9-11

Capítulo 9
—DIME que lo que estoy viendo no es verdad —susurra Elísabet, apretando los puños.
—No sé qué es lo que estás viendo.
—¡Aquello!
Su voz alterada es una mezcla de incredulidad, sorpresa, indignación y ganas de asesinar.
—Está muy oscuro…
—¡Otra vez con que está muy oscuro! ¡En la barra, nena! ¡Allí! —Coge a Valeria por los hombros y
la hace volverse hacia el lugar donde está señalando—. ¡Raúl!
—¿Dónde está…?
—¡Ostras, nena! ¡Lo tuyo es muy fuerte! —grita Eli enloquecida—. ¡Con la zorra rubia esa!
—¿Una zorra rubia?… ¡Ah!
¡Ya lo ve! Está sentado en un taburete junto a una de las barras de la discoteca. Una chica de pelo
largo y rizado, y de pronunciadísimo escote, está frente a él. Demasiado cerca. Pasea un dedo por su
pecho arriba y abajo, recorriendo su camisa azul. Incluso da la impresión de que le ha desabrochado
algún botón.
—¡Qué cara más dura! ¿Eso ha estado haciendo mientras lo esperábamos?
Ella quería el Twitter del rapado de la gorra, pero Valeria evita soltarle ese detalle para no enfadarla
más. El caso es que aquella universitaria buenorra le está tirando los trastos a su amigo. Lo que faltaba.
¡Ya no sólo tiene a Elísabet como rival! Una tía que podría ser portada de Playboy también se ha
interpuesto en su camino. ¡La noche se complica por momentos!
—¿Qué hacemos?
—¿Cómo que qué hacemos? ¡Ir a por él!
—¿No molestaremos?
—¡Claro que molestaremos! ¡De eso se trata!
Ahora la que agarra de la mano a la otra es Eli, que tira de su amiga y la arrastra nuevamente por toda
la pista de baile. Van tropezando con unos y con otros, pero eso no es impedimento para ellas. La fe
mueve montañas. Y la furia las arrasa.
—¡Imaginaba que una fiesta universitaria sería movidita, pero no tanto! ¡Y eso que no llevamos aquí
ni media hora!
Pero la morena del vestido negro y ceñido no oye nada de lo que le dice Valeria. Sólo tiene un
objetivo entre ceja y ceja: llegar hasta Raúl y la zorra rubia escotada para poner las cosas en su sitio.
Misión cumplida. Tras varios empujones, codazos y algún que otro insulto, las dos amigas consiguen
su propósito. La mirada de Eli se enfrenta a la del joven. Sonrisa irónica entre dientes y brazos en jarra:
—¿Y mi vodka con naranja? —pregunta fingiendo estar calmada—. ¡Ah… hola! ¿Qué tal? Soy
Elísabet, encantada.
La chica sujeta con fuerza el cuello de la rubia, apretando sus dedos con rabia, y le da dos besos. La
universitaria se queja al sentir las uñas de aquella loca desconocida.
—¡Tía! ¡Me haces daño! —grita, apartándose de ella—. ¿De qué vas?
—¡Perdona! —exclama; en seguida, ocupa el lugar que tenía antes la rubia, delante de su amigo. Se
anuda al brazo del chico y lo mira sonriente—. ¿Qué has hecho con mi copa?
—Aquí está —indica el joven con tranquilidad.
Se vuelve y alcanza dos vasos de tubo llenos de hielo y líquido naranja. Le entrega uno a Eli y otro a
Valeria.
—¿Estas dos son amigas tuyas?
—Más que eso —se anticipa a contestar Elísabet—. Somos sus compañeras de instituto.
—¿De instituto? ¿Vas al instituto?
El muchacho se encoge de hombros y asiente con la cabeza.
La rubia contempla con odio a Raúl. Lo llama niñato y se aleja de ellos todo lo rápido que le
permiten sus plataformas.
—Menudas amigas te buscas —protesta Eli mientras ocupa el taburete de al lado—. ¿No las había
más… operadas?
—¿Operadas? Yo creo que eran naturales.
—¡Venga ya! ¿Las has tocado?
—Esto…
Los ojos de Elísabet se abren de golpe. Luego los cierra de la misma manera y, de un trago, se bebe
media copa. Valeria la observa atónita. Da un sorbito a su vodka con naranja y sonríe a Raúl.
—¿Dónde os habíais metido? Llevaba un rato esperando.
—Hemos ido al baño. Es que cuesta muchísimo cruzar la pista para llegar a ellos.
—Te iba a mandar un mensaje a la BB, pero imaginé que no lo oirías con tanto ruido.
Y le sonríe. ¡Qué guapo es! Y cuánto lo quiere. Ella sí que lo ama de verdad, y no su amiga que
ahora… ¡se bebe de un trago la otra media copa! Aquello terminará mal.
El cambio que ha experimentado Raúl a lo largo del último año y pico ha sido espectacular. Cuando
lo conoció no era feo. Un chico normal. Monillo. Pero estaba sin formar. Demasiado delgado, sin ninguna
musculatura. Era como si a una tabla de planchar le hubieran puesto brazos y piernas. Sin embargo,
cuando comenzaron cuarto de la ESO, después de todo un verano sin verse… ¡Guau! ¿Se trataba del
mismo chico?
Fue al gimnasio durante aquellos meses. Se le ensanchó la espalda y se le desarrollaron los bíceps.
Desaparecieron los granitos y se le embelleció el rostro. Ya no era aquel muchacho aniñado y frágil, sino
un atractivo y apuesto adolescente de dieciséis años. Se transformó en un bellezón y las chicas
comenzaron a interesarse por él. Así, al mes de empezar el curso, ya se había echado novia, aunque su
mayor pasión seguía siendo el club que él mismo había creado junto a sus amigos los incomprendidos.
—¡Chicos! ¡Quiero bailar! —grita Eli saltando del taburete—. ¡Vamos!
¿Otra vez para la pista de baile?
A Valeria, que habría preferido pasar un rato tranquila charlando con Raúl mientras su amiga se
emborrachaba, no le gusta la idea.
Sosteniendo en equilibrio su segundo vodka con naranja, Elísabet se dirige a la zona de baile,
moviendo insinuantemente todo su cuerpo.
—No podemos dejarla sola —indica sonriente el chico—. ¿Un bailecito, nena?
—Qué remedio.
Los dos se dan prisa por alcanzarla. Suena a todo volumen Live Tonight, de Basto.
Eli se detiene en el centro de la pista y busca a sus amigos con la mirada. Cuando los ve llegar,
sonríe y comienza a bailar alzando los brazos y contoneando las caderas. Raúl se coloca a su lado y la
agarra por la cintura. Los dos se mueven con sensualidad al ritmo de la melodía mientras Valeria los
contempla resignada. También baila, pero lo hace de forma mucho más discreta. Suspira. No puede
apartar la mirada de ellos. Harán muy buena pareja. Ahora sí que Elísabet ha iniciado el ataque final.
Coloca las manos alrededor del cuello del chico y le acerca la boca a la mejilla. Parece susurrarle algo
al oído. Raúl se echa hacia atrás y ríe. Pero Eli no va a dejarlo escapar. Después de darle un trago a su
copa, vuelve a aproximarse a él y logra que la rodilla de Raúl se introduzca entre sus piernas. Mirándolo
a los ojos, provocativa, se balancea. Vuelve a colocar las manos en torno a su cuello y persigue los
labios de él con los suyos. Hasta que por fin… sucede.
Un beso.
Ese beso que llevaba persiguiendo toda la noche y que deseaba como ninguna otra cosa en el mundo.
Un escalofrío sacude el cuerpo de Valeria. Es más que eso. Su mente se bloquea, el pecho se le
contrae y de repente siente unas inmensas ganas de llorar. ¡Dios! Traga saliva y mira hacia otro lado,
pero es inútil. La angustia se apodera de ella. Necesita salir de allí. Joder, lo necesita de verdad!
La música sigue sonando, atronadora, en aquella maldita discoteca. Da un paso hacia atrás, y otro. Y
otro. Se tambalea. Las luces de colores parpadean en la oscuridad. Tropieza y el vaso de tubo con el
vodka con naranja cae al suelo. De rebote, le tira la copa a un tío que se queja y la insulta. Qué más da.
Ese cretino no puede comprender cómo se siente ahora. Se quiere morir. ¿Cómo ha podido ser tan tonta?
Pero si ya lo sabía. Si sabía que aquello iba a pasar. ¡Qué estúpida! Debería haberse ido con los otros.
Tuvo su oportunidad. La oportunidad de no presenciar lo que adivinó desde el mismo momento en el que
Eli le contó lo que sentía por Raúl. ¿Cómo iba a resistirse nadie a una chica como ella? Joder, si es que
hacen una pareja genial.
Por fin, la ansiada salida de aquel laberinto humano. Respira profundamente. No quiere mirar hacia
la pista de baile. Ellos… ¿Por qué todo es tan injusto? ¿Por qué su amiga se ha fijado en él? ¡Ese beso
tenía que haber sido con ella! ¡Joder! Se pasa la mano por los ojos y se da cuenta de que están mojados.
¡Idiota, no llores!
—¿Hola? ¿Eres… tú?
¿Es a ella? Alguien habla a su espalda. Le suena la voz. No se vuelve hasta que siente una mano sobre
el hombro. Entonces sí se da la vuelta.
No puede creerlo. ¡Él!
—Hola…
Y observa su bonita sonrisa. Esos dientes perfectos blanquísimos. Ya no lleva el sombrero de antes.
Ni la guitarra. Pero sigue estando buenísimo.
El chico que tocaba en el metro se agacha y contempla sus ojos manchados.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Se te ha corrido el rímel —indica sonriendo—. Espera.
Saca un pañuelo de papel de un bolsillo de su pantalón y, con delicadeza, recorre el hilo de pintura
del rostro de Valeria. Luego, se lo entrega para que ella termine de limpiarse la cara.
—¿Qué haces aquí? —le pregunta confusa.
—Mi facultad es la que organiza la fiesta.
—¿Qué? ¿Estudias en la universidad?
—Claro. ¿Qué pensabas?
Pues algo así como que tocaba y cantaba en el metro para poder comer y que su casa estaba hecha de
cartones y plásticos.
—Nada. No pensaba nada.
—Seguro que creías que era un mendigo y que vivía en las vías de la línea tres.
—No.
—¿No?
—Claro que no, hombre.
Y se le escapa una sonrisilla. ¿Por qué? No tiene motivos. Aunque la presencia de aquel chico, de
alguna extraña manera, la anima.
—¿Y tú qué haces aquí?
Ésa es una buena pregunta. ¿Qué demonios está haciendo ella allí? No sabe la respuesta. Sólo sabe
que el chico del que está enamorada y su mejor amiga se están liando ahora mismo a sólo unos metros de
ella. Eso y que aquel joven de larga melena tiene la sonrisa más increíble que ha visto nunca.
CAPÍTUL0 10
SALEN del McDonald’s y cruzan al otro lado de la calle. Ha sido una cena agradable. Muy entretenida.
Es una lástima que sólo la hayan compartido ellos tres, pero hace tiempo que el grupo no está tan unido
como antes. Meses atrás, todos se habrían solidarizado con Ester. Si ella no hubiera pasado, ninguno lo
habría hecho. Porque ésa era la razón del club: la solidaridad de los unos con los otros.
—¿Cómo lo estarán pasando los chicos en la discoteca?
—Ni lo sé ni me importa.
—Venga, Bruno. No seas así.
—Es que es la verdad. No me importa lo que estén haciendo ni cómo lo estén pasando.
Hasta ese instante, nunca había sido tan rotundo. Pero, pese a que a Ester la apenen sus comentarios,
María lo comprende. No le sorprende que Eli y Raúl vayan un poco a su bola. Son los que más han
cambiado, en físico y en actitud. Pero Valeria… poco a poco también se está alejando del camino que
hace algo más de dos años comenzaron a trazar todos juntos.
—Pues yo espero que lo estén pasando bien.
—Tú es que eres muy buena.
—Demasiado buena —recalca Meri con una sonrisa—. Pero por eso te queremos tanto.
Ester sonríe. Se siente bien con ellos. Aunque sabe que no es tan buena como piensan. También
comete locuras y hace cosas que no son políticamente correctas. Pero de eso prefiere no hablar. Es su
gran secreto.
—Chicos, yo también os quiero. Pero el monumento, para el año que viene.
—¿El año que viene? Bueno, quedan menos de dos meses para 2012 —bromea la pelirroja—. Creo
que para entonces estará terminado. Pero no te cambies el peinado; si no, no parecerás tú.
—¿Bromeas? ¡Jamás abandonaré mi flequillo! ¡Estaría horrible!
Bruno sonríe. Seguro que sin flequillo también estaría preciosa. O con el pelo rizado. O teñida de
rubio. Y hasta con la cabeza rapada. Es imposible que Ester esté fea, haga lo que haga con su peinado.
—¿Cogemos el metro o vamos andando?
No hace mucho frío en Madrid para estar en pleno otoño. Y, aunque desde Moncloa hasta donde vive
cada uno de ellos hay un buen trecho, deciden volver a casa caminando.
Recorren la calle de la Princesa entre el ruido del tráfico de la capital. Es sábado por la noche y todo
parece sobredimensionado: los coches, las luces, la cantidad de gente que va de un lado para el otro… El
sol se ha ocultado hace rato, pero la ciudad está más despierta que nunca.
Unos chicos que pasan por su lado le sueltan algo a Ester. Un par de frases entre lo vulgar y el mal
gusto acerca de lo que harían si ella los dejara. La chica pasa de ellos y ni se vuelve para responderles.
Seguro que a solas no son nadie.
—Qué capullos —comenta María al tiempo que niega con la cabeza—. Los tíos no saben
comportarse cuando ven a una chica guapa.
—No todos —la corrige Bruno.
—Es cierto, no todos.
Él nunca se comportaría así. Ni con ella ni con ninguna otra chica. Aunque es un desastre consigo
mismo, y a veces con los que lo rodean, nunca soltaría vulgaridades como las que acaba de oír. No es el
típico adolescente con las hormonas por las nubes que sólo habla de tías y de sexo. Ester lo sabe. Y le
gusta. Pero sólo podría quererlo como amigo. Sólo como amigo. En ocasiones, eso le ha producido cierto
malestar consigo misma. Bruno es una gran persona, pero no se siente atraída por él.
—Aunque, para ser justos, hay muchas chicas que tampoco saben comportarse cuando ven a un tío
guapo —señala el joven mientras cruzan un semáforo.
—Y cada vez hay más de ésas —añade María.
—Sólo hay que ver lo que pasa con los cantantes o los futbolistas. ¡Os volvéis locas!
—Pero eso es admiración. Es totalmente diferente —replica Ester.
—¿Diferente? Es enamoramiento enfermizo. Locura posesiva. Interés obsesivo por alguien a quien ni
conoces personalmente.
Entonces la pelirroja se detiene y observa a su amigo. Sonríe, malévola.
—Creo que lo de los futbolistas se te puede aplicar también a ti, guapito —comenta alzando la voz—.
¿O es que si tuvieras delante a Casillas no te volverías loco?
—Claro. Pero no gritaría como una fan histérica. Más bien me quedaría en silencio sin poder decir
nada.
—Es lo mismo, entonces.
—¿Cómo va a ser lo mismo?
—Claro. No es que tú no te pongas histérico, es que lo expresas de otra manera.
—¡Pero no grito!
—Por miedo o vergüenza, pero no porque no sientas deseos de hacerlo.
—Lo que tú digas.
La conversación entre sus amigos le saca una nueva sonrisa a Ester. Son tan graciosos cuando se
ponen así… No harían mala pareja. Parece que los sentimientos de María son claros, aunque jamás los ha
reconocido. Se nota que Bruno es alguien muy especial para ella. Y él también la aprecia muchísimo.
Aunque no cree que sienta lo mismo. O ésa es la impresión que tiene. Si algún día se hicieran novios, se
alegraría inmensamente por los dos. Ambos se merecen ser felices con alguien que los quiera de verdad y
los comprenda. Y, de paso, la librarían del remordimiento que le produce el haber rechazado a su amigo.
A pesar de que él no sepa aún que ella descubrió que aquella carta en la que le exponía sus sentimientos
era suya.
—Pues yo sí gritaría si tuviera a un jugador del Barca delante de mí —reconoce Ester alegremente.
—Puag. Yo también lo haría, pero por otros motivos.
—Por miedo, chavalín. Tres ligas seguidas. Y dos Champions con Pep. No podéis con nosotros.
—Bah. Cuestión de tiempo.
—Sí. Es cuestión de tiempo que volvamos a ganaros.
—En tus sueños.
En plena discusión futbolística, llegan a plaza de España. Allí sopla algo más de viento, lo que hace
que María se estremezca. Sus dos amigos continúan charlando sobre quién ganará el próximo clásico.
Ella escucha sin prestar demasiada atención a lo que dicen. El fútbol no es lo suyo. Y cuando éstos
empiezan a picarse por los colores de sus equipos, desconecta. Silenciosa, prefiere observarlos.
En ese instante, suena el teléfono de Ester con el himno del Barcelona como sintonía. Bruno la mira y
mueve la cabeza a un lado y a otro. La chica le saca la lengua y responde:
—¿Sí?
—Hola, guapa.
Es su voz. Se detiene un instante y deja que sus dos amigos continúen andando. Les hace una señal
para que no se detengan y, cuando está a la distancia suficiente para que no la oigan, prosigue caminando.
—Hola, ¿cómo estás?
—Bien. He salido a dar una vuelta con unos amigos, pero ya me voy para casa.
—Ah. Yo también he salido. Vengo de cenar en el McDonald’s.
—¿Has salido?
—Sí. Pero sólo un rato.
Le tiembla un poco la voz. Sabe que toca reprimenda.
—Mañana hay partido. No está bien que salgas la noche de antes.
—Ya lo sé, pero el partido es a la una.
—Deberías estar descansando.
—Lo sé. Perdona.
Un suspiro al otro lado de la línea. ¿Se ha enfadado?
—No tienes que pedirme perdón a mí. Ya eres mayorcita para saber lo que haces.
—Ya.
Silencio. No le gusta cuando le habla así. Ya no es una niña pequeña. Ni él su padre. ¡Y tampoco
debería ejercer de entrenador ahora! ¿Tanto le cuesta ser cariñoso?
—¿Sabes? Tengo algo para ti —su tono de voz se ha suavizado.
—¿Sí? ¿El qué?
—Un regalo de cumpleaños.
Todo el malestar por la pequeña bronca se le ha pasado instantáneamente. ¿Le ha comprado algo?
¡No lo esperaba!
—¿Qué es?
—Una sorpresa.
—Venga, dímelo. No me dejes así.
—Mañana después del partido lo sabrás.
—¿Después del partido?
—Sí. Así que ya puedes jugar bien y que ganemos.
—¡Ganaremos!
—Más nos vale, o será casi imposible que consigamos el campeonato.
—Lo haré lo mejor posible.
Y para eso debería estar descansando ya. El de mañana es un partido importantísimo y tiene que
rendir al máximo. En el fondo, él tiene razón. A pesar de que le dé rabia reconocerlo.
Capítulo 11
—¡ESTER! ¡Abre más las piernas cuando recepciones la pelota!
—¡Ya lo hago!
—Si lo hicieras, ¿por qué te lo iba a estar diciendo? ¿Crees que quiero fastidiarte?
Pues sí. Claro que quiere. Rodrigo es muy duro con todas, pero desde que entró en el equipo de
voleibol las mayores broncas son siempre para ella.
—No.
—¡Venga! ¡Otra vez, chicas! —grita el entrenador mientras ordena las posiciones mediante gestos
con las manos—. ¿Listas? ¡Saque!
Ponen la pelota en juego las que llevan peto. Es un saque flotante. El balón va hacia Ester, que tiene
problemas en la recepción y lo envía directamente al campo contrario para que la jugadora que está en el
centro de la red salte y remate con fuerza contra el suelo. Ni siquiera ha necesitado la ayuda de la
colocadora. Punto para el equipo con peto.
—Joder! ¡Las piernas, Ester! ¡Ábrelas, por el amor de Dios! ¿No me oyes o qué te pasa?
—¡Lo he hecho como me has dicho!
—¡Y una mierda! Si lo hubieras hecho bien no te habría salido esa porquería de recepción. ¡Que
tienes quince años, no cinco!
—¡Lo hago lo mejor que puedo! —grita ella al borde de las lágrimas. Suspira y se tapa la cara con
las manos.
El entrenador la sustituye y le pide al resto que continúen con el partidillo.
—Ven conmigo, por favor.
La chica obedece y lo sigue a cierta distancia. Apenas puede contener la rabia que siente por dentro.
No es la primera vez que pasa algo así. Parece que ese tío la ha tomado con ella. Ester sólo quiere
divertirse jugando al voleibol, como en su anterior equipo. Pero aquí es imposible. Se castiga cualquier
error, cualquier pequeño fallo. Y está harta. Incluso se ha planteado abandonar. Tal vez ésa sea la mejor
solución.
Los dos llegan a una zona del pabellón apartada del resto del grupo.
—A ver… Colócate como si fueras a recibir un saque.
Ester no dice nada. ¡Como si no lo hubiera hecho nunca! Resopla y le hace caso. No quiere más
problemas con él. Flexiona el cuerpo hacia delante, pone los pies en paralelo, estira los brazos y junta
los dedos.
—Ya.
—Baja más el culo. Es muy importante para defender bien. ¡Y abre las piernas, por favor!
—¿Más? —pregunta con un suspiro. No comprende esa obsesión con sus piernas.
Rodrigo se acerca a ella por delante. Se agacha y le pone las manos sobre las rodillas. Están
calientes. Con delicadeza, le desplaza las piernas hacia fuera para separarlas unos cuantos centímetros
más. A continuación, se levanta y la observa satisfecho.
—Así. ¡Genial! —exclama contento—. Ésta es la posición perfecta para recepcionar un balón.
—Bueno…
Se ha puesto colorada. Siente mucho calor dentro del pecho y en las mejillas. ¿Qué ha sido aquello?
—Espero que a partir de ahora no falles ni una más.
—Lo intentaré.
El entrenador sonríe y regresa a la cancha, donde el resto del equipo sigue empleándose a fondo. Ella
también lo hace. Pero no con la misma sensación que antes. Está sofocada. Y, aunque no se equivoca más
en sus recepciones, hay algo que la inquieta bastante.
Media hora más tarde, termina el entrenamiento.
—Ester, cuando te duches, ¿puedes venir a la oficina un momento?
La chica asiente. ¿Qué querrá ahora? Espera que no le eche otra bronca. El resto del entrenamiento ha
recepcionado la pelota como él le ha dicho y ha acertado en la mayoría de las ocasiones. ¿Entonces…?
Mientras se ducha, no puede evitar pensar en lo que ha sucedido hace un rato. ¿No se ha pasado
Rodrigo un poco tocándole las rodillas? Nunca un entrenador le había hecho algo parecido. Sin embargo,
no le ha disgustado sentir el contacto de sus manos sobre la piel. Se avergüenza y enrojece al recordarlo.
¡Maldita sea! Imagina que sólo ha sido algo casual. Inocente. La única forma de corregir la posición de
sus piernas. Y, por el resultado, debe darle las gracias.
Se viste, recoge su bolsa y se despide de sus compañeras.
Toc, toc.
—Adelante.
Su voz suena serena. Sosegada. Nada que ver con la que escucha normalmente mientras entrena.
Ester, despacio, abre la puerta de la oficina y entra con timidez en aquella habitación llena de trofeos,
diplomas y objetos de decoración relacionados con el voleibol.
—Hola —Rodrigo la saluda de pie, con una bonita sonrisa.
—Hola, entrenador.
Su imagen es diferente a la que suele mostrar habitualmente. También se ha duchado. Se ha vestido
con una camiseta negra de manga larga, una chaqueta gris y unos vaqueros azules. Calza zapatos oscuros
de piel. Además, se ha puesto gomina en el pelo y lo lleva de punta. Jamás lo había visto así. Debe
reconocerlo: está muy guapo.
Con un gesto de la mano, el chico le pide que se siente y, cuando Ester lo hace, es él quien ocupa su
lugar en el sillón de enfrente.
—¡Qué bien hueles! —exclama sin apartar de ella sus ojos verdes.
La chica se siente algo intimidada. Se sonroja y baja la mirada. No quiere decírselo, pero él también
huele fenomenal.
—Gracias. Será por el gel que uso.
—¿Es el de vainilla de Yves Rocher?
Exacto. Vaya, ¿cómo lo sabe?
—Sí —responde estupefacta.
El entrenador ríe al percibir el asombro de la jovencita. Pero su acierto tiene truco.
—No me mires así. No soy adivino. Ni conozco todos los geles del mercado. Sólo es que mi hermana
trabaja en una tienda y de vez en cuando le regalan pequeños botes de muestra. Le encantan los de
vainilla.
Así que se trataba de eso. De todas maneras, aunque ya sepa el motivo por el que conocía el olor de
su gel, la ha sorprendido. E impresionado.
—A mí también me gusta mucho.
—Pues ya te traeré algún botecito de muestra.
—Gracias.
—Ahora me acordaré de ti cada vez que mi hermana se duche —comenta divertido; a continuación,
suelta una carcajada.
La chica vuelve a sonrojarse. Es la primera vez que habla con él de algo que no esté relacionado con
el voleibol. Ese chico que está ahí delante no tiene nada que ver con el que vocifera en la cancha de
juego. Parece una persona completamente distinta.
—Bueno, ¿de qué querías hablarme? —pregunta mientras intenta tranquilizarse. No comprende por
qué le arde la cara.
—Pues de ti y de mí. De nuestra relación.
Si no llega a ser porque está sentada, Ester se habría caído de espaldas tras su guiño de ojo.
—¿Perdona?
—Pues de nuestros roces continuos desde que entraste en el equipo.
—Ah. Eso. —Respira aliviada—. Es que…
—Parece que tú tengas la culpa de todo, ¿no?
—Sí.
La sonrisa de Rodrigo la cautiva. ¿Por qué no la usará más en los partidos y entrenamientos? ¿No es
mejor así? Seguro que de esa manera motivaría más a las chicas del equipo, porque… ¡caerían rendidas
a sus pies!
—Sé que soy muy exigente contigo —admite tras una pausa—. Pero sólo exijo a quien creo que
puedo exigirle.
—Yo juego para divertirme, no para que me exijan.
—Y así debe ser. Pero… en el deporte, cuanto más te exiges a ti mismo, más te diviertes tú y más se
divierten los demás.
—No lo comprendo. Yo sólo quiero pasar un buen rato haciendo deporte.
Rodrigo hace una mueca con la boca, frunciendo los labios, y se levanta del sillón. Rodea la mesa y
se sienta sobre ella, más cerca de Ester, que no le quita ojo.
—Ese pensamiento no me vale para un juego de equipo.
—¿Por qué?
—Porque hay compañeras tuyas que sí se esfuerzan y se exprimen al máximo. Ellas pueden ser
mejores o peores que tú, y también se divierten jugando al voleibol, pero se exigen mucho a sí mismas. Y
por respeto a ellas, a su esfuerzo, a su dedicación… todos deberíamos dar nuestro máximo nivel. Por eso
soy tan exigente con todas vosotras y, especialmente, contigo.
Jamás ha escuchado esa reflexión en boca de ningún entrenador, y tampoco de ninguna compañera de
equipo. Es, cuando menos, razonable. Aunque eso no quite que para ella el deporte sea una diversión,
antes que nada.
—¿Y qué quieres, que me esfuerce más?
—Si no lo consigo, habré fracasado en mi trabajo como entrenador.
—No exageres. El equipo lo está haciendo muy bien. Yo no soy tan importante como para que digas
eso.
—Pero podríamos hacerlo mejor. Y que tú mejores y te esfuerces al máximo es una de mis metas.
Esto es un desafío en toda regla. Una impresionante prueba de que para motivar a alguien sólo es
necesario buscar las palabras adecuadas.
—Haré lo que pueda.
—Sé que puedes hacerlo mucho mejor.
—Al menos lo intentaré.
Y sonríe. Por primera vez desde que entró en la oficina, Ester sonríe. Ella, que siempre lo hace, que
pase lo que pase siempre está feliz, no lo había conseguido hasta ese momento por culpa de ese chico que
le estaba haciendo la vida imposible.
—Estoy convencido de que a partir de ahora todo irá mucho mejor y te exigirás más. El equipo, las
chicas y yo ganaremos con ello. Y tú, por supuesto, también.
El que sonríe ahora es él, que clava su mirada en la joven jugadora. Pero esta vez Ester no aparta la
suya. Se la sostiene con una de sus bonitas sonrisas. Es hora de marcharse a casa. Se pone de pie, se
despide del entrenador y sale de la oficina convencida de que puede llevar a cabo lo que él le ha
transmitido. Aunque las palabras de Rodrigo no sólo se han grabado con fuego en su mente, también han
prendido un trocito de su corazón

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