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Martes
Capítulo 69
—ACUÉRDATE de que esta tarde tienes dentista.
—Sí, mamá.
—Alas cinco.
—Que sí, pesada.
—Bueno, luego no me digas que no te he avisado, Elísabet.
—Me lo has dicho diez veces desde que me he despertado.
—Porque luego haces tus planes y se te pasa… Intentaré ir contigo, pero si no puedo tendrás que ir tú
sola.
—Lo sé. No es la primera vez.
—A las cinco. ¿Vale?
—Vale, vale —dice al tiempo que mueve la cabeza de un lado a otro y sonríe—. Adiós, mamá.
Y, tras darle un beso, sale de su casa alegremente. Ni siquiera tener que ir al dentista le va a quitar
hoy la sonrisa de la cara. En seguida verá a Raúl, y eso está por encima de cualquier empaste o limpieza
bucal.
¿Se lo habrá pensado ya? Ha soñado durante toda la noche con que le decía que sí, que estaba
dispuesto a intentarlo con ella. ¡Que serían novios! Y, aunque sabe que no ha sido real, que sólo han sido
deseos concedidos mientras dormía, aquello le ha inyectado una gran dosis de esperanza en cada vena
del cuerpo. El corazón le palpita muy de prisa, y Eli no tiene intención de pedirle que pare.
¡Ama a Raúl!
La chica camina hacia el instituto llena de una felicidad desbordante, a juego con el maravilloso día
que hace. Ni siquiera el frío matinal o el débil viento que le alborota el pelo le estorban. El día es
fantástico y punto. Y más que lo será.
¿De dónde ha sacado tanto optimismo? Su estado de ánimo es una montaña rusa. Arriba y abajo
constantemente. Imagina que es porque es bipolar, como escribió en su último estado de Tuenti. ¿Qué
chica de hoy en día no lo es? Y es que ella ya es una adolescente normal, una más, algo que no podía
decir hace unos años.
¡Se está vengando bien de todos aquellos asquerosos granos del pasado!
Pero no es sólo que sea normal, es que está buena y es guapa. Y gusta. Como a ese universitario que
acaba de pasar a su lado y le ha guiñado un ojo. O al señor del bastón que se le ha quedado mirando el
trasero, bien ajustado dentro del vaquero de Stradivarius.
O a ese motorista que se para justo delante de ella y quema rueda en su honor. Lleva una chaqueta
negra de cuero y un casco con un dibujo de un demonio rojo que se ríe. El chico se sube la visera y le
dedica un piropo malsonante. Elísabet sigue caminando sin darle mucha importancia a ese tío. ¿Qué se
piensa? ¿Que por tener una moto va a impresionarla? Ja.
Sin embargo, el motorista acelera de golpe y pasa junto a ella casi rozándola. La joven se lleva un
susto tremendo. ¡Será capullo! ¿Está loco o qué? Pero ahí no termina el asunto: la moto que casi la
embiste da la vuelta y regresa hacia ella a toda velocidad. La chica no tiene escapatoria en esa calle tan
estrecha. Trata de echarse a un lado, pegándose todo lo que puede a la pared, y grita cuando tiene el
vehículo prácticamente encima.
A escasos centímetros de ella, el motorista frena en seco.
—¡Tío! Pero ¿tú estás mal de la cabeza? —exclama Eli muy alterada—. ¡Estás para que te encierren
en un manicomio!
—Puede que tu aspecto haya cambiado, pero sigues siendo igual de borde —comenta el joven de la
moto, sonriente, tras quitarse el casco.
La chica no esperaba encontrarse con ese muchacho, que ya había quedado atrás, en el más absoluto
de los olvidos. Raimundo Sánchez lleva el pelo rubio bastante más largo que cuando iba al instituto. Está
cachas, y Eli debe reconocer que también está muy guapo. Pero sigue siendo el mismo cretino de
siempre.
—Tú tampoco has cambiado nada. Es difícil que un gilipollas deje de serlo, aunque pases meses sin
verlo.
—Tranquila, no te enfades.
Elísabet no tiene ganas de perder el tiempo con ese estúpido. Continúa caminando, pero Rai la
persigue con la moto. Despacio, al ritmo de Eli, el joven avanza con el casco en el regazo.
—Me han dicho que desde que no tienes granos en la cara te has dado a la buena vida. Y, mirándote
bien, no me extraña que los tíos se te rifen.
—Déjame en paz.
—¿A cuántos te has tirado del instituto?
—A todos menos a tí —contesta sarcástica—. ¡Ah, perdona! ¡Que te echaron hace un año por
imbécil!
—Fue por insultar al director. Pero bueno…
—Lo dicho. Por imbécil. Aunque me quedo algo corta.
Los dos siguen avanzando en paralelo hacia el instituto. Eli anda cada vez más de prisa, pero el otro
no se marcha y sigue a su lado.
—¿Sabes? No podía imaginarme, cuando me metía tanto contigo, que algún día te convertirías en
esto. Te has puesto cañón.
—Olvídame ya, capullo. Vete a molestar a otra parte.
—El patito más feo de la clase se ha transformado en un precioso cisne.
—En cambio, tú sigues siendo un impresentable.
—Me pone que me insultes.
—Eres…
Pero antes de que Eli acabe la frase, Raimundo acelera y hace un caballito mientras da un alarido
subido encima del carenado. El joven aparca unos metros por delante de ella, se baja de la moto y se
acerca a Elísabet silbando y con las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta de cuero.
—Así podemos hablar más cómodos.
—No quiero hablar contigo. Vete.
—Vamos, no seas así. Por los viejos tiempos.
—¿Por los viejos tiempos? ¿Esos en los que me insultabas y te reías de mí?
—¡Qué buenos tiempos! Lo echo de menos.
—Pues yo no. Y mucho menos a ti.
El día iba a ser perfecto, pero ha venido a fastidiárselo el tío que más daño le ha hecho en su vida.
¿Por qué no se larga? ¿Es que va a seguirla hasta que lleguen al instituto?
—¿Y tu novia? ¿Se ha puesto muy celosa porque te hayas enrollado con otros?
—¿Voy a tener que avisar a la policía para que me dejes en paz?
—La vi hace unos meses, y también ha mejorado bastante. Valeria se llamaba, ¿no? Os imaginé a las
dos juntas y… Mmmm. ¿Por qué no quedamos los tres un día, nos tomamos unas copas y lo pasamos
bien? Elísabet ya no lo soporta más. Se detiene y lo mira a los ojos, furiosa. Él la desafía sin dejar de
sonreír.
—Rai, o te vas o te juro que grito que me estás acosando.
—Hazlo. Grita.
—Vete y olvídame, por favor.
—No pienso irme. Quiero salir contigo un día y aumentar tu lista de trofeos. Y también la mía, claro.
—Gilipollas.
—Vamos, si estás deseándolo. Sólo es para divertirnos un rato.
—No me liaría contigo ni aunque fueras el último tío del planeta.
—No será para tanto… —Dando unos pasitos hacia delante, Rai se aproxima a Eli, quien se echa
hacia atrás, temerosa de que intente algo.
—No te acerques más.
—No serás lesbiana de verdad como se rumoreaba, ¿no?
—No soy lesbiana. Me gustan los tíos. Pero tú eres un animal.
En ese momento, alguien llega hasta ellos corriendo. Raimundo se vuelve y comprueba que se trata de
un muchacho bajito, aunque algo más alto de lo que recordaba.
—¿Te está molestando? —le pregunta a la chica, a la que nota muy nerviosa.
Ésta asiente con la cabeza y se coloca a su lado. Bruno le acaricia un brazo para calmarla y
contempla al tío que le amargó gran parte de la existencia durante los primeros años de instituto.
—¡Hombre! ¡Corradini, el enano bufón! —grita Raimundo con una risotada—. Joder, ya ni me
acordaba de ti. Pensaba que igual te habías metido en un circo o algo.
—Mira qué casualidad. Yo tampoco me acordaba de ti, payaso.
—Qué bien lo pasábamos juntos, ¿eh, Corradini? Tienes que admitir que, gracias a nosotros, te
hiciste popular en el instituto. Aunque sólo fuera por todas las bromas que te gastamos.
Y suelta una carcajada. Durante varios años, Bruno fue uno de los objetivos favoritos de Raimundo
Sánchez y sus amigos. Le hicieron todo tipo de inocentadas y faenas de mal gusto, y el chico se vio
obligado a soportarlas.
—Sólo os divertíais vosotros.
—De eso se trataba.
—¿Por qué no te vas al reformatorio del que te has escapado y nos dejas tranquilos, capullo?
La expresión del rostro del joven rubio cambia. Ya no sonríe. Se acerca a Bruno y le pone una mano
en el pecho.
—Que ésta me insulte me da lo mismo. Hasta me gusta —explica molesto—. Pero que lo haga un
enano como tú…
—No me das miedo.
—¡Bruno, déjalo! ¡Pasa de este idiota! ¡Vámonos!
No obstante, el chico desoye a su amiga y permanece quieto delante de Rai.
—¿Quieres guerra, pequeño?
—Ya te he dicho que no te tengo miedo, inútil.
Entonces, Raimundo lo empuja y Bruno cae al suelo de espaldas. Se levanta rápidamente, algo
dolorido por el golpe contra el asfalto, pero, sin tiempo para reaccionar, vuelve a sentir la fuerza del otro
en el pecho y cae de nuevo, esta vez con más violencia.
—¿Qué decías, enano?
—Eres un capullo —lo insulta Bruno desde el suelo—.
Tienes tan poco dentro de esa cabeza hueca que lo único que sabes hacer es dañar a los demás.
—¡Oh, qué bonito! Qué bien hablas, Corradini. De verdad. —Y lo aplaude con ironía.
Es el propio Raimundo el que alza a Bruno agarrándolo por el brazo. Tira de él y lo levanta. Elísabet
va hacia ellos y se sitúa junto a su amigo.
—Déjalo ya. Vámonos. No merece la pena.
—No se va a ningún sitio —amenaza Raimundo—. Tiene que pagar por todos los insultos que me ha
soltado.
Lo empuja otra vez, pero en esta ocasión Bruno no cae. Permanece en pie, con Eli cerca. Rai se
aproxima lentamente a él. Está harto de la insolencia de ese enano que ha tenido el atrevimiento de
faltarle el respeto. Sin embargo, cuando va a empujarlo para lanzarlo contra el suelo una vez más, alguien
que se interpone entre ellos aparece de la nada.
—¿Qué tal le va, señor Sánchez? Hacía mucho tiempo que no lo veía.
—Eh… Bien, profesor.
—Me alegro mucho. Siempre es un gusto encontrarme con antiguos estudiantes. —Lo golpea con
fuerza en la espalda con la palma de la mano.
—Yo…
—¿Qué sucede? ¿Tiene algún problema con mis alumnos?
—Bueno… No. Sólo estaba saludándolos.
El profesor de Matemáticas no sonríe, pero en su expresión se aprecia cierta satisfacción. Bruno y Eli
se miran entre sí, sorprendidos. No lo han visto llegar por ninguna parte. En cualquier caso, es una suerte
que haya aparecido para ayudarlos.
—Muy bien. Los buenos modales que no falten. Me alegro de que la salida de nuestro centro le haya
servido de algo. ¿Quiere acompañarnos usted al instituto y así recordamos viejos tiempos?
—No, no. Ya me iba. Tengo la moto ahí, aparcada.
—Como usted quiera. Me alegro de verlo, y ya sabe que nuestra casa es su casa siempre que venga
para hacernos una visita cordial.
Raimundo, algo aturdido, se despide del hombre y se aleja rápidamente hacia el lugar donde ha
dejado la moto. Mientras, el profesor de Matemáticas y los dos chicos prosiguen su camino hacia el
instituto. El hombre no habla demasiado, se limita a escuchar a sus alumnos, que le cuentan lo que ha
sucedido, ya más relajados. Cuando llegan al centro, se separan y se despiden hasta la próxima clase que
les toque con él.
Bruno y Eli se dirigen contentos hacia su aula.
—Muchas gracias —le dice ella sonriendo—. Has sido muy valiente, aunque no tenías por qué
hacerlo.
—No podía dejarte sola con ese tío.
—Bueno, me las habría apañado bien con él. Estaba controlado. Pero gracias de verdad por echarme
una mano.
—Para eso están los amigos.
Y, de repente, todas las tiranteces, todos los malos rollos entre ellos y todos los reproches del pasado
se esfuman a toda prisa. Eli se inclina sobre él y le da un beso en la mejilla.
Ambos seguirán siendo como son y continuarán pensando de manera diferente. Pero en esa mañana de
martes han recordado que son amigos. Y, a pesar de que las cosas han cambiado, y de que cambiarán
todavía más en las próximas horas, los dos saben que, en caso de necesidad, un incomprendido ayudará
al otro. O al menos lo intentará.
Capítulo 70
¡DIOS! ¿Qué hora es?
Valeria se incorpora en la cama como un resorte, cual vampiro en su ataúd. Mira su BlackBerry rosa
y… ¡Las ocho y cuarto! Se da cuenta de que tiene un mensaje en el WhatsApp, pero ya lo verá luego.
¡Ahora no tiene tiempo! ¡No tiene tiempo!
No, no, no. No puede ser. ¡Llegará tarde al instituto! ¡Ya primera hora toca Historia! ¡Su asignatura!
¡Con lo estricta que es esa profe con la puntualidad! Está perdida. ¡Qué desastre!
Y es que anoche se acostó tan temprano que se desveló de madrugada. Se pasó desde las cuatro hasta
las seis sin pegar ojo. Pensó mucho en Raúl, en el beso que le dio Eli, en las palabras de su amiga por el
chat, en César, en el destino… Le dio tiempo a pensar en muchas cosas, porque estuvo dos horas dando
vueltas en la cama.
¡Qué mal!
Va al baño, se lava los dientes a toda prisa y regresa a su habitación, donde se quita el pijama. ¿Qué
se pone? Lo primero que pilla: un vaquero negro, que estiliza más, y una camiseta gris con la imagen de
una mujer bebiendo una copa de Martini. Encima, un abrigo oscuro de primavera-otoño, como ella lo
llama, que no abriga mucho, pero que la protege lo suficiente del frío de la mañana y del relente de la
noche. Se sienta en la cama y se calza las botas. Vuelve al baño, se peina. Mejor se hace una coleta,
porque hoy no tiene el pelo para fiestas. Se echa agua en la cara; mirada al espejo, todo correcto…
¡Lista!
Rápidamente, entra en la cocina y busca algo que llevarse a la boca. Necesita comer algo antes de ir
al instituto. Un Donut blanco. Le da un mordisco y, corriendo, entra en su cuarto. Menos mal que lo dejó
todo preparado anoche y que la mochila está a punto. Se la cuelga a la espalda. Alcanza la BB y la
sostiene con una mano mientras le da un mordisco al desayuno que aguanta con la otra.
¡A clase!
Tiene siete minutos para llegar. Si va muy rápido lo logrará.
Baja las escaleras de dos en dos. Sale como un rayo del edificio. Un mordisco más. Corre tan rápido
como puede. Tiene que llegar antes de las ocho y media, si no, la dejarán fuera a primera hora.
Un semáforo la detiene. ¡Joder!
Bueno, así le da tiempo a darle el último bocado al Donut y a leer el mensaje que tiene pendiente en
el smartphone. Lo abre. Es de Raúl. Ay.
¡Buenos días, princesa! Espero que me hayas perdonado. Anoche me fui a la cama pensando en ti y
hoy me he levantado feliz después de haber soñado contigo. Tengo ganas de verte. Muchas ganas.
Valeria suspira. Ni siquiera se da cuenta de que el semáforo ha cambiado de color. Lee otra vez el
WhatsApp. Más suspiros. Qué mono es. Sin embargo, sigue fastidiándole que besara a Eli el domingo y
no se lo dijera. Y que ayer le diera esperanzas a su amiga de que entre ellos podría haber algo más. Sí, le
fastidia mucho.
Pero… lo quiere. Y necesita verlo.
¡Si no se da prisa no lo verá hasta segunda hora!
Cruza el semáforo cuando la luz ya se ha puesto en intermitente. Un coche le pita, pero Valeria ni se
vuelve para mirarlo. Que espere, que la que tiene prisa es ella. Y corre hacia el instituto.
Dos calles más. Un paso de cebra. Otro semáforo. Otra calle. Al final, la meta.
Llega, no llega, llega, no llega.
Mira el reloj de la BlackBerry… ¡Mierda! ¡Las ocho y veintinueve!
Un último sprint con la mochila rebotando contra su espalda. Nota que se le está clavando un
cuaderno en el omoplato. ¡Por fin llegó al insti! Cruza la puerta de entrada. Un pasillo, dobla la esquina,
sube la escalera que termina en la planta en la que está su clase. A toda velocidad. Y…
—No corras más, acaba de entrar. —La voz es la del chico que está sentado en el último peldaño.
¡Nooooo! ¡No lo ha logrado! Si fuera un dibujo anime, le aparecería una gota blanca en la frente y
luego se caería al suelo. Lo ha intentado, pero no ha llegado a tiempo.
Pero el que le ha hablado es Raúl, que le sonríe y la coge de la mano para que se siente a su lado. La
chica, exhausta, accede y apoya la cabeza en el hombro del joven mientras inspira jadeante. Se quita la
mochila y la coloca en el suelo.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás dentro?
—Estaba esperándote.
—¿Por qué? Si…
—Porque quería darte esto.
Y, abrazándola, rodeándola con las manos, le da un beso en la boca. La chica no puede creerse que se
estén besando allí en medio. Pero le gusta volver a saborear sus labios. Lo echaba de menos.
—Loco, estás loco —dice tras separarse de él—. ¿Y si nos ve alguien?
—¿Quién va a vernos? Todos están en clase.
—¡Siempre hay gente que llega tarde!
Pero Raúl, lejos de alarmarse, vuelve a inclinarse sobre ella y le regala otro beso. Valeria no se
resiste. Cierra los ojos y se deja llevar.
—Anda, vamos a un sitio más tranquilo. No vayan a pillarnos aquí y descubran nuestro secreto —
suelta el joven, tras besarla, con una sonrisa.
—Y lo dices ahora. Serás…
La pareja se levanta y baja por las escaleras. No pueden salir del centro, así que lo mejor es irse a
algún lugar tranquilo donde puedan pasar la hora de Historia: la parte de atrás del instituto, donde suelen
reunirse en los recreos.
Los dos se sientan en el suelo y se miran durante un instante. Valeria siente un escalofrío y un inmenso
deseo de besarlo. Ahora es ella la que se lanza sobre él. Y lo hace apasionadamente. Incluso se atreve a
guiar la mano del chico hacia su camiseta, bajo el abrigo. Raúl la frena y la contempla risueño.
—Imagino que esto significa que me has perdonado.
—No se me ha olvidado lo del beso a Eli, si es a lo que te refieres.
—¿No? Vaya.
—Si ella no me lo hubiera contado, ¿lo habrías hecho tú?
—No lo sé.
Por lo menos es sincero y no le dice que sí para quedar bien.
—A ver, Raúl: lo que a mí me molestó fue que no me lo dijeras.
—Y si te hubiera dicho que me besó ella, ¿no te habría molestado?
—Mmm. Sí, también. Pero menos.
El joven ríe. A continuación, le explica cómo se desarrollaron los hechos. Incluido el detalle de que
ni él ni Elísabet cerraron los ojos al unir los labios.
—Fue así de frío. Y no me aparté porque me pilló desprevenido —insiste con tranquilidad—. Si te lo
hubiese dicho, te habría sentado mal y, además, te habría hecho daño, Val.
—Bueno, si fue así… Te perdono.
—Gracias.
—Pero nada de más besos con otras ni de más secretos. Recuerda que ayer me dijiste que ya éramos
novios. Novios en secreto, pero novios.
—Novios en secreto, buen nombre para una película.
—Jo, déjate de películas ahora. Tienes un guión en la cabeza.
—La mejor película que haré es la que estamos rodando tú y yo ahora.
Esas palabras dejan boquiabierta a Valeria, que siente un hormigueo en el estómago. Y le da un
pequeño beso en los labios. Dulce, romántico, cariñoso. Qué bien que lo hayan arreglado todo tan rápido.
No podía ser que tuvieran su primera pelea nada más empezar.
—¿Qué vas a decirle a Eli sobre vuestra posible relación?
—No lo sé, Val.
—Creo que no deberías darle más esperanzas. Si se ilusiona demasiado con la posibilidad de que
podáis tener algo, después lo pasará peor.
—Es que me da miedo su reacción. Está muy reciente lo de ayer en su casa. No quiero que le dé otro
ataque de ansiedad por mi culpa.
—No fue por tu culpa.
—No puedo evitar sentirme responsable —dice Raúl muy serio.
—Ya.
—Tengo que esperar el momento adecuado para hablar con ella. Se lo he dejado claro dos veces,
pero ella ha insistido.
—Entonces, si te pregunta, ¿le dirás que no lo has pensado?
—Le diré que lo he pensado mucho pero que necesito más tiempo.
Valeria siente pena por su amiga. Es muy duro vivir con esa incertidumbre. Por otra parte, le gustaría
que Raúl resolviera aquel asunto de una vez por todas y se centrara sólo en ella. Pero debe tener
paciencia. La misma que necesita para aguardar el instante perfecto para contarle a todos que ese chico y
ella son novios. ¡Novios! Suena genial.
Aunque lo de verse y besarse a escondidas también tiene su puntito de emoción.
Capítulo 71
HAN pasado unas cuantas semanas desde el comienzo del curso y todos ellos están disfrutando de algo
que hasta entonces no habían tenido: un grupo de amigos con quienes compartir sus miedos, sus
problemas y sus alegrías.
Todos los días parecen más largos de lo que son. Más intensos. Tanto dentro como fuera de clase. Sin
embargo, cuando echan la mirada atrás, hasta mediados de septiembre, tienen la impresión de que fue
ayer cuando empezó todo.
—¿Sabéis? Esto que ha nacido entre nosotros es muy especial —comenta Raúl sentado en el suelo
mientras mira a los otros cuatro de uno en uno—. En muy poco tiempo, os habéis convertido en algo más
que en mis amigos. Somos como una familia. Y creo que esto tan bonito que hay entre los cinco
deberíamos hacerlo aún más grande. Algo oficial. Que sea sólo nuestro y para nosotros.
—Explícate —le pide Bruno, que está a su lado.
—¿Hablas de crear algo así como una especie de club?
—Sí, Meri. Algo así. Y de reunimos de vez en cuando en alguna parte, de ayudarnos todo lo que
podamos los unos a los otros, de preparar actividades para hacer… Sería divertido, ¿no os parece?
Valeria contempla al joven con admiración. Le gusta cómo habla, aunque cuando se dirige a ella se
pone colorada. Pero le pasa con todos los chicos del mundo. Incluso con el bajito que está junto a él.
—¡Me parece una idea genial! —exclama Eli entusiasmada con la ocurrencia—. Un club como el de
los poetas muertos. Vi esa peli y me encantó.
—¡Oh, capitán, mi capitán!
—Eso, eso. ¡Qué guay!
A Raúl le apasiona esa película. A él le gustaría ser director de cine algún día y que los diálogos o
frases de sus guiones quedaran para la posteridad, como esas palabras de la historia de Peter Weir, de
quien también le encantó El show de Traman.
—A mí también me gusta la idea —señala la chica pelirroja mientras se coloca bien las gafas.
—¿Estamos todos de acuerdo, entonces?
Bruno y Valeria asienten con la cabeza cuando Raúl los mira. Para ambos es una novedad que alguien
quiera pertenecer al mismo grupo que ellos. La chica habla muy poquito, aunque va soltándose algo más
con el paso de los días; él, por su parte, siempre había sido el objeto de las bromas e insultos de los más
gamberros del instituto. El resto de los estudiantes se reían de su escasa estatura o lo ignoraban por
completo. Sólo Meri le hacía caso y era capaz de tratarlo como a un chico normal. Y viceversa. Porque
Bruno, hasta que apareció el resto, también era el único amigo de María.
—¡De acuerdo! —grita Eli al tiempo que gatea por el suelo para acercarse más a Raúl, que es quien
está en el centro.
El joven coge una libreta y un bolígrafo que ya traía preparados y apunta en grande en la pi miera
página: «Reunión número 1.»
—Bien, empezad a decirme todo lo que se os ocurra
que podríamos hacer, dónde podríamos quedar… Todo lo
que se os venga a la cabeza. Cuantas más cosas, mejor. Esto
es algo entre los cinco, así que entre los cinco debemos
crear nuestro club.
Todos se quedan un instante en silencio, pensando. La idea que ha tenido Raúl los ilusiona
muchísimo a todos.
María es la primera en hablar.
—Una vez vi en una serie de dibujos animados que un grupo de amigos colaboraba entre ellos para
hacer los deberes, preparar los exámenes… Hacían las cosas de clase entre todos.
—¿Cómo es eso?
—Cada uno de los chicos tenía encomendada una asignatura y se dedicaba a ella en exclusiva. Luego
se pasaban los unos a los otros los apuntes, los ejercicios y los resúmenes de cada materia. Y les iba
fenomenal, porque el esfuerzo era mucho menor y conseguían mejores resultados.
—¡Menudo morro! —comenta Eli impactada—. ¡Pero es genial!
—Sí que es genial. Lo apunto.
Raúl escribe en la libreta: «Primera medida: una asignatura para cada uno y todas para el grupo.» Y
lo lee en voz alta.
—Te ha quedado muy de los mosqueteros —comenta Bruno—. Pues yo me pido Matemáticas.
—Perfecto. Yo me quedo con los idiomas.
—Si a mí me dejáis Lengua, ¡yo feliz!
Nadie se opone, así que para Elísabet la asignatura de Lengua.
—Faltáis vosotras dos, ¿qué queréis? —le pregunta Raúl a las dos chicas que faltan por decidir.
—A mí me da igual —señala Meri—. ¿Sociales?
—Perfecto. Sociales para la pelirroja. ¿Y tú, Valeria? ¿Ciencias de la Naturaleza?
—Vale.
El chico lo escribe en el cuaderno y sonríe a su amiga.
—¿Y el resto de asignaturas?
—Nos las repartimos. Dependiendo de lo cargada que esté la semana en cada materia, el que tenga
menos que hacer va preparando lo que se dé en las otras. De todas formas, las que no están designadas
son las más fáciles. No habrá problema con ellas.
Raúl examina detenidamente lo que ha apuntado y lo lee en voz alta. Cuando termina, les pregunta a
todos si están conformes. Sus cuatro amigos asienten.
—Más cosas.
—¡Yo! ¡Yo! —grita Eli tras ponerse de pie—. Estaría genial que, además de nuestras cuentas de
Tuenti, hiciéramos un foro al que sólo nosotros tuviéramos acceso. Allí podríamos poner comentarios,
canciones, opiniones de películas…
La chica habla muy de prisa, casi trabándose con las palabras. Pero lo que dice tiene sentido. Y gusta
al resto.
—Me parece genial —interviene Bruno—. Aunque la mayoría de las veces tengo que pelearme con
mis hermanos para conseguir que me dejen el ordenador.
—Yo ni siquiera tengo ordenador. Pero pronto me regalarán uno —dice Valeria en voz baja.
—Bien. Pues crearemos un foro en la red en el que sólo nosotros cinco podremos entrar.
—¡Fenomenal! ¡Gracias por aceptar mi idea!
La expresiva sonrisa de esa chica tan particular contagia al resto, que también sonríe. A veces se muestra
tan eufórica… Aunque también le ocurre justo lo contrario. En ocasiones llora y llora sin parar y sin
venir a cuento.
—Además, en ese foro podremos colgar los apuntes de cada asignatura —añade Raúl.
—¡Sí! ¡Y podremos escribir cómo nos sentimos y si vamos a faltar a alguna clase!
—También, también.
—¡Será como un cuartel general cibernético!
La frase de Elísabet provoca una carcajada general en el resto de los chicos. Raúl mueve la cabeza y
anota en la libreta: «Segunda medida: cuartel general cibernético.»
—Ya está. Ahora…
—¡Esto me encanta! —interrumpe Elísabet, que se lo está pasando en grande—. ¿Qué más, qué más?
—Antes de que sigamos proponiendo cosas, creo que debemos darle un nombre al club —sugiere
Raúl mientras muerde la parte de abajo del bolígrafo.
Los cinco vuelven a guardar silencio y piensan en un nombre con el que denominar el grupo.
—El Club de las Mentes Brillantes.
De nuevo, todos sonríen ante lo que dice Eli. Ella misma se da cuenta de que ese nombre no es el
adecuado.
—¿Los Cinco? No, eso ya está inventado —insiste la propia Elísabet.
—El Club de los Marginados —propone Bruno.
—No, marginados, no. Pero… ¿incomprendidos?
—El Club de los Incomprendidos —recita Meri sonriente—. Me gusta cómo suena.
—¡Ya mí!
—Me parece un nombre genial.
Los cinco se muestran de acuerdo y dan el visto bueno. No hay nada que los defina mejor. Son chicos
incomprendidos a los que nadie entendía, a los que nadie respetaba, a los que nadie quería, hasta que se
fueron uniendo unos con otros en el camino.
Todos están muy contentos, pero Raúl es el que se siente más satisfecho. Por fin encuentra buena
gente con la que suplir la ausencia de cariño que sufre en su casa. Se acuerda de su padre, que estará
mirándolo desde alguna parte. ¡Cuánto lo echa de menos!
El joven deja de morder el bolígrafo, cierra el cuaderno y, en la pasta, con letras mayúsculas, escribe
orgulloso:
EL CLUB DE LOS INCOMPRENDIDOS. CUADERNO NÚMERO 1
Capítulo 72
SE baja del coche y entra en el instituto junto a sus padres. Mientras ellos arreglan los papeles para el
traslado, Meri irá a hablar con los chicos y a darles la noticia de su marcha.
—Voy a ver a mis amigos —anuncia temblorosa.
Su padre asiente y le da un cariñoso beso en la cabeza. Meri se despide de sus padres y se aleja por
el pasillo. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan nerviosa. Tener que anunciarles a los demás que se
va, que mañana ya estará viviendo en Barcelona, es uno de los tragos más difíciles que ha pasado en su
vida. Está muy cansada. Apenas ha dormido y lleva toda la mañana haciendo las maletas con la ayuda de
su hermana. Aunque sigue resultándole difícil asimilar que se marcha de Madrid, empieza a aceptarlo.
No le queda más remedio.
Aún falta un minuto para el recreo. Por eso todos los pasillos están vacíos. Pero se palpa la tensión
en el ambiente. Como cuando se sabe que va a llover pero todavía no ha comenzado. Los instantes
anteriores a la tormenta se perciben, aunque todavía no caigan gotas.
María se dirige hacia la escalera por la que bajarán sus amigos. Los esperará abajo y luego los
acompañará, por última vez, a la parte de atrás del instituto, donde tantos y tan buenos momentos ha
pasado. Allí incluso recibió su primer y su segundo beso. Sus únicos besos. A pesar de las ganas que
tiene de que aquello se repita algún día. Piensa en lo que quiere de verdad. Y en Bruno y en sus
sentimientos. Y en cómo se ha controlado durante todo ese tiempo. Yen…
La sirena es el anticipo del alboroto general. Es como si un ciclón pasase de pronto por ese punto
concreto de la ciudad. Algunos chicos a los que conoce de vista y con los que no ha hablado en todo ese
tiempo la observan, curiosos, y cuchichean. A ellos no los echará de menos. Pero tampoco les guardará
rencor. Ni siquiera a los que le han hecho la vida algo más difícil durante los cuatro años y dos meses
que ha estado estudiando allí.
A ella, en cambio… Parece una señal que la primera cara conocida de verdad que vea sea la de
Ester. Está guapísima, con su flequillo recto perfectamente alineado. Bruno, a quien le habla y sonríe, va
con ella. Son sus niños. A los que realmente extrañará a seiscientos kilómetros de distancia.
Su amiga se da cuenta de su presencia cuando está en mitad de la escalera y, llevada por un fuerte
impulso, corre hacia ella.
Las dos se funden en un gran abrazo emocionado. Meri nota que Ester llora sobre su hombro y deduce
que ya lo sabe.
—Te lo ha dicho Bruno, ¿verdad?
—Sí —le susurra al oído—. Pero no te enfades con él. No quería contarme nada, pero yo se lo saqué.
—No te preocupes, no estoy enfadada.
Como de costumbre. Nunca es capaz de enfadarse con ese chico que tanto la ha hecho disfrutar a lo
largo de aquellos años.
Las dos amigas se miran a los ojos y vuelven a abrazarse, hasta que Bruno las interrumpe.
—Lo siento, Meri. Soy un bocazas.
—No pasa nada. ¿Los demás también lo saben?
—No. Sólo nosotros dos.
—Bueno, es hora de que ellos se enteren, entonces.
Los tres salen por una de las puertas del edificio y se dirigen hacia la parte trasera del instituto. Sopla
un poco de viento, aunque no es tan frío como el de esa mañana.
—No me puedo creer que te vayas —dice Ester mientras se seca los ojos—. No sé qué voy a hacer
sin tí.
—Yo tampoco sé qué voy a hacer sin ti en Barcelona.
—No quiero que te marches, Meri. Pero comprendo que lo hagas. Yo haría lo mismo en tu situación.
Aquello reconforta a María, aunque también la entristece. Siente un gran vacío interior y unas
extrañas ganas de llorar que, sin embargo, no es capaz de liberar.
En seguida, aparecen Elísabet y Valeria. Y, veinte segundos más tarde, Raúl, que lleva un gran
paquete de patatas al punto de sal. La de bolsas de esas que han compartido. La melancolía y la añoranza
se apoderan de ella.
—¡Eh, pelirroja! ¿Dónde te has metido? —pregunta el joven al tiempo que se acerca hasta ella y le da
un cariñoso abrazo.
Ahí está el chico que le concedió su primer beso. El primero que la defendió de los malos. El que
durante un tiempo fue su gran amor platónico.
—Chicos, tengo algo que contaros.
Su rostro aniñado, adornado por unas gafas de pasta azul, anuncia que lo que va a decirles es algo
serio de verdad. Todos la contemplan mientras se sientan en círculo, como suelen hacer en cada recreo.
Empezaron siendo cinco; luego fueron seis, pero parece que pronto volverán al número con el que
comenzaron a refugiarse en ese rincón tan particular y significativo para todos ellos.
—¿Qué es, Meri? Nos has dejado a todos muy preocupados —interviene Raúl con semblante serio.
—Me marcho —suelta la chica sin más prolegómenos—. Mañana me voy con mi padre a
Barcelona… A vivir con él.
Ester, aunque ya conocía la noticia, no puede evitar echarse a llorar. Oculta la cabeza entre las
piernas y se tapa la cara con las manos. Su desolación es tal que Bruno tiene que acercarse a ella para
consolarla.
—¿Estás hablando en serio? —pregunta Eli, que se ha quedado de piedra.
—Sí. Ya está decidido. Mis padres están en secretaría arreglando los papeles para darme de baja y
que pueda inscribirme en otro centro.
—No sé qué decir.
Elísabet se levanta y se acerca a ella. Le da un gran abrazo e incluso se le escapa alguna lágrima. En
ese momento recuerda cómo se creó el Club y por qué. Era la unión de unos chicos incomprendidos que
se amparaban en otros como ellos. Meri siempre ha sido una gran amiga, no puede hacerle ni un solo
reproche, aunque el tiempo y la adolescencia las hayan ido distanciando.
Valeria se les une en seguida; también abraza a María y le da un beso en la frente. Se le ha formado
un nudo en la garganta y aguanta las lágrimas como puede.
—Te vamos a echar mucho de menos, pelirroja.
—Y yo a vosotros.
Las tres sonríen con tristeza mientras escuchan el sollozo de Ester, que todavía no ha podido
tranquilizarse.
—Pero ¿por qué te vas a Barcelona? —le pregunta Raúl, que intenta mantener la compostura a pesar
de que aquello le duele tanto como a los demás.
—Mi padre no se encuentra muy bien y necesita que alguien que le quiera esté con él.
—¿Está enfermo?
—No, no. Es por otra cuestión. Se siente muy solo viviendo allí y no tiene a nadie con quien
compartir su vida.
La chica les explica con más detalle el asunto. Cada minuto que pasa le cuesta más hablar. Se
emociona constantemente. Sobre todo cada vez que se fija en Ester y observa sus vivarachos ojos
enrojecidos.
—¿Y tu madre? ¿Ha permitido que te vayas así como así?
—Al principio se enfadó mucho. Pero luego me ha apoyado y respeta que haya tomado esta decisión.
—¿Y te vas mañana? Madre mía, qué precipitado todo.
—Sí. Ha sido todo muy rápido.
Un silencio, fruto de la sorpresa y de la tristeza, se adueña del grupo. Meri lo aprovecha y se pone de
pie para sentarse en medio de sus dos mejores amigos. Bruno le acaricia el pelo y Ester se agarra de su
brazo. Luego le da un beso en la mejilla y respira hondo para soltar parte de la pena que no deja de
agobiarla.
—Podríamos dar una fiesta de despedida esta noche —comenta Bruno en ese momento en que nadie
habla.
—Me parece una gran idea —lo secunda Eli sonriéndole.
¿Cuánto hacía que una sugerencia del otro no era bien recibida? Sin embargo, desde esta mañana
saben que, aunque las cosas han cambiado, siguen siendo amigos.
—Valeria, ¿crees que tu madre nos dejaría Constanza?
—Se lo preguntaré, pero no creo que haya problemas.
—Si Mará nos deja, podríamos ir allí sobre las ocho y luego cerrarlo nosotros. ¿Os parece bien?
Raúl, que es normalmente quien toma y dirige ese tipo de decisiones, no pone ninguna pega. Asiente
con la cabeza y está de acuerdo con lo que ha dicho su amigo. El resto también apoya la idea de Bruno.
—Chicos, no hace falta que me deis una fiesta de despedida.
—¿Cómo que no hace falta? —pregunta Ester—. Tú te mereces eso y mucho más.
—Sí, pelirroja. No vamos a dejar que te deshagas de nosotros sin que al menos tengas tu minuto de
homenaje —apunta Raúl con una sonrisa.
—¡Por supuesto que tendrás tu fiesta! —exclama Elísabet.
—¿O es que pensabas que ibas a estar sola en tu última noche en Madrid? —termina diciendo Valeria
mientras gesticula exageradamente.
Meri sonríe como puede. Lleva todo ese tiempo reprimiéndose. Pero, al ver que sus amigos la tratan
de esa manera, no logra contenerse más y rompe a llorar. Todos se agrupan en torno a ella. La miman, la
animan, la vitorean para que se sienta mejor y se tranquilice.
Es imposible. Porque a la tristeza de tener que irse se ha unido la felicidad de sentirse tan querida.
Sus lágrimas son el fruto de ese mayúsculo choque de sensaciones.
Unas sensaciones que se irán desbordando a lo largo de todo ese martes de noviembre.
Las últimas horas de clase han sido las más tristes que recuerdan todos los chicos del Club de los
Incomprendidos. La imagen de Meri mientras se marchaba, llorando a lágrima viva, después de que
sonara la campana del recreo, les resultará muy difícil de olvidar. Nunca la habían visto así. Se ha
derrumbado por completo.
Pero le han prometido una fiesta, y la va a tener.
Valeria, entre asignatura y asignatura, ha llamado a su madre para preguntarle si podían contar con la
cafetería.
Al principio Mará no quiso. Pero cuando su hija le explicó el motivo por el que la necesitaban, en
seguida dio su consentimiento.
Ya tenían dónde celebrarla.
—Deberíamos comprarle algo para que se lleve un recuerdo nuestro a Barcelona —comenta Raúl
mientras recoge sus cosas.
La jornada ha terminado y los cinco amigos se han reunido alrededor de su mesa para hablar de lo
que van a hacer esa noche.
—¿Qué? —pregunta Valeria, que no ha podido volver a besar a su chico en toda la mañana. ¡Y se
muere de ganas!
—Tendrá que ser algo no muy grande para que le quepa en la maleta.
—Un llavero.
—No seas cutre, Eli. ¿Cómo vamos a regalarle un llavero? —dice el joven sonriendo.
—Yo qué sé. ¡A ver si a ti se te ocurre algo mejor, listo!
Y le saca la lengua. Se ha terminado la mañana y sigue sin saber si Raúl se ha pensado o no lo de ser
novios. Si no le ha dicho nada, será que no tiene una respuesta todavía. Con lo de Meri, las cosas han
tomado un rumbo inesperado. Tampoco quiere agobiarlo. Pero… ¡está ansiosa por saber algo más!
—¿Y una camiseta dedicada? —pregunta Ester, a quien todavía se la ve triste por lo de antes.
—Eso me gusta —afirma Bruno.
—Yo conozco un sitio donde nos la harían en el momento; y no es muy caro.
—¿Dónde, Valeria?
—Está por Arguelles.
—Uff. Yo iría a comprarla, pero tengo entrenamiento esta tarde. Lo siento, de verdad —se lamenta
Ester. Además, no puede faltar. Tiene una conversación pendiente con su entrenador. Con la mirada,
busca a Bruno, que también advierte que no puede ir, aunque no explica el motivo.
—¡Pues yo tengo dentista a las cinco! —exclama Elísabet al tiempo que juguetea con un lápiz que no
ha guardado—. Y, si no voy, mi madre me mata. ¡Con lo pesada que ha sido!
Sólo quedan Valeria y Raúl como candidatos. Ambos se miran de reojo y sonríen para sí cuando se
dan cuenta.
—Ya me encargo yo —se ofrece el joven—. Podemos hacerle una camiseta con el nombre del club y
también con nuestros nombres.
—Yo te acompaño.
—Bien. A las cinco en Sol para coger allí el metro. ¿Vale?
—Perfecto.
Ester esboza una sonrisilla cuando habla Valeria. Ella es la única que sabe lo que hay entre esos dos.
Por el contrario, Eli siente envidia de su amiga por ser ella quien acompañe a Raúl a por el regalo.
¡Maldito dentista!
—Bien. Pues tema solucionado. Yo pongo el dinero y esta noche os pido vuestra parte. Si se os
ocurre cualquier cosa o le queréis decir algo a los demás sobre la fiesta de despedida de Meri, por el
WhatsApp.
Los cinco se dirigen hacia la puerta del aula. Sin embargo, Elísabet agarra a Raúl del brazo y le pide
que espere un segundo. Los otros tres siguen adelante, aunque a Valeria se le forma un nudo en el
estómago cuando se vuelve y los ve juntos.
—Perdona que te presione de esta manera, pero ¿has pensado ya en lo nuestro? —le pregunta con
cierto temor.
—Claro. Mucho, además.
—¿Y no has… decidido… nada? —tiembla cuando habla.
—No, lo siento. Necesito más tiempo, Eli.
—Bien. Lo entiendo.
—Ya hablaremos luego.
Y sin decir nada más, Raúl le dedica una sonrisa y se da prisa para alcanzar al resto del grupo. Eli,
lejos de mostrarse triste o decepcionada, también sonríe. No obstante, la mesa sobre la que estaba
apoyada ha sufrido las consecuencias de su tensión acumulada y ha quedado marcada para siempre por el
lápiz que la joven tenía en la mano.
Capítulo 73
—¿GADEA no viene a comer?
—No. Ha dicho que va a comer con Álex.
—¿Y papá?
—No lo sé. Imagino que en el hotel.
—¿Y tampoco viene?
—No me ha dicho nada.
—Estará comiendo por ahí. En alguno de esos restaurantes que tanto le gustan.
—Es un despilfarrador.
Esa palabra le provoca una sonrisa a Meri. Aunque es una sonrisa desganada. La joven desmenuza sin
mucho entusiasmo la tortilla que su madre le ha preparado. Corta un trozo, después de haberlo aplastado
con el tenedor, y se lo lleva a la boca.
—Mamá, ¿por qué me dejas irme a Barcelona con él?
La pregunta imprevista de su hija coge a Paz descolocada. Sin embargo, mastica el trozo de pan que
tiene en la boca y le responde con tranquilidad:
—Porque tu padre también tiene derecho a disfrutar de sus hijas. Y más si se encuentra en una
situación como la que atraviesa en estos momentos.
—Está mal, ¿verdad?
—Sí. Pero contigo allí va a recuperarse y estará mucho mejor dentro de pocos días. ¡De horas, me
atrevo a decir!
—Espero no ser una carga.
—Tú eres de todo menos una carga, cariño. Ya quisieran muchos padres tener una hija como tú.
Las palabras de su madre le sacan una sonrisa. No se considera una hija ejemplar ni nada por el
estilo. Simplemente se comporta como cree que debe hacerlo una muchacha de dieciséis años más o
menos responsable.
—¿Tú qué piensas de él? Creía que lo odiabas.
—No, claro que no lo odio. Pero a veces las parejas alcanzan unos extremos a los que ninguno de los
dos sabe cómo ha llegado. Nos volvemos locos y perdemos los papeles.
—No estarás enamorándote de papá otra vez…
La mujer mira a su hija muy seria y a continuación suelta una carcajada.
—No. No estoy enamorada de él. Y eso no va a volver a pasar nunca.
—Pues es una lástima. Creo que hacéis una buena pareja.
—Que tu padre nunca te oiga decir eso.
—¿Por qué?
—Porque yo sé que él sí podría volver a enamorarse de mí.
Su madre no diría algo así si no estuviera segura de ello. Por eso María la cree. Supone que en el
pasado sucedieron muchas cosas de las que ella no está enterada. Y que aquello limitó el amor que
ambos sintieron el uno por el otro en algún momento de sus vidas. Es una lástima que no aguantaran. Le
habría gustado disfrutar de una familia feliz durante más años.
—Tranquila, no le diré nada de esto a papá.
—Mejor. No quiero malos entendidos.
—Aunque si sirviera para que volviera a Madrid…
—Ni se te ocurra, ¿eh?
—Que no, que no. No digo nada.
—Tú a Boston y yo a California, como la película.
—No sé cuál es. No la he visto.
—Ya te la pondré un día cuando vengas a visitarnos. Y nos sentaremos delante de la tele con un buen
cubo de palomitas. ¿Qué me dices?
María sonríe, aunque de nuevo la invade la angustia que ha llevado a cuestas durante todo el día.
Pero esta vez no piensa llorar. También su madre está en la lista de las personas a las que echará de
menos cuando esté lejos. Quizá la segunda. Porque la primera tiene otro nombre y distintos apellidos. Y
esta noche volverá a mirarle a los ojos y a disfrutar de su compañía por última vez.
¿Se atreverá por fin a confesarle lo que siente?
Se ha comido el plato de cocido entero. A ver si eso le sirve para crecer un poco más. Bruno lleva
sus cosas a la cocina y las enjuaga. Luego, las mete en el lavavajillas.
—Esta tarde quiero que me ayudes a montar una estantería para el cuarto de tu hermano —le dice su
madre mientras le da una palmadita en la espalda.
—Esta tarde no puedo.
—¿Qué? ¿Por qué no puedes?
—He quedado.
—¿Con quién?
—Y a ti qué más te da. No puedo ayudarte con la estantería y ya está. No me agobies tanto.
Sale de la cocina resoplando. Pero su madre no va a darse por vencida. Camina tras él hasta la
habitación del chico. Bruno la observa, incrédulo, y abre los brazos en señal de protesta.
—Dile a quien sea con quien has quedado que no puedes ir.
—¿Cómo? ¿Estás de broma?
—Por supuesto que no estoy de broma. ¿O es que me ves con ganas de bromear? —pregunta molesta
—. Me paso el día trabajando para que tengas de todo, así que no me vengas con tonterías.
—No voy a hacerlo. Olvídame ya, ¡joder!
—¿Has visto cómo me hablas? Cualquier día nos veo en «Hermano Mayor» o en un programa de
ésos.
—Mamá, no voy a montar la estantería —insiste Bruno con una sonrisilla tras oír el comentario de su
madre.
—Ya veremos.
Ahora es la mujer la que abandona el cuarto de su hijo y cierra la puerta con fuerza. Bruno suspira.
¡Qué harto está de episodios como ése! Pero sabe que tiene todas las de perder si permanece enfrentado a
ella. Abre y sale de su dormitorio. La oye en el cuarto de su hermana pequeña y se dirige hacia allí.
—He quedado con Ester —confiesa sin alzar mucho la voz. No quiere que nadie más se entere.
Esperanza lo observa algo sorprendida. ¿Ha quedado otra vez con esa chica? Eso le resulta bastante
interesante. Ella es muy mona y educada. Un buen partido para su hijo, sin duda.
—¿Sí? ¿Y adonde vais?
—Voy a verla al entrenamiento de voleibol.
—¿Está en un equipo de voleibol? —pregunta admirada—. Ya me parecía a mí que tenía un cuerpo
muy bonito y atlético. Pero ¿no es demasiado alta para ti?
—¡Mamá!
—Perdona, hijo. Pero luego se ven unas parejas por la calle que dices…
—Ester no es mi novia. Sólo es una amiga.
—Bueno, tú llámala como quieras. Pero dile que no se ponga ni tacones ni plataformas muy altas.
El chico agacha la cabeza y la mueve desesperado.
—Entonces ¿me dejas ir con ella?
—Bueno. Pero mañana por la tarde no hagas planes que hay que montar la estantería.
—Está bien. Mañana te prometo que no me moveré de casa.
—Si quieres, invita a la muchacha a que venga a merendar y te eche una mano.
—Sí, mamá, en eso mismo estaba yo pensando…
Y, sonriendo con ironía, regresa a su habitación. Su madre es tremenda. Ha tenido que mencionar a
Ester para que lo deje salir. Si es que… Al menos ha logrado lo que quería. Pensándolo bien, aunque no
la invite para que lo ayude con el martillo y los tornillos, sí que tienen algo pendiente. Algún día tendrán
que desempatar la partida de la Play que dejaron a medias. ¿Por qué no mañana?
—¿Sabes que por la cam no se nota tanto cuando te sonrojas?
—Qué tonto.
—¿Ves? Seguro que ahora mismo te has puesto colorada, y yo ni me he dado cuenta.
—Mira que eres malo conmigo.
La sonrisa de Valeria al otro lado de la pantalla es una de las cosas más bonitas que ha visto en su
vida. Cada vez le gusta más. ¿Cómo es posible que su amiga y él no hayan comenzado a salir antes?
—Bueno, Val, te dejo que tengo que ir a peinarme.
—Uff, ¿y te dará tiempo? Hemos quedado dentro de veinte minutos en Sol.
—¿Quién era el malo?
—Tú, por supuesto.
—Nos vemos ahora… —Y, acercándose a la cámara de su ordenador, Raúl le dedica un sonoro beso.
—¡No tardes!
Y desconectan sus cams los dos a la vez.
El joven se levanta sonriente. Cuando la conoció, no imaginaba que aquella chica lo haría tan feliz
algún día. Y es que, cada vez que están juntos, siente algo especial en su interior. Y, cuando no lo están,
la echa de menos.
Pero… un ruidito que proviene de la puerta de su habitación alerta a Raúl. Despacio, se dirige hacia
ella y descubre que no está cerrada del todo. La abre de golpe y encuentra a las gemelas detrás, espiando.
—¡La madre que…! ¿Qué hacéis aquí?
—¿Es Valeria tu nueva novia? —pregunta Daniela, muy seria.
—¿Qué dices, mocosa? ¡Marchaos a vuestra habitación!
—No soy una mocosa. Y si no me respondes es porque es verdad.
—Sí, lo es —asegura Bárbara—. Lo hemos visto y oído todo. ¡Valeria es tu novia!
El grito de la pequeña enfada a Raúl, que se controla para no hacer algo de lo que después tenga que
arrepentirse.
—¿Por qué no dejáis de meteros en mi vida?
—¿Y tú por qué no admites que estás enamorado de Valeria?
El chico está a punto de gritarle otra vez a Bárbara, pero lo que dice le hace pensar. ¿Está enamorado
de ella? ¿Ha sido capaz de enamorarse a lo largo de esos tres días? No está seguro, pero lo que siente es
muy intenso. De lo que no le cabe duda es de que nunca le ha dicho que la quiere. ¿La quiere?
—Admítelo, Raúl. ¡Te lo haces con Valeria! —insiste Daniela.
—Pero, niña, ¡tú qué sabes de eso!
—¡Se lo hemos visto hacer a Ulises con Ainhoa!
Entonces, alarmada por el griterío, la madre de las gemelas y de Raúl aparece por el pasillo.
—Chicas, ¿qué estáis haciendo en la habitación de vuestro hermano?
—Nada.
—Me estaban espiando, mamá.
—Eso no está bien, pequeñas. Espiar está mal.
—Es que si no, no nos enteramos de sus novias. ¿Sabes que está saliendo con Valeria?
Raúl se desespera. Y, con un movimiento brusco, sin que ellas se lo esperen, se inclina sobre sus
hermanas y amaga con darles una colleja. Las gemelas, asustadas, salen corriendo despavoridas hacia su
cuarto.
—Son imposibles —dice Berta, con una sonrisa, al tiempo que entra en la habitación—. No hay quien
pueda con ellas.
—Porque están muy consentidas.
—Lo han pasado muy mal. Déjalas que disfruten un poco.
—Yo también lo he pasado mal.
—Pero tú ya eres mayor. Mira en el chico tan atractivo que te has convertido.
Raúl resopla y observa cómo su madre se sienta en el borde de su cama. Es curioso, pero hoy no tiene
tan mal aspecto como de costumbre.
—¿Te has pintado?
—Sí. ¿Se nota mucho?
—Un poco.
—Es que he salido a comprar y me ha dado por pintarme los ojos y darme un poco de colorete en la
cara.
—Te sienta bien.
La mujer sonríe débilmente y contempla a su hijo de arriba abajo. Se parece mucho a él. Es una
lástima que no esté allí para verlo.
—Hoy hace veintidós años que conocí a tu padre.
—Por eso te has arreglado…
—No me he arreglado. Solamente son unas pinturillas de nada.
—Pues deberías hacerlo más a menudo. Te queda muy bien.
—Tampoco me he tomado ninguna pastilla ni ningún tranquilizante. Ni… nada de nada. No voy a
hacerlo más.
Raúl se sobresalta cuando escucha aquello. Ya la había dado por perdida. Nunca imaginó que
aquellas palabras pudieran salir de su boca.
Se acerca a ella y se sienta a su lado.
—Me alegro de que hayas tomado esa decisión.
—Debí hacerlo hace tiempo.
—Sí, mamá. Debiste hacerlo.
Sin embargo, no va a reprocharle ni a echarle nada en cara.
—Una vieja amiga me ha presentado por Internet a un amigo suyo que es psicólogo. Parece majo. He
quedado con él mañana.
—Eso está muy bien, mamá —afirma el chico con los ojos vidriosos.
—Quería que lo supieras.
Berta se levanta de la cama. Le acaricia el pelo a Raúl, alborotándoselo. El joven nunca deja que
nadie lo despeine, pero esa ocasión es especial.
Caminando despacio, la mujer se dirige hacia la puerta de la habitación.
—Mamá.
—Dime, hijo —dice tras volverse.
—Lo siento.
Una nueva sonrisa bajo esos ojos que hoy lucen más brillantes que ningún otro día de los últimos tres
años.
—Tu padre estaría muy orgulloso de ti.
Y, tras volverse de nuevo, abandona el cuarto de Raúl.
El chico se queda mirando hacia la puerta. En silencio. Totalmente inmóvil. Disfrutando de ese
instante. Y también sufriéndolo. Pero ha quedado con Valeria y debe darse prisa si no quiere llegar tarde.
Entra en el cuarto de baño y se mira en el espejo. Abre el grifo y se empapa las manos; después, se
las lleva a los ojos. Se seca con una toalla blanca. En ella guardará todas las lágrimas que ha derramado
durante aquellos segundos en los que su madre, por fin, ha regresado.

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