daría. Lo conocía bien. Pero lo había hecho a su
manera.
—Joder. Me siento fatal. Pero es que a mí…
—A ti no te gusta.
—No.
Se notaba en sus ojos la culpabilidad por no sentir nada hacia aquel chaval bajito y entrañable.
—Tienes que ser sincera con él.
—Lo sé. Pero no es sencillo.
Las dos chicas reflexionan durante un instante en silencio. La pelirroja coge la carta y la vuelve a
leer. Cuando termina, piensa un segundo. Algo se le ha ocurrido.
—Puede que tenga la solución. Le harás daño, pero menos.
—¿Sí? ¡Cuéntame!
Ester está expectante. No es la primera vez que alguien se le declara, pero sí la primera vez que es
alguien a quien aprecia de verdad como a un amigo.
—Vas a señalar a todos los chicos de la lista.
—¿Qué? ¿Cómo voy a hacer eso? ¡Si no es verdad!
—Así no lo excluirás, pero tampoco le dirás que quieres algo con él.
—Si pongo una cruz en su nombre será peor. Aunque lo haga con todos. Le daré esperanzas.
—No he terminado —añade María mientras se dirige hacia el escritorio de la habitación de su amiga.
Coge un folio y lo dobla. Luego, con unas tijeras, lo corta por la mitad y se lo muestra—. Aquí escribirás
una nota.
—¿Una nota?
—Sí, explicándole que te sientes halagada, que nadie sabe qué pasará en un futuro, pero que ahora
mismo tu corazón pertenece a alguien que no está en esta lista.
—¿A quién?
—Yo qué sé. Qué más da. Tú dile eso. Así no se sentirá tan mal.
—Le romperé el corazón, Meri.
—Eso es inevitable —comenta moviendo la cabeza de un lado para otro—. Pero es el mal menor. Y
no lo excluyes del resto.
—Jo. Qué mal.
—No te preocupes, se le pasará.
Y se le pasó. O intentó que se le pasara. Tomó medidas para ello. Desde aquel día, Bruno trató de
evitar a Ester, de no acercarse demasiado a ella. Intentó olvidarla. Pero ambos formaban parte del Club
de los Incomprendidos y pasaban mucho tiempo juntos. Y, aunque se hizo el insensible, se encerró en su
cuarto todo lo que pudo y se autoconvenció de que su amor era imposible. A veces seguía sufriendo por
no poseer el corazón de aquella morena encantadora con flequillo en forma de cortinilla.
DURANTE el recreo, recorre cabizbajo la parte de atrás del instituto, como cada mañana desde hace
varias semanas. Normalmente, allí no hay nadie a esa hora. Sólo hay árboles viejos que, en los días que
sopla el viento, dejan que éste meza sus ramas. Por eso le gusta ir a esa zona y sentarse solo en la
escalera del pórtico trasero. Suele recostarse sobre sus rodillas y se esfuerza por no pensar en nada.
Aunque es difícil aislarse de todo después de lo que sucedió hace unos meses. Aquel maldito mes de
octubre.
—Oye, tú. ¡Ven aquí!
Raúl mira a un lado y a otro. ¿Lo están llamando a él?
Eso parece. Hoy han invadido su espacio. Y no precisamente gente que le agrade. Se trata de un
grupo formado por cuatro chicos de su clase. Junto a ellos hay una niña con gafas que da la impresión de
sentirse bastante asustada.
—¿No has oído a mi amigo David, rarito? Te ha dicho que vengas.
El chico que interviene ahora es Raimundo Sánchez, el delegado de la clase. No le cae demasiado
bien. Pero es alto, fuerte, rubio y les encanta a todas. Sin embargo, en lo que se refiere a neuronas, anda
un poco justo.
—¿Qué queréis?
—¡Anda! ¡Pero si habla! —grita el que se ha dirigido a él en primer lugar—. Y nosotros que
creíamos que te habías quedado mudo…
—Ven aquí. Queremos que nos ayudes con una cosa —insiste Raimundo.
Raúl no busca problemas con nadie, y menos con esos tipejos, pero sabe que si se acerca a ellos los
tendrá. Sin embargo, ¿qué puede hacer? De todas formas no lo van a dejar tranquilo. Lentamente, camina
hasta donde se encuentran los otros. Cuando llega, observa detenidamente a la niña. Es pelirroja, no muy
guapa, y lleva el pelo cortado como un chico. Cree que se llama María y que va a un curso por debajo de
él.
—¿Qué? —Procura aparentar calma, aunque los nervios lo comen por dentro. Aquello le da mala
espina.
—A ver, chaval. ¿Has besado alguna vez a una chica?
La pregunta del delegado de su clase lo coge totalmente desprevenido. ¿Y eso a qué viene? No
responde de inmediato. La realidad es que, a sus quince años, nunca ha besado a nadie. Tampoco ha
tenido oportunidad de hacerlo, porque hasta el momento no ha salido con nadie.
—Verás. Es que hemos hecho una apuesta —comienza a explicarle un tercer chico, moreno y algo
más bajo que los otros dos, que lleva un pendiente en la oreja izquierda. Se llama Manu y es uno de los
guaperas del curso—. Nosotros tres ya nos hemos enrollado con varias tías. Lo normal. Pero aquí nuestro
amigo Rafa todavía no se ha estrenado.
Y señala con sorna al cuarto miembro del grupo, un chaval gordo y feo, con el pelo rizado.
—¿Y a mí qué me importa? —responde sin comprender lo que pretenden.
—Eh, rarito. No te alteres. ¿O quieres cobrar?
Raúl no reacciona ante la amenaza de Raimundo, que se ha puesto muy serio.
—Bueno. La apuesta consiste… —continúa diciendo Manu— en que Rafa tendrá que hacer cien
abdominales si tú te lías con una tía antes que él.
—Sois unos cabrones —escupe el gordo mientras mueve la cabeza de un lado para otro.
—Y como sabemos que a ti lo que te gustan son los tíos, nos imaginamos que nunca has besado a una
chica.
—No cuentan familiares —apostilla David.
—Aunque tampoco creemos que hayas estado con ningún tío. Vas siempre solo. Seguro que no te
quieren ni tus padres. Eres el marginal del instituto.
Las palabras de aquellos muchachos hieren a Raúl. Le gustan las chicas, no es homosexual. Y si lo
fuera, sería asunto suyo. Lo que más le duele es que aquel estúpido lo haya llamado marginal y se haya
referido a sus padres. ¿No sabe lo que pasó hace cinco meses? ¿O lo ha hecho a propósito?
La pelirroja del pelo corto sí que lo sabe. Se enteró de que aquel chico nuevo del curso siguiente al
suyo perdió a su padre por culpa de un accidente de tráfico. Incluso estuvo varios meses sin ir a clase.
—Sois unos capullos. No os atreváis nunca más a mencionar a mi padre.
—¿Qué te pasa, niñato? No nos hables así.
Raimundo, que es el que parece que tiene más ganas de bronca, lo agarra del jersey y amaga con
golpearlo con el puño cerrado.
—Para, Rai —le ruega el chaval del pendiente mientras aparta el brazo de su amigo.
—Sí, no le pegues o nos quedaremos sin ver al gordo hacer ejercicio —comenta David burlón.
El delegado de clase hace caso a lo que le dicen sus compañeros y suelta a Raúl. Se peina con las
manos el cabello rubio y se apoya en una pared al tiempo que maldice la osadía de aquel marginado por
enfrentarse a él.
—Venga, vamos al grano, que se termina el recreo —sugiere Manuel, que es quien toma ahora la voz
cantante—. Queremos que beses a esta chica. Así Rafa perderá la apuesta y tendrá que pagarla haciendo
abdominales.
—Eso no es justo —señala el aludido.
—¿Cómo que no? No pusiste condiciones, gordo. La apuesta consistía en que tú te enrollarías con una
tía antes que el rarito. ¿No decías que eso estaba chupado?
María y Raúl se miran el uno al otro. En menudo lío los han metido. ¿Y ahora cómo salen de ésta?
—No voy a besarla —repone valiente el chico.
—¿Cómo que no? Por supuesto que sí.
Raimundo se abalanza sobre él y logra inmovilizarlo con la ayuda de Manu, que le sujeta las manos
detrás de la espalda. Por otra parte, David agarra de los hombros a la joven de las gafas y la empuja
hacia Raúl. Está muy asustada. Ella tampoco ha besado nunca a nadie.
—¡Bésala! —grita uno de ellos.
—¡No! ¡Dejadnos en paz!
—¡Bésala y os podréis ir!
—¡Sois unos gilipollas! ¡Olvidaos de nosotros!
Las quejas del muchacho son inútiles. María y él están cada vez más cerca. Sólo es un beso y después
los soltarán. Pero es su primer beso, y no quiere recordarlo de esa manera. Además, aquella chica…
pobre. Le da mucha pena. Está temblando.
¡Cobardes!
—Rarito, dale un beso en la boca ahora mismo a la pelirroja.
—¡No! ¡Soltadnos de una vez!
—Si en realidad os estamos haciendo un favor. Si no es por nosotros, ninguno de los dos os
comeríais una rosca en la vida.
El rostro de Raúl está apenas a unos milímetros del de María. Está tan cerca que siente su respiración
agitada. Una lágrima asoma bajo las lentes de la chica, que no puede soportarlo más. Cierra los ojos y
une sus labios a los del joven. Éste, sorprendido, también los cierra y responde al beso.
—¡Muy bien! ¡Así, así! ¡Comeos toda la boca!
—¡Qué máquina el margi! ¡Y parecía tonto!
Los tres animan a la pareja sin cesar, aullando a gritos y haciendo todo tipo de gestos obscenos. El
momento álgido de sus vítores llega cuando, a petición del rubio, contemplan cómo la lengua de María se
introduce en la boca de Raúl. El chico, obligado por quien le aprieta con fuerza las manos detrás de la
espalda, la imita e introduce también la lengua en la suya.
—¡Sois unos fieras! ¡Esta noche ya quedáis vosotros solitos para culminar lo que habéis empezado!
¡Pero con condón!, ¿eh?
Poco después, la campana que anuncia que el recreo ha terminado pone el punto y final a la escena.
Raimundo y Manu sueltan al joven y David hace lo propio con la chica. Ambos se quedan inmóviles.
Jadeantes. Les cuesta mirarse a los ojos.
—¡Gordo! ¡Al final de la clase te toca pagar la apuesta! —grita el rubio delegado mientras los cuatro
se alejan de allí sin parar de burlarse del chaval de pelo rizado.
María y Raúl los observan hasta que los pierden de vista.
—Lo siento —dice ella con la voz quebrada—. Yo…
—No te preocupes. Tú no tienes la culpa de nada.
El chico intenta sonreír, pero apenas lo consigue.
Aquél ha sido su primer beso. Nunca lo habría imaginado así.
Compungido, se deja caer y se sienta en el suelo. Cruza las piernas y apoya la espalda contra la
pared. María suspira y hace lo mismo adoptando una postura similar.
—¿Quieres que vayamos a contarle al director lo que ha pasado? —pregunta mientras se limpia las
gafas con la manga de la sudadera.
—No. Sólo empeoraría las cosas.
—¿Tú crees?
—Sí.
El ruido de los alumnos regresando a sus aulas les llega desde lo lejos. Es la hora de reiniciar las
clases. No obstante, ninguno de los dos parece tener intención alguna de volver.
—Te llamas Raúl, ¿verdad?
—Sí.
—Yo soy María.
—Lo sé.
La afirmación del chico sorprende a la joven pelirroja, que lo mira algo desconcertada. Pensaba que
en aquel instituto nadie sabía que existía.
—¿Sabes? Nunca había besado a nadie.
—Yo tampoco.
—¿No?
—No.
María sonríe. No es la única, entonces. Ella sólo tiene trece años. Y jamás se ha interesado por
ningún tío. Pero aquél… le cae bien.
—Pues eres guapo.
—No creo.
Quizá exagera. Guapo, lo que se dice guapo, no es. Pero apunta maneras. Es alto, delgado, y tiene la
cara muy finita.
—En el fondo no ha estado mal que hayas sido mi primer beso. Eres mucho mejor que cualquiera a
quien yo pueda aspirar.
Aquel comentario le arranca una sonrisa a Raúl, que examina con curiosidad a aquella jovencita tan
particular.
—No digas tonterías.
—He dicho la verdad —señala convencida—. En cambio, para ti…
—Para mí, ¿qué?
—¡Que menudo marrón! Que yo sea tu primer beso debe de ser algo así como una gran pesadilla.
—Déjalo ya.
—Vale. Pero es la ver…
Y, sin que la pelirroja lo espere, se encuentra con el rostro de aquel chico enfrente del suyo.
Rápidamente, su boca busca la de ella y ambos se funden en un nuevo beso. Éste no ha sido forzado. Es
limpio. Amable. Sencillo. Natural.
De fondo, se oye la voz de un profesor de Matemáticas explicando algo sobre las derivadas, pero
María sólo percibe los latidos de su corazón. Va muy de prisa.
—Espero que a partir de ahora no digas más tonterías como las que me acabas de decir —comenta
Raúl cuando se separan sus labios—. Nadie es más que nadie. Aunque no nos comprendan. No lo
olvides.
Y, tras una bonita sonrisa, se pone de pie y, con las manos en los bolsillos, se aleja de aquel lugar.
María no puede creerse lo que acaba de pasar. ¡La ha besado un chico! Está confusa. ¿Debería
preguntarle si lo ha hecho de verdad o sólo por pena?
No tendría ocasión de hacerlo: Raúl no volvería al instituto en todo lo que quedaba de curso.
Capítulo 7
—¡ES hora de tomar algo! Voy a pedir una copa, ¿qué queréis vosotras?
—Yo… un vodka con naranja.
—Y yo una Coca-Cola. Gracias.
Eli y Raúl miran a Valeria extrañados. Como quien no entiende un chiste.
—Vamos, nena. Estamos aquí, en una superfiesta llena de tíos universitarios, un sábado por la noche,
y ¿te pides una Coca-Cola? ¡Por Dios! ¡Lánzate!
Quizá su amiga tiene razón. Además, necesitará un extra para soportar lo que se le viene encima.
Desde que han entrado en la discoteca, Elísabet no ha parado de intentar llamar la atención de Raúl. Una
mirada seductora, un baile sensual frente a él, un guiñito de ojo… Aunque, de momento, él se ha limitado
a sonreír y no le ha seguido el juego. ¿Cuánto tiempo tardará en caer?
—Otro vodka con naranja para mí.
—¡Muy bien! ¡Marchando!
El chico se aleja hacia la zona de las bebidas. Tienen una hora de barra libre para beber lo que
quieran. Luego, habrá que pagar por cada consumición. Si es que se mantienen en pie.
—¿Has visto eso?
Eli señala a un grupo de jóvenes que están apiñados montando jaleo en una esquina de la discoteca.
Hacen un concurso para ver quién es capaz de tomarse una jarra entera de cerveza de golpe. Aunque
alguno de ellos ya se ha deshecho de la camiseta, todos llevan una gorra de diferentes colores.
—¿Qué pone en sus gorras? No consigo verlo.
—¿No lo ves? ¡Nena, necesitas un oculista!
Valeria hace otro intento por vislumbrar la inscripción impresa en la tela de las gorras de aquellos
chicos. Pero no logra distinguir nada.
—Ni idea. Está muy oscuro.
—¡Tú que ya vas ciega! ¡Y eso que todavía no has bebido nada! ¡Miope!
—¡No soy miope! ¡Tengo la vista perfectamente! —protesta Valeria acalorándose—. ¿Me dices ya
qué es lo que pone?
—Su dirección de Twitter.
—¡Venga ya! ¿De verdad?
—De verdad.
—¡Qué locos!
Aunque es una idea genial para ligar. Tendría que habérsele ocurrido cuando era tan tímida que no
podía cruzar una palabra con ningún chico. Claro que, por aquel entonces, ni siquiera tenía Twitter, y
ahora casi no lo usa.
—¿Te has fijado en el rapado?
—Pues no.
—¡Está buenísimo! ¿De qué facultad será?
—Ni idea.
Ni quiere saberlo. Y no comprende la actitud de su amiga. ¿No le está tirando los tejos a Raúl? ¿A
qué viene ahora lo de interesarse por aquel tío que no conoce de nada y que podría sacarle cinco o seis
años perfectamente?
En ese instante, uno de los chicos de la gorra se da cuenta de que aquellas dos atractivas jovencitas
los están mirando. Muy alterado, exclama algo ininteligible y avisa al resto.
—Nos miran.
—¿Cómo?
—Que nos están mirando.
—No me lo puedo creer —dice Valeria; a continuación, se tapa los ojos con la mano derecha—.
¡Deja de mirarlos tú!
—¡Joder! ¡Vienen hacia nosotras!
—No.
—¡Sí!
—Noooo.
—¡Síííí!
—¿Qué hacemos?
—Conocerlos. ¿Qué si no?
—Ni hablar. ¡Corre!
Valeria agarra a Eli de la mano y tira de ella con todas sus fuerzas. Atraviesan el enjambre de gente
que abarrota la pista de baile y llegan al pasillo donde están los baños de chicas. Entran en el único que
está libre y se encierran dentro.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Estás tonta? —la regaña Elísabet, que no comprende nada.
—Te he salvado la vida. No te quejes.
—¿Qué? Nena, tú desvarías.
—Un montón de tíos borrachos venía como una manada de búfalos hacia nosotras a saber con qué
intenciones. ¿Qué pretendías? ¿Darles tu Twitter?
—Pues no sé, pero igual me habría apuntado el de alguno de ellos. Sobre todo el del rapado, ese que
estaba tan bueno.
—Tú sí que pareces haber bebido.
Pero entonces Elísabet cae en la cuenta de que se han olvidado de algo. De alguien, más bien.
—Hablando de bebidas, hemos dejado tirado a Raúl.
—No creo que se pierda.
—Seguro que está ligando por ahí.
—No creo. Estas chicas son mayores para él.
—¿Desde cuándo le importa eso?
—Venga, no seas paranoica. Seguro que está buscándonos con las tres copas en la mano. Pobrecillo.
Eli resopla y se sienta sobre la tapa del váter. Se coloca las manos en la barbilla y se inclina
levemente sobre sí misma.
—Nena, no veo a Raúl muy receptivo conmigo —confiesa, sorprendiendo a Valeria, que la observa
atentamente.
—¿Por qué dices eso? ¡Si no paráis de tontear!
—Ya. Pero no es suficiente.
—No te entiendo.
—No estoy segura de que quiera algo conmigo. Llevo insinuándome todo el tiempo y nada. Incluso…
le he puesto la mano en el paquete en el metro —dice en voz baja, sonrojándose—. Pero poco, ¿eh? No te
vayas a pensar que… sólo un poquito.
Aquello no tiene nombre. Bueno, sí, ¡acoso! No hay otra forma de llamarlo. Que una chica le ponga la
mano ahí a un chico es… un acto de desesperación total.
—Prefiero no comentar la jugada.
—Mejor.
—Cómo se te ocurre… ahí… y… es que…
—¡No comentes nada! —grita Eli, levantándose. Se cruza de brazos y se apoya contra la pared del
baño—. No le gusto.
—¿Cómo no vas a gustarle?
—Yo qué sé. No le gusto y punto.
—Bueno…
—Lo amo.
—¿Qué dices? ¿Que lo amas?
—Sí. Lo amo. Lo sé. Me voy dando cuenta cada minuto que paso con él. Lo amo, nena.
Esto es de locos. Una situación de lo más surrealista: ellas dos encerradas en el baño de una
discoteca porque una plaga de tíos borrachos sin camiseta las perseguía, y hablando de Raúl, el chico del
que Valeria lleva enamorada tantos y tantos meses en silencio. Pero la conversación no sale por ella, sino
porque su amiga, la tía más buena que conoce, se ha encaprichado de él y dice que lo ama.
—«Amar» es una palabra muy fuerte.
—Y no la diría si no la sintiera.
—Ya.
Los preciosos ojos de Eli, perfectamente pintados, se empañan cuando mira a su amiga. No puede ser.
Suspira y, sonriendo, la abraza.
—Gracias —dice la chica morena cuando se separan—. Lo necesitaba.
—De nada. Para eso estamos.
—No sé qué haría sin una amiga como tú.
—Te comprarías un perrito.
—Tonta.
Y, tras darle una palmada en la falda vaquera, hace un gesto para invitarla a salir de aquel cubículo.
—Vale. Pero, si ves a los de la gorra, ni los mires. ¿De acuerdo?
—Parecían majos.
—¿De acuerdo?
—Vaaaaaale. De acuerdo.
—Bien. Vamos, entonces.
Después de echar una ojeada para cerciorarse de que los chicos de las gorras no andan cerca, Eli y
Valeria salen del cuarto de baño de chicas.
De aquellos tipos no volverán a saber nada en toda la noche. Sin embargo, cerca de ellas, junto a una
de las barras de la discoteca, alguien no ha perdido el tiempo.
Capítulo 8
LOS tres amigos caminan hacia el metro de Moncloa. Su salida de marcha de aquel sábado por la noche
ha sido más corta de lo esperado. Pero pagar veinte euros por entrar en una fiesta en la que ni siquiera
conocían a nadie era excesivo. Sobre todo para Ester, que no llevaba más dinero.
—¿Queréis que entremos? —pregunta la morena con flequillo mientras señala el McDonald’s de la
esquina—. No he cenado y, ya que no nos hemos gastado los diez euros, podríamos aprovechar para
comer algo. ¿Qué os parece?
Bruno y María se miran. Es temprano todavía. Una buena hamburguesa les servirá de consuelo por el
viaje en balde que han hecho hasta allí. Además, es muy difícil decirle que no a aquella encantadora
muchacha.
—Vale.
—Por mí también.
El trío entra en el establecimiento. Hay tanta gente que las cajas están saturadas. Les toca esperar en
una de las colas que se ha formado para pedir. Quince minutos más tarde, les llega su turno. Cada uno
elige un menú con hamburguesa, patatas y refresco. Una vez que están servidos, suben con las bandejas a
la planta de arriba.
—Hace calor aquí —comenta Ester. Se quita la chaqueta y deja ver su precioso vestido blanco de
cumpleaños.
Su amigo se sonroja cuando se fija en su escote y aparta la vista rápidamente hacia otro lado.
Tropieza con las lentillas verdes de María, que se ha dado cuenta de todo, pero, en lugar de recriminarle,
sonríe y toma asiento. La otra chica se acomoda a su lado y, enfrente, se coloca Bruno.
Durante un par de minutos, ninguno dice nada. Comen en silencio e intercambian alguna que otra
sonrisa.
—Chicos. Muchas gracias por todo. De verdad —dice Ester, que sostiene una Big Mac con ambas
manos—. Y siento que por mi culpa no hayáis podido quedaros en la discoteca.
María bebe un trago de su botella de agua y sonríe a su amiga.
—Prefiero estar aquí contigo que en esa estúpida fiesta.
—Lo mismo digo —añade Bruno, masticando una patata—. No hay punto de comparación.
—Es cierto. Ni punto de comparación.
De fondo suena Qué hace una chica como tú en un sitio como éste, de Loquillo, pero en una versión
más actual.
Ester sonríe y le da un beso en la mejilla a María. Se siente muy afortunada de tener aquellos amigos.
Ellos dos saben los problemas económicos por los que está pasando su familia. Y es que la crisis les ha
afectado de lleno. Hace dos meses que su padre está sin trabajo. Aun así, la sonrisa es lo último que está
dispuesta a perder.
—Me alegro de pasar esta noche con vosotros. Sois los mejores. —Y da un gran mordisco a su
hamburguesa.
Bruno la observa de reojo. Le encanta. Nunca ha conocido a nadie como ella. A pesar de haberse
propuesto olvidarla infinidad de veces, no lo ha conseguido. Y eso que aquel día, hace ya casi un año, se
prometió a sí mismo que no derramaría ni una lágrima más por Ester.
Recuerda perfectamente los nervios que lo atenazaban sentado en aquel banco con el sobre de su
declaración de amor en las manos y, dentro, la respuesta de la chica que le había robado el corazón.
¿Habría señalado su nombre con una cruz?
Respiró profundamente y, sin escudo para el posible rechazo, contempló muerto de miedo la lista que
él mismo había confeccionado.
—¿Qué? ¡No puede ser!
Su exclamación en voz alta llamó la atención de una pareja de ancianos que pasaba por delante de él.
Otro pobre loco que hablaba solo.
¡Aquella chica había marcado todos los nombres de la lista! ¡Los veinte! ¿Eso significaba que estaba
dispuesta a salir con cualquiera que se lo pidiera?
Imposible. Bruno no salía de su asombro. Pero aquello no era todo, había más: un pequeño papel
doblado que Ester había metido dentro del sobre. El chico lo desplegó temblando y leyó en silencio lo
que decía.
Me siento muy halagada. Gracias. Y prefiero señalar a todos que a ninguno, porque seguro que todos
son estupendos y quién sabe qué podría pasar en el futuro. Pero mi corazón ahora mismo tiene dueño
y no está en esta lista. Muchas gracias y lo siento.
Su corazón tenía dueño…
Guardó el papelito, junto con su carta, otra vez en el sobre y, triste, caminó hacia su casa. Se encerró
en su habitación y lloró como nunca antes lo había hecho. Sin embargo, cuando se le secaron los ojos,
juró y perjuró que jamás volvería a pasarle algo así. Encendió la Play Station y, con la selección
española de fútbol bajo su mando, se propuso ganar el Mundial de Sudáfrica.
—¿Os parece que a Eli le gusta Raúl?
María casi se atraganta con la hamburguesa al escuchar la pregunta de su amiga. Bruno también
imaginaba algo así.
—¿Por qué dices eso?
—No sé, pero hoy he tenido esa impresión. Estaban todo el rato tonteando.
—Así es Elísabet —repone la pelirroja.
—Y a Raúl también le gustan demasiado las chicas. Ha tenido cuatro norias en lo que llevamos de
año. ¿No?
Los tres hacen cuentas y repasan mentalmente. Sí, son cuatro: Cristina, Miriam, Diana y Beatriz. Con
ninguna terminó bien.
—Pero ¿no resultaría extraño que alguno de nosotros saliera con otro del grupo? —pregunta Ester
después de darle un sorbo a su Coca-Cola.
Bruno y María no responden. Para ellos no sería raro. Sería un sueño. Sin embargo, los dos saben que
ese sueño está lejos de hacerse realidad.
—Una relación entre Raúl y Elísabet sería una bomba —comenta el chico buscando otro camino para
la conversación—. Pero no me extrañaría nada.
—Se pasarían el día discutiendo.
—Seguro.
—Pero harían buena pareja —asegura Ester—. Y si se casaran nosotras seríamos las damas de honor
y tú el padrino, Bruno.
Una tímida sonrisa asoma al rostro del chico. ¿Por qué tiene que ser tan… tan… increíble?
—Me niego a ponerme chaqueta y corbata.
—Pues estarías muy mono —comenta María al tiempo que le quita una patata.
—Monísimo.
—Va, Bruno. A todas nos gustaría verte vestido con chaqueta y corbata algún día. ¿A que sí, Meri?
—Por supuesto.
—El día de mi funeral.
—¡Qué bruto eres!
Y, tras propinarle una patada por debajo de la mesa, María le sonríe amablemente. Siempre ha sido
su favorito. El incomprendido más incomprendido de todos. Pero ella jamás le dará de lado. Aunque esté
enamoradísimo de Ester y nunca haya sido capaz de contárselo. Respeta su silencio. Porque ella también
tiene algo guardado solo y exclusivamente para sí misma.
Sí, ella sabe su secreto. Y es que sólo Bruno sería capaz de enviar ese tipo de carta a la chica a la
que quiere.
Además, su letra es inconfundible.
—¿Qué hago, Meri? ¡Estoy fatal!
—Uff No lo sé.
—Le haré daño. Y no quiero. Es mi amigo, se ha portado genial conmigo desde que llegué y no
soporto que sufra por mí.
—Te entiendo.
—¿Estás segura de que es su letra?
—Completamente segura.
Cuando María recibió la llamada de Ester para que fuera a su casa urgentemente, nunca imaginó que
le enseñaría aquella particular declaración de amor. A través de sus lentes comprobó cómo su amigo por
fin había dado el paso que ella sospechaba que algún día daría. Lo conocía bien. Pero lo había hecho a su
manera.
—Joder. Me siento fatal. Pero es que a mí…
—A ti no te gusta.
—No.
Se notaba en sus ojos la culpabilidad por no sentir nada hacia aquel chaval bajito y entrañable.
—Tienes que ser sincera con él.
—Lo sé. Pero no es sencillo.
Las dos chicas reflexionan durante un instante en silencio. La pelirroja coge la carta y la vuelve a
leer. Cuando termina, piensa un segundo. Algo se le ha ocurrido.
—Puede que tenga la solución. Le harás daño, pero menos.
—¿Sí? ¡Cuéntame!
Ester está expectante. No es la primera vez que alguien se le declara, pero sí la primera vez que es
alguien a quien aprecia de verdad como a un amigo.
—Vas a señalar a todos los chicos de la lista.
—¿Qué? ¿Cómo voy a hacer eso? ¡Si no es verdad!
—Así no lo excluirás, pero tampoco le dirás que quieres algo con él.
—Si pongo una cruz en su nombre será peor. Aunque lo haga con todos. Le daré esperanzas.
—No he terminado —añade María mientras se dirige hacia el escritorio de la habitación de su amiga.
Coge un folio y lo dobla. Luego, con unas tijeras, lo corta por la mitad y se lo muestra—. Aquí escribirás
una nota.
—¿Una nota?
—Sí, explicándole que te sientes halagada, que nadie sabe qué pasará en un futuro, pero que ahora
mismo tu corazón pertenece a alguien que no está en esta lista.
—¿A quién?
—Yo qué sé. Qué más da. Tú dile eso. Así no se sentirá tan mal.
—Le romperé el corazón, Meri.
—Eso es inevitable —comenta moviendo la cabeza de un lado para otro—. Pero es el mal menor. Y
no lo excluyes del resto.
—Jo. Qué mal.
—No te preocupes, se le pasará.
Y se le pasó. O intentó que se le pasara. Tomó medidas para ello. Desde aquel día, Bruno trató de
evitar a Ester, de no acercarse demasiado a ella. Intentó olvidarla. Pero ambos formaban parte del Club
de los Incomprendidos y pasaban mucho tiempo juntos. Y, aunque se hizo el insensible, se encerró en su
cuarto todo lo que pudo y se autoconvenció de que su amor era imposible. A veces seguía sufriendo por
no poseer el corazón de aquella morena encantadora con flequillo en forma de cortinilla.
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