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endré mi oportunidad.
Y, tras afirmar eso, se levanta del sofá. Despacio, casi a cámara lenta, se inclina sobre ella. La chica
se sobresalta y se echa hacia atrás temiendo que César busque su boca. Sin embargo, no puede esquivarlo
y los labios del chico terminan besándola. Es un dulce beso de despedida en la frente.
—Tienes mi teléfono, llámame un día de éstos —le pide sonriendo.
Y, tranquilamente, se marcha del piso, seguro de que el destino, algún día de algún mes de algún año,
volverá a unirlos.
Capítulo 65
METE la camiseta blanca en el cesto de la ropa sucia y se pone la parte de arriba del pijama. Todavía
está algo aturdida después de la visita de César. Por lo que le ha dado a entender, respetará su relación
con Raúl, pero la estará esperando por si algún día se termina. Sorprendente.
Valeria regresa al ordenador; la foto de antes del verano continúa fija en la pantalla. La de la piscina.
Es increíble, ¡qué cuerpazo tiene su amiga! Seguro que haría una gran pareja con el que se acaba de ir.
Por lo menos físicamente. Sin embargo, de quien se ha enamorado César es de ella. Coge el cojín de
antes y se lo pone en la cara. ¿Cómo es posible que le haya pasado algo así? No tenía pinta de ser un
farol. Por muy creador de historias que sea, con algo tan serio no se juega.
Mira el reloj. Ya hace tiempo que la película habrá terminado. ¿A qué espera Raúl para llamarla? Lo
echa de menos.
Suspirando, vuelve a Tuenti para mirar las fotos del pasado. Ester también es guapísima. Siempre
aparece sonriendo en todas las fotografías. Y Bruno, qué gracioso es… Su aspecto es el de un chaval
inquieto, nervioso. Parece más joven de lo que es. Como Meri, siempre tan seria, tan formal en las fotos.
También a ellos los echa de menos. Es una pena que el Club de los Incomprendidos ya no sea lo que
fue. Pero, aunque sus caminos se vayan separando y no se reúnan tan a menudo como antes, siempre serán
amigos.
Eso le recuerda que tiene que hacer la parte de los deberes del grupo que le corresponde. Los de
Historia. Así estará ocupada con algo hasta que Raúl la llame. «Confianza, confianza», se repite a sí
misma. Sin embargo, cuando se pone de pie, ve que aparece una ventanita en la parte inferior de su
ordenador. Es Elísabet la que le habla en el chat de Tuenti.
—¡Holaaaaaaaa!
Parece demasiado contenta. Ese saludo tan expresivo la desconcierta. Si está alegre, será por algo.
—Hola —contesta cuando se sienta de nuevo en el sofá.
—¡Nena! ¡Estoy superfeliz!
—¿Y eso?
—Porque no todo está perdido con Raúl —escribe con un icono sonriente al lado—. Espera, que me
llama mi madre. Acabo de llegar a casa. Ahora te lo cuento todo.
¿Qué ha querido decir su amiga con que no todo está perdido con Raúl? ¡Quiere matar a alguien!
¿Hasta dónde han llegado? Valeria empieza a ponerse muy tensa. Corre a por su BlackBerry y busca el
número de Raúl. Necesita una explicación ya, antes de que Eli regrese y le cuente lo que ha pasado.
«El número al que llama está apagado o fuera de cobertura.»
¿Qué? ¡No puede ser! Ahora sí que quiere gritar, y muy alto. ¡Lo que faltaba, que el chico esté
incomunicado y no pueda preguntarle qué ha pasado en el cine!
¡Joder! Confiaba en él. Se habían besado apasionadamente justo antes de que él regresara a la sala 2.
Si hasta habían acordado que ya podían considerarse novios… Qué mal. ¿Habrá sido Eli capaz de
hacerlo caer en la tentación?
—¡Eli! ¿Estás ahí? —escribe nerviosa.
Pero su amiga no responde. Son unos minutos terribles para Valeria; la incertidumbre se apodera de
ella. El teléfono de Raúl sigue apagado y su amiga se ha ido y todavía no ha vuelto. Empieza a
desesperarse y a imaginarse lo peor. Si algo le faltaba a su día era que Raúl y Elísabet se hubiesen
enrollado en el cine.
Por fin, la BlackBerry rosa le vibra en la mano. Temblorosa, saluda a su chico.
—Hola, te he llamado un montón de veces.
—¡Lo siento! Me he quedado sin batería cuando estaba en el cine. Se me olvidó recargarla.
—Joder. Pues ya te vale.
Se queja amargamente. La voz se le quiebra al hablar. No hay derecho a que se lo haga pasar tan mal.
—Lo siento, debí darme cuenta. He llegado a casa ahora mismo y lo primero que he hecho ha sido
llamarte.
En ese instante, y mientras Raúl sigue dando explicaciones y pidiendo disculpas por no haber dado
señales de vida hasta entonces, Elísabet escribe en el chat.
—Ya estoy aquí. Perdona, mi madre me ha entretenido preguntándome por la película y por lo que
quería cenar.
—Ok.
—Pues te cuento… ¡Aún hay esperanzas de que Raúl y yo seamos más que amigos!
Y un montón de iconos felices después del punto.
Valeria lee con atención lo que su amiga le explica mientras sigue oyendo a su chico por teléfono:
—Pero te prometo que nunca más me quedaré sin batería —concluye Raúl, que lleva unos segundos
hablando sin parar.
—¿Y qué ha pasado con Eli en el cine?
—¿Con Eli? Nada.
—Pues creo que ella no piensa lo mismo.
—¿Has hablado con ella?
—Lo estoy haciendo ahora. Por el chat de Tuenti. Te leo lo que me está escribiendo: «¡Aún hay
esperanzas de que Raúl y yo seamos más que amigos! Tía, es increíble. Ni yo misma me lo creo. Ya
había perdido la fe. Pero mientras veíamos la película le he estado insistiendo en que nadie le daría lo
que yo puedo ofrecerle. Y en que no me viera solamente como un rollo pasajero, sino como una bonita
historia de amor.» —Suspira. Le cuesta leer lo que viene a continuación. Raúl no dice nada. Sólo escucha
en silencio lo que Valeria le cuenta—. Sigo. «Entonces él ha dudado. Me ha dicho que soy una chica que
cualquiera querría tener a su lado. Que le encanto. Y que, aunque no me promete nada, se lo pensará de
verdad.»
—Eso tiene una explicación —interviene el joven tras oír un nuevo resoplido de Valeria.
—¿Qué explicación? ¿Que le has dado esperanzas para que te dejara en paz? ¿O realmente piensas…
que podéis… salir juntos?
—La que me gustas eres tú. Ya lo sabes.
—Yo no lo tengo tan claro.
—No podía decirle otra cosa, Val. Entiéndeme.
—Sí que podías.
—No te imaginas lo difícil que es que una persona te susurre cientos de veces en una sala de cine que
quiere algo contigo y que deberíais intentarlo.
Sin embargo, la excusa no es bien recibida por Valeria. No la acepta. Le responde a su amiga con
algún que otro emoticono sonriente mientras Eli continúa narrando a su manera lo que ha pasado.
—Mas difícil es tener que leer lo que estoy leyendo.
—Eli es muy efusiva, ya la conoces. Está sobredimensionándolo todo. Simplemente, para que no se
pusiera mal allí dentro y no me insistiera más, le he dicho que me diera tiempo para pensar.
—¿Os habéis besado?
—¿Qué?
—Que si os habéis dado un beso… en los labios.
—¡No! ¡Claro que no!
—«Ayer por la mañana fue a mi casa y nos besamos. Perdona por no habértelo contado antes, pero
me puse muy mal porque me rechazó otra vez y no quería preocuparte ni que pensaras que estoy
desesperada. Pensaba que ése sería nuestro último beso, pero ahora estoy ilusionada de nuevo.»
El silencio de Raúl le confirma a Valeria que lo que su amiga le ha escrito es real.
—No tengo perdón —comenta por fin el joven—. Pero no significó nada. Te lo prometo. Fue el beso
más frío que haya dado nunca.
—¿Y por qué no me lo contaste?
—Porque te habrías puesto mal. Y eso era lo último que quería.
—Deberías habérmelo dicho. Acabamos de empezar y no puedo pedirte que te enamores locamente
de mí como yo lo estoy de ti. Pero si me pides que confíe en ti, que no me vuelva loca pensando en lo que
puede conseguir Eli de ti… no me mientas, por favor. Porque ahora… sólo tengo ganas de llorar.
—Me siento fatal.
—Peor me siento yo. Ya no sé qué creer ni en quién creer.
—¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?
—Ahora mismo nada. Necesito irme a la cama y descansar. Dormirme y mañana será otro día.
—¿Quieres que te cuelgue?
—Creo… que es lo mejor.
Nunca habría imaginado que lo mejor para ella pudiera ser alejarse de él. Pero está tan cansada de
todo hoy… Lo del beso con Elísabet ha sido definitivo.
—Bien. Hasta mañana entonces.
—Hasta mañana.
—Que descanses, Val. Y, por favor, recuerda que la que me gusta eres tú.
Pero Valeria no responde. Sonríe con tristeza al otro lado del teléfono y cuelga. Deja su BlackBerry
rosa a un lado y, tras despedirse de su amiga, que continúa eufórica, apaga el ordenador.
Deja vagar su mirada hacia ninguna parte; se le nubla. Se lleva las manos a la cara y, cuando las
retira, están mojadas. Nunca había sentido tanta presión dentro de ella. Ni siquiera cuando no era capaz
de hablar con nadie y se refugiaba en su propio mundo.
Necesita descansar y olvidarse de todo.
Sin embargo, ese lunes sólo sería el anticipo de lo que sucedería al día siguiente. Un día que jamás
podrá olvidar.
Capítulo 66
JAMÁS habría imaginado que su padre y su madre pudieran volver a reír sentados a la misma mesa. Al
menos no sin que uno de ellos se hubiera atragantado con un hueso de aceituna o al otro se le hubiese
derramado encima la sopa hirviendo. Pero la cena ha sido agradable, entretenida y hasta divertida. Buena
comida, buen vino, refrescos para las chicas, y más risas de las esperadas. Aunque todavía queda el
postre.
De todas maneras, ya han tratado el tema principal por el que Ernesto ha ido hasta allí para hablar
con su ex mujer y sus hijas. Y no ha habido conflictos ni salidas de tono. María se va a vivir con su padre
a Barcelona hasta junio. Cuando acabe el instituto allí, regresará y, dependiendo de cómo hayan ido las
cosas, volverá a marcharse en septiembre, o no.
Sorprendentemente, su madre no se ha opuesto a la idea. ¿Qué habrán hablado antes por teléfono para
que ella esté tan accesible?
Paz se levanta de la mesa y regresa en seguida con dos pequeños cuencos de natillas. No las ha hecho
ella, pero lo parece. Le da uno a su ex y otro a María. Al poco tiempo, vuelve con otros dos, para Gadea
y para ella.
—¡Están buenísimas! —exclama el hombre relamiéndose—. ¿Las has hecho tú?
—Mmm. Claro.
—¡Pues te has salido! ¡Están riquísimas!
Las dos hermanas se miran entre ellas; saben la verdad, pero prefieren no estropearle la jugada a su
madre. Hacía muchísimos años que no escuchaban un piropo de su padre hacia ella. Pero la realidad es
que su madre nunca ha hecho natillas.
—Me alegro de que te gusten tanto.
—Son de las mejores que he comido en mi vida. Aunque conozco un sitio en Barcelona donde las
hacen casi tan buenas como éstas.
—Ya iremos a probarlas cuando vayamos a visitar a María —comenta Paz sonriente.
—Eso, eso. ¡Deberíais venir un fin de semana!
—Sería divertido.
—¡Mucho! Os enseñaría la catedral, la casa Batlló, el Camp Nou… Pasearíamos por las Ramblas,
por el paseo de Gracia, por el parque Güell, por el barrio Gótico… ¡Tenéis que venir! ¡Barcelona es
preciosa!
El hombre está eufórico. ¿Quién diría que es la misma persona que hace nada se quejaba de su
existencia y lloraba porque se encontraba muy solo? También el vino está contribuyendo a que se
desinhiba.
—¿Y cuándo se supone que me voy contigo? —pregunta la pelirroja mientras juguetea con la cuchara
dentro de su postre. Aunque todo se haya resuelto bien entre sus padres, ella no puede dejar de pensar en
que se va. Se marcha de Madrid. Y eso significa que se separará de sus amigos, a quienes puede que
termine perdiendo a causa de la distancia.
—Pues había pensado que… ¿mañana?
—¿Mañana?
—Sí. No creo que haya problemas para comprarte un billete. Podrías venirte conmigo, y así te ayudo
con parte del equipaje y no tienes que viajar sola.
—Pero si ni me he despedido de mis amigos…
—Tampoco le ha dado tiempo a organizar sus cosas —añade Gadea tratando de echarle una mano a
su hermana.
—Es muy precipitado, Ernesto —indica Paz. Le ha cambiado la expresión de la cara. Ya no está tan
sonriente.
—Cuanto antes lo hagamos todo, mucho mejor. ¡A ver si luego te vas a arrepentir y voy a quedarme
solo otra vez!
—No me voy a echar atrás, papá.
—No me fío.
—Fíate de mí. Lo he decidido y voy a cumplir con lo que te he dicho.
El hombre apura con la cuchara el final de las natillas y chasquea la lengua cuando acaba. Aunque
María parece convencida, Ernesto tiene miedo de que, si regresa sin su hija pequeña, ésta al final se lo
piense mejor y no se atreva a marcharse. Eso le dolería muchísimo; sería muy duro después de haberse
hecho a la idea de que Meri iba a pasar una temporada con él en Barcelona.
—Podemos hacer otra cosa: cambio mi billete para el miércoles y nos vamos los dos juntos. Así
tienes un día entero para preparar tus cosas y despedirte de tus amigos. ¿Qué te parece?
—Bueno…
—Llamaré al trabajo y pediré un día más. Me ganaré una bronca, pero merecerá la pena. ¿Qué me
dices, pequeña?
La chica mira a su madre, que hace un gesto de conformidad. En cierto sentido, cuanto antes se haga,
menos dolorosa será la despedida.
—Yo te ayudo a organizado todo, si quieres —señala Gadea con una sonrisa.
—Gracias.
—Y tu padre y yo iremos mañana a solucionar el tema del instituto y a comprarte lo que necesites
para el viaje.
—Bien.
—Tómate la mañana libre para recoger y preparar lo que te quieras llevar, y nosotros te llevamos al
instituto a la hora del recreo. Mientras solucionamos el papeleo de la baja y el traslado, tú puedes hablar
con los chicos y explicárselo todo. ¿Te parece bien, cariño?
María asiente. La mirada de Paz cuando la observa demuestra que aquello le está costando
muchísimo. No es fácil para ella, pero cree que hace lo correcto. Cuando antes habló por teléfono con su
ex marido lo notó mal. Cansado, triste, abatido por su situación personal. Y solo. Muy solo. Nunca lo
había visto así de desanimado. Y, a pesar de todo lo que ha pasado entre ellos, no puede olvidar que una
vez quiso a ese hombre que, además, es el padre de sus hijas. Él se marchó en su día para no generar
conflictos y le cedió voluntariamente la custodia de Gadea y María. Fue él quien se sacrificó. Quizá haya
llegado la hora de que sea ella la que se sacrifique.
—Pues todo arreglado, ¿no? ¡El miércoles nos marchamos a la Ciudad Condal!
Ernesto coge la mano de su hija y se la aprieta cariñosamente. María le sonríe, aunque en su interior
se mezclan la pena por dejar a sus amigos y a su familia y la alegría de hacer feliz a su padre.
La cena termina y, mientras sus padres toman un café y hablan de anécdotas del pasado, las chicas
recogen la mesa.
—¿Estás bien? —le pregunta Gadea a su hermana en la cocina.
—Más o menos.
—Siento que tengas que irte. Pero lo mejor era que una de las dos se marchase con papá.
—Lo sé. No te preocupes.
—Te echaré mucho de menos.
—Yo a ti también.
Las dos hermanas se abrazan emocionadas. La mayor de ellas incluso se seca alguna que otra
lagrimilla.
—Bueno, voy a llamar a Álex, que hoy lo he tenido un poco abandonado.
—Dale recuerdos de mi parte.
—Claro. A ver si puede venir antes de que te vayas para que os despidáis.
—Bien.
Gadea le da un beso en la mejilla a su hermana y le acaricia el pelo.
—Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.
—Gracias.
—Te quiero, hermana.
—Y yo a ti.
Y, dándole un último achuchón a Meri, Gadea se dirige a su habitación. La pequeña hace lo mismo.
Cierra la puerta y coge el portátil. No lo ha encendido en todo el día. Tampoco es que importe
demasiado, porque nadie le ha escrito en ninguna parte. Suspira. Quizá en Barcelona su vida sea diferente
y conozca a mucha gente. Sin embargo, la verdad es que no cambiaría a sus amigos por cientos de
comentarios en las redes sociales.
Los echará de menos.
Pero, hasta el día de su partida, pasarían cosas que cambiarían su vida por completo.
Capítulo 67
 
Es imposible dejar de pensar en lo que Ester le ha revelado hoy. No se encuentra muy bien y apenas
ha cenado. Bruno se ha encerrado en su habitación y, sentado frente al ordenador, se pregunta por qué una
chica como ella se ha metido en un lío tan grande como ése. Pero tampoco puede creerse que alguien sea
capaz de tratarla de esa manera. Eso le resulta todavía más incomprensible. Ese tipo no se merece que
ella lo quiera.
Enamorarse de la persona equivocada es el mayor riesgo que existe. Que se lo digan a él. En clase
deberían enseñar a controlar los sentimientos. Pero Bruno se teme que, en caso de que esa asignatura
existiese, él no lograría aprobarla nunca.
Entra en Tuenti. Quizá esté conectada y quiera hablar un poco más. Él es su único apoyo en esos
momentos. Cuando se despidieron antes, Ester le dio un abrazo que le habría gustado recibir en otro
momento y de otra manera. También le dio las gracias por todo. Pero él se había limitado a escuchar su
historia. Una historia que no debería haber pasado.
Ester no está, pero Eli sí. Sin embargo, no le apetece hablar con ella. Hace tiempo que no se llevan
muy bien y, después de lo de ayer, su relación se ha deteriorado todavía más. Qué lejos quedan los días
en los que eran grandes amigos. Pero es que Elísabet ha cambiado tanto durante los últimos meses…
Quien también tiene la lucecita verde encendida en el chat de Tuenti es Meri, que en seguida le habla.
—Hola, Bruno. Ya estoy en casa.
—Hola, ¿cómo te ha ido con tu padre?
Le parece extraño no contarle lo de Ester. Se siente raro ocultándole un secreto. Normalmente, lo
comparten casi todo. Casi. Ella no está al corriente de que está enamorado de su amiga desde hace mucho
tiempo. O eso es lo que Bruno cree. Pero el resto de las cosas sí las sabe.
—Bien. Hasta ha venido a cenar a casa…
—¿Qué? ¿Con tu madre presente?
—Sí. Ha sido la cena más rara de mi vida.
—Creía que no podían ni verse.
—Y así era. Pero hoy han sufrido un ataque de amabilidad y hemos cenado todos juntos. Como una
familia feliz.
Los padres de María deben de ser realmente curiosos, por lo que ella le ha contado. Seguro que sus
madres se llevarían de maravilla.
—Y tú, ¿cómo estás?
—Todos me preguntáis lo mismo.
—¿Todos? ¿Quién más sabe que te vas?
—Lo decía por ti y por mi hermana. Los demás no lo saben aún. Se lo contaré mañana en el recreo.
Tras leer eso, el chico vuelve a sentirse culpable. Ester también está enterada de la noticia, porque él
se lo ha confesado por la tarde en su casa. Tal vez debería contárselo a Meri. Pero podría enfadarse, a
pesar de que es algo que nunca le ocurre con él.
—Bueno, ¿entonces estás bien?
—Más o menos, Bruno. No es fácil asimilar que el miércoles empezaré una nueva etapa.
—¿El miércoles? ¿Qué miércoles?
—Este miércoles.
—¿Ya? ¿Tan pronto? ¿No es muy precipitado?
—Un poco. Pero cuanto más tarde en irme, más trabajo me costará. Ya que voy a hacerlo, mejor
hacerlo pronto.
—Rápido y sin dolor.
—Exacto. Aunque… sí que me duele irme y alejarme de vosotros.
Aparece un icono triste en la ventana de la conversación. A los dos les apena mucho que María se
vaya tan lejos y, sobre todo, que las cosas puedan cambiar.
—No va a ser lo mismo sin ti.
—Ya encontraréis a otra más rara que yo que os haga la parte de Filosofía.
—¿Más rara que tú? Imposible.
—Mira quién habla. Tampoco creo que encuentre a alguien más raro que tú en Barcelona.
—Barcelona. Yo no podría irme para allá, con tanto seguidor del Barca junto…
—A mí eso no me afecta.
—Ester estaría en su salsa…
Y, al hablar de ella, los dos amigos piensan en la joven con una sonrisa. También lo pasará muy mal
sin la pelirroja.
—Bruno, tengo que irme.
—Vale. Si necesitas algo, tienes mi móvil. —Y el chico añade un icono riendo.
—Lo tendré en cuenta. Mañana nos vemos.
—Hasta mañana.
La conversación con Meri termina. Hoy no ha sido un día de buenas noticias, precisamente. Pero su
amiga ha elegido ese camino y él lo respeta. La echará de menos. El joven suspira y protesta profiriendo
un insulto en voz alta. Ya lo decía la canción de Boomtown Rats, / don't líke Mondays.
Y ese lunes ha sido un desastre. Pero no hay lunes que no lleve detrás un martes. Lamentarse no sirve
de mucho.
Resignado, se levanta de la silla y alcanza su BlackBerry amarilla. No ha recibido nuevos mensajes.
¿Qué estará haciendo Ester ahora?
Su habitual sonrisa lleva unos días apagándose intermitentemente a causa de las circunstancias que le han
tocado vivir. Son muchas cosas las que le han pasado, y ninguna la hace sentirse bien. Lo de esa tarde en
el piso al que la ha llevado Rodrigo ha supuesto un golpe muy duro para Ester. Aunque no sabe hasta qué
punto ella ha sido responsable o culpable. No se veía preparada para acostarse con él. No era el
momento. Pero no sabe si ha acertado al salir de allí corriendo. Quizá debería haberse quedado a hablar
con él cuando el ambiente se hubiera suavizado y los dos se hubieran tranquilizado. Pero no tenía fuerza
para ello.
Los dieciséis no han comenzado muy bien…
Bruno ha sido su único apoyo. El único que la ha hecho reír en ese estúpido lunes. Seguro que él
jamás la habría forzado a hacer nada que no quisiera. Es un gran chico. Cómo le habría gustado
enamorarse de él y corresponderle. Pero sus sentimientos son de amistad, no lo ve como a alguien con
quien salir. Por el contrario, pese a todo lo ocurrido hoy, sigue enamoradísima de su entrenador.
Pone música en el ordenador y se sienta en la cama. Escucha Down, de Jason Walker, abrazada a su
peluche Ef y, una pequeña jirafa que le regalaron hace algún tiempo y que se llama así por la chica de
«Skins», su serie preferida hasta que vio «Pequeñas mentirosas». La aprieta con fuerza. Quiere llorar.
Últimamente no para de hacerlo. Se le van a terminar las lágrimas. Cierra los ojos y los abre de golpe.
Sonríe mientras sus mejillas se humedecen. No va a permitirse continuar triste.
Es mejor pensar en positivo. En lo que la hace feliz. En la partida a la Play con Bruno. En lo graciosa
que ha sido su madre. En lo atento que siempre se ha mostrado su amigo con ella. Siempre.
Debería llamarlo para agradecerle todo lo que ha hecho por ella. Así, al menos, se irá a la cama con
una sonrisa. Y una sonrisa justificada.
—¿Ester?
—Hola, Bruno.
—Hola.
Parece sorprendido. A lo mejor estaba discutiendo con su madre o con alguno de sus hermanos. Ella,
que es hija única, siente envidia sana de que él tenga cuatro.
—¿Estabas ocupado?
—No, no. Precisamente estaba pensando en ti… Quiero decir que… A ver… Me había acordado de
ti porque acabo de hablar con Meri.
Se ha puesto nervioso. La joven sonríe. Ese punto de comicidad del chico le resulta muy divertido.
Incluso cuando no quiere hacerla reír voluntariamente.
—¿Has hablado con Meri?
—Sí.
—¿Y cómo está? ¿Se siente triste porque se marcha? No he querido llamarla ni escribirle para que no
sospechara que lo sé.
—Bueno. Está regular —contesta Bruno con un suspiro—. Se va este miércoles.
—¿Qué dices?
—Es lo que me ha dicho.
—¡Vaya! Creía que tardaría más en marcharse. ¡Si casi no nos va a dar tiempo a despedirnos de ella!
Qué complicadas serán las cosas sin Meri. Ella le aporta tanto… Espera que su amistad no se
resienta con su marcha.
—Su padre está aquí e imagino que querrá volver a Barcelona con ella.
—Uff. Tendríamos que hacerle algo especial.
—¿Una fiesta?
—Sí, algo así. Podríamos reunimos todos mañana por la tarde o por la noche y darle una gran
despedida.
—¿Dónde?
—Pues, no sé… En alguna de nuestras casas.
—En la mía imposible —advierte Bruno—. En la de Raúl, complicado con sus hermanas; y la de Val
es demasiado pequeña. Y, además, su madre llega agotada a casa.
—¿Y en la de Eli?
—Es la más grande, pero no creo que sus padres la dejen.
—Mmm. Como a mí —comenta apenada la chica—. ¿Y en Constanza? Como si fuera una reunión del
grupo.
—La última reunión del Club de los Incomprendidos.
—¡No digas eso! ¡Di la penúltima!
—No nos engañemos, Ester. Meri se va a Barcelona. Los demás no quieren que nos reunamos más…
Es el final.
—Me resisto a pensar eso.
Sería muy triste. Aunque hay muchas posibilidades de que ésa sea la última vez que queden los seis
juntos.
—Ya veremos qué pasa. No le demos más vueltas, que ya bastante has tenido hoy —afirma Bruno,
muy serio—. ¿Te encuentras un poco mejor?
—Tengo fases. Pero no puedo quitarme de la cabeza lo que ha pasado.
—Te comprendo.
—No sé cómo me he metido en esto, Bruno. Y mañana tengo que verlo otra vez en el entrenamiento.
—No vayas.
—Tengo que ir. No puedo huir constantemente. Debo dar la cara. Aunque me dé miedo enfrentarme a
él.
—No tienes que hacerlo. Pasa de una vez de ese tío, del equipo… Olvídate de todo. Tú eres más y
mejor de lo que ese tipo se merece.
—Estoy… enamorada de él. Y no puedo evitarlo. Quiero arreglar las cosas.
El silencio de su amigo le da a entender su desacuerdo en cuanto a su comportamiento.
—Vas a tropezar en la misma piedra.
—Puede ser.
—¿Y si vuelve a intentar… ya sabes? ¿Qué harás?
—Negarme. ¿Qué voy a hacer?
¿Qué va a hacer? Necesita aclarar su relación con él. Necesita saber si lo que ha pasado en el piso ha
sido sólo un calentón. Si puede volver a confiar en su entrenador. Para ello, debe acudir al entrenamiento
y, cuando acabe, hablar con Rodrigo.
—Pues iré contigo.
—¿Cómo?
—No pienso dejarte sola. Iré al entrenamiento.
—No puedes…
—Sí que puedo. Me quedaré en la grada esperando a que termines de entrenar y a que hables con él.
Y no vas a convencerme para que no lo haga.
—Bruno…
—Si tú vas a ver a ese tío… yo estaré cerca de ti. Y, por favor, no me pidas más que no lo haga,
porque no voy a hacerte caso. Al menos no en este asunto. Nunca volverás a pasar por lo que has pasado
hoy. Te lo prometo.
Capítulo 68
EL tiempo sigue arañando mi corazón sincero. Y no me apetece soltar más lágrimas que se sequen
cuando se rompen en el suelo. No quiero sufrir más por estos sentimientos que me empujan a un vacío
desconsolador, sin besos.
Estás en cada uno de mis sueños y en cada uno de mis anhelos. Estás en mis ilusiones y estás en mis
miedos. Estás al final de mi camino, en el horizonte de mi deseo. Sin embargo, yo quiero que estés aquí,
en este momento. Y en todos los momentos. Y no te veo. No, no te veo.
¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué no me atrevo a ir más allá de estos estúpidos textos? Tú sigues con
tu vida y yo continúo mi paseo por la orilla de mi sombra, que oculta mi verdadero secreto.
Me encantaría que recogieras cada uno de los pedazos de mi corazón y los acariciaras haciéndolos
tuyos. Quiero ser para ti, y que me quieras tanto que le duela al dolor. Un agridulce dolor. Ojalá fuera
así. Ojalá me atreviera a robarte un beso y a mirar hacia el futuro en tu mismo espejo. Un futuro de la
mano, sin miedos.
No sé qué hacer, cómo hablarte, qué decirte. Si me atreviera a contarte cómo pienso, cómo amo,
cómo deseo, cómo quiero… Si me atreviera a buscar en tus ojos lo que tanto, y tanto, y tanto sufrimiento
me causa… Da lo mismo, porque esto seguirá así, porque soy cobarde. Soy incapaz de atreverme a
revelar mi auténtico yo. Soy como una tortuga pequeña en medio del desierto. Sin agua, sin fuerzas, sin
seso. Dentro de un caparazón demasiado minúsculo y del que no sé salir, en el que poco a poco me
muero. Necesito razones y tu mano para tirar de mí y demostrarle al mundo que existo. Que existimos.
Aunque sea en pleno desierto. Ojalá tuviera poderes mágicos y pudiera concederme a mí misma un
deseo. Me conformo con un deseo. Conseguir un beso tuyo. Y es que lo necesito para saber que todo
aquello por lo que estoy muriendo merece la pena. Porque tú lo eres todo y, sin ti, no me quedará el más
mínimo recuerdo.
<http://tengolsecreto.blogspot.com.es/2012/04/el-tiempo-sigue-arañandome-corazón.html>
Hoy le cuesta más escribir. Siente que la llama se apaga, que las cosas van a terminar. ¿Y si le robara
un beso?
Sólo eso. Después… Después nada. No habrá nada.
Es tarde y necesita dormir. Sí, necesita irse a la cama porque mañana le espera un día lleno de
emociones.
Un día de noviembre en el que todos los incomprendidos comprenderán que no todo es lo que parece

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