FINAL 80 Y EPILOGO
Capítulo 80
LOS dos llevan un rato mandándole mensajes a la BlackBerry, pero Eli no les ha respondido a ninguno.
También han intentado llamarla. Nada.
Valeria y Raúl se sienten mal porque su amiga se haya enterado de esa manera de lo que ha surgido
entre ellos, pero esperan que algún día pueda perdonarlos. Son responsables de haberle mentido, pero no
de haberse enamorado.
Se han pasado un buen rato fregando el suelo de Constanza. Ahora está más limpio que antes de que
su amiga rompiera los vasos.
—Menudo día —comenta la chica abrazada a Raúl.
La pareja está sentada encima de varias mesas que han puesto juntas para estar más cómodos. Con
una toalla limpia que han encontrado en el almacén se resguardan del frío que empieza a castigar la
noche.
—Agridulce, ¿no?
—Es una buena forma de definirlo. Pero me quedo con la parte dulce, que eres tú.
Y le da un cariñoso beso en los labios.
Lo bueno de todo esto es que no tendrán que volver a esconderse de nadie. Irán diciéndolo y su
entorno irá enterándose poco a poco. A partir de esa noche, sus besos serán públicos y su relación tendrá
luz.
—Si no fuera por lo de Eli y porque Meri se ha marchado, creo que éste sería el mejor día de mi
vida.
—¿Sí? ¿Tanto te ha gustado el batido de chocolate?
—Casi tanto como tú.
—Sigo prefiriendo el de fresa.
—A mí, si me lo das de tu boca, me da igual el sabor.
Valeria sonríe. Sabía de ese lado romántico de Raúl. Un tío que el día de mañana quiere ser director
de cine tiene que tener una vertiente así a la fuerza. Pero no sospechaba que lo empleara con tanto
acierto. Con tanta dulzura.
Con esa frase se ha ganado un buen beso. Luego, vuelve a acomodarse sobre él, encajando
perfectamente su cuerpo al suyo.
—Si yo me tuviera que ir a vivir a Barcelona o a otra ciudad, ¿vendrías conmigo?
—No lo sé.
—Veo que sigues siendo sincero.
—No quiero hacer suposiciones. Prefiero vivir lo que tengo ahora y ya veré lo que hago el día que
deba tomar una decisión importante.
—Vivir el día a día, ¿no?
—Sí. Es que nunca se sabe lo que va a ocurrir mañana.
—No existe el mañana, sólo el ahora.
—Eso pienso yo.
—Yo también creo que hay que disfrutar del día a día.
—Mira a mi padre… Él se fue de buenas a primeras. Planeó muchas cosas, y no pudo hacer ninguna.
Los ojos de Raúl resisten la emoción de sus palabras.
—Él estaría muy orgulloso de ti —le asegura Valeria mientras le acaricia la nuca—. Eres un gran
chico, Raúl.
—Eso mismo me ha dicho hoy mi madre.
—Opino como ella.
—¿Sabes? Hoy hace veintidós años que se conocieron.
—Qué casualidad. Y hoy es la primera vez que me has dicho «te quiero».
—¿Y te ha gustado que te lo haya dicho?
—Creo que ha sido el mejor momento de mi vida.
—¿Te lo digo otra vez?
—Estoy deseando escucharlo.
—Te quiero.
—Repítelo.
—Te quiero.
—Me gusta cómo suena de tu boca. —Sonríe—. Yo también te quiero.
El abrazo que se dan está lleno de sentimientos. A los dos les hacía falta experimentar algo así. Puede
que él tuviera prisa por buscar a alguien con quien estar formalmente antes de los dieciocho. Y puede que
ella esté ahora desahogándose de un año de silencio acumulado. Pero la verdad es que, cuando se
abrazan, se miran o se besan, comprueban que están hechos el uno para el otro. Y que, tal vez, con otras
personas no sería lo mismo.
—Espera —le pide el joven justo antes de bajar de un salto de las mesas y echar a caminar sobre el
suelo todavía mojado.
—¿Adonde vas?
—A apagar la luz.
—¿Para qué?
—Para que no tengas miedo de que te vea ponerte colorada.
Valeria refunfuña. Ya está con la típica bromita sobre el color de su piel… Sin embargo, no le da
tiempo a protestar. Oye música. Comienza una canción. Es ¡Buenos días, princesa!, de Pol 3.14. A la
joven de las mechitas rubias no le queda más remedio que sonreír. Las luces se apagan. Sólo los alumbra
el brillo de la pantalla del ordenador de Constanza.
Raúl vuelve hasta ella.
—Eres especialista en crear ambientes.
—Voy a dirigir películas. Será una de mis misiones.
—Se te dará estupendamente, señor Benigni.
—Gracias. Es un piropo que me compares con él.
—Tú eres más guapo y más joven.
—Y tengo más pelo.
La chica suelta una carcajada y le pasa la mano por el cabello, de modo que lo despeina un poco.
Raúl se rebela y la detiene sujetándola por los hombros. Intenta que se tumbe y se coloque en posición
horizontal. Valeria se resiste, pero termina cediendo. Despacio, va cayendo sobre las mesas hasta quedar
completamente tumbada. Su pecho sube y baja a causa de la excitación. Él se da cuenta y, tras besarla en
los labios, la mira a los ojos mientras le pregunta si quiere que explore bajo su camiseta. La respuesta no
llega. Ella misma se deshace de la prenda y se incorpora ligeramente sobre las caderas para quitarle la
suya a Raúl.
Es lo que había deseado cada vez que habían vivido un momento como ése. Y ahora tiene la
oportunidad de llegar más lejos.
De nuevo, esa sensación ya conocida. Ese calor capaz de arrastrarla hacia la locura más pasional.
Ese deseo que la hace desprenderse del sujetador y rozar su cuerpo contra el de él.
—Nunca habría podido imaginarme que fuera a hacerlo por primera vez en tu cafetería —susurra
Raúl.
—¿Por primera vez?
—Sí. ¿No te lo había dicho?
—Lo recordaría —responde sonriendo. Y, luego, besándolo cariñosamente—. Entonces estamos
empatados en eso.
EPÍLOGO
SUBE hasta su piso. El silencio sepulcral que reina en el edificio contrasta con el ruido que genera su
corazón.
¡Le ha dado un beso a Ester!
Increíble. Ha sido lo más increíble que ha hecho en toda su vida. Por una vez, Meri se ha arriesgado.
De todas formas, el riesgo ha sido menor. Mañana se va y, aunque deberá dar explicaciones, no
tendrá que hacerlo mirándola a los ojos. La BlackBerry le será muy útil en ese caso.
¿Qué habrá pensado Bruno?
Espera que nada malo. Que le gusten las chicas y no los chicos no quiere decir que sea ni mejor ni
peor. A partir de ahora se harán la competencia. Aunque él, teniéndolo difícil con Ester, lo tiene mucho
mejor que la propia Meri.
Qué avalancha de sensaciones. Si por ella fuera, cogía el AVE hasta Barcelona ahora mismo.
Abre la puerta de su casa con las llaves y se encuentra con que su padre está allí, sentado en el sofá
del salón, al lado de su madre. Tienen las caras largas.
¿No la habrán visto darle el beso a su amiga?
Una cosa es que sus dos mejores amigos descubran su secreto, y otra que sus padres se enteren de esa
forma de que es lesbiana.
Los dos la miran con expresiones realmente serias. ¿Y si han discutido de nuevo?
—Ve a ver a tu hermana. Quiere decirte algo —comenta Paz al tiempo que se frota la mejilla
nerviosa.
—¿Ha pasado algo? ¿Qué le ocurre a Gadea?
—Es mejor que te lo cuente ella.
Rápidamente, María se dirige hacia el cuarto de su hermana mayor. El buen rollo que llevaba ha
desaparecido por completo. Ese subidón que seguro que se desvanecería en cuanto fuera consciente de lo
que había hecho.
Llama a la puerta de la habitación de la chica y ésta responde con un débil «pasa».
Cuando María se asoma y entra en el dormitorio de Gadea el panorama es desolador. Toda la ropa de
su hermana está tirada por el suelo. Hay varios objetos rotos sobre su cama, sobre su escritorio. Le llama
la atención la cantidad de CDs doblados que ve por todas partes. La foto de su cuarto podría aparecer
como significado de caos en el diccionario.
—¿Qué ha pasado aquí? ¿Nos han robado?
—¿Robado? ¡Lo que ese cabrón ha hecho ha sido ponerme los cuernos!
—¿Álex te ha puesto los cuernos? ¿Qué dices?
El aspecto de Gadea es terrible. Tiene la cara totalmente desencajada y los ojos hinchadísimos, como
si se acabara de dar un golpe con… ¡un tanque!
—El muy capullo se ha tirado a una compañera mía de clase.
—No me lo puedo creer.
—Créetelo. Y además es fea. Muy fea.
—Eso es lo de menos —señala María, que se siente un poco representada—. Pero ¿habéis roto?
—¡Pues claro que hemos roto! ¡Joder! ¡Se ha follado a una tía fea de mi clase!
Entonces aquello no tiene solución. Meri se sienta junto a su hermana y le acaricia el pelo.
—Si ese tío te ha hecho eso, es que no merecía la pena. Ya encontrarás a otro mejor.
—En Barcelona.
—¿Cómo?
—Me voy con papá a Barcelona. Necesito huir de aquí, alejarme de ese mierda que me ha fastidiado
la vida.
—¿Qué? ¿Cómo vas a irte con papá a Barcelona? ¡No podemos dejar aquí a mamá sola!
—Claro que no. Tú te quedas en Madrid.
Nunca había estado desnuda al lado de un chico. Pero le encanta sentir el contacto de la piel de Raúl.
—La próxima vez me saldrá mejor. Te lo prometo.
—¡Pero si ha estado genial!
—Tengo que mejorar.
—Los dos tenemos que mejorar —asegura, melosa, mientras se abraza a él—. Por cierto, ¿de dónde
has sacado el preservativo?
—Me lo dio un día el profesor de Matemáticas.
—¿En serio? —pregunta mirándolo asombrada.
—Bueno… Mejor te quedas con la duda.
—¡Venga ya! ¡Dímelo!
Pero el chico se niega a responderle. Se pone de pie y, desnudo, camina por Constanza. Valeria
observa a la luz que desprende la pantalla del ordenador su perfecto trasero musculado.
—¿Quieres un zumo o algo de beber?
—No, pero tengo hambre.
—Dicen que el sexo da hambre. Por lo que estoy viendo, es verdad.
La chica, tapada con la toalla, se acerca a él. Una cosa es tener una relación sexual y otra estar allí
como Dios la trajo al mundo. Ha superado su timidez casi por completo, pero le quedan unas cuantas
prácticas y lecciones.
Valeria coge su BlackBerry rosa y mira si su amiga le ha escrito.
—Eli sigue sin responderme.
—No creo que ya se le haya pasado el enfado.
—¿Crees que nos hablará mañana?
—Tal vez el año que viene.
—Jo. Me siento mal por ella.
—Bueno, creo que de alguna manera ella ya sabía algo. O que por lo menos lo había comentado con
alguien.
—¿Comentado con alguien? ¿Con quién?
—No la conozco, pero, cuando se enteró de lo nuestro, gritó que Alicia tenía razón.
A Valeria se le cae al suelo el pastel al que estaba a punto de hincarle el diente.
—Repite eso.
—Que cuando me sonsacó que estábamos juntos, dijo que Alicia tenía razón.
—¡Dios! ¿Seguro que dijo Alicia?
—Sí, ¿quién es?
—¡No me lo puedo creer! —exclama la joven muy nerviosa—. Tenemos que llamar rápidamente a su
madre.
—¿Qué pasa? ¡Cuéntame! Me estás poniendo nervioso a mí.
—Ahora te lo explico.
La joven busca el número del teléfono fijo de la casa de Eli. Tras varios bips, responde la voz de una
mujer.
—¿Sí?
—Hola. ¿Susana?
—Sí, soy yo.
—Hola, ¿qué tal?, soy Valeria. Perdone que la moleste, pero ¿está por ahí Elísabet?
—¿No está contigo?
—No. Conmigo no está.
—Qué extraño. Me ha llamado hace un rato y me ha dicho que iba a quedarse a dormir en tu casa.
Valeria se echa las manos a la cabeza y observa a Raúl con las lágrimas saltadas. Se siente débil y
llena de rabia. Quizá ella sea la culpable de todo.
—Susana, no se ponga nerviosa por lo que voy a decirle… Pero Alicia ha vuelto.
—Pasa, Valeria.
La chica obedece. Se sienta donde suele hacerlo habitualmente y mira con detenimiento a Daniel, que
toma asiento enfrente de ella. Se repite la rutina de cada miércoles.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Has hecho nuevos amigos en el instituto?
—No.
El hombre se queda en silencio. Espera a que ella diga algo, aunque en el fondo sabe que no lo hará.
Tres minutos más tarde le hace una pregunta.
—¿Por qué crees que intentó pegarte Elísabet?
—Porque ella se lo dijo.
—¿Ella? ¿Quién es ella?
—Alicia.
Daniel mira hacia arriba y se mesa el cabello. Se levanta y se coloca junto a la pequeña.
—Tú sabes que tu amiga nunca te haría daño, ¿verdad?
—No lo sé.
—Lo que pasó fue un malentendido.
—Tal vez. Pero le hizo caso a Alicia. Ella quería que me pegara por haberle roto una muñeca de
porcelana que le había regalado su madre.
—Eso es un accidente, Valeria.
—Ya.
El hombre regresa a su asiento. Revisa una vez más sus apuntes de la Facultad de Psicología. No
recuerda ningún caso como ése. Deberá seguir investigando.
—Valeria, voy a contarte algo.
—¿Algo sobre qué?
—Sobre tu amiga. Pero no podrás decírselo a nadie, porque es un secreto profesional. Sólo lo
sabemos los padres de Eli y yo. Y ahora, si te lo cuento a ti, también lo sabrás tú. Pero prométeme que
nunca se lo dirás a nadie.
—Vale. Lo prometo.
Si ha iniciado la terapia con las dos a la vez, ya no le queda más remedio que hacerle saber lo que
ocurre a esa pequeña de doce años. En su día cometió un error por innovar cuando no debía. Jamás
volverá a mezclar dos casos. Por muy claro que lo vea. Pero ahora debe proteger a esa niña.
—Hay una enfermedad que se llama esquizofrenia —empieza a decir—. Pero no se da en los menores.
—¿Y en qué consiste esa enfermedad?
—En que ves cosas que no son. Que no existen en la realidad. Sólo están en la persona que padece la
enfermedad. En su cerebro. Pero son tan reales que hasta puedes hablar con personas imaginarias.
—¿Y yo tengo esa enfermedad?
—No, tú no.
—¿La tiene Eli?
El hombre chasquea la lengua. Sólo es una niña, y no va a detallarle todo el expediente médico de su
amiga. Además, es extrañísimo que una cría de doce años tenga esquizofrenia. Su teoría es que se trata
simplemente de una amiga imaginaria que ha aparecido para luchar contra su soledad. Sin embargo, le
preocupa lo que ha sucedido.
—No lo sabemos. Creemos que no.
—¿Entonces?
—Que, como no estamos seguros de lo que pasa, es mejor advertirte de que tengas cuidado y de que
si ves algo raro se lo digas a sus padres o a mí.
—¿Y si Alicia vuelve a decirle que me pegue?
—Valeria, Alicia es producto de la imaginación de Eli. Alicia no existe.
LOS dos llevan un rato mandándole mensajes a la BlackBerry, pero Eli no les ha respondido a ninguno.
También han intentado llamarla. Nada.
Valeria y Raúl se sienten mal porque su amiga se haya enterado de esa manera de lo que ha surgido
entre ellos, pero esperan que algún día pueda perdonarlos. Son responsables de haberle mentido, pero no
de haberse enamorado.
Se han pasado un buen rato fregando el suelo de Constanza. Ahora está más limpio que antes de que
su amiga rompiera los vasos.
—Menudo día —comenta la chica abrazada a Raúl.
La pareja está sentada encima de varias mesas que han puesto juntas para estar más cómodos. Con
una toalla limpia que han encontrado en el almacén se resguardan del frío que empieza a castigar la
noche.
—Agridulce, ¿no?
—Es una buena forma de definirlo. Pero me quedo con la parte dulce, que eres tú.
Y le da un cariñoso beso en los labios.
Lo bueno de todo esto es que no tendrán que volver a esconderse de nadie. Irán diciéndolo y su
entorno irá enterándose poco a poco. A partir de esa noche, sus besos serán públicos y su relación tendrá
luz.
—Si no fuera por lo de Eli y porque Meri se ha marchado, creo que éste sería el mejor día de mi
vida.
—¿Sí? ¿Tanto te ha gustado el batido de chocolate?
—Casi tanto como tú.
—Sigo prefiriendo el de fresa.
—A mí, si me lo das de tu boca, me da igual el sabor.
Valeria sonríe. Sabía de ese lado romántico de Raúl. Un tío que el día de mañana quiere ser director
de cine tiene que tener una vertiente así a la fuerza. Pero no sospechaba que lo empleara con tanto
acierto. Con tanta dulzura.
Con esa frase se ha ganado un buen beso. Luego, vuelve a acomodarse sobre él, encajando
perfectamente su cuerpo al suyo.
—Si yo me tuviera que ir a vivir a Barcelona o a otra ciudad, ¿vendrías conmigo?
—No lo sé.
—Veo que sigues siendo sincero.
—No quiero hacer suposiciones. Prefiero vivir lo que tengo ahora y ya veré lo que hago el día que
deba tomar una decisión importante.
—Vivir el día a día, ¿no?
—Sí. Es que nunca se sabe lo que va a ocurrir mañana.
—No existe el mañana, sólo el ahora.
—Eso pienso yo.
—Yo también creo que hay que disfrutar del día a día.
—Mira a mi padre… Él se fue de buenas a primeras. Planeó muchas cosas, y no pudo hacer ninguna.
Los ojos de Raúl resisten la emoción de sus palabras.
—Él estaría muy orgulloso de ti —le asegura Valeria mientras le acaricia la nuca—. Eres un gran
chico, Raúl.
—Eso mismo me ha dicho hoy mi madre.
—Opino como ella.
—¿Sabes? Hoy hace veintidós años que se conocieron.
—Qué casualidad. Y hoy es la primera vez que me has dicho «te quiero».
—¿Y te ha gustado que te lo haya dicho?
—Creo que ha sido el mejor momento de mi vida.
—¿Te lo digo otra vez?
—Estoy deseando escucharlo.
—Te quiero.
—Repítelo.
—Te quiero.
—Me gusta cómo suena de tu boca. —Sonríe—. Yo también te quiero.
El abrazo que se dan está lleno de sentimientos. A los dos les hacía falta experimentar algo así. Puede
que él tuviera prisa por buscar a alguien con quien estar formalmente antes de los dieciocho. Y puede que
ella esté ahora desahogándose de un año de silencio acumulado. Pero la verdad es que, cuando se
abrazan, se miran o se besan, comprueban que están hechos el uno para el otro. Y que, tal vez, con otras
personas no sería lo mismo.
—Espera —le pide el joven justo antes de bajar de un salto de las mesas y echar a caminar sobre el
suelo todavía mojado.
—¿Adonde vas?
—A apagar la luz.
—¿Para qué?
—Para que no tengas miedo de que te vea ponerte colorada.
Valeria refunfuña. Ya está con la típica bromita sobre el color de su piel… Sin embargo, no le da
tiempo a protestar. Oye música. Comienza una canción. Es ¡Buenos días, princesa!, de Pol 3.14. A la
joven de las mechitas rubias no le queda más remedio que sonreír. Las luces se apagan. Sólo los alumbra
el brillo de la pantalla del ordenador de Constanza.
Raúl vuelve hasta ella.
—Eres especialista en crear ambientes.
—Voy a dirigir películas. Será una de mis misiones.
—Se te dará estupendamente, señor Benigni.
—Gracias. Es un piropo que me compares con él.
—Tú eres más guapo y más joven.
—Y tengo más pelo.
La chica suelta una carcajada y le pasa la mano por el cabello, de modo que lo despeina un poco.
Raúl se rebela y la detiene sujetándola por los hombros. Intenta que se tumbe y se coloque en posición
horizontal. Valeria se resiste, pero termina cediendo. Despacio, va cayendo sobre las mesas hasta quedar
completamente tumbada. Su pecho sube y baja a causa de la excitación. Él se da cuenta y, tras besarla en
los labios, la mira a los ojos mientras le pregunta si quiere que explore bajo su camiseta. La respuesta no
llega. Ella misma se deshace de la prenda y se incorpora ligeramente sobre las caderas para quitarle la
suya a Raúl.
Es lo que había deseado cada vez que habían vivido un momento como ése. Y ahora tiene la
oportunidad de llegar más lejos.
De nuevo, esa sensación ya conocida. Ese calor capaz de arrastrarla hacia la locura más pasional.
Ese deseo que la hace desprenderse del sujetador y rozar su cuerpo contra el de él.
—Nunca habría podido imaginarme que fuera a hacerlo por primera vez en tu cafetería —susurra
Raúl.
—¿Por primera vez?
—Sí. ¿No te lo había dicho?
—Lo recordaría —responde sonriendo. Y, luego, besándolo cariñosamente—. Entonces estamos
empatados en eso.
EPÍLOGO
SUBE hasta su piso. El silencio sepulcral que reina en el edificio contrasta con el ruido que genera su
corazón.
¡Le ha dado un beso a Ester!
Increíble. Ha sido lo más increíble que ha hecho en toda su vida. Por una vez, Meri se ha arriesgado.
De todas formas, el riesgo ha sido menor. Mañana se va y, aunque deberá dar explicaciones, no
tendrá que hacerlo mirándola a los ojos. La BlackBerry le será muy útil en ese caso.
¿Qué habrá pensado Bruno?
Espera que nada malo. Que le gusten las chicas y no los chicos no quiere decir que sea ni mejor ni
peor. A partir de ahora se harán la competencia. Aunque él, teniéndolo difícil con Ester, lo tiene mucho
mejor que la propia Meri.
Qué avalancha de sensaciones. Si por ella fuera, cogía el AVE hasta Barcelona ahora mismo.
Abre la puerta de su casa con las llaves y se encuentra con que su padre está allí, sentado en el sofá
del salón, al lado de su madre. Tienen las caras largas.
¿No la habrán visto darle el beso a su amiga?
Una cosa es que sus dos mejores amigos descubran su secreto, y otra que sus padres se enteren de esa
forma de que es lesbiana.
Los dos la miran con expresiones realmente serias. ¿Y si han discutido de nuevo?
—Ve a ver a tu hermana. Quiere decirte algo —comenta Paz al tiempo que se frota la mejilla
nerviosa.
—¿Ha pasado algo? ¿Qué le ocurre a Gadea?
—Es mejor que te lo cuente ella.
Rápidamente, María se dirige hacia el cuarto de su hermana mayor. El buen rollo que llevaba ha
desaparecido por completo. Ese subidón que seguro que se desvanecería en cuanto fuera consciente de lo
que había hecho.
Llama a la puerta de la habitación de la chica y ésta responde con un débil «pasa».
Cuando María se asoma y entra en el dormitorio de Gadea el panorama es desolador. Toda la ropa de
su hermana está tirada por el suelo. Hay varios objetos rotos sobre su cama, sobre su escritorio. Le llama
la atención la cantidad de CDs doblados que ve por todas partes. La foto de su cuarto podría aparecer
como significado de caos en el diccionario.
—¿Qué ha pasado aquí? ¿Nos han robado?
—¿Robado? ¡Lo que ese cabrón ha hecho ha sido ponerme los cuernos!
—¿Álex te ha puesto los cuernos? ¿Qué dices?
El aspecto de Gadea es terrible. Tiene la cara totalmente desencajada y los ojos hinchadísimos, como
si se acabara de dar un golpe con… ¡un tanque!
—El muy capullo se ha tirado a una compañera mía de clase.
—No me lo puedo creer.
—Créetelo. Y además es fea. Muy fea.
—Eso es lo de menos —señala María, que se siente un poco representada—. Pero ¿habéis roto?
—¡Pues claro que hemos roto! ¡Joder! ¡Se ha follado a una tía fea de mi clase!
Entonces aquello no tiene solución. Meri se sienta junto a su hermana y le acaricia el pelo.
—Si ese tío te ha hecho eso, es que no merecía la pena. Ya encontrarás a otro mejor.
—En Barcelona.
—¿Cómo?
—Me voy con papá a Barcelona. Necesito huir de aquí, alejarme de ese mierda que me ha fastidiado
la vida.
—¿Qué? ¿Cómo vas a irte con papá a Barcelona? ¡No podemos dejar aquí a mamá sola!
—Claro que no. Tú te quedas en Madrid.
Nunca había estado desnuda al lado de un chico. Pero le encanta sentir el contacto de la piel de Raúl.
—La próxima vez me saldrá mejor. Te lo prometo.
—¡Pero si ha estado genial!
—Tengo que mejorar.
—Los dos tenemos que mejorar —asegura, melosa, mientras se abraza a él—. Por cierto, ¿de dónde
has sacado el preservativo?
—Me lo dio un día el profesor de Matemáticas.
—¿En serio? —pregunta mirándolo asombrada.
—Bueno… Mejor te quedas con la duda.
—¡Venga ya! ¡Dímelo!
Pero el chico se niega a responderle. Se pone de pie y, desnudo, camina por Constanza. Valeria
observa a la luz que desprende la pantalla del ordenador su perfecto trasero musculado.
—¿Quieres un zumo o algo de beber?
—No, pero tengo hambre.
—Dicen que el sexo da hambre. Por lo que estoy viendo, es verdad.
La chica, tapada con la toalla, se acerca a él. Una cosa es tener una relación sexual y otra estar allí
como Dios la trajo al mundo. Ha superado su timidez casi por completo, pero le quedan unas cuantas
prácticas y lecciones.
Valeria coge su BlackBerry rosa y mira si su amiga le ha escrito.
—Eli sigue sin responderme.
—No creo que ya se le haya pasado el enfado.
—¿Crees que nos hablará mañana?
—Tal vez el año que viene.
—Jo. Me siento mal por ella.
—Bueno, creo que de alguna manera ella ya sabía algo. O que por lo menos lo había comentado con
alguien.
—¿Comentado con alguien? ¿Con quién?
—No la conozco, pero, cuando se enteró de lo nuestro, gritó que Alicia tenía razón.
A Valeria se le cae al suelo el pastel al que estaba a punto de hincarle el diente.
—Repite eso.
—Que cuando me sonsacó que estábamos juntos, dijo que Alicia tenía razón.
—¡Dios! ¿Seguro que dijo Alicia?
—Sí, ¿quién es?
—¡No me lo puedo creer! —exclama la joven muy nerviosa—. Tenemos que llamar rápidamente a su
madre.
—¿Qué pasa? ¡Cuéntame! Me estás poniendo nervioso a mí.
—Ahora te lo explico.
La joven busca el número del teléfono fijo de la casa de Eli. Tras varios bips, responde la voz de una
mujer.
—¿Sí?
—Hola. ¿Susana?
—Sí, soy yo.
—Hola, ¿qué tal?, soy Valeria. Perdone que la moleste, pero ¿está por ahí Elísabet?
—¿No está contigo?
—No. Conmigo no está.
—Qué extraño. Me ha llamado hace un rato y me ha dicho que iba a quedarse a dormir en tu casa.
Valeria se echa las manos a la cabeza y observa a Raúl con las lágrimas saltadas. Se siente débil y
llena de rabia. Quizá ella sea la culpable de todo.
—Susana, no se ponga nerviosa por lo que voy a decirle… Pero Alicia ha vuelto.
—Pasa, Valeria.
La chica obedece. Se sienta donde suele hacerlo habitualmente y mira con detenimiento a Daniel, que
toma asiento enfrente de ella. Se repite la rutina de cada miércoles.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Has hecho nuevos amigos en el instituto?
—No.
El hombre se queda en silencio. Espera a que ella diga algo, aunque en el fondo sabe que no lo hará.
Tres minutos más tarde le hace una pregunta.
—¿Por qué crees que intentó pegarte Elísabet?
—Porque ella se lo dijo.
—¿Ella? ¿Quién es ella?
—Alicia.
Daniel mira hacia arriba y se mesa el cabello. Se levanta y se coloca junto a la pequeña.
—Tú sabes que tu amiga nunca te haría daño, ¿verdad?
—No lo sé.
—Lo que pasó fue un malentendido.
—Tal vez. Pero le hizo caso a Alicia. Ella quería que me pegara por haberle roto una muñeca de
porcelana que le había regalado su madre.
—Eso es un accidente, Valeria.
—Ya.
El hombre regresa a su asiento. Revisa una vez más sus apuntes de la Facultad de Psicología. No
recuerda ningún caso como ése. Deberá seguir investigando.
—Valeria, voy a contarte algo.
—¿Algo sobre qué?
—Sobre tu amiga. Pero no podrás decírselo a nadie, porque es un secreto profesional. Sólo lo
sabemos los padres de Eli y yo. Y ahora, si te lo cuento a ti, también lo sabrás tú. Pero prométeme que
nunca se lo dirás a nadie.
—Vale. Lo prometo.
Si ha iniciado la terapia con las dos a la vez, ya no le queda más remedio que hacerle saber lo que
ocurre a esa pequeña de doce años. En su día cometió un error por innovar cuando no debía. Jamás
volverá a mezclar dos casos. Por muy claro que lo vea. Pero ahora debe proteger a esa niña.
—Hay una enfermedad que se llama esquizofrenia —empieza a decir—. Pero no se da en los menores.
—¿Y en qué consiste esa enfermedad?
—En que ves cosas que no son. Que no existen en la realidad. Sólo están en la persona que padece la
enfermedad. En su cerebro. Pero son tan reales que hasta puedes hablar con personas imaginarias.
—¿Y yo tengo esa enfermedad?
—No, tú no.
—¿La tiene Eli?
El hombre chasquea la lengua. Sólo es una niña, y no va a detallarle todo el expediente médico de su
amiga. Además, es extrañísimo que una cría de doce años tenga esquizofrenia. Su teoría es que se trata
simplemente de una amiga imaginaria que ha aparecido para luchar contra su soledad. Sin embargo, le
preocupa lo que ha sucedido.
—No lo sabemos. Creemos que no.
—¿Entonces?
—Que, como no estamos seguros de lo que pasa, es mejor advertirte de que tengas cuidado y de que
si ves algo raro se lo digas a sus padres o a mí.
—¿Y si Alicia vuelve a decirle que me pegue?
—Valeria, Alicia es producto de la imaginación de Eli. Alicia no existe.
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