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Capítulo 74
AL final, como sospechaba, su madre no ha podido acompañarla al dentista. Pero al menos Elísabet no
va sola. Alicia camina a su lado.
—Tienes los dientes perfectos, no sé qué demonios van a hacerte en la boca.
—Pues un empaste, creo. Algo para sacarle dinero a mis padres.
—Qué ladrones.
—El caso es que, por culpa del dentista, no he podido ir con Raúl a comprar el regalo de Meri.
—Ya estamos otra vez con Raúl. ¡Qué pesadilla!
Pues sí, no saber qué va a contestarle es como una pesadilla. Y le molesta que todavía no se haya
decidido.
—No seas así. Me ha prometido que se pensará de verdad si quiere o no quiere salir conmigo.
—Ese tío está jugando contigo desde hace tres días.
—Que no, Alicia. Que no.
—Mira que te lo he dicho veces durante todo este tiempo: tú querido amor te está haciendo sufrir.
Cuando un tío pasa de ti, se busca a otro. Y punto.
—Raúl no pasa de mí. Simplemente está indeciso.
—¿Indeciso? ¡Venga ya!
Sólo tiene que tener un poco de paciencia para que se dé cuenta de que ella es la chica de su vida. Y,
cuando eso pase, nadie podrá separarlos jamás.
—Esta noche vamos a reunimos todos y volveré a verlo.
—¿Todos? ¿Va también Valeria?
—Sí, claro. La fiesta la organizamos precisamente en su cafetería.
—Yo no me fiaría mucho de ésa. Va de san tita y luego… ¿No irá Raúl con ella a por el regalo de
María?
—Pues sí. Van juntos.
—Uy. Entre esos dos…
—¿Entre Valeria y Raúl? ¡Qué va! Sólo son amigos. Entre ellos no podría haber nunca nada.
—¿Estás segura?
—Claro. Los conozco muy bien.
Aunque, desde hace un par de días, nota algo raro entre ambos. Los ha cazado mirándose y hablando
de una manera en la que antes no lo hacían. Demasiada complicidad entre ellos. Pero no le ha dado
importancia.
Esta mañana también ha dado la casualidad de que los dos han faltado a primera hora. Y eso que era
Historia, la asignatura de Valeria. Los dos han dicho que se habían quedado dormidos. Naturalmente, les
ha creído. ¿Por qué iban a mentir?
—Nunca me gustó esa tía. Ya lo sabes.
—Es una gran amiga, Alicia. Ayer le dije que no viniera al cine para poder estar a solas con él y me
hizo caso.
—Como debe ser, para eso se supone que están las amigas. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—No sé si cualquiera… Pero ella me ayudó cuando se lo pedí.
Eso de que podría haber algo entre Raúl y Valeria es ciencia ficción. Una paranoia. Su amiga es muy
mona, pero puede que físicamente no esté al nivel del chico. A él le pega más tener a su lado a alguien
como ella.
—Te repito que lo de esos dos huele a gato encerrado.
—Me lo habrían dicho. O me habría dado cuenta. Es imposible que estén saliendo y que nadie lo
haya notado. Imposible.
—Si yo fuera tú estaría atenta a partir de ahora a cómo se comportan cuando están juntos.
—No voy a espiarles.
—No es espiarles. Es comprobar que me estoy equivocando y que tú estás en lo cierto.
Eli se encoge de hombros. Tendrá que poner un poco más de atención.
—Bueno, dejemos ya ese tema y centrémonos sólo en Raúl.
—¿Otra vez?
—¡Sí!
—Olvídate ya de ese tío.
—¡No puedo! ¡Le quiero!
—Deberías desconectar de una vez por todas de ese grupito que tienes y venirte conmigo una
temporada. Irnos las dos por ahí unos días.
Elísabet sonríe. Alicia es así. La conoce bien. Es como ese diablillo que le cuenta el lado negativo de
su subconsciente.
—Algún día nos iremos tú y yo solas de vacaciones un par de semanitas.
—Sólo si me prometes que no hablarás de Raúl y que no llamarás a la tonta de Valeria.
—¡No puedo prometerte eso!
—Ya te lo haré prometer…
Y, con una sonrisa desafiante, la rubia, que hoy ha vuelto a ponerse dos coletas muy llamativas, se
despide de Eli.
Acaba de llegar a la consulta del dentista. Y, aunque el pinchazo de la anestesia para el empaste le
hará un poco de daño, el dolor más grande que sentirá la chica llegará dentro de poco, en otro lugar de la
ciudad.
Capítulo 75
ESTÁN bastante lejos de la zona en la que viven tanto ellos como sus amigos, así que pueden ir cogidos
de la mano sin preocuparse de que nadie los vea. Aunque, después de que se hayan besado en plena
escalera del instituto, a Valeria ya nádale da miedo.
No dejan de reír, de gastarse bromas y, sobre todo, de darse besos de todo tipo: cortos, largos,
improvisados, preparados, con lengua, en los labios, intensos, apasionados… Pero ninguno por
compromiso. Ninguno sin sentirlo. Ningún beso porque sí.
Caminan por el barrio de Arguelles como una pareja cualquiera. Acaban de salir de la tienda en la
que le han comprado la camiseta a Meri. Han elegido una azul, como el color de la pasta de sus gafas. El
encargado les ha dicho que tardarán un rato en estamparla, de modo que se han ido a dar una vuelta.
—¿Tomamos algo? —le pregunta Raúl, que ya no se conforma con sólo cogerla de la mano y le rodea
la cintura con el brazo.
—Vale. Me apetece.
Los dos se dirigen, por Guzmán el Bueno, hacia la cafetería HD. Se sientan en la terraza de fuera y
esperan a que les atiendan.
El sol está cayendo, recogiéndose en aquel martes de noviembre, aunque todavía no hace nada de
frío. Hace la temperatura perfecta para el abrigo de primavera-otoño de Valeria.
Una camarera delgadita y rubia se acerca a ellos y anota el pedido: dos batidos grandes; el de ella de
fresa, el de él de chocolate. Al cabo de pocos minutos, regresa con dos copas enormes llenas hasta
arriba.
Valeria es la primera que le da un sorbito a la suya.
—Está buenísimo.
—A ver…
Raúl le da un beso en los labios. Tenía razón. Ese batido de fresa está realmente rico. A continuación,
invierten los papeles: es Raúl el que bebe de su batido de chocolate y la chica la que lo prueba de su
boca.
—Me encanta merendar así.
—Bueno, en tu cafetería también se está muy bien.
—Sí, pero allí no podemos hacerlo de esta manera. Mi madre nos echaría.
—Tendremos que acostumbrarla.
—No creo que se deje.
El joven sonríe. Se pregunta qué pensará la madre de Valeria cuando se entere de lo suyo con su hija.
Hasta ahora siempre ha sido una mujer encantadora con él. ¿Cambiará cuando lo sepa?
Los dos chicos arriman un poco más las sillas para estar más juntos. Juegan con los pies por debajo
de la mesa y entrelazan los dedos encima de ella. Se sienten cómodos y a gusto el uno con el otro. Y no
sólo como amigos. De eso ya no les cabe ninguna duda.
—Voy a enseñarte algo.
—¿El qué?
—Espera. Ahora lo verás.
Raúl alcanza su BlackBerry y busca algo en un canal de YouTube. Cuando lo encuentra, saca unos
cascos de uno de los bolsillos de la sudadera y le da un auricular a Valeria, que se lo coloca en la oreja
derecha. El chico se pone el otro en el oído izquierdo.
Pulsa el «Play» y comienza el vídeo: <http://www.youtu be.com/watch?
v=GvfyNDcmlCQ&list=UU9tS9aiKZBdgAet GF8erIYA&index=l 3&feature=plcp>.
Se trata de una bonita versión de Set fire to the rain, de Adele, interpretada por una joven rubia y con
el pelo largo de voz increíble. Alba Rico emociona a Valeria. A cada segundo del tema que escucha, el
nudo que se le ha formado en la garganta va creciendo. Se le enrojecen los ojos cuando mira a Raúl
mientras oye la preciosa melodía del piano. Se inclina sobre él y lo besa. Le apetece decirle que lo
quiere, pero no sabe si es el momento adecuado para ello. Quizá sea demasiado pronto. Pero lo ama. Lo
ama y nunca dejará de amarlo. ¡Nunca!
La coverde Alba termina y la chica sonríe, empapada en lágrimas. Raúl coge un puñado de servilletas
y se lo da para que se seque las lágrimas. Entretanto, Valeria inspira y suelta el aire resoplando. Se siente
muy afortunada por estar compartiendo con él esa historia tan bonita que acaba de comenzar.
—Gracias. Me ha gustado mucho.
—A mí también me encantó cuando la oí. Y ahora las cosas que me gustan me hacen pensar en ti.
—¿Yo te gusto?
—Mucho. La verdad es que… me gustas mucho.
La chica esperaba oír un «te quiero», pero no va a forzarlo para que se lo diga. Posiblemente sea
demasiado pronto para que lo sienta. Con «Me gustas mucho» se conforma.
El chico ha estado a punto de confesarle que no sólo le gusta, sino que la quiere. Sí, a cada minuto
está más convencido de que lo que siente por ella es algo que no ha sentido jamás por nadie. ¿Por qué no
se lo ha dicho? Era el momento idóneo.
La pareja se observa durante varios segundos sin hablar. La camarera interrumpe la sesión de
miradas cuando les lleva la cuenta. Es Raúl el que paga.
—¿Vamos a ver si ya tienen la camiseta? —pregunta Valeria tras levantarse de la silla.
—Han pasado más de tres cuartos de hora desde que la dejamos. ¿Estará lista ya?
Los dos regresan a la tienda caminando lentamente en la noche de Madrid, entre besos y más besos.
La camiseta está preparada. Y es preciosa. Azul cielo. Con los nombres de los seis impresos
asimétricamente por delante y por detrás, y un gran «El Club de los Incomprendidos» en la parte superior
de la espalda.
Seguro que a Meri la entusiasmará. Satisfechos, lo celebran con sus labios.
Eligen regresar a casa en metro. Se les ha hecho tarde, y han quedado con el resto en Constanza a las
ocho.
Entran en la estación de Arguelles. Línea 3 hacia Sol. El tren no tarda en llegar. No hay demasiada
gente en el vagón en el que montan, así que incluso encuentran dos asientos libres que deciden ocupar.
Cien besos por cada parada. Todo está silencioso hasta que, en Callao, se sube un tipo curioso que viste
una camiseta de los Lakers y una gorra vuelta hacia atrás.
Valeria abre los ojos de par en par cuando comprueba que el rapero es César. Se pone muy nerviosa.
Pero debe calmarse o Raúl lo notará.
El estudiante de Periodismo empieza con su particular espectáculo:
—Siempre rimando, siempre rimando… Durante dos minutos, me pondré al mando de la nave del
rap, mimando los versos que canto al tanto de lo que tú me vas mostrando. ¿Te gusto, encanto? Seguro
que espantarte, no te espanto. Ni de cara, ni de cruz, ni de canto. Si vienes conmigo, no te llevaré a un
antro, aunque no soy un santo, ni un banco, sólo canto rimando. Sí, rimando, siempre rimando.
Es lo mismo que hizo la otra vez que se lo encontró en el metro: va pasando por delante de cada uno
de los pasajeros y hace una rima relacionada con ellos. Es impresionante la velocidad a la que piensa y
rapea. Sin embargo, algo le dice a Valeria que en esta ocasión no va a disfrutar demasiado de la
actuación.
César prosigue:
—Chicas, ¿queréis una cita? Una bonita, con velitas, con miraditas, ¿con mambo? ¡Despacio! Mejor,
una peliculita y una mantita. ¿Entiendes, rubita?
»Sí, tú, la del bolso tan caro. Verte en el metro me parece tan raro… ¿Estás en el paro? Yo sí que no
paro. Un buen show quiero daros. Chaval, el de los aros, ¿me escuchas, hermano? No os soltéis de la
mano, que es muy sano. Querer es de humanos. Odiar de inhumanos. Eh, señor de pelo cano, ¿comemos
en el Sanno?
El joven se acerca a donde está sentada la pareja. Valeria se tapa la cara con una mano, mientras que
Raúl escucha atento al talentoso rapero, que lo tiene entusiasmado.
—¿Estás asombrado? Pasmado, alucinado, flipado, con este rap te he conquistado, ¿o no, rapado?
Morena, me encantan tus estampados. Y el escote de la de al lado. ¿Natural o pagado? Seguro que
deseado. Muy deseado. Tu bigote me ha molado. Y las piernas de la del vestido morado. A rimar soy
dado, ¿hundido? No, sólo tocado. Por brujos y hados. Para hacer con mi rap algo sonado. Pequeño,
encantado. Y ella, ¿me ha mirado? Sí, me ha mirado. Y descolocado, hasta enamorado. Pero soy malvado
y me voy para el otro lado…
Entonces, César ve a Valeria. La chica tiene la cara cubierta, pero el rapero se da cuenta de que lo
mira a través de los dedos. Va acompañada de un chico. Ya lo conoce, es Raúl.
El joven sonríe sin dejar de rimar.
—¿Y en este lado? Veo un afortunado. Enhorabuena, tu novia me ha dejado embobado. Atontado.
Pero es tuya, no quiero enfados. ¿Nos la jugamos a los dados? No hay tiempo. Señores, Sol. Hemos
llegado.
Un par de chicas aplauden mientras la megafonía anuncia que acaban de llegar a la estación de Sol.
César saluda, inclinándose, y se quita la gorra. Raúl se levanta, busca en su bolsillo y le echa un euro.
—Enhorabuena, eres un crack.
—Gracias, amigo.
Las puertas del tren se abren. Valeria por fin se atreve a mirarlo a los ojos. A esos preciosos ojos
que tanto transmiten. Pero es a lo único que le da tiempo. Invitada por su chico, sale del vagón dando un
pequeño saltito. Las puertas del metro se cierran y César desaparece tras ellas.
Entonces, Val observa detenidamente a Raúl. Éste le sonríe. Es guapísimo. Y lo quiere. Lo quiere
como no es capaz de querer a otro. E, impulsada por algo que no puede explicar, se lanza sobre él. El
joven la agarra con fuerza y ambos comienzan a besarse apasionadamente mientras la chica se sujeta a él
con las piernas y los brazos, rodeándole la cintura y el cuello. No toca el suelo. Porque ahora está en el
cielo. En el mismísimo cielo.
Raúl, en ese momento, lo entiende todo. Sí. Ya no hay dudas. Sabe lo que tiene que hacer.
Deja a la chica sobre el suelo, al lado del andén, y comprueba cuánto tiempo falta para que llegue el
siguiente tren. Cuatro minutos. Demasiado tiempo. Sin embargo, el que va en dirección contraria por la
vía de enfrente está a punto de llegar. Tiene un minuto.
La agarra de la mano y le pide que corra.
—Pero ¿a dónde vamos?
—¡No preguntes y corre!
La pareja sube la escalera, atraviesa un pasillo y baja por la del lado opuesto. Valeria no entiende
nada. ¿Qué se propone?
Están en el andén contrario al que les ha llevado hasta allí. En el que conduce a Moncloa. ¿Es que se
le ha olvidado algo?
Apenas hay gente. Ellos dos y un par de parejas más, alejadas de donde están.
—Raúl, ¿vamos a coger otra vez el metro?
Él no dice nada. Sólo mira hacia el túnel por donde aparece el tren a toda velocidad. Agarra a
Valeria de la mano, la mira a los ojos y, con todas sus fuerzas, bajo el sonido de la locomotora y los
vagones que pasan fulgurantes por delante de ellos, grita tan alto como puede:
—¡Te quierooooooooooooooooooooooooooooo!
Capítulo 76
AMBOS están frente a la puerta del pabellón. Ha sido Ester quien se ha detenido antes de entrar. Ni
ayer por la noche ni durante todo el martes ha escrito a Rodrigo o ha recibido algo de él. Tampoco ha
habido llamadas. Otra vez ese silencio tan desesperante. Pero quizá en esta ocasión sí que esté
justificado por la parte que le corresponde a su entrenador. Ella fue la que salió corriendo, aunque
tuviera motivos suficientes para hacerlo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunta Bruno, que no ha dejado de animarla en todo el camino.
Han ido juntos en el metro hasta allí. Su compañía está siendo más importante de lo que hubiera
imaginado. Se siente apoyada y querida por un gran amigo. Jamás olvidará todo lo que está haciendo por
ella.
—Llevo tres días en los que hay pocos momentos en los que me encuentre bien. ¡Menuda racha!
—Es normal. Te han pasado muchas cosas.
—Demasiadas.
—Pero ¿te sientes capaz de enfrentarte a esto? —insiste el joven, nada convencido—. Si quieres nos
volvemos.
—Tengo que hacerlo, Bruno. No me queda más remedio.
—Es porque lo quieres, ¿verdad?
La chica asiente. Y, o se da prisa y afronta la situación de manera decidida, o terminará echándose
atrás, presa de las dudas que la embargan.
—Vamos, anda. Y no te enamores de ninguna de mis compañeras…
—Ya las he visto. Ninguna es mi tipo.
—¿Ah, no? ¡Pero si son muy guapas!
—Sí. Y también muy altas.
Ester suelta una carcajada. Ella también es más alta que él, aunque la diferencia no se nota mucho.
Los dos entran por fin en el pabellón. La mayoría de las jugadoras del equipo ya están estirando y
haciendo ejercicios de calentamiento.
El silencio que reina en la instalación deportiva sólo se ve enturbiado por el ruido que hacen las
zapatillas de las chicas cuando se deslizan por el parqué.
—Voy a cambiarme —comenta Ester mientras busca con la mirada a su entrenador. De momento, no
hay señales de él.
Bruno se dirige hacia la grada y se sienta en la segunda fila. Ester lo saluda con la mano de camino al
vestuario. Cuando entra, sólo encuentra a una de sus compañeras, que está vendándose los tobillos.
—El míster te está buscando —le dice después de saludarla con un gesto con la cabeza.
—¿A mí? ¿Dónde está?
—En la oficina del club.
—¿Te ha dicho qué quiere?
—No, sólo que te avisara cuando llegaras.
—Gracias.
Ester ni siquiera se cambia de ropa. Con la mochila colgada a la espalda, sale rápidamente del
vestuario y se dirige al lugar al que Rodrigo le ha encargado a su compañera que la envíe. Vuelve a
saludar a Bruno y se retira por un pasillo lateral hacia la oficina del club.
¿Querrá verla a solas para arreglar las cosas?
No lo sabe. Y tampoco está segura de si aquello es una buena o una mala señal. Sólo espera que no
intente nada. Allí no se atreverá, con las jugadoras del equipo tan cerca.
Llama a la puerta. Rodrigo le pide que pase.
Nerviosa, gira el pomo y abre despacio. Primero asoma la cabeza y lo observa; está sentado en el
sillón en el que se han besado tantas veces. El entrenador la saluda, muy serio, y la invita de nuevo a que
entre y cierre la puerta. La joven obedece.
—Hola —dice con timidez.
—No estaba seguro de si vendrías hoy.
—Tenía que venir.
—¿Después de lo que pasó ayer? No las tenía todas conmigo. Pero me alegro de que te hayas
atrevido.
A Ester no le gusta demasiado su tono de voz. Se le nota molesto. Como cuando entrena y algo no le
sale bien.
—No me has llamado. Ni me has escrito.
—Tú a mí tampoco.
—No sabía cómo ibas a reaccionar.
El joven se levanta del sillón y la mira a la cara. Se sienta sobre la mesa y, estirándose, coge un folio
que tenía apartado en un lateral, junto a un bote con lápices y bolígrafos.
—Toma —le dice a Ester al tiempo que le entrega el papel.
—¿Qué es esto?
—Tú baja. Ya no estás en el equipo.
Ester palidece. Le echa un vistazo por encima a la hoja, pero apenas distingue lo que se dice en ella.
Está demasiado bloqueada como para poder leer.
—¿Me… has… echado?
—Sí. Ya he hablado con el club y te expulsamos por bajo rendimiento.
—Pero…
—Así que te pido que, por favor, no vuelvas a pisar estas instalaciones. Y, sobre todo, no montes
ningún escándalo ni ningún numerito, que ya eres mayorcita para asumir este tipo de cosas.
De todo lo que está pasando en esos instantes, lo que más la afecta es la frialdad de Rodrigo cuando
le habla. Es como si jamás hubiese pasado nada entre ellos. No puede creerse que ayer estuviera a punto
de acostarse con él, de entregarle su primera vez a ese tipo.
Sin embargo, su corazón sigue latiendo por él.
—Estás haciéndome mucho daño. ¿Lo sabes?
—Que no hayas jugado lo suficientemente bien como para ganarte el puesto no es mi problema.
—Esto… no es por mi juego. Es por…
—¿Vas a decirme que tus últimas actuaciones han sido positivas?
—No… Pero…
—¿Entonces? ¿Qué quieres? —pregunta alzando la voz—. Yo me mato porque el equipo funcione lo
mejor posible. Me entrego en cada entrenamiento y me exijo lo máximo en cada una de mis decisiones.
¿Qué has hecho tú? Fallar recepciones, no llegar a los bloqueos y ser un coladero en defensa. Por no
hablar de tus salidas por la noche.
—Sólo fui a tomar una hamburguesa con mis amigos.
—El día anterior a un partido en el que nos jugábamos la temporada.
—No es jus…
—¡No me digas lo que es justo y lo que no! —exclama muy enfadado—. ¡No quiero a una jugadora
como tú en mi equipo!
El último grito termina con la resistencia de Ester.
—Te amaba —suelta tan impactada que no le salen ni las lágrimas.
—Te pido que dejes el pabellón cuanto antes, por favor. Tengo que entrenar.
—Yo te quería, Rodrigo. ¿Por qué me haces esto?
—Es la ley del deporte: quien no rinde, no merece oportunidades. Otras sabrán sacarle partido a lo
que tú no has aprovechado.
El comentario tiene un claro doble sentido. Y Ester se da cuenta. Por primera vez se da cuenta de
todo. De lo que Rodrigo pretendía. Simplemente quería llevársela a la cama. Y ella, como una ingenua,
casi acepta, impulsada por sus fuertes y obsesivos sentimientos.
La chica se levanta de la silla y, cabizbaja, se dirige hacia la puerta con el papel de su baja deportiva
en la mano.
—Adiós. Y lo siento mucho si me equivoqué.
—El que se equivocó fui yo. Creía que eras algo más que una cría bonita. Adiós, Ester.
Destrozada por fuera y, especialmente, por dentro, la chica sale de la oficina del club. Camina por el
pasillo como un fantasma y luego por las inmediaciones de la pista. Ni siquiera responde a los saludos de
sus compañeras, que no comprenden qué le pasa. Bruno, alarmado al verla de esa manera, abandona la
grada y corre hacia ella.
—¿Qué ha pasado? —pregunta fuera de sí—. ¿No te habrá tocado ese salido?
—No —responde mirándolo a los ojos—. Me ha echado.
—¿Cómo qué te ha echado?
—Eso. Que Rodrigo me ha echado del equipo y de su vida.
Capítulo 77
CAFETERÍA Constanza. Ocho en punto. Noche cerrada en Madrid.
Nadie aparece por allí. Sólo han llegado María y su padre, que la ha llevado en el coche de su ex. La
chica se está tomando un refresco mientras el hombre charla animadamente con la madre de Valeria.
Nadie diría que Mará y Ernesto se han visto sólo tres veces en su vida.
Qué poco puntuales. No es de recibo que la hayan dejado sola de esa manera. ¿Y si en lugar de una
fiesta de despedida le han preparado una inocentada?
No, están en noviembre. No a 28 de diciembre. Ya llegarán.
Y así es, la primera en entrar en Constanza es Elísabet. La joven se dirige hacia la mesa en la que
está la pelirroja y, después de abrazarla, se sienta con ella.
—¿Todavía no han venido los demás? —No, tú eres la primera.
—Qué extraño. Me lo esperaría de Bruno, pero el resto del grupo suele ser más puntual.
Y sobre todo le sorprende por Valeria y por Raúl. ¿Estarán todavía juntos? Mientras le empastaban la
muela, ha estado pensando en lo que Alicia le había comentado antes. Pero es imposible que eso sea así.
Sus amigos no están liados. Sólo son imaginaciones suyas. Paranoias.
—¿Te encuentras bien? Te noto rara al hablar.
—¡Ah! ¡Sí! Es que tengo la boca medio dormida por la anestesia que me han puesto hoy en el
dentista. Pero ya se me está pasando.
Las dos conversan durante un rato sobre dientes, agujas y tornos eléctricos. Hasta que aparece
Valeria. Llega sola, cosa que alegra a Elísabet.
—Hola, chicas, ¿y el resto?
—Ni idea. Estarán al llegar.
—¿Ya has hecho las maletas?
—Sí. Está todo preparado para que me marche mañana —responde María con cierta tristeza.
—Bueno, ésta es tu noche, así que tienes que pasártelo bien —señala Valeria; a continuación, le da un
beso en la mejilla—. Voy a hablar un momento con mi madre.
Mientras la chica negocia cuándo se va a cerrar la cafetería sólo para ellos, llega Raúl. Como
siempre, va perfectamente vestido y perfectamente peinado. Saluda a Mará con la mano y le entrega una
bolsa para que la guarde en alguna parte y que Meri no la vea. En ella va la camiseta dedicada.
Disimuladamente, le dedica una intensa mirada a Valeria, a la que sonríe con complicidad, y después
camina hacia donde están sentadas María y Elísabet. Para esta última, no ha pasado desapercibido el
gesto de cariño entre sus dos amigos. Eso la inquieta bastante. Pero de momento no va a darle más
vueltas. Raúl le da dos besos a Eli y otros dos a la protagonista de la fiesta, y los tres comienzan a
dialogar animadamente.
—Hoy bailarás algo conmigo, ¿no, pelirroja?
—Ya sabes que yo no bailo.
—¿Ni por ser el último día?
—Ya veremos.
—¡Hoy vas a bailar hasta conmigo! —exclama Eli, que todavía siente la boca adormilada cuando
habla.
—Cuando la madre de Val nos deje esto para nosotros, pondremos música y empezaremos la fiesta de
verdad.
En ese instante, los únicos clientes que quedan en Constanza pagan y se van. Coinciden en la puerta
del establecimiento con Bruno y Ester, que llegan juntos.
—¡Ya estamos todos! —grita Eli, a quien no parece importarle que el padre de Meri y la madre de
Valeria continúen todavía allí.
Nadie se da cuenta de lo mal que lo ha pasado la recién llegada durante la última hora y cuarto, desde
que su entrenador la echara del equipo. Bruno se ha encargado de consolarla a lo largo de todo ese
tiempo y de convencerla de que aquello era lo mejor que podía pasarle. Ese tipo no merece que derrame
ni una sola lágrima más por él. En esa cafetería es donde está la gente que la quiere de verdad.
Meri se pone de pie y va al encuentro de su amiga. Las dos se funden en un abrazo más que sentido.
Tan intenso como los que se han dado esta mañana.
—Bueno, chicos. Como esto se ha quedado vacío, Ernesto y yo nos vamos —anuncia Mará al tiempo
que le deja las llaves a su hija—. Para no tener que estar abriendo y cerrando todo el tiempo la puerta de
hierro, cerrad con llave la de cristal y echad las cortinas.
—Vale, mamá.
—Así nadie os molestará.
—Eso haremos.
Valeria acompaña a su madre y al padre de Meri hasta la puerta y, cuando éstos se despiden de todos
y salen de la cafetería, hace lo que Mará le ha pedido.
Se guarda la llave en el bolsillo y sonríe.
—¡Bien! En honor a la pelirroja más guapa del mundo… se reúne ¡el Club de los Incomprendidos!
¡Que empiece la fiesta! —exclama Raúl, que se acerca al ordenador de Constanza y pone música.
Todos se sientan a la mesa en torno a Meri. La chica está emocionada y agradece infinitamente el
cariño de sus amigos. Sin duda, son los mejores. Sólo espera disfrutar y pasarlo bien en la última sesión
del Club. Aunque, como le gusta decir a Ester, prefiere creer que será la penúltima.
Capítulo 78
LA fiesta de despedida de Meri está teniendo de todo: risas, anécdotas del pasado, momentos
emocionantes en los que las chicas no han podido evitar llorar… Y buen rollo. Como durante los
primeros meses tras la creación del Club.
Uno de sus miembros ha tenido que anunciar que se marcha a vivir a otra ciudad para que se recupere
el espíritu de los Incomprendidos.
Pero, sin duda, el instante más bonito de la noche se ha producido cuando Ester le ha entregado a
María la camiseta dedicada. La pelirroja ha sido incapaz de contener las lágrimas. Y todos se han
abrazado haciendo una pina. Luego, cada uno ha firmado debajo de su nombre con un rotulador
permanente.
Sin embargo, y a pesar de lo bien que lo están pasando todos, cada uno tiene algo dentro que no lo
deja disfrutar plenamente: Ester no se quita de la cabeza a Rodrigo, aunque está intentando pasar página
lo antes posible; Valeria necesita besar a Raúl, o… algo más; Raúl necesita besar a Valeria, de la que se
ha dado cuenta que está enamorado; Eli quiere una respuesta y la quiere ya, esa noche; Meri se siente
dubitativa: se marcha mañana y no tiene nada que perder, pero el miedo puede con ella; y Bruno… Bruno
no deja de pensar en que tal vez hoy sea un buen día para confesar de una vez por todas lo que siente: sin
cartas, sin palabras escritas, sino mirándola a los ojos.
Hoy no tengo tiempo para escribir. Me esperan y luego no tendré fuerzas para sentarme delante de ti.
Puede que sea mi última oportunidad. La última oportunidad de descubrir a qué sabes. De jugar con tu
boca. De que me veas como algo más. Hoy es mi última oportunidad para decirte lo que siento.
Quizá después de esta noche, ya no tenga un secreto.
<http://tengolsecreto.blogspot.com.es/2012/04/no-tengo-tiempo.html>
Son las diez y media de la noche. A Meri empiezan a cerrársele los ojos. Demasiadas emociones en
muy poco tiempo. Mañana partirá. Se marchará lejos. Lejos de todos ellos. ¿Qué hace? Nada, como
siempre.
Está cansada. Le queda un largo camino por recorrer y se ha quedado sin tiempo. ¿Evasión o
victoria? Evasión y derrota.
Pero antes debe desplegar la última página. Firmar con su rúbrica.
—¡Chicos! —grita mientras se sube encima de una silla—. Como escribió uno de los ídolos de mi
querido Raúl, «Oh, capitán, mi capitán». Ya va siendo hora de partir. Me voy. He pasado unos años
increíbles a vuestro lado. No podría haber encontrado mejores amigos que vosotros. Y os doy las gracias
a todos por ser como sois y por haberme dejado ser como soy yo. Vosotros me comprendisteis. Algo que
nadie más consiguió.
Todos contemplan a la pequeña pelirroja con el corazón encogido. Hasta Raúl tiene que apretar las
mandíbulas con fuerza para no llorar, algo que los demás ya están haciendo.
—Espero que, si venís a la bella Barcelona, me visitéis. Yo volveré a nuestro querido Madrid dentro
de unos meses. Os echaré de menos, y espero que la distancia no mate lo que el cariño y la amistad
unieron. Os quiero mucho a todos.
Y, de un salto, se baja de la silla. Sus cinco amigos se acercan a ella uno a uno y le regalan besos,
palabras amables, abrazos… Bruno y Ester se quedan para el final.
—Yo voy contigo. Te acompaño a casa. Quiero estar a tu lado hasta el último segundo —le dice Ester
al tiempo que se seca las lágrimas.
María sonríe y le da las gracias con un beso en la mejilla.
Bruno suspira. Tal vez al final ese día no sea el mejor para confesar sus sentimientos. La protagonista
es su pelirroja. Pero espera que pronto haya una revancha en la Play.
—Yo también voy con vosotras. No pienso dejaros ir solas de noche.
—Sabemos defendernos, pequeño.
—¿No quieres que te acompañe o qué?
—Claro que sí, tonto —dice Meri. Se abraza a él. Cierra los ojos y suspira.
Tres y tres. Tres que se quedan y tres que se van. Los que se quedan en Constanza repiten besos,
halagos y piropos para María. Es el final de una etapa de seis. El último adiós. La despedida de uno de
los personajes principales de la película.
Nunca la olvidarán.
—Qué pena me da todo esto —comenta Eli mientras se toca el pómulo. La anestesia ya ha
desaparecido por completo.
—Y a mí. No puedo creerme que no vaya a verla hasta dentro de tantos meses.
—La vida es así —afirma Raúl apesadumbrado.
—Muy cruel.
Los tres se quedan en silencio, pensativos. Tristes. Hasta que Valeria se da cuenta que Meri no se ha
llevado la camiseta que le han regalado. ¡Se la ha dejado encima de la barra!
—¡Mierda! ¡Se le ha olvidado! —exclama al cogerla.
—Dámela, voy a llevársela corriendo —le dice el joven.
Sin embargo, Eli reacciona con rapidez. Es el momento perfecto para que los dos se queden a solas y
hablen. Le hace un gesto de negación con la cabeza a su amiga para que no se la dé. Valeria lo comprende
en seguida. Quizá a ella también le vaya bien que por fin se aclaren las cosas y Raúl le diga de una vez
por todas que no tiene nada que hacer con él.
Después de saber que la quiere, no le importa que se queden solos.
—No te preocupes. Se la llevo yo.
—Déjame a mí, que soy más rápido que tú.
—Que no, que yo también corro muy de prisa —asegura la joven, que se aproxima a la puerta y abre
con las llaves—. ¡No cierro esto! ¡Estad atentos para que no entre nadie!
Y, sin dar más explicaciones, sale de Constanza y corre en busca de sus amigos.
—¡Qué cabezota es! —exclama él—. Como le pase algo…
—No te preocupes, sabe cuidarse bien. Y no creo que estén muy lejos. Los alcanzará pronto.
—Me preocupa que alguien pueda hacerle daño. Cuando se pone así, es como una niña pequeña.
Elísabet lo mira enarcando las cejas. ¿Por qué la critica ahora como si fuera una riña de enamorados?
—Oye, ¿qué pasa entre Valeria y tú?
—Nada. ¿Qué va a pasar?
—¿Te gusta?
—¿Cómo?
—¿Te gusta Valeria? Sé sincero conmigo. Porque estoy un poco harta de esperar respuestas y de que
sólo me rechaces a mí.
—¡Qué dices! ¿De dónde has sacado eso?
—Es una pregunta muy simple. ¿Te gusta Valeria? ¿Tienes algo con ella? Tal vez no quieras nada
conmigo porque ya hay otra.
Raúl no sabe qué contestarle. Lo tiene arrinconado.
—Eso es una tontería.
—Pues encajaría bien. Recuerdo que el domingo me dijiste algo que me tomé como un farol. Como si
lo hubieras dicho para fastidiarme en medio de la pelea que tuvimos.
—¿Qué te dije?
—Algo así como que tal vez hubiera alguna chica por ahí que sintiera por ti aún más que yo, y hacia
la que, al mismo tiempo, tú sintieras algo. Y yo, estúpida de mí, creí que lo habías dicho sólo para
joderme.
Ahora sí. No tiene escapatoria. Se acabó.
—Espera a que llegue Valeria y hablamos de esto.
—¡Dios, entonces es verdad! ¡Pensaba que era cosa mía!
—Eli, tranquila.
—Es increíble. Esto es increíble.
—Deja que te explique…
La chica empieza a respirar por la nariz muy de prisa, como si fuera a embestirle. Sin embargo, coge
un vaso de cristal y lo lanza con fuerza contra la pared. El vidrio se rompe en mil pedazos.
—No me puedo creer que me hayáis hecho algo así. ¡Mis dos mejores amigos! ¡Las dos personas a
quienes más quería en el mundo! ¡Alicia tenía razón!
—¿Alicia? ¿Quién es Alicia?
—Miserables.
—Eli, de verdad, espera a que ella venga y…
—Qué hijos de puta. Jamás os lo perdonaré.
Y, tras lanzar otro vaso de cristal contra el suelo, se marcha de Constanza dando un portazo que hace
temblar todo el establecimiento.
Raúl, consternado, resopla. Tarde o temprano, aquello tenía que suceder. Se pregunta cómo serán las
cosas entre ellos a partir de ahora. De momento, sólo puede hacer una cosa: busca la escoba y el
recogedor y se pone a limpiar los cristales que han quedado esparcidos por todo el suelo de la cafetería.
—He conseguido alcanzarlos… No habían ido muy…
Y se calla de repente. La alegría de Valeria por haberle entregado la camiseta a Meri se difumina en
un segundo. Ve a su chico barriendo el suelo. Mira a su alrededor y no encuentra a Elísabet.
—Bueno, pues ya lo sabe. Al menos no me ha tirado los vasos a mí.
Capítulo 79
LOS tres llegan al portal de Meri.
No han hablado demasiado durante el camino. Ya está todo dicho. Todo contado. Todo visto para
sentencia. ¿Todo?
Todo no.
Pero…
—Bueno, chicos, gracias por acompañarme hasta casa.
—¿A qué hora te vas?
—No lo sé. Creo que a las ocho de la mañana.
—Qué temprano. Vas a caer rendida en la cama cuando llegues a Barcelona —comenta Ester, que
tiene los ojos hinchados de tanto llorar.
—No suelo dormir muy bien. Me desvelo con mucha facilidad.
—¿Y entonces qué haces por las noches?
—Escribo.
Un blog. Un blog que nadie lee y nadie comenta; nadie sabe de su existencia excepto ella. Es un blog
secreto. Acerca del que ella guarda silencio desde hace tanto tiempo.
—Y escribe muy bien —apunta Bruno, al que Meri ha permitido alguna vez leer algo suyo.
—Vaya. Esa faceta tuya no la conocía. Tal vez alguna vez escribas una novela y consigas publicarla.
La noche se ha cerrado muchísimo. Ni siquiera lucen las estrellas, que deben de estar guardadas
dentro de algún cajón mágico, reservadas para un momento menos doloroso.
—Quién sabe. Ahora me tocará aprender catalán.
—Seguro que dentro de dos meses ya lo hablas mejor que Piqué.
—Piqué… Ya estamos… Piqué, ese central que es mucho peor que Ramos.
—No te lo crees ni tú.
Y le saca la lengua. La chica pelirroja con gafas de pasta azul los observa con cariño y ya con un
poco de melancolía. Los echará de menos. Ellos no saben cuánto.
—Bueno, chicos. Aunque no me veáis más… escribidme de vez en cuando.
—Cien o doscientos WhatsApp al día —le advierte Ester. —Con saber de vosotros a menudo, me
conformo.
Y se abraza a ella. Ester sonríe arrugando la nariz. Pero en seguida brotan las lágrimas. Meri le
estampa los labios en la mejilla durante unos segundos y le susurra al oído que la echará muchísimo de
menos. Se separan y las dos desvían la mirada hacia algún punto menos doloroso.
—Mi turno —señala el joven, algo más tranquilo que su amiga.
—Cuídamela, ¿eh, pequeño?
—Claro.
—Y cuídate tú también. Voy a echarte mucho de menos.
—Y yo a ti, pelirroja.
Los dos amigos se miran a los ojos. Las sensaciones son muy raras. Han pasado tantos momentos
juntos… Meri recuerda, entonces, cuándo dejó de querer platónicamente a Raúl y empezó a gustarle de
verdad ese pequeñajo simpático con el que todo el mundo se metía. Todo el mundo menos ella. Ella
jamás le faltó al respeto, jamás se enfadó con él. Jamás. Incluso terminó por enamorarse de él. Nunca se
lo dijo.
—Te quiero, Bruno Corradini —le dice desde lo más hondo de su alma.
—Y yo a ti, María.
Es la primera vez que la llama así. Apoyándose sobre los talones… María lo besa. Junto a los labios.
Y se aleja rápidamente de los dos, conteniéndose una vez más. No quiere llorar. A pesar de todo, no va a
llorar más.
—¡Te queremos, pelirroja! —grita su amiga exaltada, loca de tristeza.
Meri se vuelve y los ve. No puede irse así. No, no puede. Mañana no habrá un mañana, pero sí un
ayer en el que se arrepentirá de no haberlo hecho. Se da la vuelta y corre hacia ellos. Liberando el único
impulso que no ha dominado en su vida, le coloca las manos en los hombros y le da un beso como el que
hace mucho tiempo que tenía ganas de darle.
Bruno se queda atónito. Pero más asombrada se queda Ester cuando los labios de su mejor amiga se
unen a los suyos.
Su secreto ha quedado al descubierto.
—Lo siento —dice arrugando la nariz, imitándola como muchas veces lo ha hecho frente al espejo.
Y, volviéndose de nuevo, sin mirar atrás, corre hacia su piso, encantada de haber cumplido su sueño.
Sin embargo, aquella noche de noviembre le tenía reservada una última sorpresa de despedida.
Habrá sido cosa del calor del verano? No lo cree. Su confusión no tiene que ver ni con el calor ni con el verano. Tiene que ver con sus sensaciones. Sus sentimientos. Ya no siente lo que sentía por Bruno. Esos tres meses la han alejado de él. Pero ¿por qué quiere ahora otra cosa? El primer día de instituto siempre es duro. Y más viendo cómo han cambiado sus amigos. ¡Lo que dan de sí unos meses de gimnasio y desarrollo adolescente! Sin embargo, ella sigue tan plana como siempre. —Perdona, ¿sabes dónde está secretaría? Delante de ella aparece la criatura más bonita que haya visto jamás. Tiene unos ojos deslumbrantes y una boca preciosa. Además, ese flequillo recto le sienta fenomenal. —Sí, claro. ¿Quieres que te acompañe? —Vale. Ese ángel vestido de blanco no ha hecho otra cosa que confirmar sus sospechas. Y es que ese verano, en las revistas de su hermana, ha mirado más los biquinis que los bañadores slip. Y no precisamente porque tuviera intención de comprar alguno. Ella en la playa es sólo un molusquillo insignificante al que el sol abrasaría. —¿Eres nueva? —Sí. Acabo de llegar a Madrid. Espero no perderme. Esto es muy grande. —Cuando te acostumbras, es la ciudad más maravillosa del mundo. —Seguro que sí. Es muy simpática, además de guapa. Y le hace gracia cómo habla: sin acento, pero dulcificando cada palabra. —No me has dicho cómo te llamas. —Soy Ester. —Yo María. Bueno, puedes llamarme Meri. O pelirroja. La joven sonríe de una forma muy agradable. Es una nube del cielo más limpio. Y la última prueba. Porque, si esa chica le gusta, es que definitivamente ha cambiado de acera.
AL final, como sospechaba, su madre no ha podido acompañarla al dentista. Pero al menos Elísabet no
va sola. Alicia camina a su lado.
—Tienes los dientes perfectos, no sé qué demonios van a hacerte en la boca.
—Pues un empaste, creo. Algo para sacarle dinero a mis padres.
—Qué ladrones.
—El caso es que, por culpa del dentista, no he podido ir con Raúl a comprar el regalo de Meri.
—Ya estamos otra vez con Raúl. ¡Qué pesadilla!
Pues sí, no saber qué va a contestarle es como una pesadilla. Y le molesta que todavía no se haya
decidido.
—No seas así. Me ha prometido que se pensará de verdad si quiere o no quiere salir conmigo.
—Ese tío está jugando contigo desde hace tres días.
—Que no, Alicia. Que no.
—Mira que te lo he dicho veces durante todo este tiempo: tú querido amor te está haciendo sufrir.
Cuando un tío pasa de ti, se busca a otro. Y punto.
—Raúl no pasa de mí. Simplemente está indeciso.
—¿Indeciso? ¡Venga ya!
Sólo tiene que tener un poco de paciencia para que se dé cuenta de que ella es la chica de su vida. Y,
cuando eso pase, nadie podrá separarlos jamás.
—Esta noche vamos a reunimos todos y volveré a verlo.
—¿Todos? ¿Va también Valeria?
—Sí, claro. La fiesta la organizamos precisamente en su cafetería.
—Yo no me fiaría mucho de ésa. Va de san tita y luego… ¿No irá Raúl con ella a por el regalo de
María?
—Pues sí. Van juntos.
—Uy. Entre esos dos…
—¿Entre Valeria y Raúl? ¡Qué va! Sólo son amigos. Entre ellos no podría haber nunca nada.
—¿Estás segura?
—Claro. Los conozco muy bien.
Aunque, desde hace un par de días, nota algo raro entre ambos. Los ha cazado mirándose y hablando
de una manera en la que antes no lo hacían. Demasiada complicidad entre ellos. Pero no le ha dado
importancia.
Esta mañana también ha dado la casualidad de que los dos han faltado a primera hora. Y eso que era
Historia, la asignatura de Valeria. Los dos han dicho que se habían quedado dormidos. Naturalmente, les
ha creído. ¿Por qué iban a mentir?
—Nunca me gustó esa tía. Ya lo sabes.
—Es una gran amiga, Alicia. Ayer le dije que no viniera al cine para poder estar a solas con él y me
hizo caso.
—Como debe ser, para eso se supone que están las amigas. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—No sé si cualquiera… Pero ella me ayudó cuando se lo pedí.
Eso de que podría haber algo entre Raúl y Valeria es ciencia ficción. Una paranoia. Su amiga es muy
mona, pero puede que físicamente no esté al nivel del chico. A él le pega más tener a su lado a alguien
como ella.
—Te repito que lo de esos dos huele a gato encerrado.
—Me lo habrían dicho. O me habría dado cuenta. Es imposible que estén saliendo y que nadie lo
haya notado. Imposible.
—Si yo fuera tú estaría atenta a partir de ahora a cómo se comportan cuando están juntos.
—No voy a espiarles.
—No es espiarles. Es comprobar que me estoy equivocando y que tú estás en lo cierto.
Eli se encoge de hombros. Tendrá que poner un poco más de atención.
—Bueno, dejemos ya ese tema y centrémonos sólo en Raúl.
—¿Otra vez?
—¡Sí!
—Olvídate ya de ese tío.
—¡No puedo! ¡Le quiero!
—Deberías desconectar de una vez por todas de ese grupito que tienes y venirte conmigo una
temporada. Irnos las dos por ahí unos días.
Elísabet sonríe. Alicia es así. La conoce bien. Es como ese diablillo que le cuenta el lado negativo de
su subconsciente.
—Algún día nos iremos tú y yo solas de vacaciones un par de semanitas.
—Sólo si me prometes que no hablarás de Raúl y que no llamarás a la tonta de Valeria.
—¡No puedo prometerte eso!
—Ya te lo haré prometer…
Y, con una sonrisa desafiante, la rubia, que hoy ha vuelto a ponerse dos coletas muy llamativas, se
despide de Eli.
Acaba de llegar a la consulta del dentista. Y, aunque el pinchazo de la anestesia para el empaste le
hará un poco de daño, el dolor más grande que sentirá la chica llegará dentro de poco, en otro lugar de la
ciudad.
Capítulo 75
ESTÁN bastante lejos de la zona en la que viven tanto ellos como sus amigos, así que pueden ir cogidos
de la mano sin preocuparse de que nadie los vea. Aunque, después de que se hayan besado en plena
escalera del instituto, a Valeria ya nádale da miedo.
No dejan de reír, de gastarse bromas y, sobre todo, de darse besos de todo tipo: cortos, largos,
improvisados, preparados, con lengua, en los labios, intensos, apasionados… Pero ninguno por
compromiso. Ninguno sin sentirlo. Ningún beso porque sí.
Caminan por el barrio de Arguelles como una pareja cualquiera. Acaban de salir de la tienda en la
que le han comprado la camiseta a Meri. Han elegido una azul, como el color de la pasta de sus gafas. El
encargado les ha dicho que tardarán un rato en estamparla, de modo que se han ido a dar una vuelta.
—¿Tomamos algo? —le pregunta Raúl, que ya no se conforma con sólo cogerla de la mano y le rodea
la cintura con el brazo.
—Vale. Me apetece.
Los dos se dirigen, por Guzmán el Bueno, hacia la cafetería HD. Se sientan en la terraza de fuera y
esperan a que les atiendan.
El sol está cayendo, recogiéndose en aquel martes de noviembre, aunque todavía no hace nada de
frío. Hace la temperatura perfecta para el abrigo de primavera-otoño de Valeria.
Una camarera delgadita y rubia se acerca a ellos y anota el pedido: dos batidos grandes; el de ella de
fresa, el de él de chocolate. Al cabo de pocos minutos, regresa con dos copas enormes llenas hasta
arriba.
Valeria es la primera que le da un sorbito a la suya.
—Está buenísimo.
—A ver…
Raúl le da un beso en los labios. Tenía razón. Ese batido de fresa está realmente rico. A continuación,
invierten los papeles: es Raúl el que bebe de su batido de chocolate y la chica la que lo prueba de su
boca.
—Me encanta merendar así.
—Bueno, en tu cafetería también se está muy bien.
—Sí, pero allí no podemos hacerlo de esta manera. Mi madre nos echaría.
—Tendremos que acostumbrarla.
—No creo que se deje.
El joven sonríe. Se pregunta qué pensará la madre de Valeria cuando se entere de lo suyo con su hija.
Hasta ahora siempre ha sido una mujer encantadora con él. ¿Cambiará cuando lo sepa?
Los dos chicos arriman un poco más las sillas para estar más juntos. Juegan con los pies por debajo
de la mesa y entrelazan los dedos encima de ella. Se sienten cómodos y a gusto el uno con el otro. Y no
sólo como amigos. De eso ya no les cabe ninguna duda.
—Voy a enseñarte algo.
—¿El qué?
—Espera. Ahora lo verás.
Raúl alcanza su BlackBerry y busca algo en un canal de YouTube. Cuando lo encuentra, saca unos
cascos de uno de los bolsillos de la sudadera y le da un auricular a Valeria, que se lo coloca en la oreja
derecha. El chico se pone el otro en el oído izquierdo.
Pulsa el «Play» y comienza el vídeo: <http://www.youtu be.com/watch?
v=GvfyNDcmlCQ&list=UU9tS9aiKZBdgAet GF8erIYA&index=l 3&feature=plcp>.
Se trata de una bonita versión de Set fire to the rain, de Adele, interpretada por una joven rubia y con
el pelo largo de voz increíble. Alba Rico emociona a Valeria. A cada segundo del tema que escucha, el
nudo que se le ha formado en la garganta va creciendo. Se le enrojecen los ojos cuando mira a Raúl
mientras oye la preciosa melodía del piano. Se inclina sobre él y lo besa. Le apetece decirle que lo
quiere, pero no sabe si es el momento adecuado para ello. Quizá sea demasiado pronto. Pero lo ama. Lo
ama y nunca dejará de amarlo. ¡Nunca!
La coverde Alba termina y la chica sonríe, empapada en lágrimas. Raúl coge un puñado de servilletas
y se lo da para que se seque las lágrimas. Entretanto, Valeria inspira y suelta el aire resoplando. Se siente
muy afortunada por estar compartiendo con él esa historia tan bonita que acaba de comenzar.
—Gracias. Me ha gustado mucho.
—A mí también me encantó cuando la oí. Y ahora las cosas que me gustan me hacen pensar en ti.
—¿Yo te gusto?
—Mucho. La verdad es que… me gustas mucho.
La chica esperaba oír un «te quiero», pero no va a forzarlo para que se lo diga. Posiblemente sea
demasiado pronto para que lo sienta. Con «Me gustas mucho» se conforma.
El chico ha estado a punto de confesarle que no sólo le gusta, sino que la quiere. Sí, a cada minuto
está más convencido de que lo que siente por ella es algo que no ha sentido jamás por nadie. ¿Por qué no
se lo ha dicho? Era el momento idóneo.
La pareja se observa durante varios segundos sin hablar. La camarera interrumpe la sesión de
miradas cuando les lleva la cuenta. Es Raúl el que paga.
—¿Vamos a ver si ya tienen la camiseta? —pregunta Valeria tras levantarse de la silla.
—Han pasado más de tres cuartos de hora desde que la dejamos. ¿Estará lista ya?
Los dos regresan a la tienda caminando lentamente en la noche de Madrid, entre besos y más besos.
La camiseta está preparada. Y es preciosa. Azul cielo. Con los nombres de los seis impresos
asimétricamente por delante y por detrás, y un gran «El Club de los Incomprendidos» en la parte superior
de la espalda.
Seguro que a Meri la entusiasmará. Satisfechos, lo celebran con sus labios.
Eligen regresar a casa en metro. Se les ha hecho tarde, y han quedado con el resto en Constanza a las
ocho.
Entran en la estación de Arguelles. Línea 3 hacia Sol. El tren no tarda en llegar. No hay demasiada
gente en el vagón en el que montan, así que incluso encuentran dos asientos libres que deciden ocupar.
Cien besos por cada parada. Todo está silencioso hasta que, en Callao, se sube un tipo curioso que viste
una camiseta de los Lakers y una gorra vuelta hacia atrás.
Valeria abre los ojos de par en par cuando comprueba que el rapero es César. Se pone muy nerviosa.
Pero debe calmarse o Raúl lo notará.
El estudiante de Periodismo empieza con su particular espectáculo:
—Siempre rimando, siempre rimando… Durante dos minutos, me pondré al mando de la nave del
rap, mimando los versos que canto al tanto de lo que tú me vas mostrando. ¿Te gusto, encanto? Seguro
que espantarte, no te espanto. Ni de cara, ni de cruz, ni de canto. Si vienes conmigo, no te llevaré a un
antro, aunque no soy un santo, ni un banco, sólo canto rimando. Sí, rimando, siempre rimando.
Es lo mismo que hizo la otra vez que se lo encontró en el metro: va pasando por delante de cada uno
de los pasajeros y hace una rima relacionada con ellos. Es impresionante la velocidad a la que piensa y
rapea. Sin embargo, algo le dice a Valeria que en esta ocasión no va a disfrutar demasiado de la
actuación.
César prosigue:
—Chicas, ¿queréis una cita? Una bonita, con velitas, con miraditas, ¿con mambo? ¡Despacio! Mejor,
una peliculita y una mantita. ¿Entiendes, rubita?
»Sí, tú, la del bolso tan caro. Verte en el metro me parece tan raro… ¿Estás en el paro? Yo sí que no
paro. Un buen show quiero daros. Chaval, el de los aros, ¿me escuchas, hermano? No os soltéis de la
mano, que es muy sano. Querer es de humanos. Odiar de inhumanos. Eh, señor de pelo cano, ¿comemos
en el Sanno?
El joven se acerca a donde está sentada la pareja. Valeria se tapa la cara con una mano, mientras que
Raúl escucha atento al talentoso rapero, que lo tiene entusiasmado.
—¿Estás asombrado? Pasmado, alucinado, flipado, con este rap te he conquistado, ¿o no, rapado?
Morena, me encantan tus estampados. Y el escote de la de al lado. ¿Natural o pagado? Seguro que
deseado. Muy deseado. Tu bigote me ha molado. Y las piernas de la del vestido morado. A rimar soy
dado, ¿hundido? No, sólo tocado. Por brujos y hados. Para hacer con mi rap algo sonado. Pequeño,
encantado. Y ella, ¿me ha mirado? Sí, me ha mirado. Y descolocado, hasta enamorado. Pero soy malvado
y me voy para el otro lado…
Entonces, César ve a Valeria. La chica tiene la cara cubierta, pero el rapero se da cuenta de que lo
mira a través de los dedos. Va acompañada de un chico. Ya lo conoce, es Raúl.
El joven sonríe sin dejar de rimar.
—¿Y en este lado? Veo un afortunado. Enhorabuena, tu novia me ha dejado embobado. Atontado.
Pero es tuya, no quiero enfados. ¿Nos la jugamos a los dados? No hay tiempo. Señores, Sol. Hemos
llegado.
Un par de chicas aplauden mientras la megafonía anuncia que acaban de llegar a la estación de Sol.
César saluda, inclinándose, y se quita la gorra. Raúl se levanta, busca en su bolsillo y le echa un euro.
—Enhorabuena, eres un crack.
—Gracias, amigo.
Las puertas del tren se abren. Valeria por fin se atreve a mirarlo a los ojos. A esos preciosos ojos
que tanto transmiten. Pero es a lo único que le da tiempo. Invitada por su chico, sale del vagón dando un
pequeño saltito. Las puertas del metro se cierran y César desaparece tras ellas.
Entonces, Val observa detenidamente a Raúl. Éste le sonríe. Es guapísimo. Y lo quiere. Lo quiere
como no es capaz de querer a otro. E, impulsada por algo que no puede explicar, se lanza sobre él. El
joven la agarra con fuerza y ambos comienzan a besarse apasionadamente mientras la chica se sujeta a él
con las piernas y los brazos, rodeándole la cintura y el cuello. No toca el suelo. Porque ahora está en el
cielo. En el mismísimo cielo.
Raúl, en ese momento, lo entiende todo. Sí. Ya no hay dudas. Sabe lo que tiene que hacer.
Deja a la chica sobre el suelo, al lado del andén, y comprueba cuánto tiempo falta para que llegue el
siguiente tren. Cuatro minutos. Demasiado tiempo. Sin embargo, el que va en dirección contraria por la
vía de enfrente está a punto de llegar. Tiene un minuto.
La agarra de la mano y le pide que corra.
—Pero ¿a dónde vamos?
—¡No preguntes y corre!
La pareja sube la escalera, atraviesa un pasillo y baja por la del lado opuesto. Valeria no entiende
nada. ¿Qué se propone?
Están en el andén contrario al que les ha llevado hasta allí. En el que conduce a Moncloa. ¿Es que se
le ha olvidado algo?
Apenas hay gente. Ellos dos y un par de parejas más, alejadas de donde están.
—Raúl, ¿vamos a coger otra vez el metro?
Él no dice nada. Sólo mira hacia el túnel por donde aparece el tren a toda velocidad. Agarra a
Valeria de la mano, la mira a los ojos y, con todas sus fuerzas, bajo el sonido de la locomotora y los
vagones que pasan fulgurantes por delante de ellos, grita tan alto como puede:
—¡Te quierooooooooooooooooooooooooooooo!
Capítulo 76
AMBOS están frente a la puerta del pabellón. Ha sido Ester quien se ha detenido antes de entrar. Ni
ayer por la noche ni durante todo el martes ha escrito a Rodrigo o ha recibido algo de él. Tampoco ha
habido llamadas. Otra vez ese silencio tan desesperante. Pero quizá en esta ocasión sí que esté
justificado por la parte que le corresponde a su entrenador. Ella fue la que salió corriendo, aunque
tuviera motivos suficientes para hacerlo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunta Bruno, que no ha dejado de animarla en todo el camino.
Han ido juntos en el metro hasta allí. Su compañía está siendo más importante de lo que hubiera
imaginado. Se siente apoyada y querida por un gran amigo. Jamás olvidará todo lo que está haciendo por
ella.
—Llevo tres días en los que hay pocos momentos en los que me encuentre bien. ¡Menuda racha!
—Es normal. Te han pasado muchas cosas.
—Demasiadas.
—Pero ¿te sientes capaz de enfrentarte a esto? —insiste el joven, nada convencido—. Si quieres nos
volvemos.
—Tengo que hacerlo, Bruno. No me queda más remedio.
—Es porque lo quieres, ¿verdad?
La chica asiente. Y, o se da prisa y afronta la situación de manera decidida, o terminará echándose
atrás, presa de las dudas que la embargan.
—Vamos, anda. Y no te enamores de ninguna de mis compañeras…
—Ya las he visto. Ninguna es mi tipo.
—¿Ah, no? ¡Pero si son muy guapas!
—Sí. Y también muy altas.
Ester suelta una carcajada. Ella también es más alta que él, aunque la diferencia no se nota mucho.
Los dos entran por fin en el pabellón. La mayoría de las jugadoras del equipo ya están estirando y
haciendo ejercicios de calentamiento.
El silencio que reina en la instalación deportiva sólo se ve enturbiado por el ruido que hacen las
zapatillas de las chicas cuando se deslizan por el parqué.
—Voy a cambiarme —comenta Ester mientras busca con la mirada a su entrenador. De momento, no
hay señales de él.
Bruno se dirige hacia la grada y se sienta en la segunda fila. Ester lo saluda con la mano de camino al
vestuario. Cuando entra, sólo encuentra a una de sus compañeras, que está vendándose los tobillos.
—El míster te está buscando —le dice después de saludarla con un gesto con la cabeza.
—¿A mí? ¿Dónde está?
—En la oficina del club.
—¿Te ha dicho qué quiere?
—No, sólo que te avisara cuando llegaras.
—Gracias.
Ester ni siquiera se cambia de ropa. Con la mochila colgada a la espalda, sale rápidamente del
vestuario y se dirige al lugar al que Rodrigo le ha encargado a su compañera que la envíe. Vuelve a
saludar a Bruno y se retira por un pasillo lateral hacia la oficina del club.
¿Querrá verla a solas para arreglar las cosas?
No lo sabe. Y tampoco está segura de si aquello es una buena o una mala señal. Sólo espera que no
intente nada. Allí no se atreverá, con las jugadoras del equipo tan cerca.
Llama a la puerta. Rodrigo le pide que pase.
Nerviosa, gira el pomo y abre despacio. Primero asoma la cabeza y lo observa; está sentado en el
sillón en el que se han besado tantas veces. El entrenador la saluda, muy serio, y la invita de nuevo a que
entre y cierre la puerta. La joven obedece.
—Hola —dice con timidez.
—No estaba seguro de si vendrías hoy.
—Tenía que venir.
—¿Después de lo que pasó ayer? No las tenía todas conmigo. Pero me alegro de que te hayas
atrevido.
A Ester no le gusta demasiado su tono de voz. Se le nota molesto. Como cuando entrena y algo no le
sale bien.
—No me has llamado. Ni me has escrito.
—Tú a mí tampoco.
—No sabía cómo ibas a reaccionar.
El joven se levanta del sillón y la mira a la cara. Se sienta sobre la mesa y, estirándose, coge un folio
que tenía apartado en un lateral, junto a un bote con lápices y bolígrafos.
—Toma —le dice a Ester al tiempo que le entrega el papel.
—¿Qué es esto?
—Tú baja. Ya no estás en el equipo.
Ester palidece. Le echa un vistazo por encima a la hoja, pero apenas distingue lo que se dice en ella.
Está demasiado bloqueada como para poder leer.
—¿Me… has… echado?
—Sí. Ya he hablado con el club y te expulsamos por bajo rendimiento.
—Pero…
—Así que te pido que, por favor, no vuelvas a pisar estas instalaciones. Y, sobre todo, no montes
ningún escándalo ni ningún numerito, que ya eres mayorcita para asumir este tipo de cosas.
De todo lo que está pasando en esos instantes, lo que más la afecta es la frialdad de Rodrigo cuando
le habla. Es como si jamás hubiese pasado nada entre ellos. No puede creerse que ayer estuviera a punto
de acostarse con él, de entregarle su primera vez a ese tipo.
Sin embargo, su corazón sigue latiendo por él.
—Estás haciéndome mucho daño. ¿Lo sabes?
—Que no hayas jugado lo suficientemente bien como para ganarte el puesto no es mi problema.
—Esto… no es por mi juego. Es por…
—¿Vas a decirme que tus últimas actuaciones han sido positivas?
—No… Pero…
—¿Entonces? ¿Qué quieres? —pregunta alzando la voz—. Yo me mato porque el equipo funcione lo
mejor posible. Me entrego en cada entrenamiento y me exijo lo máximo en cada una de mis decisiones.
¿Qué has hecho tú? Fallar recepciones, no llegar a los bloqueos y ser un coladero en defensa. Por no
hablar de tus salidas por la noche.
—Sólo fui a tomar una hamburguesa con mis amigos.
—El día anterior a un partido en el que nos jugábamos la temporada.
—No es jus…
—¡No me digas lo que es justo y lo que no! —exclama muy enfadado—. ¡No quiero a una jugadora
como tú en mi equipo!
El último grito termina con la resistencia de Ester.
—Te amaba —suelta tan impactada que no le salen ni las lágrimas.
—Te pido que dejes el pabellón cuanto antes, por favor. Tengo que entrenar.
—Yo te quería, Rodrigo. ¿Por qué me haces esto?
—Es la ley del deporte: quien no rinde, no merece oportunidades. Otras sabrán sacarle partido a lo
que tú no has aprovechado.
El comentario tiene un claro doble sentido. Y Ester se da cuenta. Por primera vez se da cuenta de
todo. De lo que Rodrigo pretendía. Simplemente quería llevársela a la cama. Y ella, como una ingenua,
casi acepta, impulsada por sus fuertes y obsesivos sentimientos.
La chica se levanta de la silla y, cabizbaja, se dirige hacia la puerta con el papel de su baja deportiva
en la mano.
—Adiós. Y lo siento mucho si me equivoqué.
—El que se equivocó fui yo. Creía que eras algo más que una cría bonita. Adiós, Ester.
Destrozada por fuera y, especialmente, por dentro, la chica sale de la oficina del club. Camina por el
pasillo como un fantasma y luego por las inmediaciones de la pista. Ni siquiera responde a los saludos de
sus compañeras, que no comprenden qué le pasa. Bruno, alarmado al verla de esa manera, abandona la
grada y corre hacia ella.
—¿Qué ha pasado? —pregunta fuera de sí—. ¿No te habrá tocado ese salido?
—No —responde mirándolo a los ojos—. Me ha echado.
—¿Cómo qué te ha echado?
—Eso. Que Rodrigo me ha echado del equipo y de su vida.
Capítulo 77
CAFETERÍA Constanza. Ocho en punto. Noche cerrada en Madrid.
Nadie aparece por allí. Sólo han llegado María y su padre, que la ha llevado en el coche de su ex. La
chica se está tomando un refresco mientras el hombre charla animadamente con la madre de Valeria.
Nadie diría que Mará y Ernesto se han visto sólo tres veces en su vida.
Qué poco puntuales. No es de recibo que la hayan dejado sola de esa manera. ¿Y si en lugar de una
fiesta de despedida le han preparado una inocentada?
No, están en noviembre. No a 28 de diciembre. Ya llegarán.
Y así es, la primera en entrar en Constanza es Elísabet. La joven se dirige hacia la mesa en la que
está la pelirroja y, después de abrazarla, se sienta con ella.
—¿Todavía no han venido los demás? —No, tú eres la primera.
—Qué extraño. Me lo esperaría de Bruno, pero el resto del grupo suele ser más puntual.
Y sobre todo le sorprende por Valeria y por Raúl. ¿Estarán todavía juntos? Mientras le empastaban la
muela, ha estado pensando en lo que Alicia le había comentado antes. Pero es imposible que eso sea así.
Sus amigos no están liados. Sólo son imaginaciones suyas. Paranoias.
—¿Te encuentras bien? Te noto rara al hablar.
—¡Ah! ¡Sí! Es que tengo la boca medio dormida por la anestesia que me han puesto hoy en el
dentista. Pero ya se me está pasando.
Las dos conversan durante un rato sobre dientes, agujas y tornos eléctricos. Hasta que aparece
Valeria. Llega sola, cosa que alegra a Elísabet.
—Hola, chicas, ¿y el resto?
—Ni idea. Estarán al llegar.
—¿Ya has hecho las maletas?
—Sí. Está todo preparado para que me marche mañana —responde María con cierta tristeza.
—Bueno, ésta es tu noche, así que tienes que pasártelo bien —señala Valeria; a continuación, le da un
beso en la mejilla—. Voy a hablar un momento con mi madre.
Mientras la chica negocia cuándo se va a cerrar la cafetería sólo para ellos, llega Raúl. Como
siempre, va perfectamente vestido y perfectamente peinado. Saluda a Mará con la mano y le entrega una
bolsa para que la guarde en alguna parte y que Meri no la vea. En ella va la camiseta dedicada.
Disimuladamente, le dedica una intensa mirada a Valeria, a la que sonríe con complicidad, y después
camina hacia donde están sentadas María y Elísabet. Para esta última, no ha pasado desapercibido el
gesto de cariño entre sus dos amigos. Eso la inquieta bastante. Pero de momento no va a darle más
vueltas. Raúl le da dos besos a Eli y otros dos a la protagonista de la fiesta, y los tres comienzan a
dialogar animadamente.
—Hoy bailarás algo conmigo, ¿no, pelirroja?
—Ya sabes que yo no bailo.
—¿Ni por ser el último día?
—Ya veremos.
—¡Hoy vas a bailar hasta conmigo! —exclama Eli, que todavía siente la boca adormilada cuando
habla.
—Cuando la madre de Val nos deje esto para nosotros, pondremos música y empezaremos la fiesta de
verdad.
En ese instante, los únicos clientes que quedan en Constanza pagan y se van. Coinciden en la puerta
del establecimiento con Bruno y Ester, que llegan juntos.
—¡Ya estamos todos! —grita Eli, a quien no parece importarle que el padre de Meri y la madre de
Valeria continúen todavía allí.
Nadie se da cuenta de lo mal que lo ha pasado la recién llegada durante la última hora y cuarto, desde
que su entrenador la echara del equipo. Bruno se ha encargado de consolarla a lo largo de todo ese
tiempo y de convencerla de que aquello era lo mejor que podía pasarle. Ese tipo no merece que derrame
ni una sola lágrima más por él. En esa cafetería es donde está la gente que la quiere de verdad.
Meri se pone de pie y va al encuentro de su amiga. Las dos se funden en un abrazo más que sentido.
Tan intenso como los que se han dado esta mañana.
—Bueno, chicos. Como esto se ha quedado vacío, Ernesto y yo nos vamos —anuncia Mará al tiempo
que le deja las llaves a su hija—. Para no tener que estar abriendo y cerrando todo el tiempo la puerta de
hierro, cerrad con llave la de cristal y echad las cortinas.
—Vale, mamá.
—Así nadie os molestará.
—Eso haremos.
Valeria acompaña a su madre y al padre de Meri hasta la puerta y, cuando éstos se despiden de todos
y salen de la cafetería, hace lo que Mará le ha pedido.
Se guarda la llave en el bolsillo y sonríe.
—¡Bien! En honor a la pelirroja más guapa del mundo… se reúne ¡el Club de los Incomprendidos!
¡Que empiece la fiesta! —exclama Raúl, que se acerca al ordenador de Constanza y pone música.
Todos se sientan a la mesa en torno a Meri. La chica está emocionada y agradece infinitamente el
cariño de sus amigos. Sin duda, son los mejores. Sólo espera disfrutar y pasarlo bien en la última sesión
del Club. Aunque, como le gusta decir a Ester, prefiere creer que será la penúltima.
Capítulo 78
LA fiesta de despedida de Meri está teniendo de todo: risas, anécdotas del pasado, momentos
emocionantes en los que las chicas no han podido evitar llorar… Y buen rollo. Como durante los
primeros meses tras la creación del Club.
Uno de sus miembros ha tenido que anunciar que se marcha a vivir a otra ciudad para que se recupere
el espíritu de los Incomprendidos.
Pero, sin duda, el instante más bonito de la noche se ha producido cuando Ester le ha entregado a
María la camiseta dedicada. La pelirroja ha sido incapaz de contener las lágrimas. Y todos se han
abrazado haciendo una pina. Luego, cada uno ha firmado debajo de su nombre con un rotulador
permanente.
Sin embargo, y a pesar de lo bien que lo están pasando todos, cada uno tiene algo dentro que no lo
deja disfrutar plenamente: Ester no se quita de la cabeza a Rodrigo, aunque está intentando pasar página
lo antes posible; Valeria necesita besar a Raúl, o… algo más; Raúl necesita besar a Valeria, de la que se
ha dado cuenta que está enamorado; Eli quiere una respuesta y la quiere ya, esa noche; Meri se siente
dubitativa: se marcha mañana y no tiene nada que perder, pero el miedo puede con ella; y Bruno… Bruno
no deja de pensar en que tal vez hoy sea un buen día para confesar de una vez por todas lo que siente: sin
cartas, sin palabras escritas, sino mirándola a los ojos.
Hoy no tengo tiempo para escribir. Me esperan y luego no tendré fuerzas para sentarme delante de ti.
Puede que sea mi última oportunidad. La última oportunidad de descubrir a qué sabes. De jugar con tu
boca. De que me veas como algo más. Hoy es mi última oportunidad para decirte lo que siento.
Quizá después de esta noche, ya no tenga un secreto.
<http://tengolsecreto.blogspot.com.es/2012/04/no-tengo-tiempo.html>
Son las diez y media de la noche. A Meri empiezan a cerrársele los ojos. Demasiadas emociones en
muy poco tiempo. Mañana partirá. Se marchará lejos. Lejos de todos ellos. ¿Qué hace? Nada, como
siempre.
Está cansada. Le queda un largo camino por recorrer y se ha quedado sin tiempo. ¿Evasión o
victoria? Evasión y derrota.
Pero antes debe desplegar la última página. Firmar con su rúbrica.
—¡Chicos! —grita mientras se sube encima de una silla—. Como escribió uno de los ídolos de mi
querido Raúl, «Oh, capitán, mi capitán». Ya va siendo hora de partir. Me voy. He pasado unos años
increíbles a vuestro lado. No podría haber encontrado mejores amigos que vosotros. Y os doy las gracias
a todos por ser como sois y por haberme dejado ser como soy yo. Vosotros me comprendisteis. Algo que
nadie más consiguió.
Todos contemplan a la pequeña pelirroja con el corazón encogido. Hasta Raúl tiene que apretar las
mandíbulas con fuerza para no llorar, algo que los demás ya están haciendo.
—Espero que, si venís a la bella Barcelona, me visitéis. Yo volveré a nuestro querido Madrid dentro
de unos meses. Os echaré de menos, y espero que la distancia no mate lo que el cariño y la amistad
unieron. Os quiero mucho a todos.
Y, de un salto, se baja de la silla. Sus cinco amigos se acercan a ella uno a uno y le regalan besos,
palabras amables, abrazos… Bruno y Ester se quedan para el final.
—Yo voy contigo. Te acompaño a casa. Quiero estar a tu lado hasta el último segundo —le dice Ester
al tiempo que se seca las lágrimas.
María sonríe y le da las gracias con un beso en la mejilla.
Bruno suspira. Tal vez al final ese día no sea el mejor para confesar sus sentimientos. La protagonista
es su pelirroja. Pero espera que pronto haya una revancha en la Play.
—Yo también voy con vosotras. No pienso dejaros ir solas de noche.
—Sabemos defendernos, pequeño.
—¿No quieres que te acompañe o qué?
—Claro que sí, tonto —dice Meri. Se abraza a él. Cierra los ojos y suspira.
Tres y tres. Tres que se quedan y tres que se van. Los que se quedan en Constanza repiten besos,
halagos y piropos para María. Es el final de una etapa de seis. El último adiós. La despedida de uno de
los personajes principales de la película.
Nunca la olvidarán.
—Qué pena me da todo esto —comenta Eli mientras se toca el pómulo. La anestesia ya ha
desaparecido por completo.
—Y a mí. No puedo creerme que no vaya a verla hasta dentro de tantos meses.
—La vida es así —afirma Raúl apesadumbrado.
—Muy cruel.
Los tres se quedan en silencio, pensativos. Tristes. Hasta que Valeria se da cuenta que Meri no se ha
llevado la camiseta que le han regalado. ¡Se la ha dejado encima de la barra!
—¡Mierda! ¡Se le ha olvidado! —exclama al cogerla.
—Dámela, voy a llevársela corriendo —le dice el joven.
Sin embargo, Eli reacciona con rapidez. Es el momento perfecto para que los dos se queden a solas y
hablen. Le hace un gesto de negación con la cabeza a su amiga para que no se la dé. Valeria lo comprende
en seguida. Quizá a ella también le vaya bien que por fin se aclaren las cosas y Raúl le diga de una vez
por todas que no tiene nada que hacer con él.
Después de saber que la quiere, no le importa que se queden solos.
—No te preocupes. Se la llevo yo.
—Déjame a mí, que soy más rápido que tú.
—Que no, que yo también corro muy de prisa —asegura la joven, que se aproxima a la puerta y abre
con las llaves—. ¡No cierro esto! ¡Estad atentos para que no entre nadie!
Y, sin dar más explicaciones, sale de Constanza y corre en busca de sus amigos.
—¡Qué cabezota es! —exclama él—. Como le pase algo…
—No te preocupes, sabe cuidarse bien. Y no creo que estén muy lejos. Los alcanzará pronto.
—Me preocupa que alguien pueda hacerle daño. Cuando se pone así, es como una niña pequeña.
Elísabet lo mira enarcando las cejas. ¿Por qué la critica ahora como si fuera una riña de enamorados?
—Oye, ¿qué pasa entre Valeria y tú?
—Nada. ¿Qué va a pasar?
—¿Te gusta?
—¿Cómo?
—¿Te gusta Valeria? Sé sincero conmigo. Porque estoy un poco harta de esperar respuestas y de que
sólo me rechaces a mí.
—¡Qué dices! ¿De dónde has sacado eso?
—Es una pregunta muy simple. ¿Te gusta Valeria? ¿Tienes algo con ella? Tal vez no quieras nada
conmigo porque ya hay otra.
Raúl no sabe qué contestarle. Lo tiene arrinconado.
—Eso es una tontería.
—Pues encajaría bien. Recuerdo que el domingo me dijiste algo que me tomé como un farol. Como si
lo hubieras dicho para fastidiarme en medio de la pelea que tuvimos.
—¿Qué te dije?
—Algo así como que tal vez hubiera alguna chica por ahí que sintiera por ti aún más que yo, y hacia
la que, al mismo tiempo, tú sintieras algo. Y yo, estúpida de mí, creí que lo habías dicho sólo para
joderme.
Ahora sí. No tiene escapatoria. Se acabó.
—Espera a que llegue Valeria y hablamos de esto.
—¡Dios, entonces es verdad! ¡Pensaba que era cosa mía!
—Eli, tranquila.
—Es increíble. Esto es increíble.
—Deja que te explique…
La chica empieza a respirar por la nariz muy de prisa, como si fuera a embestirle. Sin embargo, coge
un vaso de cristal y lo lanza con fuerza contra la pared. El vidrio se rompe en mil pedazos.
—No me puedo creer que me hayáis hecho algo así. ¡Mis dos mejores amigos! ¡Las dos personas a
quienes más quería en el mundo! ¡Alicia tenía razón!
—¿Alicia? ¿Quién es Alicia?
—Miserables.
—Eli, de verdad, espera a que ella venga y…
—Qué hijos de puta. Jamás os lo perdonaré.
Y, tras lanzar otro vaso de cristal contra el suelo, se marcha de Constanza dando un portazo que hace
temblar todo el establecimiento.
Raúl, consternado, resopla. Tarde o temprano, aquello tenía que suceder. Se pregunta cómo serán las
cosas entre ellos a partir de ahora. De momento, sólo puede hacer una cosa: busca la escoba y el
recogedor y se pone a limpiar los cristales que han quedado esparcidos por todo el suelo de la cafetería.
—He conseguido alcanzarlos… No habían ido muy…
Y se calla de repente. La alegría de Valeria por haberle entregado la camiseta a Meri se difumina en
un segundo. Ve a su chico barriendo el suelo. Mira a su alrededor y no encuentra a Elísabet.
—Bueno, pues ya lo sabe. Al menos no me ha tirado los vasos a mí.
Capítulo 79
LOS tres llegan al portal de Meri.
No han hablado demasiado durante el camino. Ya está todo dicho. Todo contado. Todo visto para
sentencia. ¿Todo?
Todo no.
Pero…
—Bueno, chicos, gracias por acompañarme hasta casa.
—¿A qué hora te vas?
—No lo sé. Creo que a las ocho de la mañana.
—Qué temprano. Vas a caer rendida en la cama cuando llegues a Barcelona —comenta Ester, que
tiene los ojos hinchados de tanto llorar.
—No suelo dormir muy bien. Me desvelo con mucha facilidad.
—¿Y entonces qué haces por las noches?
—Escribo.
Un blog. Un blog que nadie lee y nadie comenta; nadie sabe de su existencia excepto ella. Es un blog
secreto. Acerca del que ella guarda silencio desde hace tanto tiempo.
—Y escribe muy bien —apunta Bruno, al que Meri ha permitido alguna vez leer algo suyo.
—Vaya. Esa faceta tuya no la conocía. Tal vez alguna vez escribas una novela y consigas publicarla.
La noche se ha cerrado muchísimo. Ni siquiera lucen las estrellas, que deben de estar guardadas
dentro de algún cajón mágico, reservadas para un momento menos doloroso.
—Quién sabe. Ahora me tocará aprender catalán.
—Seguro que dentro de dos meses ya lo hablas mejor que Piqué.
—Piqué… Ya estamos… Piqué, ese central que es mucho peor que Ramos.
—No te lo crees ni tú.
Y le saca la lengua. La chica pelirroja con gafas de pasta azul los observa con cariño y ya con un
poco de melancolía. Los echará de menos. Ellos no saben cuánto.
—Bueno, chicos. Aunque no me veáis más… escribidme de vez en cuando.
—Cien o doscientos WhatsApp al día —le advierte Ester. —Con saber de vosotros a menudo, me
conformo.
Y se abraza a ella. Ester sonríe arrugando la nariz. Pero en seguida brotan las lágrimas. Meri le
estampa los labios en la mejilla durante unos segundos y le susurra al oído que la echará muchísimo de
menos. Se separan y las dos desvían la mirada hacia algún punto menos doloroso.
—Mi turno —señala el joven, algo más tranquilo que su amiga.
—Cuídamela, ¿eh, pequeño?
—Claro.
—Y cuídate tú también. Voy a echarte mucho de menos.
—Y yo a ti, pelirroja.
Los dos amigos se miran a los ojos. Las sensaciones son muy raras. Han pasado tantos momentos
juntos… Meri recuerda, entonces, cuándo dejó de querer platónicamente a Raúl y empezó a gustarle de
verdad ese pequeñajo simpático con el que todo el mundo se metía. Todo el mundo menos ella. Ella
jamás le faltó al respeto, jamás se enfadó con él. Jamás. Incluso terminó por enamorarse de él. Nunca se
lo dijo.
—Te quiero, Bruno Corradini —le dice desde lo más hondo de su alma.
—Y yo a ti, María.
Es la primera vez que la llama así. Apoyándose sobre los talones… María lo besa. Junto a los labios.
Y se aleja rápidamente de los dos, conteniéndose una vez más. No quiere llorar. A pesar de todo, no va a
llorar más.
—¡Te queremos, pelirroja! —grita su amiga exaltada, loca de tristeza.
Meri se vuelve y los ve. No puede irse así. No, no puede. Mañana no habrá un mañana, pero sí un
ayer en el que se arrepentirá de no haberlo hecho. Se da la vuelta y corre hacia ellos. Liberando el único
impulso que no ha dominado en su vida, le coloca las manos en los hombros y le da un beso como el que
hace mucho tiempo que tenía ganas de darle.
Bruno se queda atónito. Pero más asombrada se queda Ester cuando los labios de su mejor amiga se
unen a los suyos.
Su secreto ha quedado al descubierto.
—Lo siento —dice arrugando la nariz, imitándola como muchas veces lo ha hecho frente al espejo.
Y, volviéndose de nuevo, sin mirar atrás, corre hacia su piso, encantada de haber cumplido su sueño.
Sin embargo, aquella noche de noviembre le tenía reservada una última sorpresa de despedida.
Habrá sido cosa del calor del verano? No lo cree. Su confusión no tiene que ver ni con el calor ni con el verano. Tiene que ver con sus sensaciones. Sus sentimientos. Ya no siente lo que sentía por Bruno. Esos tres meses la han alejado de él. Pero ¿por qué quiere ahora otra cosa? El primer día de instituto siempre es duro. Y más viendo cómo han cambiado sus amigos. ¡Lo que dan de sí unos meses de gimnasio y desarrollo adolescente! Sin embargo, ella sigue tan plana como siempre. —Perdona, ¿sabes dónde está secretaría? Delante de ella aparece la criatura más bonita que haya visto jamás. Tiene unos ojos deslumbrantes y una boca preciosa. Además, ese flequillo recto le sienta fenomenal. —Sí, claro. ¿Quieres que te acompañe? —Vale. Ese ángel vestido de blanco no ha hecho otra cosa que confirmar sus sospechas. Y es que ese verano, en las revistas de su hermana, ha mirado más los biquinis que los bañadores slip. Y no precisamente porque tuviera intención de comprar alguno. Ella en la playa es sólo un molusquillo insignificante al que el sol abrasaría. —¿Eres nueva? —Sí. Acabo de llegar a Madrid. Espero no perderme. Esto es muy grande. —Cuando te acostumbras, es la ciudad más maravillosa del mundo. —Seguro que sí. Es muy simpática, además de guapa. Y le hace gracia cómo habla: sin acento, pero dulcificando cada palabra. —No me has dicho cómo te llamas. —Soy Ester. —Yo María. Bueno, puedes llamarme Meri. O pelirroja. La joven sonríe de una forma muy agradable. Es una nube del cielo más limpio. Y la última prueba. Porque, si esa chica le gusta, es que definitivamente ha cambiado de acera.
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