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Capítulo 60
—¡CUÁNTO has tardado! —exclama Elísabet cuando Raúl regresa a su asiento—. ¿Has ido a
Atlanta a por la Coca-Cola?
—En Estados Unidos son más de Pepsi —susurra él.
—Ya, pero en Atlanta está guardada la fórmula secreta.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo leí en la Wikipedia.
—Gran fuente de información.
—En este caso sí es cierto. También me lo dijo mi padre.
El chico sonríe y le da un sorbo a su refresco. La película ha comenzado y Sarah Jessica Parker ya
está en escena. No está seguro de si va a centrarse demasiado en la peli después de haber visto a Valeria.
A lo largo de los dos días que llevan juntos, durante los que han pasado bastantes momentos a solas, la
chica no se había entregado tan apasionadamente como hacía unos minutos. Siempre había sido él quien
había tomado la iniciativa. En cambio, esta vez ha sido diferente, y debe reconocer que no le ha
desagradado.
—¿Ha pasado algo interesante? —le pregunta a Eli al oído.
—No. Sarah Jessica quiere hacer una tarta para su hija pequeña, pero no tiene tiempo por el trabajo y
se la compra hecha.
—Ah. Interesante —señala el chico con ironía—. Buen argumento.
—No seas tonto. Acaba de empezar.
Y sonríe. Le perdona que se haya perdido los tráileres y el principio de la película. Está allí, a su
lado, que es lo que quería. Parece mucho más relajado que hace un rato. Eli lo mira de reojo y, luego,
vuelve a fijarse en la gran pantalla. Parece que va a haber una escena de sexo nada más empezar la
película. Eso la pone algo nerviosa. Cierra las manos y las aprieta con fuerza. Siente un cosquilleo por el
pecho. Sin embargo, es una falsa alarma. Sarah Jessica Parker se queda dormida y deja a su marido con
las ganas.
—Pobrecillo —dice Raúl en voz baja. —Pobrecilla ella, que no tiene fuerzas ni para… eso. —
Porque es su marido, ya verás como cuando aparezca Pierce Brosnan le entran ganas. —Ya veremos.
Y se lleva rápidamente un puñado de palomitas a la boca. Eli mastica despacio, sin perder detalle de
lo que el joven hace o de hacia dónde mira. Aprovecha cualquier movimiento —coger su refresco,
echarse el pelo a un lado o cualquier otro gesto— para observarlo. Le encanta estar junto a él. Solos,
como una parejita de enamorados. No obstante, sólo son amigos. Nada más que buenos amigos.
¿Es el momento para iniciar el acercamiento?
Lo hará poco a poco. No quiere meter la pata nuevamente. Otro error sería imperdonable y daría
lugar a otro rechazo. Con disimulo, descruza las piernas y apoya el pie derecho en el suelo. Lo coloca
muy cerca del pie izquierdo de Raúl. Lentamente, va moviéndolo, centímetro a centímetro, hasta que su
zapato toca el de él. Cuando nota que hay contacto, observa el rostro del chico con algo más de
detenimiento sirviéndose de la excusa de que se está colocando bien la camiseta. Todo correcto, no ha
hecho ningún gesto contrariado. A continuación, desplaza ligeramente su cuerpo hacia la butaca que
ocupa el chico. Sus codos también se rozan.
Pero no dura mucho. Raúl se inclina hacia el lado contrario a ella y se apoya en el brazo derecho para
acomodarse. Todo el contacto que había entre ambos se esfuma. Eli resopla. ¿Lo habrá hecho a
propósito?
La película avanza y la joven no sabe qué hacer para acercarse a su amigo. No hay escenas
románticas, ni mucho menos de tensión. ¡Tenía que haber escogido una película de miedo!
—Me está entrando sueño —anuncia el chico tras reprimir un bostezo con la mano.
—¿No te gusta la película?
—Es que no pasa nada.
—Si quieres puedes echarte un rato. Te dejo que pongas la cabeza en mi hombro.
—No te preocupes. No es para tanto.
Lo de la cabeza en el hombro tampoco ha colado. Raúl le da el último sorbo a su Coca-Cola y se
termina las palomitas. Abandona el cubo en el suelo y se recuesta en su butaca.
—¿Qué piensas que ocurrirá al final? —le pregunta la joven sin alzar la voz para intentar espabilarlo
—. ¿Terminará con su jefe o con su marido?
—Con su jefe.
—Pues yo creo que con su marido.
—Después de acostarse con el jefe.
—No. Creo que no le será infiel.
—Lo natural sería que sí lo fuera.
—¿Por qué?
—Porque él es guapo, rico, pasan mucho tiempo juntos… Es una tentación muy grande —afirma el
joven en voz baja.
—No siempre caemos en la tentación —dice Elísabet mirándolo—. Aunque, a veces, nos dejamos
llevar por nuestros impulsos.
Y, tras soltar esa declaración de intenciones, vuelve a intentar contactar con él. En esta ocasión
disimula menos. Su pierna busca la del chico y sus rodillas chocan ligeramente. También sus cuerpos
están más cerca. Raúl intenta apartarse, pero ella no lo permite.
—Los impulsos son debilidades —murmura incómodo.
Pero Eli apenas lo oye. Empieza a sentir que debe aprovechar la oportunidad. Tiene que confesarle lo
que siente, lo que quiere de verdad.
—Raúl…
—Dime.
—¿Soy una tentación para ti? Porque no quiero serlo.
El joven se vuelve hacia ella y la mira confuso. No comprende lo que quiere decir.
—No te entiendo, Eli.
—Si yo te besara ahora, en un arrebato de deseo, y tú me correspondieras, sería como si cayeses en
la tentación. Pero eso sería caer otra vez en lo mismo de ayer y antes de ayer. Y está claro que no quieres
un lío ocasional ni conmigo ni con nadie.
A pesar de que la joven habla muy bajito, Raúl oye perfectamente todo lo que dice. Elísabet vuelve a
centrarse en la pantalla, pero en seguida lo mira otra vez y continúa hablando.
—Yo quiero ser para ti lo que fui anoche en la conversación del Messenger. La chica que te
acompaña al instituto. Con la que compartes una pizza. La que se ríe con tus bromas y a la que fastidias
con tus ironías.
—Ya eres eso y más, Eli. Eres una de mis mejores amigas.
—Ahí es donde las cosas pueden cambiar. Quiero demostrarte que puedo ser tu amiga y algo más.
Que puedo besarte en los labios sin ser una tentación, sino la chica con quien tienes una bonita historia de
amor. Lo que tú pides y quieres. Nada me gustaría más en esta vida que ser tu chica, Raúl.
Tercer intento. Y esta vez ha hablado desde el fondo del corazón. No lo ha atacado como el sábado
por la noche o ayer en su casa. No ha usado sus explosivas armas de seducción, sino sus sentimientos. No
se ha mostrado como una histérica desesperada por conseguir algo, sino como una persona que quiere a
otra.
—Eli…
—Sé que puedes llegar a quererme como algo más —insiste—. Sé que puedo darte mucho más que
cualquier otra chica de dieciséis años. Me gustas mucho. Y sé que yo también te gusto. Lo noto, Raúl. Lo
noto.
El joven no sabe qué responderle. Si la ofende o le hace daño con sus palabras podría darle otro
ataque de ansiedad. Y no es lo mismo que ocurra en su casa que en una sala de cine.
La chica ha dejado de ver la película. Sólo lo mira a él, que no habla, que intenta no mirarla. Que no
sabe cómo actuar. El desafío de la mirada de Eli lo intimida. A él, que desde hace mucho se muestra tan
seguro de todo lo que hace…
—Ya hemos hablado de esto.
—Sí. Pero no de verdad. No como ahora —rebate Eli—. No me veas como una tentación, Raúl.
Mírame como a la chica perfecta para empezar la mejor historia de tu vida.
Capítulo 61
HA sentido la tentación de escribirle en varias ocasiones, pero se ha contenido. Le ha dicho que estaría
tranquila y que confiaría en él completamente, así que enviarle un mensaje no sería la mejor manera de
demostrárselo. Lo que sí es cierto es que, tras el fogoso encuentro frente a la puerta de la sala 2, la
seguridad de Valeria es mucho mayor.
Sólo tiene que esperar a que Raúl llegue a su casa para poder hablar con él y enterarse de lo que ha
pasado en el cine. Aunque, ¿qué va a pasar? Nada de nada. Le dirá si le ha gustado la película o no o si
las palomitas estaban muy saladas. Poco más. O eso es lo que espera. Sin embargo, no tiene dudas de que
Eli lo intentará de nuevo. De eso está convencida.
Valeria llega a la parada de Sol, donde se baja. Ha elegido volver en el metro. Un taxi es un lujo que
sólo puede permitirse en ocasiones especiales, como la de antes. De otra forma, no habría llegado a
tiempo.
No oye música en el vestíbulo de la estación. O, al menos, no la que esperaba oír. Dos chicas
jóvenes, vestidas elegantemente, interpretan una pieza clásica. La más bajita toca el violín y la más alta
el violonchelo. Suena bien, pero Valeria tenía la esperanza de escuchar una voz rasgada acompañada de
una guitarra española. O, tal vez, a un rapero rimando frases imaginativas.
Camina hacia una de las salidas del metro, la más cercana a la calle Mayor, sin dejar de mirar a un
lado y a otro. El último encuentro con César, o Carlos, o como se llame el joven, terminó de una manera
extraña. Con la historia de Raúl y Eli en la cabeza apenas ha pensado en ello. ¡Pero ese chico le había
confesado que estaba enamorado de ella! Nada más y nada menos.
Si de alguna manera se siente atraída por él, se debe a su curiosa personalidad y a ese ingenio tan
increíble. Sin embargo, Valeria no lo cree. No puede tragarse que se haya enamorado de ella.
Es raro que no haya vuelto a mandarle ningún mensaje. Y que no haya aparecido por sorpresa en la
cafetería de su madre. Tratándose de él, habría sido lo lógico.
¿Lo echa de menos?
—Eh, hola.
¿Es a ella? Mira a derecha y a izquierda, pero no hay nadie a su alrededor. Sí,
le hablan a ella. Es una chica muy mona, vestida con una minifalda oscura y una camiseta de escote
bastante pronunciado. Lo más curioso es que le resulta familiar.
—Hola —responde algo confusa.
—¿No te acuerdas de mí?
Qué despistada. ¿Cómo puede olvidarse tan fácilmente de las caras de la gente? Esa chica es…
—Pues… ahora mismo no caigo.
—Es que tú y yo no hablamos. Pero te vi un rato el sábado en el reservado de la discoteca en la que
trabajo.
¿En el reservado de la discoteca? Entonces ella es… ¡Tania, la camarera! Es verdad. Ahora que se
fija mejor, se da cuenta. Va menos maquillada que el sábado, pero con la ropa que lleva ahora también
podría ponerse a servir copas.
—Perdona, soy muy mala para las caras. Pero ya sé quién eres.
—¡No te preocupes!
—Te llamas Tania, ¿verdad?
—Sí. Encantada.
—Igualmente. Yo soy Valeria.
Se dan dos besos de presentación y, juntas, suben por la escalera que lleva a la calle Mayor.
—¿Vives por aquí? —le pregunta la joven, que parece simpática.
—Más o menos. Por La Latina. ¿Y tú?
—No, yo vivo lejos. En Vicálvaro. He venido a ver a mi novio, el chico que te vendió el carné y la
entrada de la discoteca.
A ése sí que lo recuerda bien. Es el caradura que los timó y les pidió el doble de dinero de lo que
había solicitado en un principio. Entonces, a Valeria se le pasa algo por la mente. Algo que no encaja. Si
Tania y el otro tío son novios, César, Carlos, le había dicho la verdad sobre ese asunto. Los conocía de
esa misma noche. Pero ¿cómo lo sabía la primera vez que le explicó quiénes eran? ¿Lo había acertado
por casualidad? Durante la charla que tuvieron a mediodía le dejó claro que no tenía ni idea de si Tania y
el de los carnés falsos eran pareja.
¡Menudo lío!
—Me acuerdo de él.
—No estaba demasiado contento el sábado con vosotros. Pensaba cobrar por seis y al final sólo
entrasteis tres.
Valeria casi se atreve a echarle en cara el engaño de su novio. Pero prefiere no entrar en polémicas
absurdas ni discutir ese tema después de tanto tiempo. Además, esa chica puede servirle como fuente de
información, si es que de verdad conoce a su amigo el músico del metro.
—Lo pasé muy bien el sábado —comenta cambiando de asunto. Quiere ganarse su confianza.
—Uff. Hubo mucho trabajo. Fue una noche de locos.
—Es verdad. Había mucha gente.
—Ya ves. ¡Y mucho pesado también!
—¿Te tiraron muchos los tejos?
—A las camareras siempre nos dicen de todo. El secreto está en sonreír, servir y pasar del tema.
Aunque este sábado a muchos se les fue la pinza y querían meter mano como fuera.
—La gente se desfasa un montón en esas fiestas y pierde la cabeza.
—Sí, pero tú elegiste bien.
—¿Ah, sí? —pregunta haciéndose la sorprendida.
—Claro. César es un tipo estupendo. De lo mejorcito. Lo conozco perfectamente porque es el
compañero de piso de mi novio. ¿No te lo dijo?
Esas palabras dejan helada a Valeria. ¡César! ¡Lo ha llamado César! Y vive con su novio, no en un
albergue juvenil. Le había dicho la verdad desde el principio y ella no lo creyó. ¡Qué estúpida!
—Sí, algo me comentó —le confirma intentando disimular su desorientación.
—Mi novio le tiene un gran aprecio a ese muchacho.
—Me has dicho que vas a verlo ahora, ¿verdad?
—¿A mi novio? Sí. Al piso.
—¿Está muy lejos de aquí?
—No, no demasiado.
—Es que me gustaría ver a César. ¿Sabes si estará allí?
—Creo que sí. No lo he visto tocando en la estación. Pero, si quieres, le mando un mensaje y se lo
pregunto.
—No, no hace falta. Quiero darle una sorpresa.
Tania sonríe con picardía. Se arrima a ella y le da un ligero codazo en el brazo.
—Te gusta mucho, ¿no?
—Casi no lo conozco —contesta ruborizada.
—Es normal, ¿eh? Yo, porque ya tengo a mi novio, si no, seguro que le lanzaría la caña a César. ¡Está
tan, tan, tan bueno!
—Es guapo.
—¿Guapo? Es impresionante. Y eso que tú no lo has visto sin camiseta… ¿O sí lo has visto?
—No, no. Claro que no —niega Valeria acalorada—. Ya te digo que apenas nos conocemos de
aquella noche y un par de jarras de sangría.
—Pues es un chico que tiene muchas cosas para conocer.
Si no fuese porque sabe lo del novio, Valeria pensaría que el verdadero amor de Tania es César. Se
le iluminan los ojos cuando habla de él. Pero es natural. Ella también está enamorada de otro y ese joven
la ha cautivado. Debe reconocer que no ha conocido a muchos chicos que reúnan tanta belleza e ingenio
al mismo tiempo.
—Hace Periodismo, ¿verdad?
—Sí, está en tercero. Le va muy bien. Todo notables y sobresalientes.
—Vaya. Es un cerebrito.
—Sí, es que, aparte de estar bueno, es un tío muy inteligente.
—Ahora me explico lo de las rimas…
—¿Lo has visto rapear?
—Sí. En el metro.
—¡Es alucinante! La primera vez que lo hizo delante de mí me quedé muerta. ¡Tengo amigos que
llevan toda la vida haciendo rap o hip hop y que no le llegan ni a las suelas de los zapatos!
Ese joven es todo un prodigio en cualquier cosa que se propone. Y parece que Valeria no es la única
impresionada por sus hazañas.
Las dos continúan caminando y hablando de las cualidades de César. Valeria comprueba que todo lo
que le había contado al principio es verdad. O al menos ésa es la impresión que tiene. ¿Por qué se
inventaría la otra historia? Puede que estuviese harto de que no lo creyera y decidiese improvisar algo
para convencerla. Con su capacidad mental no le habría resultado difícil crearse otra vida que tuviera
sentido en relación con los encuentros que habían tenido hasta ese momento. O quizá lo mezclara todo. O,
simplemente, esté jugando. No lo sabe. Ni sabe si quiere saberlo. Pero está claro que tiene una nueva
conversación pendiente con él.
—¿Sabes si ha trabajado de mimo?
—¿De mimo? No me suena. Pero no te lo puedo asegurar.
—Ya le preguntaré yo.
Qué difícil será descubrir cuál es la auténtica verdad. Se siente inferior a él, y al mismo tiempo
deslumbrada. Si hasta hace unos minutos sólo Raúl ocupaba su pensamiento, ahora su mente está volcada
casi exclusivamente en César.
—Ya hemos llegado —dice Tania cuando se para frente a una puerta rojiza.
La chica llama al telefonillo del segundo B.
—¿Sí? —responde una voz masculina.
—Cariño, soy yo. ¿Me abres?
—Claro.
Suena un pitido metálico y la puerta cede ante el pequeño empujón de la joven. Sin embargo, antes de
que Tania entre en el edificio, Valeria la sujeta del brazo.
—¿Puedes preguntarle si está César en casa?
—Es verdad. Espera. —Vuelve a pulsar el botón del piso en el que vive su novio.
Otra vez contesta la misma voz.
—¿No se ha abierto? ¡Jodida puerta!
—No, amor. Está abierta. No te preocupes —lo tranquiliza—. Es que me he encontrado con una
amiga de César y quería saber si está en casa.
—No, no está.
—¿Sabes dónde ha ido?
—Ni idea. No lo he visto desde esta mañana.
—Gracias, cariño.
Tania se encoge de hombros.
—Ya has oído —comenta mientras sujeta la puerta.
—No pasa nada. Ya le llamaré.
—¿No quieres subir a esperarlo?
—No. Muchas gracias por todo —dice Valeria. Las dos chicas se abrazan—. Espero verte otro día.
—Claro, cuando tú quieras. Ya sabes dónde trabajo.
Con una sonrisa, se despide de ella y entra en el edificio.
Es hora de regresar a casa. Mala suerte. Quería verlo. En esta ocasión, el destino ha jugado al
despiste: le ha ofrecido la posibilidad de saber más cosas de él, pero no ha considerado oportuno que
volvieran a encontrarse. Aunque ahora están empatados: ella también sabe dónde vive César.
Capítulo 62
ALrecibir su mensaje, no ha podido evitar sentir un sobresalto. Ya ha anochecido y no esperaba volver
a tener noticias de ella hasta mañana. Desde que Ester se marchó de su casa, Bruno no ha pensado en
nada ni en nadie más.
Hola, perdona que te moleste ahora, pero necesito hablar con alguien y creo que tú eres la única
persona con quien puedo hacerlo. ¿Nos vemos dentro de quince minutos en el mercado de San Miguel?
Parece que su amiga tiene problemas. ¿Qué habrá pasado? Seguro que tiene algo que ver con el
encuentro con su entrenador. A Bruno le ha hecho daño enterarse de que su amiga tiene una relación con
alguien, pero todavía le ha fastidiado más saber que es con ese tío. De esto no puede salir nada bueno.
Claro. Allí nos vemos. ¿Estás bien?
Ester no ha respondido a la pregunta. Eso le hace presagiar que no, que no está bien. Pero Bruno no
quiere adelantar acontecimientos y prefiere escuchar lo que tenga que decirle antes de volverse loco
pensando en lo que habrá podido suceder.
Ha intentado darse prisa y, por una vez, no va tarde. Han pasado quince minutos exactos desde que
recibió su WhatsApp. Sin embargo, cuando llega al mercado de San Miguel, Ester ya está allí, cruzada de
brazos, inquieta, mirando a un lado y a otro. Se ha cambiado de ropa, no va vestida como cuando fue a su
casa. Mientras se acerca, Bruno también aprecia que se ha maquillado un poco. Sin duda, todo eso es por
él, por su entrenador.
La joven lo ve y camina rápidamente hacia su amigo. Para sorpresa de Bruno, lo abraza. El chico la
acoge entre sus brazos y la escucha sollozar. Algo grave ha debido de ocurrirle para que esté así. Ahora
lo averiguará.
—Gracias por venir, Bruno —dice Ester cuando se separa de su amigo y se limpia los ojos con la
mano—. Tenía que hablar con alguien.
—Para eso estoy —comenta con una sonrisa.
—Gracias, de verdad.
—¿Qué te ha pasado?
—Uff. Todavía estoy muy nerviosa.
—Tranquila. Cuéntamelo todo.
Los dos comienzan a caminar por el centro de Madrid mientras la chica le confiesa lo que ha pasado
hace un rato en el piso de la calle Imperial. El muchacho la escucha atentamente. No le resulta agradable
oírlo, pero resiste con gallardía. Ella lo necesita y, aunque le duelan sus palabras, debe soportarlo.
—Rodrigo, por favor… No puedo… hacerlo. —Estoy seguro de que disfrutarás mucho. Confía en mí.
—Que… no. ¡No quiero!
Y, reuniendo todas sus fuerzas, lo empuja y consigue quitarse al joven de encima. Rápidamente, Ester
se levanta del sofá y se sube el vaquero.
—¡Vamos! ¡No me jodas! ¿De verdad que no quieres hacerlo?
—No estoy preparada. Ya te lo he dicho.
—¿Bromeas? ¡Has cumplido dieciséis años! —exclama el entrenador—. ¿Cuántas chicas de tu edad y
más jóvenes tienen ya relaciones sexuales?
—No lo sé, y tampoco me importa.
Desconcertada, se dirige hacia la otra parte del estudio y se sienta en un taburete que hay en la
cocina. No imaginaba que Rodrigo pudiera comportarse así con ella. Hasta entonces la había respetado y
nunca la había forzado a nada. Sus discusiones más fuertes habían estado relacionadas sólo con el
voleibol.
—Te estás comportando como una niña pequeña.
—Es que puede que siga siéndolo.
—Entonces estaba equivocado contigo. Creía que eras mucho más madura.
—¿Qué tiene que ver el sexo con la madurez?
—Están bastante relacionados.
—No veo cómo, pero bueno… Conozco a bastantes chicas y chicos que son muy inmaduros y ya no
son vírgenes. Y al contrario.
El joven suspira y se pone de pie. Camina hasta ella, pero Ester se vuelve y mira hacia otro lado.
—Perdóname otra vez. No he debido presionarte tanto.
—No, no has debido hacerlo —responde muy afectada.
—Lo siento. Llevo unos días un poco nervioso.
—Y lo pagas conmigo.
—Sí. Y no tendría que hacerlo. Lo siento, Ester.
La chica se da la vuelta y entonces sí lo mira a los ojos. No entiende qué es lo que se le pasa por la
cabeza cuando actúa como ayer en el vestuario o como hace unos minutos. Es una especie de doctor
Jekyll y míster Hyde. Debería salir corriendo de allí y escapar de él para siempre. Pero no es capaz de
hacerlo. Y sabe cuál es el motivo.
—¿Sólo querías traerme aquí para acostarte conmigo?
—No, por supuesto que no.
—Pues me da esa sensación.
—Estás equivocada. Pero no voy a negarte que tenía muchas esperanzas de que hoy… Era una buena
manera de hacer las paces.
Su media sonrisa fastidia a Ester. Pero también la seduce. Y, por supuesto, ese perfecto torso
desnudo… Y su mirada insinuante… No puede negar que se siente muy atraída hacia él. También
sexualmente. Sin embargo, hay algo que le impide entregarse a Rodrigo por completo.
—No es que esté en contra del sexo ni nada de eso, ¿eh? Sólo es que… aún no me veo haciéndolo.
—¿Es por miedo?
—No lo sé.
—Es normal que estés nerviosa y que tengas un poco de miedo. A todos nos pasó en su día. Pero eso
se cura.
—¿Se cura? ¡Ni que fuera una enfermedad!
—Quiero decir que hay un remedio para que se pasen los nervios, el miedo y la tensión de la primera
vez.
—¿Sí? ¿Cuál?
—Hacer el amor.
Otra vez esa estúpida media sonrisa que tanto le gusta. Es tan guapo. Y, aunque se enfade mucho con
ella, no podría dejar de quererlo.
—¿Tantas ganas tienes de hacerlo conmigo? —pregunta con timidez.
—No te lo puedes ni imaginar.
—¿Qué ves en mí?
—Todo. Me encantas —le susurra al oído—. Y para que veas que no sólo te he traído aquí para lo
que piensas…
Rodrigo se aleja de la cocina y busca algo en la cazadora que llevaba puesta. De uno de los bolsillos
saca un paquetito envuelto en papel de regalo. Ester lo observa, expectante, desde el taburete. El joven se
lo coloca en la palma de la mano y se acerca de nuevo a ella. Estira el brazo y le pone delante el pequeño
obsequio.
—¿Es para mí? ¡Gracias!
Nerviosa, lo abre, aunque ya intuye qué puede ser. No se equivoca. Ayer tuvo uno igual en las manos,
pero hecho añicos. Es el mismo botecito de perfume de vainilla que Rodrigo estrelló contra el suelo del
vestuario.
—Era la otra manera que teníamos de hacer las paces —comenta él sonriendo.
—Gracias, de verdad.
Y, apartándose el pelo del cuello, se echa un poco. Rodrigo acude de inmediato a olerlo. Y la besa
sensualmente en el mismo punto de la piel en el que la chica se ha aplicado el perfume.
—Huele bien. Muy bien.
—¿Sí?
—Sí. Me gusta…
Y vuelve a besarla en el cuello. Ester se levanta del taburete y apoya las manos en el pecho de
Rodrigo. Es una sensación increíble. Lo acaricia suavemente mientras él prosigue dándole besos por todo
el cuerpo. Con lentitud, los dos se dirigen hacia el sofá. Ella es la primera en sentarse y se desliza hasta
quedar tumbada casi por completo. Rodrigo se coloca a su lado e introduce las manos por debajo de la
camiseta de la chica para acariciarle la espalda.
—Estoy muy nerviosa —murmura Ester.
—Tranquila. Ya sabes cuál es el remedio para que se terminen esos nervios.
—¿De verdad vamos a… hacerlo?
El joven la mira a los ojos y sonríe. Se coloca sobre ella y la besa en los labios. En esta ocasión
empieza a desnudarla por arriba. Le levanta la parte de abajo de la camiseta, hasta el comienzo del
sujetador. Lo hace poco a poco. Contempla el vientre plano de la joven y se deja caer hasta su cintura. Le
da delicados besos alrededor del ombligo y va subiendo hacia el pecho.
—¿Quieres quitarte la camiseta?
—¿Tengo que hacerlo?
—Como tú veas.
Su mirada la convence. Se la quita y la deja caer al suelo. Siente un escalofrío cuando las manos de
Rodrigo se dirigen hacia su pecho medio desnudo.
—Sigo nerviosa.
—Tranquila. No pasa nada. Es algo normal.
Sus susurros, lejos de calmarla, la ponen más nerviosa. Cierra los ojos e intenta relajarse. Hacer el
amor es lo natural entre dos personas que se quieren. No tiene por qué alterarse tanto. Debe disfrutar,
dejarse llevar.
Los besos que el chico le da en los labios, en el cuello y por toda la cara van acompañados de
caricias por encima de la copa de su sostén. Pero entonces los dedos de Rodrigo se introducen por
debajo de la tela. Ester abre los ojos de golpe. Él sigue tocándola bajo el sujetador, cada vez con más
fuerza, con más determinación. Ella nota su respiración más agitada. Más excitada. Y Ester también
debería estarlo. Sin embargo, le ocurre todo lo contrario. Incluso le entran ganas de llorar.
Con un movimiento ágil, consigue situarse al lado del chico, que busca el botón de su pantalón
mientras sigue besándola. Ester se lo impide con la mano derecha y, con la izquierda, se apoya con fuerza
en uno de los cojines del sofá y se deja caer al suelo. Como si estuviera lanzándose a por una pelota en
un partido de voleibol.
—Lo siento, Rodrigo. Te quiero mucho, pero no estoy preparada para esto.
—¿Qué? No me lo puedo creer.
—Perdóname.
Coge su camiseta y se levanta. Mientras se la pone, alcanza su chaqueta. Se siente mal, fatal, y no
tiene valor para mirar al joven, que, desde el sofá, no deja de maldecir en voz baja. Ester abre la puerta
del piso y se marcha. Rápidamente, baja la escalera. Está avergonzada por todo lo que ha pasado en el
estudio. Sin embargo, tiene claro que no se siente preparada para su primera vez, por mucho que quiera
al chico al que acaba de dejar con la miel en los labios.
Capítulo 63
LAS dos llegan a casa bastante cansadas después de haber pasado todo el día fuera. Gadea y María se
dejan caer en los sillones del comedor. Su madre acude a la habitación rápidamente. No ha visto a sus
hijas en todo el día, y ya las echaba de menos.
Le da un beso a cada una y también se sienta.
—Bueno, ¿cómo lo habéis pasado?
Las hermanas se miran entre ellas. Saben que la noticia que tienen que darle no va a gustarle nada.
—Bien —responde escuetamente la mayor—. Hemos comido en un buen restaurante y luego hemos
paseado por Madrid.
—¿Cómo está vuestro padre? ¿Sigue muy afectado por lo de su hermana?
—Sí. Y por lo de Montse también —añade María.
—Ah. Eso se lo buscó él sólito.
A ella tampoco le caía bien la pareja de su ex marido. La consideraba una mujer prepotente,
engreída, fría y tremendamente exigente. Por eso Paz no comprendía cómo había terminado saliendo con
Ernesto.
—El caso es que papá no está en su mejor momento —indica Gadea con la intención de preparar el
terreno para lo que viene.
—La vida es cuestión de rachas. Todos pasamos por épocas buenas y malas.
—Pero papá está en una muy mala, mamá.
—Vuestro padre es una persona fuerte. Sabrá salir adelante.
Otra mirada entre las dos chicas. Un gesto con la mano de Gadea incita a Meri a que le cuente a su
madre lo que han decidido.
—No es tan fuerte —comenta la pelirroja—. Creemos que necesita ayuda.
—¿Ayuda? ¿De qué estás hablando?
—De nuestra ayuda, mamá.
Paz, confusa, mira a su hija pequeña. No sabe a qué se refiere, aunque empieza a ponerse realmente
nerviosa.
—Explícate.
—Verás… Después de mucho pensarlo, he decidido marcharme a vivir un tiempo con papá.
La mujer se tapa la boca y la nariz con las dos manos tras escuchar a su hija. A continuación, se toca
la cabeza con nerviosismo y resopla.
—Mamá, di algo —le pide Gadea.
—¿Qué quieres que diga?
—Lo que piensas.
—No creo que a ninguna de las dos os guste lo que estoy pensando ahora mismo —advierte mientras
se muerde el labio—; no creo que a ninguna de vosotras os guste que vuestra madre piense en cuál es la
mejor manera de asesinar a su ex marido sin dejar huellas.
—Esto no ha sido idea de papá. Lo hemos pensado nosotras.
—Claro. Y yo voy y me lo creo.
—Mamá, lo que dice Meri es verdad. Salió de nosotras que una de las dos se marchara un tiempo a
vivir a Barcelona.
La mujer se pone de pie y mueve la cabeza.
—Qué casualidad. ¡Vuestro padre viene a Madrid y no tiene nada que ver con esto! Sólo ha sido cosa
de sus dos comprensivas y generosas hijitas, que son capaces de dejar todo lo que tienen en la vida para
irse una temporada a seiscientos kilómetros con su pobre papá.
—Es la verdad. Él solamente ha aceptado la idea de que Meri se marche con él.
—Sí, ésa es la única verdad, mamá.
—¿Esperáis que me crea eso? ¡Vais listas!
Y, taconeando con fuerza, sale del salón. A los pocos segundos, regresa con el móvil en la mano. Ha
marcado el número de su ex marido.
—¿Estás llamándole? —pregunta Gadea.
—Claro. Quiero que me explique qué os ha dicho para comeros la cabeza de esa manera.
—Mamá, tenemos cerebro y ya somos mayorcitas para pensar por nosotras mismas. No seas injusta
con él.
—¿Injusta? ¡Creo que la única que no está siendo injusta en toda esta historia soy yo! —exclama
mientras el hombre responde la llamada—. ¿Ernesto?… Sí, sí. Hola, hola.
Las chicas observan a su madre mientras ésta sale otra vez del salón, ahora hablando en voz alta. El
primer grito no tarda en llegar. Ni el segundo. Incluso desde la otra punta de la casa y con la puerta
cerrada se escuchan sus voces.
—Pobre papá, la que le está cayendo —apunta la mayor de las hermanas con un suspiro.
—Se veía venir. Esperemos que mamá entre en razón y podamos hablar con ella tranquilamente.
—No sé si eso será posible…
—Tiene que serlo, Gadea..Me voy a ir a Barcelona quiera mamá o no. Y es mejor que me vaya bien,
que no enfrentada con ella.
—Eso espero. Porque a la que le tocará aguantarla será a mí.
—¡Tampoco seas así! —protesta María—. Hacemos esto por papá. Y soy yo la que se va para que tú
no pierdas lo que tienes aquí.
—Tienes razón, perdona.
El tiempo transcurre lentamente, entre gritos y frases fuera de tono. Las dos escuchan a lo lejos todo
tipo de reproches. Gadea y Meri esperan resignadas en el salón. Hablan entre ellas, especulando sobre lo
que estarán diciéndose.
Pasan los minutos y parece que la cosa se tranquiliza. Al menos ya no se oyen gritos. Las hermanas no
saben qué está ocurriendo exactamente en la habitación en la que su madre lleva encerrada más de media
hora.
—¿Le habrá dado un infarto y no nos hemos enterado?
—No seas bruta, Gadea.
—Es que hace mucho tiempo que no se oye nada.
—Se habrán calmado y estarán hablando como personas normales.
—¿Papá y mamá? No sé cuál de los dos es menos normal.
En eso tiene razón su hermana. Ninguno de los dos son precisamente personas corrientes. Quizá por
ese motivo se gustaron y se casaron. Y quizá por la misma razón se separaron.
—Espero que mamá no lo haya convencido para que me quede aquí.
—Mamá es capaz de eso y de más. Menuda tortura.
—Pobrecillo. Si ya estaba mal, ahora se habrá puesto mucho peor.
—Luego lo llamaré para animarlo.
—Cuando lo hagas, me lo pasas —le pide María, que se siente algo culpable de aquella situación.
Debería haber sido más contundente con su madre al anunciarle su decisión de irse a Barcelona.
—Vale… A ver si terminan pronto. Tengo hambre.
Y, por fin, se abre la puerta de la habitación en la que Paz hablaba con Ernesto. La mujer avanza por
el pasillo hasta el salón, desde el que sus dos hijas la observan boquiabiertas.
¡Su madre se está riendo a carcajadas!
—Venga, muy gracioso. Pero aquello no fue en el noventa y dos. Fue en el noventa y uno. Vale…
vale… Ahora se lo digo a las dos. Un beso… un beso.
La mujer pulsa el botón verde de su móvil y cuelga con una sonrisa de oreja a oreja en la cara.
—Mamá —dice muy seria Gadea—, ¿seguías al teléfono con papá?
—Sí.
—¿De verdad era papá?
—Que sí, hija, que sí.
—¿Y de qué habéis hablado tanto tiempo? —pregunta María, que no sale de su asombro. Aquélla no
parece la misma mujer de hace media hora.
—De todo un poco. Hacía tiempo que no tenía una conversación así con vuestro padre. Se me había
olvidado lo gracioso que es cuando quiere.
—¿Gracioso?
—¿Nuestro padre?
—Mucho. Y de joven lo era mucho más. Ahora se ha convertido en un alma en pena. La Montse esa
lo ha echado a perder.
Aquello parece sacado de una comedia romántica norteamericana. Una de Jack Nicholson y Helen
Hunt. Han pasado de los gritos a las risas en apenas unos minutos.
Todo el odio que la mujer ha sentido hacia su ex marido después de la noticia que le han dado sus
hijas se ha evaporado.
—Bueno, y al final, ¿qué habéis decidido?, ¿puedo irme con él a Barcelona?
—Sí.
—¿Sí? ¿En serio?
—Sí. Pero dentro de un rato lo hablamos tranquilamente. Ahora tengo que preparar la cena —indica
Paz mientras gesticula con las manos—. Tengo que cocinar algo verdaderamente especial… Mmm. No
sé… No sé… ¡Ah! Cuando pongáis la mesa, añadid un cubierto más. Tenemos un invitado.
Y se marcha a la cocina tras guiñarles un ojo y sonreírles. Y es que no hay nada como recordar el
pasado más feliz para tomarse el presente de la mejor forma. Aunque sus hijas todavía estén
pellizcándose y no se crean que lo que acaban de escuchar haya sido real

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